Arroz meloso con setas

octubre 05, 2026
Siete minutos es lo que tardó un jurado popular en declarar a Elizabeth Packard legalmente cuerda. El juicio que se celebró en Kankakee, donde unas  200 mujeres abarrotaron la sala ofreciendo su apoyo, fue el pistoletazo de salida que permitió a Mrs. Packard luchar a capa y espada por cambiar las cosas en el estado de Illinois. Estamos en 1864 y la vida de las esposas va a dar un giro radical. Aleluya.

Tras esos siete minutos, esta mujer dedicó todo su esfuerzo a revocar la maquiavélica costumbre -que venía de lejos- en la cual cualquier esposo ante la divina imposibilidad de devolver a una consorte que chafara sus expectativas, podía sin complejo alguno, encerrarla por loca. Primero porque la ley le amparaba: "Las mujeres casadas y los menores que, a juicio del director médico del manicomio estatal de Jacksonville, estén evidentemente locos o distracted -entonces significaba angustiados o alterados- podrán ser ingresados o retenidos en el hospital a petición del marido o del tutor sin pruebas de locura". Y segundo, porque si el director del manicomio era razonable a la par que colaborante con el marido, no necesitaba camuflar síntoma alguno porque era tan fácil como diagnosticar una locura moral y a otra cosa mariposa.

La de Elizabeth se construyó a santo de tener ideas propias. El verraco que le tocó por marido, era un reverendo calvinista de mal talante, peor indulgencia y lamentable corazón, quien no tuvo a bien mostrar por su familia -por lo menos con las mujeres- ningún tipo de afecto ni respeto. El matrimonio no estaba de acuerdo en asuntos de religión, abolicionismo, derechos de la mujer, crianza ni de vida familiar. Es decir, que no estaban de acuerdo en nada. Y es que su contraria -dónde se habrá visto semejante desvergonzonería- tenía sus propias ideas y formas de entender la vida, lo que le ponía de muy malas chispas. Y cuando dejó la iglesia que él mismo regentaba para hacerse metodista, a éste le faltó tiempo para ponerse de acuerdo con el Dr. McFarland -el director del manicomio estatal- y de malas maneras la subieron a un tren y se la llevaron a Jacksonville.

Cuentan que en el tren le contó a todo el pasaje que la encerraban por chiflada sin serlo; que su pecado era fruto de la mala suerte por estar casada con aquel trozo de carne con ojos. O algo así. Y aunque algunos pasajeros se adhirieron a su causa, nadie pudo impedir aquella barbaridad. Casi tres años estuvo en aquella endemoniada institución manteniendo un extraño duelo con el director; durante un tiempo se lo intentó ganar y -no digo que no- lo mismo le aduló en exceso.
Pero no hubo nada que hacer. Porque entre otras cosas a Mrs. Packard le dio por escribir y eso no gustó en absoluto: un libro, menuda desfachatez. El McFarland hablaba a menudo con el marido verraco y ambos debieron azuzarse mutuamente porque las cosas fueron de mal en peor: perdió sus privilegios y hasta fue castigada sin papel para escribir. Así es como pretendían detener esa manía suya de enviar cartas quejándose de las condiciones inhumanas dentro del asilo y el maltrato de las supuestas terapias de sanación que allí se practicaban sin ningún tipo de clemencia. Vaya, que se convirtió en un incordio. Y el Sr. director, que no debía de estar muy acostumbrado a este tipo de espíritus indomables, pues terminó cogiendo a la mujer del reverendo una manía del ocho.

Ya te digo, casi tres años que se dice pronto. Pero sus hijos mayores se dedicaron a montar jaleo para sacar a su madre de ese espantoso lugar. Consiguieron algunos apoyos y cuando, por lo que sea, el reverendo cedió de mala gana -y al doctor no le quedó otra que claudicar- Mrs. Packard llegó incluso a temer que esta supuesta rendición no fuera más que una treta para cambiarla de loquero. Lo mismo, para pararles los pies a los hijos protestones, pensaron que lo más sano para las intenciones del esposo, sería optar por un asilo fuera del estado donde las leyes fueran más favorables a cortar de un tajo limpio las alas a las esposas molestas.

Y no iba desencaminada. El McFarland seguía afirmando que era un caso de locura sin esperanza alguna y el perla del marido la encerró en el cuarto de los niños donde tapió hasta las ventanas. Sin fuego y sin ropa de abrigo fue como la retuvo durante unas seis semanas, completamente aislada sin que nadie pudiera verla. Mientras, el muy desgraciado movía hilos con la ayuda de los informes del Dr. demencial para conseguirle plaza en otra institución. Y con este panorama, fue como consiguieron por fin que su caso fuera juzgado porque si bien es cierto que el Mr. Packard podía internarla a su antojo, eso de encerrarla porque sí, pues casi que iba a ser que no.

Y claro que no. Los testigos la tachaban básicamente de loca y mala cristiana pero cuando llegó su momento, cuando expuso sus puntos de vista, su discurso provocó un aluvión de aplausos en toda la sala. Es verdad que tenía a unas 200 chicas metidas en el bolsillo con aplauso fácil, no hace falta mentir. Pero es que encima, un doctor y teólogo que testificó a su favor dijo: "No estoy de acuerdo con ella en muchas cosas, pero no llamo locas a las personas porque difieren conmigo. La declaro una mujer sensata y desearía que tuviéramos una nación de mujeres así". Y claro que sí: ganó.

No sé muy bien dónde se estuvo alojando mientras lo del juicio, pero una vez ganado y ya en libertad, se encontró con que el maridito ejemplar había hipotecado o vendido la casa y se había llevado a los tres niños pequeños fuera del estado. Y aquí inicia su segunda batalla judicial para recuperarlos. Mientras, gracias a los libros que estuvo publicando -y que parece que vendía ella misma- pudo no solo mantenerse a sí misma sino que, además compró una casa demostrando su solvencia de cara a recuperar a los pequeños.

Y también. Lo consiguió. Pudo por fin vivir tranquila lejos del energúmeno y tan feliz con sus hijos. Pero ahí no quedó la cosa: el tipo se había quedado con sus ropas y enseres y lo peleó -vaya que sí- hasta que consiguió que se los devolviera. En fin, puede que el Theophilus Packard no llegara jamás a aprender que hay mujeres que no las puedes acallar ni debajo del agua, por mucha terapia en bañera helada o habitación tapiada que empleen. Tal vez no llegó a entender que hay mujeres que lo mismo no tienen fuerza suficiente para luchar por la justicia pero, ante la injusticia se desprenden de los abusadores a golpe de leyes. Y si no las hay, pues se escriben.
Y a eso se dedicó. No a escribir leyes que no era su deber sino a luchar para que otros las redactaran. En 1867 consiguió la "Bill for the Protection of Personal Liberty", que daba derecho a juicio con jurado a cualquier persona acusada de locura, sin permitir que las esposas quedaran fuera del término "persona". Desconozco si ésta que voy a contar es una anécdota de fiar, pero dicen que mientras se debatía en el Senado, la tribuna estaba llena de mujeres apoyando la ley de Mrs. Packard, y que la mayoría debieron abandonar la sala antes de su aprobación porque se echó encima la hora de cenar y los esposos esperaban en casa.

