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Buñuelos de a 10 céntimos

julio 13, 2026

Luisa y sus compañeros acaban de publicar el que va a ser el último número del Frente Rojo en la redacción que comparten con La Vanguardia. Un grupo de unos cincuenta hombres armados irrumpen en el edificio: tienen aspecto de llevar tiempo escondidos, con la piel pálida de quien no ha visto la luz del sol en mucho tiempo. Con las galeradas aún frescas de tinta, los asaltantes lo destrozan todo a su paso. Son sacados a la calle y obligados a formar una línea contra la pared con los brazos en alto. Aún es noche cerrada y, a pesar de los uniformes de carabineros, nadie tiene dudas ante lo que está pasando: son hombres de la Quinta Columna que vienen a lo que vienen.

Los han separado en dos grupos y son empujados en direcciones distintas. Es el final, se dice Luisa. Les susurran que al que levante la cabeza, lo dejan frito. En cualquier caso, no quiere mirar a nadie para no perder la compostura. Si me van a fusilar, lo haré con estoicismo. Pero el cuerpo, que siempre va a lo suyo sin respetar dignidades, le tiembla de puro sin querer.

Sorprendentemente, Luisa Canés no es represaliada. No hay disparos y sin mediar aspavientos, es liberada al amanecer junto a sus colegas. El objetivo no eran ellos sino destrozar las rotativas. Ahora entienden sin lugar a dudas, que está todo perdido y ya no queda tiempo que perder. Es la hora del exilio.

De camino a La Junquera, continúan escribiendo y publicando por donde pueden. El viaje es infernal. La aviación italiana y alemana los castigan sin descanso. Saben de sobra que la población huye del horror que les espera. Son gentes que, a pesar de no ofrecer batalla, están siendo castigadas sin piedad. Por puro rencor, el más insano. Los ganadores aún no se han saciado de tanta sangre derramada. Luisa agradece que su hijo Ramón esté a salvo en París. Lo que está viendo en la retirada es atroz. Urge llegar a suelo francés.

¿Mi crimen? El de todos los buenos españoles: ser fiel al poder legítimo de
España. Durante dos años y medio mi pluma, como la de la mayoría de los escritores, ha defendido la legalidad republicana, ha exaltado el heroísmo inagotable del pueblo español: ha cumplido con su deber.
Son recibidos -en la tierra de la liberté, égalité y fraternité- con el griterío de soldados senegaleses y algún gendarme. "Allez, allez", les instan. "Allez, allez". Por delante: alambradas, empujones, campos inmensos y helados, las playas de la vergüenza, el abandono total y absoluto en condiciones infrahumanas. Qué infame puede llegar a ser el destierro. Salvo por las bombas, poco se diferencian éstos de los que hay al otro lado de los Pirineos.

Ella tiene suerte y es trasladada, junto a más mujeres y niños, a Le Pouliguen -Bretaña francesa- cerca de Nantes. Afortunadamente, no es un campo de internamiento a la intemperie sino una colonia infantil de veraneo que ha sido reconvertida en centro de internamiento. Ella es la refugiada número 31. La incertidumbre por el futuro que les espera es asfixiante. Agentes de Franco rondan por estos centros tentando a algunas con volver. Se han enterado de una, madre de una niña de nueve, que aceptó volver a su pueblo en la promesa de ser bienvenida. Su hijo se había echado al monte y esperaban que bajo el reclamo de la madre, le darían caza. O bien el muchacho no cayó en la trampa, o bien no le llegó la noticia. Y al no serles de utilidad la mujer, la colgaron en la plaza del pueblo. Así es como perdona la nueva España.

Margarita Nelken, que también ha cruzado la frontera francesa pero con mejor estrella, trabaja sin descanso desde Perpiñán ofreciendo asistencia a los refugiados republicanos. Es un intento desesperado del gobierno de Negrín en el exilio por ayudar a sus compatriotas. Gracias a la legación mexicana en París y al gobierno de Cárdenas, se organizan visados, embarques y evacuaciones. De esta manera, Margarita se entera de que Luisa Carnés, la autora de Tea Rooms y Natacha, se encuentra recluida en Le Pouliguen. Con el apoyo del diplomático mexicano Gregorio Nivón, que tiene acogido desde hace un par de años a su hijo Ramón, consiguen agilizar su salida del centro y organizar el viaje rumbo a México.

En el mar, feliz por el reencuentro con su hijo y rumbo a la soñada seguridad mexicana, es donde el miedo se apodera de ella. Esa valentía que ejerció cuando se enterraba en el estiércol de las cunetas mientras la aviación descargaba de lo lindo en La Junquera, se esfuma por completo: los críos, agotados, empiezan a desfallecer. Las madres se enfrentan a la tormentosa angustia de ver cómo van enfermando. Algunos lo superaron y otros no. Y todas ellas, como pasa siempre, sufrieron la pérdida de los propios y de los ajenos. Porque un hijo es un hijo, no sé si me explico.

Este dolor le perseguirá la vida entera a Luisa. De hecho, siguió escribiendo sobre él años después, como si necesitara devolverle a esas mujeres anónimas del exilio, la voz de la amarga huida, siempre tan acallada y discreta. Porque los libros de historia no hablan de ellas. Pero, madre mía, cuántas madres y abuelas de posguerra han llorado sin mediar palabra y sin que nadie les preguntara el motivo. Porque hay dolores mudos que lo dicen todo. Y no se reparan nunca.

Luisa Carrés, antes de su exilio en México y la pesadilla en suelo francés, tuvo una vida en Madrid. Con solo once años tuvo que dejar la escuela para trabajar en un taller de sombrerería. Era la mayor de siete hermanos y la paga de su padre no daba para tantas bocas. Y como no tenía dinero para libros, en sus ratos libres siempre que el cansancio no la venciera, escribía cuentos. Años después, ya reconocida como novelista, diría en una entrevista: "Ya sabe usted que he salido del taller, no de la Universidad". 

Y puede que este sea el motivo por el que no hemos sabido nada de su obra durante tanto tiempo. Ella no frecuentaba cafés ni tertulias. Tuvo que trabajar para sacar adelante primero a sus hermanos y luego a su hijo Ramón porque como era habitual -algo que aún me suena- una vez rota la pareja, los padres se desentendían de la crianza y la manutención de sus hijos. Y así es como terminó trabajando de dependienta en un salón de té del centro de la capital.

Y de ese mostrador de dulces para señoras con pudientes, nació Tea Rooms. Mujeres obreras, escrita entre agosto del 32 y febrero del 33. Es una novela -casi casi un reportaje- en la que Matilde -ella misma- comparte turno con otras mujeres sometidas a jornadas interminables, sueldos de miseria y el acoso constante de los empleadores. No se le tuerce el renglón cuando habla del matrimonio como la gran trampa mortal, o del aborto, o del abuso sexual en el trabajo. Temas que como ya sabemos, eran tabú en aquel entonces y siguieron siéndolo muchos años después. En los párrafos de Tea Rooms se filtran constantemente esas manos de Luisa agrietadas por el oficio, el frío y la necesidad.
¿Qué mal han hecho estas pobres criaturas? Por ahí se ven otros niños, incluso feos y deformados, con sus buenos trajecitos, sus juguetes, sus perros perfumados; y ellos mismos huelen tan bien… Esos niños van en su coche hasta la escuela, una escuela higiénica, con su hermoso jardín de recreo, su calefacción… En la escuela municipal hace frío, y el mal remunerado profesor sufre de hipocondría, que se esquiva contra los pobres niños. En la escuela municipal… ¿Dónde ha leído Matilde: «Vivimos en una sociedad podrida»? ¡Cállate, pensamiento!
Pero qué te voy a contar. Nos olvidamos de ella. Como de tantas, para qué mentir. Fue en 2016, con la reedición de Tea Rooms por Hoja de Lata, cuando la redescubrimos de golpe y porrazo. Más de 80 años después. Tela. Y tan fuerte caló que en 2022 Laia Ripoll la llevó al teatro y poco después aterrizó en Televisión Española en la serie llamada La Moderna.
Matilde los mira, al pasar, sin detenerse. Siente necesidad de comer. Las patatas «viudas» del mediodía se disolvieron hace rato en su estómago. La invade una suave laxitud, que afloja sus miembros. En su cartera de franela azul, entre un pañuelo y un pomo de perfume vacío, hay diez céntimos. En su cerebro, dos perspectivas: un buñuelo caliente o un viaje en tranvía hasta los Cuatro Caminos. «Buñuelos calientes, a 0,10.» El cartel es enorme, casi tanto como la Puerta del Sol. Sobre automóviles, tranvías, verdes y azules de lámparas lumínicas, sobre multitud: «Buñuelos calientes, a 0,10.» Lo ocupa todo. Y Matilde languidece de debilidad.
Cuando leí en Tea Rooms la descripción de los buñuelos calientes de a 10 céntimos, enseguida me vino el recuerdo de mi abuelo Saturnino, que era un golosón de campeonato y los domingos que tocaba comprar buñuelos -los de viento que ya eran los únicos que se vendían en Madrid centro- siempre evocaba a los otros buñuelos, los de churrería, los de agua. Yo no los he llegado a conocer. Solo los tenía en el recuerdo heredado de mi abuelo.

