Gazpacho de espárragos y manzana

junio 18, 2026
Una joven Margaret, que acaba de graduarse en Harvard, inicia su doctorado de Historia de la Ciencia en Yale. En una reunión informal entre profesores y alumnos pregunta si alguna vez ha habido mujeres científicas y, tras unas sonrisillas condescendientes, recibe un no como una catedral: no, no hay ni ha habido y las que pudieran considerarse como tales, solo trabajaban para científicos. Masculinos, evidentemente. Únicamente podemos hablar de dos excepciones:  Maria Mitchell y Marie Curie.

Y aquí es donde a Margaret W. Rossiter le explota la cabeza. Como que no se lo cree. Le suena todo a arrogancia y ninguneo. Y en un brote de "pues va a ser que no me lo creo" se viene muy arriba y le dice al profesor de la risotada, el de la pajarita a lunares y la pipa desconchada, "Si no le importa profesor, sujéteme el gazpacho" y a ver qué pasa.

Y pasó lo que tenía que pasar.
Me dijeron que escribir la historia de las mujeres en la ciencia sería un proyecto muy corto, que lo terminaría en una tarde. Me tomó cuarenta años demostrarles lo equivocados que estaban.
Consiguió una beca Harvard y así pudo estudiar el panorama. Profundizando tan solo en un libro -el American Men of Science- rescató, escondidas entre las referencias masculinas, las biografías de quinientas mujeres científicas. 500. Qui-ni-en-tas. Y aquí no hay diptongo que valga. Quinientas, de golpe y sin despeinarse. Y de nuevo se vino arriba, esta vez con un coraje y una mala chufa que no hay gazpachera para contener tanta sopa.

Y siguió adelante, vaya que sí. Si cada barrio tiene su loca, primero en Yale y luego en Cornell tenían a la lunática de las científicas quienes en ese momento sonaban un poco a meigas. O sea, que haberlas, haylas pero si preguntabas por ahí te iban a decir que casi que no. Que si eso, un par de Marías y para de contar. En suma, la cantinela oficial, erre que erre.

Por lo tanto, no es de extrañar que sus investigaciones, dado el poco interés que despertaron, se pusieran cuesta arriba. Algún rechazo, tibieza en las comunidades tanto científicas como históricas, años de profesora sin plaza fija y sin medios para seguir con lo suyo. En fin, que era como para quitarle las ganas a cualquiera. De hecho, fue un tiempo en el que ella misma decía sentirse como algunas de las mujeres sobre las que escribía.
Creo que soy como un disco de 78 rpm en un mundo de 33.
Pero a su puerta tocó esa extraña ánima que a veces se digna en cruzarse en nuestro camino -mitad constancia mitad suerte- y tras conseguir una beca Guggenheim, volvió a tener algo de estabilidad para centrarse en sus trabajos. Y el fruto de esos meses de investigación vio la luz en 1982 tras publicar el primer volumen de Women Scientists in America. Bravo Margaret. Menos mal que no te rendiste. 
Y todo cambia de golpe. Críticas positivas en el New York Times, Nature y Science. Más becas, la ansiada cátedra y más tiempo para publicar artículos que hablan de ellas. Es en 1993 cuando publica un artículo donde acuña por primera vez el concepto Efecto Matilda. 
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
¿Y por qué Matilda? Por la reina entre las reinas: Matilda Joslyn Gage. Qué mujerona, por dios. Este blog tiene una deuda con Doña Joslyn y prometo concederle una receta honorífica muy pronto porque su vida es de lo más apasionante. Todas las mujeres de este planeta -e incluso marcianas- deberíamos conocer su vida, obra y milagros. Porque ella es el modelo a seguir, es la constancia, el pensamiento. Es el catecismo de la igualdad, de la libertad. No solo por su lucha a favor de las mujeres; también por la libertad de los esclavos, por los feminicidios de las "quemas de brujas" y por supuesto, por los nativos americanos de los que aprendió mucho conviviendo con los Haudenosaunee. Grande y única que fue borrada de la historia americana por ser extremadamente incómoda.

Y de aquí en adelante, la vida de Margaret -hasta su muerte a los 81 años- transcurrió de premio en premio y reconocimientos a su trabajo. Porque antes del Women Scientists in America, solo se hablaba de las dos Marías y ella sola evidenció con datos, hechos y referencias probadas, que existía un sesgo sistémico perfectamente demostrable. Gracias a sus tres tomos de Matildas, los historiadores de los 90 empezaron a revisar los archivos de sus propias universidades, encontrando más y más Matildas por todas partes.
Las mujeres no estaban ausentes de la ciencia; estaban ocultas a plena vista, registradas como asistentes, secretarias o esposas, mientras los hombres se llevaban los títulos y los presupuestos.
Desde entonces, los historiadores científicos no han parado de cuestionar las versiones oficiales y están consiguiendo que se reescriban como es debido. Las pruebas reunidas por Margaret son irrefutables. Porque una cosa son hechos y otra opinión. Porque el suyo es un trabajo tan pulcro, tan sólido, que las instituciones gubernamentales y las universidades se vieron arrastradas por el Efecto Matilda reasignando cátedras, financiación y reconocimientos.

Aparte del trabajazo tan impecable de investigación que realizó, lo que consiguió Margaret fue dar marco académico a la desmemoria, a hechos que antes fueron difusos e invisibles. Y eso fue rabiosamente poderoso porque cuando un fenómeno tiene nombre, existe. Se vuelve real, palpable, se puede citar, debatir y por supuesto, es denunciable. Antes del Efecto Matilda no existía vocabulario ni contexto para reflexionar sobre el patrón del menosprecio científico.

Es más. Yo diría que fue el Efecto Margaret el que cambió la ciencia, para bien y para siempre.
Si las jóvenes no ven que hubo mujeres antes que ellas haciendo ciencia de alto nivel, creerán que el laboratorio no es su lugar. Robar la historia de las mujeres es robar el futuro de las niñas.
Esta sopa fría es el Efecto Matilda hecho alimento. Las gotas de remolacha salpicando la superficie representan la rabia y la indignación frente al menosprecio. Son gotitas incómodas, que muerden el ojo y desafían lo establecido. Pero al meter la cuchara y saborear este gazpacho de espárragos, descubres que, al igual que las investigaciones de Margaret, la genialidad no necesita el aplauso de la pajarita de lunares ni grandes presupuestos para sostenerse. Es un plato pulcro, incontestable y cargado de una memoria tan sólida que es imposible de ignorar. E imposible de olvidar.
Ingredientes (para 1 litro):
  • 200gr. de espárrago blanco
  • 1 rebanada de pan de sandwich
  • 50gr. de almendras
  • 1/2 pepino 
  • 1/2  manzana
  • 1 diente de ajo
  • 150ml. de agua
  • Hielo
  • Sal a tu gusto
  • Vinagre de vino
  • Aceite de oliva
  • Decoración: aromáticas frescas y un poquito de zumo de remolacha.