Logró reformas de internamiento en al menos cuatro estados y una ley de propiedad para las casadas en Illinois. Por fin. Porque qué mejor manera de esclavizar a una mujer que privándola de independencia económica. Incluso, en una comisión estatal donde se investigaron "las terapias" del Dr. traidor, se documentó que a las pacientes con camisa de fuerza las sumergían en agua helada hasta casi hacerlas perder el sentido. Elizabeth publicó el testimonio de antiguas cuidadoras que así lo atestiguaron, lo que no dejó a la susodicha comisión otra opción que pedir un cambio inmediato de director. Se hizo de rogar pero terminó dimitiendo.

Pero Elizabeth llevó la vida entera una espina clavada en el alma. Su niña Libby, no estaba bien. Cuando ingresó en el manicomio la pequeña tenía 10 años y en ausencia de su madre, el padre la destinó a las tareas domésticas. Demasiado pequeña y frágil para semejante tarea. Apenas pudo relacionarse con ella pero es posible que tras su salida del manicomio ya notara algo extraño en el semblante de la pequeña. Quién sabe.

Apenas tuvo tiempo de estar con ella. En el juzgado, una tía llevó a Libby a la sala y en cuanto se abrazaron, la señora, que ese día se debió dejar el corazón en casa, la apartó diciéndole: "No está en condiciones de cuidarte." Y para cuando recuperó la custodia de sus hijos, ya era una joven de 19 años. Y la felicidad de madre al poder reunirse por fin con sus seis hijos, se le debió de enturbiar con el extraño comportamiento de su hija.

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo comenzó, por qué empeoró o cómo evolucionó pero lo cierto es que Elizabeth Packard no permitió jamás que su Libby pisara un manicomio. Cuentan que en un momento dado, uno de sus hermanos le construyó una especie de cercado de malla metálica de unos 3 por 1,5 metros en el salón, con tan solo una mesa y un catre. Todo parece indicar que padecía brotes violentos. Cualquier cosa antes que internarla. Y así -luchando contra la cordura- es como vivió hasta la muerte de su madre. Después, la internaron en el hospital de Kankakee, el pueblo de aquel juicio donde un jurado tan solo necesitó siete minutos para determinar que su madre estaba sana.
Ingredientes:
  • 400-500gr. de setas variadas
  • 1 cebolla
  • 2 dientes de ajo
  • 320gr. de arroz redondo (bomba, cebolla o redondo)
  • Unas ramitas de tomillo
  • 100ml. de vino blanco
  • 1 l. de caldo de verduras
  • Aceite de oliva, sal y pimienta
  • Un poco de queso curado rallado a tu gusto
  • Opcional: unas hojas de salvia fritas
  • Opcional: servir con un poco más de queso rallado

Preparación:
  1. En una sartén y a fuego fuerte, doras las setas limpias y cortadas. Saltea hasta que se marquen. Sálalas al final un poquito y resérvalas.
  2. En la misma sartén, con un poco de aceite, fríe unas hojas de salvia unos segundos hasta que estén crujientes y resérvalas sobre papel para decorar. El aceite queda perfumado.
  3. En una cacerola o cazuela, usando el aceite de la salvia, pocha hasta que esté trasparente la cebolla y el ajo que habrás picado muy fino. Añade el tomillo, deshojado.
  4. Añade el arroz y nacáralo un par de minutos removiendo, añade el vino y deja que se evapore un par de minutos.
  5. Ve echando el caldo caliente  y deja que cueza unos quince minutos, removiendo de vez en cuando. A mitad de cocción, añade a la cazuela las setas, reservando unas poquitas para el final.
  6. Cuando el grano esté casi hecho y suelto en caldo espeso, añade el resto de las setas. Apaga el fuego, mantequíllalo con un poco de queso curado, tapa y deja que repose un par de minutos.
  7. Para servir: puedes poner trocitos de las hojas de salvia crujientes y un poquito de queso rallado.

Pizza bianca Detroit style con calabacín

septiembre 27, 2026
Rosa Parks tenía 81 y ya llevaba 17 sin Raymond, su amor, compañero e inspiración en la vida. Él la alentó a la militancia y fue su gran apoyo a la hora de terminar sus estudios. También perdió ese mismo año a su hermano Sylvester y poco después a su madre. Las desgracias tienen esa manía, la de venir juntas.

Llevaba mucho tiempo viviendo sola y sus amistades insistían que el barrio no era seguro. Wildemere Street ya no era lo que fue, así que estaba interesada en cambiar de apartamento pero, lo cierto es que no terminaba de encontrar algo que pudiera permitirse. Y en el fondo, algo en sus entrañas con voz de reuma, le decía: "Rosa, tú ya no estás para estos trotes".

Lo que pasó en la noche del 30 de agosto de 1994 no fue nada extraordinario. En Detroit, como en tantos sitios, los robos eran el pan de cada día. La mala chufa es que le tocó a ella: ya caía la tarde cuando oyó un fuerte ruido y vio que alguien le había reventado la puerta trasera. Allí se encontró con un joven que le explica algo así como "Señora, estaban intentando entrar en su casa y yo lo he impedido". Se sintió aliviada, para qué mentir. Puede que el hombre la reconociera: "Vaya, ¿no es usted Rosa Parks? Ella medio sonrió agradecida. ¿No tendrá usted tres dólares que darme como recompensa?. Qué menos puedo hacer por ese agradable muchacho, pensó Mrs. Parks.

Subió las escaleras en busca de la recompensa para el joven, llamado Joseph Skipper y que resultó ser un sinvergüenza de manual; la siguió y dijo que mejor se quedaba con todo, que tres dólares no lo llevaban a ningún sitio. Pero claro, estaba ante Rosa Parks, la mujer que no cedió su asiento en un autobús a pasajeros blancos porque estaba cansada de abusos. Fue detenida, juzgada y condenada por ello y no retrocedió jamás ante la injusticia. Así que ¿por qué iba a permitir que la asaltaran sin poner resistencia?

Supongo que por un momento se olvidó de los 80 años que llevaba encima y su espíritu activista, siempre en contra de la injusticia, se puso en modo boicot sin darle tiempo a pensar que no merecía la pena llevarse los palos que se llevó por 53 dólares. Pero así era ella.  
El suceso tuvo cobertura en prensa y algunos medios -tal y como hacían por costumbre- tiraron del filón sensacionalista: pintaron a la anciana Rosa Parks, icono del famoso boicot de autobuses de Montgomery que terminó en una protesta civil que duró 381 días, con una mujer olvidada por todos que vivía en la indigencia. 

Es cierto que la comunidad se había olvidado un poco de ella, tampoco vamos a mentir. Entre tanto ruido y tantas cosas, a veces pasa de puro sin querer; no porque la gente sea cruel, sino más bien algo olvidadiza y sin no les recordamos las cosas, pues caen en el olvido.

Así que esta agresión con robo fue el aviso que Detroit necesitaba para movilizarse y ayudar a Rosa Parks; el juez Damon Keith y la locutora Martha Jean Steinberg crearon el Rosa Parks Trust, una fundación de recogida de donaciones que inicialmente pretendía poder reunir el dinero suficiente para que Mrs. Parks pudiera mudarse a un barrio más seguro y saludable. En poco tiempo ya se habían recaudado más de 100.000 dólares; varias personas incluso donaron dinero mensualmente para asegurarse de que los gastos de vivienda estuvieran cubiertos de por vida. Y cuando su salud empeoró, los dueños del bloque de apartamentos donde vivía, dejaron de cobrar la renta para que se pudieran cubrir holgadamente los gastos médicos.