También he podido calcular perfectamente cuánto se tarda en ir andando a Cuatro Caminos porque mi casa familiar se encuentra entre la calle de Maudes y Santa Engracia. Ni te imaginas la de veces que he hecho ese camino andando. Yo por placer, es cierto, jamás tuve que decidir si gastar 10 céntimos en llenar la tripilla o regresar pronto a casa.

Mi versión no está azucarada por dentro ni bañada -o frita- en mantequilla así que ese sabor que evoca Luisa no está en esta receta. Para rebajar el azúcar, he hecho mi mezcla de coco y azúcar bien molida con una pizca de canela que no se nota directamente pero se hace sentir. Si mi abuelo Satur hubiera podido probar mi versión, estoy segura de que le habrían encantado aunque su primera reacción, seguro, sería la de "Ah, no saben igual. Pero están ricos". Luego se zamparía tres sin pestañear. 

Nota:
Querido lector, puede que creas que las dos veces que he resbalado sobre el apellido de Luisa ha sido cosa de mi dislexia, pero esta vez te he tendido una trampa. Y es que a Luisa, ni su propio nombre se le libró del descuido: en sus primeros cuentos publicados aparece impreso, por error, como "Canés" en una ocasión y como "Carrés" en otra. Así que si te ha sonado a fallo mío, por una vez y sin que sirva de precedente, ha sido de puro apropósito.
Ingredientes:
  • 500gr. de harina de fuerza
  • 350-400gr. de agua templada
  • 1 chorrito de anís
  • 1 par de pizcas de sal
  • 1 y 1/4 sobre de levadura de panadero

  • Abundante aceite para freír

Notas:
  • Sobre la consistencia: Es una masa muy hidratada y no admite amasado a mano porque no puede quedar manejable -dura- o el buñuelo quedará como pan frito. Vas a necesitar de un procesador o varillas y si son eléctricas, mejor.
  • Sobre el formado: como la masa va a estar muy blandita, vas a tener que trabajar los buñuelos con las manos bien engrasadas. Es fundamental trabajar rápido: bola, agujero y directo al aceite caliente. Es una masa difícil de manejar y hay que aceptarlo. 
  • Sobre el rebozado: siempre podrás hacerlo solo con azúcar pero si quieres que sean más ligeros y con un toque especial, muele junto 1 cucharada de azúcar por 2 de coco rallado y una pizca de canela. Si quieres más cantidad, dobla las proporciones.
  • Sobre la levadura y el tiempo de levado: con la cantidad que te detallo, en una hora la masa estará lista. Si usas solo un sobre, deja que la masa leve 2 horas.

Preparación:
  1. Mezcla todos los ingredientes (empieza con menos cantidad de agua) y amasa unos 3 minutos. Deja que repose 5 minutos para ver cómo va absorbiendo la harina. La masa tiene que quedar muy manejable y pegajosa. Si ves que está un poco dura y uniforme, añade un poco más de agua y vuelve a amasar.  Deja que leve 1 hora.
  2. Con las manos y la encimera engrasadas, haz bolas de masa de entre 60-80gr. dependiendo del tamaño que desees. 
  3. Calienta el aceite a fuego medio alto y vas cogiendo una bola, le haces un agujero en el centro y al aceite. Rápido para que no se deformen.
  4. Una vez fritos, los rebozas en azúcar o en la mezcla de azúcar y coco molido. Y a comer sin que enfríen del todo.

Esquinas Noddack o Laugenecken

abril 19, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Ida Noddack, nuclearmente atómica

Mi tercera Matilda, fue una de las primeras mujeres alemanas en doctorarse en Física y Química. Junto a Walter, su marido, trabajaron de tú a tú -algo rarísimo entonces- y por lo que sea -porque la mente de los químicos es un poco raruna para qué mentir- se les metió entre H2 y O encontrar los elementos que faltaban en la tabla de Mendeleiev. 

Et voilà. Encontraron el Renio -el elemento 75-  uno de los metales más raros del planeta. Y no contentos, encontraron también el elemento 43 -el Masurio- y he aquí la primera injusticia: la comunidad científica dijo que nones, que nanai, que era imposible y que "jajaja" qué ocurrencia, oigan. Años más tarde, no te lo pierdas, unos tipos lo redescubrieron de forma artificial y lo llamaron Tecnecio. Y aquí paz y después gloria para el Tecnecio. 
Pero el gran golpetazo estaba por llegar. 

En 1934, el famosísimo Enrico Fermi publicó que, al bombardear uranio con neutrones, había creado elementos más pesados. Ida, con una intuición asombrosa, publicó a su vez otro artículo desdiciendo al Fermi; argumentó que el núcleo del Uranio no se hacía más grande sino que se rompía en pedazos grandes. Y así como quien no quiere la cosa, Ida Noddack acababa de describir la fisión nuclear antes que nadie en el mundo. En el mundo mundial. En la galaxia. En la vía Láctea no se sabe. Pero en el Planeta Tierra, vaya que sí sin titubeos ni peros que valgan.

Y lo que pasó después ya te lo puedes imaginar. Las vacas gordas del sector científico la desdeñaron sin disimulos. El Fermi hizo como que no oía y el resto de la manada, incluido Otto Hahn -quien años después ganaría el Nobel por... eso es ¡Bingo! por la fisión- consideraron su sugerencia como inadmisible, absurda y ridícula. A ver, qué se podía esperar de una mujer donde todo su currículo se resumía en ser la ayudante del esposo. Bah.

Y una vez más, estos señoros tan listucos tuvieron la oportunidad de haber demostrado que la humildad no está reñida con el conocimiento. Pero ni de lejos: tras confirmar experimentalmente la fisión nuclear en 1939, Hahn y su colaborador Fritz Strassmann se negaron a reconocer que Ida se les había adelantado hacía cinco años.

Reclamó y solo escuchó silencios. Cuando Hahn recibió el Premio Nobel en 1944 por la dichosa fisión, no solo ninguneó a Ida sino también a su propia colaboradora, Lise Meitner. Qué pena no tener un Nobel honorífico al mejor especialista en dar esquinazos. Pero mira qué cosas; existen unas declaraciones de Otto Hahn poco antes de morir donde reconoce o admite o... lo que sea, diciendo algo así como que "pero Ida había tenido razón a pesar de todo". 

No te lo voy a hacer mucho más largo pero Ida murió sin que la comunidad científica en bloque reconociera todos sus logros.  Hoy instituciones como la Sociedad Alemana de Química y otros organismos internacionales la anuncian sin dobleces como la primera persona en teorizar la ruptura del átomo. 

Y aunque el especialista en esquinazos fue el Profesor Otto Hahn, hoy voy a devolverle el guante y con un par de masas le dedico a Ida Noddack estas esquinas que no son un invento sin documentar. Al contrario, son un clásico del picoteo en Austria y Bavaria. Se llaman Laugenecken y son Laugen con forma triangular. Y los Laugen son todos los panecillos que antes de hornearse han estado sumergidos en agua con bicarbonato. 

