Mantequilla rústica de hierbas y queso

junio 26, 2026
Un periódico de Zúrich fechado el 9 de febrero de 1782, anuncia que desde el cantón de Glaris, se pagarán cien coronas -el salario de cinco o seis años de una sirvienta - por cualquier información que ayude a detener a Anna Göldi, una malvada bruja que intentó matar a una de las hijas de un respetado doctor de la ciudad.

Dieron caza a la hechicera y la ajusticiaron con brutalidad. Pero se lo merecía porque entre la garrucha y otros tormentos, confesó que se comunicaba con el demonio a través de un gato negro quien le prometió riquezas y protección si ella accedía a cumplir sus órdenes, que no eran otras que las de dañar a la familia del doctor Tschudi. Estas son las cosas que tenía el diablo en aquellos tiempos; con la de maldades en masa que podía acometer, desplegaba todo su poder en hacer daño a una familia cristiana de alto copete. 

Y mientras el juicio avanzaba, el pueblo estaba algo dividido: por un lado, una multitud -desatada y encantada porque en el aburrido y lánguido Glaris por fin pasaba algo emocionante- jaleaba triunfante la victoria del bien sobre el mal; por el otro, una clase media ilustrada seguía horrorizada la pantomima del proceso. De este rescoldo social, gracias al funcionario judicial Johann Melchior Kubli y el periodista alemán Lehmann, hoy podemos saber los detalles de este disparate tan macabro.

Y es que a Lehmann no le dio la gana morderse la lengua y contó lo que estaba pasando. Cuando el caso de brujería se conoció fuera de los valles del cantón, la respuesta internacional fue unánime: los tildaron de bárbaros, paletos cerrados y fanáticos retrógrados. Y cuando intentaron manipular las actas y el veredicto del juico para blanquear las atrocidades y sinsentidos en la corte de Glaris, Johann Melchior Kubli tampoco quiso mantenerse al margen y se la jugó haciendo una copia completa que filtró a la prensa extranjera. Así que si hoy podemos reconstruir lo que allí aconteció, -frustrando el intento de silenciado- fue gracias a él. Bravo Herr Kubli. 
Hablemos de ella: Anna Göldi fue una mujer pobre y algo alocada que tomó malas decisiones en su juventud. Se enamoró de un soldado que la preñó y nunca regresó. La noche que parió a la criatura, ésta murió. Fue acusada de matar a su bebé aunque ella mantuvo que se quedó dormida y le asfixió por error. Nunca lo sabremos. Si bien es cierto que los accidentes o una muerte súbita pueden ocurrir, también sabemos que algunas mujeres desesperadas que alumbran sin desearlo, sin medios ni protección con el estigma social acuestas, pues optan por silenciar a sus criaturas. Por mi parte, ni juzgo ni justifico. Mi condición de madre me impide pensar que algo así pueda cometerse pero yo nunca he sufrido ni miseria, abandono ni desesperación. 

Pero a Anna le volvió a pasar. Se enamoró perdidamente de un señor de familia fina con quien mantuvo un largo romance. Un príncipe azul que le prometería protección y seguridades -o eso le pareció a ella- pero en cuanto se quedó de nuevo preñada la echó de mala manera. Quedó otra vez perdida y desprotegida en la más terrible de las miserias. En esta ocasión, al nacer la criatura la dio en adopción. 

Y este fue el legajo con el que Anna Göldi tuvo que vivir: siendo escoria de la naturaleza por ser pobre y desarrapada. Escoria social por matar y deshacerse de sus hijos. Escoria pecaminosa por ser descendiente de Eva y del pecado original. Por ser un instrumento del diablo, libidinoso y de insaciable lujuria, que seducía hombres para destruir sus almas. Un ser frágil tratado como escoria sin derecho a ser apreciada, respetada ni protegida. No creo que nunca conociera la compasión. Y así ya me dirás tú. Debió de echar un carácter endemoniado, no digo que no, pero quién no le cogería manía al mundo en su lugar. 

