Buñuelos de a 10 céntimos

julio 13, 2026

Luisa y sus compañeros acaban de publicar el que va a ser el último número del Frente Rojo en la redacción que comparten con La Vanguardia. Un grupo de unos cincuenta hombres armados irrumpen en el edificio: tienen aspecto de llevar tiempo escondidos, con la piel pálida de quien no ha visto la luz del sol en mucho tiempo. Con las galeradas aún frescas de tinta, los asaltantes lo destrozan todo a su paso. Son sacados a la calle y obligados a formar una línea contra la pared con los brazos en alto. Aún es noche cerrada y, a pesar de los uniformes de carabineros, nadie tiene dudas ante lo que está pasando: son hombres de la Quinta Columna que vienen a lo que vienen.

Los han separado en dos grupos y son empujados en direcciones distintas. Es el final, se dice Luisa. Les susurran que al que levante la cabeza, lo dejan frito. En cualquier caso, no quiere mirar a nadie para no perder la compostura. Si me van a fusilar, lo haré con estoicismo. Pero el cuerpo, que siempre va a lo suyo sin respetar dignidades, le tiembla de puro sin querer.

Sorprendentemente, Luisa Canés no es represaliada. No hay disparos y sin mediar aspavientos, es liberada al amanecer junto a sus colegas. El objetivo no eran ellos sino el de destrozar las rotativas. Ahora entienden sin lugar a dudas, que está todo perdido y ya no queda tiempo que perder. Es la hora del exilio.

De camino a La Junquera, continúan escribiendo y publicando por donde pueden. El viaje es infernal. La aviación italiana y alemana los castigan sin descanso. Saben de sobra que la población huye del horror que les espera. Son gentes que, a pesar de no ofrecer batalla, están siendo castigadas sin piedad. Por puro rencor, el más insano. Los ganadores aún no se han saciado de tanta sangre derramada. Luisa agradece que su hijo Ramón esté a salvo en París. Lo que está viendo en la retirada es atroz. Urge llegar a suelo francés.

¿Mi crimen? El de todos los buenos españoles: ser fiel al poder legítimo de
España. Durante dos años y medio mi pluma, como la de la mayoría de los escritores, ha defendido la legalidad republicana, ha exaltado el heroísmo inagotable del pueblo español: ha cumplido con su deber.
Son recibidos -en la tierra de la liberté, égalité y fraternité- con el griterío de soldados senegaleses y algún gendarme. "Allez, allez", les instan. "Allez, allez". Por delante: alambradas, empujones, campos inmensos y helados, las playas de la vergüenza, el abandono total y absoluto en condiciones infrahumanas. Qué infame puede llegar a ser el destierro. Salvo por las bombas, poco se diferencian éstos de los que hay al otro lado de los Pirineos.

Ella tiene suerte y es trasladada, junto a más mujeres y niños, a Le Pouliguen -Bretaña francesa- cerca de Nantes. Afortunadamente, no es un campo de internamiento a la intemperie sino una colonia infantil de veraneo que ha sido reconvertida en centro de internamiento. Ella es la refugiada número 31. La incertidumbre por el futuro que les espera es asfixiante. Agentes de Franco rondan por estos centros tentando a algunas con volver. Se han enterado de una, madre de una niña de nueve, que aceptó volver a su pueblo en la promesa de ser bienvenida. Su hijo se había echado al monte y esperaban que bajo el reclamo de la madre, le darían caza. O bien el muchacho no cayó en la trampa, o bien no le llegó la noticia. Y al no serles de utilidad la mujer, la colgaron en la plaza del pueblo. Así es como perdona la nueva España.

Margarita Nelken, que también ha cruzado la frontera francesa pero con mejor estrella, trabaja sin descanso desde Perpiñán ofreciendo asistencia a los refugiados republicanos. Es un intento desesperado del gobierno de Negrín en el exilio por ayudar a sus compatriotas. Gracias a la legación mexicana en París y al gobierno de Cárdenas, se organizan visados, embarques y evacuaciones. De esta manera, Margarita se entera de que Luisa Carnés, la autora de Tea Rooms y Natacha, se encuentra recluida en Le Pouliguen. Con el apoyo del diplomático mexicano Gregorio Nivón, que tiene acogido desde hace un par de años a su hijo Ramón, consiguen agilizar su salida del centro y organizar el viaje rumbo a México.

En el mar, feliz del reencuentro con su hijo y rumbo a la soñada seguridad mexicana, es donde el miedo se apodera de ella. Esa valentía que ejerció cuando se enterraba en el estiércol de las cunetas mientras la aviación descargaba de lo lindo en La Junquera, se esfuma por completo: los críos, agotados, empiezan a desfallecer. Las madres se enfrentan a la tormentosa angustia de ver cómo van enfermando. Algunos lo superaron y otros no. Y todas ellas, como pasa siempre, sufrieron la pérdida de los propios y de los ajenos. Porque un hijo es un hijo, no sé si me explico.

Este dolor le perseguirá la vida entera a Luisa. De hecho, siguió escribiendo sobre él años después, como si necesitara devolverle a esas mujeres anónimas del exilio, la voz de la amarga huida, siempre tan acallada y discreta. Porque los libros de historia no hablan de ellas. Pero, madre mía, cuántas madres y abuelas de posguerra han llorado sin mediar palabra y sin que nadie les preguntara el motivo. Porque hay dolores mudos que lo dicen todo. Y no se reparan nunca.

Luisa Carrés, antes de su exilio en México y la pesadilla en suelo francés, tuvo una vida en Madrid. Con solo once años tuvo que dejar la escuela para trabajar en un taller de sombrerería. Era la mayor de siete hermanos y la paga de su padre no daba para tantas bocas. Y como no tenía dinero para libros, en sus ratos libres siempre que el cansancio no la venciera, escribía cuentos. Años después, ya reconocida como novelista, diría en una entrevista: "Ya sabe usted que he salido del taller, no de la Universidad". 

Y puede que este sea el motivo por el que no hemos sabido nada de su obra durante tanto tiempo. Ella no frecuentaba cafés ni tertulias. Tuvo que trabajar para sacar adelante primero a sus hermanos y luego a su hijo Ramón porque como era habitual -algo que aún me suena- una vez rota la pareja, los padres se desentendían de la crianza y la manutención de sus hijos. Y así es como terminó trabajando de dependienta en un salón de té del centro de la capital.

Y de ese mostrador de dulces para señoras con pudientes, nació Tea Rooms. Mujeres obreras, escrita entre agosto del 32 y febrero del 33. Es una novela -casi casi un reportaje- en la que Matilde -ella misma- comparte turno con otras mujeres sometidas a jornadas interminables, sueldos de miseria y el acoso constante de los empleadores. No se le tuerce el renglón cuando habla del matrimonio como la gran trampa mortal, o del aborto, o del abuso sexual en el trabajo. Temas que como ya sabemos, eran tabú en aquel entonces y siguieron siéndolo muchos años después. En los párrafos de Tea Rooms se filtran constantemente esas manos de Luisa agrietadas por el oficio, el frío y la necesidad.
¿Qué mal han hecho estas pobres criaturas? Por ahí se ven otros niños, incluso feos y deformados, con sus buenos trajecitos, sus juguetes, sus perros perfumados; y ellos mismos huelen tan bien… Esos niños van en su coche hasta la escuela, una escuela higiénica, con su hermoso jardín de recreo, su calefacción… En la escuela municipal hace frío, y el mal remunerado profesor sufre de hipocondría, que se esquiva contra los pobres niños. En la escuela municipal… ¿Dónde ha leído Matilde: «Vivimos en una sociedad podrida»? ¡Cállate, pensamiento!
Pero qué te voy a contar. Nos olvidamos de ella. Como de tantas, para qué mentir. Fue en 2016, con la reedición de Tea Rooms por Hoja de Lata, cuando la redescubrimos de golpe y porrazo. Más de 80 años después. Tela. Y tan fuerte caló que en 2022 Laia Ripoll la llevó al teatro y poco después aterrizó en Televisión Española en la serie llamada La Moderna.
Matilde los mira, al pasar, sin detenerse. Siente necesidad de comer. Las patatas «viudas» del mediodía se disolvieron hace rato en su estómago. La invade una suave laxitud, que afloja sus miembros. En su cartera de franela azul, entre un pañuelo y un pomo de perfume vacío, hay diez céntimos. En su cerebro, dos perspectivas: un buñuelo caliente o un viaje en tranvía hasta los Cuatro Caminos. «Buñuelos calientes, a 0,10.» El cartel es enorme, casi tanto como la Puerta del Sol. Sobre automóviles, tranvías, verdes y azules de lámparas lumínicas, sobre multitud: «Buñuelos calientes, a 0,10.» Lo ocupa todo. Y Matilde languidece de debilidad.
Cuando leí en Tea Rooms la descripción de los buñuelos calientes de a 10 céntimos, enseguida me vino el recuerdo de mi abuelo Saturnino, que era un golosón de campeonato y los domingos que tocaba comprar buñuelos -los de viento que ya eran los únicos que se vendían en Madrid centro- siempre evocaba a los otros buñuelos, los de churrería, los de agua. Yo no los he llegado a conocer. Solo los tenía en el recuerdo heredado de mi abuelo.