Pero para que estas esquinas tuvieran el carácter de Ida, ha sido necesaria aplicar la química más contundente que una españolita de a pie puede manejar. Porque uno de los problemas de hacer Laugen o Brezel caseros, es que no siempre se consigue que cojan el color tostadito, firme y brillante tan característico sin que adquieran cierto sabor químico.  Tras años detrás del secreto -hace muchos años junto a la Majuluta, empecé a experimentar con la cantidad de bicarbonato, tiempo del baño y temperatura de horno- hoy ya sé que la clave está en "enriquecer" el bicarbonato para obtener carbonato de sodio que es infalible y nunca falla (te lo cuento en las notas).

Y esto no es todo. He hecho una "fisión" de masas para ahorrarnos horas en el plegado para conseguir el toque hojaldrado. Directamente, he levado una masa sencilla de pan de leche que he trabajado junto con una plancha de hojaldre de buena calidad. No es un invento mío; algunas blogueras alemanas lo usan. Ese sentido práctico tan natural y espontáneo que tienen para las masas, me encanta. Y si experimentas siguiendo mis consejos -te los dejo en las notas de abajo- verás qué facilón es quedar como una reinona del amaseo. Ya verás.
Ingredientes:
  • 350gr. de harina de fuerza
  • 2 cdas. de miel
  • 7gr. de levadura seca de panadero
  • 150ml. de agua
  • 60ml. de leche
  • 1/2 cdta. de sal
  • 1 lámina de hojaldre de calidad
  • Para el baño: 80gr. de bicarbonato y 2 litros de agua
  • Para decorar: semillas de sésamo, de amapola, etc.

Notas de laboratorio:
  • La masa híbrida es una manera sencillísima de conseguir un resultado espectacular sin complicarte demasiado. Ahorras tiempo pero vas a tener esa explosión de capas que es el encanto de estas esquinas. 
  • Recuerda que la cantidad de líquido depende de cada harina porque absorben de manera distinta. Siempre podrás añadir un poco más de líquido o de harina si ves que no consigues una masa hidratada pero firme.
  • Si puedes, no reemplaces la miel por azúcar. Primero, porque el paladar te lo va a agradecer y segundo porque la miel ayuda a obtener una corteza más crujiente. 
  • El bicarbonato fortalecido: para conseguir ese color caoba tan oscuro y el sabor auténtico alemán sin amarguras, debes transformar el bicarbonato en un álcali más potente. Tal fácil como hornéalo a 100°C durante una hora. Perderá agua y así tendrás polvo de carbonato de sodio que te va a dar el punto perfecto de un auténtico Laugen. 
  • El baño es el momento donde todos contenemos la respiración. No te estreses. Lo importante es que el agua no hierva cuando sumerjas las piezas. Si las bañas en exceso, verás que las piezas pierden la forma y es posible que terminen amargando con cierto sabor a jabón y si se quedan cortas, no brillarán. Yo cuento hasta doce (entre 10-12 segundos) por cada lado y tan bien.

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes de la masa juntos y con ayuda de unas varillas eléctricas amasa 2-3 minutos. Deja que la masa descanse 5 minutos y así vas a darle tiempo a que absorba bien los líquidos. La pasas a la encimera y amasa un rato hasta que veas que, aunque algo pegajosa, la masa se reúne bien y la sientes lisa. La pasas de nuevo al bol y dejas que leve 2 horas.
  2. Mientras, hornea a 100ºC el bicarbonato durante una hora. Reserva.
  3. Pasadas las 2 horas, extiende con el rodillo  la masa sobre la encimera enharinada intentando que tenga las mismas medidas de la plancha de hojaldre, la cual colocarás encima de nuestra masa. 
  4. Imaginariamente, divide la lámina en dos. Dobla una mitad hasta el centro, y haz lo mismo con la otra mitad (Mira la foto del paso a paso). Alisa un poco con el rodillo. Vuelve a plegarla de nuevo y alisa un poquito de nuevo. Con ayuda de un cuchillo o un corta pizzas, divide la masa primero en cuadrados del tamaño que quieras (yo he hecho 3x2 piezas) y luego parte cada cuadrado en dos triángulos. Colócalos en una plancha de horno con papel de hornear y deja que leven de nuevo unos 30 minutos más.
  5. Calienta el horno a 200ºC.
  6. Calienta el agua hasta hervir, disuelve el carbonato de sodio cuando el agua ya no hierva (para evitar el efecto volcán) y vas bañando cada pieza. Intenta que queden bien escurridas y las vuelves a dejar en la placa del horno. Adorna con las semillas que más te gusten y hornea acto seguido. El tiempo depende de cada horno pero será entre 25-30 minutos. Si ves que cogen el color muy rápido, baja el horno a 170ºC.

Rollos Nettie Stevens de amapola o Mohnschnecken

abril 15, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.

Nettie Stevens y la importancia del gorgojo

Hubo un tiempo en que se creía que el sexo de un bebé era una moneda al aire lanzada por la diosa fortuna, o el resultado de lo que la madre comía durante el embarazo, o la temperatura del "nido", o lo que dios quiera a secas y sin más florituras. Pero pasó lo que tenía que pasar y en 1905, una maestra que había ahorrado hasta el último centavo para poder estudiar e investigar, decidió mirar donde nadie miraba: en los testículos de un escarabajo de la harina. 

No me preguntes qué es lo que lleva a un ser humano a hacer de voyeur de un tenebrio molitor, uno de esos bichitos que les da por colarse en nuestras mejores harinas. Y aunque no venga al caso, si tus harinas no las quiere ni el tenebrio, debes preocuparte. Pero esta es otra historia.

Nettie Stevens, nuestra maestra que tuvo que esperar años hasta poder pagarse la carrera y dedicarse a sus investigaciones, vio lo que los grandes genios de su época habían pasado por alto: dos filamentos, dos hilos de vida. Uno grandote (X) y el otro, algo más chiquito (Y). Ahí estaba el secreto. No me preguntes; solo créeme que ella lo vio requeteclaro: el sexo no era magia, era genética.

Y aunque fue la primera científica en decir "Señores, el sexo lo determinan los cromosomas" haciendo públicos sus resultados, pasó que un colega suyo, un tal Edmund Beecher Wilson, publicó algo similar casi al mismo tiempo. Y aunque la investigación de Nettie era mucho más completa y detallada, la historia -o los señoros que manejaban el cotarro- dieron por sentado que el Wilson era el genio y ella la maestrilla con suerte. Vaya, que la ningunearon de mala manera.

Pero bueno, errores cometemos todos y es de sabios rectificar. Pero éstos, como que no. El gran genetista Thomas Hunt Morgan, un tipo que posteriormente se ganó el Nobel por méritos bien argumentados,  llegó a decir que Nettie era una técnica del montón. Sin especial talento.

Y lo curioso es que Wilson era el mentor de Nettie y el tipo era algo escéptico con la idea de que un solo cromosoma determinara el sexo. Ella publicó en septiembre y él en octubre. Incluso él, puso una nota al final del artículo reconociendo que Stevens había llegado a conclusiones más definitivas con sus resultados en el escarabajo de la harina. Pero como quien oye llover. 

Lo dicho: la ningunearon de mala manera. Y mientras Wilson y Morgan se consagraban como los padres de la genética moderna, Stevens nunca alcanzó ni siquiera el estatus de profesora titular con plenos derechos en una gran universidad de investigación. Trabajó principalmente en el Bryn Mawr College, una institución para mujeres que, aunque prestigiosa, no tenía ni el peso político ni financiero que Columbia o Harvard. 

Además, el destino quiso que Nettie muriera joven -de cáncer de mama a los 50 años- y, habiendo descifrado el código de la vida, estas eminencias se encargaron de que el mundo no le agradeciera el magnífico aporte que nos regaló a toda la humanidad. Al fin y al cabo, ellos eran las celebridades y ella una técnica con potra y poco más. 

A ver si lo pillo: una mujer, encima pobre, lista a rabiar, con una voluntad de hierro y una paciencia que ya la quisiera el santo Job; ¿una mujer de ese temple y para estos tipos era una investigadora del montón? Bravo. Y claro, murió demasiado pronto como para tener ocasión de defender sus descubrimientos así que olvidarse de sus méritos fue, si cabe, más fácil aún. 

