Carne para rellenar pupusas o gorditas

Cuando me puse manos a la obra en la creación de este blog, no necesité darle muchas vueltas al nombre. Mi influencia, en ese momento, estaba más que clara. Dudé entre "Aromáticas y especias" pero acababa de hacerme mi jardincito de hierbas y me pareció más mío echarle yerbajos a las especias del nombre. Meses después, me planteé que lo mismo un nombre tan genérico podría resultar poco apropiado para un blog que pretendía ser tan personal e íntimo. Decir que por aquel entonces los rebranding eran cosa normal y eran muchos los blogueros que mutaban o los que nos planteábamos hacerlo.

Pero esos arrebatos se me calmaban cada vez que regresaba a leer esa primera entrada del blog (¿quieres saber cual?) donde enseñaba mi cajón de tarros que, por cierto, siguen en el mismo lugar conteniendo nuevas remesas de especias y semillas. Algunas de mi propio cosecha y la mayoría sabores del mundo que he ido encontrando por aquí y por allí. Algunos llegaron y no cuajaron. Estas intentonas han terminado siempre en la basura. Pero otras, la mayoría, se han quedado para siempre en mi cocina porque más allá de arrastrar fama entre los míos de tener buena mano en la cocina, es indiscutible que mis éxitos han crecido a medida que he ido aprendiendo a usar las especias.
Un plato sin condimentar es como un maniquí a medio vestir y demasiado condimentado sería como hacer salir con burka a las modelos de Victoria'secret. Del mismo modo, se caza a un buen groument por la calidad de sus especias en la cocina y no por la cantidad. Las especias no se coleccionan, se eligen y se usan. Cuando caducan, cuando pierden aroma y frescura, lo mejor es deshacerse de ellas. Quién guarda cadáveres de curry, nuez moscada o pimienta en su armario no puede apreciar los sabores del mundo. A mí otra moto no me vendes.

Y para tener especias de calidad, hay que peregrinar por comercios expertos. Pequeñas tiendas orientales, africanas o de ultramar para los sabores exóticos y los puestos de mercado para las genéricas y las más nuestras. Aunque las cosas como son, en un mercado de abastos o plaza encuentras de todo... o encontrabas. Cada vez con más pena veo como los mercados cierran y se reducen, con puestos con el cierre echado o mermadas las mercaderías por falta de clientela.

No tenemos excusa. Es verdad que no hay tiempo para ir a la plaza pero nos hemos acomodado a la gran superficie que nos está vendiendo miseria en bote y veneno en frasco con productos de dudosa procedencia y manipulación. Hay que salvar lo nuestro. La compra de productos frescos debería ser siempre procedente del pequeño comerciante. Comprar cercano es comprar calidad y ayudamos además a su supervivencia. Que es la nuestra.

Así que, cuando Antonio Catalán me escribió y me ofreció probar alguna de sus especias no lo dudé. Supe que era la ocasión perfecta para hacer campaña a favor de lo nuestro. Que no te engañen. El enemigo no es la mercancía extranjera, es el gigante. Cuando nos dicen: "consumir para levantar la economía", se olvidan añadir que consumir en multinacionales o franquicias es ayudar al enemigo. Levantar nuestra economía es mover el dinero entre el pueblo, entre la clase media. Mercados, puestos de abastos y pequeñas tiendas. Da igual la nacionalidad de quien lo regenta pero lo cierto es que un comercio oriental solo vende lo suyo. Comercios como los de Antonio te venden lo de aquí y lo de allá para que sus clientes tengan de todo en un solo viaje. Y si no vives en Valencia, tiene tienda online y recoge pedidos por teléfono. Más fácil y cercano imposible! 
Esta carne la he sazonado con especias cajún, un preparado típico de la cocina criolla de Luisiana, crisol de culturas y razas que es una ed mis favoritas. En casa las usamos para rellenar pupusas y tortillas de harina Pan. Las acompañamos de guacamole y de curtido salvadoreño. Pronto publicaré como hacer las pupusas y el encurtido, lo prometo.


Ingredientes:


Preparación:
  1. En una sartén, como un poquito de aceite de oliva, dora la cebolla cortada muy en fino.
  2. Añade la carne desmenuzada o cortada, las especias y la salsa de tomate. Rehoga brevemente, añade el agua y cuece a fuego medio hasta que consuma todo el líquido.

Galletas de algarroba con trozos de chocolate para abundantes

abundancia
Del lat. abundantia.
1. f. Gran cantidad.
2. f. Prosperidad, riqueza o bienestar. Se veía la abundancia por todas partes.
en abundancia
1. loc. adv. En gran cantidad, copiosamente. Comieron en abundancia.
nadar en la abundancia
1. loc. verb. Gozar de un gran bienestar económico.

Soy abundante, no me cabe duda. Y eso que no soy rica, ni persona de caudales ni futura heredera de cuartos ajenos en espera de hincarles el diente. Pero sabiendo que tres cuartas partes del mundo pasa hambre y necesidades, sin olvidar que el 1% de mega-ricos del mundo son cada año más mega-ricos y los pobres cada vez más sentenciados a no salir de ella... decía, que sin olvidar lo obvio, formo parte de ese primer mundo que a pesar de vivir sin dinero para grandes hazañas vivo como una reina mora y sin necesidad de nadar en la abundancia.

Derrocho abundancia si se me permite decirlo. Cuando he estado floja me han empaquetado de vuelta a mis Madriles, me han mimado y consentido hasta el aburrimiento, he subido, bajado, reído, llorado, mascado y bebido como una posesa. Días de hablar cual cotorra desatada, entre Mahous, Estrellas de Galicia y Alhambras botella verde. Terminé el año llena de regalos y buenas intenciones. Es posible que éste sea el espejismo más claro y lúcido de lo que entendemos por bienestar.
Y para más abundancia redundante, Luisfer me invitó a la meditación 21 días de abundancia, la cual -todo sea dicho y explicado- he dejado descolgada al tercer Mantra por falta de tiempo porque en ésto también soy más de lo mismo y me asfixio con gran facilidad entre tantas tareas. Peros mis compis de meditación, que sí que son aplicados y comprometidos, han debido de descorchar mis chakras porque el sábado de puro sin querer me llevé la compra de la semana gratis a casa. 

Resulta que uno de nuestros super está de aniversario y cada 50 compras, regala una. Allí estábamos nosotros con una tocineta de sábado por la mañana de mucho cuidado, llenando el carro y gastando cupones de descuento sin mucho garbo cuando llega la hora de pagar y saltan lucecitas de colores, la musiquilla del anuncio a todo trapo y el mundo que nos rodeaba nos clavaba los ojos con cara de cierta envidia -sobre todo la familia que venía detrás en la cola, que al papá se le desencajaba un poco la cara de coraje porque de fijo se lamentaba a lo "si estos pesados se hubieran dado prisa, nos habría tocado a nosotros"-. Sea como fuere, nosotros fuimos los últimos en enterarnos porque insisto, teníamos un globo injustificado que nos alelaba nuestra capacidad de respuesta. 

Fue de camino hacía el coche, cuando até cabos y me di cuenta que nos habíamos ahorrado cerca de cien euros y todo gracias a mis abundantes compadres de meditación, a los cuales dedico estas galletas que son puro placer. De textura blandita y abizcochada, han salido geniales y estoy segura que me crees si te digo que podría abundar en halagos por estas monadas. Qué mejor manera de probar la harina de algarroba que me traje de Madrid. 