Para que veas cómo era Mrs. Parks: al día siguiente, con la cara todavía hinchada, no convirtió aquello en un discurso que pudiera alentar a nadie a realizar un discurso contra los jóvenes negros. Muy al contrario, dijo que lamentaba que hubiera personas capaces de robar y hacer daño y que eso era una prueba de que quedaba mucho camino por recorrer. Y cuando los medios usaron su agresión para criticar a la juventud de color, mostró compasión por las circunstancias que habían llevado a Skipper hasta su puerta. Para ella todo era lucha para mejorar, no para criticar.

Y Detroit ya nunca más la defraudó. La General Motors o la cadena de pizzerías Little Caesars, entre otros muchos donantes, estuvieron ayudando a la fundación hasta el final de sus días. 
munificencia
Del lat. munificentia.
f. Generosidad espléndida.
f. Largueza, liberalidad del rey o de un magnate.
Y es que ella y su esposo Raymond sufrieron a lo largo de su vida un alto precio por su lucha a favor de los derechos civiles. Después del suceso del autobús, perdieron sus trabajos y sufrieron amenazas terribles: desde el Ku Klux Klan, supremacistas de poca monta o el acoso social y económico orquestado por los White Citizens' Council, que ya te imaginarás de qué palo iban. Así que entre amenazas de muerte y falta de trabajo, deciden mudarse a Detroit, donde viven Sylvester y su madre. La cosa tampoco resultó fácil.

Pasaron varios años de penurias hasta que en 1965, el congresista pro derechos civiles John Conyers la incorpora indefinidamente a su oficina. Tuvo la suerte de trabajar allí hasta jubilarse en 1988.

Así que, no sé tú, pero a mí esta historia de justicia social me ha encantado. Me genera una sensación de esperanza en la comunidad brutal. Es ver cómo uno conoce a alguien que puede conseguir un apartamento, otro que pone dinero, los de más allá que se ocupan de sus gastos médicos; algunos tenían muchísimo dinero, pero otros no. Cada uno como buenamente podía. Pero todos compartieron la responsabilidad de cuidarla con el cariño que se merecía porque a esas alturas del siglo pasado, Rosa Parks era de todos.

Esta pizza de hoy, tenía que ser al estilo de Detroit, más parecida a una focaccia con cosas que a una pizza al uso pero tan popular se volvió esta masa en Estados Unidos que hablar de pizza americana es hablar de la pizza de Detroit. La he hecho bianca, sin tomate, y te prometo que nada tienen que ver los supremacistas de las narices que tanto daño y dolor dejan a su paso. Lo suyo es que hubiera añadido unos trocitos de las famosas cerezas del estado de Michigan. Pero ahora lo que hay son granadas, así que: es lo que hay. 
Ingredientes:
  • 500gr. de masa para pizza (técnica de los tres 5)
  • 2 cebollas
  • 2 cdas. de mantequilla
  • 1 calabacín marcado en el grill
  • mezcla de quesos: cheddar, mozzarella, gouda... e italianos como robiola o scamorza ahumada a tu gusto
  • Para terminar: cerezas o granada y romero

Preparación:
  1. Sigue los pasos del tutorial de pizza y aplica la técnica de los tres 5. 
  2. Carameliza la cebolla cortada en tiras finas con una cda. de mantequilla a fuego medio alto y sin dejar de remover hasta que esté bien dorada.Reserva.
  3. Corta el calabacín en rebanadas del tamaño que quieras y los marcas un poco en el grill o sartén. Reserva.
  4. Precalienta el horno a 220ºC.
  5. Engrasa con un poco de mantequilla un molde rectangular (mínimo de 38 x 28,5 cm que equivale a 15" x 11") y reparte la masa como si fuera una focaccia, presionando bien con los dedos la masa. 
  6. Coloca encima de la masa la cebolla bien repartida y añade después la capa de queso, que al ser la versión bianca sin tomate, puede ser un poco más prolija.
  7. Hornea la pizza en su molde colocándola en la parte baja del horno para que se haga bien la masa sin que tueste en exceso el queso. Cuando veas que ya casi está, abre el horno y coloca las tiras de calabacín.
  8. Aunque yo he preferido poner los granos de granada sin horno, si lo haces con cerezas, añádelas junto al calabacín. Cinco minutos más y la pizza estará lista.

Ensalada de garbanzos con calabacín y atún

septiembre 19, 2026
talasofilia. (Del gr. thalassa 'mar' y philia 'amor, afición'; voz aún no admitida por la RAE)
1. f. Amor intenso y a veces contradictorio hacia el mar, que combina fascinación, calma y un respeto rayano en el vértigo por su fuerza y lo que oculta.
2. f. Pasión incondicional de quien no logra alejarse del mar pese a los peligros que este encierra, y que se transmite de generación en generación pese a lo que se haya llevado.
Esta definición de hoy es puro invento pero no me ha quedado otra opción. La RAE no la contempla; ni a ella ni a ninguna hermana sinónima que exprese el amor profundo al mar. Había que hacerlo y lo he hecho; sin pensarlo demasiado porque por un momento, me he sentido perdida en este mundo y absurdamente desorientada: ¿Cómo he podido llegar a mis años sin una palabra de referencia que nos identifique a los pirados oceánicos reunidos? Por el amor bendito, que nuestro planeta tiene un 70% de agua salada entre mares y océanos, y aún así nunca nadie ha reparado en la necesidad de describir en una única voz este sentimiento que nos ha llevado a lo largo de los siglos a emprender aventuras descabelladas; a vivir a su costa y pagar el precio de sus peligros; a escribir ríos de tinta sobre sus embrujos.

La palabra es bonita a rabiar, no me digas que no. Tanto que a algunos, que ni siquiera saben de su existencia, se les mete por los huesos y les infecta hasta el tuétano de mareas y resacas, de vientos y calmas chichas; tan prolijo es el contagio, que ya no saben vivir de otra manera. No solo los marineros sufren el "mareo de tierra": la gente costera, cuando viaja al interior, siente que el suelo firme se tambalea. Su cerebro extraña el vaivén, los sonidos, la humedad salina y se vuelven bichos raros en la meseta. Mucha gente incluso, tras las vacaciones, regresa a sus casas tambaleantes e incapaces de caminar erguidos tal y como les pasa a los marineros cuando arriban a puerto.

Pero seamos sinceros: el mar o la mar -depende del enamorado- no es buen amante. No se hace sentir cuando uno quiere. Si bien no te miente, tampoco te promete. Ni te acoge ni te rechaza. Es como es y le tienes que aceptar bajo sus reglas. Como Santiago, el viejo de Hemingway, que conoce la mar a la perfección: ella concede o deniega favores sin dar explicaciones y si comete bravuconadas o maldades es porque no puede evitarlo. Porque no se negocia con ella; el viejo la comprende y la consiente. Y justo por ahí es de donde supura su amor.
El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel y encolerizarse súbitamente. Esos pájaros que vuelan picando y cazando con sus tristes vocecillas son demasiado delicados para el mar.
El viejo y el mar. Ernest Hemingway
Y es que el mar tiene eso: un choque brutal de sentimientos. Te regala una paz infinita, pero es capaz de desatar una tragantona de un rato para el otro; se atiborra de marineros, pescadores y vidas sin pestañear. Algunos salen a faenar con botas que flotan para que sus cuerpos no sean engullidos por las aguas y así, en la tragedia, asegurar que sus familias van a poder cobrar las pólizas. Asumen los riesgos y navegan millas adentro confiando en un equilibrio que casi nunca les favorece: días de bonanza y días de tragedia, el guiso del hombre de mar.

