Continuamos con nuestro viaje, el que hemos iniciado
aquí y
aquí. Nos hemos quedado en Viena y prometo que vamos a regresar allí pero antes vamos a desviarnos un poco de los pasos de
Salomón para centrarnos en los de Aníbal. No vamos a relatar sus batalleos y mamporros con el Escipión -al que llamaron el Africanus-porque esa es otra historia de sangre, muerte y traición que no voy a abordar porque bastante tenemos con lo que ahora mismo está pasando en nuestro mundo.
No, hoy volvemos a la península Ibérica para contar la historia de nuestra segunda olvidada por la historia. Se trata de una princesa íbera nacida en Cástulo (Linares en Jaén). Aníbal Barca preparaba la conquista de Roma en Cartagena Nova pero necesitaba el apoyo de las tribus locales para no verse con el paso cerrado si la cosa se ponía fea.
Aníbal e Imilce se casaron en la primavera del 220 a.C. en el templo de la diosa Tanit en Qart Hadasht, en Cartagena Nova. Allí vivieron juntos y allí alumbró a su único hijo. Apenas tenía un año su bebé cuando abandonó la ciudad de camino a Cartago. Las mujeres nobles sabían muy bien cuál era su destino en la vida; ser fieles a las alianzas, alumbrar muchos hijos y servir de rehenes -perdón, de esposas- en los acuerdos militares o políticos.
Pero Imilce era de otra pasta. Puede que estuviera requete enamorada de su esposo, lo que no sería de extrañar porque era listo, apuesto y poderoso. Tenía el don de meterse a la gente en el bolsillo algo que fue una bendición y una maldición en su vida. Pero es lo que tiene ser un general famoso en aquellos tiempos de guerrear todo el tiempo.
Ánibal pudo despedirles en la propia Cartagena pero no, los acompañó hasta Cádiz, el último rincón peninsular y cuentan que ella no dejó de pugnar, con todo su genio y fervor, para que su marido la permitiera acompañarle en su expedición hacia Roma. Ya en Cádiz, durante la visita al santuario de Melkart, el Hércules Gaditano, seguramente para pedirle protección para Imilce y el bebé, ella le increpó:
"¿A mí me impides acompañarte, olvidado de que mi vida depende de la tuya?"
Madre e hijo embarcaron hacia Cartago y el general puso rumbo a Cartagena Nova desde donde partió hacia el norte, abriéndose paso a golpetazo limpio por los Pirineos y los Alpes con sus imponentes elefantes -los 37 pioneros que cruzaron los Alpes siglos antes del viaje de Salomón- y contra todo pronóstico llegó hasta las puertas de Roma que, por lo que sea, no se le antojó tomar y la bordeó pasando de largo. Pero este es un melón que hoy no nos interesa. Seguimos los pasos de Imilce:

Antes de continuar, contar que su nombre en púnico, Hin-Melkert, significa "la protegida de Melkart", el dios cartaginés. Los romanos latinizaron su nombre añadiendo una h, Himilce y se sacaron de la manga un origen griego del mismo... pero nadie sabemos como la llamaron al nacer, cuál fue su nombre íbero. ¡Manda naranjas! ¿Es posible borrar más a una mujer? Claro, luego hay señores que les indigna que vayamos con el hacha del feminismo en la mano pero a ver, qué quieres, ese hacha no es para castrar queridos amigos, es para liberar y hacer notar nuestras vidas por nuestros propios méritos más allá del hombre que nos posee. No es por vosotros. Es por nosotras.
Pero sea como fuera, ella cumplió con su deber y se asentó en Cartago rodeada de enemigos: los senadores, que temían la popularidad de su marido entre el pueblo que flipaba en colores con las hazañas y relatos que llegaban de sus batallitas. No es que fuera algo personal contra Aníbal porque lo cierto es que cualquier general demasiado popular era siempre una amenaza para la oligarquía. Lo de siempre y si bien es cierto que tenía la protección de la familia Barca que era bastante influyente, vivió un calvario amenazada siempre por los políticos, intrigantes corruptos y poderosos que les venía de casta conspirar unos contra otros por lo de siempre: caudales y poder. Y así seguimos.