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes menos el hielo, en el vaso de la trituradora. Licua, corrige de sal y añade hielo.
  2. Sirve bien fresco con unas aromáticas frescas por encima y un chorrito de zumo de remolacha que le aporta un punto muy especial.

Nougatknödel o pelotas de sémola y nougat

junio 15, 2026
Querido lector, lectora o lectore. No voy a perder tiempo en gramáticas varias porque no merece la pena. Ya sabes, a buen entendedor y sobre todo sin recelos. Lo que sí -pero sí que sí-, es hacer esta denuncia de género que me está agriando las entrañas. No es una guerra contra la masculinidad. No es guerra, insisto. Ni confrontación. Ni un pulso a ver quién es más listo. Es denuncia, con pruebas, con hechos -irrefutables y demostrados- y sobre todo, es dejar a las claras la desfachatez que hay alrededor de las Matildas.

Porque, aunque con mucha lucha y empeño, han conseguido que se les reconozcan sus logros, la comunidad científica ha ninguneado sistemáticamente "las consecuencias" -o algo parecido-, de aquellos científicos varones que se apropiaron sus logros. Ninguno de ellos, por descarada que haya sido su apropiación, ha sido cuestionado. No ha habido Knödel suficientes -ni con nougat ni con pepinillos en vinagre- para poner en duda el honor científico de estos señores.
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Y es que de una forma u otra, todos son culpables. Hasta las mosquitas muertas que alegan "ignorancia". Venga hombre. ¿Qué investigador que se precie, que sus conocimientos puedan ser tenidos en cuenta, no ha leído el trabajo de sus colegas o ha hablado de ello con otros científicos? Eso se llama progreso y por eso había sociedades científicas. Y así es como ha avanzado la ciencia. Dicho de otra forma: un científico deja un trabajo en un punto y llega otro y sigue trabajando en ello y luego otro y tal. Por lo tanto, menos lobos caperucita.

Mira lo que son las cosas: estaba yo aprendiéndome la vida, obra y milagros de la Matilda Marthe Gautier, cuyo robo tiene traca como pasa con todas pero ella sangra especialmente más porque es contemporánea, porque no podemos caer en la condescendencia de "Ay, es que en aquellos tiempos la sociedad era así". No, no. Marthe es de los tiempos donde la mujer se echa a la calle día sí y día también a denunciar y denunciar y denunciar. Es de los tiempos en los que las constituciones europeas dicen que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos y bla, bla, y bla.

¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba yo leyendo en la Wikipedia el caso Marthe Gautier donde se describe de forma correcta el ninguneo y acoso que recibió por parte de Jérôme Lejeune, cuando hago clic en la vida de este impostor y no te lo pierdas: en un mismo sitio, la Wiki, se juega a dos bandas y sin pudor alguno le atribuyen al Lejeune el hallazgo de Marthe diciendo textualmente que "Jérôme Lejeune fue el protagonista y motor del descubrimiento". Toma ya. Y la lista de premios y reconocimientos es tremenda. Y encima se inició un proceso de beatificación y canonización. ¿Puede haber una arrogancia y un ego más enfermo?

Indignación. Pero aún hay más. Repasando mis Matildas, mira en qué lugar han quedado sus impostores.
Los impostores

Alice Ball y Arthur L. Dean. Él, presidente de la Universidad de Hawái y químico. Ella descubrió el primer tratamiento efectivo contra la lepra. Su impostor, quien le roba el trabajo después de muerta, es un héroe institucional en Hawái y el edificio principal de la universidad lleva su nombre.

Elena Gallego y los jefes de Estaciones Agronómicas de la Dictadura. Ellos, qué más decir. Ella realizó la labor titánica de seleccionar las variedades de semillas más resistentes y productivas de alubias y guisantes, las legumbres del pobre. Su trabajo evitó hambrunas mayores. Ellos, héroes nacionales. De ella no tenemos ni su rostro. No está en Wikipedia.

Eunice Newton y John Tyndall. Él, influyente físico irlandés de la Royal Institution de Londres. Ella,  descubrió el efecto invernadero en 1856, tres años antes que él. Mutiló el rastro de la estadounidense en Europa y barrió su memoria bajo la alfombra de la ciencia victoriana. Da nombre a institutos del cambio climático, cráteres lunares, glaciares y cordilleras enteras.

Ida Noddack, Enrico Fermi y Emilio Segrè. Ellos, vacas sagradas de la física nuclear. Ella dejó escrito, bien clarito, que el Fermi y su equipo (incluido Segrè) no tenían razón y al corregirles describió la fisión nuclear antes que nadie en el mundo. Dijeron que su fisión nuclear era una "especulación absurda" pero se apropiaron de su principio.  Fermi está considerado el "arquitecto de la era nuclear". Segrè fue premiado con el Nobel en 1959.

Mary Agnes Chase y Charles Vancouver Piper. Él, botánico jefe del Departamento de Agricultura de EE. UU. Ella fue la mayor experta en gramíneas del mundo, pero por ser mujer y activista sufragista, el USDA le prohibía viajar con fondos públicos. Tipos como Piper y otros jefes del departamento firmaban los manuales de agricultura y mapas botánicos utilizando los miles de especímenes descubiertos por Mary Agnes. Piper es considerado el "padre del césped moderno" y tiene variedades de plantas bautizadas en su honor.

Nettie Stevens y Thomas Hunt Morgan. Él, genetista estadounidense de la Universidad de Columbia. Ella descubrió que el sexo de un organismo depende de los cromosomas (el sistema X e Y) y él, que era su supervisor, publicó un artículo paralelo robando los resultados de Nettie. El mundo científico le atribuyó el descubrimiento a él. Ganó un Nobel de Medicina en 1933 y se le conoce como el padre de la genética moderna.

