Crema rústica de calabacín y patata con queso

abril 12, 2021
Hay un artículo del periodista y escritor uruguayo Leonardo Haberkorn que rueda constantemente desde hace años por las redes. Es... puf, a ver que digo porque como exprese todo lo que me viene a la cabeza me vas a llamar dramática y con razón. Pero es que tengo en la punta de mis dedos, ronzando casi con el teclado, una sensación brutal de desesperanza, de cagada máxima, de a ver cómo arreglamos todo este despropósito que nos está tocando vivir. El artículo en cuestión, es un refrito a lo copia, pega y corta, de este otro que Haberkorn publicó en su blog en el 2015. Un periódico vio correcto robar el post a su autor y publicarlo sin consentimiento. Tituló el mismo con un "Me cansé... me rindo" mucho más espectacular que el original "Con mi música y la Fallaci a otra parte". Del artículo realmente se borró cualquier alusión a temas culturales de más o menos trascendencia así como cualquier párrafo que requiriese pensar más de la cuenta. Se difundió el mensaje sencillo, bien clarito y sin espesura. Tenía todo lo clave para dar el salto a las redes y como ya se sabe que somos una especie de retuit rápido, pues la cosa lleva funcionando unos seis años saltando por todo el mundo hispanoparlante. Y en este rodar y rodar, se lo he leído hace un par de días a Arturo Pérez Reverte.

Y como no soy especialmente lista, pero sí que peco de empollona, me fui a St. Google y bajo el lema de "Me cansé... me rindo" di con el artículo original de El informante y con esta otra réplica del susodicho porque como sería de esperar, la versión completa con alusiones culturales, trajo tela para varios sastres. Parece que se le acusó al Sr. Haberkorn de viejuno, de pretender enseñar a sus pupilos asuntos viejos, pasados de moda porque se entiende que el pasado, pasado está y que agua de borraja no mueve molinos... ¿o era pasada? ¿o de cerrajas?... pasada o de borraja, lo dicho: queda en ná.

Y así estamos; en ná de ná. El nada más terrible de nuestra existencia. El no querer saber el porqué de las cosas. Esa apatía que impide pensar por nosotros mismos y antes de aprender del pasado, nos lo inventamos y se lo presentamos al público bien picadito para que se lo trague sin mascar. Mentira sobre mentira, manipulación de la historia manoseando y desgastando los hechos que, cada vez con más frecuencia, veo que se usan como opiniones y viceversa, opiniones que nos las calzan como hechos probados. Reclamamos libertad de expresión demasiadas veces sin ton ni son o fuera de contexto sin pararnos a pensar, que esa libertad es estéril si no tienes nada inteligente o razonable o certero que decir. De qué vale tanta educación profesional si pasamos por las escuelas y por las universidades con el cerebro apagado, sin chispa y como relata el artículo, estudiantes con caras absortas y desinteresadas que les atrae más dar likes a selfies insulsos que aprender las claves del oficio.
Y lo malo termina siendo aprobado como mediocre; lo mediocre pasa por bueno; y lo bueno, las pocas veces que llega, se celebra como si fuera brillante.
No quiero ser parte de ese círculo perverso. (Leonardo Haberkorn)

Pero claro, es fácil criticar. A torcer el renglón nos apuntamos todos. Parece que solo contamos con dos opciones: criticar o rendirse, irse con la Fallaci  a otra parte o ponernos a repartir collejas a la vieja usanza. Qué podemos hacer, cuando cada vez veo más mamás empujando carritos de bebés más atentas al móvil que al tráfico; o críos chicos en el coche familiar con una tablet cada uno porque los papás dicen que si no no hay manera de que los niños paren tranquilos. O en la mesa. O cosas peores. Qué podemos hacer, cuando vas de visita a casas donde no existen libros, ni siquiera aquellos tomos de la Espasa que coronaban la mayoría de los salones en mi infancia... que sí, que es verdad que nadie los leía pero mira, se disimulaba. Qué podemos hacer, cuando leo cosas, como esta carta que también rueda por la redes, de un director de colegio que anima a los padres a no enfadarse si su hijo suspende los exámenes porque total, si va a ser artista (dice) no necesita matemáticas o si aspira a músico qué importancia tiene su nota en física. Qué hacer cuando la gente se hace tendencia por sus necedades, cuando todo vale, desde el mal gusto hasta el poco calado moral. Cuando ya no hay comprensión lectora ni en los titulares, cuando nadie es capaz de leer entre líneas, escuchar ambas versiones o simplemente contrastar un dato.

Ya por no saber, no sabemos ni hacer el huevo.

¿Y por qué esta crema de zucchini es diferente? porque he marcado las verduras en la sartén antes para conseguir potenciar el sabor. Fácil, rápido y así voy convenciendo a mi hijo Lucas de que pese a lo que él cree, sí, le gusta el calabacín.


Ingredientes:
  • 2-3 zucchinis pequeños sin pelar
  • 1 par de patatas
  • 1 cebolleta
  • 1 dientes de ajo
  • 500ml de caldo de verduras (puede que algo más)
  • 100 gr. de queso de untar tipo Philadelphia
  • 50gr. de queso cheddar o manchego semicurado
  • Algo de aceite de oliva
  • Albahaca
  • Sal y pimienta

Preparación:
  1. Pela las patatas, las cortas en trozos pequeños y las cueces en el caldo de verduras.
  2. Mientras, corta las verduras y las salteas en la sartén con un poco de aceite de oliva.
  3. Añade las verduras a las patatas junto con los quesos. Deja que cueza 5-10 minutos hasta que el queso se derrita.
  4. Añade la albahaca y tritura la crema hasta que tenga una textura cremosa pero con las pintitas verdes de la albahaca y del calabacín.

Panecillos integrales con verdura y queso

noviembre 23, 2020
ley
Del lat. lex, legis.

1. f. Regla fija a la que está sometido un fenómeno de la naturaleza.

2. f. Cada una de las relaciones existentes entre los diversos elementos que intervienen en un fenómeno.

3. f. Precepto dictado por la autoridad competente, en que se manda o prohíbe algo en consonancia con la justicia y para el bien de los gobernados.

4. f. En el régimen constitucional, disposición votada por las Cortes y sancionada por el jefe del Estado.

5. f. Religión, culto a la divinidad. La ley de los mahometanos.

6. f. Lealtad, fidelidad, amor. Le tengo ley.

7. f. Calidad, peso o medida que tienen los géneros, según las leyes.

8. f. Cantidad de oro o plata finos en las ligas de barras, alhajas o monedas de oro o plata, que fijan las leyes para estas últimas.

9. f. Cantidad de metal contenida en una mena.

10. f. Estatuto o condición establecida para un acto particular. Leyes de una justa, de un certamen, del juego.

11. f. legislación (‖ conjunto de leyes). El Gobierno debe actuar conforme a la ley.

12. f. Cada una de las disposiciones comprendidas, como última división, en los títulos y libros de los códigos antiguos, equivalentes a los artículos de los actuales.
Creo que no hay palabra más arrogante en todo el diccionario. Doce definiciones ha necesitado la RAE para desplegar su largo brazo, con más tentáculos que un pulpo dicho sea de paso. Sí, arrogantes y altaneras son las leyes que rigen lo humano y lo extraterrestre pasando por materias orgánicas e inorgánicas para que ni un solo átomo del universo quede malamente expuesto a la acracia con todas las de la ley. Y es que hay ley divina, de dios, de embudo, de gracia, de duelo, de arrepentimiento, seca, sálica, nueva, universal... leyes para dar y tomar, y lo más irónico, es que siempre nos las venden con paternalismo misericordioso por aquello de repartir justicia, luchar contra el mal, bla, bla, bla. 