Y el caso de Stevens no es único. Obedece a un patrón muy concreto y sistemático donde la comunidad científica las usaba, se aprovechaba de sus hallazgos y luego las borraba del papel. Mira si era injusto que estas científicas, tienen casi todas en común el tener prohibida la entrada en las sociedades donde se discutían sus propios descubrimientos.

Las que consiguieron relucir un poco más de lo acostumbrado es porque tenían un hombre detrás, perdón, delante que no las ninguneó y aún así, siempre fueron en su tiempo, las segundonas, las asistentes de ellos. Por tanto: si hay que hablar de ellas, pues se habla.

De todas formas, qué irónico ¿verdad? En tiempos de Nettie, a las mujeres se nos reservaba el mundo entre harinas y pañales por obligación, porque se suponía que no valíamos para más. Nos cerraban con llave las puertas de la ciencia y demás humanidades, pero ahí la tienes; rebelándose contra el destino y buscando la verdad en los testículos de un gorgojo para que tú y yo entendamos algo de genética. O no pero eso no es culpa de Nettie.

Hoy las cosas han cambiado, al menos en las formas: entramos y salimos de la cocina cuando nos place. Ya no buscamos cromosomas entre los bichos de la harina, pero nos enharinamos hasta las orejas por puro placer y para darnos el gusto. Sin que nadie nos dicte el sitio ni nos corte las alas. 

Así que, prepárate estos rollos de amapola solo si te da la gana porque sino no te van a saber ricos. Y, entre bocado y bocado, brindemos por las Netties de la historia. Porque es hoy y solo en esta parte del mundo, donde las mujeres vamos cogiéndole el truquillo a eso de disfrutar de la vida sin pedir permiso. Y entre todas tenemos que escribir este capítulo de la historia para que las que vienen detrás lo tengan más sencillo.

Y ahora, cambiemos de rollo.

Ingredientes:
  • 200ml. de leche tibia
  • 1 huevo
  • 2 cdas. de miel
  • 500gr. de harina de espelta ( o trigo)
  • levadura seca para 500gr. de harina
  • 70gr. de mantequilla
  • opcional: un poquito de ralladura de limón o naranja
Para el relleno:
  • 150gr. de semillas de amapola molidas
  • 100ml. de leche caliente
  • 80gr. de azúcar
  • 30gr. de mantequilla
  • vainilla

  • Acabado: yema rebajada en agua para pincelar y una glasa para cubrir (azúcar glas, unas gotas de limón y una cdta. de leche)


Notas:

  • Me encanta el acabado de esta masa estando bastante hidratada. El problema es que complica la formación del rollo pero lo he solucionado de esta forma: Cuando hagas el rulo y veas que se queda bastante plano (míralo en las fotos del paso a paso) no pasa nada: corta rodajas de unos 2-3 cm. y las haces rodar cada una de ellas haciendo un rollo y las colocas en la fuente. Merece la pena lo jugosos que quedan. 
  • Si por el contrario, prefieres unos rollos convencionales con la masa más firme, deja en 160ml. la cantidad de leche.
  • Una regla de oro: la mantequilla derretida en bizcochos, sí. En masas levadas, no.


Preparación:

  1. Mezcla todos los ingredientes en un bol menos la mantequilla. Amasa con las varillas eléctricas unos 3 minutos. A mano 5 minutos. Deja reposar 5 minutos.
  2. Añade la mantequilla reblandecida y vuelve a amasar hasta que veas que está bien incorporada. Pasa la masa a la encimera y amasa a mano hasta que veas que tiene cuerpo, está blandita y se despega con facilidad (entre 3-5 minutos). Deja que leve hasta que doble el tamaño (entre 1 hora y media a 2h.)
  3. Mientras, prepara el relleno. Calienta la leche y agrega las semillas, el azúcar y la vainilla. Haz una pasta y agrega la mantequilla. Lígalo todo bien y reserva.
  4. Enharina la encimera y estira la masa en un rectángulo, untas la pasta de amapola, enrollas como un brazo de gitano (forma de rulo) y cortas rodajas de 2-3 cm. Procede según las notas anteriores . Coloca los rollos sobre una fuente engrasada dejando huecos entre ellos para que puedan levar bien. Deja que leven otra media hora.
  5. Precalienta el horno a 170-180ºC.
  6. Pincela con la yema de huevo rebajada en agua los rollos y hornea hasta que veas que cogen un bonito color dorado (Entre 20-30 minutos). Prepara la glasa y cuando estén casi fríos, pon un poquito a cada bollito por encima.

Pestiños anaranjados a la Alice Ball

abril 12, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Alice Ball
Fue una química afroamericana que, con solo 23 años, descubrió el primer tratamiento efectivo contra la lepra. Hasta entonces había sido una enfermedad maldita, inmisericorde,  donde los enfermos eran desterrados o recluidos abandonados a su suerte. La muerte en soledad, no había otra.

El mérito de Alice fue triple: aparte de tan importante hallazgo, fue la primera mujer afroamericana en graduarse por la Universidad de Hawái y la primera mujer profesora de Química en esa misma universidad. Pero ¿mujer y afroamericana? exacto, Alice tiene todas las papeletas para ser miembro premium en el club del Efecto Matilda.

De niña, trasteaba siempre junto a su abuelo que era un reconocido fotógrafo y daguerrotipista local. Así que su infancia transcurrió entre placas de metal, vapores de yodo, mercurio y plata. Creció viendo a su abuelo manipular ácidos y revelar imágenes como si el laboratorio fotográfico fuera su particular zona de juegos. 

El abuelo tenía la salud delicada así que la familia se mudó a Hawái esperando que sus dolencias se atenuaran. El clima de Seattle le traía por la calle de la amargura. Y allí comenzó todo.
El Dr. Harry T. Hollmann, que trabajaba en el hospital de leprosos, estaba desesperado porque el aceite de chaulmoogra, el único remedio conocido contra la lepra, no funcionaba. Sabía fatal y los enfermos lo vomitaban antes de que hiciera efecto; era además ininyectable y tan denso que se quedaba hecho un mazacote bajo la piel y causaba unos abscesos de película de terror. Y es que el dichoso aceite era además insoluble; no se mezclaba con la sangre ni a tiros.

El caso es que había oído hablar de una joven profesora de química que era una maga en lo suyo y le pidió ayuda. Alice aceptó el reto sin dudarlo. Se puso a ello y, no te lo pierdas, en menos de un año descubrió cómo hacer que el aceite de chalmoogra fuera soluble en agua. ¿Y cómo lo hizo? pues con un rigor científico requetebrutal. Aisló los compuestos activos del aceite y los convirtió en una sustancia que sí era soluble en agua. No me preguntes cómo que lo mío son las letras pero por primera vez en la historia de la humanidad, el aceite podía inyectarse y el cuerpo lo absorbía sin problemas. Gracias a Alice, miles de personas han salvado la vida. Ahí es nada.
Pero negra y mujer en 1915 ¡qué se podía esperar! recuerda que la segregación racial no era un mero conflicto moral o cultural. Había leyes (las leyes Jim Crow) que castigaban severamente la integración de la gente de color en la vida sociocultural americana. Su descubrimiento quedó completamente marginado y más aún cuando un año después, en medio de una clase y por error, inhaló gas cloro. Murió con tan solo 24 años.

Muerta y ninguneada. Olvidada pero su descubrimiento era un hito para la ciencia. y claro, llegó el plagiador de turno, en este caso el presidente de su misma universidad Arthur L. Dean que se adueñó de su método y lo publicó sin ni siquiera nombrarla. Con un par de pestiños mal refritos. 

Y aquí dio comienzo el largo camino por restituir su hallazgo encabezado primero por el Dr. Harry T. Hollmann que se pasó la vida intentando sin éxito que el mal llamado Método Dean se llamara como tenía que llamarse. Varias eminencias a lo largo de los años lo intentaron también pero no fue hasta el año 2000 que la Universidad de Hawái finalmente colocó una placa en su honor junto al único árbol de chaulmoogra del campus.

Cada 28 de febrero se celebra en Hawái el Día de Alice Ball, momento elegido a conciencia pues marca el final del Mes de la Historia Negra (Black History Month) y el comienzo del Mes de la Historia de la Mujer (Women's History Month).