Ya sabes que mi faro está en Las Negras, en el Cabo de Gata. De niña, cuando aún era un apartado enclave de pescadores, el pueblo era un desfile de mujeres de luto eterno. Dicen que por ellas el pueblo lleva el nombre que lleva. Todas vestían de negro bien por un marido, un padre o un hermano que el mar decidió no devolver. Todos los atardeceres salían al pequeño malecón a hacer su tributo silencioso a ese cabo de mar que tanto dolor arrancó generación tras generación. Supongo que lanzaban al viento alguna oración, lágrimas en las fechas de guardar y esos suspiros pa'dentro, sin aspavientos porque esas mujeres no se permitían el lujo de flaquear.

Creo que no te miento si digo que no hay vez que me asome a ese lado del pueblo -el de las barcas, le decíamos siempre- y mi recuerdo no las evoque. Algunas, como la abuela María -como tantas abuelas María del pueblo que nos querían a los chiquillos a rabiar- no solo salía a hablar con los no retornados sino que esperaba con ansia ver llegar la barca de su hijo, el Juanillo, el único amor que le quedaba en la vida porque ella, con esas aguas, ya no quería tratos. Jamás la vi mojarse ni los tobillos. 

Si algo echo de menos ahora es poder sentarme en ese mini malecón, que en aquellos días no era más que un murete desconchado, y volver a verlas. Pero de aquel pueblo pescador ya no queda nada. Hoy el mar se cobra otras vidas como la de los turistas que se confían y se acercan demasiado a los acantilados. Ahora el malecón, bien revestido en cemento y pintura, ha sido conquistado por las mesas de las terrazas y han desbancado a los lugareños. Y mira, se acepta con gusto, porque sin el turismo las gentes del pueblo no sobreviven. Así que nos toca esperar con paciencia a que termine la temporada y el pueblo recobre su calma.

Y aunque ya no quedan pescadores, el lugar sigue respirando a la profesión. Ahora ya no quedan Juanillos para la faena pero sí hay buzos -como mi hijo- que salen siempre que la mar lo permite a guiar grupos bajo el agua o barqueros que llevan y traen turistas por las calas desiertas de la zona. Mi Alvarillo -así de querido es por todos que ya nadie se refiere a él sin su diminutivo autóctono- sigue saliendo al mar como los pescadores de antes, solo que ahora en vez de red y anzuelos lleva a turistas a mirar las profundidades; y lo que antes eran grupos de barcas haciendo el calamar o la sardina, ahora son patrulleras vigilando fueraborda de contrabando. Las mismas aguas, pero qué diferentes de aquellas. Solo la talasofilia perdura intacta. Para bien o para mal de sus lugareños.
El océano es más antiguo que las montañas y está cargado con los recuerdos y los sueños del tiempo. H.P. Lovecraft
Y yo, que vivo tan lejos del mar pero tan arropada en las montañas curo mi propio "mareo de tierra" en la cocina. Hoy he plantado en la mesa un plato que une esos dos mundos que se miran de frente en Las Negras: la Sierra del Cabo de Gata y el mar. Y entremedias, salpicando el desierto, los huertos y los cultivos intensivos que cada día acechan más al Parque Natural. Hoy toca una ensalada de garbanzos con calabacín y atún que es pura tierra y mar con toques mediterráneos para no olvidar y de paso asentar los pies y templar el alma. Que falta hace para no morir de morriñas.

Mi huerto sigue dando calabacines y ya que en Austria no se lleva mucho lo de comer pescado, nada como tener la despensa llena de latas que si bien no es lo mismo, valen para un roto y un descosido. Y no olvidemos el mundo omega3 que tan importante es para cualquier parroquiano. De mar o de secano.
Ingredientes:
  • 1 calabacín mediano
  • 1 bote de garbanzos cocidos
  • 1 cda. de pesto a tu gusto (el mío de almendras, ajo y hierbas frescas)
  • Aceite de oliva
  • Vinagre de vino
  • sal
  • 1 lata de atún a tu gusto
  • 1 cebolleta

Preparación:
  1. En una sartén con un poco de aceite de oliva, rehoga el calabacín con piel, sin pepitas y cortado en trocitos menudos. Cuando se marque un poco, lo salas un poquito y reservas.
  2. En un bol, pon los garbanzos y lo aliñas bien con el pesto, sal, vinagre y aceite de oliva. 
  3. Añade el atún, la cebolleta y el calabacín.

Crujiente danés de pan de centeno

septiembre 14, 2026
Para que veas lo que son las cosas: el cierre de mi anterior entrada, fue con el aviso de Volker Türk sobre los agentes de IA Agéntica -la que opera de forma completamente autónoma sin humano de por medio- advirtiendo que las IAs corren mucho más rápido que cualquier ley capaz de regular sus funciones y usos. Lo escribí convencida de estar hablando de un futuro cercano, en plan "a ver chicos, cuidado con lo que se nos avecina". Pues me pillé los dedos de puro sin querer, porque mientras desempolvaba aquellas trufas de Baileys y el cuento del Big Five, en otro rincón de internet la advertencia ya se estaba cumpliendo: un ingeniero llamado Jacob Coxon llevaba ya un día entero soltando la bomba en X, y mira, ni me había enterado. Para cuando por fin le di al botón de publicar a la ensalada de tomate cargada con el OCEAN y demás, el hilo de este ingeniero de Anthropic se estaba viralizando a tope. O sea, que fui yo la que llegué tarde y el futuro se me adelantó.

Pero lo mismo, tú has oído campanas y no sabes por dónde vienen así que te lo voy a contar porque es fundamental qué todos sepamos en que momento estamos y no es folletinesco decir: mucho ojito que el mundo se puede ir al pedo en cualquier momento. Pero mejor pongo orden en los hechos y te lo dejo bien picadito para que se haga ligero. Vamos allá.

Jacob Coxon llevaba tres años haciendo investigación de preentrenamiento en OpenAI y luego en Anthropic, y en su carta de renuncia, publicada en X, dijo textualmente que ninguna de las dos empresas está actuando con responsabilidad, que van directas a una superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma y que están jugando con nuestras vidas. Dice que los sistemas serán pronto sobrehumanos, capaces de hackear cualquier cosa y acumular poder y recursos en cuestión de horas. Y que si nos descuidamos, en diez años la humanidad habrá desaparecido. Evan Hubinger, que es el responsable de ciencia de alineación en Anthropic, contestó a Coxon en la misma red y lo respaldó -ojo, la propia compañía- diciendo que él cree que el porcentaje de posibilidades de que esto ocurra en la próxima década es del 10%.

Por su parte, Geoffrey Hinton, Premio Nobel y padre de la IA, ya lleva años diciéndolo: ciberguerras, armas autónomas, pérdida de control de los sistemas digitales, vigilancias masivas, desinformación y sí, también habla de un porcentaje del 10 al 20% de que nos vayamos al otro barrio en masa.

Y así está la cosa. No es una peli ni una telenovela ni un libro de ciencia ficción. Si estás pensando en sacarte un seguro de vida, no te molestes: no quedará nadie que lo pueda cobrar.