Desde luego somos muchos y hay que organizarse. No lo dudo. Y es importante que el bien común prevalezca por encima del individual para proteger al conjunto de la comunidad. Es imperante amparar a los desfavorecidos y más vulnerables, poniendo límite a la gente de mal así cómo levantar barreras contra los genocidas y violadores de los derechos fundamentales de la humanidad. Dí que sí. Pero lo cierto, es que una ley mala deja la puerta abierta a los dictadores y éstos, se ensañan contra las personas para implantar el miedo y el terror a cualquier ser que ose levantar la voz. Hay leyes que condenan a muerte, a 38 años y 148 latigazos si eres mujer y defiendes el derecho de autodeterminación femenino. Y es que, tal y como dijo Menkel, "la injusticia es relativamente fácil de llevar, es la justicia la que duele".
En fin, que la ley es grande y sabia pero también tonta a rabiar. O por lo menos, lo aparenta. En Vermont, una señora para llevar dentadura postiza, necesita el permiso de su marido. ¡Pobres viudas!. En York, Inglaterra, se puede matar a un escocés siempre y cuando lleve arco y flechas, algo que entra en conflicto si se tiene en cuenta que aún está en vigor la ley por la que cualquier ciudadano mayor de 14 años debe practica el tiro con arco a diario. En Carmel, el pueblín californiano del que fue alcalde Clint Eastwood, es ilegal comer cucuruchos de helado por la calle así como usar zapatos de tacón de aguja para no estropear el empedrado. En Canada es ilegal quitarse un vendaje en público o despertar a un oso para hacerle fotos. Puedes matarlo pero no interrumpir su sueño. En Singapur están  prohibidos los homosexuales, el sexo oral y comer o vender chicles. En Liverpool es ilegal que una mujer haga topless en publico excepto si es empleada en una tienda de peces tropicales. Uf, podría seguir el día entero.

Pero me niego. La vida es corta y las tontadas eternas así que hay que ponerse las pilas y centrarnos en lo que de verdad importa porque no hay más de ley que disfrutar a tope de lo grande y de lo chico, sin distinción, y dedicar de vez en cuando tiempo a la contemplación y pensamientos profundos, ya vengan desde la azotea o desde el segundo cerebro que tenemos instalado en el estómago porque a veces no hay que desgastar las neuronas. Con encender el horno, todo apaña'o.


Ingredientes:
  • 500gr. harina integral (usé espelta)
  • 1 sobre de levadura seca para pan
  • 250ml. de agua tibia
  • 1 huevo
  • 2 cucharadas yogur natural
  • 1 cucharadita sal
  • 1 cucharada miel
  • 120-150gr. de calabacín y/ zanahoria y/o queso cheddar o gouda (a tu gusto)
  • 40ml. de aceite de oliva
  • perejil picado

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes para los panecillos en un bol (harina, levadura, agua, huevo, yogur, sal y miel) y amasa con ayuda de unas varillas eléctricas o un procesador de alimentos. Deja reposar la masa unas 2 horas en un lugar templado y cubierta la masa para que no se seque.
  2. Ralla el queso, el calabacín y la zanahoria. La cantidad a tu gusto y puedes mezclar también a tu gusto. Yo hice de dos tipos: de calabacín con queso y de zanahoria con queso.
  3. Divide en dos partes iguales la masa y extiendes cada una enharinando bien para que no se pegue. 
  4. Rellena cada mitad y la pliegas (mira el paso a paso). Cortas los panecitos del tamaño que te venga bien.
  5. En un bol pequeño, pon el aceite y lo mezclas con el perejil picado y pincelas cada bollito. Espera unos 15-20 minutos antes de hornearlos.
  6. Precalienta el horno a 200ºC. El tiempo de horneado depende de cada armatoste pero tan solo cuida que queden bien dorados.

Frangipane con ciruelas

septiembre 29, 2020
Con el paso de los años, este blog ha cambiado y mucho. Ahora para contarte historias debo inventármelas o recurrir a la RAE y divagar con palabrejas cada poco tiempo.  Si vienes por aquí de lejos, sabrás que hace unos años las historietas caían solas y mi papel era de mera reportera, más o menos dicharachera, contando las aventuras de Lucas casi siempre y alguna que otra del resto de la familia para rellenar los huecos; salvajadasrabietas, pellizcos de la vida, cocos, fiestas, cumpleaños... ¡hasta escarlatina!

No sé si es que entonces tenía más chispa para escribir o que mi vida en sí era más chisposa con el cartel de madre colgado a jornada completa. Lo cierto es que siempre pasaban cosas divertidas de relatar y hasta los sustos y sofocones sonaban chisposos a toro pasado. Y esa chispa, ¿cuando se jubiló la muy canalla? porque no recuerdo que se largara con un portazo, o me reuniera con ella en petit comité y me soltara eso de que llegó la hora de explorar nuevos proyectos y experiencias. Tampoco recuerdo ningún ultimatum a lo "o me cuidas o me largo". Solo sé que en algún momento mientras Lucas crecía y se hacía independiente, la susodicha me dejó compuesta y sin novio. 

Somos alegres por naturaleza así que esta es una casa en la que no faltan risas. Ni siquiera en las grandes tragedias. En ellas también se han filtrado las bromas y los mimos. No es falta de jolgorio, no. Son las aventuras, que ya no abundan. En menos de un mes, mi hijo pequeño cumplirá 14 años. Y su vida, como la de cualquier adolescente, está enfrascada en agobios: los deberes, las fragilidades, los miedos, la angustia vital que los lleva a decir cada dos por tres "no aguanto más", la injusticia cada vez que le recuerdo que tiene que recoger la cocina o bajar la basura... está en esa fase volcánica emocional que le absorbe por completo y le impide la mayoría de las veces disfrutar del mundo con la inocencia y frescura de cuando era un enano. Y mi mayor, que en dos meses cumplirá 20 años más que su hermano, continua en el mismo limbo emocional, sin acné y bajando su propia basura, pero aún lidiando con las fragilidades y la angustia vital.
De hecho, me pregunto si yo estaría aún con esas angustias si no hubiera tenido a mis hijos. Si no hubieran estado ellos para dar forma a mi existencia llenándola de aventuras, de cajas de cartón con tirantes convertidas en super bólidos, de playmobils, de legos y de las carreras a urgencias con varios dientes rotos.

Y es que como madre, nunca he tenido mucho tiempo para mis dramas. Cada bajonazo, disgusto, pena o tristeza ha tenido que ser rápidamente superada al ver como les afectaba a ellos. A los niños se les pone esa carita tan asustada cuando sienten que sufres pero no saben del todo por qué. Cuando no tienes a nadie cerca que refleje tu dolor es más fácil dejarte llevar por él pero en el momento en que un enano te clava la mirada con esa mezcla de angustia e impotencia en los ojos, de forma casi instantánea aparcas tus temas y te dejas guiar por ellos, que con las cosas del querer los peques hacen milagros.

