Es posible que la protagonista de nuestro bonatillo cubano se llamara Henriette Faber. O no. Ya que nadie lo sabe a ciencia cierta porque se hizo llamar Enrique Favez y cuando fue descubierta, se identificó como Enriqueta. Su historia es increíble de principio a fin y es por eso que te voy a dar el boniato con este ser tan brutalmente honesto que tuvo que recurrir al engaño una y otra vez para vivir su vida tal y como le apetecía pasando por encima del mundo como un trolebús. Pero, vamos a contarlo bien desde el principio.
Nació en una familia aburguesada con pudientes de Lausana, en Suiza. Como quedó huérfana de niña, fue su tío Enrique, el barón de Aviver y coronel del ejército francés quien se encargó de ella. Y no era una niña corriente, eso saltaba a la vista; aventurera, soñadora y con ademanes más propios de un muchacho que de una señorita de su clase social.
Desde mi infancia me costó mucho asumir las costumbres de las mujeres. Mi tío, por eso, procuró casarme con el fin de atraerme al verdadero modal de una mujer, pero esto sólo lo hice para dar gusto a mi tío, al cual le pedí a cambio que me llevase consigo a la guerra.
Y con 15 años se casó con Jean Baptiste Renaud , oficial del mismo regimiento que su tío con la condición de acompañarles e ir con ellos a la campaña de Alemania. En batalla vio actuar a los doctores y debió de quedar "tocada" por la vocación de salvar vidas. Poco más de un año después y embarazada de su única hija -quien tan solo vivió ocho días- quedó viuda.
Y se fue sola a París a aprender a hacer lo que ya había visto tantas veces después de cada batalla. Tenía claro lo que quería y tenía claro lo que el mundo no le iba a permitir ser solo por ser mujer. Así que, muy posiblemente con la complicidad de su tío que ni decía ni desdecía, se convirtió en el estudiante Enrique Favez.
Deseosa de ganarme la vida por mi propio esfuerzo y convencida de que, como mujer, solo tenía en aquellos tiempos dos caminos a seguir: el matrimonio o la prostitución, me vestí de hombre y me puse a estudiar cirugía, con el intento de socorrer a los necesitados.
Tras estudiar medicina en la Sorbona y con tan solo 20 años, pasó a ser oficial médico cirujano en el Regimiento de Cazadores número 21, el mismo en el que sirvió su difunto marido. Y como era de esperar, en la campaña rusa de 1812 se reencontró con su tío quien guardó el secreto de su identidad.
Ambos sirvieron también en la campaña española donde el coronel pierde la vida y ella es capturada en Vitoria por las tropas de Wellington. Fue confinada en el Convento de San Francisco de Miranda del Ebro cumpliendo servicios médicos y no hay constancia que su identidad fuera descubierta. Y de haberse sabido, se pasó por alto su "irregular" condición en favor a los servicios prestados en heridos y enfermos porque hay auxilios dignos de salvaguardar y más en guerra. Y esta no fue la primera vez que un convento hacía la vista gorda.
Una vez terminada la guerra, sin familia y sin derrotero fijo, partió rumbo a Santiago de Cuba a bordo de La Helvecia y de allí se asentó en Baracoa.
Sin mudar de traje, así vestida de hombre como estaba acostumbrada y bien hallada en libertad, porque vestida así podía ejercer mi profesión y fortuna, sin idea de hacerle mal a nadie y más bien con la idea de socorrer con mi oficio a los necesitados, como lo he hecho siempre.
Y sin pretenderlo, se convirtió en uno de los poquísimos cirujanos titulados de la región. Atendía a ricos y pobres sin hacer excepción alguna; a esclavos, libertos, enseñaba a leer y escribir; no se le caían los anillos si tenía que recorrer largas distancias auxiliando a los más olvidados. Y como es de suponer, porque la gente para estas cosas es muy agradecida, se ganó el respeto y el afecto de todo el pueblo que lo trataba de santo.
En estas estaba, cuando conoció al amor de su vida Juana, una joven pobre, huérfana y tuberculosa. Y se enamoró a rabiar, vaya que sí. Y se casaron, y no me cabe duda que se amaron, se respetaron y escondieron su engaño. Y Juana recobró la salud. Y fueron felices. Por lo menos hasta que una lavandera descubre que el doctor es una mujer y le va con el cuento al tío de Juana que las denuncia. Y comienza la locura.