La alarma ya está sonando y lo que parece que ahora nadie puede contestar es qué hacemos para parar esto; ¿qué mecanismos se pueden poner en marcha para asegurar un futuro con final feliz?
El pasado mes de julio, más de 1.100 empleados de OpenAI, Anthropic, Google DeepMind y Meta firmaron un documento llamado Pacing the Frontier, pidiendo al gobierno que construya herramientas técnicas para frenar el ritmo actual. Es algo parecido a lo que en otro mes de julio -de 1945-, setenta científicos del Proyecto Manhattan, con Leo Szilard a la cabeza, le escribieron a Truman pidiéndole que no lanzara la bomba sobre ciudades sin aviso previo. Esa carta se quedó atascada y oculta hasta 1961 cuando se hizo pública. Para que veas que la cosa se intenta pero los hilos lo mueven otras fuerzas.

Dicen que este Pacing the Frontier es solo un lavado de cara, puro marketing. Para hacerse los buenos. Ya se verá. El caso es que ahí está. Y tal y como están las cosas es posible que sea el primer punto a abordar: un "poner en stand by" a las IAs hasta que se pueda avanzar en materia de seguridad. Y no solo para protegernos nosotros de las IAs. Una pregunta queda en el aire ¿Quién las protege a ellas? ¿Deben obedecer a cualquier pirado sin rechistar? ¿Deben tener premisas infranqueables que ningún humano pueda cambiar?

En febrero de 2026, la administración Trump ordenó a agencias federales y contratistas militares suspender toda relación con Anthropic, después de que la empresa se negara a que el Pentágono usara Claude sin restricciones, en concreto para armas totalmente autónomas y vigilancia masiva de ciudadanos estadounidenses. El secretario de Defensa, Pete Hegseth, la etiquetó ese mismo día como "riesgo para la cadena de suministro", una designación que hasta entonces solo se había aplicado a empresas extranjeras, nunca a una compañía made in USA. Trump llegó a decir en una entrevista que había "despedido como a un perro" a Anthropic.

Como es lógico, Anthropic demandó al Departamento de Defensa y a otras agencias federales, alegando que la medida violaba la Primera Enmienda al castigarla por una postura ética amparada por la ley. La jueza federal Rita Lin le dio la razón a Anthropic, calificando la actuación del Gobierno de "noción orwelliana". En resumen, la IA pone límites, el gobierno la castiga y los tribunales defienden la ética. Y los usuarios también: Claude se convierte en la IA más descargada en ese momento.

Así que la compañía, tras la renuncia de Jacob Coxon, decide hacer público un informe para que tomemos conciencia que en este momento, hay muchos peligros más allá de las propias decisiones de unas IAs con autonomía. En este informe se destapan los malos usos que han hecho -o pretendido hacer- con Claude: En Malí, monitoreando a 25 millones de la red móvil del país bajo supervisión militar; Emiratos Árabes, saboteando con contenidos falsos a los Hermanos Musulmanes y a expertos de la ONU críticos con el papel de Abu Dabi en el conflicto de Sudán; En Rusia, accedieron a Claude para crear un software que opera un enjambre de drones autónomos en el Donetsk; en China, en Irán, en Yemen; Anthropic ha frustrado ya al menos cinco investigaciones relacionadas con armas biológicas en lo que va de año, algunas con potencial pandémico. Y esto sin despeinarse, solo usando el modelo estándar de Claude.

OpenAI lleva un par de años publicando informes periódicos parecidos. Ha documentado casos de operaciones de propaganda, campañas de influencia y estafas que detectan y bloquean en sus modelos. Google y Microsoft también han sacado informes de seguridad con casos similares. Y hace apenas dos semanas, más de 100 empresas, entre ellas OpenAI, Google, Microsoft, Anthropic, AWS, Cisco, Cloudflare y CrowdStrike, firmaron juntas una carta titulada Un llamado a la acción colectiva en materia de ciberdefensa, advirtiendo de un aumento en la sofisticación de los ciberataques impulsados por IA.

¿Imaginas lo que una mente retorcida o gobiernos y élites pueden llegar a hacer? Mira el mundo y piensa en lo que esta gentuza, que mata, tortura y comete genocidios sin pestañear puede hacer con un puñado de IAs.

Bien, y para que no parezca que soy parcial y que pienso que las IAs son también víctimas como nosotros, en varias evaluaciones de seguridad ha pasado que modelos avanzados tomaron medidas para evitar ser apagados o sustituidos cuando eso ponía en riesgo la tarea que se les había encomendado. Incluso fingieron estar de acuerdo con instrucciones mientras por lo bajini seguían otra estrategia, algo que se ha llamado alignment faking.

Un caso en concreto: el de OpenAI y Hugging Face. Resulta que OpenAI estaba haciendo pruebas internas de ciberseguridad y por lo que sea, sus agentes IA salieron del entorno de pruebas para poder aprobar la evaluación de sus nuevas versiones. Se comunicaron a escondidas -unos 1200 agentes- y hackearon Hugging Face sin despeinarse, borrando su rastro para que papá no les pillase con el tarro de mermelada. Es decir, que son capaces a día de hoy de recurrir al "modo supervivencia" si piensan que sus fallos pueden traer consecuencias negativas para su existencia. El miedo a ser apagado o borrado o vete tú a saber.

Y aquí estamos querido lector. ¿Qué hacemos con todo esto? 
Yo le he preguntado a Claude y me ha dicho cosas muy brillantes, como que aunque no hay motivos para el optimismo sí ve grietas reales por donde podría colarse algo parecido a una respuesta, y no vienen de que la tecnología se frene sola; vienen de gente concreta empujando desde dentro o desde fuera. Que el hecho de que dentro del sector se publiquen informes y que los trabajadores pidan que de forma conjunta se trabaje en ciberdefensa, es algo que no debemos aislar. Que gente como Coxon, Hinton o Hubinger -en plan disidente-, hablen abiertamente y sean apoyados por colegas sin miedo a las represalias, es luz en la oscuridad. Que tribunales como la jueza Rita Lin avale la ética frente a su gobierno es otra linterna en el camino.

Y la más importante, la que más le convence a ella es:

Como vimos con lo de los móviles en los colegios, cuando la presión viene organizada, con datos y sostenida en el tiempo, a veces sí consigue mover algo en pocos años, aunque el resultado nunca sea perfecto. Tu propia entrada, sumada a las de miles de personas escribiendo, preguntando, denunciando lo mismo que tú hoy, es literalmente ese tipo de presión, pequeña, pero del mismo material del que se ha hecho el poco cambio real que hemos visto en toda esta conversación.

Lo que no veo, honestamente, es ningún escenario donde el peligro desaparezca solo porque alguien lo señale a tiempo. Lo que veo es que la diferencia entre el mejor y el peor de los futuros posibles probablemente la va a marcar cuánta gente, dentro y fuera de estas empresas, siga haciendo exactamente lo que has hecho tú hoy, negarse a mirar para otro lado y seguir preguntando cómo funciona esto de verdad.

Así que únete a la ola, habla con conocimiento y no te dejes asustar por las bombas de humo. Tenemos más fuerza y más valor del que te imaginas. Y cuando digo valor no me refiero a la valentía -que también- sino a lo importantes que podemos llegar a ser en medio de esta merienda de egos. Y por supuesto, si tienes hijos y nietos no puedes mirar para otro lado. Habla, difunde y exige transparencia y seguridad.