También he podido calcular perfectamente cuánto se tarda en ir andando a Cuatro Caminos porque mi casa familiar se encuentra entre la calle de Maudes y Santa Engracia. Ni te imaginas la de veces que he hecho ese camino andando. Yo por placer, es cierto, jamás tuve que decidir si gastar 10 céntimos en llenar la tripilla o regresar pronto a casa.

Mi versión no está azucarada por dentro ni bañada -o frita- en mantequilla así que ese sabor que evoca Luisa no está en esta receta. Para rebajar el azúcar, he hecho mi mezcla de coco y azúcar bien molida con una pizca de canela que no se nota directamente pero se hace sentir. Si mi abuelo Satur hubiera podido probar mi versión, estoy segura de que le habrían encantado aunque su primera reacción, seguro, sería la de "Ah, no saben igual. Pero están ricos". Luego se zamparía tres sin pestañear. 

Nota:
Querido lector, puede que creas que las dos veces que he resbalado sobre el apellido de Luisa ha sido cosa de mi dislexia, pero esta vez te he tendido una trampa. Y es que a Luisa, ni su propio nombre se le libró del descuido: en sus primeros cuentos publicados aparece impreso, por error, como "Canés" en una ocasión y como "Carrés" en otra. Así que si te ha sonado a fallo mío, por una vez y sin que sirva de precedente, ha sido de puro apropósito.
Ingredientes:
  • 500gr. de harina de fuerza
  • 350-400gr. de agua templada
  • 1 chorrito de anís
  • 1 par de pizcas de sal
  • 1 y 1/4 sobre de levadura de panadero

  • Abundante aceite para freír

Notas:
  • Sobre la consistencia: Es una masa muy hidratada y no admite amasado a mano porque no puede quedar manejable -dura- o el buñuelo quedará como pan frito. Vas a necesitar de un procesador o varillas y sin son eléctricas, mejor.
  • Sobre el formado: como la masa va a estar muy blandita, vas a tener que trabajar los buñuelos con las manos bien engrasadas. Es fundamental trabajar rápido: bola, agujero y directo al aceite caliente. Es una masa difícil de manejar y hay que aceptarlo. 
  • Sobre el rebozado: siempre podrás hacerlo solo con azúcar pero si quieres que sean más ligeros y con un toque especial, muele junto 1 cucharada de azúcar por 2 de coco rallado y una pizca de canela. Si quieres más cantidad, dobla las proporciones.
  • Sobre la levadura y el tiempo de levado: con la cantidad que te detallo, en una hora la masa estará lista. Si usas solo un sobre, deja que la masa leve 2 horas.

Preparación:
  1. Mezcla todos los ingredientes (empieza con menos cantidad de agua) y amasa unos 3 minutos. Deja que repose 5 minutos para ver como va absorbiendo la harina. La masa tiene que quedar muy manejable y pegajosa. Si ves que está un poco dura y uniforme, añade un poco más de agua y vuelve a amasar.  Deja que leve 1 hora.
  2. Con las manos y la encimera engrasadas, haz bolas de masa de entre 60-80gr. dependiendo del tamaño que desees. 
  3. Calienta el aceite a fuego medio alto y vas cogiendo una bola, le haces un agujero en el centro y al aceite. Rápido para que no se deformen.
  4. Una ve fritos, los rebozas en azúcar o en la mezcla de azúcar y coco molido. Y a comer sin que enfríen del todo.

M'semen rellenos de espinacas y queso

julio 07, 2026

Qué difícil me va a ser hablarte de esta mujer porque su rastro está tan desdibujado que dejarse llevar ante la tentación de endulzar su vida con relatos folletinescos resulta brutalmente tentador. De hecho, hay quien afirma que fue hija ilegítima de Abderramán III, o amante de Al-Hakam II, o que si era cristiana o que si fue musulmana. También he leído teorías especulativas sobre las mujeres musulmanas de la época que no se casaron, donde se interpreta que lo mismo es porque eran lesbianas, bi o queer. En el caso de nuestra protagonista por no saber, no sabemos si se casó y, de no haber hecho nupcias, si fue por voluntad propia o simplemente porque no se le permitía. No sabemos nada así que lo mismo, yo también me dejaré llevar por mi vena Dumas y añadiré a este relato algún que otro trazo de rasgo novelesco. Ya veremos.

Lo que sí se sabe es que se llamaba Lubna sin más, porque era esclava y para los amos la genealogía de sus sirvientes nunca fue cosa a tener demasiado en cuenta, salvo que descendieran de buenas familias que entonces, por aquello de presumir, se tiraban el pisto. No, nada hace pensar que Lubna fuera de ese tipo de esclavas. Ahora, sí que fue muy especial.

En Al-Ándalus existía la institución de las qiyān - jawārī, cuya función era instruir a esclavas formándolas en disciplinas intelectuales y artísticas: canto, poesía, caligrafía, recitación y conversación. Con esto elevan su valor y, por supuesto, solo estaban al alcance de unos pocos. La escuela no solo formaba a esclavas -yawārī- sino también a mujeres nobles -qiyān-. Y estas yawārī parece ser que combinaban un físico delicado y hermoso con una preparación intelectual fuera de serie. Y el superpoder de Lubna debió de ser tan grande que se le supone también formación en matemáticas, filosofía e incluso astronomía. Lo mismo no fue tanto pero desde luego fue una intelectual como una catedral. O una mezquita. O como la de Córdoba. O lo que sea.

Pero sigamos con lo que sabemos de ella: se crió dentro de los muros de la hermosa Medina Azahara, algo que, si puedo ser sincera, me da mucha envidia porque cuando visité sus ruinas tuve una experiencia paranormal cardiacamente hablando: el corazón me dio un vuelco y se puso a hiperventilar como un poseso. Tal cual te lo digo. Es verdad que soy una destacada amante de los pedrolos y eso es muy importante a la hora de que el vello se me ponga como escarpias.

Pero a mí se me retorcieron todas las válvulas, hasta la mitral. Yo empecé a imaginarme el jaleito que debía de haber por esos jardines, y escalones, y la de cosas que debieron de pasar entre los cipreses. Pero lo que mi mente retorcida no llegó a alcanzar fue imaginar que parte de esa magnífica biblioteca pudo pasar los días dentro de esos muros y muretes. Quién sabe.

Porque, para no faltar a la verdad más rotunda, tampoco está muy claro si la biblioteca residió entera en Córdoba o el califa quiso tener sus tomos más preciados cerca de su residencia. A ver, si Abderramán primero y su hijo Al-Hakam después tenían debilidad por los libros, puedo asegurar por propia experiencia que ciertos vicios requieren de cercanía, de poder contemplarlos, olerlos y tocarlos. De hecho, cuando veas a una persona dudando si comprar un libro u otro y para decidirse acaricia la portada o su lomo como si fuera una mascota... créeme: esa persona no tiene cura. Está atrapada en el mundo de las palabras y de ahí no se sale. De la droga sí, de los libros no.

En algún momento, a la que Abderramán estira la pata y su hijo Al-Hakam toma el timón del califato, Lubna ejerce de copista en el taller de la biblioteca junto a Fátima -otra escribana cuyo nombre ha trascendido históricamente- y ambas trabajan bajo la dirección del eunuco Talid. Ni idea del papel de Talid en esta trama, pero oye, como todo el mundo lo nombra, no voy a ser yo menos. Me temo que como se saben pocas cosas de ella, pues para un dato seguro que se tiene, se divulga sin estrecheces, posiblemente con el fin de que la concurrencia no piense que contamos las cosas a la ligera. Hay fundamento. Escaso, sí, pero haberlo haylo.