Mi vida se funda en un terrible secreto, que en estos momentos no puedo revelarle; quizás lo haga más tarde, pero al presente es imposible. Si usted se casara de verdad, como las demás mujeres, muy pronto sucumbiría. Mi temperamento frío como el mármol, no necesita de las fuertes impresiones del [...posiblemente esta parte fue censura...] ante el mundo seremos dos esposos, pero en la intimidad matrimonial solo dos amigos.
Rosa Suárez, de profesión lavandera, entró en la habitación donde encontró a Enriqueta supuestamente con una cruda monumental y con la camisa desabotonada. Y aunque lo que vio la dejó sin palabras, la lengua después se le soltó de lo lindo porque no paró hasta contarle el chisme a todo quisque. El tío de Juana, que hasta ese momento nunca se había preocupado por su sobrina, presentó denuncia formal y solicitó la anulación del matrimonio.
Este tramo de la historia, la del juicio, no la voy a hacer demasiado larga porque es bastante tediosa. La pilló desorientada y sin asistencia jurídica, cometiendo errores que empeoraron su situación, pero el caso afortunadamente interesó a Manuel Vidaurre.
Vidaurre no era un abogado cualquiera; era Oidor de la Real Audiencia de Puerto Príncipe, es decir, uno de los jueces más influyentes del tribunal colonial. Era un jurista fuertemente influenciado por la Ilustración, tanto que por leer libros prohibidos ya había tenido que dar explicaciones ante la Inquisición. El licenciado aprovechó su posición en el mismo tribunal que juzgaba a Enriqueta para dinamitar el proceso desde dentro. Su enfoque fue magistral:
La sociedad es más culpable que ella, desde el momento en que ha negado a las mujeres los derechos civiles y políticos, convirtiéndolas en muebles para los placeres del hombre. Mi patrocinada obró cuerdamente al vestirse con el traje masculino, no sólo porque las leyes no lo prohíben, sino porque pareciendo hombre podía estudiar, trabajar y tener libertad de acción, en todos los sentidos, para la ejecución de las buenas obras.
El remate final entre fiscal y defensor es hollywoodiano:
"Debe de ser una santa" — dijo el fiscal.
"O mejor, una víctima" — concluyó Vidaurre.
Y la gente se enfadó de lo lindo. El cielo les ha mandado un doctor que es un amor de persona, que maneja la cirugía con una maestría solo al alcance de la clase alta, sanando e investigando sin descanso para salvar a los pobres; y se lo arrebataron sin ningún miramiento, horrorizados porque una mujer hubiera demostrado ser mejor médico que sus colegas varones.
Y encima, con la iglesia hemos topado; el despecho inquisidor bañado de herejía por haber casado a dos mujeres. Mira si querían castigarla, que se emperraron en pasearla desnuda por las calles para escarnio público y ella prefirió el láudano a verse vejada con tanta crueldad.
Afortunadamente las autoridades se lo pensaron dos veces porque el ambiente estaba abrasador: las revoluciones florecían por toda Hispanoamérica e iban cayendo las colonias a puñados. En 1823, con la vuelta del absolutismo de Fernando VII a España, cualquier chispa podía hacer que la isla se levantara y la injusticia con el Dr. Favez bien podía ser ese punto de inflexión. El gentío se hubiera comido a los jueces con tostones antes que permitir tal humillación a su médico.

A Juana se la intentó mantener al margen. El tribunal la declaró inocente por "engaño" y ahí se pierde su rastro oficial. No sabemos si se refugió en el silencio, si alguien la protegió o si simplemente sobrevivió al estigma como buenamente pudo aunque en las cartas de Enriqueta no hay pesar por su destino. Algunos cuentan que se casó con su abogado de oficio y pudo vivir tranquila. Lamentablemente, no lo sabemos. Solo podemos desear que la vida la tratara bien. Se lo merecía.
Enriqueta fue condenada a 10 años de reclusión en la Casa de Recogidas de La Habana. Sus bienes fueron embargados. El dinero es lo que tiene, es goloso para los poderosos. Pero Vidaurre, que para entonces ya preparaba su propio exilio a Estados Unidos huyendo de la persecución política, no la dejó sola. Sabía que sin su protección en la isla, ella no sobreviviría.