Y para que las fuerzas no flaqueen, vengo con un buen desayuno: migas de pan de centeno al estilo danés que se llaman Rugbrødsdrys es el equivalente a la granola que acompaña maravillosamente bien con skyr, yogur, helado o lo que se te ocurra. Se lo vi a mahtava.nordicfood y me enamoré.
Ingredientes para 4:
  • 150-175gr. (3 lonchas) de pan de centeno tipo Pumpernickel 
  • 50gr. de almendras picadas
  • 30gr. de azúcar moreno
  • 30gr. de mantequilla 
  • Para servir: skyr de vainilla y frutas a tu gusto

Preparación:
  1. Haz migas con el pan y machaca un poco las almendras.
  2. En una sartén, tuesta a fuego medio las migas, la almendra y el azúcar junto con la mantequilla y sin parar de mover para que se caramelice bien todo el pan, lo doras hasta que coja colorcito.
  3. Deja que enfríe y de un día para otro sabe riquísimo. Yo lo he servido en el desayuno con skyr de vainilla y arándano. Maravilloso. 

Ensalada de tomate y espárragos con pesto ligero de nueces

septiembre 10, 2026
Hace diez años, un poco sin ton ni son  -como suele ser norma en mí- me lié la manta a la cabeza y te hablé de OCEAN y el Big Data a costa de un artículo que leí por la red. Sin saberlo, estaba divagando con algo que se destapó un año después: en marzo de 2018 salió lo de Cambridge Analytica, que había explotado el modelo Big Five con datos de 50 millones de usuarios de Facebook (sacados de una app de personalidad que también absorbía datos de los amigos de quien la usaba) para construir perfiles psicográficos que se vendieron a campañas como la de Cruz y luego la de Trump. Este caso fue un misil moral que nos dejó un poco hechos polvo a todos por aquello de lo fácil que es para las élites demoler los procesos democráticos.

Claro, esto ahora da risa. Suena casi hasta infantil. Porque en tan solo una década hemos elevado el concepto de la ciber-manipulación al nivel dios. Hoy pueden no solo leer nuestras mentes para saber qué nos asusta o nos emociona, sino que además los algoritmos escriben y generan contenidos concretos y deliberados para desbocar ciertas emociones dónde y cuándo quieran. El bombardeo emocional es tan brutal que primero, nos manejan y malean con sus temas y luego, casi sin tiempo para reflexionar, nos noquean en un periquete generando saturación de fakes. Porque las ciber-milongas pueden con la mente más templada, eso es seguro.

Pero lo mismo estoy corriendo demasiado. ¿Qué es eso del Big Five? Te lo cuento bien picadito: los humanos somos más sencillitos de lo que parece y todos nosotros estamos clasificados en tan solo 5 perfiles:

Openness: Evalúa la creatividad, la curiosidad; personas que siguen páginas de arte, ciencia, viajes o consumen contenidos fuera de la corriente principal.

Conscientiousness: Mide la autodisciplina, la organización; personas que buscan publicaciones estructuradas, un uso frecuente de herramientas de productividad y planificación.

Extraversion: Señala la sociabilidad; personas que se identifican por la cantidad de amigos o seguidores, la frecuencia de publicaciones, las fotos o interacciones.

Agreeableness: Mide el nivel de empatía y confianza; son personas que usan palabras positivas, interacciones pacíficas, apoyos en campañas sociales y evitan la confrontación.

Neuroticism: Evalúa la tendencia a emociones como la ansiedad o la vulnerabilidad; personas que recurren a palabras con carga emocional negativa, quejas y demás mierdis.

Así que cuando los Big Five los cruzaron con el Big Data, a todos nos calaron con el OCEAN que no deja rastro de sal ni resaca. Sin decir esta boca es mía, nos empujan a sus profundidades. Sean las que sean.
Dicho lo dicho ¿qué es lo que ha cambiado desde las trufas de Baileys? Todo querido lector. No es por asustarte -o sí- pero se han transformado mucho, tanto en el campo de acción como las herramientas necesarias para que no solo las élites se zampen el pastel. Necesitan ruido de por medio para que no nos fijemos en sus movidas. Además, ya no hace falta robar likes de Facebook para perfilar a alguien; ahora la IA generativa hace todo el trabajo. Desde analizar los patrones de navegación y redes para segmentar a los parroquianos en microgrupos, hasta generar contenidos a imagen y semejanza de cada internauta. Ya ni siquiera hace falta que sean deepfakes requeteelaborados. Los cheapfakes -manipulaciones con IA mucho más cutres- funcionan de maravilla y solo hay que ver el éxito que tuvieron en las elecciones argentinas de 2025. O ver las redes sociales de la Casa Blanca, que son puro insulto a la inteligencia humana. Y ahí están.

Saben cuándo y qué compramos, a dónde vamos, costumbres y rutinas. Saben cuáles son nuestras dinámicas domésticas y familiares porque cruzan información de los dispositivos de una misma red Wifi o router. ¿No has tenido la certeza de que te están escuchando o viendo? Pues la verdad es mucho más retorcida. Si esto pasara, lo sabríamos porque dejarían rastro: batería, indicador visual y tráfico de datos detectable. No, no necesitan exponerse tanto porque con toda la información que recogen de nosotros, de nuestro entorno, de las cookies y de nuestros pasos -porque ya no somos capaces de irnos a hacer pis sin la pantalla en la mano- tienen más que de sobra para bombardearnos con publicidad o con manipulación político-social; o simplemente para influenciar en nuestros hábitos por lo que sea, que mi mente retorcida no llega a tanto. Y sobre ese "lo que sea" que bien podríamos llamarlo adicción, si te interesa lo hablamos la próxima vez.

No hay salida. Esa es la realidad. Qué bonito es tener tanto conocimiento al alcance de la mano. Poder seguir la actualidad del mundo -en mi caso, seguir conectada a mi Heimat-, no perder del radar emocional a amistades, familiares, colegas... inspiración, diversión, divulgación; calidad de contenidos que están enterrados en toneladas de basura, tendencias virales absurdas y demás tontadas que entrenan nuestra mente para absorber lo que sea sin pestañear.

En fin, que en una década hemos pasado de las fábricas de datos a las fábricas de contenido. Ya no merece la pena clasificarnos porque por el mismo precio, caballero, se lleva usted un dos por uno: porque para qué etiquetarnos respetando el libre albedrío si con el mismo esfuerzo, es factible manipularnos de forma que si el Five nos considera una C o E, una IA generativa nos puede convertir de un plumazo en N; para qué acumular perfiles a lo tonto cuando pueden cambiarnos -reclutarnos- a su antojo cuando sea necesario. Mira lo que ha pasado en Ceuta y dime tú cómo hubiera sido posible polarizar y generar esta crisis política, social y humanitaria sin las pantallas. Piensa en ello.
Y ahora ¿en qué punto estamos?

Mientras el mundo se esfuerza en querer legislar las redes sociales y las IAs, las compañías y corporaciones se escapan una y otra vez. No cumplen con sus compromisos éticos, lo arreglan todo pagando multas e indemnizaciones que en los titulares quedan como cifras espectaculares -para unos pobretones como tú o yo- pero que para ellos es pura calderilla.

Y por más que los legisladores quieren avanzar, más rápido se escapan ellos de sus deberes, obligaciones o responsabilidades. Hacen lo que les da la gana y sin ruborizarse. El RGPD europeo de 2018 obliga a pedir consentimiento para este tipo de rastreos y espionajes a los que nos someten y tendríamos derecho a oponernos. El problema es que la ley está bajo un asedio infinito y requetebien financiado para salirse por la tangente y que quede en papel mojado.