Si Alice Ball logró que un aceite denso e imposible se volviera soluble para salvar vidas, tú y yo vamos a hacer nuestro propio experimento. El secreto de estos pestiños no está solo en la masa, que he intentado ajustar al máximo en aceite y dulzor, sino en su baño alquímico: un almíbar de panela y naranja que, al igual que el Método Ball, transforma ingredientes sencillos en algo espectacular. Un glaseado que empapa cada pestiño en frescura para que cada bocado sea un homenaje a su memoria. Va por ti, querida.

Prepárate, porque el resultado es, sencillamente, requeteAlice. 
Ingredientes:
  • 60ml. aceite de oliva
  • 1 rama de canela
  • piel de limón
  • unas semillas de anís o matalahúva
  • 250gr. de harina de espelta
  • 60ml. de vino blanco
  • el zumo de 1/2 naranja
  • una pizca de sal
Almíbar:
  • 150gr. de piloncillo de panela (o panela molida)
  • 100ml. de zumo de naranja
  • 50ml. de agua
  • un chorrito de ron
  • 1 rama de canela

  • mezcla de aceite de oliva y de girasol a partes iguales para freír
  • ralladura de naranja y semillas de ajonjolí para el acabado

Preparación:
  1. Calienta el aceite de oliva junto con la cáscara, la canela y las semillas de matalahúva. Deja que macere un poquito a fuego muy suave y deja que enfríe por completo.
  2. En un bol, pon todos los ingredientes de la masa con el aceite colado. Liga la masa con una espátula, pásala a la encimera y amasa unos 4-5 minutos. Deja que repose 1 hora.
  3. Para el almíbar, pon todos los ingredientes en un cazo y lleva a ebullición. Deja que reduzca hasta que notes el punto casi de caramelo (sacas unas gotitas sobre un platito y al enfriar tiene que espesar). Mantenlo calentito.
  4. Extiende la masa sobre la encimera con ayuda de un rodillo. La masa tiene que quedar muy fina. Puedes poner unas gotas de aceite sobre la encimera para que no se pegue la masa. Con un cortamasas (o cortapizzas o un cuchillo) corta la masa extendida en cuadrados y pliega dos de los extremos del cuadrado hacia el centro y presiona para que no se abran en el aceite. 
  5. Pon a calentar el aceite para freír en una sartén honda con unas cáscaras de naranja. Cuando veas que se fríen, baja el fuego a medio alto y comienza a freír los pestiños. Los vas dejando sobre papel absorbente de cocina para que pierdan el exceso de aceite.
  6. Baña cada pestiño en el almíbar, lo depositas sobre una fuente y vas espolvoreando la ralladura de naranja y el ajonjolí.

Bollitos sin levar de quark con grosellas

agosto 02, 2025
No hace tanto, las cosas no se medían como se miden ahora. Eso hacía que viviéramos más ufanos respecto a las alarmas climáticas o medioambientales o interestelares. De alguna manera, éramos más felices sabiendo poco. Pero ahora, ¡ains! ¡pero ahora! esto es un sin vivir porque el Siglo XXI nos tiene a todos con el corazón encogido con tantos estudios, descubrimientos y experimentos científicos.

Disponemos de tecnología para hacer seguimientos y documentar tantas cosas que resulta abrumador. En el siglo pasado -y mira que cada día aprendíamos algo- había muchos temazos que los científicos imaginaban o pronosticaban pero no tenían medios para afirmar. Por eso, el veinte ha sido el siglo de las teorías, teoremas e hipótesis.

Ahora por ejemplo, sabemos que la Tierra, en tan solo 20 años, se ha inclinado 80cm y que el nivel del mar ha aumentado 0.6cm. Esto es debido a la extracción de las agua subterráneas; te lo cuento porque aunque no es relevante para este sermón, seguro que más de uno se iba a quedar con el come come del porqué -a mí me pasaría-. Decía, que ahora sabemos muchas cosas raras cómo las probabilidades de impactos de meteoritos sobre la Tierra, o que las turbulencias aéreas cada vez serán más violentas y severas.
Sabemos muchas cosas que interpretamos con los datos que ahora mismo tenemos. Dentro de cinco años, cuando sepamos más, ese saber cambiará para adaptarse más a los hechos y menos a las teorías. Porque lo cierto es que desconocemos muchísimas cosas y ese afán de ir de sabelotodos, hace que los científicos saquen papers hasta de debajo de las alfombras y dan ruedas de prensa rocambolesca anunciando avances que aún están por llegar pero que los medios de comunicación interpretan a su manera dando rienda suelta al Spielberg que todos llevamos dentro.

Esto pasa, por ejemplo, con la energía oscura. Si lo de la materia oscura es para hacerse un harakiri mental, lo de la energía oscura ya es de traca. Se la han inventado porque como no hay ninguna explicación al fenómeno de "qué está causando que el universo se expanda a un ritmo acelerado" cosa que hasta hace no demasiado se pensaba que era mucho más lento... decía, que como no tenemos ni zorra, se han inventado esta energía oscura -que no siniestra- que sería la impulsora de dicha aceleración.

Pero como una fantasía, perdón, teoría lleva a otra, ahora se preguntan "cómo funciona y qué es la energía oscura". Es de locos buscar teorías basadas en datos que recogen desde telescopios gigantescos sin un hecho creíble sobre el que partir. Si el futuro demuestra que la energía oscura no existe, pues nada: aquí paz y después gloría. Si por el contrario, se logra documentar -algo que dudo- los "gurús" que lo profetizaron pasaran a la historia y lo que menos importará es que acertaron de pura chiripa y sin un solo dato sólido con el que trabajar.
En fin, que aquí deberíamos de poner una moraleja pero a mí este afán de querer saberlo todo -y si no lo podemos probar pues no lo inventamos- me parece de locos, la verdad. Luego pasa que mezclamos las churras con las merinas y ya no sabemos en qué creer y de aquí a decir que la Tierra es plana solo hay un salto de página. Eso sí, los tierraplanistas lo tienen cada vez más crudo porque tienen que estar temblando con lo de los 80cm. de inclinación porque si las matemáticas no me fallan estamos a unos 30 ó 40 años de caernos todos por la borda en plan Titanic.

Hoy tocan estos bollitos rápidos que no tienen que levar porque se hacen con polvos químicos tipo Royal, sin misterios ni energías oscuras. Bueno, desaparecieron en un abrir y cerrar los ojos. Lo mismo algún misterio si que esconden después de todo ;-)

Ingredientes:
  • 1 huevo
  • 50gr. de azúcar
  • 250gr. de queso quark
  • 50gr. de mantequilla fría
  • vainilla
  • 250gr. de harina de espelta (yo uso parte integral)
  • Polvos de hornear tipo Royal
  • 50gr. de grosellas
  • leche para pincelar
  • azúcar glas para espolvorear

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 180ºC.
  2. Amasa todos los ingredientes juntos. Cuando tengas la masa ligada (sin amasa mucho para que queden más rústicos) añade las grosellas.
  3. Divide la masa en 10 a 12 porciones dependiendo de si los queréis más o menos grandes. Los colocas en la placa del horno y los pincelas con un poco de leche.
  4. Hornea hasta que están dorados y una vez templados, añade azúcar glas por encima. 


Torta de nata

junio 23, 2024
Un agujero de gusano, según la física cuántica, es un portal que dura poquísimo, poquísimo tiempo abierto pero lo suficiente para hacerle un lío supino al tiempo y al espacio. Así, en plan resumido, se dice que une dos aguajeros negros en el espacio. ¿Y por qué en el espacio y no en nuestro planeta? ¿Por qué todas las cosas emocionantes tienen que pasar a años luz? Porque a ver, si esto es un desmadre espacio-temporal bien podría darse, teoréticamente, en cualquier parte y como nosotros somos parte activa de la ecuación, pues casi que no es descabellado pensar que ocurran cosas. 

Pues el viernes por la tarde nos ocurrió una de esas cosas. Estábamos tan tranquilos, daba comienzo el partido de Austria contra Polonia y yo estaba trasteando con algo. No sé si alguna vez lo he contado, pero en la sala de estar tenemos una ventana indiscreta que casi todo lo ve. Se puede controlar quien entra y sale del barrio de Judendorf y del de Seegraben además de tener una amplia vista del camino a la estación. Pues imagina en todos estos años la de cosas que hemos visto. 