No sé por qué hoy me ha dado por pensar en esto. Quizás porque he releído un par de entradas de hace mogollón de años y me ha chiflado ver esa chispa e ingenio que antes calzaba. Y si tenemos en cuenta que estoy en segunda oleada de menopausia prematura, pues el dramón nostálgico está servido.

Este frangipane  ya lo publiqué hace siglos aquí  pero sin compañía. El de hoy es la misma receta de mi querida Yvonne pero con ciruelas de nuestro jardín que le da un toque fantástico. A disfrutarlo.


Ingredientes:
  • 1 plancha de masa de hojaldre
  • 150 gr. mantequilla reblandecida
  • 150 gr. azúcar
  • 175 gr.  almendras molidas
  • 3 huevos
  • unas gotas de extracto de almendras
  • 3 cdas. de maizena
  • 400gr. de ciruelas (o a tu gusto)
Para el glas:
  • 50 gr azúcar glas
  • 1/2 cda. de jugo de limón

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 180ºC. 
  2. Pon la mantequilla, la almendra, la maizena, el azúcar y los huevo (así como un par de gotas de esencia de almendras) en la batidora y lo meclas hasta que esté cremoso y sin grumos.
  3. Forra un molde con la masa de hojaldre. Echa  la masa de frangipane dentro del molde y adórnalo con las ciruelas (deshuesadas y partidas en 4 trozos.)
  4. Hornea hasta que la tarta tenga un dorado uniforme.
  5. Prepara el glaseado: mezcla el azúcar glas con el limón hasta que tengas una crema firme y cremosa. Lo añades por encima del frangipane cuando esté casi frío.

Albóndigas morunas a la andaluza

septiembre 16, 2020
(1ª Parte: Las últimas sultanas)

Tres sultanas éramos las que tuvimos el penoso deber de abandonar Granada. La cristiana, la que se empeñó en que su hijo Nasr reinara por encima de los derechos de sucesión de mi hijo Muhammad, llamado por los infieles Boabdil, y que en su empeño aceleró la caída de nuestro reino. Mi nuera, la dulce y siempre triste Morayma, quien tras su desvalida mirada ocultaba a la corte su falta de carácter y desprendía, en cada uno de sus actos, esa especie de impasivilidad destemplada que acompaña fielmente al temor y la debilidad. Pero no la culpo de nada. Ella hizo lo que se le dijo y de pecar, pecó de sumisión. Ignorada por su esposo y desolada por la ausencia de sus hijos, su vida transcurrió en la más absoluta de las soledades. Jamás me reprochó nada, a sabiendas que la decisión final de ofrecer a los tres niños a la Corte de Castilla fue mía. No se me ocurrió mejor manera de mantener a mis nietos a salvo de la ira de Mulay Hasan y su hermano, el Zagal. Con todo el dolor de mi corazón, hice acompañar a los varones por mi nieta Aixa, mi niña del alma, en la certeza que solo ella podría coger mi testigo a mi muerte. Porque en el Reino de Granada, las mujeres siempre hemos sido ignoradas y ninguneadas a pesar de que, en tiempos de crisis y desorden, hemos sido nosotras las encargadas de tender puentes, alianzas y forjar lazos en favor de la paz y la reconciliación.   

¡Qué error tan tremendo! Jamás me lo perdonaré. Jamás. Tras la vergonzosa captura de mi hijo el Sultán en Lucena, donde el grueso de nuestra tropa se dio a la fuga dejando atrás solo y sin protección a su rey, negociar su rescate fue la tarea más humillante –o eso creía yo- que me tocó sortear. Además de los caudales y los centenares de cautivos que tuvimos que liberar; además de vernos obligados a jurar vasallaje a los Católicos, además, se nos requirió que mis nietos y hasta una docena de infantes de las más grandes casas nazaríes, fueran entregados como rehenes en garantía de nuestro cumplimiento. Y como tuvo que mediar Doña Isabel en tales negociaciones -porque su nobleza castellana abogaba por no liberar a mi hijo, y no con contundentes amonestaciones sino más bien con el flojo propósito de contradecir al de Aragón- y aprovechando cierta correspondencia privada que mantuvimos, tuve a bien la de pedir a la reina que tomara a mi nieta Aixa también como rehén y que la salvaguarda en su corte.  

Fui consciente que los niños iban a ser criados en las costumbres y religión cristiana. Era un precio bajo si eso les mantenía con vida. Mis más leales aliados, los Abencerrajes, aprovechando sus buenas relaciones con la cristiandad, los visitaban a menudo y les recordaban su destino y su santa obligación de salvar el Reino Nazarí. Mi nieta Aixa entró a formar parte de las damas de Doña Isabel, cercanía bien medida y labrada para garantizar la continuidad de nuestra correspondencia personal, a salvo de manos y miradas indeseadas. 

Lejos estaba de imaginar que las interminables y crueles desavenencias entre mi familia, que ya arrastraba tantísimos años de muertes y guerras intestinas, estaban a punto de finalizar y que, bajo los romanos arcos de la puerta de Elvira, verían mis cansados ojos traspasar las huestes cristianas, con sus estandartes y blasones camino de la Alhambra. Ni en mis peores pesadillas pude imaginar que mi última orden en Granada fuera la de pedir que se sellara la puerta de los siete suelos para garantizar que nadie más pudiera traspasarla después de que Abú-Abd-il-Lah Muhammad XI abandonara nuestro reino para siempre. 

De mí se ha dicho que fui la sultana celosa y despechada, la fría, la sexualmente indiferente que empujo al sultán a los brazos de una infiel, que mi despecho me llevó a decir aquellas amargas palabras:
Bien haces hijo, en llorar como mujer lo que no fuiste capaz de defender como hombre. 
Sí, amargas palabras y amargos dolores sentí aquel día. Defender Granada me había llevado a luchar mi vida entera. Y no lo hice por ambición puesto que no hay nada más estéril que una mujer desee poder y gloria. Me casaron dos veces para pacificar el reino; a tres hijos me los dieron muerte y goberné en la sombra para mantener con vida a Muhammad. El coraje que me faltó como esposa, lo gasté como madre. 

Soy Aixa, hija de Muhammad el zurdo, sultana viuda de Muhammad el chiquito, la repudiada por Mulay Hasan y la sayyida al-Hurra madre de Muhammad el chico, llamado el desventurado después de lo de Lucena. Si Dios todopoderoso me hubiera hecho hombre, el reino de Granada no habría caído jamás, pero quiso el destino que el día en el que nací, se sellara el principio del fin del reino andaluz.  


Para la ensalada de cous-cous:
  • 1 vaso (de 250ml.) de cous-cous
  • 1cdta. de especias amarillas para pinchos
  • Agua hirviendo para mojar el cous-cous
  • 1-2 tomates troceados (cantidad a tu gusto)
  • 1/2 granada grande
  • 1-2 cebolletas pequeñas
  • aceitunas a tu gusto
  • sal, aceite y vinagre de Jerez para aliñar la ensalada

Para las albóndigas (para 4 raciones):
  • 1/2 kilo de carne picada (yo uso mixta)
  • 1 huevo
  • perejil picado
  • 1 chalota picada muy fina
  • un diente de ajo machacado
  • especias amarillas para pinchos
  • 1 cdta. de yogur 
  • algo de harina para rebozar
  • aceite para freír

Preparación:
  1. Pon en un bol el cous-cous con las especias. Añade agua hirviendo para mojar el cous-cous sin que se encharque. Lo tapas y deja que repose 5 minutos.
  2. Con un tenedor, remueve bien el cous-cous hasta que se suelte el grano y se temple. Añade el resto de ingredientes a tu gusto y reserva en el frigo para que se refresque un poco.
  3. Mezcla todos los ingredientes para las albóndigas con la carne, haz bolitas y las rebozas en harina.
  4. Calienta una sartén con aceite y las fríes hasta que estén doradas
  5. Para servir: pon las albóndigas sobre una capa de cous-cous. Puedes servir con un poco de salsa de sésamo (yogur, limón, ajo y tahín) y decorar el plato con perejil, rodajas de pepino y de limón.

