Manakish con dukkah de pistacho
Éranse una vez los sumerios, esa gente que, mientras no se demuestre lo contrario, inventaron la escritura. Al principio solo en plan administrativo para dejar constancia del ganado, de los sacos de grano o transacciones golosas, en plan de aquí te compro y allí te vendo. Por alguna retorcida razón, que yo misma avalo como el gran maná, empezaron a escribir sus cosillas; mensajes de los dioses o temas más íntimos pero siempre en plan anónimo hasta que llegó ella. Y como siempre, tenemos que contarlo desde el principio para que podamos admirar a esta mujer como la gran diosa que fue.
Hubo un rey llamado Sargón que a golpe de mamporro, como siempre, unificó Sumeria y Acad creando el primer gran imperio de la historia de la humanidad. Para consolidar su poder en el sur nombró a su hija Enheduanna Alta Sacerdotisa de Nanna, el dios de la Luna en la ciudad de Ur. Y así como quien no quiere la cosa se convirtió en la figura más influyente en esa parte del imperio. Por lo menos en plan místico.
Por lo que sea, en vez de escribir tablillas con poemas que le dictaban los dioses como venía siendo la costumbre, Enheduanna empezó a reafirmar su autoría sin que se le cayeran los anillos. Y con esta cosa qué a saber cómo se le ocurrió, se convirtió en la primera persona en este mundo que el cosmos nos ha dado, a quien podemos atribuir una obra escrita.
Fue la primera, la madre de todas las que vinieron detrás, la hija de la Luna que no se conformó con contar cabezas de ganado sino que sus poemas expresaron emociones requetepotentes; desde el éxtasis religioso hasta la triste y dura amargura del exilio. Como sacerdotisa, fue la teóloga que unificó el panteón sumerio y acadio bajo el culto a Inanna, y como mujer, nos ha dejado un legado magnífico donde la voz femenina es la protagonista.
Soy la alta sacerdotisa,
soy Enheduanna
...cargando la cesta ritual
...cantando los himnos
Pasaron los años y la vida siguió su curso. A mamporrazos, debo insistir; un líder rebelde llamado Lugalanne tomó la ciudad de Ur expulsando a Enheduanna al exilio. Sabemos de este suceso porque ella misma nos narra el drama con toda su amargura en su poema La Exaltación de Inanna. Se vio obligada a vagar por el desierto y sus poemas sonaron llenos de desesperación, reivindicación y resistencia.
Te suplico, ¡di basta!
el amargo corazón lleno de odio y dolor, mi Señora.
¿Qué día tendrás misericordia?
¿Cuánto tiempo lloraré en una oración de lamento?
Soy tuya, ¿por qué me matas?
Lloro, yo...
Inanna escuchó sus oraciones, la rebelión fue aplastada y Enheduanna reinstalada en el templo de Ur. Fue tan respetada que su cargo de sacerdotisa se convirtió en tradición después de ella y sus poemas fueron leídos y aprendidos de generación en generación.
Pasaron los siglos y cuando el Imperio Acadio cayó y llegaron los babilonios y los asirios, el sumerio dejó de hablarse en la calle. Le pasó como al latín, que se quedó en plan lengua muerta que se usó exclusivamente para la religión, la ciencia y la alta literatura. Los escribas aprendían sumerio como gesto de prestigio. Por eso, cuando copiaban a Enheduanna, lo hacían respetando su lengua original, porque consideraban que el poder de sus palabras residía en el idioma en que fueron expresadas.
Pero llegaron más imperios -más mamporros, no hay otra- como el Persa y más tarde el Griego que no mostraron interés en traducir textos religiosos antiguos de una lengua que ya nadie entendía fuera de los templos. Y así fue como la voz de Enheduanna, recogida en tablillas de arcilla quedó literalmente muda bajo la arena del desierto. O algo peor.
