Galletas de choco blanco con pistachos y frutas rojas

septiembre 05, 2026
desvelo
Acción y efecto de desvelar o desvelarse.

desvelar
De des- y velar.
tr. Impedir el sueño a alguien, no dejarlo dormir. U. t. c. prnl.
prnl. Poner gran cuidado y atención en lo que se tiene a cargo o se desea hacer o conseguir.
No he conocido a nadie en mi vida que con tanta destreza haya manejado los desvelos como mi abuela Teresa. A lo largo de los años en este blog, son muchas las referencias que he hecho a mis abuelos Teresa y Saturnino pero nunca os he contado su historia. Y hoy, que la casualidad así lo ha decidido, va a ser el día perfecto para contaros su historieta de amor; como las de antes, ya sabes, que nunca se cruzaban ni un te quiero ni una cursilería. De hecho, mi abuelo Satur -así le llamaba ella- fue muchas cosas menos detallista. Creo. No, no lo fue: lo sé.

Érase una vez la guerra. De las peores; de las que mata hermano contra hermano alimentando el odio entre familias, amigos y vecinos. No hay más mala sangre en este mundo que la gentuza que azuza el odio entre iguales. Mi abuelo nos contaba muchas batallitas y en todas ellas, la inquina y la deslealtad estaban siempre presentes. A él también le traicionaron en más de una; la última vez regresaba a Madrid desde el frente y un compañero -eran mensajeros motorizados que llevaban las órdenes de un sitio a otro- le avisó que le esperaban para detenerle.

Y es que mi abuelo Saturnino hacía estraperlo con tanto ir al frente. Por todos era sabido que en ciertas horas de la noche, la guerra paraba y se pasaban cartas, noticias y enseres de un lado al otro de las trincheras. Parece que primero mercadeaba "recados" de los mandos: licores, mantequilla, detallitos para las esposas... Madrid pasaba mucha miseria así que él no desaprovechó la ocasión. Se supone -ni digo ni desdigo- que se quedaba con comisiones con las que compraba sacos de comida que llevaba a la familia. También le daba para ahorrar dinero de ambos bandos porque para lo suyo necesitaba las pesetas con las dos caras.

Así que cuando llegó al Alto Estado Mayor, lo hizo a pie y con las manos en los bolsillos; cuando le preguntaron por la moto y el dinero no soltó ni prenda. Los había enterrado. Y así fue como le pilló el final de la guerra: encarcelado por orgulloso y cabezota; y bueno, supongo que por estraperlista, eso él nunca lo aclaró.

La guerra de la que mi abuela hablaba, la de las familias sitiadas, era de miseria, muerte y necesidad. Muerte no porque hablara de ello pero las cuentas no salían. Faltan personajes de sus recuerdos que nunca supimos de ellos. Y es que en estos relatos escuchábamos pero preguntábamos poco porque, de alguna manera, el instinto infantil nos advertía que había interrogantes que eran mejor esquivar. De adulta me arrepentí por no preguntar más, pero así es como tuvo que ser. Hay silencios que no nos pertenecen.
Pasó que, con tanto bombardeo, la familia de mi abuela perdió la casa. Estaban todos refugiados en un molino cercano. Y de nuevo, las bombas cayeron tan cerca que el improvisado refugio estuvo a punto de derruirse con todos ellos dentro. Esa noche cayó en un sueño del que no despertó hasta tres semanas después con la mitad de su cuerpo paralizado desde la cara hasta el pie derecho y con un asma terrible que la persiguió la vida entera. Mi abuelo, cuando pudo regresar a Madrid y vio a su novia de esa guisa, inmediatamente alquiló una casa y pagó los cuidados médicos. Contaba que recibió una terapia de descargas eléctricas que era un suplicio pero que la mejoraron mucho. Que la cosa pudo ser peor.

A pesar de las desgracias, ella siempre contaba que gracias a él, nunca pasaron hambre. En la casa en la que vivieron después de aquel bombardeo, dieron cobijo de vez en cuando, a otras familias porque quedarse sin techo y sin comida era el día a día en la capital. De aquella época conservó siempre la costumbre de mantener la despensa cerrada con llave aunque ya no hubiera grullas que robaran la comida. Bajo llave guardaba también las magdalenas, rosquillas y chocolates que compraba para cuando la íbamos a visitar.

Por algún motivo que nunca se habló abiertamente, la familia de mi abuela rompió relaciones con ella. Tuvo que ser en el intervalo entre que acabó la guerra a cuando se casaron. Porque si bien teníamos trato con la tía Esperanza y el tío Moisés, los hermanos de mi abuelo, ningún familiar de la abuela estuvo nunca presente en bautizos, bodas o entierros. Y eso ya fue súper raro. Mi madre era esquiva con el tema. Y no la reprocho nada porque, insisto, los silencios en las familias hay que dejarlos estar.

Así que fue mi abuelo quien siempre cuidó de ella. Y eso que corría el rumor que, cuando la abuela quedó embarazada de mi madre, el abuelo no quería casarse y tuvo que ser su padre, el abuelo Juan, quien le recordó que sus hijos eran hombres de principios que no huían de su obligación. O algo así.

Fuera como fuere, la abuela Teresa sentía devoción por su Satur. Jamás le dedicó una mirada torcida ni le levantó la voz. Jamás un despecho o un "Basta ya Satur, que me tienes frita". Nada de nada. Pocas personas más buenas, agradecidas y humildes he conocido en mi vida; nunca la vi enfadada, o de morros. Siempre amable y cariñosa. Y aunque nosotros a veces le íbamos con el cuento de si es que el abuelo esto o lo otro, ella siempre hablaba bien del cascarrabias. Y decía: es que no sabes las cosas que ha hecho tu abuelo. Le tengo que estar agradecida la vida entera.

Mis abuelos nunca tuvieron amigos ni alternaron con nadie. Los fines de semana los pasaban en familia y cada domingo el abuelo nos llevaba de excursión. Ninguna tarde de domingo nos faltó una bandeja de pasteles o pastas de té. Y es que mi abuelo, además de goloso, nunca se fió ni de su sombra. Tenía dinero escondido en ladrillos falsos en el taller de bicis. Porque mi abuelo antes de la guerra fue ciclista y después de ella, con la cojera de la bala - o metralla- que la guerra le dejó de recuerdo, montó una tienda de bicicletas, negocio que regentó hasta su muerte.

Pasó que algún hermano de mi abuela -que yo no sabía que existía- murió y el tío José, que era el más pequeño, contactó con su hermana. Hubo un acercamiento y nos visitaron en Madrid, para conocernos. Recuerdo que hubo felicidad. Sin aspavientos pero el ambiente era amable. Ese verano -o el siguiente, no recuerdo- decidieron por fin tomarse unas vacaciones. Eso a mi madre le enfadaba: porque con tanto dinero escondido en los ladrillos sueltos y tenía traca que no fuera de llevar a la abuela de vacaciones.

Y se fueron a Córdoba, a su pueblo natal, a la casa familiar que el tío José había terminado heredando. Hablaron de la niñez, de los recuerdos que regresaban a borbotones. Mi abuela, contó el tío José, estaba requefeliz. Y como ella no podía dormir a costa del maldito asma que la tuvo cada noche atada a un sillón donde cerraba y abría el ojo cada poco, pues supongo que quiso dar una vuelta por la casa y para no molestar, no encendió ni la luz. Y cayó por las escaleras. Y esta vez, no despertó como cuando lo del molino. Se fue feliz, con la cabeza llena de momentos felices sin la sombra de las bombas ni del asma, al que temía más que a la muerte.
Mi abuelo ya no paró de llorar. No supo pasar ni un solo día más de su vida sin ella. Mira que nunca cruzó con ella ni una mirada de cariño ni un mimo. Pero cuando se fue la abuela Teresa todos supimos que nos habíamos quedado sin sus desvelos ya que al estar impedida para afrontar otras tareas, dedicó su vida a querernos con una discreción tan tremenda que solo sentimos el terremoto de su bondad cuando ya no estuvo. Antes de su muerte, al abuelo solo le vi llorar los días que nos llevaba al valle de los Caídos. Y creo que nunca más volvió a comprarnos dulces. Se fue apagando y murió poco después.