Pasta con calabacín y salchicha

septiembre 05, 2020
embrutecer 
De en-, bruto y -ecer.

Conjug. c. agradecer.

1. tr. Entorpecer la capacidad de razonar de alguien hasta casi privarlo del uso de la razón. U. t. c. prnl.
La lucha contra el embrutecimiento social no es un fenómeno nuevo. Es algo que los filósofos y pensadores llevan haciendo toda la eternidad aunque este tipo de reflexiones han ido en auge durante el SXX. Guerras, entre-guerras, depresiones económicas, dictaduras... la historia está llena de esperpento y horror y el ser humano se ha preguntado siempre el porqué de tanta inmoralidad social, económica y política. Escucho más de lo que me gustaría, decir eso de que la modernidad, los jóvenes en definitiva, son los responsables de la amoralidad y decadencia de nuestra sociedad. Pero esto solo puede ser fruto de mentalidades cortas de entendederas o lentas a la hora de sumar dos más dos porque eso de que cualquier tiempo pasado fue mejor es la mayor de las falsedades. Es una broma que nos gasta nuestra memoria, que nos embellece los recuerdos pero poco más. 

No, no estamos tan mal pero vamos camino de estarlo. Porque ese embrutecimiento vuelve a echar raíces y nos está arrastrando a todos. Tenemos ceguera, desmemoria y cinismo. Ese doble rasero de toda la vida se ha alicatado de estupidez de arriba a abajo; y es una estupidez muy narcisista que ha crecido como la espuma de la mano de las redes sociales y del fenómeno influencers. Damos crédito antes a un personaje popular que no tiene ni idea de lo que habla, que a un experto bien informado. Y lo de los bulos ya es de parranda; los desmontas y aún así la gente insiste. Somos ignorantes por propia voluntad. Durante muchos años hemos creído que con tener una democracia y una formación cultural -profesional- basta para una sociedad saneada, más responsable y civilizada. Y entonces, ¿qué nos está pasando?
En lo que nos es posible alcanzar, el único sentido de la existencia humana consiste en encender una luz en las tinieblas del mero ser.
Carl Gustav Jung
Pues parece que nos hemos pasado de rosca. Somos una sociedad egoísta y egocéntrica, sin más ojos que para el ombligo propio, que vive obsesionada con tener y acumular riqueza a cualquier precio. Y ese no era el plan. ¿Riqueza? sí, pero repartida y nunca a costa de los pobres porque sí, podríamos haber abrazado un capitalismo abierto y basado en pequeñas riquezas pero nuestra arrogancia como sociedad mira con mejores ojos a las oligarquías podridas en dinero y poder que en sufragar a los necesitados. Hablamos de subsidios para gente sin ingresos y se alzan miles de voces diciendo que los vagos, sin ganas de trabajar, van a arruinar a la gente trabajadora. O que los inmigrantes reciben más ayudas económicas que los lugareños. Y bajo estas simplezas, dejamos que la pobreza se ahogue en el mar intentando llegar a nuestras costas y que miles de familias en España no tengan comida que ofrecerle a sus hijos. Y en este punto, es donde la estrechez del alma se alía con la intransigencia intelectual, amasando una amalgama embrutecida que niega lo que no le encaja en su esquema ombligocentrista del  famoso "Ma-me-mí-conmigo".

El embrutecimiento es estupidez en estado puro. Y como dijo Albert Camus, la estupidez siempre insiste. Preferimos ser idiotas socialmente respetables que personas conscientes, con capacidad autocrítica y determinación por cambiar las cosas. Ojo, cambiarlas, no pedir que nos las cambien y nos las sirvan en bandeja. Eso no existe, no ha existido nunca por mucha revolución que nos saquemos de la manga. Porque las masas son fáciles de manipular pero el individuo que piensa, que cuestiona y reacciona es invencible. Y nadie quiere eso. Por eso se nos educa para ser obedientes y buenos trabajadores. Nos ponen la cabeza como un bombo con sobre información, bulos y sensacionalismo. Rendirnos al embrutecimiento parece irremediable.


Ingredientes para 2 raciones:
  • 250gr. de pasta a tu gusto
  • 2 salchichas frescas tipo toscana
  • 1 chalota picada
  • 1 diente de ajo
  • 1 calabacín pequeño troceado sin pelar (he usado la variedad amarilla)
  • un puñado de tomates cherries a tu gusto
  • 1/2 vaso de vino blanco
  • sal y pimienta
  • queso parmesano 
  • albahaca u orégano fresco 

Preparación:
  1. Cuece la pasta en abundante agua con sal.
  2. Mientras, dora en un poquito de aceite la chalota muy picada y el ajo entero. Cuando dore un poco añade las salchichas, sin la piel y cortadas en menudo. Rehoga un par de minutos.
  3. Añade los calabacines, después los tomates y por último el vino. Salpimienta y deja que reduzca un poquito (3-4 minutos). Retira el ajo.
  4. Añade la pasta cocida y escurrida, liga con la salsa. Sirve rápidamente con un poco de hierbas frescas a tu gusto y queso parmesano

Pastel de grosellas con sombrero de avellanas

agosto 22, 2020
Quiso el destino, que el 25 de septiembre de 1983 el oficial de servicio en el búnker Serpukhov-15 fuera Stanislav Petrov. Esta circunstancia, nos salvó la vida a la humanidad o cuando menos, preservó el planeta tal y como lo conocemos. ¿Qué sería del mundo si en los años 80 se hubiera desatado una guerra nuclear? ¿cuántas penurias y miserias les hubiera tocado vivir a los supervivientes?

Es imposible imaginar la magnitud de la tragedia aunque una cosa está bien clara; tenemos un padrecito llamado Stanislav que nos salvó de la hecatombe. Ya nos dejó, se murió a los 77 años de una neumonía el pobre hombre. Pero su vida ha sido la existencia más valiosa para nosotros, los terrícolas que vivimos hoy felices como perdices. O casi, si tenemos en cuenta como está el percal  pero esto es harina de otro costal. 

Te cuento. La guerra fría estaba calentita. Hacía tres semanas que los soviéticos habían derribado un vuelo comercial, el 007 de Korean Air que se había despistado y había entrado en el espacio aéreo ruso. En ese vuelo iban varios norteamericanos y entre estos, un senador. Los humos, como digo, estaban alterados y las tensiones entre ambas potencias eran más que evidentes.