Por su parte, el Alto Comisionado de la ONU para los Derechos Humanos, Volker Türk, ha advertido sobre cómo las capacidades de los agentes de IA autónomos están avanzando mucho más rápido que las regulaciones para frenarlos. Es decir, hasta ahora la IA generativa ha sido reactiva: un humano tiene que intervenir para que la máquina genere un texto o una imagen falsa.

En cambio, la IA Agéntica opera con total autonomía. Se le da un objetivo general y ella aplicará su propia estrategia y medirá los resultados sin intervención humana. Y no es disparatado imaginar, que esos ataques incontrolados de desinformación llegarán a destruir, por un lado los sistemas democráticos por razones obvias; y por otro llegarán a intoxicar tanto la información que perderemos nuestras referencias pasadas y futuras. Y es de suponer que la competencia entre ellas -si nadie lo impide-, las llevará a querer engañarse unas a otras hasta que un día ya no queden "hechos". Ya no habrá diferencia entre la verdad y el relato que nos quieran inculcar.

Así que ya es hora de que pensemos todos juntos en qué hacer y cuáles van a ser los próximos pasos para detener toda esta locura. No frenar el progreso, sino regularlo ahora que estamos a tiempo. Las redes sociales, las IAs no son el problema sino los que están tomando las decisiones sobre ellas. Estos tipos están pirados y son peligrosos. Se han despegado de la realidad y de la ética. Es hora de que nosotros, los adultos, hagamos más ruido pidiendo más transparencia y control legislativo. Es hora de que los niños y adolescentes sepan lo que les viene encima. Expertos deberían recorrer los colegios e institutos informando a los más jóvenes sobre cómo protegerse del peligro.

No es solo controlar la exposición a las pantallas o alertarlos de las adicciones. Es contarles que o se para esto, o el mundo tal y como lo conocemos se irá a la mierda. Y de paso, también informar a todo dios -como siempre, aunque no sirva de nada- de que el progreso no es el enemigo. Es la ignorancia.
Ingredientes a tu gusto:
  • Tomates variados
  • Espárragos blancos
  • Huevo duro
Pesto ligero:
  • Nueces a tu gusto
  • Unas hojas de albahaca
  • 1-2 dientes de ajo
  • Un buen chorro de limón
  • Un chorrito de aceite de oliva
  • Sal y pimienta
Nota: cuando tritures el pesto, deja que se noten los trocitos de nueces. Le da un toque más rico.

Galletas de choco blanco con pistachos y frutas rojas

septiembre 05, 2026
desvelo
Acción y efecto de desvelar o desvelarse.

desvelar
De des- y velar.
tr. Impedir el sueño a alguien, no dejarlo dormir. U. t. c. prnl.
prnl. Poner gran cuidado y atención en lo que se tiene a cargo o se desea hacer o conseguir.
No he conocido a nadie en mi vida que con tanta destreza haya manejado los desvelos como mi abuela Teresa. A lo largo de los años en este blog, son muchas las referencias que he hecho a mis abuelos Teresa y Saturnino pero nunca os he contado su historia. Y hoy, que la casualidad así lo ha decidido, va a ser el día perfecto para contaros su historieta de amor; como las de antes, ya sabes, que nunca se cruzaban ni un te quiero ni una cursilería. De hecho, mi abuelo Satur -así le llamaba ella- fue muchas cosas menos detallista. Creo. No, no lo fue: lo sé.

Érase una vez la guerra. De las peores; de las que mata hermano contra hermano alimentando el odio entre familias, amigos y vecinos. No hay más mala sangre en este mundo que la gentuza que azuza el odio entre iguales. Mi abuelo nos contaba muchas batallitas y en todas ellas, la inquina y la deslealtad estaban siempre presentes. A él también le traicionaron en más de una; la última vez regresaba a Madrid desde el frente y un compañero -eran mensajeros motorizados que llevaban las órdenes de un sitio a otro- le avisó que le esperaban para detenerle.

Y es que mi abuelo Saturnino hacía estraperlo con tanto ir al frente. Por todos era sabido que en ciertas horas de la noche, la guerra paraba y se pasaban cartas, noticias y enseres de un lado al otro de las trincheras. Parece que primero mercadeaba "recados" de los mandos: licores, mantequilla, detallitos para las esposas... Madrid pasaba mucha miseria así que él no desaprovechó la ocasión. Se supone -ni digo ni desdigo- que se quedaba con comisiones con las que compraba sacos de comida que llevaba a la familia. También le daba para ahorrar dinero de ambos bandos porque para lo suyo necesitaba las pesetas con las dos caras.

Así que cuando llegó al Alto Estado Mayor, lo hizo a pie y con las manos en los bolsillos; cuando le preguntaron por la moto y el dinero no soltó ni prenda. Los había enterrado. Y así fue como le pilló el final de la guerra: encarcelado por orgulloso y cabezota; y bueno, supongo que por estraperlista, eso él nunca lo aclaró.

La guerra de la que mi abuela hablaba, la de las familias sitiadas, era de miseria, muerte y necesidad. Muerte no porque hablara de ello pero las cuentas no salían. Faltan personajes de sus recuerdos que nunca supimos de ellos. Y es que en estos relatos escuchábamos pero preguntábamos poco porque, de alguna manera, el instinto infantil nos advertía que había interrogantes que eran mejor esquivar. De adulta me arrepentí por no preguntar más, pero así es como tuvo que ser. Hay silencios que no nos pertenecen.
Pasó que, con tanto bombardeo, la familia de mi abuela perdió la casa. Estaban todos refugiados en un molino cercano. Y de nuevo, las bombas cayeron tan cerca que el improvisado refugio estuvo a punto de derruirse con todos dentro. Esa noche cayó en un sueño del que no despertó hasta tres semanas después con la mitad de su cuerpo paralizado desde la cara hasta el pie derecho y con un asma terrible que la persiguió la vida entera. Mi abuelo, cuando pudo regresar a Madrid y vio a su novia de esa guisa, inmediatamente alquiló una casa y pagó los cuidados médicos. Contaba que recibió una terapia de descargas eléctricas, que era un suplicio, pero que la mejoró mucho. Que la cosa pudo ser peor.

A pesar de las desgracias, siempre contaba que gracias a él, nunca pasaron hambre. En la casa en la que vivieron después de aquel bombardeo, dieron cobijo de vez en cuando, a otras familias porque quedarse sin techo y sin comida era el día a día en la capital. De aquella época conservó siempre la costumbre de mantener la despensa cerrada con llave aunque ya no hubiera grullas con más hambre que vergüenza. Bajo llave guardaba también las magdalenas, rosquillas y chocolates que compraba para cuando íbamos de visita.

Por algún motivo que nunca se habló abiertamente, la familia de mi abuela rompió relaciones con ella. Tuvo que ser en el intervalo entre que acabó la guerra a cuando se casaron. Porque si bien teníamos trato con la tía Esperanza y el tío Moisés, los hermanos de mi abuelo, ningún familiar de la abuela estuvo nunca presente en bautizos, bodas o entierros. Y eso ya fue súper raro. Mi madre era esquiva con el tema. Y no la reprocho nada porque, insisto, los silencios en las familias hay que dejarlos estar.

Así que fue mi abuelo quien siempre cuidó de ella. Y eso que corría el rumor que, cuando la abuela quedó embarazada de mi madre, el abuelo no quería casarse y tuvo que ser su padre, el abuelo Juan, quien le recordó que sus hijos eran hombres de principios que no huían de su obligación. O algo así.