Y, aunque parezca que no viene al caso, aquí es donde un escritor inglés que nunca pisó Madrid ni supo de estraperlos ni de molinos bombardeados entra en escena. Él ha sido el detonante, la metralla que ha impactado en mi recuerdo. Se llamaba C. S. Lewis, y además de escribir sobre un león que resucita y niños que atraviesan armarios -también huyendo de los horrores de otra guerra-, se pasó media vida dándole vueltas al amor; el de verdad, el que cuesta, no el de las tarjetas de felicitación el día de San Valentín. 
Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo.
Y tiene una frase que podría haber escrito pensando en mi abuelo sin conocerlo: que amar de verdad es hacerte vulnerable, y que si quieres estar a salvo de sufrir, la única receta es no dar tu corazón a nadie - guardarlo bajo llave, como la despensa de la abuela, y dejar que se vuelva duro, rancio e impenetrable ahí dentro.

Y eso era mi abuelo Satur. Un corazón bajo llave, cabezota, orgulloso hasta en la cárcel por no soltar prenda. Y a lo mejor la ternura no le cabía en el papel que la vida -y la guerra- le habían asignado: cuidar, sostener, resolver. Llorar con ella, no. No lo hizo. También te digo que a la abuela tampoco nunca la vi llorar a moco tendido. A ella se le escapaban las lágrimas solo cuando hablaba de aquellos años. De la guerra, de antes de la guerra o de después de la guerra. El epicentro de sus lágrimas siempre fue la guerra y aunque sin un león como el de Narnia, la abuela siempre atravesó el armario de su ternura porque a pesar de vivir en un cuerpo roto y maltrecho jamás se secó su alma ni su gratitud. Se sentía feliz por lo que tenía y no por lo que perdió. Y no lo vimos entonces. 
El dolor de ahora forma parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato.
Lewis, que en su propia vida tardó cincuenta y ocho años en enamorarse de verdad y solo tres en perder a esa mujer por cáncer, escribió después que el duelo desmonta certezas que uno creía sólidas, que debajo del hombre seguro que uno cree ser hay otro que no sabía que estaba ahí. Cuando mi abuela cayó por esas escaleras, a su Satur se le cayó también la coraza entera. Y descubrimos, todos, lo que llevaba dentro sin saber mostrarlo. Ese amor estaba dentro pero nadie le enseñó a darle rienda. Porque los supervivientes de aquello, solo sabían pelarnos la fruta y comprar pasteles los domingos. De amor, ni hablar. 

Antes de pasar a la receta, que como no podía ser de otra manera tenía que ser de un dulce, uno que les hubiera encantado a los dos, debo decirte que entre estas letras y fotos de las galletas, flotan unas frases de Lewis así como una foto mis abuelos hace muchos, muchos años en Daimiel, en la comunión de mi hermano Jesús Alberto. Por cierto, el abuelo estaba requeteindignado de que mis padres no le hubieran llamado Jesús Saturnino o Saturnino Jesús. ¡Por qué será!
Ingredientes:
  • 1 huevo
  • 125gr. de mantequilla
  • 120gr. azúcar morena
  • 50gr. de nata
  • Vainilla
  • 150gr. de harina
  • 100gr. de almendra
  • 75-100gr. de avena
  • 1 cdta. de polvos de hornear
  • 100gr. chocolate blanco
  • 1 puñado de cranberries
  • 1 puñado de fruta deshidratada: fresas o frambuesas
  • 1 puñado de pistachos

Preparación:
  1. Con la ayuda de unas varillas eléctricas, bate el huevo, el azúcar, la mantequilla, la nata y la vainilla. 
  2. Incorpora la almendra molida, la harina y la avena hasta que ligue todo bien. Añade el chocolate blanco y los pistachos en trocitos, así como las frutas a tu gusto. Deja que repose la masa unos 20 minutos en el frigo.
  3. Precalienta el horno a 170ºC.
  4. Con ayuda de una cucharita, forma pegotes de masa y las depositas en una fuente de horno con papel de hornear. Las metes en el horno durante 15 minutos. Deja que enfríen y listo.

Baklava

agosto 31, 2026
Érase una vez Alejandría, la tercera metrópolis más grande e influyente del imperio de Teodosio II. Pero esta historia de hoy lamentablemente no se cuenta sola y debo ponerte en contexto para que se entienda mejor la vida y muerte de nuestra protagonista.

Teodosio I al testar, puede que se viniera un poco arriba en su fantasía por convertirse en el padre del año. En su cabeza debieron resonar hasta trompetas triunfales cuando decidió que el imperio romano se dividiera en dos. Con un par: oriente para Arcadio y occidente para Honorio. Roma siguió siendo el ombligo del imperio occidental y Constantinopla se consagró como el de oriente. En el reparto Arcadio salió ganando porque le tocó el granero del imperio: Egipto, la joya entre las joyas, de quien dependían las legiones y evitaba las hambrunas del pueblo.

En cambio a Roma -flaco favor-, le tocó el grano flojo del norte de África, dejando a su ejercito un tanto famélico. Y claro, no hubo visigodo, germano ni revoltoso que no se apuntara a la mordida. Terminaron todos a mamporros con las huestes romanas pasando más hambre que una pulga en un peluche.

A la muerte de Arcadio, su hijo era todavía muy crío. Su hermana -solo un par de años mayor- se proclamó Augusta y asumió la regencia con un temple admirable. Tanto, que cuando Teodosio II alcanzó la edad para gobernar, delegó los asuntos de estado en ella. No es difícil entender el peso que le cayó encima a la joven emperatriz e imagina la de presiones e intrigas que debieron resonar por los muros de la ciudad. Lo que menos necesitaba Aelia Pulqueria en ese momento, era que en el puerto de Alejandría hubiera jaleito. Y lo cierto es que sí, había lío.

El cargo de Prefecto Augustalis -gobernador de Egipto- requería a un funcionario de carrera experto en leyes y administración con una trayectoria intachable. Se nombró a Orestes quien al poco de llegar sufrió un atentado: le escalabraron de mala manera con una piedra que iba con muy mala intención.

A esas alturas, el imperio ya era cristiano y cada vez más cristiano. Como suele pasar, los más fervorosos eran los más intransigentes. La ciudad tenía pleitos constantes a costa de las dichosas religiones: cristianos devotos contra moderados, los paganos por aquí y los judíos por allá... un sindiós, vaya.
Y Cirilo, menudo elemento: sucedió a las bravas a su tío Teófilo porque el cargo tenía muchos novios y se lo disputaron armando camorra. San Cirilo -como lo oyes- era un tipo inteligente, ambicioso y requetesobrao. Expandió su autoridad más allá de lo eclesiástico: se apropió de templos paganos, cerró iglesias novacianas y, tras una trifulca con la comunidad judía, ordenó su expulsión. Muchas de las decisiones tomadas no le correspondían y su ambición empezó a preocupar.

El choque entre Cirilo y Orestes fue brutal, claro. Para que veas como se las gastaba el obispo: cuando lo de la pedrada, Orestes hizo torturar al del ladrillo que debió cantar hasta la Traviatta y la palmó en pleno suplicio. Parecía que no fue el acto de un bala perdida en un momento de perturbación, sino más bien todo lo contrario. Mira si se puso fea la cosa, que la guardia del Prefecto puso pies en polvorosa. ¿Por un ladrillista? Y en plan novela, aparece una multitud no definida de cristianos moderados -vete tú a saber de dónde- que defienden la vida del escalabrado. ¿Y Cirilo?, pues en vez de mandar flores al herido, hizo mártir al presunto piedracida. En fin, rellena tú los huecos en caso de quedar alguno.

Y aquí, por fin, entra nuestra protagonista: Hipatia fue una figura respetadísima en los círculos más versados de la ciudad: era la cabeza de la escuela neoplatónica de Alejandría, enseñaba filosofía, matemáticas y astronomía. Moderada e inteligente, nunca se decantó por ninguna facción de las muchas que pleiteaban políticamente por aquellas calles. Siempre fue a lo suyo y cuando era preguntada abiertamente por su opinión respecto a religión o política, se enredaba por la tangente. Era admirada por todos y sus discípulos sentían pura devoción por su maestra.

Orestes y ella en seguida hicieron buenas migas. La visitaba posiblemente para olvidar las tensiones del cargo y rodearse de gente culta, bien educada y de talante moderado fueran cuales fueran sus creencias. Allí solo importaba el conocimiento y el pensamiento. No había mejor lugar para calmar el estrés inyectado por los necios y exaltados con los que tarifaba a diario.

Hipatia salió en su carruaje como siempre. Nada fuera de lo normal. Si hubieran existido rumores de lo que sea, Orestes -el gobernador de Egipto- habría proporcionado escolta a su gran amiga. Pero eso no pasó. Era un día normal. Y un grupo de matones, los parabalani, los protegidos de Cirilo que actuaban con completa impunidad por la ciudad, le dan muerte y queman sus restos. Con brutalidad y saña. Tomándose su tiempo. Llevando su cuerpo de aquí para allá, donde finalmente queman sus restos descuartizados. Muchas molestias se tomaron para garantizar que no habría ritos en su honor, ni entierro, ni un cuerpo al que velar.