Stanislav había cumplido 44 años hacía unos días. Su padre fue piloto durante la Segunda Guerra Mundial y su madre enfermera. Estudió en la universidad de la Fuerza Aérea Soviética en Kiev y posteriormente ingresó en las Fuerzas de Defensa Aérea, donde rápidamente ascendió en el escalafón.  A comienzos de los 70 fue asignado al sistema de alerta temprana,  y su responsabilidad en el búnker era la observación de la red de alerta por satélite conocida como OKO -ojo en ruso- y en caso de un inminente ataque nuclear por parte de los Estados Unidos, debía comunicar en el acto con los más altos mandos soviéticos así como con el Secretario General del Partido y presidente de la URSS, Yuri Andropov. Y el Yuri y solo él sería el encargado de ejecutar la represalia inmediata contra el territorio estadounidense y/u otros objetivos europeos. La posibilidad de desencadenar de este modo una guerra nuclear era una certeza. Esos protocolos de actuación, ya estaban descritos.
Al coronel Petrov no le tocaba guardia ese día pero a última hora fue llamado para cubrir la baja de un compañero enfermo. En el búnker trabajaban esa noche, 120 personas además del coronel. Minutos después de la medianoche, los sistemas de alarma se activan. Empiezan a sonar las sirenas y los paneles luminosos parecen una verbena. ¿Imaginas la escena? 121 hombres incluido su coronel, con las pelotas de corbata. Un misil acaba de ser lanzado desde una base norteamericana. "Es ilógico" pensó. ¿Los Estados Unidos inician un ataque nuclear y emplean un único misil? Debía de ser un fallo del sistema, pensó. Pero poco después, nueva alarma. Un segundo, y un tercero, y un cuarto, y sí, hasta un quito misil están en el aire. Y una vez más Petrov no se deja llevar por el pánico. Vuelve a razonar "es un sinsentido". Por aquel entonces no había sistemas de autodefensa nuclear, así que ¿qué sentido tenía para el gobierno norteamericano sellar de este modo la aniquilación de su población? Tenía que ser un fallo del sistema, no veía otra explicación.

Así que el coronel 
Stanislav Petrov, con ese mismo par que tenía de corbata, y una vez arrebujados de nuevo entre los calzones, reportó el caso como falla del sistema. No las tenía todas consigo, el órdago era tan tremendo que nadie respiraba aún. Esperaron con angustia el inminente impacto que gracias al cielo no se produjo. Efectivamente, fue una falla. Las sirenas y las alarmas se desactivan. La crisis nuclear había terminado. Resulta que el sol, la tierra y el satélite OKO se habían alineado de tal forma que el ojo confundió la luz solar reflejada en las nubes con el lanzamiento de un misil. Los sistemas modernos tienen de serie este fenómeno corregido pero a los rusos en ese momento, les pilló en paños menores. El orgulloso poliburó soviético sentenció en la necesidad de silenciar el suceso pero ese coronel listillo debía ser castigado. En la Unión Soviética nadie se salta las normativas y el camarada Stanislav Petrov no estaba autorizado a pensar y razonar por si mismo. Debía de haber escalado la alarma y la decisión de si era real o no el ataque, le competía al Comité Central. Así que había que castigarle pero sin hacer mucho ruido. Fue degradado a Teniente Coronel y licenciado un año después siendo condenado al ostracismo, al más puro estilo de la URSS.

No fue hasta la década de los 90 una vez caído el telón de acero cuando un periódico ruso contó su historia. Desde entonces, el mundo se ha hecho eco de su proeza y nuestro padrecito protector recibió distintos premios por todo el mundo en agradecimiento por su decisión. Nunca se sintió un héroe, fue un hombre de esa generación rusa que no se le permitió tener pensamientos propios y personales, aleccionado para la obediencia absoluta y capaz de sacrificar su propia vida por el bien de la madre patria. Pero en esa ocasión, voló más alto; estuvo dispuesto a sacrificarlo todo por el bien de la humanidad. Ole sus bemoles. Y claro, a toro pasado se permitió en alguna ocasión ironizar: "Era mi trabajo", decía. "Pero tuvimos la suerte de que fuera yo el del turno de la noche".

PD: pese a todo, su hijo Dmitri contó que unos meses después del incidente, Stanislav recibió una condecoración "por los méritos rendidos a la Patria en las fuerzas armadas" sin recibir por ello explicación alguna.


Ingredientes:
  • 3 yemas y un huevo
  • 100gr. de mantequilla
  • 100gr. de azúcar morena
  • ralladura de limón
  • vainilla
  • 200gr. de harina repostera
  • polvos de hornear
  • 400-500gr. de grosellas

Para el sombrero:
  • 75gr. de azúcar glas
  • 100gr. de avellanas molidas
  • una pizca de sal

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 180ºC.
  2. Haz una crema suave con la mantequilla, la ralladura, la vainilla, el azúcar, las yemas y el huevo. Añade el harina y el polvo de hornear. Una vez que la masa esté suave y sin grumos, mezcla las grosellas
  3. Trasfiere la masa a un molde forrado con papel y hornea unos 30-40 minutos.
  4. Mientras, mota las claras a punto de nieve y añade el azúcar glas y una pizca de sal Lo bates con las varillas eléctricas o el procesador varios minutos hasta que veas que está completamente hecho el merengue (una crema muy espesa). Añade las avellanas molidas y remueves suavemente con una espátula con cuidado que no se desmonte el merengue.
  5.  Cubres el bizcocho con esta masa y lo vuelves a meter al horno unos 5-10 minutos y solo con el grill o la parte superior encendida (a la misma temperatura 180ºC y sin despegar el ojo del horno que se quema con facilidad). Dejar enfriar completamente.

Tortillas de maíz azul y unas enchiladas rojas

agosto 19, 2020
azul
Quizá alterac. del ár. hisp. lazawárd, este del ár. lāzaward, este del persa laǧvard o lažvard, y este del sánscr. rājāvarta 'rizo del rey'.

1. adj. Dicho de un color: Semejante al del cielo sin nubes y el mar en un día soleado, y que ocupa el quinto lugar en el espectro luminoso. U. t. c. s. m.

2. adj. De color azul.

3. m. poét. cielo (‖ esfera aparente que rodea la Tierra).

4. m. Méx. Miembro del cuerpo de Policía.
Azul cielo, de cobalto, de Prusia o Sajonia, de ultramar, celeste, marino o turquí. Hay banderas azules, diablos, lenguas, principes, zorros y pescados. Pescado infraganti ha sido nuestro más ilustre de sangre azul que no ha sabido estar a la altura de sus desmadres y se ha largado dejando a su real hijo plantado cual framboyán azulado cuajadito de marrones y no de sus fragantes flores de color azul lila como es de ley. Y para más inri, se auto exilia en un país dictatorial donde existe mano de obra esclava, las mujeres están sometidas y privadas de libertad social y la tortura a los reaccionarios del régimen son el pan de cada día. Yo soy de esos españoles que le hubiera defendido su presunción de inocencia hasta el final pero verle huido como un vulgar ladrón sin honor ni principios me repugna. Sí, me da un amarillo cada vez que lo pienso. 