Y a pesar de estar curada de espanto, a la que entro en la salita y abro las dos hojas de la ventana porque teníamos un caloret del ocho, espeso a rabiar que no dejaba respirar y el cielo mientras anunciando tormentón mayúsculo; decía, a la que abro veo a un granjero de montaña -de los que también cuidan el bosque, vigilan los árboles que enferman, los que se deben talar y los que hay que plantar- completamente desorientado, de un lado a otro del puente de Seegraben sin saber el hombre hacía donde tirar.

De una edad completamente indefinible entre 80 y 150 años, el hombre tenía la espalda completamente horizontal sobre su cuerpo, las piernas encorvadas en semicírculos casi perfectos y un rostro prácticamente oculto bajo su sombrero de fieltro gris. Vestía a la antigua, con el pantalón de peto en ante bien curtido y la chaqueta de lana verde que bien podía salir de una granja de hace 20 años o 200. 
Le vi y me generó ansiedad. Algo le pasa a ese hombre, le dije a Gü. Miró y estuvo de acuerdo. Había intentado parar a dos coches que no le hicieron ni caso. Iba de un lado para otro, a grandes zancadas pero indeciso. Podría estar borracho. O no. En cualquier caso era inquietante y tenía pinta de necesitar ayuda. Le pedimos a Lucas que fuera a preguntarle.

Y como si nos hubiera leído los labios, aunque no nos podía ver, se encamino hacía nuestro Hof. Lucas no le entendía ni papa. Salió Günter y tampoco. Lo dicho, ni papa. No era un defecto en el habla, sino un dialecto tan cerrado que no había manera de pillar ni media. El abuelo paterno de Günter era así, solo le entendía la abuela. Y por los gestos que hacía y tras creer escuchar una especie de "toilette" llegamos a la conclusión que necesitaba ir al baño.

Llevaba un enorme reloj de aparador entre las manos, rugosas y enormes como muñones, con algún dedo descacharrado dando testimonio mudo de toda una vida dura en las montañas. El reloj había sido un regalo, parece ser. Le invitamos a ir al baño y después a un vaso de agua fresca. Se vino arriba y le preguntó a Gunter si le podía llevar en coche. No se entendía a dónde pero Günter le dijo que casi que no, que no podía.

Me quedé un poco pillada: "hombre, ¿por qué no le has llevado?", "¿estás loca, pero tú le has olido?" me dijo. Y no, no le había olido pero cuando me acerqué a la entrada y sentí ese rastro a granja arcaica, a vacas añejas maceradas en el calorazo del día casi me caigo de espaldas. Y según salió de nuestro patio se acercó al semáforo y fuimos testigos de como un buen parroquiano se lo subió al coche. "A ver ahora como le quita al asiento la peste a establo" dijo Günter. "A ver" le dije yo. 

Una vez más,  hoy es domingo de reto, de Homenajeblog donde cada mes nos colamos en cocinas ajenas y homenajeamos al anfitrión cocinado alguna de sus recetas. Este mes el turno es para Patricia de Patyco un blog que apenas conocía pero que tiene un montón de recetas, sobre todo dulces pero todas estupendas. Llevaba mucho tiempo detrás de hacer esta torta de nata de Vigo que tuve el gusto de probar hace siglos. Se trata de una torta con agujeros que de cósmicos tienen poco. Se hacen para poder rellenar su miga con una crema de nata cocida que está para morirse en el acto y resucitar inmediatamente solo para darle un mordisco más. 


Ingredientes para la torta (14-26cm de diámetro):
  • 300gr. harina repostera (necesité un poco más)
  • 1 sobre de levadura de pan
  • 1 huevo
  • 45gr. de azúcar
  • 125ml. de leche
  • 45gr. de mantequilla a temperatura ambiente
  • una pizca de sal
  • vainilla o azúcar avainillado
  • azúcar glas para espolvorear

Para la crema:
  • 300ml. nata para montar 35%
  • 75gr. de azúcar

Preparación:
  1. Mezcla en un bol los ingredientes secos. Con ayuda de unas varillas eléctricas o amasadora, mezcla éstos con la leche. Deja que repose unos 5 minutos, añade la mantequilla y vuelve a amasar hasta que la masa se reúne bien y queda lisa.  Si ves que está demasiado pegajosa e intratable, añade un poco más de harina porque cada cual absorbe a su manera. Pero recuerda, que es una masa que tiene que quedar pegajosa al tacto. Deja que leve 2 horas.
  2. Aprovecha y haz la crema de nata. En una cacerola a fuego medio lleva la nata con el azúcar a ebullición moviendo casi constantemente. Tienes que lograr que la nata se reduzca para que espese. Me llevó unos 20-minutos y al enfriar la crema de nata espesó. La textura era parecida a la leche condensada.
  3. Una vez levada la masa, haces una torta redonda. Puedes ayudarte con un rodillo o simplemente con las manos (te las engrasar un poco y verás que fácil) Con rodillo quedará a la vista más bonita e uniforme. Con los dedos, la torta quedará más esponjosa pero más rústica. Deja que leve de nuevo 20min. Mientras, precalienta el horno a 190ºC (200ºC dependiendo del horno).
  4. Justo antes de meterlo al horno, haz los agujeritos. Puedes ayudarte con el palo de una cuchara de madera o con los dedos. Hornea unos 15 minutos (dependerá del horno). No debe quedar tostada, sino más bien blanquita.
  5. Una vez fuera del horno, aún caliente, le añades la crema por encima. Si se cerraron los agujeros en horno, los puedes volver a marcar. Así la crema rellena los agujeros dejando una torta jugosa y cremosa por dentro. Deja que enfríe por completo y termina con un poco de azúcar glas por encima.

Bolitas de queso quark o Quarkbällchen

marzo 02, 2024
filfa 
1. f. coloq. Mentira, engaño, noticia falsa.

Sin.:
mentira, patraña, trola, cuento, bulo, engañifa, bola.
Mira tú, que teniendo una palabra tan bonita nos hemos quedado con el término inglés fake que hoy lo tenemos requete gastado aunque la verdad sea dicha, filfas ha habido y habrá por los siglos de los siglos.

Por ejemplo, en 1835 el New York Sun se inventó por la patilla,  que un astrónomo inglés había descubierto vida en la Luna, no te lo pierdas, a través de su telescopio. Había avistado unicornios y pájaros humanos y para cuando se pudo desmentir la fantasía muchos periódicos ya se habían hecho eco de la “noticia del siglo”.

Otro capítulo en esta onda, estalló el 10 de noviembre de 1906 cuando la prensa francesa publicó que la Dama de Elche había sido robada del Museo del Louvre de París. No, no lo fue pero sí que hubo robo y aunque no te lo creas Picasso estuvo involucrado hasta las trancas. Pero deja que ordene un poco esta historia digna del mejor vodevil.

Como ya sabrás, la Dama de Elche la descubrió un labriego, se la quedó el dueño de las tierras y se la vendió a los franceses. La tuvieron expuesta en el Louvre donde crearon una sala de arte ibérico -en 1904- con unas 50 piezas más que habían comprado de la misma guisa. Bueno, pues para cuando se dio la noticia del robo, en esa sala los bustos ya habían menguado considerablemente. Cuentan las malas lenguas que alrededor de 30 piezas habían desaparecido poco a poco... sin más. En dos años, se habían largado a la francesa. 

Por lo que sea, pensaron que en este último robo la Dama birlada había sido ella pero no. Habían desaparecido dos bustos, uno femenino y otro masculino, y bueno, hubo un poco de escándalo por las grietas de seguridad del museo pero la cosa no fue a más.  
Y aquí comienza la comedia. Picasso tenía un amiguete -Apollinaire- que tenía por secretario a un chorizo de mucho cuidado. El tipo se había aficionado a burlar la pésima seguridad del Louvre, y tal era su confianza, que una vez le dijo a su novia:  “ Oye, Marie, me voy al Louvre esta tarde. ¿Quieres que te traiga algo?" Y una tarde de esas se hizo con los bustos y hala, con ellos que se fue.