Y así es como Hipatia, aparentemente, fue asesinada en uno de los muchos tumultos en Egipto. Una mujer sin importancia para el Imperio, salvo porque fue una mentora muy apreciada por el adversario del obispo. Es decir, por ser amiga del enemigo del santo canalla. No murió por ser filósofa ni por ser una maestra sabia e incómoda; la mataron porque su vida se postuló como el campo de batalla más barato y con menos repercusión política, donde se midió el poder de dos gobernantes poderosos. Cirilo dejó claro quién mandaba de facto en la provincia que, no olvidemos, alimentaba todo un imperio. Y para Constantinopla aquello fue un simple incidente local sin consecuencias diplomáticas porque el grano siguió saliendo hacia el Bósforo sin interrupciones ni altercados.

Tristemente, su vida no habría trascendido sino llega a ser porque algunos años después, un tal Sócrates Escolástico relata con pelos y señales el clima de violencia que se vivió en la época de San Cirilo. Y aunque este señor ni presenció el crimen, ni tan siquiera estuvo en la ciudad cuando acontecieron los hechos, relata y reconstruye el asesinato con pelos y señales. Te lo hago corto:

Un grupo de cristianos de temperamento ardiente y fanático, se confabularon contra Hipatia. Por lo que sea. La acecharon mientras regresaba a su hogar, la  llevaron a la gran iglesia de la ciudad conocida como el Cesáreo y allí, tras desnudarla, la asesinaron utilizando tejas o fragmentos de cerámica. Después de asesinarla cruelmente y una vez desmembrado su cuerpo, llevaron sus restos a un lugar extramuros llamado Cinarión donde los quemaron hasta reducirlos a cenizas.

Este cronista termina condenado a la comunidad cristiana de Alejandría, afirmando que el acto trajo un enorme oprobio y vergüenza sobre Cirilo y sobre toda la iglesia de Alejandría dejando claro que estos disturbios fueron completamente ajenos al espíritu de Cristo. Sea como sea, te recuerdo que al Cirilo le hicieron santo. Pero qué sabré yo.

Y Sócrates, fue -y es- la "fuente sagrada" donde se asenta toda la reinvención sobre Hipatia que estaba por llegar.
En 1720, el filósofo británico John Toland escribió "Hipatia: o la historia de una dama de gran belleza, la más virtuosa, la más sabia y en todo sentido consumada; que fue despedazada por el clero de Alejandría, para satisfacer el orgullo, la emulación y la crueldad de su arzobispo, comúnmente, pero sin merecerlo, llamado San Cirilo". Exacto, usó el crimen que nos contó Sócrates Escolástico para rendirle cuentas a la crueldad de San Cirilo.

Un poco después, el clérigo anglicano Thomas Lewis publicó un panfleto titulado "La historia de Hipatia, una desvergonzadísima maestra de escuela de Alejandría", escrito como réplica a John Toland para defender a San Cirilo.

Y la lista sigue. No sé si es interminable o a mí me lo parece. Cada cual instrumentaliza la muerte de Hipatia para sus propias causas: criminalización entre facciones religiosas, ariete anticlerical, mártir del intelecto o del paganismo; luz de la razón ilustrada, icono científico o bandera feminista. Y, como no podía faltar en el menú, luego está toda la literatura de la eternamente joven y bella porque ya se sabe que una anciana con achaques no encaja en absoluto con el perfil de heroína novelesca. Cada época la rellena y maquilla con el contenido que necesita para su propia batalla. Ha sido tildada de intrigante, manipuladora, bruja, heroína... hasta Voltaire se permitió hacer chistes de mal gusto:
Voltaire hace de ella un uso bastante desdeñoso; y, a mitad de una serie de graves acusaciones contra Cirilo y los cristianos, añade una ocurrencia de tertulia, perfectamente grosera y necia, sobre su heroína favorita: 'Cuando se desnuda a mujeres hermosas, no es para perpetrar matanzas'.
Maria Dzielska
Pero lo único cierto, sin inventos ni inventivas, es que no sabemos nada de su vida ni de su obra. Se perdió porque a nadie le pareció importante conservarlo. Ni oriente ni occidente pensaron que era interesante trascribir y perpetuar su legado. Nos han contado que fue sabia y respetada. Y muy querida. Que usaba en público la vestimenta masculina de los filósofos. Que acudían alumnos de todas partes para aprender de ella. Pero no sabemos cuando nació ni a qué edad murió. Unos dicen que a los 45 y otros a los 60 años. Tampoco sabemos si tuvo familia, hijos, sobrinos. Si era de carácter dulce o soberbio. ¿Tenía sentido del humor?. Lo único a ciencia cierta es que no mereció morir de esa manera y que hubiera estado bien que su figura trascendiera a lo largo de los siglos por su obra y no por ser "la científica que murió a manos de la iglesia".

Querido lector, ¿quieres que pensemos juntos un momento? Creo que sería desmedido para la humanidad pensar que Hipatia representa las injusticias del mundo o de la religión o de lo que fuere. Evidentemente, es más facilón indignarse con un crimen de hace mil seiscientos años, sin culpables a los que señalar, que mirar de frente a lo que ocurre hoy mismo: niños que mueren a centenares, a miles, lentamente, de hambre, enfermedades y balazos. Casi siempre todo junto. Es una letanía sin fin. Sin sentido alguno.

¿No sientes que nuestra ética está trastocada y se emborracha de sí misma cuando recurre a la antigüedad para señalar las maldades que a día de hoy nos azotan por las mismas miseras humanas? Y pensándolo mejor: lo mismo sí representa las injusticias del mundo. Porque lo mismo el efecto Hipatia es el que nos golpea una y otra vez a lo largo de los siglos. Ciegos y mudos cuando lo tenemos delante pero altaneros y moralistas cuando es agua pasada.

Y no solo eso me hace hervir la sangre: qué maldita costumbre la nuestra de sexualizar su muerte -joven, hermosa y desnuda- porque por algún grotesco y retorcido motivo, la desnudez de una mujer asesinada es algo relevante -¿apetecible?- para el lector. Me irrita que además, esta ficción no solo la sexualiza sino que le roba su edad. Claramente una anciana asesinada no vende la misma fantasía que una doncella. Se nos reduce a escombros con la edad y eso me fastidia hasta el infinito.

Y mi fastidio no termina aquí: discuten si fue bruja, manipuladora o sabia pero nadie hizo nada por recuperar su legado. Sócrates Escolástico pudo, porque ambos fueron contemporáneos y su obra aún estaba de actualidad. Yo tengo claro que solo tuvo interés en victimizarla porque ya es raro que aporte tanto detalle sobre su muerte y tan poca prosa por su trabajo. Escuece que lo poco que nos ha llegado -como sus comentarios a Diofanto y Euclides-, haya sobrevivido solo filtrados a través de terceros sin que ninguno de sus tratados se haya difundido como mínimo por alusiones. Qué rabia, que nadie en su época considerara que merecía la pena copiarla y preservarla.

Y sí: yo también estoy pecando de moralista, no me libro. Pero quiero que quede claro que Hipatia tiene su propia voz y palabra. Yo la veo entre tanta paja. ¿Tú no? Solo es necesario cuestionar las fuentes porque, en especial con las mujeres, nos las vienen pintando de aquella manera y, desde luego, estudiar un legajo antiguo no es sinónimo de veracidad y fiabilidad. No olvides que hay mucho necio con buena pluma.