Por tanto, cuando llegó a casa del Dr. Tschudi para servir -lo que llevaba haciendo desde niña- Anna tenía cuarentaitantos años de sinsabores y duras jornadas a cuestas, porque la servidumbre no tenía derecho a descansar o a solicitar cargas más ligeras al llegar a cierta edad. Qué barbaridad, querer terminar sus días con algo de paz. ¡A quién se le ocurre! . 

Tampoco me cuesta demasiado imaginarme la amargura y rencor que su alma llegó a albergar. ¿Qué dios condena a sus hijos a padecer miserias para que unos pocos ricos vivan mejor? No voy a mentirte. Nadie sabemos de la vida de Anna antes del proceso y los que han convertido su vida en una novela rosa, mienten. O especulan o desean ver belleza y bondad donde el sentido común nos dice que no hubo. Pero por algún retorcido motivo, sentimos la necesidad de endulzar a las víctimas en nobleza y hermosura para que su causa sea más injusta e indignante. Además ¿Cómo podríamos si no saber reconocer su inocencia? 
Anna Göldin, de la comunidad de Sennwald, perteneciente a la bailía alta de Sax y Forstek, territorio de Zúrich, de unos 40 años de edad, de complexión gruesa y de gran estatura, rostro pleno y rojizo, cabello y cejas negros, tiene ojos grises algo enfermizos, que en su mayoría parecen rojizos, su mirada es abatida, y habla con su pronunciación de Sennwald..
En el bando de su búsqueda no hay una sola palabra sobre belleza. Al contrario: ojos enfermizos, mirada abatida, una mujer de cuerpo grueso. Sus defensores afirman que esa descripción está manipulada apropósito para que pareciera más bruja. Yo en cambio, leo la descripción fría e impersonal de alguien que busca un objeto perdido o a un animal doméstico que se ha escapado. Yo, sinceramente, no veo a una malvada de cuento.

De Johann Jakob Tschudi no te voy a contar demasiado porque su vida es la de tantos, cortados todos por el mismo patrón: además de médico fue también juez y pertenecía a una de las familias más influyentes del cantón. Soberbio, altanero y necio. Vivía convencido que su poder residía en su superioridad moral y no en esa perversa capacidad de castigar con desmedida a quien le fuera molesto. 

Y Anna cruzó esa línea invisible que la servidumbre nunca debe traspasar porque los señores no toleran ni ingratitud ni grosería. Le reclamó parte del salario que ella entendió que no se le estaba remunerando. Hubo fricción y es posible que la sirvienta insistiera con cierto descaro en lugar de pedir perdón y agachar la cabeza, como era lo de esperar. Anna se encaró. Y podría haberla puesto de patitas en la calle con un par de palos de regalo pero no. Pasó algo que desató la ira del fulano.
Una mañana, una de las hijas de Herr Tschudi encontró una aguja en su vaso de leche. La señalaron de inmediato. No hacía falta investigar o abrigar la posibilidad de un accidente fortuito; no, simplemente la declararon culpable porque ya había demostrado su mal talante e ingratitud. Y el doctor encolerizó. Se sugirió que fuera corrida de la ciudad de mala manera pero para este señor eso no era suficiente castigo. Iba a enterarse esa muerta de hambre quien manda en esos lares. 

Huyó consciente del peligro que corría. Un cerrajero llamado Steinmüller y su esposa la cobijaron unos días en su casa mientras organizaba la mejor forma de huir sin ser vista. Lo consiguió. Pero el juez no estaba contento en absoluto e hizo valer su poder; dieciocho días después, supuestamente la niña tuvo convulsiones y se afirmó que vomitaba alfileres. Ya no había duda alguna: se la acusó de ejercer la brujería a distancia. 