Ingredientes:
  • 150gr. de mantequilla derretida
  • 1 taza de harina repostera
  • 1/2 taza de harina de algarroba
  • 1/2 taza de azúcar blanca
  • 1/4 taza de azúcar moreno
  • una pizca de sal
  • 1 huevo ligeramente batido
  • vainilla
  • 1 cdta. de polvos de hornear
  • 125gr. de chocolate troceado


Preparación
  1. Precalienta el horno a 180ªC.
  2. Bate todos los ingredientes juntos menos  los trozos de chocolate que los añadirás al final.
  3. Sobre un papel de hornear, coloca pelotitas de masa del mismo tamaño.
  4. Hornea entre 10-15 minutos. Al sacarlas del horno estarán todavía blanditas. Es normal. Se endurecen un poco al enfriar.

Queso sin curar en aceite

Existen padres helicóptero, madres tigre, papás quitanieves, bocadillos, mayordomos, guardaespaldas... hasta padres secretarios. Como lo oyes. A todos estos tipos de progenitores se les conoce como los hiperpadres. Es un concepto de crianza que se puso de moda en Estados Unidos aunque se dispersó por todo el planeta en poco tiempo. Se trata de hacer y dar todo lo necesario a nuestros hijos para que triunfen, concepto que dicho así, a lo grueso, suena fantástico pero a la que pasa el tiempo y empiezan a verse las consecuencias, los especialistas han activado todas las alarmas sociales advirtiendo de los muchos y graves riesgos que nuestra educación está causando en los críos.

Niños que no saben desear porque lo tienen todo antes incluso de imaginarlo. Niños que no saben aburrirse, que no aceptan un no, que nada es suficiente porque no saben qué quieren. Son los reyes de la casa, sí, pero no logran afrontar nada por sí mismos, impacientes ante los imprevistos y casi siempre con estima baja porque ser un superhijo es, por sí mismo, un concepto inalcanzable. Cuando los padres vemos que el niño se desorienta o reacciona a nuestra forma de crianza, los llevamos a los terapeutas infantiles. Casi nunca es el padre el que se presenta diciendo: mi hijo está descentrado y creo que soy yo quien no sabe hacerlo bien. Les llevamos al psicólogo, interpretamos el feedback de aquella manera, y por lo general, apretamos las tuercas al peque por miedo a que el niño se tuerza y fracase. Sí, digámoslo a las claras, miedo a que sea un fracasado. Cuántas veces habremos oído -o dicho- mi crío es problemático y cuántas de esas veces habremos intuido que el problema del niño está en que no sabe escapar a la presión de sus padres. 

La vida me ha enseñado a ser una madre corriente y moliente. Ser mami me ha obligado a reconocer ante mis hijos que ni soy una madre perfecta, mi una mujer brillante ni he sido una hija excepcional. He compartido con ellos mis errores, en la esperanza de que decidan no cometer los mismos que yo. Creo que mi mayor sacrificio -y acierto- como madre fue dejar volar al mayor cuando él quiso, no cuando yo creí que debía hacerlo. Aquel error marcó su vida y yo no lo impedí. Acepté -a regañadientes- que no era mi cometido. Mi misión será siempre la misma: estar lista para cuando él me necesita. Porque la mejor ayuda a nuestros hijos es justo en esa dirección y no al revés. Tenemos que estar para cuando ellos nos necesitan y no cuando decidimos que tenemos que ayudarles.


Ingredientes:

  • Queso sin curar del tipo que más te guste
  • Aceite de oliva, la cantidad que te admita cada tarro
  • 1/2 pimiento seco o una ñora
  • especias en grano a tu gusto (popurrí de pimientas, bayas de enebro, comino e hinojo)
  • hierbas frescas en rama a tu gusto (romero, tomillo, estragón, hinojo y salvia)
  • 3 hojas por cada tarro de hojas de laurel
  • 1 ó 2 tarros de cristal 


Preparación: 

  1. Esteriliza los frascos y las tapas.
  2. Corta el queso en trozos. Vas rellenando los botes con todos los ingredientes. Finalmente, cubres de aceite de oliva hasta el borde y cierras los tarros. 
  3. Deja macerar 4 ó 5 días antes de consumir. Dura meses en la despensa en un lugar fresco y oscuro.

Curry de col jamaicano

pereza
Del lat. pigritia.
1. f. Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados.
2. f. Flojedad, descuido o tardanza en las acciones o movimientos.
3. f. Ven. perezoso (‖ mamífero).

Menuda palabra la de hoy. No hay bicho en este planeta que no la practique. Ojo, queriendo o sin querer que no seré yo quien entre en semejante lodazal pero lo cierto es que no hay ánimo que resista su descarga ni su plomazo influjo que nos deja con la pila reventada y echando chispas. En un descuido se te mete dentro y toma el control de tus entusiasmos, te afloja el biorritmo biológico reduciéndolo a su mínima expresión creando una atmósfera emocional estacionaria capaz de congelar al instante cualquier intento de acción-reacción que tu mente fragüe. En una palabra... no se me ocurre pero podríamos decir que es putadón y de los gordos.

El problema, es que la susodicha tiene mala fama porque a alguien se le ocurrió convertirla en pecado. De ahí tanta injusticia. Porque cuando vas por el mundo contando que estás flojo, la gente se apiada de ti. Si metes la pata y te justificas con un "es que estoy lento de reflejos" la concurrencia despliega todo la comprensión habida y por haber pero.. ainss esa pereza, cuántas regañinas nos habrá arrancado a la largo y ancho de nuestra vida. Qué injusto. Porque al fin y al cabo, somos más bien víctimas y no pecadores, que salir de ella cuesta un horror y la cosa tiene su mérito. Y caer en ella no es obra de la tentación, sino de nuestros estados emocionales que nos la juegan día sí y día también. 

Yo por mi parte, he decidido vivirla en plan laico. Cuando viene pues la enfilo como puedo, sin estrés y me justifico a lo río luego fluyo. Y contigo a pan y cebolla, ea. Ésta ha sido la razón por la cual he tardado toda una semana en publicar esta receta. Sin más misterios. 


Ingredientes:
  • 200gr. de col cortada en juliana
  • 200gr. de zanahoria cortada en juliana
  • 200gr. de patata cortada en juliana
  • 3-4 cdas. de coco rallado
  • 2 chalotas o una cebolla pequeña
  • 2 dientes de ajo machacados
  • orégano seco
  • curry en polvo
  • cuatro especias o pimienta de jamaica
  • ají (pimiento seco molido)
  • un chorrito de salsa worcester 
  • 1/2 litro de caldo vegetal
  • 400ml. de leche de coco
  • 4 cdas. de salsa de tomate casera
  • 1/2 limón y sal

Preparación:
  1. Saltea brevemente las chalotas cortadas en fino, el ajo machacado, el coco rallado, las especias y el ají en un poco de aceite suave (no de oliva). Añade las verduras, la salsa worcester y cubre con el caldo y la leche de coco. Reserva un poco de esta última para después para que el curry mantenga el sabor fresco de la leche de coco. Cuece a fuego lento 15 min.
  2. Pasado este tiempo, añade la salsa de tomate, medio limón exprimido y el resto de la leche de coco. Rectifica de sal. Deja cocer entre 5-10 minutos más. Antes de servir, deja que repose unos minutos el curry para que se potencien los sabores. Puedes acompañarlo de arroz o de unas tortillas de trigo o de maíz.