Ea, vamos a endulzarnos un poco para que no se nos agrien las entrañas. Si algo tenía Alejandría eran sus capas superpuestas, tantas culturas mezcladas sin fundirse del todo -griega, egipcia, romana, judía, cristiana- como las láminas de filo de un buen baklava. Y en medio de todo eso, pistachos y nueces revueltos sin orden ni bandera, un poco como el propio pensamiento de Hipatia, que bebía de todas partes sin dejarse encasillar. Yo lo he hecho más al estilo bosnio, con menos almíbar, para que el dulzor no empalague ni tape lo que de verdad importa: los frutos, el crujiente y la jugosidad.
Ingredientes:
  • 200gr. de azúcar morena
  • 100gr. de azúcar de abedul
  • 250gr. de agua
  • el zumo de 1/2 limón
  • 250gr. de masa philo
  • 125gr. de mantequilla derretida
  • 250-300gr. de mezcla de pistachos y nueces a tu gusto

Notas:
  • Normalmente el almíbar se hace con la misma cantidad de azúcar de que agua pero yo la he reducido un poco para no mojar tanto el baklava. He sustituido el azúcar blanco por azúcar moreno y de abedul
  • La mantequilla está reducida también porque pincelo las capas de dos en dos y tan bien. Menos grasa y nadie lo notará. Eso sí, mantequilla, nada de margarinas.
  • Tradicionalmente se alternan capas de masa philo con los frutos secos pero actualmente se tiende a poner el relleno junto en el medio. Y a mí, me encanta el resultado.
Preparación:
  1. En un cazo, pona el agua, los azúcares y el jugo de limón. Lleva a ebullición y déjalo hervir a fuego medio durante 10 minutos. Retíralo del fuego y deja que se enfríe.
  2. Derrite la mantequilla. Pincela la base de tu molde o recipiente. Coloca la mitad de las láminas de masa filo de dos en dos, pincelando con la mantequilla.
  3. Coloca las nueces y los pistachos picados en una sola capa en el centro y cubre con el resto de las láminas de masa filo, repitiendo el pincelado de mantequilla.
  4. Corta el baklava en rombos, triangulos o cuadrados antes de meterla al horno. Si te sobró un poco de mantequilla, pincela bien la superficie insistiendo en los cortes. Hornea a 180°C durante 35-40 minutos hasta que esté bien dorado.
  5. Nada más sacarlo del horno, vierte el almíbar frío por encima. Déjala reposar al menos un par de horas como poco a temperatura ambiente antes de hincarle el diente.

Ceviche mexicano de camarón

agosto 24, 2026
Querido lector, había que abrir el melón del ceviche y qué mejor momento ahora que tengo el huerto rabioso de frutos maduros. No puedo hablar del ceviche mexicano sin departir halagos al peruano que mucha gente -sobre todo la peruana- insiste en que el suyo es el auténtico, el primero, el epicentro del pescado marinado en frutas ácidas.

No voy a entrar en este jardín sin flores porque todo aquel que me siga regularmente, sabe que soy de las lunáticas que piensan que todos los seres humanos estamos conectados por una memoria común no escrita y no transmitida de boca a boca. Y es ese pensamiento universal -en plan colmena- quien permite que culturas sin conexión alguna hayan hecho pan -cada cual en su onda- o asado carne con hierbajos o hayan destilado bebidas alcohólicas. O por supuesto, hayan macerado carnes y pescados en ácidos.

Según la RAE, el escabeche es una salsa o adobo que se hace con aceite frito, vino o vinagre, hojas de laurel y otros ingredientes, para conservar y hacer sabrosos los pescados y otros alimentos. Esto los españoles lo aprendimos de nuestra herencia del al-Ándalus, donde adobar, marinar o avinagrar todo lo que se nos ponga por delante era, y sigue siendo, un delirio para el paladar.

Por su parte, el geógrafo peruano Javier Pulgar Vidal defiende que la palabra viene del quechua siwichi que significa pescado fresco. Esta línea parece que cojea porque estudiosos de la lengua quechua afirman que el término no es del todo quechua. Existe otra teoría, defendida por la Academia Peruana de la Lengua, que cree que puede derivar de cebo (comida, en tono diminutivo del siglo XVI) más un sufijo, que puede ser o bien el diminutivo mozárabe -iche, o bien el sufijo acusativo quechua -chi (sibichiy, que significa hacer cebo). A modo de curiosidad, decirte que la primera vez que hemos leído -que no comido- ceviche es un texto de 1858 llamado El Terraya de Huacho.

Sea como sea, la lengua española tiene un montón de palabras preciosas de orígenes muy distintos que son la prueba irrefutable de nuestros orígenes y mutua influencia: puma, limón, alcalde, tomate, papa, cacao, pasión, ojalá y por supuesto: ceviche. Son términos que nos pertenecen a todos y no hay uno más bonito que otro. O sí, pero esa es otra historia.
La de hoy es la historia de un escabeche llamado ceviche que se adaptó a la vida tan ricamente y viajó de aquí para allá como hacen todas las cosas sabrosas de este mundo. Y para que no se te atragante mucho esta historieta nacida de mi mente retorcida sin ningún valor antropológico, vamos a seguir los pasos de la familia Huccu Challwa, una saga de origen moche que hacía un ceviche para chuparse los dedos.

En esta familia ya no se recordaba quién fue el primer pariente en marinar los trozos de pescado en sal, ají y el jugo fermentado del tumbo, para que los ácidos de esta fruta lo conservaran más tiempo fresco y sabroso. Eran famosos en la región como los mejores constructores de balsillas de totora, pequeñas embarcaciones hechas con tallos de totora con las que pescaban montando sobre ellas a horcajadas. Eran felices y comían ceviche hasta que llegaron los españoles que por donde pasaban, iban plantando matas de ajos y cebollas, y - muy importante- plantando a lo loco limoneros y naranjos.

Decían que así no enfermaban, o cuando menos que la cosa no se ponía tan mala. Y en cada lugar al que llegaban, fueron dejando un reguero de frutales cítricos que se adaptaron tan sumamente bien al terreno, que pronto brotaron asalvajados produciendo sus propias variedades. Ahora sabemos por qué los nativos morían más de enfermedades que los ibéricos pero entonces se desconocía el motivo y oye, si ellos comían cebollas, limones y naranjas pues habría que probar también.

Eso fue lo que pensó la Señora Huccu Challwa que se emperró en cambiar el tumbo fermentado por limones, en especial unos verdecitos y más chiquitos que crecían en las lindes de los caminos. Y puestos a probar -pensó la mujer-, empezó a ponerle rodajitas de cebolla moradita que al estar más dulce que las otras, le daba un toque muy sabroso.

Sobra decir que aquello fue la sensación del lugar. Su nieto Insi, como que no paraba de sacar pescados y construir caballitos de totora -así rebautizaron los extranjeros sus embarcaciones de pesca- porque la gente no paraba de asomar la nariz por el lugar para saber qué es lo que tenía el sibichiy de los moches que tantos halagos despertaba. Y tanto prosperaron, que a Insi Huccu Challwa se le quedó chica la aldea y se emperró en conocer mundo; en especial esos enormes barcos de múltiple velamen que veía surcar el mar desde la orilla y a regañadientes, su familia le dio sus bendiciones. Y allá que se fue.

Se enroló en un galeón mercante que hacía la ruta a Manila vía Acapulco. Tuvo que aprender español porque los marineros eran cada uno de su padre y de su madre. Y en las semanas libres, a la espera de vientos favorables para cruzar el Pacífico rumbo a Filipinas, Insi se hinchaba a preparar ceviche y, no me malinterpretes, aunque a los de Acapulco les sabía tan rico, les salió la vena gourmet y por su cuenta, le añadieron jitomate. No fue un capricho del momento sino una decisión consensuada por los pueblos costeños de alrededor que por todos era sabido que con tomate todo sabe mejor. 

Insi no tuvo más remedio que ceder, entre otras cosas porque eran mayoría y así no hay quien defienda lo suyo con argumentos sólidos. Pero eso sí, dejó claro que si se empeñaban en llamarlo ceviche urgía hacer diferencia entre ambas versiones. Y nada más fácil que añadirle la coletilla patriótica y listo. 
Y claro, a veces parece que todo el campo es orégano y en cada puerto desde Callao a Acapulco y viceversa fueron saliendo más versiones patrias con sus cositas particulares: el ceviche hondureño, colombiano, guatemalteco, salvadoreño, chileno... y suma y sigue porque a veces nos pensamos que el estómago entiende de banderas cuando lo cierto es que los jugos gástricos no tienen más patria que la comida sabrosa y nutritiva. 

Con los años el hijo de Insi quiso seguir los pasos de su padre y tras recibir las consiguientes bendiciones paternas, se enroló en el primer galeón que se encontró en Callao. Al llegar a Acapulco, lo primero que quiso probar fue el ceviche de jitomate del que tanto había oído hablar pero para su sorpresa se topó con que el ceviche familiar la había liado parda. 

Al platillo le habían seguido añadiendo cositas -toques innovadores y todos ellos creados con muy buen criterio-, pero la ristra de versiones de cada lugar era tal, que nadie se ponía del todo de acuerdo sobre cuál era el verdadero ceviche. 