¿Ves? Pues no son las únicas. Cuanto más escarbo, más caspa sale: Rosalind Franklin y Maurice Wilkins; Lise Meitner y Otto Hahn, el Nobel que además de "olvidarse" de su socia de toda la vida, también ninguneó a Ida Noddack; Jocelyn Bell Burnell y Anthony Hewish; June Almeida y sus colegas del Common Cold Research Centre; Katalin Karikó y la Universidad de Pensilvania... y espera que  saldrán más, de eso estoy segura.

Y si aún te quedan dudas de mi denuncia, de mi teoría de que ningunear Matildas sale gratis, te cuento casos cambiando de sexo. Varón contra varón, a ver como salieron las cosas:

Newton contra Leibniz a causa de un cálculo matemático. El Isaac se puso muy folclórico porque culpó al Gottfried de haber espiado en sus notas y le robó el tinglado. La cosa no estaba nada clara pero el Newton, que era el presidente de la Royal Society, montó un comité formado por amiguetes para acusar a Leibniz de ladrón. Nunca quedó claro el robo pero el Leibniz se la cargó.

Otro. Robert Gallo contra Luc Montagnier. En la década de 1980, Luc Montagnier -del Instituto Pasteur- aisló el virus del SIDA y le envió muestras al estadounidense Robert Gallo. Éste, por sus bemoles, publicó el hallazgo dando a entender que era propio, atribuyéndose el mérito. Se lió parda. Tuvieron que intervenir los presidentes de  Francia y EE.UU. para firmar un tratado internacional y repartirse los beneficios a medias. El laboratorio de Gallo fue investigado por fraude. Robert Gallo se quedó castigado y sin Premio Nobel.

Y otro más. Urban Le Verrier contra John Couch Adams a costa del planeta Neptuno. Le Verrier se apuntó el tanto y se volvió a liar parda. De nuevo crisis diplomática entre franceses y británicos. Solución salomónica. Ambos son codescubridores oficiales.
¿Ves lo que yo veo? cuando el afectado es varón tiene voz y puede hacer ruido para defenderse. Las instituciones de su país, hasta los cuerpos diplomáticos, sacan los dientes por él en la obligación de defender el orgullo patrio. Algunos se juegan premios Nobles y se ven obligados a litigar por su honor y cosas peores.

En cambio, a las Matildas, la comunidad científica aplicó -aplica- la ley del silencio. Sin presencia en academias, ni derecho a voto, ni redes de influencia, ni siquiera sitio en universidades; a tipos como Arthur Dean o Jérôme Lejeune les bastó con cerrar la puerta del laboratorio, poner su nombre con luces de neón y esperar a que el tiempo hiciera el resto. Encumbrados por ningunear a mujeres. Otro gallo hubiera cantado si hubieran robado logros a otros compañeros de profesión.

El Efecto Matilda no es algo del pasado. Es viejuno, sí, pero actualmente en uso. Me llama la atención que este ejercicio, procedente de una paletita guisandera de letras para más inri, no sea una denuncia colectiva de científicos de ambos sexos. Porque son ellos los que deberían estar sangrando a chorros.

De hecho, este efecto es el resultado de una investigación de Margaret W. Rossiter que durante años fue tratada como la pesada de las Matildas pero todo tiene su porqué. Estando ella en la universidad, allá por los 70, se le ocurrió preguntar ingenuamente a algún profesor si había habido mujeres científicas en los EE.UU. durante el siglo XIX. La respuesta fue una risotada y una frase que a Margaret le repateó en las entrañas:
Nunca ha habido mujeres científicas en América. No existen. Estás perdiendo el tiempo.
Y a ver, se encendió como una antorcha. Se puso a rebuscar como una posesa entre viejos libros, revistas, correspondencia, registros universitarios, actas de congresos... y encontró a cientos de ellas: astrónomas, químicas, botánicas, matemáticas... El suelo de la ciencia americana estaba alfombrado con el trabajo de mujeres que habían sido borradas sistemáticamente. Pero éste no fue solo un efecto norteamericano. Hay Matildas por todo el mundo. E imagina las que habrá que aún nadie las ha rescatado de debajo de la alfombra. 
Ingredientes:
  • 250gr. de Topfen o queso quark
  • 1 huevo
  • 1cda. de mantequilla
  • 50gr. de yogur griego
  • Algo de vainilla
  • 40gr. de azúcar glas
  • 130gr. de sémola de trigo o espelta
  • Agua para cocer las pelotas con una pizca de sal
  • Relleno:
    masa de nougat o unos pralinés
  • Rebozado:
    50gr. de Mantequilla
    60gr. de pan rallado
    Algo de canela
    70gr. de azúcar moreno
Nota: En la foto del paso a paso las cantidades aparecen dobles.
 
Preparación:
  1. Monta la clara de nuevo y reserva. Mezcla el resto de ingredientes juntos en un bol hasta que esté bien integrado. Añade la clara montada y deja reposar 3 horas en el frigorífico.
  2. Pon una cacerola con agua y una pizca de sal al fuego. Espera a que hierva.
  3. Con ayuda de una cuchara, haz bolitas con la masa. haces como una agujerito en el medio y le pones un praliné o un trozo de masa de nougat. Cierra y da forma de bolita.
  4. Pon a cocer las pelotas en el agua hirviendo. Baja el fuego lo suficiente para que no borbotee y deja que se hagan entre 8-10 minutos.
  5. Mientras haces las migas del rebozado: en un sartén a fuego medio y sin dejar de remover, tuesta ligeramente el pan rallado en mantequilla. Añade después el azúcar y la canela y remueve un par de minutos para que el azúcar temple pero sin carmelizarse.
  6. Pasa cada pelota por el rebozado. Comer templado para que el relleno aún esté líquido.

Stamppot de col con salchicha

junio 12, 2026
En 1893, en Londres para más señas, un sonado juicio hace retumbar los cimientos del arte a costa de un supuesto Frans Hals que no era lo que tenía que ser. Un reputado marchante de arte londinense llamado Charles Wertheimer se hace con un cuadro que todo el mundo tiene por una obra maestra del famoso pintor barroco. La galería Thomas Agnew & Sons lo compra por una suma astronómica porque sabe que el Louvre está interesado en adquirirlo.

