Con todo el dolor que una madre puede condensar, Ada acaba de dejar a su hijo Bennett en un orfanato. Ya ha perdido a dos criaturas y solo le queda él. El crío tiene tuberculosis y ella es tan pobre que no puede pagar el tratamiento para su cura. Le habían hablado de una expedición que necesitaba una cocinera y ofrecían buena paga. La completaban varias familias inuits que debían formar el nuevo asentamiento. A su vuelta, contará con el dinero suficiente para salvar la vida de su hijo.
Pero la aventura fue un escalabro de principio a fin. La componían cuatro tipos sin experiencia alguna; las provisiones eran solo para seis meses y claro, a punto de embarcar y ante este percal, los inuits dijeron que ni hablar. No solo escaseaban los suministros; faltaban cazadores y gente curtida que garantizara que el campamento estaría seguro antes de la llegada del invierno. Y aquellos jóvenes blancos olían a estorbo, a problemas. Y los apuros en el Ártico significaban la muerte. Así que se fueron sin más.
¿Y qué hicieron? Lo más fácil. Presionar a la más débil, la más necesitada. Y a Ada -pobre mujer-, entre que no entiende del todo los peligros a los que se enfrenta, le recuerdan que la vida de su hijo enfermo dependía de su trabajo. Supongo que sintió que no podía faltar a su promesa, que necesitaba de ese dinero más que el comer y que, lamentablemente, no tenía otra manera de conseguirlo.
Y ahora toca poner contexto. ¿Eran una pandilla de zotes ignorantes que desafiaron el Ártico sin saber nada de él? Va a ser que no. Por lo menos del todo. Había mucha avaricia de por medio. Te lo voy a hacer corto.
La expedición a la isla de Wrangel, la ha organizado un tal Stefansson que hacía unos años ya la había liado parda en otra expedición. Uno de los barcos, el Karluk, se quedó atrapado en el hielo con muy mala pinta. Con la excusa de ir a cazar para llevar comida a los tripulantes, el tipo pone hielo de por medio. No vuelve. El barco se hunde y los supervivientes se refugian en la isla de... eso es, de Wrangel.
Allí las pasan canutas, se hablan de cosas feas y entre los pocos que regresan está un tripulante, un tal Fred Maurer. Hay algo de escándalo pero el Stefansson va capeando el temporal. El tipo es un arrogante del ocho y muy venido arriba. Mantiene que el Ártico es un sitio "amistoso" de la leche. Que a veces pasan cosas pero nada que no se pueda reparar. Lo de perder vidas lo dejamos aparte porque eso no es que suene amigable.
El caso es que la isla de Wrangel le huele a pasta. Si consigue establecer una colonia permanente durante al menos dos años, podría reclamar la soberanía -era de los rusos pero ya arreglaría ese detalle después- y los derechos mineros -fijo que saldrían cosillas- e intuyó que era un lugar privilegiado para montar un aeródromo de repostaje. Los aviones, que eran el futuro, tenían poca autonomía y con un enclave de esa guisa se iba a forrar.
Y aquí reaparece el Fred Maurer y es como que la vida no le ha ido demasiado bien. Por lo que sea, le pide a Stefansson que le contrate, que le firme parte del reparto y a cambio, él no dice esta boca es mía. ¿Por qué? Bueno, es posible que supiera secretillos de cuando lo del Karluk que no estaría bien para el negocio que se airearan -yo no lo sé, lo único que hago es seguir la línea de puntos-.
Pero esta vez -para evitar negociaciones futuras- le obliga, a él y al resto de los fichajes, a firmar un contrato de confidencialidad así como la propiedad de los diarios que se escriban durante la expedición. Esta vez, contratos sin cabos sueltos. Por lo que fuera.
Y así es como esta panda llega a la isla, con Ada aterrada, consciente de que está sola entre cuatro hombres que a saber qué le pueden hacer. Llegan a Wrangel y queda horrorizada: ve los restos de los naufragados del Karluk y el pánico se apodera de ella. Comprende que está metida en una aventura sin retorno. Que de allí no hay forma de escapar.
La mujer esquimal está siendo un problema. Se niega a salir a recoger leña y se pasa el día llorando. Si no cambia de actitud, tendremos que tomar medidas más severas para que aprenda quién manda aquí.
Y encima, los muy malasombras, pretenden que cargue con el trabajo inicialmente previsto para los inuits que decidieron no embarcar. Sin experiencia, sin saber cazar, sin conocimiento de nada más allá de cocinar y coser pieles. Y la tratan peor que a un animal. Sin compasión.
Hoy me han vuelto a castigar sin comida. Dicen que soy una cobarde por llorar, pero solo lloro porque echo de menos a mi hijo y no sé si volveré a verlo.