Así que de nuevo, tal y como le había pasado a su padre, el muchacho no atinó a defender una versión ante otra porque no era plan de enfrentar a los parroquianos. Para poder salir del aprieto sin mediar palabras de mayor calado, propuso tirar de la antigua regla de clasificación por lugar de origen: el de Guerrero, Veracruz, Sinaloa, Nayarit, Michoacán, Jalisco... y aquí paro de contar porque necesitaría consultar una enciclopedia culinaria para poder clasificar tantas variedades y variantes. Y no es plan.

Porque no solo el ceviche mexicano es de lenguado o corvina sino también de tiburón, camarones, pulpo o mariscos de concha. Con salsa picante, mayonesa, de soja o hasta kétchup. Hay gustos para todos como tiene que ser porque en la variedad está la gracia a mi modo de ver. Otros pensarán que no, que lo ortodoxo y antiguo es lo suyo. Cuestión de gustos. En lo que sí deberíamos estar todos de acuerdo es en que la tradición se macera con tiempo y consenso pero de ningún modo debe ser mejor valorado el primero en llegar. Las cosas del comer no funcionan como una primera edición del Quijote. La humanidad se adapta requetebien a todo mientras el paladar esté contento.
Y colorín colorado, este ceviche me lo he zampado. Tal cual. Con camarón. O sea, gambas. O langostinos. Porque anda que no está bueno. Pero antes de terminar, no hay cuento que se precie sin moraleja. Y yo no voy a dejar pasar la oportunidad:

Querido lector, si te dan a elegir, por favor, no elijas bando. Porque la grandeza no está en decidir de quién es el ceviche. Está en que un plato pueda llevar dentro una palabra árabe, una técnica prehispánica, un limón que vino de fuera y un jitomate que siempre ha estado ahí. Eso no borra ni marchita la exquisitez de una vianda. Sería más bonito dejar a un lado las disputas identitarias y entender que gracias a las influencias y los aportes de cada región del planeta, la oferta culinaria es tan magnífica que sobrecoge solo de pensarlo. Entiende que en la variedad está el gusto y el placer por la cocina no consiste en limitarte solo a lo tuyo, engrandeciendo lo propio y devaluando lo ajeno. Esto es un poco de nescius, como decían los romanos, ¿no crees?

El mío, como es lógico, está adaptado a mi suelo, a mis posibilidades: lleva pepino y tomate de mi huerto en Austria, camarón o gamba o Garnelen, cebolla blanca -dulcecita y nada amarga- porque este año no planté moradas, y un chorro de salsa habanera porque mis chiles esta temporada tienen la picosidad caída. Ni sinaloense, ni veracruzano, ni peruano. Mestizo, muy mestizo y requeterico después de todo.
Ingredientes para picar 4 personas:
  • 250gr. de camarones (gambas o langostinos)
  • 1-2 tomates rojos
  • Chile verde a tu gusto (o pimiento verde picante)
  • Chile rojo a tu gusto (o pimiento rojo picante)
  • 1/2 cebolla
  • 1/2 pepino
  • El zumo de un limón
  • Cilantro y/o perejil a tu gusto
  • Sal y pimienta
  • Aceite de oliva
  • Unas gotas de salsa picante a tu gusto

Preparación:
  1. Trocea el camarón, la hierba fresca y las verduras muy finitas. Aliña con el zumo de limón, la sal y pimienta, la salsa picante y el aceite de oliva. Deja reposar en la nevera una media hora para que coja bien el sabor.

Bolas de calabacín y queso

agosto 16, 2026
meme
Del ingl. meme, palabra acuñada en 1976 por R. Dawkins, biólogo inglés, sobre el modelo de gene 'gen' y a partir del gr. μίμημα mímēma 'cosa que se imita'.

1. m. Rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación.
2. m. Imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet.
Bueno, me voy a meter en un jardín sin flores, en pleno verano y con sequía pero este melón había que abrirlo tarde o temprano. Voy a dejar la segunda acepción de la palabra porque el rollo chistoso todos lo tenemos ya muy interiorizado. A veces en exceso -tampoco es cosa de mentir- porque hay que ver la de tontadas carentes de ingenio que circulan por ahí, enredándolo todo sin ningún pudor. Ole tú la de estupideces que ruedan dando más miedo que risa. Pero esa es otra historia.

Yo hoy me voy de cabeza a por la primera. Rasgo cultural que se transmite por imitación... pero eso es un refrán, ¿no? o un proverbio, o un aforismo. Solo que ahora circulan con una rapidez vertiginosa sin darle tiempo al tiempo que es -o era- especialista en curtir dichos y redichos en sabiduría viejuna. Y es que, para ser justos, el paso de los años le otorga a las bobadas un regustillo a umami popular que cuando es tejido con lana nueva parece que pierde chispa. Pero no menospreciemos lo que se cuenta en las paredes ni en los muros de las redes porque hay cosillas de lo más interesante. 

Ahora -eso sí- el meme va a toda pastilla y sin frenos. Desde luego, al que se le ocurrió la terrible idea de poner la opción de compartir en redes habría que analizar con detenimiento su mente, ciertamente perversa y retorcida. Porque a lo tonto, como somos de clic rápido, reenviamos cualquier cosa casi sin pestañear, un poco en plan locatigüisqui -como decía mi padre- sin cavilar la moñería. 

Y de repente, un me gusta y luego otro; y luego... ¡Oye! que nos venimos arriba y el ego se pone tan contento por haber sido tan ocurrente; qué más da si la idea, la imagen o texto no es de cosecha propia. Con un simple clic nos hemos apuntado el mérito -ajeno- y tan contentos. Pero los efectos secundarios se hacen notar rápido: el cuerpo nos pide más.
Por cierto, esa primera vez la ofreció Digg con su "digg it", pero fue Tumblr quien la convirtió en gesto social con la opción de "reblog". Luego llegaron los retweet y el resto ya es historia. Pero sigamos. El caso es que mola mucho que te inflen a likes con algo que, lo de menos, es si es tuyo o no. Pero puestos a ser sinceros, no es lo mismo ser un replicante cuyo único mérito es darle al cliqui-cliqui de ratón o de dedo índice, que ser un generador de contenido. Dónde va a parar. 

Esto ya es otro nivel: nuestro ombligo empapado en adrenalina nos invita a  coger ese video, frase o historia -o receta que en nuestro gremio esto está permanentemente de moda- y manos a la obra; dependiendo del ingenio y el tiempo libre del creador de refritos, se tunea más o menos. Y hala, a menearlo bajo autoría propia. Y para los que carecen de talento, tampoco pasa nada: se copia todo al dedillo y aquí lo que sea, y después gloria.

Y es por eso que vemos una y otra vez imitaciones que erosionan sin mucho tacto la delgada línea entre el contenido compartido y la falta de originalidad, exprimiendo al máximo el comportamiento de rebaño -como decía Lope de Vega, todos a una-. Interactuamos no con quien mejor contenido nos da sino con quien más influencia aparenta. 

Ya te habrás fijado en que existen plantillas repetitivas para rascar visualizaciones: "el truco de mi abuela" o "el secreto de los mejores chefs que no quieren que sepas"; o "como me habéis preguntado muchos" pasando por el siempre eterno "quédate hasta el final para"; o maltratar los ingredientes tirándolos al perol sin ningún mimo, estrujar panes y bollos como si fueran esponjas de mar o amplificar los sonidos para que suenen a... ¿a qué? A saber.
Pero regreso al meollo que veo que me he colgado por sus ramas. Todo esto viene porque el algoritmo de Insta me dejó clavada con una frase que me encantó:
Imagínate que al leer un libro, no exista la opción de volver la página atrás.
¿Con cuánta atención leerías ese libro?
Eso es la vida.
Venía sin firmar. Mecachis, yo quería saber de quién era y a la que me pongo a buscar al paciente cero -sí querido lector, soy así de friqui- no encontré nada anterior a una publicación en Instagram de Manuel Landeta, un actor de telenovelas mexicano. No me malinterpretes, que seguramente ni él mismo se acuerda de haberlo escrito -o de que se lo escribiera quien sea que le lleve sus redes-. Lo que me ha dejado de aquella manera, ha sido la ironía: una frase con ese punto de sabiduría milenaria, de las que uno esperaría encontrar en un tratado de estoicismo, en un ensayo de algún filósofo ruso del XIX o -cuando menos- en boca de un monje budista, y mira por donde su huella más antigua documentable es mayo del 2020: un post con 3457 likes y comentarios del calibre de "Belo 👏🤩".

Que me parece muy bien, no me tuerzas el renglón. Pero he pensado que lo mismo las cosas han cambiado y lo han hecho demasiado rápido. El refrán tradicional ganaba autoridad porque sabías que lo respaldaban generaciones, porque tu abuelo lo decía y él lo escuchó del suyo. Era anónimo por el desgaste de los siglos. Pero el meme-aforismo de hoy necesita ser huérfano para que cualquiera se lo pueda apropiar y no busca la imitación para aprender o preservar la cultura -como dice la definición- sino para alimentar la inercia algorítmica que tan solo vela por el negocio de sus dueños.