Bizcocho de zanahoria y calabacín con coco

Tengo un conflicto descarnado con las fechas. Algunas las olvido de puro sin querer y otras me esfuerzo por que pasen desapercibidas. En este quehacer mío, juega un papel importantísimo mi condición de disléxica porque, ante la incapacidad de recordar los números desde muy jovencita, me enseñaron a asociarlos ya bien con juegos de letras, con hechos históricos, imágenes, etc. Por ejemplo, mi pin del cajero no consta de cuatro números, sino que es un dibujo lineal. Como un día me cambien los números de posición me joroban de lo lindo. Estas reglas mnemotécnicas me han sido muy útiles y si bien es cierto que explicarlas requieren de esfuerzo, cuando están dentro de la sesera se desenvuelven con desparpajo. 

También tuve que inventarme reglas para recordar los cumpleaños en casa. Mi padre era un tirillas muy delgado y cumplía el 11-S. Dos tirillas de palo. Es decir, 11 (dos palotes o dos tirillas) en el mes de la vuelta al cole (el palo gordo de cualquier niño). En el mismo mes, cumplían Juanpe y Luisfer con dos días de diferencia. Al hecho de tener que recordar las fechas había que saber quién cumplía primero y quién después. Como siempre se celebraban juntos, las confusiones eran muy frecuentes. Mi regla era después de papá últimos pares de la decena, es decir, el 18 y el 20. Hasta aquí todo bajo control, pero ¿quién es quién? He necesitado distancia para verlo claro. Al principio me decía que el pequeño primero pero esto lo he dudado durante años lo que me llevaba a felicitar a Luisfer en el de Juanpe. Un día, leyendo un comic lo vi claro: zipi y zape. El rubiales, Juanpe y el morenazo, Luisfer. Ea, ya lo tenemos.
Ahora, tantos años después de que murió Juan Pedro, es Luisfer quien cumple por los dos. Los hermanos no hemos querido homenajear a los ausentes por sus fechas de defunción. Celebramos sus cumpleaños nada más, porque al fin y al cabo para nosotros ellos siguen presentes en nuestros corazones y recuerdos. Me esfuerzo por desfigurar las fechas de los adioses aunque mi madre y mi padre -sobre todo él- nos lo han puesto harto difícil por ser fechas facilonas. Pero insisto, me obligo en celebrar la vida. 

Me quedo con que mamá se fue una madrugada calurosa de verano, lo mismo que la abuela. La hija con la salida del sol y la madre antes del amanecer. Ambas felices y llenas de recuerdos. Me quedo con que Juanpe tiró muchas millas más de la cuenta pudiendo disfrutar de una última nochebuena fantástica, donde pese a estar en las últimas, se sintió con ganas de festejar. Recuerdo darle traguitos de mi copa de cava y oigo a mi padre regañarme... y como dos chiquillos nos encogimos de hombros porque nos habían pillado en plena trastada.  Y a mi padre, cómo no, que ya nos había amenazado "El día que me muera, ya me encargaré de haceros la cusqui para que no me olvidéis". "Ay papá, te saliste con la tuya" eso pensé cuando la comitiva se quedó atrapada a las puertas del cementerio en un atascazo brutal con cientos de personas llevando flores a sus difuntos. Cuando logramos llegar todos nos reímos de la anécdota. Al final, mi hermano Jesús cerró el acto con unas palabras de recuerdo e invitó a todo el que quisiera, a reunirse con nosotros para tomarnos unas cañas en su memoria porque ese fue su deseo. Y no pude evitar añadir: Y ya habéis visto como las gasta Don Jesús, cómo para llevarle la contraria. Y volvimos a reírnos todos. Así, así lo quiso.


Ingredientes:

  • 250gr. de zanahoria y calabacín rallado (proporción a tu gusto)
  • 3 huevos
  • 120gr. de azúcar
  • 200gr. de harina
  • 50gr. de harina de coco (o coco molido en fino)
  • 125ml de leche de coco
  • 70ml. de aceite
  • Polvos de hornear
  • vainilla, canela y nuez moscada a tu gusto
  • 3 cdas. de sirope de arce para pincelar el bizcocho

Cobertura:

  • 3 cdas. de azúcar glas
  • 2 cdas. de queso crema
  • 100ml. de crema de coco (al abrir la lata, retira la crema espesa de arriba)

Preparación:

  1. Precalienta el horno a 180ºC.
  2. Ralla la zanahoria y el calabacín. Este último con la cascara (toda o parcial). Reserva.
  3. Abre la lata de leche de coco y retira unos 100ml. de la capa de crema que se condensa arriba. Reserva.
  4. En un bol, pon los huevos, azúcar, aceite, la leche de crema restande haber retirado la crema, la vainilla y las especias. Bate con la batidora eléctrica tal cual. Añade las harinas y los polvos de hornear. Bate de nuevo hasta que no queden grumos. Mezcla con las verduras y pásalo al molde engrasado.
  5. Hornea unos 40 minutos hasta que veas que está bien cuajado. Deja que enfríe.
  6. Mientras prepara la cobertura. Mezcla los 3 ingredientes hasta que no queden grumos y lo dejas enfriar en la nevera.
  7. Para montar el bizcocho, una vez frío, con ayuda de un pincel moja la superficie con el sirope de arce y cubre con la cobertura de crema y coco.

Pelotas de pan con espinacas y gorgonzola (Spinat-gorgonzola-knödel)

El Sr. Ernesto del 4ºB, disfrutaba de lo lindo esperando diariamente. No era amigo de las exquisiteces así que le daba igual esperar en una esquina, en el parque, en el portal, en el bar de enfrente o en la parada del autobús. Era el suyo, un hobbie peculiar en un barrio tan ocupado como ese. Desde que se jubiló se pasaba la jornada completa a la espera, se conocía al dedillo todas y cada una de las rutinas de sus vecinos, los horarios completos de las tres líneas de autobús, la entrada y salida de los nenes en el colegio, la hora de apertura del ambulatorio y lo más importante, el momento óptimo para ponerse a hacer la cola pertinente. Todo el vecindario, sin excepción, acudía a él en busca de consejo: "tengo hora en el dentista, qué me aconseja usted, ¿llevarme un libro o unos crucigramas?" "espero a mi bebé para abril y ya empiezo a impacientarme ¿algún consejillo para no desesperar?" "espero noticias de..." y así agotaba sus esperas entre charla y charla, consejo y parecer, o simplemente aportando su docta experiencia sobre el tema. 

Era habitual verle sentado a la puerta del número 23 junto al conserje del inmueble que ya usaba como hábito regular, el sacar un par de sillas por si acaso nuestro protagonista decidía esperar sentado. Si le avistaba de lejos, le proponía compartir la espera hasta la hora del almuerzo y sobra decir que el invitado jamás hubo de declinar tan amable ofrecimiento. "Pues sea, Don Gregorio, que ya sabe usted que prisa no tengo", le decía.

Almorzaba regularmente, en el bar Casa Antonio porque tenía unos platos de cuchara para morirse y no arrepentirse. Mientras esperaba la hora del café, siempre había parroquianos que se sumaban a su causa: "Don Ernesto, le importa si me siento a esperar con usted" "No faltaba más, por dios" y así uno tras otro iban conformando la tertulia  y dejaban pasar la tarde tan ricamente.