Cuando se dictó el bando de su captura, Herr Steinmüller sintió que debía advertirla del peligro y le escribió una nota que, entre otras cosas, decía: "os advierto como hombre de honor, cuidaos bien de no caer en desgracia". Y la desgracia, que es contagiosa, cayó sobre él porque interceptaron la carta y el tribunal capitaneado por el doctor, lo arrestó acusándole de ser el "mago proveedor", el que suministraba a Anna las agujas mágicas pactadas con el diablo. Poco después, encontraron a Anna y se inició la fase de instrucción del caso: los interrogatorios. Es decir, el suplicio. A ambos.

El no va más en tortura era la garrucha. Le ataron las manos a la espalda con una soga unida a una polea en el techo. Se tiraba de la cuerda hasta elevar el cuerpo desplomado que era sostenido por las articulaciones de los hombros que colgaban hacia atrás. Se le interrogaba así durante horas, con los hombros desencajados y para animar a la bruja a confesar, se aflojaba de golpe la cuerda para que el cuerpo se precipitara en el aire y antes de tocar el suelo, se volvía a tensar la maroma. El dolor era infinito y la pobre Anna suplicaba que le ayudaran a confesar porque nada de lo que decía parecía que les encajaba a sus eminencias. 

Cuando a Anna le inundaba la rabia y gritaba con desesperación su inocencia, le ataban piedras en los tobillos. El dolor era indescriptible; no creo que debamos insistir en ello. El pobre Herr Steinmüller corrió la misma suerte. En un descuido de sus carceleros, se colgó en su celda. Anna, colapsada por el dolor, comenzó a recitar retahílas de clichés absurdos como lo del gato negro, el pacto con el demonio, que odiaba a la niña y que mató al Presidente John F. Kennedy.

Y como ya había confesado, ya estaba demostrado que era una bruja de manual. Pero algunos de los jueces del consejo tenían reparos porque la prensa estaba montando mucho ruido y sentían presiones de otros cantones. Además, la brujería ya no era un delito, no se la podía quemar ni decapitar por ello. Había que encontrar otro cargo que fuera más razonable. Envenenamiento. Sí, podría encajar si no fuera porque no estaba castigado con la muerte. Les dio igual y tiraron para adelante.

El 6 de junio el consejo llegó a su veredicto. Treinta y dos hombres votaron que Anna Göldi muriera decapitada por el cargo de envenenamiento. Treinta votaron en contra, no sabemos si por compasión, por dudas sobre su culpabilidad o por el simple cálculo político de evitar el escándalo internacional que se les venía encima. Solo dos votos. Esa fue la diferencia entre la vida y la muerte de Anna. Y  lamentablemente no fue la última. Aún quedaban hogueras por encender en Polonia.

Así de fácil era condenar, torturar y matar a una inocente. Acusar a la mujer de bruja siempre ha funcionado. Matilda lo denunció en su libro Woman, Church, and State. Así de fácil era silenciar a las mujeres molestas por sus conocimientos, su influencia o simplemente para calmar la rabia y el despotismo de un líder local que no toleraba la insolencia. A las brujas no solo las han matado para castigarlas; se ha pretendido extirpar su voz, su desacato y su ímpetu de la faz de la tierra. La pira, la horca o el hacha son el punto final que religión y estado han impuesto a lo largo de los siglos  para que nadie, nunca más, escuche lo que ellas tenían que decir.

En el Estadio Ghazi de Kabul durante el anterior régimen talibán, las mujeres acusadas de lo que fuera eran arrojadas desde un trampolín a una piscina vacía. Lo llamaban el juicio de Alá: las inocentes dios las salvaría; las culpables morirían. Se escucha que este tipo de juicios vuelven a estar de moda.
Ingredientes:
  • 500ml. de nata fresca para montar (tiene que ser fresca)
  • 100gr. de queso curado de montaña (o pecorino o parmesano)
  • 1 buen puñado de hierbas frescas a tu gusto 
  • Sal y pimienta