Llámame loca pero parece que el meme viral actúa como herramienta de una programación que premia la copia exacta de la manada frente a la calidad personal y distintiva del individuo. Y no creo que sea por tontuna; puede que su objetivo principal sea mantenernos atrapados en las tendencias que el logaritmo crea y que los replicantes necesitan para seguir creando contenido a saco. Vaya, más madera para que el tren no se detenga.

En cualquier caso, y a falta de conocer cuál fue el primer refrito que dejó esa frase tan potente, me tomo la licencia de pensar en que lo mismo su origen está en la llamada imprenta de los pobres -que decía Galeano-. Pensar que es una de esas genialidades que dicen las paredes. Y ya puestos, qué mejor forma de cerrar esta memegrafía con una de las famosas frases que recogió Eduardo en El libro de los abrazos, dentro de su sección Dicen las paredes:
Coopere con la policía: tortúrese usted mismo
Y con un cierre tan cooperativo, qué mejor que torturarte con esta meme-receta que nace fruto de los huevos tontos y de los buñuelos de pan engrandecidos con ingredientes extras. Con calabacín siempre triunfan y sí, verás un montón de recetas similares rodando por ahí. Y como pasa con las frases bonitas, por mucho que rueden -incluso con faltas ortográficas- uno nunca se cansa.
Ingredientes:
  • 2 huevos
  • 350gr. de calabacín rallado o triturado
  • 100gr. de queso (mitad parmesano y mitad manchego, cheddar, etc.)
  • 100gr. de pan rallado un poco en grueso
  • 60gr. de harina de maíz
  • 1 ajo
  • perejil
  • Sal y pimienta
  • abundante aceite neutro para freír 

Preparación:
  1. En un bol, pon el calabacín y el queso rallados o triturados junto con el resto de ingredientes. Deja que repose unos 20-30 minutos en la nevera. Mi consejo es que, cuando tengas el calabacín rallado, lo estrujes con un trapo limpio para quitarle algo del agua que suelta para que se formen mejor las bolitas.
  2. Coge una cucharita y ve formando las bolas mientras calientas el aceite en una sartén honda. Si ves que aun así están poco consistentes, añade algo más de pan rallado o harina de maíz.
  3. Vas friendo las bolitas y las dejas escurrir en papel absorbente de cocina. Calientes o templadas están deliciosas. Acompáñalas de tu salsa favorita.

Carpaccio de tomates con burrata, anchoas y pangrattato

agosto 08, 2026
Para verificar su testimonio, Artemisia es torturada mediante unos cordeles atados a sus dedos, los cuales son apretados por un verdugo. Este tormento es  conocido como la sibila, y a veces llegan a apretar tanto que las falanges se rompen. "È vero, è vero", repite una y otra vez mientras estrujan con más empeño. Cuando ponen fin al martirio, entre lágrimas de dolor y rabia, mira a su prometido y señalando las marcas en sus dedos, le increpa: "Este es el anillo que me das y estas son tus promesas".

Es la primogénita de Orazio Gentileschi, un reconocido pintor caravaggista y aunque las academias de arte no admitían mujeres, Orazio forma a su hija junto a sus hermanos demostrando ser la más capaz de todos ellos. Un colaborador del maestro, llamado Tassi, la viola en el propio estudio familiar. A modo de reparación se le obliga a prometerse pero el muy pieza ya estaba casado, tenía relaciones con su cuñada y había intentado matar a su esposa.

El maestro, para salvar la reputación de la familia, le denuncia a las autoridades y durante el proceso, para verificar el testimonio de su hija -la víctima en este pleito, no lo olvidemos- es torturada porque en aquella época, se acudía al tormento tan pronto para arrancar confesiones como para verificar testimonios. Y aunque quien denunció fue el padre, el dolor se lo causaron a ella. Y por lo que sea, en esta ocasión no encontraron necesario torturar al violador.

Y no te lo pierdas, todo eso para nada; porque al malnacido, una vez declarado culpable, se le da a elegir entre cinco años de trabajos forzados en galeras o destierro de Roma. Elige el destierro, por supuesto, y como estaba bien relacionado poco después logra que le indulten sin ni siquiera dar tres pasos fuera de Roma.

Y como la honra de la joven estaba en entredicho y el honor familiar no podía mancillarse, se la casa de malas maneras con Pierantonio Stiattesi, un pintor florentino venido a menos que resulta ser una pieza de mucho cuidado. Se mudan a Florencia y el talento de Artemisia brilla por toda la ciudad como luces de neón en una feria.

Se convirtió en la primera mujer admitida en la Accademia delle Arti del Disegno de Florencia, artísticamente prosperaba y entabló amistad con lo mejorcito de la ciudad, entre ellos con un tal Galileo Galilei; ¿te suena, verdad? Pues como ves, todo parecía ir viento en popa si no fuera porque sus hijos se le iban muriendo a los pocos meses de nacer. Ya ha perdido tres bebés. Otros dos parecen haber superado lo más difícil. Y a este dolor, se suma la vida de vivalavirgen del marido quien su único talento es sembrar el día a día de Artemisia de pleitos y deudas. Y a saber que más.

Por toda Florencia hay nobles adinerados sufragando artistas. Los mecenazgos están de moda gracias a los Medici y Francesco Maria Maringhi, un joven noble florentino requeteguapete, no solo financia los gastos artísticos de Artemisia sino que surge el chispazo y se enamoran perdidamente. Han sobrevivido cerca de 36 cartas entre ellos que son oro puro; cuánta pasión y picardías. Desvelos, fogosidades, ironías, fervores, distanciamiento y reproches... porque así fue, la relación no aguantó demasiado cuando tuvo que mudarse a Roma deprisa y corriendo porque los acreedores iban a por ella. La distancia es lo que tiene, y aunque mantuvo la lealtad intacta, Francesco terminó buscando otros brazos y visitando otras sábanas.
Pero no fue algo de la noche a la mañana. De hecho no existe constancia fehaciente de cuándo y cómo. No había paparazzi en aquellos tiempos pero se intuye que ese amor se diluyó poco a poco porque tampoco existen pruebas que avalen la idea de que la relación sobrevivió a la distancia. En cualquier caso, en ese momento mientras huía a Roma, él se encargó de saldar sus deudas, vendiendo o recuperando pertenencias de la mejor forma posible. En la ruina y lejos de su amor, cuando parecía que nada podía ir peor, pierde a su hijo varón de cinco años. ¿Puede existir dolor más grande?
Consuelo de mi vida. He recibido dos cartas de Vuestra Señoría, que me han causado mucha angustia al saber que Vuestra Señoría fue sometido a grandes molestias por mi causa, aunque también me causa mucha angustia no haber podido llegar a una solución tal que mis pertenencias no tuvieran que venderse, y yo misma no sé qué me llevó el Amor a hacer, pero como me he quedado sin nada, viviré aquí como una ermitaña. Ahora veo que la fortuna me ha dado la espalda, pues me roba todas las cosas que me son queridas y útiles, y como prueba, considerad que Dios me ha quitado a mi hijo, hace ya cinco días que murió y me estoy muriendo de pena.
Y ¿el Pierantonio? te preguntarás; pues a lo suyo. A gastar y esconder la cabeza. Mira si era de mala calaña, que en algunas de las cartas de amor de Artemisia a Francesco, el garrapata aprovechaba el dorso para hablar de "negocios". A ver, como ya sabemos de sobra, las mujeres no podían firmar ni manejar negocios sin la rúbrica del marido pero eso sí, cuando la quiebra y la huida, el sinvergüenza desaparece de escena. No es quien se queda a asumir las consecuencias de sus devaneos con el juego y otros vicios. Cuando llega a Roma, el maestro Gentileschi casi se lo come a bocados pero oye, como quien escucha llover.