Quiso la fatalidad, que al Sr. Ernesto le diera un ataque fulminante. Permaneció en la estación de cuidados intensivos a la espera de un diagnóstico firme que concretara si estaba en el fin de sus días o el asunto era cosa de un fuerte susto de esos que a ciertas edades, llega en plan traicionero. En el hospital se formaron colas de vecinos y amigos que acudieron alarmados por el incidente. A todos se les daba bien esperar gracias a sus buenos consejos. Sus hijos y sus nueras, que nunca habían aprobado pasatiempo tan absurdo, quedaron impresionados por las muestras de afecto. Ellos, que se habían distanciado de su progenitor desde que su madre falleciera, no eran capaces de asimilar lo que estaba pasando. Habían rechazo a su padre por esa locura suya de tenerles todo el día esperando y perdieron poco a poco la paciencia dejando que los nervios les estrangularan las vísceras solo de pensar en pasar una tarde junto a él. 

Lloraron, sí que lo hicieron. De ver tanto cariño y afecto. Cuando le regresaron a la casa, el barrio estaba lleno de carteles: "Ernesto, recupérese pronto" "Su barrio que le quiere, le espera impaciente" "Esperamos su pronta recuperación". Don Gregorio, en lugar de una silla extra, sacó el juego completo del comedor de su casa para que los hijos y nietos del enfermo también se sentaran a disfrutar de la espera. La tertulia en Casa Antonio se multiplicó y se permitió que las vecinas bajaran fuentes de rosquillas y pestiños al bar para así celebrar la pronta recuperación del anciano. Cuán tontos habían sido de no comprender la grandeza de su padre perturbados por un modo de entender la vida que no encajaba en sus expectativas. Le juzgaron por sus maneras sin ver más allá. "Perdónanos papá" le dijeron entre lágrimas. "Nada, no hay nada que perdonar, yo he esperado esto desde hace mucho tiempo".


Ingredientes: (receta original, aquí)
  • 200gr. de pan viejo cortado en daditos 
  • 200ml.  de leche
  • 300gr. de espinacas congeladas
  • 1 diente de ajo
  • 100gr. de mantequilla
  • 100gr. de  Gorgonzola 
  • 2  huevos
  • 50gr. de harina 
  • Sal, pimienta y nuez moscada
  • queso parmesano para servir

Preparación:
  1. En una sartén, saltea un par de minutos las espinacas con el ajo machacado con un poco de mantequilla. Añade la leche y el queso gorgonzola y deja cocer a fuego lento 5 minutos. Deja que temple.
  2. En un bol, pon el pan cortado en dados, la harina y añade las espinacas. Lo remueves bien y añades por último los huevos. Salpimienta y pon nuez moscada a tu gusto. Deja reposar 20 minutos en la nevera.
  3. Pon a calentar una olla grande con agua y sal. Mientras haz las pelotas lo más duras que puedas. Cuando rompa a hervir, añade las pelotas al agua y deja que hiervan 10 minutos. Intenta que no hierva muy fuerte para evitar que las burbujas las puedan deshacer.
  4. Derrite el resto de mantequilla. Sirve 3 pelotas por persona, riega con un poco de mantequilla y sirve con queso parmesano a tu gusto.

Torticas de calabacín y zanahoria

tonto, ta
De or. expr.
1. adj. Dicho de una persona: Falta o escasa de entendimiento o de razón. U. t. c. s.
2. adj. Propio de una persona tonta.
3. adj. coloq. Dicho de una persona: Que padece una deficiencia mental. U. t. c. s.
4. adj. coloq. Dicho de una persona: Pesada, molesta. Se pone muy tonto cuando tiene sueño.
5. adj. coloq. Que carece de sentido o de motivo.
6. adj. coloq. Presumido o vanidoso.
7. m. Personaje que en una pareja de payasos hace el papel de tonto.
8. m. Chile. boleadoras (‖ instrumento compuesto de dos o tres bolas).
9. m. Col. y C. Rica. mona (‖ juego de naipes).

Así, tan a lo tonto, vengo hoy con una nueva palabreja o palabrota dependiendo de la hipersensibilidad del aludido. Y es que esta misma mañana leía un artículo sobre tontos peligrosos y aunque maldita la gracia, no he podido evitar sonreír. Es verdad que a tontos no nos gana nadie -me refiero a la humanidad- y dejo al mundo marciano como tonto en vísperas porque para no pecar excesivamente de tontuna, solo pretendo hablar de lo que conozco. Éste es un buen truco para no quedar demasiado expuesto a ganarte la acepción 1ª aunque también hay que aclarar que no es infalible porque resbalones o despistes tenemos todos para qué mentir.

Pero al igual que el hábito no hace al monje, una tontada no hace al tonto. Como dice D. Arturo, el tonto-tonto -el que no se libra desde la 1ª a la 6ª acepción- es pesado, se empeña en estar siempre en medio de cualquier cosa y es facilón a la hora de manipular. Y así nos va. Son especialistas ante situaciones graves que requieren de reflexión para salir de ellas, que se dediquen a torcer el renglón o a filosofar sobre la necesidad de usar dos puntos o punto y coma en nuestra exposición de los hechos frente a una crisis. Y mientras, el mundo se puede desplomar que a ellos plín. De éstos, a lo largo de mi vida, he conocido unos cuantos y lo curioso es que bastantes de ellos eran tipos muy inteligentes y algo en las entrañas me decía "Ainsss que penica de zote con lo listo que es". Fijo que te suena.

Con ésto que voy a decir ahora, alguno me va llamar la definición hasta la acepción de payasa, pero yo creo que no es lo mismo un tonto que una tonta. Para otras cosas ambos sexos somos iguales pero para la tontería yo creo que existen diferencias. Me explico antes de que nadie me salte a la yugular. Las tontas suelen ser simplonas, no sobresalen por letales. Se las cala rápido y tonto es el que las da crédito y las sigue la corriente. Habrá excepciones, no seré yo quien lo niegue, pero por lo general no revisten excesiva gravedad.

En cambio, suelen ser varones los tontos más peligrosos. La historia está llena de ellos y de hecho, de haber sido mujeres, las hubieran cortado la tontuna rápido -te recuerdo que hubo una época que nos llevaban a la hoguera hasta por hacer té para los gases-. Yo lo asocio al síndrome del alfa, porque una mujer no tiene nada que demostrar a la manada pero en cambio un machote sí, porque si no se le alborota el gallinero y le salen competidores que no quieren ser betas ni deltas y esperan con la escopeta cargada la ocasión para ponerse tontos delante del personal. Así que un tonto alfa tiene que serlo hasta el final caiga quien caiga. Y en este tira y afloja del alfabeto griego, nos tienen como nos tienen. Es verdad que en el primer mundo con eso de la igualdad y del derecho femenino al mundo alfa, cada día más tontas emulan el rol del tonto varonil pero es un precio que debemos pagar a favor de un bien superior por la igualdad de derechos y oportunidades. 

Y para concluir, un dato curioso; todos pensamos que los tontos son los demás, nunca nos damos por aludidos :-D  y aquí lo dejo, aunque mucho se podría decir pero no es plan de dejar enfriarse la receta. Me despido con una frase gloriosa de uno de los tontucos más entrañables de nuestra literatura, Ignatius Reilly: "La naturaleza hace a veces un tonto; pero un fanfarrón siempre es obra del hombre".


Ingredientes: (Receta adaptada de ésta otra)
  • 450gr. de calabacín rallado
  • 200gr. de zanahoria rallada
  • 1 cebolleta con tallo
  • 125gr. de harina
  • 2 huevos XL
  • Parmesano rallado a tu gusto
  • 1 diente de ajo machacado
  • Sal y pimienta
  • aceite para freir
  • opcionalmente, un poco de agua y/o yogur para desleír

Preparación:
  1. Mezclar los huevos con la harina. Para desleír bien, puedes añadir un poquito de agua y/o yogur (yo uso una mezcla) pero muy poquito porque el calabacín soltará agua.
  2. En un bol, poner el calabacín rallado y con piel, la zanahoria rallada, la cebolleta y el parmesano rallado. Mezclar con la crema de harina y huevo y mezclar. Salpimentar.
  3. En una sartén grande, pon un poco de aceite suave y calienta a fuego medio. Coloca porciones de masa y la aplastas para que las torticas queden finas. Las doras por ambos lados y las desengrasas con un poco de papel absorbente de cocina. Puedes servir con tu salsa favorita y unas gotas de salsa picante.