Aclarado este asunto, seguimos con lo que sabemos: Lubna destacó tanto y en tan buena estima la tenía Al-Hakam que pasó de copista a conservadora de la Gran Biblioteca de Córdoba, que según fuentes de fiar, acumulaba más de 400.000 volúmenes. Menuda locura. Esto es para hacerse ratuca de librería y no salir jamás al exterior. Además, el califa la nombró kátiba al-kubra, un título cuyo significado exacto desconozco, así que me fiaré de los que dicen que fue secretaria personal de Al-Hakam.

Y en algún otro momento es manumitida. Se lo merecía, la verdad. Y viajó adquiriendo obras por Bagdad, Damasco y El Cairo... o no, porque como aquí hay un lío tremendo, algunos afirman que no fue ella la viajera sino Fátima. Y hasta hay una fuente -sin aportar pruebas, por supuesto- que dice que Fátima y Lubna eran una misma persona. Para que veas lo desdibujado que está todo.

Tras quince años de califa, dejando Medina Azahara y Córdoba bonitas a rabiar, Al-Hakam sigue los pasos de su padre y estira también la pata. Y aquí se lía la cosa. El escenario cordobés se pone tenso a más no poder. Su hijo tiene once años y hay que montar la tutela. Aparentemente, se forma una regencia de tres para evitar malas tentaciones: Almanzor, por un lado, que ya sabemos todos la mala sombra que gasta; el chambelán Al-Mushafi, y la reina madre Subh.

Te lo voy a hacer corto. Subh necesitaba un escribano para que se encargara de sus cosas. Al-Mushafi le recomienda a Almanzor, un katib del montón. Pero en poco tiempo se hace indispensable a nivel personal: sí, querido lector. Se la metió en el bolsillo, posiblemente pasando por las sábanas del dormitorio. Un clásico. Aunque nadie lo vociferó, parece que la cosa se sabía de buena tinta. Cuando muere Al-Hakam, y hay que asegurar el trono para el niño, un hermano del difunto se mete a la guardia real en el bolsillo y conspira para deshacerse del sobrino. Y aquí es Almanzor quien se convierte en el héroe del suceso: se cargó al traidor y aquí paz y después gloria. O eso creían.

El tipo sigue haciéndose valer. Y como Al-Mushafi  -que era hombre culto y de política- no demostraba mano dura con los cristianos, Almanzor organiza ejércitos y se lía a mamporrazos con mucho éxito. Ya tiene al ejército en el bolsillo. Así que se quita de en medio a la competencia: Al-Mushafi es destituido, encarcelado, luego envenenado. Y para asegurarse de que nadie le va a plantar cara, organiza su propia confabulación contra Hisham II.

Ejecuta a quien se le pone en medio, y para consolidar su poder, se aviene con el sector religioso más ortodoxo. ¿Y cómo les demuestra que es de fiar? Quemando de la biblioteca de Al-Hakam todo aquello que los juristas religiosos tacharon de herejía: ciencia, filosofía, etc. Conocimiento. Lo de siempre.

¿Y qué pasó con Lubna durante estos casi tres años de intrigas? Pues no tenemos ni idea porque desapareció por completo. Nadie la volvió a mencionar. Nadie dejó su rastro escrito. No sabemos cuándo murió ni adónde fue. Solo hay especulaciones, pero ninguna certeza.

Así que aquí saco la pluma y, como te advertí, me voy a poner en modo folletín y te voy a contar mi propia teoría -o deseo, o sueño- de lo que pudo ser, aunque luego no fuera, pero que de ser, me encantaría que hubiera sido de la siguiente manera:

A Lubna y Subh no solo les unía el califa. Habían sido muy posiblemente compañeras o conocidas en la Escuela de las qiyān - jawārī, porque ambas fueron esclavas con formación. Subh se convirtió en la favorita y tuvo a su heredero. Lubna, la colaboradora perfecta. Ambas fueron fieles a su señor. Al-Mushafi también era un conocido de Lubna: él también había sido secretario de Al-Hakam antes que ella. Ellos eran su única familia. No había otros lazos que sepamos.

Así que cuando Subh ve cómo Almanzor -su propio amante- negocia con los ulemas más radicales su ascenso al poder, y presencia con horror cómo Al-Mushafi es traicionado y asesinado, siente que el tiempo se le agota: alguien le ha hecho llegar el rumor de que el precio de la traición son los libros de su difunto marido, el hombre que llenó Córdoba y Medina Azahara de saber y conocimiento en cuatro idiomas.

Manda llamar a Lubna en secreto. "Salva lo que puedas, lo más valioso", le dice. Y Lubna, que lleva más de media vida entre esos volúmenes, sabe exactamente cuáles son irremplazables. Y mientras en el patio arde la pira de los necios, con tratados de astrología y filosofía que con tanto placer contemplan los alfaquíes, ella moviliza a un ejército de mercaderes, quienes logran que los ejemplares escogidos, envueltos en telas y camuflados entre mercaderías, viajen hacia Zaragoza, hacia Fez, hacia manos amigas que un día los pondrán a salvo de la propia disolución del califato.
Ah, soñar, qué barato resulta. En cualquier caso, los volúmenes rescatados que se conservan en El Escorial, en París o Fez, quiero pensar que sobrevivieron gracias a la discreción y lealtad de la guardiana de la biblioteca de Al-Hakam. Desde hace unos años, entre la Avenida de Medina Azahara y el camino a Medina Azahara, hay una calle que se llama "Escriba Lubna". Poco me parece.

Y si has leído hasta aquí, espero haberte atrapado en esta aventurilla con Lubna, en plan Angelina Jolie, salvando libros de la quema de Almanzor y escondiendo los mejores tesoros de la biblioteca gracias a cualquier mano amiga que quisiera resguardar lo que los fanáticos querían carbonizar. Qué curioso: los necios siempre acuden al fuego para silenciar y nunca lo han conseguido. Por lo menos del todo.

Pues resulta que la receta de hoy, estos m'semen -que no son nuevos en este blog-, tienen ese mismo gesto clandestino: una masa que se pliega sobre sí misma, capa tras capa, y esconde en su interior algo que merece la pena atesorar. Aquí, espinacas y queso de cabra en vez de tratados de astrología prohibidos, pero nos quedamos con el rollo metafórico en el paladar y la ensoñación vagando por el alma.

Y por las mismas rutas por las que huían los libros de Lubna, han viajado también estos panes planos: de Marruecos al paratha indio o al roti canai malayo. El conocimiento, el contrabando y el pan compartían las mismas caravanas y los mismos secretos bien guardados entre pliegues.

Y las espinacas del relleno tampoco son casualidad: fueron los propios árabes quienes las trajeron a la península en el siglo XI, en el mismo cargamento de maravillas que la caña de azúcar, los cítricos o el arroz. Pues sea, y dejemos que sean ellas las que hoy se esconden -sin grandes fuegos, a salvo en una sartén al amor de la lumbre-, dentro de un m'semen en honor a una copista de la Córdoba califal. Me parece un gesto de justicia culinaria. ¿No crees?
Ingredientes:
  • 250gr. harina de trigo para todo uso
  • 250gr. semolina italiana (tipo pizza)
  • 1 cucharadita rasa de sal
  • 1 cucharadita levadura química (polvos de hornear)
  • 325ml. agua con gas
  • 100ml. mezcla de aceite y mantequilla derretida (para untar)
  • 300gr. espinacas frescas
  • 200gr. queso fresco de cabra
  • 100ml. crème fraîche 
  • 1 pizca nuez moscada molida
  • 1 pizca pimienta negra molida

Preparación:
  1. Mezcla la harina y la semolina con la sal, la levadura química y el agua con gas. Mi consejo es que lo hagas en un procesador de cocina o con ayuda de varillas eléctricas. En el procesador tendrás que amasar unos 3 minutos. 
  2. Cada harina absorbe distinto, así que valora si necesitas más agua o, si queda muy hidratada, alargar el reposo. Tiene que quedar pegajosa pero manejable. Deja reposar la masa 5 minutos y vuelve a encender el procesador unos segunds¡os para terminar de unificarla.
  3. Tapa la masa y déjala reposar a temperatura ambiente entre 1 y 1 y 1/2 horas, según la hidratación que haya quedado. Las masas más hidratadas, necesitan más descanso.
  4. Divide la masa en bolas de unos 50gr. y tras cubrirlas con film, déjalas reposar 30 minutos más.
  5. Para el relleno, escalda las espinacas al vapor un máximo de 3 minutos. Pícalas. Mezcla el queso fresco de cabra y la crème fraîche. Sazona con la nuez moscada y pimienta negra.
  6. Engrasa ligeramente la encimera y tus dedos con la mezcla de aceite y mantequilla derretida. Estira cada bola con las puntas de los dedos en movimientos circulares y rápidos hasta dejarla muy fina, mojando los dedos en aceite solo si lo necesitas.
  7. Reparte una cucharada del relleno y pliega en cuatro sin que se monten los bordes. Estira una segunda bola, coloca la pieza que tenemos plegada con el relleno y vuelve a plegar. Deja reposar los m'semen ya plegados unos 15 minutos antes de cocinarlos.
  8. Con ayuda de un rodillo (o de nuevo con los dedos mojados en aceite) estira el m'semen lo más finito que puedas.
  9. Lo cocina en sartén o plancha a fuego medio, hasta que doren por ambos lados.