Se movieron los hilos necesarios para que el "problema" desapareciera. Tras 17 meses de condena, las autoridades prefirieron poner mar de por medio. Era más seguro deportarla que arriesgarse a un motín popular por mantenerla presa. Por 40 pesos, lo que costaba el pasaje rumbo a Nueva Orleans, se la quitaron de en medio.
A su llegada las Hijas de la Caridad la aceptaron sin reparos. Y aquí de nuevo se ve la mano de Vidaurre porque no eran monjas convencionales. Eran muy hippies para su tiempo aplicando a sus obras una filosofía requeteradical para la época. Su lema era "el convento es la casa de los enfermos" y no vivían enclaustradas.
Ya estoy bien lejos de ti como te prometí antes de que comenzara toda nuestra desgracia. No sé cómo comenzó todo, realmente ha sido como una novela toda mi vida. Ese viaje a la Isla de Cuba no me dejó ser más la misma mujer o mejor el mismo hombre.
Enriqueta fue un regalo de dios en la congregación y sus problemillas de identidad se enterraron sin pena ni gloria. Y bajo el nombre de Sor Magdalena siguió ejerciendo la medicina con los pobres, siendo partera de presas y enfermera en epidemias. Viajó como misionera a Veracruz y Guadalajara. Con las Hijas de la Caridad tenía libertad de movimiento y siguió haciendo lo que más le gustaba en el mundo: cuidar a los más necesitados.
Hay quien afirma que llegó a ser madre superiora de la congregación. Puede ser. O no, porque un escándalo como el suyo se podía enterrar pero no olvidar. En cualquier caso, viniendo de ella todo es posible. Usó el frac, el uniforme militar y el hábito con tal de ejercer la medicina y cumplir con su juramento hipocrático. Y amó a Juana la vida entera. Renunció a ser hombre y a ser mujer. Renunció a todo menos a su amor.
El 23 de mayo de 1846, 22 años después del juicio, es decir, 22 años sin Juana, escribió esta carta tras enterarse del rumor de la muerte de Juana:
No puedo pensar que lo que me dicen sea verdad. No puedes haber muerto sin yo verte, mi vida se apagará si no tengo la ilusión de reeditar los días más felices de mi vida que fueron a tu lado. Nunca te culpé por lo que pasó, fueron todos ellos los que no entendieron que nos amábamos pese a todo. Solo quisiera que lo que me dicen sea mentira; por favor escríbeme aunque sea solo para saber que estás viva. Te quiere, Enrique.
122 palabras. La carta viajó de Nueva Orleans a La Habana y siguió el trote de los caballos del Correo Real hacia Baracoa. Juana, efectivamente, había muerto tiempo antes. Sor Magdalena nunca supo si su carta llegó.
Murió el 17 de octubre de 1856 en Nueva Orleans, a los 65 años, vistiendo los hábitos de las Hijas de la Caridad. Fue enterrada en el cementerio antiguo de Nueva Orleans. En 2005 el huracán Katrina destruyó su tumba. En Baracoa, la calle donde vivió lleva su nombre.
Ingredientes:
- 600gr. de boniatos (aprox. 1 o 2 piezas grandes)
- 125gr. de panela rallada o granulada
- canela y cáscara de limón
- 1 chupito de ron dorado
- 50-75gr. de coco rallado a tu gusto
- 200ml. de leche de coco espesa
- 1 pizca de sal
Preparación:
- Asa o cuece al vapor el boniato hasta que esté la carne blandita. Pásalo por la trituradora y lo reservas.
- Mientras, derrite la panela con canela, la ralladura de limón y el ron. Diluye hasta que casi esté al punto de caramelo.
- Retira la cáscara de limón y añade el coco rallado, la leche de coco espesa y una pizca de sal. Lo cueces a fuego medio sin dejar de remover hasta que cuando cojas un poco de la crema con una cuchara y pasas el dedo la crema no se reúne pero aún tiene una consistencia líquida. Ten en cuenta que al enfriarse va a cuajar más la crema.
- Deja enfriar y sirve con un poco de canela por encima.