Pasta gratinada con espinacas y champiñones

tristeza
Del lat. tristitia.
1. f. Cualidad de triste.
2. f. germ. Sentencia de muerte.

triste
Del lat. tristis.
1. adj. Afligido, apesadumbrado. Juan está, vino, se fue triste.
2. adj. De carácter o genio melancólico. Es una persona muy triste.
3. adj. Que denota pesadumbre o melancolía. Cara triste.
4. adj. Que ocasiona pesadumbre o melancolía. Noticia triste.
5. adj. Pasado o hecho con pesadumbre o melancolía. Día, vida, plática, ceremonia triste.
6. adj. Funesto, deplorable. Todos le habíamos pronosticado su triste fin.
7. adj. Doloroso, enojoso, difícil de soportar. Es triste haber trabajado toda la vida y encontrarse a la vejez sin pan.
8. adj. Insignificante, insuficiente, ineficaz. Triste consuelo. Triste recurso.
9. m. Canción popular de la Argentina, el Perú y otros países sudamericanos, por lo general amorosa y triste, que se acompaña con la guitarra.

Tristeza, triste palabra (en su 8 acepción) que sin su cualidad parece que se queda en nada, aunque por todos es sabido que ella, por sí misma, es más vieja que el mundo tal y como lo conocemos. Sus orígenes se remontan a la formación del universo. Seguro que hay tristeza en Marte o en Saturno, y sí me apuras, me aventuro a sentenciar que no es sentimiento propio de nuestra galaxia y a buen seguro, más allá de la Láctea, la tristeza también hace de las suyas.

Como te decía, su historia es larga, más que la nuestra. Imagino que los dinosaurios la sentían a su manera, tal vez no en todos nuestros significados pero los científicos nos han asegurado que los pobrucos terminaron como la 6. Y antes de las largatijas gigantes, mi instinto me dice que hasta los ammonites, protozoos, plancton y otros bichejos primarios debieron de sentir melancolía a su manera, sino como entender ese reflujo meláncolico que el mar nos salpica en cada ola, en cada marea. La tristeza está en el código genético del universo y por eso sentimos más de lo que somos capaces de explicar.
La RAE insiste en hablar de ella con melancolía y pesadumbre pero nada dice de la pena a secas, esa que se enquista en el alma ante la perdida de lo más querido; nuestros hijos, hermanos, padres, madres, amigos... esa tristeza se vuelve dolorosa e insoportable. El tiempo la calma y la sosiega pero no la borra. Hay también quien nace con la mirada triste, con el gesto eternamente melancólico y abatido. Algunos también con tristeza crónica sin saber el porqué. Otras veces es amiga de la desidia, del aburrimiento atroz, se dice que las sociedades del bienestar la sufren con frecuencia porque quienes las pasan canutas, no tienen tiempo ni fuerzas para lamentarse.

Ella es, ni buena ni mala, solo existe y son sus circunstancias las que la definen. Todos la conocemos pero muy pocos la soportan día y noche. Es símbolo de vida y estigma del tormento. No se la puede mantener fuera de la ecuación, tan solo podemos superarla o modificarla. Asumir que nos acompañará hasta el final, es jodido de encajar. Pero no hay otra. De ti y de mí y de aquel de más allá, dependerá cuánta vida y entusiasmo estamos dispuestos a dejar que nos arrebate. Que nunca, por miedo, llegues a dejar de vivir algo bonito por su culpa. Si el precio es ella, sea. Aunque duela.

Esta pasta en mi casa, se come las penas.


Ingredientes:

  • 400gr. de pasta a tu gusto (yo usé cintas de espelta)
  • 2 chalotas o 1 cebolla pequeña
  • 250gr. de champiñones
  • opcional para los champis: especias provenzal
  • 1 paquete de espinacas (el mío de 400gr)
  • 800ml. de leche entera
  • 3 lonchas de queso fundido para sandwich
  • 2cdas. de maicena
  • sal, pimienta, algo de mantequilla y algo de aceite
  • queso mozarella rallado para gratinar

Preparación:
  1. Gratina los champiñones cortados en láminas con un poco de aceite de oliva. Puedes añadirles algún combinado de especias (provenzal por ejemplo) o simplemente salpimentar. Reserva.
  2. En la misma sartén, añade una nuez de mantequilla y rehoga las chalotas cortadas muy muy en fino. Añade las espinacas y la leche. Guarda un poco de leche done diluir la maicena. Cuando rompa a hervir, añade el queso en lonchas y lígalo bien. Deja cocer unos 5 minutos. Añade la maicena disuelta sin dejar de remover hasta que espese. Si ha espesado demasiado, añade algo más leche hasta que quede muy cremoso y ligero.
  3. Mientras, habrás cocido la pasta en agua con sal y habrás precalentado el horno con el grill.
  4. En una fuente de horno, pon la pasta escurrida, liga con las espinacas y finalmente, pon por encima los champiñones y el queso. Gratina hasta que esté dorada la superficie,

Choco-choco natillas con galletas y nueces

El Sr. Roberto ya traspasó los ochenta y lejos de amilanar su ánimo, desafía el invierno argentino sentándose a diario en la acera con una caja de cartón y papeles. Con ellos construye felicidad para los chiquillos de un parvulario cercano. Como la generosidad no tiene desvergüenza, la reparte a chicos grandes y menudos sin distinción.  Cada día construye una flota de barquitos de papel que regala a cada chinorris que le sale al paso. Los tiene también chiquitos para los más peques. Así son los barquitos, no tienen grandes aspiraciones en cuanto a su tamaño. Les basta ser construidos por manos sabias y amables. Ellos echan el resto a la ecuación.

Cada día el abuelo de los barquitos, haga bueno, malo o regular, moldea cariño por devoción a los infantes porque dice que los chicos le rejuvenecen, que la alegría y gratitud que ellos desprenden le hace refeliz. Qué hermoso es saber que el Sr. Roberto existe. Lástima que no tengamos un abuelo constructor de amor empapelado en cada esquina. El mundo funcionaría mejor, seguro. 
Hace un par de días, en una terracita, una pareja nos echaba el humo de sus cigarrillos mientras los chicos comían. Al marchar, Lucas se lamentó "¿por qué no quieren cuidar su futuro?" Y eso mismo digo yo ¿por qué? ¿por qué no somos más protectores y amables con lo que realmente importa? de las muchas cosas que hemos errado, quizás la más tremenda -aparte de lo de humar a los chiquillos que no puedo entenderlo- decía, la más tremenda es que les hemos robado los deseos. Sí, digo bien. Porque nuestros niños ya no diferencian deseo con necesidad, lo obtienen todo antes incluso de imaginarlo y estamos atrofiando sus sueños condenándoles a vivir sin metas. Y encima lo hacemos ¡tan a lo tonto! 

Qué lindo es contribuir al deseo de un niño, ya sea por tener su barquito diario o sus natillas de doble chocolate de pascuas a ramos. Los padres escondemos nuestros complejos agasajando con desmedida a los renacuajos cuando ellos aún no han perdido la capacidad de ser felices con poco cosa. Quizás es eso lo que al Sr. Roberto le ha enseñado la vida y ésta es su forma de inspirar a los adultos haciendo feliz a los peques. Ahí queda. Para pensar y saborear.