Galletas con sombrero de merengue y grosellas

junio 28, 2026
Estamos en 1919 en el humilde barrio de Las Ventas en Madrid, donde se acaba de inaugurar la Casa de los Niños de España. Es la primera guardería laica del país y pretende acoger a los hijos de aquellas mujeres trabajadoras que se ven obligadas a dejarlos solos en las chabolas mientras ellas intentan ganar unas cuantas pesetas trabajando de sirvientas, lavanderas u obreras en fábricas de tabaco y textiles mayormente.

Margarita Nelken está detrás de este proyecto. Ha logrado reunir apoyos internacionales y con mucho esfuerzo, a algún benefactor patrio. Pero las señoras de bien ponen el grito en el cielo y el clero, que para estas cosas es muy peleón, las ayuda a cerrar este centro de pecado para mujeres impías que no merecen caridad alguna. Porque esta Casa de los Niños, no solo no está gobernada por monjas sino que, para más inri, admiten a hijos de madres solteras como quien no quiere la cosa.

Así que acosan en pandilla al principal mecenas para que chantajee a Margarita: o echas al personal laico y metes monjas que aporten algo de respetabilidad o te quedas sin fondos. Pero es que ella, no es nada corriente; no es una charlatana de discurso facilón, al contrario, es mujer de palabra porque, además de tener principios, es fiel a ellos. No los va a romper y eso lo complica todo. Dice que nanay, que ni hablar del peluquín. Que o todas o ninguna. Que España tiene derecho a ser laica. Y la guardería cerró. 
Aquí [en España] resulta ridículo para muchos el trabajo de una mujer; pero a todo el mundo le parece natural la posición de una mujer dependiendo por completo del trabajo, no ya de un padre o de un marido, sino de un hermano, de un tío o de cualquier deudo masculino [...] De ahí también la desconsideración de un marido que sabe muy bien que, pase lo que pase, su mujer habrá de aguantar todas las humillaciones y todas las afrentas, ya que apartándose de su esposo no
podría ni comer.
Este primer gran golpe Margarita lo encajó como pudo. Se ató los machos, se caló el sombrero y siguió luchando por ellas, consciente -por activa y por pasiva- de que el adoctrinamiento y el asfixiante poder de la Iglesia eran el pilar del machismo pandémico que no quería -o no podía- separar sociedad, estado y religión, motivo principal por el que España se estaba quedando atrás respecto al resto de Europa, que avanzaba con más determinación en materias como la educación y la formación profesional e intelectual.

Como ya estarás imaginándote, Margarita fue una mujer excepcional con muchos talentos que supo aprovechar a las mil maravillas. Sus padres eran judíos extranjeros -algo que muchos no le perdonaron y se lo echaban en cara día sí y día también-, lo que le permitió tener tres lenguas madres: español, francés y alemán. Y si bien había ese empeño nacional por silenciarla, en el extranjero era muy valorada y su red de contactos no paraba de crecer. Fue crítica de arte de primera fila, escribía como los ángeles, fue diputada en las tres legislaturas de la República, una oradora brillante y de las primeras en escribir tratados feministas como La condición social de la mujer en España.

Peleó con destreza las condiciones laborales de las obreras y de las jornaleras en los campos. Las organizó y asesoró para que no se amedrentaran con el fin de hacer frente a las injustas condiciones laborales y los sueldos de miseria. Para la dictadura de Primo de Rivera fue una agitadora radical; para la buena sociedad, una judía sin sentido de la decencia que, en lugar de emplear su talento en causas nobles, prefirió ponerse un mono de trabajo y salir a montar ruido con las obreras más rudas y fanáticas de todo Madrid.

Para las sufragistas también era incómoda a rabiar: en las Cortes de 1931, cuando se debatió el derecho al voto de las mujeres, Margarita Nelken votó en contra de conceder el voto femenino en ese momento, alineándose con Victoria Kent y enfrentándose a Clara Campoamor. Ella decía: "Primero eduquemos y liberemos las conciencias de las mujeres de las garras del clero, y luego démosles el voto". Este principio es el mismo que defendió Matilda Joslyn Gage porque, con buen criterio a mi entender, de qué vale dar el voto si la mujer seguía adoctrinada, sin tener las herramientas necesarias para desplegar sus propias opiniones y ejercer con libertad su capacidad de decidir.
No hay una sola mujer española, católica practicante, es decir, una sola mujer que se confiese, que no haya sido interrogada por su confesor acerca de sus ideas políticas y acerca de la inclinación que ha de darles y que ha de procurar dar a las de cuantos la rodean.
Así que la tacharon de traidora, disidente e incendiaria. Como ves, fue perseguida y señalada por todos pero aún así, siguió fiel a sí misma. Margarita, en cualquier caso, se convirtió en la punta de lanza de la generación del 27 femenina -Las Sinsombrero- hablando de ellas en sus ponencias, escribiendo sobre sus talentos y colocándolas en el punto de mira de la vanguardia española que parecía ser solo un movimiento de hombres. 

¿Que por qué Las Sinsombrero? Por una broma de unas cuantas que estando en la Puerta del Sol, decidieron quitarse el sombrero para "liberar las ideas" y, como ir con la cabeza descubierta era una provocación social inaceptable, la cosa acabó a pedradas. Y en lugar de salir escarmentadas, se vinieron arriba y todas las jóvenes poetas o artistas optaron también por airear sus pensamientos.
Llegó la guerra civil y, tal y como se planteaba el conflicto, decidió dejar el partido socialista y afiliarse al comunista porque pensó que eran los únicos con la disciplina militar necesaria para frenar a los golpistas en España y al fascismo en el resto de Europa.

En 1939, con el fin de la guerra, miles de republicanos cruzaron la frontera hacia Francia en la Retirada, quedando atrapados en las playas de la vergüenza: los campos de concentración franceses improvisados en arenales como Argelès-sur-Mer, donde terminaron hacinados en condiciones deplorables de frío, sarna y hambre. Se les abandonó a su suerte en la esperanza de que quisieran volver a España por su propia voluntad. Incluso se les aseguraba que podían volver, que Franco les había perdonado. Los más desesperados o ingenuos que optaron por regresar, ya se sabe la suerte que corrieron.

Y aquí volvió a demostrar su gran valía. Podía haberse marchado sin mirar atrás pero no lo hizo. Se quedó con la firme idea de salvar a sus compatriotas. No hay una cifra oficial exacta porque gran parte de su labor se hizo en la clandestinidad pero Margarita organizó una auténtica red internacional para lograr la fuga y el rescate de cientos de refugiados. Utilizó todos sus contactos e influencias en México y Europa para sacar de esas playas a intelectuales, obreros, mujeres y niños. Siempre que le era posible les conseguía pasaportes, organizaba barcos rumbo a América y, a aquellos que no conseguía liberar, les enviaba dinero y ropa.

Fue así como, tras enterarse de que la escritora Luisa Carnés estaba atrapada en una de esas playas, Margarita intercedió directamente ante las autoridades francesas para sacarla de aquel infierno, lograr reunirla con su hijo y conseguirles a ambos pasajes y visados para el barco que los llevaría a México.
Pero estalla la Segunda Guerra Mundial y ella misma tiene que exiliarse. Lo hace sin sus hijos, Santiago y Magda, que se alistan al Ejército Rojo para luchar contra el fascismo. Margarita, ya en México, deja de recibir correspondencia. Desesperada, empieza a exigir respuestas a los dirigentes del PCE exiliados -como Vicente Uribe o Dolores Ibárruri-, pero la respuesta es fría y desalmada. Una y otra vez recurren al "no sabemos nada, hay cosas más importantes en la guerra que tus hijos".

Margarita, asqueada por la sumisión ciega que le exigen, se rompe por completo y critica abiertamente el autoritarismo del partido. Para la cúpula, de corte estalinista de arriba a abajo, una intelectual que piensa por sí misma y encima se atreve a exigir explicaciones es intolerable. La disidencia se castiga con dureza. La acusan de indisciplina y la expulsan fulminantemente.