El cuadro pasa de manos y cuando los conservadores del Louvre se ponen a limpiar el barniz y la suciedad acumulada por el paso del tiempo, sobre la esquina donde figura la firma de Frans Hals, aparecen las letras "JL" entrelazadas con una estrella de ocho puntas. Ese monograma es la firma de Judith Leyster. Y se arma el belén.

Este escándalo, que se resolvería de aquella manera en los tribunales, deja en ridículo a los más renombrados expertos en arte de Europa, que llevaban décadas alabando la "fuerza puramente masculina" de un cuadro que, mira por dónde, lo pintó una mujerona de armas tomar. Ja, deja que me ría un rato antes de seguir. 

Pues eso, que una cosa lleva a la otra y en el aire quedó flotando la pregunta del millón: con este método ¿Cuántos pufos más les habían colado los falsificadores? Pues el historiador del arte holandés Cornelis Hofstede de Groot se huele el pastel y se imagina que lo mismo el caso del Louvre es solo la punta del iceberg.  Y vaya que sí. Se recorrió los museos más importantes del mundo buscando la JL y la estrella de Judith en los cuadros atribuidos a Frans Hals  -y otros tantos atribuidos como anónimos- y el follón ya fue mayúsculo.
De Groot en esta primera batida, encontró siete obras de Judith con la falsa firma de Hals. Él dejó el libro de instrucciones marcado y posteriormente se han llegado a identificar hasta 35 obras de la pintora de Haarlem. 14 firmados por Hals, otros cuantos por su esposo y el resto como anónimos, ya que cualquier cosa valía con tal de dar valor a un cuadro no por su destreza e impacto artístico sino por el valor del firmante. Siempre varón, por supuesto.

Pero vamos a hablar de Judith, que es a lo que he venido. Nació en 1609 en Haarlem, Países Bajos. Era la hija de un cervecero local -no es relevante pero mola un montón- y con 20 años pintó El tañedor de laúd, una obra rematadamente buena que siglos después fue requeteadmirada en el Rijksmuseum de Ámsterdam bajo la firma de Hals.

Con 24, ya era una jefaza. Y lo dejó claro al convertirse en maestra de pleno derecho en el gremio de San Lucas de Haarlem, una cofradía reservada a los hombres. No fue un regalo porque tuvo que ponerse farruca ya que, sin pertenecer al susodicho, no podía abrirse un taller ni vender su arte ni tener alumnos propios. Y mira por donde, tenía además de talento artístico una mano magistral para el negocio que floreció rápidamente haciéndole la competencia a sus colegas varones. Y el más eminente era, como no, Frans Hals.

Fueron maestro y discípula al principio de su carrera y se influyeron mutuamente, esa es la realidad. Pero un par de años después de que Judith se estableciera por su cuenta, tuvieron una enzarzada que terminó en los tribunales.  Hals le pirateó un alumno algo que el gremio no lo permitía y como el hombre, muy venido arriba, pensó que ella no iba a tener pinceles suficientes para denunciarle, pues la cosa se lio parda. Porque lo hizo y el gremio le dio la razón obligando a que el pintor más famoso de Haarlem tuviera que compensarla económicamente. 

No contenta, se las vio también con el propio gremio por las abusivas tasas que imponían a sus cofrades. Montó una huelga fiscal junto a otros artistas y se negó a pagar ni un florín hasta que no se bajaran del burro. Y lo consiguió. 

Un año después se casó con el también pintor Jan Miense Molenaer. Fusionaron los talleres y aquí es cuando el esposo empieza a acaparar la producción de piezas mientras ella se encarga del negocio. Y las cosas les fueron fenomenal pero a costa de que su obra quedara ensombrecida por la marca familiar de su marido.

Murió joven, con 50 años. El viudo enseguida empezó a tener problemas financieros porque -menuda casualidad- se quedó sin inspiración artística y comercial. Y sin cortarse ni una pizca, se adueñó de la obra de su difunta. Y a nadie le chirrió el asunto. Ni nadie fue consciente de que las piezas de Leyster habían desaparecido del mapa. Fue literalmente, borrada. 
Tras el bombazo del juicio en Londres, el espíritu de Judith sacudió el mercado del arte porque marchantes, coleccionistas y museos temblaban ante la eventualidad de que sus Hals fueran Leyster. También te digo que el revuelo fue solo de egos heridos porque no existió intención alguna de valorar a la artista como se merecía.  Ego y dinero. Eso fue todo.

Tuvo que pasar mucho tiempo aún para que, con el auge de los museos americanos en los años 20 y 30, el nombre de Judith Leyster empezara a cotizarse como rara avis, porque como apenas se habían recuperado unas 35 obras, tener un Leyster original se convirtió en un símbolo de estatus. Su valor de mercado se equiparó al de los grandes maestros del barroco. Algo de justicia, por fin.

La guinda; con motivo del centenario del escándalo del Louvre, el Rijksmuseum de Ámsterdam y la National Gallery de Washington organizaron su primera gran exposición monográfica. Y bingo: los precios se dispararon moviendo millones de euros en subastas del nivel de Christie's o Sotheby's.

Así que- permíteme la vulgaridad- Judith Leyster le ha hecho la peineta a todo quisque en el mundo de arte. Hasta después de muerta, se ha salido con la suya y por más que han querido silenciarla, ha dejado bien clarito que ella no se calla ni bajo tierra.
Ingredientes:
  • 1 cebolla muy picada
  • algo de ajo en polvo
  • 1/2 col cortada en tiras
  • caldo concentrado de verduras
  • sal y pimienta
  • 3-4 patatas grandes cocidas
  • 1 cda. de mantequilla
  • perejil picado
  • 1-2 salchichas ahumadas a la plancha

Preparación:
  1. Cuece las patatas peladas y cortadas en agua con sal.
  2. En una sartén grande, rehoga la cebolla cortada muy fina con un poco de aceite de oliva o mantequilla. 
  3. Añade la col cortada en tiras finas. Rehoga, salpimienta y añade algo de ajo en polvo. Agrega algo de caldo concentrado de verduras con un poquito de agua, tapa y deja que ablande a fuego medio-bajo.
  4. Mientras, machaca las patatas con la mantequilla y las añades a la col. Rectifica de sal y pimienta y añade algo de perejil picado.
  5. Sirve con salchicha ahumada a la plancha.