En esos días, Picasso andaba absorto con sus "Señoritas de Avignon" y cuando su amigo Apollinaire se presentó en el taller con el secretario y los bustos, los ojos le hicieron chiribitas. ¿Cuánto pides? ¿Cuánto me das? 50 francos. Son tuyas. Y tan emocionado estaba, que estas esculturas le sirvieron de inspiración para su experimento vanguardista que ya sabemos todos en lo que terminó: el cubismo.

No sé si fue él mismo o la novieta de aquella época, quién dijo que guardaba las esculturas en el cajón de los calcetines. Sea como fuese, allí las tuvo hasta.... ¡Ay ya yaiii! el robo de La Gioconda que vino a ponerlo todo patas arriba. Aquí el escándalo fue mayúsculo, el museo a la altura del betún y la policía francesa buscando pistas hasta debajo de las piedras. Tanto, que llamaron al secretario a declarar porque ya sabían de su fama - y tampoco ayudó que concediera una entrevista a la prensa presumiendo de chorizo-.

Y aquí Picasso y el amigo te hicieron popó encima. Según la novieta, Picasso temblaba como un flan y con los nervios desquiciados le dijo al Apollinaire: si caigo yo, caes tú así que vamos a ver como nos deshacemos de los caretos. Se les ocurrió tirarlos al Sena pero cuando se disponían a ello, tan asustados estaban, que veían policías y gente que les seguía por todos lados. Volvieron a hacerse popó y regresaron con las esculturas por donde habían venido. Al final el Apollinaire quiso venderlas y ahí fue donde la policía se les echó encima. Por cagones.

Pillan al Apollinaire primero. Algo canta en el interrogatorio y van a por Picasso. Hacen un tête-à-tête y Pablito con un par dice "Nunca he visto a este hombre". En fin, que a la policía solo le interesaba recuperar La Gioconda, porque total, bustos ibéricos había muchos más y Giocondas solo una. Los dejaron en libertad, la amistad se fue al garete y vivieron durante un tiempo con los machos en la garganta temiendo que la policía, a falta de un autor material, se les echara a la chepa en cualquier momento. 

Dos años después, cazan al ladrón: un tal Vincenzo Peruggia, antiguo trabajador del Louvre que se había llevado el cuadro por sus bemoles bajo su bata blanca -el uniforme de los empleados- alegó que lo hizo porque la Mona Lisa debía regresar a Italia que es de donde nunca debió haber salido. Fue juzgado y condenado a... ¡Cha-chán! un año de cárcel, como lo oyes.

¿Y Picasso? Pues se hizo famoso y pelillos a la mar. Hay quién a día de hoy niega la mayor y se escuda en que no estuvo demostrada su implicación aunque la novieta lo largara al detalle e incluso él mismo, quien hizo alusión a este suceso en más de una ocasión. Pero total, la dama no era la de Elche, el Louvre era el chocho de la Bernarda y el padre del cubismo no queda bonito de mangante. Así es la vida querido lector, pura filfa, como mis bolitas Quarkbällchen que para no freírlas como es lo suyo, las horneo y tirando millas con la conciencia tranquila.


Ingredientes:
  • 350gr. de harina repostera
  • 2 huevos XL
  • 250gr. de queso quark
  • 50gr. de azúcar
  • 30gr. de mantequilla blanda
  • vainilla
  • ralladura de limón
  • polvos de hornear
  • Un poco de mantequilla derretida para cepillar las bolitas
  • Un bol con azúcar, azúcar avainilla y una pizca de canela para rebozar

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 170ºC.
  2. Pon todos los ingredientes en un bol, y haz una masa con ayuda de las varillas eléctricas o un procesador.
  3. Haz bolitas de unos 30gr. y cuida que no queden grietas para que no se habrán en el horno. La masa tiene que estar un poco pegajosa así que enharina una chispa las bolas para poder trabajarlas.
  4. Hornea entre 20-30 min. hasta que veas que han cogido un poquito de color dorado.
  5. Pincela en caliente cada bola con mantequilla derretida y la pasas por la mezcla de azúcar. 


Bambas de nata

febrero 18, 2024
soledad 
Del lat. solĭtas, -ātis.

1. f. Carencia voluntaria o involuntaria de compañía.
2. f. Lugar desierto, o tierra no habitada.
3. f. Pesar y melancolía que se sienten por la ausencia, muerte o pérdida de alguien o de algo.
4. f. soleá.

Hace  más de 10 años que este blog de recetas empalabradas, toqueteó la definición de amistad y cinco años más tarde, tristeza. Acudo a ellas porque creo que tienen una importancia vital si hablamos de soledad. Y es que los amigos nos sacan y nos sumergen en soledades, a veces por bemoles y otras de puro sin querer, porque al fin y al cabo somos seres sociales con hábitos y necesidades muy complicadas, las cuales se nos escapan de las manos con frecuencia. 

De hecho, hay estudios que dicen que necesitamos de un número más o menos estable de amigos y que cuando llega uno nuevo, damos de lado a otro menos necesario en ese momento. También dicen que solemos reemplazar hasta la mitad de nuestras amistades cada cinco o siete años. Y lo que es más espantoso: hay investigaciones que demuestran -o eso cuentan- que solo la mitad de nuestras amistades son mutuas. Vaya, que solo la mitad de los que tenemos por amigos-amigos sienten lo mismo por nosotros. 

Con este panorama, ¿qué puede salir mal? 
Así que terminamos diciendo eso de mejor solo que mal acompañado y nos sumergimos en soledades para sobrellevar mejor los palos. Pero como un clavo saca a otro, ya vendrá un amigo -esperado o no-, nos sacará la astilla y pelillos a la mar. Adiós tristeza. Viva la amistad. ¿Fin de la soledad? Ni hablar, olvídate.

Porque la soledad no es tan lineal como la pintan. El problema radica en el hecho de que las personas tenemos una relación muy atípica aunque necesaria con ella. Nacemos y morimos solos. Eso marca. Necesitamos del reposo y aislamiento, a veces para escabullirnos ante el desafío de los convencionalismos sociales que nos abruman y agotan con frecuencia. O para meditar, pensar, crear, fantasear... cientos de escenarios donde la soledad es amigable, sanadora y nos ayuda a mantenernos en equilibrio con nosotros mismos porque, la verdad sea dicha, las amistades a veces nos sobre estimulan. Nos llevan y nos traen por caminos que no deseamos andar. Y además, hablemos claro: hay gente muy intensa que no se detiene frente al discurso "te doy la zurra hasta que te explote la cabeza". Triste pero cierto.

La pandemia cambió un poco la percepción de la soledad. Nos dimos cuenta que algunos amigos -fortuitos o convenientes por lo que sea-  se evaporaron porque fuimos conscientes de no necesitar tanto ruido alrededor. Estar en casa, con la familia, supuso para muchos un nuevo escenario de confort y bienestar con relaciones sociales recortadas pero recogidos por los suyos. A otros, en cambio, se les cayó la casa encima, atrapados en muchos casos sin poder reunirse con la familia dejando en ese encierro cicatrices que ya no logran olvidar. 

En cualquier caso, ¡Ay soledad! qué intrigante e injusta puedes llegar a ser. Con cuánta desmedida te entregas y cuán jorobada puedes llegar a ser. Cuánta gente hay ahí fuera deseando que les quites el ojo de encima. Y tú, erre que erre. 
Y para dar la espalda a las soledades no deseadas, quienes participamos en el reto de Homenajeblog buscamos el encuentro y la amistad haciendo lo que más nos gusta; cocinar y compartir lo que preparamos no solo con nuestras familias sino también todo el que quiera apuntarse a pasar un ratico en buena compañía. Cada mes nos colamos en cocinas ajenas y homenajeamos al anfitrión cocinado alguna de sus recetas. 

Este mes, es el turno de Gloria,  de Comidería y postrería, un blog que apenas conocía así que ha sido un gustazo conocer un nuevo rincón de esta bloglosfera tan enorme. Me encapriché de estas bambas de nata que era uno de mis dulces favoritos. Con su propia historia: la tienda de bicicletas de mi abuelo daba con una pastelería donde hacían las mejores bambas del mundo... o eso nos lo parecía, porque nos invitaba el abuelo Satur y eso era algo grande. Nos colaba por la trastienda, nos comían a besos contando lo mayores y guapos que nos estábamos haciendo y nos daban la bamba envuelta en mil servilletas, como si así se conjugara más y mejor el cariño que estos bollos rebosaban. Si es que todo tiene su cosilla, ¿verdad? 