Sus antiguos camaradas le dieron la espalda de la noche a la mañana porque interceder por ella habría significado caer también en desgracia; apoyar a un expulsado equivalía a ser un traidor. Vertieron sobre ella infundios deplorables para minar su credibilidad intelectual y política. Y nadie pestañeó, cuando por muchos de ellos Margarita había movido cielo y tierra para ponerlos a salvo en México.

Pero la gran mezquindad del partido no fue echarla; fue cerrarle los canales de comunicación con Moscú, dejándola completamente a ciegas mientras su hijo se desangraba en el frente. No tuvo confirmación de su muerte hasta el final de la guerra. Mayor dolor y mayor traición no existe.

Yo me quito el sombrero ante ella, y no para airear mis ideas; lo hago para liberar mi respeto y admiración por una mujer tan íntegra y comprometida que, como suele pasar, a la hora de la verdad nadie fue capaz de estar a su altura. Estas galletas no usan sombreros atrapaideas; son pequeños merengues para arropar los sinsabores de la vida.
Ingredientes:
Para unas 20 galletas:
  • 150gr. de harina repostera
  • 1/2 cucharadita de cremor tártaro
  • 50gr. de Maizena
  • 50gr. de azúcar glas
  • 50gr. de azúcar o eritritol
  • Ralladura de medio limón
  • 1 yema
  • 2 cucharaditas de jugo de limón
  • 100gr. de mantequilla blanda

Para el merengue (por cada clara de huevo grande):
  • 1 clara
  • 60gr. de azúcar 
  • 1 cucharadita de Maizena
  • 75-100gr. de grosella roja

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 160-170ºC.
  2. En un blog mezcla las harinas, el cremor, los azúcares y la ralladura. Añade después la yema, la mantequilla y el jugo de limón.  Mezcla con las manos y forma la masa. Deja que descanse 30 minutos en la nevera.
  3. Extiende en la encimera ligeramente enharinada la masa con el rodillo. Con un corta galletas redondo de unos  5-6cm ve cortando la masa que tendrá unos 3 milímetros de espesor (a ojo).
  4. Las colocas en la placa de horno con papel de hornear y hornea entre 10-12 minutos. No tienen que estar hechas del todo cuando las saques.
  5. Mientras monta las claras (yo usé tres pero eso depende de cuanto sombrero le quieres poner) con el azúcar y la maicena. Recuerda que las cantidades que te he dado son por casa clara. Cuando esté bien firme y montado el merengue, mezcla las grosellas.
  6. Pon una generosa capa de merengue sobre las galletas con ayuda de una cucharita. Puedes ponerle unas grosellas extras por encima si lo deseas.
  7. Baja el horno a 150ºC y hornea otros 6 a 10 minutos. No queremos que coja demasiado color pero sí que le de tiempo a que el merengue se seque un poco.

Mantequilla rústica de hierbas y queso

junio 26, 2026
Un periódico de Zúrich fechado el 9 de febrero de 1782, anuncia que desde el cantón de Glaris, se pagarán cien coronas -el salario de cinco o seis años de una sirvienta - por cualquier información que ayude a detener a Anna Göldi, una malvada bruja que intentó matar a una de las hijas de un respetado doctor de la ciudad.

Dieron caza a la hechicera y la ajusticiaron con brutalidad. Pero se lo merecía porque entre la garrucha y otros tormentos, confesó que se comunicaba con el demonio a través de un gato negro quien le prometió riquezas y protección si ella accedía a cumplir sus órdenes, que no eran otras que las de dañar a la familia del doctor Tschudi. Estas son las cosas que tenía el diablo en aquellos tiempos; con la de maldades en masa que podía acometer, desplegaba todo su poder en hacer daño a una familia cristiana de alto copete. 

Y mientras el juicio avanzaba, el pueblo estaba algo dividido: por un lado, una multitud -desatada y encantada porque en el aburrido y lánguido Glaris por fin pasaba algo emocionante- jaleaba triunfante la victoria del bien sobre el mal; por el otro, una clase media ilustrada seguía horrorizada la pantomima del proceso. De este rescoldo social, gracias al funcionario judicial Johann Melchior Kubli y el periodista alemán Lehmann, hoy podemos saber los detalles de este disparate tan macabro.

Y es que a Lehmann no le dio la gana morderse la lengua y contó lo que estaba pasando. Cuando el caso de brujería se conoció fuera de los valles del cantón, la respuesta internacional fue unánime: los tildaron de bárbaros, paletos cerrados y fanáticos retrógrados. Y cuando intentaron manipular las actas y el veredicto del juico para blanquear las atrocidades y sinsentidos en la corte de Glaris, Johann Melchior Kubli tampoco quiso mantenerse al margen y se la jugó haciendo una copia completa que filtró a la prensa extranjera. Así que si hoy podemos reconstruir lo que allí aconteció, -frustrando el intento de silenciado- fue gracias a él. Bravo Herr Kubli. 
Hablemos de ella: Anna Göldi fue una mujer pobre y algo alocada que tomó malas decisiones en su juventud. Se enamoró de un soldado que la preñó y nunca regresó. La noche que parió a la criatura, ésta murió. Fue acusada de matar a su bebé aunque ella mantuvo que se quedó dormida y le asfixió por error. Nunca lo sabremos. Si bien es cierto que los accidentes o una muerte súbita pueden ocurrir, también sabemos que algunas mujeres desesperadas que alumbran sin desearlo, sin medios ni protección con el estigma social acuestas, pues optan por silenciar a sus criaturas. Por mi parte, ni juzgo ni justifico. Mi condición de madre me impide pensar que algo así pueda cometerse pero yo nunca he sufrido ni miseria, abandono ni desesperación. 

Pero a Anna le volvió a pasar. Se enamoró perdidamente de un señor de familia fina con quien mantuvo un largo romance. Un príncipe azul que le prometería protección y seguridades -o eso le pareció a ella- pero en cuanto se quedó de nuevo preñada la echó de mala manera. Quedó otra vez perdida y desprotegida en la más terrible de las miserias. En esta ocasión, al nacer la criatura la dio en adopción. 

Y este fue el legajo con el que Anna Göldi tuvo que vivir: siendo escoria de la naturaleza por ser pobre y desarrapada. Escoria social por matar y deshacerse de sus hijos. Escoria pecaminosa por ser descendiente de Eva y del pecado original. Por ser un instrumento del diablo, libidinoso y de insaciable lujuria, que seducía hombres para destruir sus almas. Un ser frágil tratado como escoria sin derecho a ser apreciada, respetada ni protegida. No creo que nunca conociera la compasión. Y así ya me dirás tú. Debió de echar un carácter endemoniado, no digo que no, pero quién no le cogería manía al mundo en su lugar. 

Por tanto, cuando llegó a casa del Dr. Tschudi para servir -lo que llevaba haciendo desde niña- Anna tenía cuarentaitantos años de sinsabores y duras jornadas a cuestas, porque la servidumbre no tenía derecho a descansar o a solicitar cargas más ligeras al llegar a cierta edad. Qué barbaridad, querer terminar sus días con algo de paz. ¡A quién se le ocurre! . 

Tampoco me cuesta demasiado imaginarme la amargura y rencor que su alma llegó a albergar. ¿Qué dios condena a sus hijos a padecer miserias para que unos pocos ricos vivan mejor? No voy a mentirte. Nadie sabemos de la vida de Anna antes del proceso y los que han convertido su vida en una novela rosa, mienten. O especulan o desean ver belleza y bondad donde el sentido común nos dice que no hubo. Pero por algún retorcido motivo, sentimos la necesidad de endulzar a las víctimas en nobleza y hermosura para que su causa sea más injusta e indignante. Además ¿Cómo podríamos si no saber reconocer su inocencia? 
Anna Göldin, de la comunidad de Sennwald, perteneciente a la bailía alta de Sax y Forstek, territorio de Zúrich, de unos 40 años de edad, de complexión gruesa y de gran estatura, rostro pleno y rojizo, cabello y cejas negros, tiene ojos grises algo enfermizos, que en su mayoría parecen rojizos, su mirada es abatida, y habla con su pronunciación de Sennwald..
En el bando de su búsqueda no hay una sola palabra sobre belleza. Al contrario: ojos enfermizos, mirada abatida, una mujer de cuerpo grueso. Sus defensores afirman que esa descripción está manipulada apropósito para que pareciera más bruja. Yo en cambio, leo la descripción fría e impersonal de alguien que busca un objeto perdido o a un animal doméstico que se ha escapado. Yo, sinceramente, no veo a una malvada de cuento.