Así que cambio de aires y de azules y me refugio en el unicornio de Silvio porque aunque se extravíe con frecuencia, o nos deje, o algo peor -vaya usted a saber- con su cuerno de añil además de pescar canciones nos facilita infinitamente la tarea de amar más y si cabe, mejor; porque malos y grises tiempos son los que corren entre los anti-todo empezando por los tierraplanistas, seguidos por los pirados del chip del Gates y para que la trinidad sea completa y equitativa, los antimascarillas negacionistas del corona. Y es que, para ciertos males, no habrá jamás antídoto y si algo quiebra la razón es una buena sobredosis de estupidez supina.
Yo muy lista puede que no sea -no me voy a tirar el pisto- pero de tonta no tengo ni un pelo. Y además, privilegiada. Entre otras fortunas con las que la vida me ha premiado, es la de tener un par de joyitas por amigas que valen más que una tonelada de lapislázuli que, todo sea dicho de paso,  es la gema que abre el tercer ojo -no conozco yo ese ojo, así que lo cito de pasada- y equilibra el chacra de la garganta, libera el estrés, aporta paz interior y refuerza nuestro sistema inmunológico y respiratorio. Pues lo dicho, tengo un par chamaquitas cerca que me han presentado al señor maíz azul, al cual no tenía el gusto de haber probado. Karina viene de Guanajuato donde son muy populares las tortillas de este tipo de maíz que es algo más saludable que el blanco; más y mejor proteína, menos almidón y muchos antioxidantes. Un gustazo lo mires como lo mires. Sonia viene de Tijuana, en la frontera con San Diego y allí las azules no son tan populares por lo que hicimos masa de las dos harinas pero ambas, claro está, con maíz nixtamalizado que es el secreto de las tortillas mexicanas. 

Preparamos tacos con pollo y con costillas en salsa de tomatillos, sopes o pellizcadas, rellenas de cosas ricas con o sin cebolla al estilo del norte y del sur y, en definitiva, nos pusimos morados. Sobró como era de esperar y me quedé con el botín. Al día siguiente, dí salida a las tortillas que nos sobraron con una enchiladas rojas con tortillas azules. La salsa de las enchiladas no la preparé desde cero sino que usé una lata de la salsa de chile preferida de Sonia.  Prometo que volveré con unas enchiladas rojas con la salsa casera pero hemos decidido que antes, tenemos que repetir los sopes para traerlos al blog. Y es que, además de comer fenomenal, disfrutamos como micos haciendo las tortillas y poniendo patas arriba la cocina entre trastos y chácharas.

Y fuimos felices y comimos enchiladas.


Ingredientes para las tortillas de maíz:
  • 2 tazas de harina de maíz azul
  • 1 y 1/2 tazas de agua templada (tuvimos que poner un poco más)
  • una pizca de sal

Ingredientes para las enchiladas rojas:
  • 3-4 tortillas de por persona
  • aceite para freír (de maíz o de colza)
  • pollo cocido o asado desmenuzado
  • lechuga cortada en tiras finas
  • queso blanco desmenuzado
  • cebolla blanca (o cebolleta) cortada en rodajas muy finas
  • 1 aguacate cortado en trocitos o láminas
  • 1 lata de salsa de chile el Pato (más un poco de agua y sal para aclarar la salsa. Si quieres que esté menos picosa añade 2-3 cucharadas de tomate triturado)

Preparación para las tortillas:
  1. En un bol, mezcla el harina con el agua templada con la sal diluida. Amasa unos minutos y asegúrate que la masa no se te pega en las manos. De ser así, añade con precaución un poquito más de harina. No es necesario, pero me gusta que la masa repose para que se desarrolle bien la masa. Prueba unos 20 minutos. Haz una pequeña bola de prueba y la aplastas con las palmas de las manos. Si al hacerlo, ves que los bordes se agrietan con facilidad, añade un poquito de agua templada. 
  2. Haz bolitas de unos 30gr. cada una (dependerá del tamaño de la prensa para tortillas) y las vas aplastando. Si no tienes la prensa, coloca un trozo papel de hornear encima y debajo de cada bolita y presiona con una sartén o paellera. Lo puedes ver aquí.
  3. Calienta una sartén (doy por hecho que no tienes comal) y vas asando cada tortilla por ambos lados. Las reservas calientes tapándolas con un paño de algodón limpio.

Preparación para las enchiladas:
  1. Ve friendo las tortillas en una sartén con aceite bien caliente. Las escurres sobre papel de cocina para que pierdan el exceso de aceite.
  2. Retira el aceite y añade la salsa de chile hasta que esté caliente. Si estimas que está algo espesa, añade un poco más agua. Prueba y rectifica de sal si le hace falta.
  3. Baña cada tortilla hasta que se ablande. Pon un poco de pollo, la doblas por la mitad y la colocas en el plato. Por cada comensal 3-4 estará bien. 
  4. Añades por encima un poquito más de salsa a tu gusto y pones por encima una capa de lechuga, queso y cebolla. Añade también el aguacate aunque es opcional.
  5. Puedes acompañarlas con unos nachos o totopos y salsa taquera.

Crema de espárragos y espinacas

junio 15, 2020
Hay algo hermoso que ha sobrevivido a este desastre. Los que tenemos hijos pequeños -o medianos como el mío- en casa hemos visto como el día a día familiar durante la cuarentena ha ido ganando en calidad y armonía. Lucas ha estado feliz como una perdiz. Papá y mamá en casa, sin distracciones, sin prisas, sin estrés. Cuota diaria de juegos en familia, de cocinar juntos, de aprender con papá de profe. Ración doble de masajes en el sofá, jugar al FIFA con dos mandos y ver The Mandalorian con un padre a cada lado.

A los amigos que he preguntado, todos dicen lo mismo. Más armonía, besos y complicidades. Un confinamiento que a los adultos nos ha resultado estresante y desbordado en zozobras, ellos lo han llevado con un sentimiento de "estamos a salvo" y no porque no sean conscientes de la situación ahí fuera, o porque no empaticen con esos niños que viven en casa mal aclimatadas pasando necesidades. No, al contrario, sino porque es la primera vez que han sido conscientes de la inmensa suerte que tienen. Uno de los comienzos de frase más popular en mi Lucas es.. "menos mal que nosotros..." o "qué suerte que nosotros..." y ésto es algo que me hace sentir muchísima admiración porque creo que a veces nos enseñan más ellos que al revés. 
En España, es curioso, noto cierta contradicción. Por un lado los padres se quejan de que los niños están nerviosos o no duermen bien y muchos de mis conocidos reconocen que los peques tienen el síndrome de la cabaña y no quieren salir. Pero ¿nadie piensa que lo mismo los niños no quieren salir porque están de puta madre en casa con su familia más felices que una mani de perdices? como los adultos tienen miedo, ¿los peques también? ¿seguro? Es verdad que en todo el territorio español las medidas de confinamientos han sido especialmente duras para los niños; aquí han podido tomar el aire a diario y eso se tiene que notar pero, en cualquier caso, siempre he tenido la sensación de que los padres y expertos hablan por los niños y no con ellos. Hace un ratito, le comentaba a Estela en una foto que ha compartido en Facebook que siento que somos un país que empatiza mal con la infancia. Tendemos a poner a los niños en nuestra propia piel y no al revés como sería lo lógico. Conozco padres que presumen de hablar mucho con sus hijos pero yo solo presencio interrogatorios. Tenemos esa espina clavada y no damos con ella. Identificarse con los niños no consiste en pensar en tu niñez y aplicarla al crío. Ese sigue siendo un acto muy egocéntrico. 

He criado un hijo en España y otro en Austria y hay una distancia abismal socialmente hablando. Aquí he presenciado una campaña electoral donde la educación fue uno de los puntos fuertes. Cómo se insiste en que la sociedad se debe adaptar al ritmo de los niños y no al revés; de cómo hay que trabajar la individualidad de los menores para que puedan desarrollar su personalidad adecuadamente y no criar a niños iguales que no destaquen unos de otros, que sean en el futuro buenos trabajadores que hagan ganar mucho dinero a los ricos y paguen sin rechistar sus impuestos.  En España, en cambio, el monotema ha sido el pin parental. Que los padres decidan qué, cómo y dónde sus hijos deben respirar, mear y cagar. 