Para 7 bollitos de 80gr.
Prefermento:
  • 65gr. de harina de fuerza
  • 40gr. de agua
  • 1 sobre de levadura seca para pan
Ingredientes:
  • el prefermento
  • 200gr. de harina de fuerza
  • 50gr. de azúcar
  • 1 huevo
  • 65gr. de leche
  • 40gr. de mantequilla blanda
  • Huevo batido mezclado con leche para pincelar
Para rellenar:
  • 250ml. de nata líquida
  • 3 cdas. rasas de azúcar
  • 2 cdas. rasas de queso mascarpone
  • opcional: un poco de vainilla
Notas:
  • Necesité un poco más agua para el prefermento porque no me absorbía toda la harina. Lo que le puse de más en agua (10gr.) se lo quité luego de leche.
  • La receta original mezcla harina de fuerza con harina repostera. Yo prefiero usar de fuerza.
  • He suprimido 1/2 cucharadita de miel porque me parecía ya suficiente dulce.
  • No soy nada fan de los estabilizadores al hacer nata montada y si no le pones se va a salir por todos lados a cada mordisco. Mi truco es ponerle mascarpone que le da firmeza y encima suavizar el sabor. Por cierto, la nata montada me encanta con un poco de vainilla.

Preparación:
  1. Una o dos horas antes, mezclamos los ingredientes del prefermento para que le de tiempo a activarse a la levadura.
  2. En un bol, pon el prefermento y todos los ingredientes para hacer la masa menos la mantequilla. Amasamos ( a mano, con varillas eléctricas o amasadora) y cuando haya ligado la masa, dejamos que descanse 5 minutos. Mientras recogemos.
  3. Vamos añadiendo la mantequilla y amasamos hasta que la masa este bien desarrollada y se despegue delas pareces del bol a pesar de que la masa esté pegajosa. Si no se despega, añade poco a poco algo más de harina. Dejamos levar 2 horas.
  4. Dividimos la masa en porciones de 80gr. (7 bollitos) y formamos bolitas. Si la masa se pega a la encimera, pon un poquito de harina por encima. Coloca las bolas sobre la placa de horno con papel de hornear. Pincela con huevo y leche y deja que leve de nuevo media hora
  5. Precalienta el horno a 170-180ºC. Mucho calor podría hacer que estallasen las bambas. Vuelve a pincelar los bollos y los horneas hasta que tengan y color bonito por encima. Deja que enfríen por completo.
  6. Para el relleno: monta la nata con el azúcar y la vainilla. Añade después el mascarpone. 
  7. Rellena cada bamba con ayuda de una manga pastelera o una cuchara. Espolvorea azúcar glas por encima.

Bauernkrapfen, el papá del donut

febrero 13, 2024
Ethan, un simpático pequeñajo australiano de tres años, se quedó atrapado en una máquina de peluches de Hello Kitty en un centro comercial. El vídeo de su rescate me pareció de lo más entrañable: daba saltitos sobre los muñecos requete contento y antes de romper el policía el cristal, cuando le indicaban que se fuera a la esquina contraría -cosa que no terminaba de pillar- fue el papá quien le dio los comandos claves: "Ethan, vete a la esquina donde está mamá y tápate los ojos". Y todo obediente cumplió con su misión y el cautivo fue liberado sin problema alguno.

En ese momento pensé: qué bonito sería un mundo donde la policía solo debiera intervenir para rescatar niños aventureros en escaparates de jugueterías, gatos en los tejados o impedir que un conejo glotón se zampe las lechugas de un huerto. En fin, esas fantasías tan naif me duran poco. A la que leía los comentarios, como siempre, había los que criticaban a los padres por no estar atentos y los que reconocían que no hay nada más fácil que un peque te la lie parda en tres segundos. 

Yo soy del equipo B porque mi hijo mayor necesitaba segundo y medio para meterse en líos. Delante de mí o de cualquiera porque era más rápido que Speedy Gonzales -o eso decía mi padre-. Hay críos que son así, inquietos y rebeldes; una rebeldía -por cierto- sana y feliz que la gente del equipo A, además de criticar a los padres, también suelen ensañarse con los chiquillos acusándoles de ser "malos" "latosos" o "maleducados".

Y lo mismo, si los criticones se hubieran fijado un poquito más, habrían visto a un matrimonio joven con 3 ó 4 chicos, uno de ellos un recién nacido en brazos de la mamá, haciendo la compra con ellos porque saben que es más seguro llevarlos consigo que dejarlos solos en casa. También me llamó la atención que ningún amante del critiqueo planteara queja alguna sobre la necesidad de que estas maquinitas que viven del negocio de cazar a los críos, no sean más seguras  y fiables ante aventureros como Ethan.

Es cierto que hay niños maleducados por el mundo pero no es la norma. También es cierto que hay padres muy pasotas, más de los que debería haber, pero es injusto cuando de forma instintiva lo primero que se nos ocurre es criticar sin tener ni idea del contexto o de la situación.

Mira, recuerdo en una terraza en Almería, un verano cuando Lucas aún no había cumplido los dos años, a la que seguía a un pajarillo -o cualquier musaraña- se cayó al suelo y se raspó la rodillita. Había una mesa con 4 amigas entradas en la cuarentena -no eran crías con falta de mundo- y una empezó a relatar, en voz alta para que a nadie se nos pasara desapercibido, el terrible error que yo estaba cometiendo: "¿veis? ya va la mamá a sobreprotegerlo y así no maduran nunca". 
Cómo explicar a una señora que ni siquiera esperó a ver el final de mi actuación, que ésta mamá, que escribe y zampa, lo que hizo fue atender a su hijo -porque si yo me caigo, también espero que me atiendan- preguntarle si se había hecho daño, mirar su rodilla y ofrecerle un poquito de agua fresca para calmar el picor. Mi hijo lo aceptó y siguió en su afán de buscar pajaritos y bichillos tan feliz. 

Cómo explicar que atender no es sobreproteger, que el mimo y el cariño no es malcriar y que el proceso de maduración de un niño depende de muchos factores -como la disciplina y las rutinas- pero que nada tienen que ver con las demostraciones de atención, amor y ternura.

Estos Bauernkrapfen (los krapfen de granjeros) son los papás del donut. Para evitar que la masa se quedara cruda en medio, se les estiraba bien por el centro antes de freírlos. Se aprovechaba el agujerito para ponerles mermeladas o no, que hay quién los prefiere a palo seco. 

Con las grandes migraciones de centroeuropeos a Estados Unidos, se llevaron la receta y llegó un momento en el que a alguien se le ocurrió simplificar el bollo haciendo el agujero y así dejarse de gaitas. A mí personalmente me gustan tooodos pero los clásicos, con mermelada casera del sabor que sea - o de lo que me quede en la despensa- me chiflan y reconozco que sería capaz de zamparme uno tras otro hasta reventar así que es mejor no hacer tandas muy grandes para evitar la glotonería.


Ingredientes:
  • 300gr. de harina repostera
  • 60gr. de azúcar
  • 1 sobre de levadura seca para pan
  • 40gr. de mantequilla derretida
  • 1 huevo (originalmente, son yemas)
  •  1 una pizca de sal
  • ralladura de limón
  • Un taponcito de ron
  • Vainilla
  • 150ml. de leche templada
  • Aceite para freír
  • azúcar glas y mermelada a tu gusto

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes en un bol y amasa unos 5 minutos con ayuda de un procesador o varillas eléctricas. Cuando la masa esté elástica y se despegue de las paredes del bol, deja que repose 2 horas
  2. Separa en 12 la masa, las amasas un poquito y formas bolitas que dejarás descansar de nuevo media hora.
  3. Para formar los Krapfen, aplastas un poco con la palma de la mano cada bola y en el centro aplastas por ejemplo, con el culo de un vaso. 
  4. Fríe los Krapfen en abundante aceite caliente pero a fuego medio -yo lo pongo al 6,5- y dejas que escurran sobre papel absorbente de cocina.
  5. Espolvorea con azúcar glas y corona con una cucharadita de mermelada a tu gusto.
 
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