De Johann Jakob Tschudi no te voy a contar demasiado porque su vida es la de tantos, cortados todos por el mismo patrón: además de médico fue también juez y pertenecía a una de las familias más influyentes del cantón. Soberbio, altanero y necio. Vivía convencido que su poder residía en su superioridad moral y no en esa perversa capacidad de castigar con desmedida a quien le fuera molesto. 

Y Anna cruzó esa línea invisible que la servidumbre nunca debe traspasar porque los señores no toleran ni ingratitud ni grosería. Le reclamó parte del salario que ella entendió que no se le estaba remunerando. Hubo fricción y es posible que la sirvienta insistiera con cierto descaro en lugar de pedir perdón y agachar la cabeza, como era lo de esperar. Anna se encaró. Y podría haberla puesto de patitas en la calle con un par de palos de regalo pero no. Pasó algo que desató la ira del fulano.
Una mañana, una de las hijas de Herr Tschudi encontró una aguja en su vaso de leche. La señalaron de inmediato. No hacía falta investigar o abrigar la posibilidad de un accidente fortuito; no, simplemente la declararon culpable porque ya había demostrado su mal talante e ingratitud. Y el doctor encolerizó. Se sugirió que fuera corrida de la ciudad de mala manera pero para este señor eso no era suficiente castigo. Iba a enterarse esa muerta de hambre quien manda en esos lares. 

Huyó consciente del peligro que corría. Un cerrajero llamado Steinmüller y su esposa la cobijaron unos días en su casa mientras organizaba la mejor forma de huir sin ser vista. Lo consiguió. Pero el juez no estaba contento en absoluto e hizo valer su poder; dieciocho días después, supuestamente la niña tuvo convulsiones y se afirmó que vomitaba alfileres. Ya no había duda alguna: se la acusó de ejercer la brujería a distancia. 

Cuando se dictó el bando de su captura, Herr Steinmüller sintió que debía advertirla del peligro y le escribió una nota que, entre otras cosas, decía: "os advierto como hombre de honor, cuidaos bien de no caer en desgracia". Y la desgracia, que es contagiosa, cayó sobre él porque interceptaron la carta y el tribunal capitaneado por el doctor, lo arrestó acusándole de ser el "mago proveedor", el que suministraba a Anna las agujas mágicas pactadas con el diablo. Poco después, encontraron a Anna y se inició la fase de instrucción del caso: los interrogatorios. Es decir, el suplicio. A ambos.

El no va más en tortura era la garrucha. Le ataron las manos a la espalda con una soga unida a una polea en el techo. Se tiraba de la cuerda hasta elevar el cuerpo desplomado que era sostenido por las articulaciones de los hombros que colgaban hacia atrás. Se le interrogaba así durante horas, con los hombros desencajados y para animar a la bruja a confesar, se aflojaba de golpe la cuerda para que el cuerpo se precipitara en el aire y antes de tocar el suelo, se volvía a tensar la maroma. El dolor era infinito y la pobre Anna suplicaba que le ayudaran a confesar porque nada de lo que decía parecía que les encajaba a sus eminencias. 

Cuando a Anna le inundaba la rabia y gritaba con desesperación su inocencia, le ataban piedras en los tobillos. El dolor era indescriptible; no creo que debamos insistir en ello. El pobre Herr Steinmüller corrió la misma suerte. En un descuido de sus carceleros, se colgó en su celda. Anna, colapsada por el dolor, comenzó a recitar retahílas de clichés absurdos como lo del gato negro, el pacto con el demonio, que odiaba a la niña y que mató al Presidente John F. Kennedy.

Y como ya había confesado, ya estaba demostrado que era una bruja de manual. Pero algunos de los jueces del consejo tenían reparos porque la prensa estaba montando mucho ruido y sentían presiones de otros cantones. Además, la brujería ya no era un delito, no se la podía quemar ni decapitar por ello. Había que encontrar otro cargo que fuera más razonable. Envenenamiento. Sí, podría encajar si no fuera porque no estaba castigado con la muerte. Les dio igual y tiraron para adelante.

El 6 de junio el consejo llegó a su veredicto. Treinta y dos hombres votaron que Anna Göldi muriera decapitada por el cargo de envenenamiento. Treinta votaron en contra, no sabemos si por compasión, por dudas sobre su culpabilidad o por el simple cálculo político de evitar el escándalo internacional que se les venía encima. Solo dos votos. Esa fue la diferencia entre la vida y la muerte de Anna. Y  lamentablemente no fue la última. Aún quedaban hogueras por encender en Polonia.

Así de fácil era condenar, torturar y matar a una inocente. Acusar a la mujer de bruja siempre ha funcionado. Matilda lo denunció en su libro Woman, Church, and State. Así de fácil era silenciar a las mujeres molestas por sus conocimientos, su influencia o simplemente para calmar la rabia y el despotismo de un líder local que no toleraba la insolencia. A las brujas no solo las han matado para castigarlas; se ha pretendido extirpar su voz, su desacato y su ímpetu de la faz de la tierra. La pira, la horca o el hacha son el punto final que religión y estado han impuesto a lo largo de los siglos  para que nadie, nunca más, escuche lo que ellas tenían que decir.

En el Estadio Ghazi de Kabul durante el anterior régimen talibán, las mujeres acusadas de lo que fuera eran arrojadas desde un trampolín a una piscina vacía. Lo llamaban el juicio de Alá: las inocentes dios las salvaría; las culpables morirían. Se escucha que este tipo de juicios vuelven a estar de moda.
Ingredientes:
  • 500ml. de nata fresca para montar (tiene que ser fresca)
  • 100gr. de queso curado de montaña (o pecorino o parmesano)
  • 1 buen puñado de hierbas frescas a tu gusto 
  • Sal y pimienta


Preparación:
  1. Para montar la mantequilla; bate la nata con unas varillas eléctricas hasta que hagas nata y sigue y sigue hasta que veas que va apareciendo un líquido blanco y la mantequilla coge algo de color amarillento. Lo cuelas sin tirar el líquido blanco.  Este suero lo puedes usar mezclar con yogur y tendrás algo muy parecido al buttermilk, fantástico para hacer desde bizcochos a aderezos para ensaladas. 
  2. Ralla el queso y se lo añades a la mantequilla.
  3. Corta en fino las hierbas y las añades a la mantequilla con algo de sal y pimienta. Mezcla y reserva en la nevera para que coja cuerpo.

Apple Matilda dumplings

junio 21, 2026
Para el Clan del Lobo de la Nación Mohawk ella fue Karonienhawi, la que sostiene el cielo. Para las sufragistas, una subversiva que al atacar a la iglesia alejaba el apoyo político de los conservadores y fue borrada de un plumazo de los libros de historia. Para su familia, Glinda, la bruja buena del Mago de Oz y, si tienes la paciencia de leerme hasta el final, descubrirás de dónde viene esta fantasía tan maravillosa.

Y para nosotros, los de hoy, es Matilda. La grandiosa, la primera, la que da nombre al Efecto Matilda de Margaret W. Rossiter. Ella es la voz de todas, no solo de las científicas, sino también de las silenciadas habidas y por haber. Porque escuchar su lucha, sus ideas, sus propósitos, es entender que lo mismo no hemos avanzado tanto desde entonces; porque las mujeres de tres cuartas partes del mundo aún no son dueñas de sus aspiraciones ni destinos. Y las que vivimos bajo constituciones que presumen de igualdad, nos hemos cambiado las cadenas por la conciliación: una carga invisible que a nosotras se nos exige por triplicado y a ellos jamás se les pasa por la cabeza.

Porque si bien es cierto que siempre ha habido mujeres que han reclamado lo nuestro, la realidad habla de que todas esas mechas chisporroteantes que auguraban grandes cambios fueron apagadas. Y se ha tardado mucho, con demasiada frecuencia, en rescatarlas del limbo del ostracismo. Lo reconfortante, la esperanza, está en que aunque esas voces se silencien, siempre habrá quien las libere. Tarde o temprano, como con Matilda. 