Video del abuelo barquito, aquí.


Ingredientes:
  • 200gr. galletas rústicas tipo campurrianas
  • 75gr. de nueces
  • 100gr. de trocitos de chocolate con leche
  • 1 litro de leche
  • 100gr. de chocolate para cocer
  • 2cdas. de cacao en polvo 100%
  • 2 sobres de pudding o natillas
  • 80gr. de azúcar

Para el ganaché de chocolate:
  • 1/4 de taza de leche
  • 1 taza de trozos de chocolate de cobertura
  • 1 cda. colmada de queso mascarpone o tipo philadelphia

Preparación:
  1. Pon a calentar la leche con el azúcar, el chocolate de cocer y el cacao . En  un poquito de leche que habrás reservado, disuelve las natillas. Cuando rompa a hervir, añade las natillas disueltas sin parar de mover. Separa del fuego y reserva.
  2. En un recipiente rectangular, por las galletas, las nueces y los trocitos de chocolate con leche cortado todo en trocitos. Baña con las natillas y lo ligas con cuidado para que quede bien repartido.
  3. Para hacer el ganaché, pon al baño maría la leche con el chocolate hasta que se derrita (lo puedes hacer en el microondas). Cuando haya templado, añade el queso crema y lo ligas todo junto. Viértelo por encima y deja enfriar en la nevera un par de horas.

Bef Stroganoff y la mujer que amó a Serguéi

He tenido una larga vida. Quien sepa leer en las arrugas, verá que llevo escrita la historia del siglo xx por todo mi cuerpo. He llegado al convencimiento que el destino de algún modo, se nos cose al alma y si no le podemos cambiar es simplemente porque no lo vemos, así que avanzamos por la vida ciegos y confiados sin imaginar las atrocidades que nos están esperando. De ningún otro modo caminaríamos directos a semejante horror.

Mi infierno comenzó el mismo día que fui detenida y conducida a la Lefórtovo. Mi interrogatorio, igual al del resto de mis compañeros de infortunio, duró meses. Se olvidaban de mí durante semanas y cada vez que entraban en nuestro habitáculo nunca sabíamos a por quien venían. Perdimos la noción del tiempo entre torturas e interrogatorios, querían que confesara mi traición y de buena gana lo habría hecho de saber lo que deseaban. Les daba igual las súplicas, la inocencia, los ruegos, el dolor puro y despojado de piel. Nos llevaban y traían como despojos hasta que un día ya no regresábamos al camastro. Algunos morían en los sótanos y otros éramos llevados a juicio. En solo 15 minutos, una troika me sentenció a 20 años de trabajos forzados en el gulag de Abez. Imposible saberlo entonces pero fui una de las 29 millones de personas recluidas en los casi 500 gulags o campos de concentración que existieron en la URSS. Se estima, porque no se sabe a ciencia cierta, que entre 15 a 20 millones de presos no lograron sobrevivir. Y entre ellos, demasiados amigos y conocidos.

No me ha gustado nunca hablar de los 8 años que pasé en el norte. Quien sobrevive tiene luego que aprender a superarlo y para mí fue vital ignorar esos recuerdos. Esa parte de mi existencia aunque no la niego, prefiero pasarla por alto porque ¿qué sentido tiene alimentar el tormento cuando mi vida estuvo repleta de felicidad? Sería injusto enturbiar mi memoria con tanto espanto.  Si algo ha sobrevivido en mí son los recuerdos de mi niñez y juventud, mi vida junto a mis hijos y por supuesto, los años de felicidad al lado de Serguéi.

¡Serguéi, cómo le amé! Mi enamoré de él la primera vez que le oí tocar en el Carnegie Hall de Nueva York, donde vivía junto a mis padres desde muy pequeñita. Yo era una chiquilla de 21 años, entusiasmada con la revolución social que nos estaba tocando vivir, el sueño social-demócrata que a tantos nos cautivó como primer escalón para lograr una sociedad más equitativa, libre y democrática. Me deshice en cuanto le vi enfilar el piano, quedé rendida ante su genialidad e hipnotizada tal cual clavó sus ojos en mí. Desde ese día no he deseado otra cosa que estar con él. 
Desde ese instante, nuestro idilio se fue asentando y no tardamos en dejarnos ver en fiestas, paseábamos juntos durante horas y nos encartábamos sin falta. Comenzó entre nosotros un tira y afloja que duró años. Serguéi no quería compromisos ni ataduras y yo no consentía que me tuviera a su antojo. Había vivido lo suficiente para saber qué futuro tiene una mujer embarazada y sola. Aún así, nos sedujo el movimiento parisiense que estaba revolucionando la esfera cultural y artística del mundo y en contra de los consejos de mis padres me embarqué con él rumbo a Francia. Seguí en mis trece de no compartir su mismo techo. Esto provocaba tensiones e infidelidades que soporté estóicamente. Mi amor era más grande que todo eso. O casi, porque llegó un momento en que me ahogaba cierto presentimiento al intuir que le estaba dando más de lo que recibía. Yo también deseaba tener una carrera, mi propia identidad y sin pensármelo demasiado me mudé a Italia para perfeccionar el canto.

Podría haberlo perdido, lo sé, pero urgía salir de esa espiral emocional que no nos llevaba a ningún sitio. El matrimonio no tenía porqué ser tan terrible y para mí era la única manera de compartir mi vida a su lado. Si estaba en que no, mejor dejarlo antes de marchitar mis mejores años junto a un hombre egocéntrico que solo atiende aquello que para él tiene sentido. La distancia nos puso a cada uno en nuestro sitio. Supimos ver lo que importa y lo que no. Ganó nuestro amor. Me escribió y me hizo promesas. Me pidió que me reuniera con él cuanto antes, mejor no esperar a Paris, ven ahora a Suiza y reúnete conmigo. Así lo hice, ya no tenía voluntad propia. Él era mi universo, sin más.

Pero Serguéi seguía sin encontrar tiempo para la boda, aún tenía dudas y tuvo que ser el futuro nacimiento de Sviatoslav quién adelantara los acontecimientos. Disfruté de la maternidad, del éxito de mi esposo, de la vida en Paris junto a Coco, Picasso, Federico, Hemingway, Chaplin, Ravel, Stravinski, Camus... tantos amigos, tanta actividad y tanta vida rebosante de luces, colores y música. Mi carrera se fue ensombreciendo casi antes de arrancar por ese maldito pánico escénico que no logré superar.  No tuve tiempo que perder en frustraciones.  Oleg vino al mundo y tenía todo lo que necesitaba para ser la mujer y madre más feliz de este mundo.
El porqué Serguéi decidió regresar a Rusia es complejo de explicar. Lo hizo con el alma y no con la cabeza. No estuve de acuerdo pero de nuevo el genio egocentrista se atrincheró en sus expectativas. En Moscú le adulaban y todos soñaban con el regreso del gran maestro. Fui con él por puro amor. No me planteé quedarme atrás. Mi destino y el de los niños estaba unido al de él así que nos establecimos en la capital rusa, en un bonito y amplio piso dadas las circunstancias. Fuimos el centro de atención y admiración de toda la clase artística y culta de la ciudad salvando a los soviéticos del partido con los cuales no manteníamos demasiado trato. Yo nunca dejé de ser yo y por eso nadie me quitó el tratamiento de extranjera. Mi forma de vestir, mi soltura en el trato, mi buena relación con todas las embajadas y extranjeros afincados en Moscú, todo ello, fortaleció cierto ronroneo en el poliburó que sentenció extraoficialmente que yo no era la esposa que el maestro necesitaba a su lado.  Y así, como por arte de magia, Mira se coló en la vida de Serguéi.