Y respeto a la cuarentena, más de lo mismo. Los parques cerrados y los bares llenos de irresponsables a pesar de que los niños no se ven afectados por la pandemia pero... sí, sí, me conozco el argumento; no enferman pero contagian. Sí, ya, ¿pero un columpio es más peligroso que una terraza en medio de la calle? ¿o que el WC de un bar? ¿en serio? algo turbio tenemos en nuestra sociedad, y no es culpa de los críos.


Ingredientes:
  • 1 manojo de espárragos
  • 1/2 kilo de espinacas congeladas
  • 2 chalotas o una cebolla mediana
  • caldo de verduras (el justo para cubrir)
  • 125ml. de crème fraîche (queso tipo philadelphia en su defecto)
  • queso parmesano a tu gusto
  • nuez moscada, pimienta y sal
  • opcional: un poquito de leche si quieres suavizar

Preparación:
  1. En una cacerola, con un poquito de aceite, salteas las espinacas junto los espárragos y las chalotas troceados. Añades caldo de verduras justo hasta que cubra y lo dejas cocer a fuego lento unos 20 minutos.
  2. Retira del fuego, añade el queso parmesano y la crème fraîche. Tritura bien la crema. Deja que repose unos 5 minutos para que coja cuerpo. Si la quieres de sabor más suave, añade un poquito de leche. Salpimienta y ralla un poco de nuez moscada. Vuelves a triturar otro poquito para ligarlo todo bien. Puedes servir con pan frito o croutons y con trocitos de jamón ahumado o serrano a la plancha

Muffins de avena y arándanos con streusel

mayo 10, 2020
falacia
Del lat. fallacia.
1. f. Engaño, fraude o mentira con que se intenta dañar a alguien.
2. f. Hábito de emplear falsedades en daño ajeno.

Vivimos tiempos difíciles y más se nos complican ante nuestra falta de compresión ante lo terrenal y lo divino. Ya no diferenciamos bien; moralidad frente al oportunismo, las humanidades frente a la política, el bien común frente al egoísmo particular. Así estamos, confundidos hasta la médula e incapaces de reaccionar porque nos han falsificado los argumentos.

Por un lado, nos cuesta horrores aceptar que vivimos en un mundo en constante amenaza. La cultura del bienestar nos ha hecho creer que las miserias, guerras e injusticias vienen siempre de ultramar, de lejos y a través de los noticiarios. No nos damos cuenta de lo precario que es todo cuanto tenemos. Escuchamos testimonios de gente que perdió sus bienes de la noche a la mañana pero no nos sentimos identificados. Nos asusta la idea de perder, claro, pero seguimos convencidos que lo que tenemos en nuestro. Y en vez que agradecerlo, muchos optan por la intransigencia asocial para acaparar lo que consideran que están perdiendo o simplemente, dejando de ganar. En redes, veo desesperación en quién no tiene para vivir pero no ira. Esa la despachan los que protestan porque sus negocios van a dejar de ganar y temen no aguantar el bache. Economía frente humanidad. Muerte, miseria y enfermedad contra el dinero.

Sí, cada uno prioriza como puede, me dirás. Cierto, contesto yo. Pero esta mesura tan simplista no es la que estamos hartos de ver y escuchar porque están tan polarizados los ánimos que asustan las opiniones ajenas. Y es que, a medida que avanza la cuarentena, más gente veo con las escopetas cargadas dispuestos a soltar espumarajos, perdigonazos y cosas peores. Es nuestro carácter, pensarás. Cierto es que nos viene de lejos; solo hay que leer literatura de siglos pasados y comprobar que siempre hemos sido así de pendencieros. Cuando enganchas a Galdos y lees la cantidad de penurias, injusticias, hambre y muertes que padecía España, cuando lees el asedio de Zaragoza o de Gerona, se te cae el alma a los pies y comprendes porqué se luchaba así con uñas y dientes contra el enemigo. "Así como de la noche nace el claro del día, de la opresión nace la libertad" decía Don Benito pero ¿hoy es éste el caso?
No lo es pero nos lo están haciendo creer. Hemos consentido que la política corrompa nuestra moralidad con falacias lógicas, mentiras con trazas de verdad moldeadas al gusto de la ambición particular de cada fracción. Nos enfrentan a falsos dilemas donde nos arrinconan a un "conmigo o contra mí". Los argumentos, acusaciones y críticas están bañadas en engaños tan descarados que abruman sobremanera tanta desfachatez. La cultura del miedo y el odio que con tanto éxito ha abanderado cada guerra y cada revolución de la historia. Repito, cada. Ningún mantra político justifica la barbarie de ninguna afiliación y los muertos se usan para sembrar el terror. Así ha sido y así será siempre. Te dejo con algo precioso que descubrí ayer en Facebook, este decálogo de la lógica que me parece lo más grandioso que he visto en los últimos tiempos. Recomendado para detectar falacias y para evitar que nuestras propias opiniones se manchen de argumentos fraudulentos:

  • No atacarás a la persona, sino al argumento (Ad hominem)
  • No malinterpretarás o exagerarás el argumento de una persona para debilitar su postura (Hombre de paja)
  • No tomarás una pequeña parte para representar el todo (Generalización apresurada o Secundum quid)
  • No intentarás demostrar una proposición suponiendo que una de sus premisas es cierta (Petición de Principio o Petitio principi)
  • No asegurarás que algo es la causa simplemente porque ocurrió antes (Causalidad falsa o Post hoc ergo propter hoc)
  • No reducirás discusión solo a dos posibilidades (Falso dilema)
  • No afirmarás que por la ignorancia de una persona, una afirmación ha de ser verdadera o falsa (Llamada de ignorancia o Ad ignorantiam)
  • No dejarás caer la carga de la prueba sobre aquel que está cuestionando una afirmación (Carga de la prueba o Onus probandi)
  • No asumirás que “esto” sigue “aquello” cuando no existe conexión lógica alguna (Non sequitur)
  • No asumirás que una afirmación por ser popular debe ser cierta (Sofisma popular o Argumento ad populum)


Ingredientes para 12 unidades:

  • 2 huevos
  • 1 yogur natural
  • 1/2 vasito del yogur de aceite de semillas suave (girasol por ejemplo)
  • vainilla y canela a tu gusto
  • 150gr. de harina
  • 150gr de copos de avena
  • 140gr. de azúcar morena
  • 1 sobre de polvos de hornear
  • un par de puñados de arándanos a tu gusto

  • un puñado de pecanas picadas en fino
  • 30gr. de mantequilla
  • 30gr. de azúcar común
  • 30gr. de harina común


Preparación:

  1. Precalienta el horno a 180ºC.
  2. Bate por un lado, los huevos, el yogur, el aceite y la vainilla. Después, añade el resto de ingredientes (menos los arándanos) hasta que esté todo bien ligado.
  3. Ahora haz los streusel: mezcla todo junto (pecanas, harina, azúcar y mantequilla) hasta que tengas como una masa de galletas floja y la desmenuzas haciendo migas.
  4. Rellena los moldes de muffin que antes habrás cubierto con capsulas de papel estándar. Reparte los arándanos por encima de cada unidad y terminas repartiendo las migas de streusel por encima.
  5. Hornea hasta que estén doraditos por encima. 