Fueron las feministas de los años 70 quienes la recuperaron del olvido y le devolvieron su lugar en el movimiento. Lúcida, mordaz, culta y comprometida, denunció las taras de la sociedad decimonónica que se empeñaba con uñas y dientes en convencer a la mujer de que el mundo le quedaba grande. Y ella les habló de autodeterminación, de autodesarrollo, de ser dueñas de su propio juicio y destino. De libertad. 
¡Una rebelde! Qué glorioso suena ese nombre cuando se aplica a una mujer. Oh, mujer rebelde, hacia ti el mundo mira con esperanza. Sobre ti ha caído la gloriosa tarea de traer la libertad a la tierra y a todos sus habitantes.
Y no lo decía por decir. No era demagogia ni frases bonitas en los mítines. Por cosas de la vida, tuvo la oportunidad de conocer de cerca a los Mohawk porque Nueva York perteneció históricamente a la Confederación Haudenosaunee y aunque no lo parezca, los nativos de las Seis Naciones son más neoyorquinos que el puente de Brooklyn o el bagel. A su lado, aprendiendo de ellos, quedó profundamente convencida de que una sociedad matrilineal era posible y que las relaciones entre hombres y mujeres podían ser equilibradas.

Las Madres del Clan tenían el poder de nombrar, aconsejar y destituir a los jefes varones. Tenían la última palabra sobre las guerras y los tratados.  Controlaban la agricultura y la distribución de alimentos. Y si una pareja se separaba, la mujer conservaba su hogar, sus bienes y a sus hijos.  Documentó admirada que el abuso físico y las violaciones eran prácticamente inexistentes y de producirse, eran delitos severamente castigados.

Los admiraba y quería a rabiar. Tanto que los defendió centrando su activismo en favor de los derechos indígenas y denunció sin descanso los abusos del gobierno de EE. UU. Pero era incansable y ese activismo también clamaba por los derechos de los esclavos. De hecho, ella creció en una casa que fue estación del ferrocarril subterráneo, la red clandestina que ayudaba a escapar a los esclavos; la misma de Harriet Tubman quien por cierto, vivía a muy pocos kilómetros de Matilda. No hay constancia escrita de que ambas se conocieran pero yo me juego mi mejor cacerola a que entre ellas había secretos y muchas vidas salvadas.
En Woman, Church, and State, Matilda dedicó un capítulo entero a la caza de brujas en la Europa de la Edad Moderna. Con una valentía encomiable, describió esta barbarie como un ataque deliberado y sistemático del patriarcado eclesiástico y de estado contra las mujeres. Un ginocidio que buscó a las mujeres más sabias, independientes, científicas, parteras y curanderas de sus comunidades porque eran peligrosas e influyentes sobre las demás mujeres. Poseían, entre otros, conocimientos médicos y ayudaban a las mujeres en cuestiones de natalidad desafiando descaradamente el poder de la Iglesia. Y claro, heredábamos el pecado de Eva. Éramos lascivas y lujuriosas entre otras lindezas y el mejor remedio contra esa lacra fue instaurar el terror entre sus parroquianas. Tortura, fuego y luego, a rezar. Y a callar.
Tanto la Iglesia como el Estado, pretendiendo ser de origen divino, han asumido el derecho divino del hombre sobre la mujer; mientras la Iglesia y el Estado han pensado por el hombre, el hombre ha asumido el derecho de pensar por la mujer.
Y estos ataques directos a la iglesia y al estado no gustaron nada a sus compañeras sufragistas. En este momento, el movimiento estaba estancado. Para ganar fuerza, necesitaban aliarse con las mujeres del oeste y del sur del país, que eran profundamente conservadoras y cristianas. Y si de paso, se ganaban el apoyo de la iglesia, pues mira que bien. 

Pero Matilda se mantuvo en contra. Argumentaba que dar el voto a las mujeres adoctrinadas solo serviría para que votaran lo que sus pastores les dijeran, creando una especie de teocracia constitucional. Y aquí permíteme una sospecha que no consta en ningún acta pero ya sabes que me gusta seguir la línea de puntos y yo aquí la veo con claridad: una diferencia táctica se resuelve con un comunicado o un portazo, no con la desaparición total de un nombre en tres tomos que la propia interesada ayudó a escribir y financiar. A Matilda no la apartaron por incómoda. La borraron, la tacharon, la reescribieron por lo que sea, no voy a especular. Pero desde luego, eso huele a venganza con membrete de hermandad. 

Y el precio de toda esta purga fue que el nombre de Matilda fuera eliminado de los tres tomos de la History of Woman Suffrage. Se alteraron actas de reuniones y tratados firmados en las convenciones feministas de Seneca Falls. Fue desacreditada, tachada de anarquista, destructora de la moral y demasiado radical para ser escuchada. No la quemaron por bruja porque ya no estaba de moda. 

Así que imagina lo que tuvo que sentir Margaret cuando conoció la historia de Matilda Joslyn Gage y leyó su libro Woman as an Inventor. Qué emoción tan brutal debió de recorrer su espina dorsal al saber que antes que ella, muchos años antes, Matilda ya había denunciado públicamente el apropiamiento indebido de inventos y descubrimientos. Y encima, qué ironía, la propia Matilda había sido también borrada sin que nadie clamara justicia.
Si bien muchas de las invenciones más importantes del mundo se deben a las mujeres, la proporción de inventoras femeninas es mucho menor que la de los masculinos, lo cual surge del hecho de que la mujer no posee la misma cantidad de libertad que el hombre. Restringida en la educación, en las oportunidades industriales y en el poder político, este es uno de los muchos casos donde su degradación reacciona de manera perjudicial sobre toda la raza humana.
Matilda siguió con su vida y su activismo que no cesó nunca. Nunca descuidó su vida familiar y cuando su hija Maud se casó con Frank Baum, quien por aquel entonces era un actor frustrado con alguna obra de teatro escrita pero poca cosa, tuvo que comerse su opinión y predicar con el ejemplo dejando que su hija decidiera su futuro por sí misma. Pero Frank y Matilda congeniaron a las mil maravillas. Ella pasaba largas temporadas con ellos en Chicago. Animó a su yerno a que escribiera esos cuentos tan bonitos que le contaba a los niños cada noche.

Cuando Frank escribió El Mago de Oz, la influencia de su suegra estaba por todos lados: la tierra de Oz se presenta como una utopía matriarcal, una sociedad sin dinero, pobreza ni cárceles. La bruja Glinda, que gobierna su propio país, es una mujer de ciencia y de una erudición envidiable. Dorothy es una niña autosuficiente que no busca un príncipe que la salve. Supera las trabas y ayuda a sus compañeros en sus fragilidades. Al final, comprende que la solución siempre estuvo en sus zapatos. 
Mi suegra siempre me decía que el progreso del mundo dependía de liberar la mente de la mujer de las supersticiones del pasado.
Frank Baum

Matilda murió en casa de Maud y Frank, arropada por los suyos. En su lápida no hay mención alguna al movimiento sufragista que ayudó a fundar. Lo que se puede leer es tan Matilda que pone los pelos como escarpias. 

Hay una palabra más dulce que madre, hogar o cielo. Esa palabra es libertad.

Y si la libertad se pudiera comer, sabría a estos apple dumpling sin el azúcar refinado de los colonos. Van bañados en el oro líquido de los Haudenosaunee, el alma de los bosques del noreste americano. Tampoco esperes una masa quebrada al estilo victoriano, fina y con remilgos. Aquí se impone esa avena y almendra molidas, formando una textura rústica, crujiente y jugosa que te atrapa desde el primer mordisco. Y el toque rebelde: un chupito de Jack Daniel's en el almíbar de manzana para darle ese punto subversivo que tanto le criticaron a Matilda sus compañeras sufragistas. Un dulce indomable, que puedes servir con o sin bola de helado pero lo que no va a faltar, es doble ración de memoria histórica.
Ingredientes para 12 dumplings con manzanas pequeñas o 6 medianas:
  • 150 g de harina repostera
  • 50 g de avena molida
  • 50 g de almendra molida
  • 1 cucharada de azúcar moreno
  • 110 g de mantequilla fría en cubitos
  • 80 g de Buttermilch
  • Una pizca de sal

Para macerar las manzanas:
  • 6 manzanas pequeñas o 3 medianas
  • 25 g de sirope de arce
  • Zumo de medio limón
  • Canela a tu gusto
  • Nuez moscada a tu gusto

Para la salsa:
  • 250 ml de zumo de manzana turbio
  • 100 ml de sirope de arce
  • 1 chupito de Jack Daniel's
  • Reducir 2-3 minutos a fuego medio para concentrar

Preparación:
  1. Mezcla la harina, la avena molida, la almendra molida, el azúcar moreno y la sal. Añade la mantequilla fría en cubitos y trabaja con las yemas de los dedos hasta obtener una textura arenosa.
  2. Incorpora el Buttermilch poco a poco hasta que la masa se integre, sin amasar de más. Envuelve en film y deja reposar en la nevera al menos 30 minutos.
  3. Pela las manzanas, retira el corazón y córtalas en dos mitades. Macéralas unos minutos con el sirope de arce, el zumo de limón, la canela y la nuez moscada.
  4. En un cacito, pon el zumo de manzana, el sirope de arce y el Jack Daniel's. Reduce la salsa unos 2-3 minutos a fuego medio para concentrarlo ligeramente.
  5. Estira la masa y corta porciones suficientes para envolver cada mitad manzana por completo. Envuelve cada trozo, sellando bien los bordes para que no se abra el dumpling durante el horneado. 
  6. Coloca los dumplings en un recipiente no muy hondo de pirex o cristal. Cuida que la unión de la masa esté hacia abajo. Riega con la salsa.
  7. Hornea a 180°C unos 35-40 minutos, hasta que la masa esté dorada y el caldito prácticamente se haya reducido por completo. Si ves que se han secado demasiado pronto, no dudes en añadir un chorrito extra de zumo de manzana. 
  8. Cuando apagues el horno, pincela los dumplings con la salsa que aún no se ha consumido. Hazlo en caliente porque la masa seguirá absorbiendo líquido mientras se enfría. Están ideales templados o fríos. Pero templados con una bola de helado de vainilla, está brutales.

