Huevos tontos con atún
Al igual que Alice Ball, Mayte Toral nació con la química en las venas. También de cría tuvo la suerte de trastear entre placas de metal, vapores de yodo y mercurio ya que, en la casa de vacaciones que la familia tenía en El Escorial, disponían de un laboratorio fotográfico donde descubrió la fina frontera existente entre el arte y los ácidos de revelado.
Era evidente que ella quería estudiar química pero su padre estaba emperrado en que estudiara farmacia, algo más acorde a una mujer y que a la larga le iba a proporcionar más salidas. Así que, para no decepcionar a su padre sin renunciar a sus sueños, se sacó ambas carreras con excelentes calificaciones. Ya había dejado claro que no era una estudiante del montón.
Ejerció con éxito como profesora del prestigioso Instituto Escuela de Madrid y, al poco de inaugurarse el Instituto Rockefeller (Instituto Nacional de Física y Química), Mayte ingresó como investigadora. Allí trabajó junto a Enrique Moles, respetado catedrático y jefe de química del Instituto Nacional de Física y Química. Él fue su mentor y los trabajos que realizaron juntos fueron excelentes, con gran repercusión internacional.
El superpoder de Mayte, además de calcular los pesos atómicos con una precisión que hoy en día sigue asombrando a sus colegas, fue su talento para construir ella misma sus propios aparatos de vidrio; hacía magia con el soplete gracias a una destreza manual única. Terminó siendo una investigadora requeteprolífica publicando vastamente en los medios científicos de mayor impacto internacional. Mayte se había hecho hueco entre los grandes por méritos propios.
Y hasta aquí todo había sido coser y cantar. Pero llegó la maldita guerra civil que tanto daño nos hizo a todos los españoles y los trabajos del instituto se colapsaron. Ella sufrió un terrible percance: quiso aportar sus conocimientos a la causa antifascista enseñando a los milicianos a hacer bombas en el convento de las Salesas Reales, que se había reconvertido en fábrica bélica. Y la cosa no salió bien: un artefacto le reventó dañándole gran parte del rostro. Aun así, siguió con su tesis y logró doctorarse en el 37.
Este asunto le pasó factura al finalizar la guerra. Con la llegada de Franco al poder, estaba claro que iba a ser represaliada pero desgraciadamente, le fue imposible escapar al exilio como otros colegas del Instituto: a Mayte le atropelló un coche y quedó gravemente impedida, algo que no le preocupó en absoluto al nuevo régimen. Fue detenida igualmente y directa desde el hospital, ingresó en prisión, en la terrible cárcel de mujeres de Ventas. La condena fue de doce años y tuvo que pasar algún tiempo en la enfermería de la prisión; enfermería por llamarla algo.
La cárcel, diseñada originalmente por Victoria Kent para albergar a unas 600 mujeres en condiciones dignas, llegó a hacinar a 5.000 reclusas durante la posguerra. Las mujeres dormían en el suelo de los pasillos y las escaleras, pegadas unas a otras como sardinas en lata. Muchas mujeres quedaban en cinta en las cárceles y sus bebés eran robados para tapar las barbaridades que allí se acometían. Además de los robos tras dar a luz, las muertes por tifus y desnutrición eran el día a día en el penal. Desde la enfermería se escuchaban las ráfagas de los fusilamientos en las tapias de la Almudena. De madrugada, las presas podían contar uno a uno los tiros de gracia.
Pero no quiso -o no pudo- quedarse quieta. Gracias a su formación farmacéutica, aportó todo cuanto estuvo en su mano para mejorar las condiciones sanitarias de aquel inmundo presidio. Hizo cuanto pudo para evitar epidemias y cuidar de los críos que morían diariamente a decenas por falta de higiene y alimentación.
El rancho consistía casi siempre, en un agua sucia con alguna patata y cuando tocaba lentejas con bichos se ponían tan contentas. Daba clases de inglés a otras reclusas para mantener las mentes ocupadas porque una de las cosas más duras que sufrían todas ellas, era la continua zozobra de los interrogatorios, porque cuando regresaban -que no era siempre- lo hacían torturadas. Se permitió hacer algunas ilustraciones que adornaban pequeños y clandestinos libritos que circulaban entre las celdas. Todo era poco para compensar la falta intencionada de visitas, cartas o de paquetes de comida.
Esta labor le permitió no abandonarse a la desesperanza ni dejarse llevar por la locura. ¿Qué se siente cuando descubres que la paz no existe, que el odio a una madre lo paga con la vida el hijo? ¿Qué se siente cuando tu vida vale exactamente lo que cuesta un tiro de gracia? Supongo que ahí, justo ahí, es donde el ser humano toca fondo y, o te dejas llevar por la enajenación o recalibras tu alma y te centras en ayudar como buenamente puedes a los demás.
No me cuesta en absoluto creer que la amistad con Matilde Landa fue para Mayte el timón que la ayudó a no naufragar, a permanecer inquebrantable ante tanta desolación. La vida de Matilde, como ya te habrás imaginado, llegará al blog muy pronto porque es increíble a más no poder. Madre mía lo que somos capaces de sacar cuando la vida nos pone a prueba.
Y las condiciones de hacinamiento en Ventas se hicieron tan insostenibles que parte de las presas fueron reubicadas en otras cárceles. Mayte terminó en Ávila y aquí se despidió de Matilde para siempre. A pesar de las reubicaciones, mantener las cárceles se le hacía muy costoso al régimen quién terminó proclamando poco después una amnistía de la que Mayte salió beneficiada.