Una estudiante de 18 años, miembro de las juventudes comunistas me robó a mi esposo. Lo que comenzó como una aventura veraniega se enquistó en mi desgracia. Como siempre en estos casos, fui la última en saberlo. Vi a Serguéi distanciarse, mudar su humor y sentí su alma atormentada. Cuando lo confirmé, ya no había nada que hacer. Ya no era mío. Confesó a alguno de nuestros amigos que le atormentaba verme sufrir. Sentí morirme. Yo no deseaba despertar su compasión pero caí en una profunda depresión y fue mi hijo Sviatoslav quien me consoló ante aquella amputación del alma. No, no era el corazón roto, era mi vida, mi aliento y mi ser. Cuando anunció que dejaba la casa, el doctor tuvo que asistirme. Me sedó y me ordenó guardar cama. Serguéi se arrodilló ante la cama, me susurró palabras de perdón y me besó. Me retorcí en llanto entre aquellas sábanas que habían sido nuestras y que nunca más arroparían el calor de su cuerpo. Nuestro hijo mayor, en la puerta junto a la maleta de su padre, espera alguna palabra de aliento. "Algún día me comprenderás". Eso fue todo. Y se marchó.

Y la desgracia se coló en nuestras vidas. Serguéi languidecía de remordimientos y Mira nos odiaba cada vez más. Me pedía el divorcio insistentemente y me negué a concedérselo. Nos costaba salir adelante y con la evacuación de Moscú ante la cercanía de los alemanes, todo resultó muchísimo más difícil. Algunos días no teníamos que comer y les prometía a los niños que, cuando visitáramos Madrid, les iba a llevar a comer churros con chocolate. Nos reíamos, nos abrazábamos y aguantábamos los bombardeos día tras día. Tras la guerra las cosas no mejoraron mucho para nosotros. Stalin inició su gran purga y fuimos testigos de las detenciones de muchas amistades. Me habían avisado que yo estaba en entredicho. Trabajaba para una agencia extranjera haciendo traducciones y me aconsejaron que dejara de frecuentar a otros extranjeros. Lo desoí. ¡qué más desgracias podían pasarme!

En enero de 1948 Mira y Serguéi logran casarse con la venía del partido a pesar de no habernos divorciado. Como nos casamos en el extranjero, los soviéticos ignoraron nuestro matrimonio. No tuve tiempo de lamentar este nuevo golpe. Vinieron a por mí y me llevaron al infierno.

El día que Stalin murió todos los presos del gulag lo celebramos. Se rumoreaba que se haría un armisticio. Mi alegría se ensombreció cuando por otra presa supe que Serguéi también había muerto. Le lloré cuanto las lágrimas me lo permitieron que no fue mucho. Ya me había acostumbrado a su ausencia, pero jamás he dejado de amarle. Volví a llorar cuando una vez liberada, mis hijos me contaron que murió apagado, oscuro y pesaroso. Sé que me quería. Porque el amor no se forja en un arrebato juvenil. Se templa con los años, en las adversidades, como cuando me abrazaba a mis hijos en los bombardeos. Sé que él jamás se habrá perdonado no haber estado en esos abrazos y no haber soñado con churros con chocolate. El amor no es solo sentimiento, es sobre todo complicidad y yo no he renunciado a ella jamás. Sigo amándole y luché para que se restablecieran mis derechos como esposa, por salir de Rusia y por mantener el recuerdo y la obra de Serguéi Prokófiev vivos. 

Soy Lina Prokófiev, la madrileña que enamoró del gran compositor. Dediqué mi vida entera a su música. Fallecí siendo una anciana casi centenaria y estaba convencida que mi último pensamiento en esta vida sería evocar a mi Serguéi, en ese traje blanco que tan guapo le hacía. No, para sorpresa de todos, en mi delirio, confundí a los enfermeros con mis carceleros de Lefórtovo. "No me matéis, soy inocente. Soy inocente".
Receta y fotografía extraída del libro "La cocina en Rusia" edición al alemán del año 73.

Ingredientes para dos personas:
  • 250gr. de champiñones
  • 1/2 cebolla
  • 2 filetes de ternera cortados en tiras finas
  • 300ml. de nata agria (mezcla 2/3 partes de nata con una de yogur)
  • 1cda. de mostaza
  • Sal, pimienta y algo de aceite

Procedimiento:
  1. Corta en láminas y saltea los champiñones con un poco de aceite hasta que queden dorados. Retíralos y los reservas. 
  2. Haz lo mismo con la cebolla muy picada hasta que quede bien marcada de color. Es el doradito de los tres ingredientes principales los que le van a dar el sabor. Retírala y la reservas también. 
  3. Marca la carne a fuego muy vivo unos dos minutos o tres. Le añades los champiñones y la cebolla, la nata y la mostaza. Salpimienta. Remueve a fuego medio hasta que hierva la nata. Deja que temple un poquito para que la salsa tome cuerpo. Lo ideal es servir este plato con unas patatas fritas en gajos.

Garbanzos salteados con calabacín y queso

Querido lector con tendencia a cocinilla,
He vuelto. Nada raro irse para luego volver siendo agosto. He estado tentada a no soltar ni prenda y hacer como que nada había pasado pero ya sabes que la que guisa en este blog es de todo menos parca en palabras. Nuestras vacaciones han sido de última hora. Este año, por varios motivos, todo estaba siendo un misterio. A finales de julio, Gü me dio la señal de "busca" y como buen sabueso en una mañana despaché una escapa al lugar que Lucas eligiera -Bavaria- atractivo para ir con las bicis a cuestas -el deseo de Gü- y con lagos -mi capricho que también los tengo-. Y así, cumpliendo los deseos de los beneficiarios, di con un hotelito rústico la mar de mono y a la par de económico, cosa rara teniendo en cuenta que ya estaba casi todo ocupado. El Gasthof no defraudó en absoluto. Una antigua granja con molino readaptada por el último descendiente de los Huber en casa de vacaciones. La rueda de molino ya no existe pero sigue pasando el riachuelo por la casa y en el antiguo granero ahora está la piscina cubierta.
Todo super mono, para qué mentir. El tiempo, mejor imposible. Los paisajes idílicos, los lagos de cuento, las montañas... me cachis! los Alpes que jodidos que son. Todo son cuestas tarde o temprano. Para arriba, para abajo y de nuevo para arriba. Terminé rota de darle al pedal, así te lo digo. En una emboscada que un lugareño nos hizo, pasamos como 3/4 de hora metidos en un bosque, cargando al final con las bicis porque ya no podíamos ir montados, saltando riachuelos, troncos caídos, nos quedamos sin agua... yo lloraba, así de claro lo reconozco sin rubor alguno. Se me saltaban las lagrimas de desesperación. Conseguimos salir a un claro, había una granja. Gü que se monta y dice "esperar que voy a buscar agua". Y lo cumplió, vaya que sí. Qué rica y fresca, por dios. Ahí se me quitaron las ganas de llorar. Montamos tan contentos y pedaleamos de la granja a la carretera con la lengua fuera pero con una ilusión brutal viendo cielo abierto y una carretera como está manda'o. Y la alegría se nos agrió en mala uva cuando comprobamos que estábamos en el mismo punto en el que nos habíamos encontrado al lugareño traidor que nos recomendó atajar por el bosque y así evitar la carretera. Le pillamos en ese momento y las vacaciones terminan en desgracia, te lo digo yo.
En fin, pruebas de supervivencia aparte, he regresado de esta escapada de 5 días, con unos 100km. en bici en mi haber, dos cimas -con truco que cogimos el teleférico y nos ahorramos buena parte- unos cuantos chapoteos en los lagos y otros tantos extras de los cuales me abstuve y me dediqué a la contemplación pura y dura sin mover el esqueleto que bastante ha tenido el pobre mío. De regreso, calabacín, como no podía ser de otra forma:-)