Ensalada Eunice de brócoli

junio 09, 2026
Estamos en 2011, en Oklahoma. En concreto en la residencia de Ray y Jana. El matrimonio es muy aficionado a los libros divulgativos antiguos. Desde que Ray se jubiló, se pasean con más frecuencia por ferias y librerías buscando revistas y manuales científicos del siglo XIX. Y así, un poco a lo tonto, es como se hacen con un tomo del Annual of Scientific Discovery de 1857 y se topan con la manzana de Newton del cambio climático. 

Nuestra Newton es Eunice Newton Foote que, agárrate los machos, descubrió el efecto invernadero experimentando con cilindros de cristal expuestos al sol. Trasteando con esto y con lo otro -no me pidas detalles que me desmontas- se dio cuenta de que el dióxido de carbono y el aire húmedo retenían muchísimo más el calor que el aire normal. Concluyó que, si la atmósfera tuviera más de ese gas, la Tierra se calentaría notablemente.
Una atmósfera de ese gas podría darle a nuestra Tierra una elevada temperatura; y como algunos suponen, en algún periodo de su historia, el aire estuvo mezclado en éste en una proporción mayor que la actual, con lo que debería haber resultado necesariamente un incremento de la temperatura provocada por su propia acción y por el aumento del peso del aire
154 años desde que Eunice publicó su estudio sobre el calentamiento global y nadie, absolutamente nadie, había hablado de ella. Ni una universidad, ni un Nobel, ni un doctorado en una universidad de segunda fila. 154 años han sido necesarios para que un geólogo petrolero de Tulsa -amante de ejemplares viejunos que no solo compra sino que también lee- comprendiera la trascendencia del estudio de Eunice Newton e inmediatamente supo que tenía que hablar de ello. Publicó en una revista su hallazgo y la comunidad científica se quedó a por brócoli. O algo peor.
Efecto Matilda Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Porque el padre del efecto invernadero publicó su primer estudio tres años después de Eunice... malo. Y ese estudio comenzaba de esta guisa: "Nada, hasta donde yo sé, se ha publicado sobre la transmisión de calor radiante a través de cuerpos gaseosos"... malo. Y ese padrecito del calentamiento, pues como que no leía estudios de lo suyo ni tampoco ningún colega cercano -de la Royal Society, por ejemplo- que le hubiera podido comentar algo así como: "Oye, John, una mujer en Nueva York ha estado metiendo CO2 en tubos y dice que aquello se calienta una barbaridad". Pues como que no... malo.
Y digo esto porque ahora hay mucho por ahí fuera justificando que el bueno de John Tyndall no sabía nada de los experimentos de Eunice porque no han encontrado la prueba del delito. Vaya, que no hay ninguna nota que diga "Yo, John Tyndall, estando más perdido que Adán en el Día de la Madre, después de dedicar mucho tiempo e instrumental carísimo en medir a lo tonto gases como el oxígeno y el hidrógeno sin obtener ni un solo resultado y viéndome en un callejón sin salida, tuve a bien leer el estudio de una aficionada comprendiendo que la madre del cordero estaba en el dióxido de carbono y el vapor de agua".

Porque eso es lo que hizo ella. Eunice Foote, con cuatro botes de cristal al sol en su jardín, describió en su artículo que el oxígeno y el hidrógeno no aumentaban la temperatura, pero que el gas que se calentaba de forma requetesalvaje era el ácido carbónico. Pero claro, qué iba a saber ella que ni pudo presentar su propio descubrimiento ya que en los congresos científicos las mujeres no siempre eran bien recibidas -o cuando menos se montaba guasa en sus exposiciones- y tuvo que ser un varón de pelo en pecho quien acudiera al rescate y lo leyera en su nombre. 

Y aquí querido lector, dejo este brote de cinismo y si me equivoco en mis insinuaciones que me perdone el espíritu de John Tyndall pero esta grandiosa mujer huele a Matilda a la legua. Porque el patrón y el modus operandi es el clásico sin saltarse ni una coma. Porque yo aquí veo lo de siempre; ese proceso sistemático por el cual una mujer realiza el trabajo, encuentra la respuesta correcta, lo deja por escrito y el colega masculino absorbe el hallazgo, se lleva los honores y la comunidad científica en bloque barre el rastro y lo esconde bajo la alfombra.  

Es increíble que a la sociedad le haya costado tanto admitir el talento femenino. Teniendo pruebas. Teniendo los datos.  Mira hasta qué punto: el estudio de Eunice llegó a Europa y se publicaron dos breves resúmenes. Uno en Escocia y otro en Alemania. El redactor escocés fue tan incapaz de concebir que una mujer hubiera hecho ese descubrimiento que le atribuyó el mérito al maridito. El alemán, por su parte, recortó y copió los datos pero eliminó por completo la conclusión sobre la atmósfera y el clima. Mutiló su hallazgo sin pestañear.

Pero nunca es tarde si la dicha es buena así que voy a poner los puntos sobre las íes que ya va haciendo falta. Te voy a contar todo lo que he aprendido de Eunice Foote, de soltera Newton. Esta es su historia.

Nace en Connecticut y se cría en Bloomfield, Nueva York, que en esa época fue un foco de activismo social muy volcado en el abolicionismo y los derechos de la mujer.  Esto es muy importante de señalar. Luego verás el porqué. Sigamos: se educa en el Troy Female Seminary  fundado por la feminista Emma Willard. Allí descubre su amor por la química, astronomía y meteorología. En el Rensselaer School, aprende experimentación práctica de laboratorio. ¿Aficionada?

Tuvo la suerte de casarse con Elisha Foote Jr., un abogado, juez e inventor que fue el compañero de vida perfecto para poder seguir cultivando sus experimentos e ideas. Se mudaron a Seneca Falls en Nueva York y allí asiste a la famosa Convención de Seneca Falls, la primera gran quedada pro derechos de las mujeres. Junto a su esposo firma la Declaración de Sentimientos, un documento clave para el sufragio femenino firmado por 68 mujeres y 32 hombres. Se convirtieron sin saberlo en referentes de una lucha que a día de hoy, siglo y medio después, continúa peleando la igualdad de derechos.