Gazpacho de espárragos y manzana

junio 18, 2026
Una joven Margaret, que acaba de graduarse en Harvard, inicia su doctorado de Historia de la Ciencia en Yale. En una reunión informal entre profesores y alumnos pregunta si alguna vez ha habido mujeres científicas y, tras unas sonrisillas condescendientes, recibe un no como una catedral: no, no hay ni ha habido y las que pudieran considerarse como tales, solo trabajaban para científicos. Masculinos, evidentemente. Únicamente podemos hablar de dos excepciones:  Maria Mitchell y Marie Curie.

Y aquí es donde a Margaret W. Rossiter le explota la cabeza. Como que no se lo cree. Le suena todo a arrogancia y ninguneo. Y en un brote de "pues va a ser que no me lo creo" se viene muy arriba y le dice al profesor de la risotada, el de la pajarita a lunares y la pipa desconchada, "Si no le importa profesor, sujéteme el gazpacho" y a ver qué pasa.

Y pasó lo que tenía que pasar.
Cuando empecé, los historiadores consolidados me miraban con una mezcla de lástima y burla. Me decían que estaba perdiendo el tiempo porque las mujeres científicas no existían, y que si excavaba en los archivos solo encontraría un vacío absoluto.
Consiguió una beca Harvard y así pudo estudiar el panorama. Profundizando tan solo en un libro -el American Men of Science- rescató, escondidas entre las referencias masculinas, las biografías de quinientas mujeres científicas. 500. Qui-ni-en-tas. Y aquí no hay diptongo que valga. Quinientas, de golpe y sin despeinarse. Y de nuevo se vino arriba, esta vez con un coraje y una mala chufa que no hay gazpachera para contener tanta sopa.

Y siguió adelante, vaya que sí. Si cada barrio tiene su loca, primero en Yale y luego en Cornell tenían a la lunática de las científicas quienes en ese momento sonaban un poco a meigas. O sea, que haberlas, haylas pero si preguntabas por ahí te iban a decir que casi que no. Que si eso, un par de Marías y para de contar. En suma, la cantinela oficial, erre que erre.

Por lo tanto, no es de extrañar que sus investigaciones, dado el poco interés que despertaron, se pusieran cuesta arriba. Algún rechazo, tibieza en las comunidades tanto científicas como históricas, años de profesora sin plaza fija y sin medios para seguir con lo suyo. En fin, que era como para quitarle las ganas a cualquiera. De hecho, fue un tiempo en el que ella misma decía sentirse como algunas de las mujeres sobre las que escribía. Se sentía como un disco de 78 rpm en un mundo de 33.

Pero a su puerta tocó esa extraña ánima que a veces se digna en cruzarse en nuestro camino -mitad constancia mitad suerte- y tras conseguir una beca Guggenheim, volvió a tener algo de estabilidad para centrarse en sus trabajos. Y el fruto de esos meses de investigación vio la luz en 1982 tras publicar el primer volumen de Women Scientists in America. Bravo Margaret. Menos mal que no te rendiste. 
Y todo cambia de golpe. Críticas positivas en el New York Times, Nature y Science. Más becas, la ansiada cátedra y más tiempo para publicar artículos que hablan de ellas. Es en 1993 cuando publica un artículo donde acuña por primera vez el concepto Efecto Matilda. 
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
¿Y por qué Matilda? Por la reina entre las reinas: Matilda Joslyn Gage. Qué mujerona, por dios. Este blog tiene una deuda con Doña Joslyn y prometo concederle una receta honorífica muy pronto porque su vida es de lo más apasionante. Todas las mujeres de este planeta -e incluso marcianas- deberíamos conocer su vida, obra y milagros. Porque ella es el modelo a seguir, es la constancia, el pensamiento. Es el catecismo de la igualdad, de la libertad. No solo por su lucha a favor de las mujeres; también por la libertad de los esclavos, por los feminicidios de las "quemas de brujas" y por supuesto, por los nativos americanos de los que aprendió mucho conviviendo con los Haudenosaunee. Grande y única que fue borrada de la historia americana por ser extremadamente incómoda.

Y de aquí en adelante, la vida de Margaret -hasta su muerte a los 81 años- transcurrió de premio en premio y reconocimientos a su trabajo. Porque antes del Women Scientists in America, solo se hablaba de las dos Marías y ella sola evidenció con datos, hechos y referencias probadas, que existía un sesgo sistémico perfectamente demostrable. Gracias a sus tres tomos de Matildas, los historiadores de los 90 empezaron a revisar los archivos de sus propias universidades, encontrando más y más Matildas por todas partes.
El Efecto Matilda no es una percepción subjetiva; es un patrón histórico medible. Consiste en la agresión silenciosa de aceptar el trabajo de una mujer, asimilarlo en el laboratorio y, a la hora de imprimir los créditos, transferir el honor al colega varón más cercano.
Desde entonces, los historiadores científicos no han parado de cuestionar las versiones oficiales y están consiguiendo que se reescriban como es debido. Las pruebas reunidas por Margaret son irrefutables. Porque una cosa son hechos y otra opinión. Porque el suyo es un trabajo tan pulcro, tan sólido, que las instituciones gubernamentales y las universidades se vieron arrastradas por el Efecto Matilda reasignando cátedras, financiación y reconocimientos.

Aparte del trabajazo tan impecable de investigación que realizó, lo que consiguió Margaret fue dar marco académico a la desmemoria, a hechos que antes fueron difusos e invisibles. Y eso fue rabiosamente poderoso porque cuando un fenómeno tiene nombre, existe. Se vuelve real, palpable, se puede citar, debatir y por supuesto, es denunciable. Antes del Efecto Matilda no existía vocabulario ni contexto para reflexionar sobre el patrón del menosprecio científico.

Es más. Yo diría que fue el Efecto Margaret el que cambió la ciencia, para bien y para siempre.
Las universidades llevaban décadas diciendo que no contrataban a mujeres científicas porque no había candidatas cualificadas. Mi trabajo demostró que las candidatas estaban allí, trabajando en los sótanos, cobrando la mitad y firmando como asistentes de hombres que sabían menos que ellas.
Esta sopa fría es el Efecto Matilda hecho alimento. Las gotas de remolacha salpicando la superficie representan la rabia y la indignación frente al menosprecio. Son gotitas incómodas, que muerden el ojo y desafían lo establecido. Pero al meter la cuchara y saborear este gazpacho de espárragos, descubres que, al igual que las investigaciones de Margaret, la genialidad no necesita el aplauso de la pajarita de lunares ni grandes presupuestos para sostenerse. Es un plato pulcro, incontestable y cargado de una memoria tan sólida que es imposible de ignorar. E imposible de olvidar.
Ingredientes (para 1 litro):
  • 200gr. de espárrago blanco
  • 1 rebanada de pan de sandwich
  • 50gr. de almendras
  • 1/2 pepino 
  • 1/2  manzana
  • 1 diente de ajo
  • 150ml. de agua
  • Hielo
  • Sal a tu gusto
  • Vinagre de vino
  • Aceite de oliva
  • Decoración: aromáticas frescas y un poquito de zumo de remolacha.

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes menos el hielo, en el vaso de la trituradora. Licua, corrige de sal y añade hielo.
  2. Sirve bien fresco con unas aromáticas frescas por encima y un chorrito de zumo de remolacha que le aporta un punto muy especial.
 
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