Ensalada Elena de patatas asadas y alubias

Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Elena Gallego y la ciencia de la alimentación

Nuestra Matilda de hoy es una española que no hubo necesidad de silenciar ni ningunear. Es como si no hubiera existido. Es irónico: podemos encontrar el registro genético de las semillas que ella seleccionó, pero no el registro de su mirada. No hay fotos. No hay cara, ni voz, ni Wikipedia. No hay rastro de su vida. No fue relevante para la ciencia. Pero su trabajo sí porque salvó muchas vidas de esa hambruna que siempre persiguió a esta España nuestra.

Elena Gallego fue una pionera en la mejora genética de legumbres —las proteínas del pobre— en una época en que la agricultura española necesitaba, más que nunca, ciencia para no pasar hambre. Durante décadas trabajó en la Misión Biológica de Galicia, dejándose la piel en el estudio de variedades locales de guisantes y alubias. Su objetivo: conseguir semillas que resistieran plagas y dieran buenas cosechas para alimentar lo mejor posible a sus gentes.

A pesar de ser la mano derecha de grandes genetistas y de liderar investigaciones fundamentales, su nombre quedó relegado a las notas a pie de página o a los agradecimientos, o al segundo o tercero o decimo lugar mientras otros firmaban los éxitos. Sabemos por el BOE que llegó a ostentar el rango más alto al que solían dejar llegar a las mujeres con formación científica. Por supuesto, sin cátedra ni dirección ni liderazgo.

Le dedicó más de 40 años a la selección de alubias y guisantes así como a la mejora del maíz híbrido que lo cambió todo en Galicia. Elena entendía que el futuro estaba en la semilla, en ese pequeño milagro que es una humilde legumbre. Sabía que para fortalecer una planta hay que cuidar su origen, y sin hacer ruido, combatió el hambre de la población con ciencia.
¿Y por qué no sabemos nada de ella? Para entenderlo, tenemos que poner contexto a su vida. Regresamos a la Guerra civil.

Cuando estalló la guerra en el 36, Galicia quedó bajo el control del bando nacional lo que evitó que la Misión Biológica de Galicia (MBG) fuera un frente de batalla físico, y mientras los varones eran llamados a filas o paseados por sus ideas, ella se convirtió en el alma de los ensayos de campo. Por su apellido —Gallego de las Cuevas—, supongo que descendía de una familia con pudientes y contactos. Franquista pero lo suficientemente progresista como para permitir a Elena estudiar una carrera y trabajar como científica. 

Trabajó bajo la dirección de Cruz Gallástegui, un científico de prestigio internacional y gran alma mater de la MBG. Su poder de influencia era tan inmenso que el régimen franquista tuvo que respetarlo aunque es de suponer que lo vigilaran de cerca. Seguramente, tras la guerra, fue quien protegió a su equipo, creando una especie de burbuja científica donde lo importante eran los resultados, el rendimiento y el conocimiento. Elena era su mano derecha, la que hacía que las semillas funcionaran y perderla era un lujo que la agricultura gallega no podía permitirse.

Así que, mientras se recluía a las mujeres en sus hogares o en conventos o en cárceles porque cualquier tufillo a "trabajadora liberada" era castigado con la cárcel o los reformatorios femeninos, ella pasó inadvertida. Resultó inofensiva para los censores y los comisarios políticos. Se salvó de la criba de la posguerra convirtiéndose en una pieza del engranaje de la Misión Biológica.

En cualquier caso en 1939, llegó la Ley de Depuración. Todos los funcionarios y científicos tenían que pasar por un tribunal para demostrar que no habían auxiliado a la rebelión —menuda ironía— así que para obtener el Certificado de Idoneidad tuvo que hacerse con informes de buena conducta emitidos por la Guardia Civil, el párroco y el alcalde de Pontevedra. 

Y ese ostracismo social, le vino bien. Su  invisibilidad se convirtió en una ventaja y es de suponer que los de depuración no vieron ningún peligro en una científica, que se estaba quedando para vestir santos y que por su condición estaba claro que era una auxiliar que ni pinchaba ni cortaba.

Y ese fue su rol durante el franquismo mientras sus colegas hombres firmaban y brillaban a costa de los logros de la Misión. Y ella aceptó no figurar. En las actas del CSIC de la época, su trabajo aparece bajo la dirección de hombres. Esto le garantizaba seguridad porque mientras el éxito fuera del jefe, ella podía seguir trabajando en paz en su laboratorio de Pontevedra.

Y esto es todo lo que sabemos. Fue una mujer que decidió que su familia serían sus plantas. Hay que recordar que las mujeres casadas no tenían permitido trabajar así que su soltería le permitió dedicar jornadas infinitas a la investigación y dedicar su vida a hacer lo que más la fascinaba. Pero a qué precio. Y lo aceptó en silencio. Como cuando se jubiló. Como cuando se murió. Y como ahora que ya nadie la recuerda. Va por ti, Elena Gallego. 

La ensalada de hoy, como no podía ser de otra forma, es legumbres y de tierra. Con esas patatas asadas, alubias blancas y un puñado de rabanitos que no me quedaban más para darle lustre a esta ensalada que se empapa en un aliño con pesto de ajo silvestre, aunque cualquier pesto hace la misma función. Darle potencia y cariño a las legumbres del pobre.

Ingredientes:
  • 2 patatas nuevas grandes
  • 1 lata de alubias blancas a tu gusto (yo he usado canellini)
  • Cebolla roja a tu gusto
  • 1 puñado de rabanitos a tu gusto
  • aliño: pesto de ajo silvestre o verde a tu gusto, miel, vinagre de vino, mostaza, sal y pimienta

Preparación:
  1. Lava bien las patatas, córtalas en daditos y las asas a 200ºC con un poco de aceite de oliva y sal.
  2. Mezcla todos los ingredientes del aliño y rectifica a tu gusto
  3. En un bol, pon todos los ingredientes cortados en fino y mezcla con el aliño.

 
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