Se le concedió la libertad condicional en 1941, y el siguiente golpetazo fue ver como su familia, afín a Franco, la rechazó de pleno. Es la familia de Matilde quien la acoge en su propia casa. Pero las madres son las madres y la de Mayte se negó a abandonarla a su suerte. Le puso una farmacia para que pudiera vivir sin estrecheces. Solo le pidió una cosa: no volver a meterse en política.
Y ¿qué es lo primero que hizo? Exacto. Convirtió la rebotica en un núcleo clandestino de la resistencia antifranquista en Madrid, dicen que falsificando documentos, guardando propaganda y puede que hasta escondiendo a perseguidos cuando era necesario. Y pasó lo que estaba claro que iba a pasar: alguien contó algo en la jefatura de la Puerta del Sol -imagino que se lo sacaron a golpes- y la actividad de la farmacia quedó al descubierto.
Tuvo tiempo de ser alertada y supongo que su grupo de colaboración improvisó la huida deprisa y corriendo pero no valió de nada. Fueron deteniendo a todos los asiduos a la rebotica y a base de golpes -qué raro- alguien cantó como en un aria de Puccini. Así que a los de la Dirección General de Seguridad les faltó tiempo para detenerla y volver, una vez más, a los interrogatorios y torturas. Y de nuevo a Ventas, esta vez maltrecha por las palizas. Y de nuevo a juicio. Y esta vez se pidió la pena de muerte.
Pero toda una red de apoyos titánicos se cosió internacionalmente para conseguir revocar la pena capital: Irène Joliot Curie -Premio Nobel de Química e hija de Marie Curie- viajó a Madrid y se plantó en la vista oral del juicio. Esa imagen internacional de una Premio Nobel sentada en el tribunal militar franquista apoyando a su colega, avergonzó profundamente a la dictadura; desde el Comité Internacional de Mujeres Antifascistas se orquestó una campaña de denuncia en prensa sobre el caso de "la Lise Meitner española" que la dictadura quería asesinar, consiguiendo que Mayte abriera portadas en Europa.
Y se sumaron científicos, intelectuales, parlamentarios y delegaciones de todo el mundo que inundaron los despachos del gobierno con miles de telegramas exigiendo clemencia. Varios diputados británicos e investigadores viajaron a España como observadores internacionales.
La presión hizo efecto y la pena de muerte fue conmutada por dos años de prisión, que cumplió íntegramente. Acosada por las autoridades y rechazada por su entorno familiar, pocas expectativas tenía en Madrid. Pero su antiguo mentor, Enrique Moles, intercedió por ella y le consiguió un empleo en Aranjuez en la fábrica de penicilina. Fue jefa de producción de productos farmacéuticos hasta que en 1956 consigue exiliarse en México gracias a José Giral, el presidente de la República en el exilio y a Jaime Torres embajador de México en París.
Mayte salió de España despojada de todo, cierto, pero llegó a México con su dignidad intacta. No la habían apagado. No lo consiguieron. De la mano de otros científicos exiliados volvió a lo suyo, a la química que tanto amaba. Y regresando un poco al origen, a aquel laboratorio fotográfico de El Escorial donde fue tan feliz, se matriculó en Bellas Artes y se dedicó con mucho éxito a los grabados en metal.
Su arte fue una evolución natural y una forma de expresar lo que las palabras ya no podían. Su serie de grabados más famosa es la llamada El Dictador Franco en los Infiernos, en memoria de sus amigas Matilde Landa y Matilde Rebaque, las trece menores y las 637 mujeres torturadas y fusiladas en las cárceles franquistas.
-Entonces, ¿el sufrimiento qué fue para ti?
-En realidad fue la obligación de ser un testigo; testigo que a veces no significa pedir piedad para la gente que sufre, sino simplemente un testimonio para que la humanidad se dé cuenta de que esas cosas no deben pasar.
Entrevista de la periodista Elena Poniatowska a Mayte Toral en 1972
Y conoció al compositor musical Lan Adomián. Y se enamoró. Y se casaron. Y sanaron juntos lo que les quedara por curar.
Los ácidos que antes usaba en el laboratorio para descubrir los secretos de la materia, hoy los uso sobre el metal para liberar los secretos del alma. Al final, la ciencia y el arte buscan lo mismo: la verdad.
La receta de hoy es la evolución de los famosos huevos tontos, un apaño nacido en los años de necesidad, donde había que agrandar los huevos con el fin que llegaran para todos. Y ahora, desde la abundancia y el bienestar, es sencillísimo añadirles toques personales e ingredientes de importancia. Estos huevos tontos son el triunfo de la resiliencia en un plato reconfortante.
Ingredientes:
- 3 huevos
- 100ml. de leche
- sal y pimienta
- 6 rebanadas de pan de molde integral
- 1 lata de atún (unos 100gr.)
- 3cdas. de pesto rosso (o 4cdas. de salsa de tomate y un par de ajos)
- Abundante aceite para freír
Preparación:
- Bate los huevos en un bol, les añades la leche y salpimientas un poquito.
- Corta las rebanadas de pan en trocitos y lo integras al bol junto con el atún y el pesto. Deja que repose un poco antes de formar las albondiguillas.
- Fríe en abundante aceite a fuego medio alto. Ponlas encima de papel absorbente de cocina para quitarles el exceso de aceite.
























