Y así estaba la cosa, sorteando amenazas día sí y día también cuando Hannón el Grande, el mayor enemigo de su esposo, que encabezó la facción pro-romana durante la Segunda Guerra Púnica, y su avaricia le llevó a negar los refuerzos que tanto necesitaba Aníbal tras su aplastante victoria en Cannas, se le ocurrió ofrecer al hijo de Aníbal en sacrificio, el hijo del mismo hombre que estaba haciendo temblar los cimientos en Roma.
A ver, que Hannón no tenía nada contra Imilce, su odio se nutría de los Barca en general y ese pequeño era el símbolo del poder que quería eliminar. Imilce imploró a los sufetes, imploró por las calles e imploró al Senado, ante el que se plantó y encaró de esta guisa:
"¿acaso no deberíais haber lamentado aún más las derrotas si el ritual os hubiera arrebatado el valor de mi esposo?"
Y mientras rugía esta injusticia por la ciudad, envió un mensajero a su marido contándole el peligro en que se encontraba el niño. Aníbal se las ingenió para detener la conspiración ofreciendo a cambio al dios Baal, el sacrificio de 1.000 prisioneros romanos.
Y funcionó. Pero la supervivencia de su hijo costó la vida de un millar de personas. Cuánta carga moral sobre su conciencia a cambio de poder seguir abrazando a su único hijo.
Supo que no tenía muchas salidas pero estaba claro que en Cartago ya no estaban a salvo. No tenía donde regresar porque su ciudad natal, Cástulo había traicionado también a su esposo y a ella misma. La ciudad se había sometido del lado romano y aún así regresó tragándose su orgullo y su rabia.
Pero de poco le valió. Una epidemia de peste se llevó poco después a la madre y al hijo. Murieron solos en Cástulo sin que nadie contara su historia mientras el hombre que aterrorizó a todo un imperio, fue traicionado sucesivamente por Cartago, por su propio senado, por todos. Aníbal pasó los siguientes años huyendo por Oriente Próximo con las tropas romanas pisándole los talones: Siria, Creta, Armenia; la última parada fue la corte de Bitinia, donde el rey Prusias le traicionó también.
Ya ves, desde que se despidieron en Cádiz, nunca más se volvieron a ver. Él murió envenenado antes de caer en manos de Roma. Ella ya llevaba años enterrada en Cástulo. Y la historia le recordó a él por sus propios méritos pero una vez más, sin molestarse en contar la fuerza de ella, como mujer, madre y compañera.

Y esta historia de amor, tan marcada por el desencuentro, tiene que centrarse obligatoriamente en Cartagena Nova, el lugar donde los esposos fueron por encima de todo una familia. ¿Ella le reprocharía al general que entrara en la casa con las sandalias sucias o que dejara la espada tirada por cualquier lugar? ¿Dormirían juntos haciendo la cucharita abrazando el vientre de la madre? ¿Qué sintió él cuando conoció a su hijo? Todo esto está oculto o enterrado en la ciudad porque lo cierto es que no hay ningún monumento o placa que hable de ellos. En Baeza, en la fuente de los Leones, se ha conservado la estatua mortuoria de Imilce por lo que se cree que ese fue el lugar donde murió pero vete tú a saber.
No, esto es justicia culinaria. Había que hacerles un homenaje y aquí lo traigo con este pastel de Cierva que aunque se le puso el nombre en homenaje al famoso inventor del autogiro, lo cierto es que para conocer su historia tenemos que retroceder hasta la cocina andalusí porque, pese a las leyendas que se cuentan -la del cocinero ruso y las cocineras alemanas- este pastel tiene mucha más profundidad en el tiempo y lo que he descubierto te va a sorprender.
No voy a perder mucho tiempo en desmontar las leyendas porque se caen por sí mismas: ni en la cocina rusa ni en la alemana existe tradición alguna de masa dulce con relleno salado. Eso es firma andalusí, no centroeuropea. En cambio, mucho más cerca, tenemos la pastela moruna, que desciende de la misma cocina andalusí. Y no es casualidad que tenga una versión granadina tan arraigada — ambas descienden del mismo árbol. Creo que es evidente que el plato viajó de la península a Marruecos con los expulsados de 1492, no al revés.