Ella, aunque fue ninguneada por la comunidad científica, fue una investigadora e inventora fantástica: además de ser la jefaza de hecho del efecto invernadero, presentó un segundo estudio sobre la electricidad estática en gases, patentó un compuesto de relleno para las suelas de botas y zapatos que evitaba que chirriaran y otra patente más por mejoras técnicas en las máquinas de fabricación de papel para conseguir que fuera más fino y de mayor calidad. Ah, y no te lo pierdas, también inventó una cocina con termostatos. Cuando te pelees en la cocina con los reguladores ya sabes en quién tienes que acordarte.

Y murió, normal. Era humana. Y las instituciones científicas siguieron ninguneando su primer artículo de física, que mira por donde, resultó además ser el primero publicado por una mujer en una revista científica de los Estados Unidos bajo su propio nombre. ¿Y cómo pudo pasar?

A saber. Puede que al haber sido una notable activista pro derechos civiles, de las primeras encima, la causa pro igualdad se haya podido cegar con su contribución social y legal pero sin escarbar más allá ignorando sus muchos logros. Solo se me puede ocurrir otro motivo.

En cualquier caso, el engranaje de la invisibilización funcionó a la perfección con Eunice. La condescendencia de una comunidad científica internacional que ha expoliado sistemáticamente el talento femenino, queda completamente al descubierto en el caso Eunice. ¡Por favor! que inventó los termostatos de cocina. ¿Cómo es posible que solo haya sido una anécdota para la ciencia durante tantísimos años? 
Ingredientes:
  • 1-2 pellas de brócoli (depende del tamaño)
  • 2-3 zanahorias
  • 1 manzana
  • 10-12 palitos de surimi
  • un puñado de cranberries y/o pasas
  • Aliño: 2 cdtas. de mostaza amarilla, 2 cdas. de sirope de arce, vinagre de vino rosso, sal de especias a tu gusto, pimienta y aceite de oliva)
  • Por encima: unas semillas y/o nueces picadas a tu gusto

Preparación:
  1. Lava el brócoli y pica muy fino. Reserva los tallos para una crema de verduras, por ejemplo.
  2. Ralla las zanahorias y corta la manzana en trocitos. Lo mismo con los palitos de surimi.
  3. Prepara el aliño, lo agitas bien y montas la ensalada.

Polarkaka o pan vikingo al estilo Gudrid

junio 05, 2026
Si te das una vuelta por la wiki o alguna web similar, te vas a encontrar con cosas como que Gudrid Thorbjarnardóttir -a partir de aquí Gudrid sin más porque el apellido no hay quien lo escriba- era una doncella islandesa hija de un vikingo de armas tomar. Y yo me parto, claro. Porque esta señoraza era una vikinga de rompe y rasga que no se achantó ni ante la vida ni ante el demonio. Ni ante el papa de Roma. Pero, como en toda buena historia que se precie de serlo, hay que empezar por el principio.

Nació en Islandia hace un porrón de siglos -por el X más o menos- y sí, era hija de un vikingo muy vikingo que hacía cosas de vikingos: navegar y soltar mamporros. Por lo que sea Gudrid iba siempre que podía con él, muy probablemente porque le iba también el jaleito. Y aunque no lo parezca, estos bestiajos del norte -que a brutos no los ganaba nadie- eran muy dados a respetar a sus chicas como a iguales -ay, estos salvajes, qué cosas más raras hacían-. Así que no era raro que en sus expediciones se apuntaran las más bravuconas, esas que -de haber tenido poncho- no se lo hubieran dejado pisar sin liarla parda.

Pues eso, que se fue con su padre y su esposo rumbo a Groenlandia en una travesía que terminó como el rosario de la aurora, porque hay mares que no se dejan domesticar. Y poco antes de tocar tierra, naufragaron. Les rescató Leif Erikson -hijo del famoso Erik el Rojo- y se establecieron tan ricamente en suelo groenlandés. 

Pero en el primer invierno, el marido se resfría -o algo peor- y enviuda. No eran tiempos como para marear la perdiz, así que vuelve a casarse con otro. Este fue bastante partidazo por ser uno de los hijos del Rojo. Pero -ya es mala suerte- este también se resfrió. Y de nuevo viuda y sin hijos. 

Pero Gudrid era guapa a rabiar y había heredado ya un par de veces, así que pretendientes no le faltaban. El afortunado fue un islandés riquísimo, que pasaba por allí comerciando y no se lo pensó dos veces. Mira que le avisaron: ojito con la Gudrid que los maridos se le resfrían. Pero a él le dio igual. 

Y algo que compartían ambos -además del fresquito polar que debía de ser tremendo- eran las ganas por navegar hacia el oeste porque otro vikingo que también naufragó y sobrevivió para contarlo, iba diciendo que había visto una tierra verde, llena de madera y donde las uvas crecían silvestres. Vaya, El Dorado vikingo. 

Y el Leif Erikson, que tenía también ganas de aventura, montó una expedición y, como puedes imaginarte, tanto Gudrid como su tercer consorte, se apuntaron al jolgorio. No llegaron al primer intento -las cosas como son- pero llegaron, vaya que sí. A Terranova que ellos llamaron Vinland, por aquello de las uvas. 
Pero los autóctonos no se lo pusieron nada fácil y se liaron a mamporrazos día sí y día también. Entre soplamocos y golpetazos Gudrid parió al primer europeo en América. ¿Te lo puedes creer? La criatura se llamó Snorri Thorfinnsson, porque el tercer marido no sé si te lo he dicho, se llamaba Thorfinn y estas gentes tenían a bien apellidar a sus vástagos con la coletilla "hijo de" algo que en España nos hubiera venido como anillo al dedo y nos hubiéramos ahorrado siglos de preguntar aquello de "y tú, de quién eres". 

Volviendo al hilo de la aventura americana, en tres años estaban de vuelta porque aquel clima de hostilidades no había quien lo aguantara. Había bosques para todos pero los lugareños más desconfiados, pensaban que si les dejaban quedarse luego lo mismo llegaban en masa a cazar castores, talar árboles y construir rascacielos al raso. Sonaba raro pero a saber que se podía esperar de gente tan rara.   

Y así, con algún que otro coscorrón made in Canada, regresaron a Islandia. Como fortuna no les faltaba, se compraron una granja espectacular y vivieron tan ricamente contando batallitas sobre Vinland. Los años pasan y Thorfinn, aunque no se resfrió que se sepa, la terminó palmando de viejo. 