Fuera como fuere, la abuela Teresa sentía devoción por su Satur. Jamás le dedicó una mirada torcida ni le levantó la voz. Jamás un despecho o un "Basta ya Satur, que me tienes frita". Nada de nada. Pocas personas más buenas, agradecidas y humildes he conocido en mi vida; nunca la vi enfadada, o de morros. Siempre amable y cariñosa. Y aunque nosotros a veces le íbamos con el cuento de si es que el abuelo esto o lo otro, ella siempre hablaba bien del cascarrabias. Y decía: es que no sabes las cosas que ha hecho tu abuelo. Le tengo que estar agradecida la vida entera.

Nunca tuvieron amigos ni alternaron con nadie. Los fines de semana los pasaban en familia y cada domingo el abuelo nos llevaba de excursión. Ninguna tarde festiva nos faltó una bandeja de pasteles o pastas de té. Y es que mi abuelo, además de goloso, nunca se fió ni de su sombra. Tenía dinero escondido en ladrillos falsos en el taller de bicis. Porque mi abueli antes de la guerra fue ciclista y después de ella, con la cojera de la bala - o metralla- que la guerra le dejó de recuerdo, montó una tienda de bicicletas, negocio que regentó hasta su muerte.

Pasó que algún hermano de mi abuela -que yo no sabía que existía- murió y el tío José, que era el más pequeño, contactó con su hermana. Hubo un acercamiento y nos visitaron en Madrid, para conocernos. Recuerdo que hubo felicidad. Sin aspavientos pero el ambiente era amable. Ese verano -o el siguiente, no recuerdo- decidieron por fin tomarse unas vacaciones. Eso a mi madre le enfadaba: porque con tanto dinero escondido en los ladrillos sueltos, ya tenía traca que no fuera capaz de llevar a la abuela de vacaciones.

Y mira, después de tantos años sin viajar lejos de casa, se fueron por fin a Córdoba, a su pueblo natal, a la casa familiar que el tío José había terminado heredando. Hablaron de la niñez, de los recuerdos que regresaban a borbotones. Mi abuela -contó el tío José- estaba requefeliz. Y como no podía dormir a costa del maldito asma que la tuvo cada noche atada a un sillón donde cerraba y abría el ojo cada poco, pues supongo que quiso dar una vuelta por la casa y para no molestar, no encendió ni la luz. Y cayó por las escaleras. Y esta vez, no despertó como cuando lo del molino. Se fue feliz, con la cabeza llena de momentos bonitos sin la sombra de las bombas ni del asma, al que temía más que a la muerte.
Mi abuelo ya no paró de llorar. No supo pasar ni un solo día más de su vida sin ella. Mira que nunca cruzó con su esposa ni una mirada de cariño ni un mimo. Pero cuando se fue la abuela Teresa todos supimos que nos habíamos quedado sin sus desvelos, ya que al estar impedida para afrontar otras tareas, dedicó su vida a querernos con una discreción tan tremenda que solo sentimos el terremoto de su bondad cuando ya no estuvo. Antes de su muerte, al abuelo solo le vi llorar los días que nos llevaba al valle de los Caídos. Y creo que nunca más volvió a comprarnos dulces. Se fue apagando y murió poco después.

Y, aunque parezca que no viene al caso, aquí es donde un escritor inglés que nunca pisó Madrid ni supo de estraperlos ni de molinos bombardeados entra en escena. Él ha sido el detonante, la metralla que ha impactado en mi recuerdo. Se llamaba C. S. Lewis, y además de escribir sobre un león que resucita y niños que atraviesan armarios -también huyendo de los horrores de otra guerra-, se pasó media vida dándole vueltas al amor; el de verdad, el que cuesta, no el de las tarjetas de felicitación el día de San Valentín. 
Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo.
Y tiene una frase que podría haber escrito pensando en mi abuelo sin conocerlo: que amar de verdad es hacerte vulnerable, y que si quieres estar a salvo de sufrir, la única receta es no dar tu corazón a nadie - guardarlo bajo llave, como la despensa de la abuela, y dejar que se vuelva duro, rancio e impenetrable ahí dentro.

Y eso era mi abuelo Satur. Un corazón bajo llave, cabezota, orgulloso hasta en la cárcel por no soltar prenda. Y a lo mejor la ternura no le cabía en el papel que la vida -y la guerra- le habían asignado: cuidar, sostener, resolver. Llorar con ella, no. No lo hizo. También te digo que a la abuela tampoco nunca la vi llorar a moco tendido. A ella se le escapaban las lágrimas solo cuando hablaba de aquellos años. De la guerra, de antes de la guerra o de después de la guerra. El epicentro de sus lágrimas siempre fue la guerra y aunque sin un león como el de Narnia, mi abuela siempre atravesó el armario de su ternura porque a pesar de vivir en un cuerpo roto y maltrecho jamás se secó su alma ni su gratitud. Se sentía feliz por lo que tenía y no por lo que perdió. Y no lo vimos entonces. 
El dolor de ahora forma parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato.
Lewis, que en su propia vida tardó cincuenta y ocho años en enamorarse de verdad y solo tres en perder a esa mujer por cáncer, escribió después que el duelo desmonta certezas que uno creía sólidas, que debajo del hombre seguro que uno cree ser hay otro que no sabía que estaba ahí. Cuando mi abuela cayó por esas escaleras, a su Satur se le cayó también la coraza entera. Y descubrimos, todos, lo que llevaba dentro sin saber mostrarlo. Ese amor estaba dentro pero nadie le enseñó a darle rienda. Porque los supervivientes de aquello, solo sabían pelarnos la fruta y comprar pasteles los domingos. De amor, ni hablar. 

Antes de pasar a la receta, que como no podía ser de otra manera tenía que ser de un dulce, uno que les hubiera encantado a los dos, debo decirte que entre estas letras y fotos de las galletas, flotan unas frases de Lewis así como una foto mis abuelos hace muchos, muchos años en Daimiel, en la comunión de mi hermano Jesús Alberto. Por cierto, el abuelo estaba requeteindignado de que mis padres no le hubieran llamado Jesús Saturnino o Saturnino Jesús. ¡Por qué será!
Ingredientes:
  • 1 huevo
  • 125gr. de mantequilla
  • 120gr. azúcar morena
  • 50gr. de nata
  • Vainilla
  • 150gr. de harina
  • 100gr. de almendra
  • 75-100gr. de avena
  • 1 cdta. de polvos de hornear
  • 100gr. chocolate blanco
  • 1 puñado de cranberries
  • 1 puñado de fruta deshidratada: fresas o frambuesas
  • 1 puñado de pistachos

Preparación:
  1. Con la ayuda de unas varillas eléctricas, bate el huevo, el azúcar, la mantequilla, la nata y la vainilla. 
  2. Incorpora la almendra molida, la harina y la avena hasta que ligue todo bien. Añade el chocolate blanco y los pistachos en trocitos, así como las frutas a tu gusto. Deja que repose la masa unos 20 minutos en el frigo.
  3. Precalienta el horno a 170ºC.
  4. Con ayuda de una cucharita, forma pegotes de masa y las depositas en una fuente de horno con papel de hornear. Las metes en el horno durante 15 minutos. Deja que enfríen y listo.
 
Copyright © Hierbas y especias. Diseñado con por Las Cosas de Maite