En 1927, el arqueólogo británico Sir Leonard Woolley, en unas excavaciones a cargo del Museo Británico y la Universidad de Pensilvania en el templo de Ur, al sur de Irak, encontró el primer rastro de Enheduanna: primero un disco de alabastro con su nombre inscrito. Después 37 tablillas de arcilla con 48 poemas y 4.200 líneas, todo firmado por ella. No eran las originales de Ur sino reproducciones que dejan de manifiesto el interés y respeto que hubo por su obra.
Y este descubrimiento, que debió ser celebrado por todos los poetas habidos y por haber, volvió a caer en el olvido hasta que en 1968 el asiriólogo Åke Sjöberg tradujo al inglés sus poemas. Y por alguna razón que se escapa a mi entendimiento, nunca hemos sabido de Åke ni de Enheduanna. Ni de Betty De Shong Meador, investigadora norteamericana que en el año 2000 rescató la figura de Enheduanna como un icono de la literatura en femenino.
Lo bueno de esto, es que sus poemas perdidos durante miles de años y al no ser traducidos en la antigüedad, han llegado a nosotros intactos. Sin la manipulación de los cortos de entendederas que me juego mi mejor harina, habrían desdibujado su voz y su erotismo místico que hoy afortunadamente podemos leer directamente del 2300 a.C. Algo es algo.
Yo encontré su obra aquí.
- 300gr. de semolina
- 200gr. de harina de fuerza
- 1 sobre de levadura para pan
- 330ml. de agua tibia
- 1 cdta. de sal
- 1 cdta. de miel
- algo de aceite para mojarte las manos
- mezcla de za'atar y aceite de oliva para pincelar
- unas pequeñas tiras de dátil para poner por encima
- 75gr. de pistachos
- 20gr. de sésamo
- 1 cda. de semillas de cilantro
- 1/2 cda. de semillas de comino
- 1 pizca de pimienta en grano
- 1 pizca de sal
- Si no encuentras semolina, puedes hacerlas solo con harina de fuerza.
- Lo ideal es que hornees los manakish cuando vayas a consumirlos. Puedes dejar la masa dividida en bolitas en una bandeja o táper enaceitado. Van a crecer un poco así que deja espacio entre ellas. Las tapas con film transparente o su tapa hermética y las sacas unos 20 a 30 minutos antes de estirarlas para hornear.
- No dejes de ponerle las tiritas de dátil por encima. Se caramelizan un poquito y le dan un toque bestial.
- Se dejan acompañar a las mil maravillas con labne: unas 4-5 horas antes, pon a escurrir yogur haciendo un hatillo con un trapo fino de cocina o una gasa. Puedes colgarlo o ponerlo sobre un un colador. El plan es que pierda el suero. Cuando esté escurrido, le pones un poquito de sal y listo.
- En un bol, pon la semolina, el harina, la levadura, la sal, la miel y el agua. Amasa con ayuda de unas varillas eléctricas. Si amasas a mano te recomiendo que amases 5 minutos, deja que la masa descanse otros 5 y vuelve a amasar. Deja que la masa fermente durante 2 horas.
- Prepara el dikkah: en un sartén a fuego medio-bajo, pon todos los ingredientes y deja que se tuesten levemente durante 3-4 minutos sin dejar de mover para que no se quemen. Tritura sin que quede muy fino. Reserva.
- Divide la masa en 8 partes iguales de unos 100-110gr. cada una. Moja las manos en aceite de oliva, forma una bola con cada porción y deja que descansen unos 15 minutos de nuevo.
- Precalienta el horno a 230ºC.
- De nuevo, con las manos mojadas en aceite, Aplana cada bola de masa con forma circular (como si fuera una pizza pequeña) y la transfieres a la placa de hornear sobre papel de horno. Pincela con una mezcla de za'atar y aceite de oliva y pincelas. Pon unas pequeñas tiras de dátil por encima y hornea unos 10 minutos hasta que veas que cogen color doradito.
- Una vez fuera del horno, riegas casa manakish con unas gotas de aceite de oliva y una cucharadita de dukkah.












