Pero aún hay más: con ayuda de
Claude, he sabido de una conexión maravillosa de esta receta con, no te lo vas a creer, las primeras comunidades sefardíes en Viena que llegaron tras el Tratado de Passarowitz en 1718, firmado entre el Imperio Otomano y Austria, que otorgó a los sefardíes libertad de movimiento y comercio. No te lo voy a hacer largo pero mira si estaban a gusto que llegaron a financiar parte del palacio de Schönbrunn.
Y lo mejor de todo; está recogido en referencias sobre la cocina sefardí un pastel murciano -no ruso ni alemán-, repito, murciano de carne con su masa dulce y su relleno salado, herencia directa de la cocina andalusí compartida entre judíos y árabes durante siglos.
No he podido acceder a la receta pero aquí lo dejo, tiro un guante por si alguien pudiera investigarlo con éxito. Sería muy interesante saber como ha evolucionado este pastel viajero, desarraigado y olvidado como los protagonistas de nuestro viaje.
Así que regresamos a Viena. El viaje continúa.
Notas:- Me he tomado la licencia de hacer mis adaptaciones personales. Lo primero que he hecho, ha sido quitarle manteca y azúcar. Me duele la salud solo de imaginarlo. El sabor sigue siendo maravilloso.
- Otro factor, es estético; me he salido un poco del formato popular, adornándolo con una flor y con ese tipo de pliegue. Que me perdonen los ortodoxos.
- Y por último, comentar que he rescatado especias que desgraciadamente en España hemos ido dejando de usar. El azafrán, el comino o la pimienta son especias muy murcianas que a mi gusto, han enriquecido el pastel un montonazo.
- Puede que chirríe un poco ese pastrami pero tengo una grulla que no come jamón. De nuevo, perdón a los ortodoxos.
- Mi fuente, como no, mi querida Catina. La receta original, la tienes aquí.
Para la masa:- 500gr. harina (espelta o trigo)
- 125gr. manteca
- 125gr. yogur griego
- 60gr. miel (hasta 100gr. si se quiere más dulce)
- 3 yemas
- 1 vasito de vino blanco
- 1 pizca de sal
- ½ cdta. de canela
Para el relleno:
- 3 pechugas (o ½ kg de pollo sin piel y deshuesado) cocido y deshilachado
- 3 huevos duros
- 1 cebolla muy muy picada
- 1 cda. de harina
- 2-3 hebras de azafrán
- 1 cda. rasa de comino en polvo
- Pimienta negra al gusto
- Sal
- 1 vasito de vino blanco
- Algo de caldo del pollo si quedara seco
- Algo de aceite para sofreír
- Opcional: pastrami o jamón serrano
Preparación:- Amasa juntos todos los ingredientes de la masa. Haz una bola y deja que repose una hora a temperatura ambiente.
- Cocemos el pollo y los huevos.
- Salteamos en la sartén la cebolla muy picada con un poquito de aceite y dejamos que poche. Añadimos las especias, la harina y seguimos rehogando para que se cocinen un poquito. Agregamos el vino blanco y removemos para ligar bien esta salsa.
- Añadimos el pollo desmigado, el jamón los cocemos un poco para que el pollo coja sabor. Si ves que las pechugas sobre todo, absorben mucho el líquido, puedes echar un poco de caldo de la cocción. A fuego medio alto, rehoga hasta que quede todo seco de caldo. Deja que temple.
- Precalienta el horno a 180-200ºC dependiendo del horno.
- Mientras, forramos con la mitad de la masa un molde redondo de unos 20-22cm. que antes habremos engrasado. Ponemos el relleno y cubrimos con el huevo duro troceado. Estiramos la otra mitad, tapamos el pastel y sellamos los bordes. Lo podemos decorar con los restos de masa a tu gusto. Pincela con un poco de huevo diluido en una cucharada de agua.
- Lo horneas en la parte media del horno hasta que veas que coge un bonito color dorado. Lo normal es que necesites entre 40-45min. Si ves que coge color muy rápido, baja el horno de temperatura. Sirve frío o templado.