Los castigos cada vez son más crueles y el trato vejatorio se hace insufrible. Ya no sabe a quién tiene más pánico: a estos hombres, al frío o a los osos.
Me han atado al mástil porque dicen que no trabajo lo suficiente. Hace un frío terrible y me han dejado allí fuera sola.
Y así pasan los meses. Ada espera con ansia la llegada del barco de reabastecimiento previsto para el verano; el mismo que debe llevarla de vuelta tras cumplir el año acordado con Stefansson. Y éste, como si fuera novato, sin tener en cuenta lo ocurrido con el Karluk, manda un pequeño navío que como es lógico, se queda atrapado en el hielo. Sorpresa.
Y también, por lo que sea, decide no mandar un segundo barco a reabastecerlos. Abrigando su teoría del Ártico amigable, quiso demostrar que él tenía razón y decidió posponer la ayuda para el verano siguiente. Y aquí empezaron a pasarlas canutas. Todos ellos enferman de escorbuto. Ada no. Ella, con sus salvajes costumbres de comer vísceras de foca, sangre fresca y demás guarradas, mira por dónde, no enferma.
Lorne Knight es el que peor está. El invierno se ha adelantado y la caza se está dando mal. Pasan hambre, frío y mucha necesidad. El ambiente entre ellos es bastante infumable.
Knight me grita y me insulta porque tiene dolores, pero yo sigo dándole de comer y limpiándolo. Él me trató mal, pero yo no soy como ellos. Yo solo quiero que dios me deje vivir para volver con Bennett.
Y hasta aquí hemos llegado. O eso piensa Fred. Ve por lo que está pasando Lorne y sabe perfectamente cómo terminará la historia; ya lo vivió en 1914. Antes de empeorar y mientras aún tiene fuerzas, toma la decisión y convence a los otros dos de hacerse un Stefansson: "decimos que vamos en busca de ayuda y pies para qué os quiero. ¿Y Ada? ¿A quién le importa Ada? Además, alguien tiene que cuidar del pobre Knight. Por dios, no somos salvajes".
Y adiós. Qué os vaya bonito. De estos tres nunca se sabrá si les fue bien, regular o a medias, porque no se supo más. El Ártico se los devoró sin caldo ni guarnición. El universo se quedó sin tres melindres de baja estofa y peor moral que luego el Stefansson convirtió en héroes del hielo polar.
Y Ada tiró como pudo. Knight, evidentemente murió. Estaba sentenciado. Y ella luchó por vivir, vaya que sí. Como fuera, pero había que vivir. Y rezar. Y esperar que el mundo no se olvidara de ella. Y la vida quiso que la dulce Vic, la gata que les acompañó en este despropósito de viaje, sobreviviera siendo su único consuelo y abrigo en aquellos dos meses largos hasta que llegó el esperado rescate.
Tengo que vivir. Si yo muero, nadie volverá a por Bennett. Solo pienso en él cada vez que el viento sopla fuerte.
Ada regresó. Ella, que fue abandonada a su suerte y terminó siendo la única que cuidó de Knight hasta su último latido -a pesar de haber sido un completo capullo hasta el final-. Ella cumplió y volvió a por Bennett. Y aunque le costó lo suyo, consiguió cobrar sus honorarios y curar a su peque. Y prefirió vivir sin contar demasiado. Sin querer saber de los giros de guion que Stefansson se marcó, manipulando los diarios de sus aventureros a su antojo. Vivió como vivía el pueblo inuit: en la pobreza y olvidada por todos. Aún así, un periódico dijo de ella:
Ada Blackjack ha escrito el capítulo más grande de la historia del Ártico. No sobrevivió por su fuerza física, sino por una fuerza de voluntad que no hemos visto en ningún explorador hombre.
Ada Blackjack está enterrada en el Memorial Park de Anchorage, en Alaska y en su tumba se puede leer: La heroína de la Isla de Wrangel.
Ingredientes para 3-4 personas:
- de 800-1.000gr. de patatas
- 1 puerro grande
- 2 dientes de ajo
- 1 litro de caldo de pescado
- 250ml. de nata líquida
- sal y pimienta
- 2-3 lomitos de salmón
- Eneldo y perejil fresco
Preparación:
- En una cazuela, con unas gotas de aceite, pon las patatas peladas y cortadas en trocitos menudos y el puerro en aritos finos. Rehoga brevemente y añade el caldo de pescado y el ajo machacado. Deja que cueza a fuego lento hasta que la patata esté blanda.
- Mientras, en una sartén con unas gotitas de aceite, saltea el salmón. Sala un poco y añade un poquito de mantequilla para que coja sabor y selle bien el salmón para que no se quede seco.
- Cuando las patatas estén blandas, salpimienta y añade la nata, el eneldo muy picado y por último el salmón cortado en trocitos. Apaga el fuego y deja que repose unos unos 5 minutos. Termina con un poco de perejil picado