Ingredientes para dos raciones:
  • 1 bote de garbanzos cocidos
  • 1/2 calabacín mediano (solo la carne y con cáscara)
  • 1 cdta. de especias texmex
  • 1/2 cdta. de ajo en polvo
  • 1 cdta. de pimiento seco molido (choricero, ñora, ají...)
  • 1 cdta. de orégano seco
  • queso tipo feta
  • algo de aceite de oliva


Preparación:
  1. Corta el calabacín en dados menudos y los sofríes en una sartén con algo de aceite de oliva hasta que estén sellados y no se deshidraten. 
  2. Añade los garbanzos y las especias y rehoga a fuego fuerte hasta que doren ligeramente. Rectifica con sal si hiciera falta. Sirve con queso feta por encima.

Pastel de arroz relleno de calabacín y jamón

Te voy a contar una de esas anécdotas que a veces -muy de vez en cuando- ocurren. De hecho, ésta en concreto, nunca me había pasado así que es de comprender que me pillara tan a contra pelo. Resulta que acompañé a la city -Graz- a mi amiga A. que en estos meses anda en el proceso de sacarse el pasaporte austriaco para ella y las niñas. Un folloneo máximo a más no poder con el típico trajín, de ve pa'llá a por un sello, no aquí no es, pero oiga que ya pagué, pos'pena pa'usté, pague de nuevo pero ahora a 20km. a la redonda, el siguiente sello en Viena, el otro en su ciudad y el que está por venir en el quinto infierno a la derecha.

A. tenía que hacer una de esas fatigas -tareas quiero decir- con traducción bajo el brazo como es de ley, en el bonito edificio de pasaportes y otras diplomacias y me apunté a ir de acompañante para hacer el trago más ligero. Con eso de que los terroristas han perdido el buen gusto por los atentados y ahora cualquier canalla se monta en una furgo y te arrolla en nombre de Alá, las medidas de seguridad a los viandantes se han refinado para que todos nos sintamos mucho más seguros. Y aunque se puede seguir estacionando en la puerta del lindo inmueble -previo paso por el parquímetro, claro está- en la puertas de acceso te topas con esas cámaras de vigilancia copycat de las que la NASA manda a Marte. A mí, que me enseñaron educación ciudadana antes de la revolución cibercámara, me suele dar por saludar a la bola espía porque no sé, siempre tiendo a pensar que tal y como nos han enseñado las pelis de  acción, delante de todos esos monitores que te toman de frente, de perfil y hasta de planta alzada, hay sentado un pobre segurata más aburrido que una piedra en una feria. En fin, que el infantilismo lo justifico con eso de darle una nota humana a tanta grabación. 
La realidad es que esas cámaras las ve el mismo vigilante de la entrada que te ve en 3D a la que entras y en 2D a la que haces la tontada de saludar al ojo que todo lo ve. Imagino que el hombre estará hasta los cataplines de bobadas pero cuando quiero reaccionar es tarde. Las tontadas son más rápidas que el razonamiento. Así que ahí estábamos las dos, delante del seguridad entrado en años en espera del retiro y harto de tanta tontera, ante dos cápsulas rotatorias de esas que parece que te van a  hacer la descompresión y el envasado al vacío pero lo cierto es que no tengo ni idea pa'qué están porque nadie te avisa si te miran con rayos x, te escanean cual código de barras o te filman en ropa interior y mandan los vídeos a una web medio porno.

Decía, ahí estábamos nosotras. A ver, bolsos a mí y de una en una. Pase usted -le dice a A.- bolso en orden y todo listo. A ver, ahora la tunante... me dispongo a hacer la descompresión. Quieta parada señora mía -no es traducción textual como ya te imaginarás- A ver que lleva aquí dentro. La cartera. Bien llena. Típico de las señoras, ¿verdad? Voy yo y medio sonrío. Son solo tickets, digo quitando hierro. El hombre que me lo da y yo que se lo quiero devolver para que me lo meta en el bolso que me conozco y luego lo pierdo. No, no, señora, lo tiene que abrir usted. Ahí fui rápida "Ajá, por si es un monedero bomba" y yo se lo abrí y le quise enseñar las fotos de los chicos pero me dijo con impaciencia "ok, está todo bien". Siguiente, esta botellita de agua... y me mira a lo "ainnss que complicado me lo está haciendo"... pues tiene usted que beber. Ahí me descoloca por completo y hago un amago de gesto risueño pensando que me vacila. Es verdad que no caí en el hecho de que los austriacos no saben lo que es vacilar tal y como me recordó Günter más tarde. Pero yo ahí me quedo sin saber que hacer. ¿Sigo la broma? ¿bebo aunque no tengo ganas? y el hombre que me da la botella y con los ojos puntualiza el envase y al mirarme levanta las cejas apremiando a consumar el trago. Mi amiga que me dice "bebe, bebe" y yo le contesto  por lo bajito y en español "creo que me está vacilando" y A. en alemán le dice al Sr. agente de la seguridad interna "oiga ¿puedo beber yo?" Decido beber por lo que pueda pasar y en ese mismo momento que mi garganta se moja de tan sano líquido caigo en la cuenta que lo mismo el argumentario de seguridad piensa que en plena ola de calor, una botella de agüita medio fresca puede ser la excusa perfecta para transportar ácido o gas mostaza diluido en gaseosa.

En fin, que la vergüenza me duró poco porque nos reímos de lo lindo y eso siempre ayuda a relajar los largos silencios padecidos mientras la funcionara pegaba pegatinas y estampaba sellos en los documentos. Y como siempre en estos casos, antes de concluir con un pasen ustedes un buen día, la buena señora hizo la pregunta de rigor: ¿en metálico o con tarjeta?


Ingredientes:
  • 300gr. de arroz redondo (para risotto o arroz con leche)
  • 280ml. de agua (un poco menos del doble)
  • 40gr. de mantequilla
  • 3-4 cdas. colmadas de parmesano
  • 1 huevo
  • calabacín a tu gusto (yo 170gr.)
  • lonchas de jamón york a tu gusto (yo 50gr.)
  • lonchas de queso que funda bien a tu gusto ( yo 50gr.)
  • Queso rallado para gratinar

Preparación:
  1. Pon el agua con sal a hervir, añade el arroz y cuece a fuego lento y tapado hasta que el arroz esté aún algo duro, aún sin estar al dente. 
  2. Mientras pasa las lonchas de calabacín por la sarten con un poco de aceite de oliva y sal.
  3. Trocea el calabacín, el jamón y el queso en lonchas y lo reservas.
  4. Cuando esté el arroz, le añades fuera del fuego, la mantequilla, el queso parmesano y el huevo. Lo ligas bien y pones la mitad del arroz en una fuente de horno.
  5. Rellena a tu gusto y añade la otra mitad del arroz. Espolvorea con queso rallado y gratina hasta que tenga un bonito color dorado. Sirve inmediatamente.