Y aquí hay algo muy retorcido que bien merece que se cuente. Aparte de usar el reverso de las cartas de su esposa, el Pierantonio mantenía su correspondencia privada pidiendo caudales básicamente: que si este negocio, que si estos gastos, que si lo de más allá. Dinero. Por algo Francesco era el mecenas y amante de su esposa. Y entre ese carteo, se ha conservado una un poco perturbadora:
Haré caso de los avisos y buenos consejos que me da Vuestra Señoría, sobre lo cual el amigo de allí arriba en Roma fue abordado por dos hombres; le dispararon con un arcabuz, herido pero no muerto, y el otro lo persiguió con un hacha para rematarlo, sin que pasara nada más; solo quedó con una herida leve o ninguna, sea lo que Dios quiera.
Yo aquí leo que posiblemente Francesco, aprovechando los contactos barriobajeros del consorte, le pidió algún que otro favor para saldar cuentas en última instancia. Pero mira que retorcidos somos: un historiador y director de museos italianos llamado Claudio Cerretelli, ha analizado cartas y archivos originales del siglo XVII sobre lo que se puede reconstruir de nuestra artista. ¿Y qué ha descubierto?

Es curioso que no aporte detalles sobre, por ejemplo, cómo gestionaba su taller en Nápoles o negociaba sus honorarios, o cómo montó su taller o qué impedimentos encontró a la hora de entrar en la Accademia delle Arti del Disegno de Florencia. No, se monta un peliculón interpretando que estas palabras de Pierantonio obedecen a que ofreció algún tipo de escarmiento al Tassi, tal vez para avisarle que no se acercara de nuevo a su mujer o para vengar la afrenta de la violación. A buenas horas, hombre.

Venga, no me fastidies. Una y otra vez, nos regodeamos en el morbo. Ve a cualquier buscador y cuando pongas el nombre de Artemisia leerás violación y amante, violación y amante y violación y amante. Esta atmósfera es tremendamente sofocante. De todo lo que se ha escrito sobre ella, la inmensa mayoría gira en torno a tres hombres -violador, marido y amante- y solo leerás sobre unas pocas semanas de su vida, no de sus cuarenta años de pincel.
Mi corazón. He recibido de Vuestra Señoría una de esas cartas que son mi consuelo y me devuelven de la muerte a la vida, y si supierais la alegría que siento, estoy segura de que si es verdad que me amáis sentiríais igual alegría. Vuestra Señoría me dice que no conocéis a otra mujer aparte de vuestra mano derecha, tan envidiada por mí, pues posee lo que yo no puedo poseer de mí misma, y luego me agradecéis haberos ofrecido mi casa. ¡Oh, mi querida vida! Me hacéis mal, pues bien sabéis que soy vuestra mientras aún respire.
Pues conmigo que no cuenten. No soy historiadora, ni directora de museos. Soy una guisandera de andar por casa que no ve en Artemisia ni una heroína ni una víctima. Veo a una mujer que lidió con lo que le tocó como a casi todas. Que aún siendo forzada la honra familiar estaba por encima de su bienestar. Que aun siendo testigo público de su propia vejación, la justicia la tortura. Veo a una mujer que tuvo motivos para que la vida se la devorara viva y de mala manera y en vez de eso, creyó en sí misma y en su talento. Y se enfrentó a la vida con un par, pese al dolor de perder cuatro hijos; pese a la angustia de proteger a la única que le quedaba, a quien enseñó a pintar y se desvivió por acumular una jugosa dote que le proporcionara un matrimonio lejos de las miserias cotidianas.

Veo a una mujer pasional y entusiasmada que hace que se me pongan los pelos de punta cuando evoca con envidia la mano derecha de su amado. Ay ella, que amó contra viento y marea pero que llegando al final de su vida, alguien que dándola por muerta, escribió un par de epitafios donde no se menciona su obra artística; ambos la reducen a un chiste sobre infidelidad conyugal.

Y cómo es posible no hablar de sus desnudos: Danae, Cleopatra (varias versiones), Venus dormida, Betsabé en el baño (también varias versiones)... o de obras como Judit decapitando a Holofernes, Susana y los viejos o su Autorretrato como La Pintura (Alegoría de la Pintura) donde se representa a sí misma personificando el propio arte de pintar, algo que ningún hombre podía hacer ya que la alegoría de la Pintura se representaba siempre como mujer.

Tanto arte del que hablar y la minimizamos a su más pequeña expresión: la de ellos. De verdad, ¿tanto cuesta?

Hoy toca receta multicolor, sin domesticar, tal cual como ella pintaba, sin suavizar nunca la sangre de sus Judit. Un carpaccio de tomates de jardín con su puntito de anchoa: pequeña, salada, de las que la gente desprecia o ningunea, y sin embargo sostiene todo el sabor del plato. Y esta vez sin que se vea. Hasta que no lo tengas en el paladar no sabrás que esconden las anchoas.
Ingredientes:
  • Tomates variados (colores y tamaños distintos)
  • 1 burrata
  • Pangrattato: pan cortado muy fino, 1cda. de mantequilla y otra de aceite de oliva, 1 ajo machacado, algo de chile rojo molido y algo de queso parmesano
  • Emulsión de anchoas: 6-8 filetes de anchoa en aceite, 1 diente de ajo, algo de aceite de oliva, un poquito de miel de caña y algo de zumo de limón.
  • Salsa de hierbas: albahaca, perejil y otras hierbas frescas y algo de aceite de oliva
  • Para terminar: cebollino fresco picado fino y un poco de Tajín a tu gusto
  • opcional: unas flores y hojas de capuchinas

Preparación:
  1. Tritura lo más fino posible las hierbas con una cucharada o dos de agua. Añade el aceite y monta una crema ligera. Reserva.
  2. Tritura el diente de ajo con las anchoas hasta formar una pasta. Añade poco a poco el aceite de oliva hasta que tengas como una vinagreta espesa. Añade un poquito de miel y un chorrito de zumo de limón a tu gusto. Reserva.
  3. Para el pangrattato, corta en pan en trozos muy muy menudos. En una sartén, funde la mantequilla junto con el aceite de oliva a fuego medio. Añade el ajo machacado y dora el pan a fuego medio, moviendo constantemente, hasta que esté dorado y crujiente. Retira el ajo. Fuera del fuego, añade un poquito de parmesano rallado y un poquito de chile si deseas darle algo más de caracter. Reserva.
  4. Corta los tomates en láminas finas o gajos, según la variedad, jugando con los colores. Dispón en el plato como un carpaccio, ligeramente solapados.
  5. Reparte la emulsión de anchoas sobre los tomates.  
  6. Con una cucharadita, dibuja puntos o hilos con la salsa verde alrededor del plato. Coloca la burrata en el centro y la rasgas un poquito. Espolvorea el Tajín y el cebollino fresco picado fino.

Knishes neoyorkinos de patata

julio 30, 2026
Nos vamos al Nueva York de 1969, a la calle Christopher Street. Allí se encuentra el Stonewall Inn, uno de los bares gais más populares de la ciudad.  A pesar de que ya no es ilegal servir alcohol en un garito de ambiente, la homosexualidad todavía es un delito penal. Bueno, la fechoría es la sodomía pero para estas cosas todo el campo es orégano. Esta tibieza jurídica hace que conseguir una licencia sea casi imposible, motivo por el cual la mayoría de los establecimientos siguen dependiendo de la mafia quien mantiene lo más lejos posible a la policía. Aun así, las redadas y brutalidad policial son el pan de cada día. Y para no perder la costumbre, en la medianoche del 28 de junio se presentan a repartir leñazos a diestro y siniestro.

Como suele pasar, se lía parda: los polis a porrazos, los clientes tiran monedas de 10 centavos a la cara de los uniformados y a la que la cosa se va calentando, vuelan hasta botellas. Gritos, voces, que si "cerdos", que si "pervertidos", que si tal y pascual. Lo de siempre.

Marsha está de fiesta en Manhattan y cuando llega al bar todo está en llamas. Se recalienta más que una patata caliente y se suma a la refriega que en esos momentos es una batalla en toda regla. Se le cruzan los cables; se sube a un coche patrulla con un ladrillo en la mano y rompe el parabrisas. Y esta estampa se hace tan célebre, que Marsha P Johnson se convierte de la noche a la mañana en el icono de la resistencia gay. Los disturbios durarán todavía cinco días más y la militancia de Marsha ya es pura épica marcando el ritmo imparable de un cambio radical en materia de derechos LGBT.

La implicación de Marsha -y su fama- fue desde entonces frenética. Tanto que le pasó factura: poco después sufrirá varias crisis nerviosas que la desgastarán tremendamente. Pero a ver, qué quieres: travesti afroamericana que sufrió violencia sexual infantil y que para ganarse la vida, solo le quedó la prostitución. Vejaciones, palizas de muerte. Vulnerabilidad, trauma, precariedad y exclusión social. Y ese ladrillazo vino a declarar, que si los gais están fuera del sistema, ella y las organizaciones que lidera -como STAR House, el primer refugio LGBT del país- van a luchar por concederse algo de dignidad y cuidado entre la propia comunidad. Nace, o mejor dicho, coge fuerza el movimiento del orgullo.