Gudrid se vio algo aburrida de tanta granja y tantas finanzas y, consciente de que a ella también le quedaba dos telediarios, en el momento en que casó a su primogénito, al americano, le entregó las riendas del negocio y ella, que se había vuelto muy cristiana apostólica y romana, se le ocurrió peregrinar a Roma para saludar al papa de turno. ¿Cuál era? Ni idea, lo cierto es que para esta historia el dato no aporta nada.

Así que embarca de nuevo -por aquello de acortar camino-, desembarca por Dinamarca, Alemania o donde sea y se afana en tirar millas. Cruza los Alpes -ya hay que tener ganas- y se presenta en el Vaticano. Mira, no tengo ni idea de si tuvo audiencia con su santidad o no; no sé si hay documentos que recojan ese momentazo en el que una anciana vikinga se presenta ante el enviado de dios en la tierra; pero quiero imaginar que, chapurreando una mezcla de latín de andar por casa con el padrenuestro, le contó eso de que se aburría en casa y tenía ganas de aventuras, que en Canadá y Groenlandia muy bonito todo.

Y, no te lo pierdas, volvió a casa. Bien sea porque le hizo una promesa al romano o porque ya no sabía qué hacer para no aburrirse, se convirtió en monja de clausura. A ver, ya que no había bingos ni cines, algo había que hacer. Y si algo había aprendido en su viaje, es que iglesias y conventos había que construir. Y así, desde su retiro, Gudrid pasó sus últimos años siendo la mujer más respetada y venerada de la isla. 

Fue una leyenda y con razón. Dejó este mundo habiendo dibujado el mapa del mundo con sus propios pies y recordándole a los suyos que, cuando una mujer del norte decide ponerse el mundo por montera, no hay océano, ni montaña, ni papa de Roma que la pueda detener. Luego la historia como siempre, la ninguneó. Milagros ya sabemos que no se pueden esperar. Porque mucho Erik por aquí y el Rojo por allá. Pero la jefaza, la que parió en suelo americano y sin pedir permiso a nadie, fue ella: Gudrid, la Vikinga. 
Ingredientes:
  • 330gr. de harina de centeno
  • 360gr. de trigo o espelta
  • 1 sobre levadura seca para pan
  • 100gr. de mantequilla blanda
  • 2 cdtas. de sal
  • 2 cdas. de miel
  • 500ml. de leche templada

Notas:
  • Yo he hecho 3 panes grandes pero si quieres puedes dividir la masa en 4-6 piezas individuales.
  • Soy muy fan de la harina de espelta que también he usado en esta ocasión pero puedes usar harina de trigo de fuerza. Puedes usar también alguna parte integral. 
  • En los países donde luchamos con el frío, es muy habitual que templemos un poco los líquidos a la hora de hacer pan. Lo suyo es templarla a temperatura corporal: si la tocas no debe estar ni caliente ni fría. 
  • Los panes, una vez hechos, los puedes rellenar de lo que más te guste. Si tienes opción, acompáñalos con mantequilla casera. Tan fácil como  batir nata líquida fresca y bio hasta que se separe la mantequilla del suero. Este suero lo puedes usar mezclar con yogur y tendrás algo muy parecido al buttermilk, fantástico para hacer desde bizcochos a aderezos para ensaladas. 

Preparación:
  1. En un bol, pon todos los ingredientes juntos y amasa con ayuda de un procesador o unas varillas eléctricas. Siempre suelo darle a la masa un descanso de 5 minutos, para que se absorban bien los líquidos. Después vuelve a amasar un par de minutos más. Deja que la masa fermente durante 30 minutos.
  2. Divide la masa en las porciones que desees (de 3 a 6). Haz una bola con cada pieza y la extiendes dejando que quede más o menos con un grosor máximo de 2 cm. Pincha la superficie de cada pan con un tenedor o con un rodillo perforador de masa. Deja que descansen unos 20 minutos.
  3. Precalienta el horno a 250ºC.
  4.  Hornea los panes unos 10-15 minutos hasta que veas que se han dorado un poquito. Deja que enfríen sobre una rejilla.

Milhojas de berenjena a la Emilia

junio 02, 2026
Cuando José Zorrilla murió, cuentan que en su escritorio había una foto antigua de una Emilia Serrano muy jovencita con una niña pequeña en brazos. Desconozco si guardaba esa foto por nostalgia o por mala conciencia. Dicen que fue muy mujeriego porque tuvo una esposa que no le supo hacer feliz. Emilia sí le hizo feliz y aún así, él siguió a lo suyo, comportándose como un bala perdida de manual. Sea como sea, las esposas siempre tienen la culpa, al igual que las  amantes. Si no son las unas, son las otras. Pobres señoritos, que no dan pie con bola en este mundo por culpa del sexo contrario. Y si no, que se le pregunten a Doña Inés. A ver qué piensa.

Decía, que Don José estaba completamente abducido por Emilia, su musa además de amante, y solo hay que leer sus rimas y poemas dedicados a Leila para acreditar dicho amor loco y desbocado. Pero no tanto como para atarle en corto y hacerle sentir mínimamente responsable por la criatura que había contribuido a traer a este mundo. No se le cayeron los anillos cuando embarcó rumbo a México para poner tierra de por medio y no enfrentarse a sus deudas y desastres domésticos.

Emilia estuvo en el muelle de Cádiz, a pie del barco en el que él se iba para siempre de su vida. Ignoro si en ese momento ella fue consciente. Pero ahí estaba, con su niña en brazos y el corazón asfixiado en tristeza. Tanto le quería, que se jugó su reputación, tuvo que parir clandestinamente y, como audacia no le faltaba, se inventó un marido fantasma; un aristócrata inglés, el Barón Enrique de Wilson, del que enviudó con apenas 18 años, dejándole una inmensa fortuna, el título y una niña llamada Margarita Aurora.