Sopa de picadillo con arroz

abril 28, 2020
recuerdo
1. m. Memoria que se hace o aviso que se da de algo pasado o de que ya se habló.
2. m. Cosa que se regala en testimonio de buen afecto.
3. m. Objeto que se conserva para recordar a una persona, una circunstancia, un suceso, etc. No he querido desprenderme de los recuerdos de familia.
4. m. pl. memorias (‖ saludo por escrito o por medio de tercera persona).

Todos los tenemos, pero cada cual alimenta los suyos a su manera así que cada recuerdo es personal e intransferible. Incluso los comunes, los que acontecieron compartidos, son únicos y no faltan los debates cuando se evocan en grupo. A veces son solo pequeños matices y otras tantas los protagonistas recuerdan películas completamente dispares. Esto tiene su explicación científica con la cual no voy a gastar estas líneas de hoy; lo guardo para otra ocasión. Hoy los recuerdos van a rondar por otros derroteros, pero no descarto que alguno de los personajes de mi historia diga que eso no fue así o que fue asá. Es una simple cuestión de perspectiva. Y aquí va la mía... 

Pertenezco a una generación donde los sentimientos no había que mostrarlos mucho. Decir un "te quiero" era algo de muchísimo peso y si hoy querías y mañana dejabas de querer, se te podía tachar de persona superflua o de poca talla moral. Sí que es verdad que las mujeres sobre este particular, lo hemos tenido más fácil; hemos podido llorar y expresar amor con más libertad, pero al tiempo, contra más efusiva, alegre y amorosa fueras, más propensa era la gente a tacharte de "locuela", "ligerita", "inocentona"... así que somos bastantes las generaciones que crecimos un poco a lo John Wayne y Ava Gardner, bajo ese cliché de hombre duro versus mujer fatal que tanto se llevaba por aquel entonces. Y eso deja secuelas por mucho que con el paso de los años lo hayamos superado. O no.
Quizás por eso, mirar a la infancia nos hace tan felices. Es después de todo, el periodo de nuestra vida donde más besos, y abrazos, y caricias, y dulzuras, y más de lo más hemos recibido de forma sincera, gratuita... porque sí. Y nuestra mente, que a nivel afectivo es insaciable, se inunda en esas mieles abrigando los recuerdos, manipulándolos para hacerlos más bonitos y entrañables si cabe. Tanto los magnifica, que hay olores y sabores que nunca más volvemos a encontrar. La comida de nuestras abuelas o de nuestras madres cuando nos faltan, son sabores que jamás de los jamases volvemos a reencontrar porque los hemos fortificado en el recuerdo.

Y por eso ante la orfandad, los recuerdos se quedan tiritando, asustados porque temen que ya nadie los arrope y los alimente. Cuántas veces he lamentado no haber preguntado más, o apuntado mejor; cuantos recuerdos de aquellos años, para mí los más felices de mi infancia, los vividos en Daimiel, se habían quedado sin las voces que podían despertar los clari-oscuros de mi memoria de mosquito: recuerdo el olor de los rosales del jardincito, el olor a Tabac que desprendía mi padre, el que salía de la cooperativa de vinos cuando la vendimia así como a los chiquillos corriendo detrás de los tractores pidiendo uvas. Recuerdo el sabor de los polos que se vendían en el parque y del guardés que me daba mucho miedo, igual que los encapuchados en las procesiones y los gigantes y cabezudos.
Y de entre todos los recuerdos de entonces a Ito y a Mila son a quienes más llevamos en el alma. Ya te hablé de ellas cuando te conté mi historia de amor con el espía porque el cariño tan grande que sentíamos por ellas se anudó de tal manera a nuestra infancia, que nuestros recuerdos naufragarían sin ellas al timón.  Cuando volvimos a Madrid, todo cambió y mucho. Asocio ese hecho a la obligación de hacerme mayor. Las visitas a Daimiel cada vez eran menos frecuentes porque es lo que pasa cuando uno crece; se emplea el tiempo en comerse el mundo aparcando un poco lo que viene de atrás. Luego llegaron las enfermedades, las perdidas -nos faltó Juanpe, la ausencia más dolorosa- y me volví cobarde. Apenas regresé al pasado y me conformé con tirar para adelante. El tiempo pasó en un abrir y cerrar de ojos y perdimos el contacto con ellas. Ya sabes que antes no era como ahora porque internet nos permite acercarnos mucho mejor.

El caso es que andaba melancólica y casi de puro sin querer llegue a un grupo de facebook llamado Daimiel en el recuerdo. Subí un par de fotos y conté un poco quienes éramos y donde vivíamos. Había gente que me daba nombres y señas y ahí estaba yo desorientada sin poder poner caras y sin hilar en fino ni una historia. Hasta que vi un comentario de Alberto: "Hola Maite, soy el hijo de  Mila". Casi muero ahí mismo. De amor, de emoción y de sentirme la mujer más suertuda de este mundo porque cuando creía perdidos mis recuerdos de Daimiel, en un instante sentí que el timón volvía a estar en su sitio. Me dio señas de todos, yo recados para repartir cuando la cuarentena lo permita, deseos irrefrenables de volver porque de ella fundamentalmente recuerdo el olor de su piel y su tacto, lo mismo que de Ito. Las caras se desdibujan pero los sentidos siempre están frescos.

Conspiré con Alberto para publicar una receta que fuera muy de Mila para este post. Pensó en la sopa de picadillo de Daimiel que ella la hace maravillosamente bien pero imposible hacerme con higaditos de pollo. Opté por hacerla al estilo de mi madre pero con un truqui de Mila -ese sofrito con la almendra, el ajo y el azafrán- y esta maravillosa sopa que ha chiflado a los chicos, se quedará de hoy en adelante así, tal cual: la sopa del recuerdo. Para probar la de Mila no tendré más remedio que esperar. La vida es impredecible. A veces un fastidio. Otras una delicia.


Ingredientes para 4 raciones:
  • 1 litro y 1/2 de caldo de puchero (o de pollo)
  • 1 ó 2 dientes de ajo
  • unas 6 almendras peladas
  • 1 ó 2 hebras de azafrán manchego
  • 1 taza de arroz (unos 125gr.)
  • un cuarto de pollo ya cocido en el puchero
  • unos taquitos de jamón a tu gusto
  • 2 huevos duros
  • unos trocitos de pan frito

Preparación:
  1. Prepara primero el sofrito para el caldo: en la cacerola, pones un poquito de aceite y saltea los tacos de jamón. Los reservas. añade los ajos en láminas y las almendras partidas ligeramente con el cuchillo. Salteas, añades la hebra de azafrán y cubres con algo del caldo. deja que cueza a fuego fuerte unos 5 minutos. Lo retiras y lo pasas bien por la batidora hasta que quede el caldo muy liso,
  2. Calienta el caldo del puchero con el caldo del sofrito. Cuando rompa a hervir, añade el arroz y  deja que cueza a fuego lento hasta que el arroz esté tierno. 
  3. Unos 5 minutos antes de que el arroz este listo, añade los tropezones: los taquitos de jamón, el pollo troceado y limpio y los huevos duros troceados. Que cada comensal se sirva pan frito a su gusto

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