Al año siguiente, se celebrará la primera marcha del orgullo el 28 de junio; se llamará el Día de la Liberación de Christopher Street y caminarán las 51 manzanas que separan Stonewall Inn de Central Park.
Y es que ya había necesidad por cambiar las cosas: homofobia y transfobia generalizada, homosexuales asesinados o desaparecidos sin que nadie moviera un dedo. Y el sida -maldito bicho- que ha sembrado de muerte, dolor y rechazo las calles del mundo entero obligando a miles de ellos a salir del armario a la fuerza. Era necesaria una revolución social, moral, emocional y humana. Y ella no pararía quieta jamás, haciendo gala de esa implicación tan firme y tan suya.

Pero claro, las crisis nerviosas de Marsha se inflamaban de alcohol y drogas. Eran tiempos donde se recurría con demasiada frecuencia a estas sustancias con fines anestésicos, para sobrellevar las asperezas de la vida, aunque ahora en la distancia todos sabemos que estas cosas siempre se las ingenian para pasar factura. Aun con todo, ni en los peores momentos cesó su activismo y su generosidad para con los demás; continuó con la lucha y no solo sobrevivió en aquella vida tan hostil sino que logró dejar de consumir.

Doña "carácter imprevisible", además de vivaracha y optimista -algo que le era casi innato-, una vez con el cuerpo limpio de sus anestésicos, se volvió encantadora -así lo recordaba su amigo Wicker- y se dedicó por completo a la causa social del colectivo alimentando y amparando a gente sin hogar. Era increíblemente religiosa y pedía a todos los dioses que se cruzaban en su camino: le daba igual entrar a rezar a una iglesia católica, bautista o a una sinagoga. Cuanto más apoyo de los jefes, mejor.

Y sacó tiempo para cuidar durante muchos años de la pareja de su amigo Wicker, que se desgastó poco a poco por culpa del sida. Marsha tenía esa capacidad de ayudar a los demás sin romperse. Sin flaquear.

Fue en Greenwich Village, el 4 de julio de 1992, cuando se la vio por última vez. Había estado recibiendo amenazas pero para no faltar a la verdad, no era algo excepcional. Estaba acostumbrada y no le dio ni la más mínima importancia. O sí, o lo mismo sí, porque después varios allegados contaron que ella había expresado preocupación: “Alguien quiere hacerme daño.” Dos días después su cuerpo apareció flotando en el río Hudson.

La policía calificó su muerte de suicidio tan rápido, que ni siquiera se había realizado la autopsia. Ésta resultó ser una chapuza y, por lo que sea, nunca se ha hecho pública. Sus amigos repetían constantemente que Marsha no tenía pensamientos suicidas e insistían que tenía una herida grande en la parte trasera de la cabeza. No podía haberse hecho eso ella sola. Tras años de presión, se consiguió en el 2002 que la causa de la muerte se cambiara a ahogamiento por causas indeterminadas. Esto es todo lo que se hizo por investigar el caso.

Porque qué más daba. En aquella época flotaba siempre ese airecillo con un slogan no siempre pronunciado pero siempre remarcado: "ellos se lo han buscado". Qué más daba si fue una muerte con reyerta o a traición o por atragantamiento. Se lo había buscado. Así eran las cosas.

Cuando decidí escribir sobre Marsha, he agitado el avispero de mis recuerdos y del dolor y de la rabia. Por un momento, creí recordar que cuando me enteré de su muerte, mi hermano Juanpe hacía pocos meses que había muerto. Pero no, al mirar de nuevo al pasado, al reconstruir esos últimos meses de vida junto a él, comprendí que debí enterarme de la muerte de Marsha varios meses después. Juanpe pasó un verano terrible. En septiembre, mientras cumplía sus 23 años de vida, nos dijeron que era la recta final. El muy canalla les hizo la peineta y remontó ligeramente. Pudimos pasar la navidad todos juntos. Sabíamos que era la última.
Nosotros vivimos con ese tufillo de "se lo ha buscado" pegado a la nariz. Qué crueles podemos ser. Tan querido cuando nadie sabía que era gay y luego... En el Carlos III, solo les atendía personal voluntario. Eran pocos y tenían que hacer muchos turnos dobles. Pero no los abandonaron. Mientras en la cafetería del hospital, el personal debatía sobre la teoría del mosquito, nadie cayó en la cuenta que ninguno de nosotros, sus cuidadores y familiares, enfermamos. Les aseábamos, besábamos y abrazábamos. Y no nos contagiamos. Nadie se dio cuenta o nadie quiso darse por enterado. Eran infecciosos y se lo había buscado. Ese era el discurso oficioso.

Y en pocos años, madre mía, cuántos logros se consiguieron. Parecía que habíamos dado pasos enormes en cuanto a respeto y tolerancia. Existió un tiempo donde cada cual vivía su sexualidad como le salía del moño. Recuerdo con mucha alegría aquella marcha del orgullo en Madrid en la que se celebró la legalización del matrimonio igualitario. Qué bonito ver cómo se llenaron las calles de familias festejando. Todos nos sentíamos el mismo colectivo, una única sociedad donde los del tufillo a prejuicios parecían que tenían fecha de caducidad.

Pero como dijo Miguel Hernández, el odio aguarda su instante dentro del carbón más hondo. La sociedad del odio siempre encuentra como alimentarse. Se multiplica cuando las personas no se conforman con odiar en soledad sino que buscan que todos odien a su mismo nivel. Así es como la sociedad supura inquina y deshumanización, no al revés. Porque a veces pensamos que un ser malvado contamina y polariza al resto, a la manada; al rebaño. Pero cada vez estoy más convencida que funciona al revés; hay personas que no quieren que el odio sea una elección personal sino un síntoma social.

Y cuando terminan con un objetivo, buscan otro y otro hasta que no quedan más que los suyos. Y en este punto, acusarán también a sus parroquianos, tirando de la manta en su propia jaula sin pensar en las consecuencias. Porque el odio no se detiene jamás. Y es necio a rabiar.

Esta vez la receta tenía que ser muy Marsha, muy neoyorquina. Y no había nada más simbólico que los Knishes calientes de patata que son el sabor callejero de aquella Nueva York ruda, vibrante y peleona en plena transición cultural. Estos puestos callejeros formaban parte del paisaje diario permitiendo comer por unos cuantos centavos algo rico y contundente. En los carritos no faltaba nunca una botella de mostaza al alcance de los clientes.

Con o sin mostaza, están de lujo.
Ingredientes:
  • 350gr. de harina
  • 1 cdta. de polvos de hornear
  • 1 huevo L
  • 50gr. de mantequilla
  • 50gr. de aceite suave
  • 100gr. de agua templada
  • 1 cdta. de vinagre
  • 1 cdta. de sal
Para el relleno:
  • 3-4 patatas grandes
  • 1 cda. de mantequilla
  • 2 cebollas
  • 1 huevo
  • sal y pimienta
Para pincelar: reserva un poco de yema del huevo del relleno y lo mezclas con algo de leche. Puedes terminar con un poco de sésamo por encima.

Nota:
  • La combinación de mantequilla y aceite en la masa (en lugar de schmaltz tradicional) le da elasticidad, aroma y facilita el trabajo al formar los rulos. Reserva un poco del aceite de la masa para luego engrasar la encimera que la masa se pueda estirar y dar forma con más facilidad.

Preparación:
  1. Cuece las patatas hasta que estén tiernas y machácalas. Aparte, fríe la cebolla muy picada con la mantequilla hasta que esté bien dorada. Mezcla las patatas machacadas con la cebolla frita, el huevo y salpimienta. Deja enfriar completamente.
  2. Mezcla todos los ingredientes y amasa a mano unos 5 minutos. Deja reposar la masa tapada 30 minutos.
  3. Precalienta el horno a 180ºC.
  4. Divide la masa en 2 partes de unos 300g cada una. Moja la encimera con un poco de aceite que has reservado y extiende cada parte en forma rectangular. Coloca la mitad del relleno (ya frío) a lo largo de cada rectángulo y cierra la masa formando un rulo. Corta cada rulo en 7 porciones iguales (14 piezas en total). Enharina ligeramente cada porción y aplasta con cuidado contra la encimera para que el relleno quede bien sujeto.
  5. Coloca las piezas en una bandeja de horno con papel de hornear. Pincela con una mezcla del poquito de yema que has reservado y algo de leche y espolvorea con semillas de sésamo si quieres. Hornea hasta que cojan un color dorado suave.
 
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