Y como ella vivía entre Madrid y París, la farsa coló requetebien. Así no solo protegía su reputación sino también la de Margarita, inventándose un padre querido y protector que no vivió lo suficiente para verla crecer. El drama en todo esto, es que la pequeña falleció con tan solo cuatro añitos dejando a Emilia devastada, rota, aniquilada.
Hizo como pudo su duelo. Siguió trabajando creando revistas literarias y siendo agente internacional además de gestora de traducciones para obras de Dumas o Lamartine entre otros. Se codeó con lo mejor de la aristocracia de ambos países -con la reina exiliada María Cristina de Borbón y con Eugenia de Montijo, ahí es nada- y en un momento dado, quizás por ese dolor que nunca cesó o puede que hambrienta de inspiración y nuevas experiencias, hizo su primer viaje rumbo a América. 

Emilia tenía 40 años. Había acumulado mucha experiencia profesional y personal. Se dedicaba a comprar derechos de autor, fundar revistas y gestionar imprentas. Y mientras iba montando sus redes de distribución transatlánticas fue creando puentes culturales entre escritores españoles y americanos. Todo financiado de su propio bolsillo.  Tiene especial interés en dar voz a mujeres intelectuales, indígenas, luchadoras y artistas que va conociendo durante esos veinte años que se dedicó a cruzar el charco. Lo hizo hasta cinco veces. 
Hay noches en que el silencio de estas tierras de América se me hace tan grande que pesa en el pecho. El mundo me cree audaz, y acaso lo soy por fuerza, pero detrás de la viajera que cruza los mares no hay más que una mujer que huye de sus propios recuerdos y que busca en el polvo de los caminos lo que la vida le negó en el hogar.
Y en todos esos viajes, además de atender sus negocios, luchó por dar voz a las mujeres y en particular a las especialmente desfavorecidas que necesitaban, más que nunca, equiparar su papel y estatus en la sociedad. Tal vez albergó el deseo que, de las muchas revoluciones americanas que se estaban gestando, alguna tuviera la cordura y sensatez suficiente para que esa nueva burguesía emergente, estuviera a la altura de sus discursos de igualdad, fraternidad y esas cosas. 

Pero ya sabemos cómo fueron las cosas. Esas nuevas y gloriosas naciones, se dejaron fuera a la otra mitad de su sociedad; a las luchadoras, las revolucionarias, se las echó sin miramientos y a las intelectuales se las ninguneó hasta prácticamente borrarlas. Para ellas no cambió el mundo. Y Emilia lo pregonó, lo dijo por activa y por pasiva: sin educar a la mujer y equipararla socialmente, no hay progreso. No hay democracia ni hay libertad. 

Y lo pregonaba con mucha  mano izquierda porque, las activistas pro derechos, tenían muy claro que si pedían el voto o la igualdad jurídica por las bravas, las iban a triturar. Así que los argumentos los dirigían a la sociedad más intelectual y progresista, sabiendo que sin su apoyo no había nada que hacer: 
Si queréis que los hombres del futuro sean ciudadanos ilustrados, cultos y saquen al país de la decadencia, necesitáis educar primero a las madres que los crían, porque la ignorancia de la mujer es la ruina de la nación.
Como ves, Emilia, además de ser una empresaria de éxito, fue una periodista de primera fila. Sabía que para que las cosas cambiaran había que hablar de nosotras y los peligros que acechaban a cualquier mujer de cualquier posición: la sombra de la miseria siempre presente, recordando a todas que con solo ser rechazada por un marido, padre o tutor, no había forma de ganarse el pan de forma digna y autónoma, y por tanto, una mujer sin dinero ni protección, quedaba condenada a aguantar abusos y marginalidad. Hoy en día, poco han cambiado las cosas para muchas. Cuánto esfuerzo y cuánta falta de entendederas gastan algunos.
Se les exige la sumisión del esclavo y el heroísmo de la madre, pero la ley las trata como eternas menores de edad. Es una ironía sangrienta que los mismos hombres que proclaman la libertad de las repúblicas mantengan encadenada la mitad de sus naciones.
Mucho es que seamos consideradas en el hogar doméstico, que no nos separen de los hijos, y que estos deban á nosotras las ideas de virtud y de hidalguía; pero el mundo no puede adelantar mientras sea la ignorancia nuestro lote en la moderna civilización, y mientras no tengamos la independencia necesaria para no temer los horrores de la miseria y las asechanzas de los vicios, por hallársenos vedados todos los medios independientes del vivir. 
Y así fue la vida de Emilia hasta que se hizo muy mayor y ya no pudo viajar. Y hasta que llegó la Gran Guerra y lo cambió todo, y se arruinó, y tuvo que vivir en un cuartucho de mala manera, con sus libros y escritos hasta su último suspiro. Cuando murió, nadie reclamó sus restos y fue enterrada en una fosa común. Nada más que añadir, querido lector porque a buen entendedor, palabras sobran.
Ingredientes:
  • 1 berenjena
  • sal y pimienta
  • 4-5 cdas. de harina de garbanzo
  • agua con gas para hacer la tempura (ver notas)
  • aceite para freír
  • 1 cuña de queso brie
  • 1 par de cucharas de nata líquida
  • Miel oscura de bosque o miel con melaza
  • Para el picadillo: pasta de dátiles, almendras, ajo en polco, aceite y alguna hierba fresca

Notas:
  • El truco de la tempura está en que no quede ni muy líquida ni muy densa. No te pongo proporción de agua porque las harinas no absorben igual. Tiene que quedar cremosa, ni líquida ni espesa. 
  • El agua con gas, si puedes, no te lo saltes. Deja la tempura más aireada y por ende, más crujiente.
  • Las cantidades del picadillo es un poco a tu aire pero tampoco prescindas porque es un toque grandioso para hacer de una tempura de estar por casa en un plato de diez.
  • Para freír, uso mezcla de girasol y oliva a partes iguales.
  • Sale igual de rico con queso brie o camembert. Va un poco a tu gusto. 

Preparación:
  1. Lava y corta en rodajas finas la berenjena. Salpimienta.
  2. Mezcla la tempura hasta que tengas una crema si grumos.
  3. Calienta el aceite en una sartén honda y ve friendo la berenjena bañada en tempura.
  4. Mientras haz el picadillo con un cuchillo cortando en trocitos muy finos o en un procesador de alimentos. Reserva.
  5. Quita la corteza al queso y lo calientas un poco con la nata liquida. Con ayuda de la minipimer, haz una crema.
  6. Montaje: una rodaja de berenjena, un poco de crema de queso y así hasta tener una milhoja de cuatro capas. Termina el planto con un poco de crema por encima, un buen puñadito de picadillo y un chorro de miel.
 
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