Preparación:
  1. Para montar la mantequilla; bate la nata con unas varillas eléctricas hasta que hagas nata y sigue y sigue hasta que veas que va apareciendo un líquido blanco y la mantequilla coge algo de color amarillento. Lo cuelas sin tirar el líquido blanco.  Este suero lo puedes usar mezclar con yogur y tendrás algo muy parecido al buttermilk, fantástico para hacer desde bizcochos a aderezos para ensaladas. 
  2. Ralla el queso y se lo añades a la mantequilla.
  3. Corta en fino las hierbas y las añades a la mantequilla con algo de sal y pimienta. Mezcla y reserva en la nevera para que coja cuerpo.

Apple Matilda dumplings

junio 21, 2026
Para el Clan del Lobo de la Nación Mohawk ella fue Karonienhawi, la que sostiene el cielo. Para las sufragistas, una subversiva que al atacar a la iglesia alejaba el apoyo político de los conservadores y fue borrada de un plumazo de los libros de historia. Para su familia, Glinda, la bruja buena del Mago de Oz y si tienes la paciencia de leerme hasta el final, descubrirás de dónde viene esta fantasía tan maravillosa.

Y para nosotros, los de hoy, es Matilda. La grandiosa, la primera, la que da nombre al Efecto Matilda de Margaret W. Rossiter. Ella es la voz de todas, no solo de las científicas, sino también de las silenciadas habidas y por haber. Porque escuchar su lucha, sus ideas, sus propósitos, es entender que lo mismo no hemos avanzado tanto desde entonces; porque las mujeres de tres cuartas partes de mundo aún no son dueñas de sus aspiraciones ni destinos. Y las que vivimos bajo constituciones que presumen de igualdad, nos hemos cambiado las cadenas por la conciliación: una carga invisible que a nosotras se nos exige por triplicado y a ellos jamás se les pasa por la cabeza.

Porque si bien es cierto que siempre ha habido mujeres que han reclamado lo nuestro, la realidad habla de que todas esas mechas chisporroteantes que auguraban grandes cambios fueron apagadas. Y se ha tardado mucho, con demasiada frecuencia, en rescatarlas del limbo del ostracismo. Lo reconfortante, la esperanza, está en que aunque esas voces se silencien, siempre habrá quien las libere. Tarde o temprano, como con Matilda. 

Fueron las feministas de los años 70 quienes la recuperaron del olvido y le devolvieron su lugar en el movimiento. Lúcida, mordaz, culta y comprometida, denunció las taras de la sociedad decimonónica que se empeñaba con uñas y dientes en convencer a la mujer de que el mundo le quedaba grande. Y ella les habló de autodeterminación, de autodesarrollo, de ser dueñas de su propio juicio y destino. De libertad. 
¡Una rebelde! Qué glorioso suena ese nombre cuando se aplica a una mujer. Oh, mujer rebelde, hacia ti el mundo mira con esperanza. Sobre ti ha caído la gloriosa tarea de traer la libertad a la tierra y a todos sus habitantes.
Y no lo decía por decir. No era demagogia ni frases bonitas en los mítines. Por cosas de la vida, tuvo la oportunidad de conocer de cerca a los Mohawk porque Nueva York perteneció históricamente a la Confederación Haudenosaunee y aunque no lo parezca, los nativos de las Seis Naciones son más neoyorquinos que el puente de Brooklyn o el bagel. A su lado, aprendiendo de ellos, quedó profundamente convencida de que una sociedad matrilineal era posible y que las relaciones entre hombres y mujeres podían ser equilibradas.

Las Madres del Clan tenían el poder de nombrar, aconsejar y destituir a los jefes varones. Tenían la última palabra sobre las guerras y los tratados.  Controlaban la agricultura y la distribución de alimentos. Y si una pareja se separaba, la mujer conservaba su hogar, sus bienes y a sus hijos.  Documentó admirada que el abuso físico y las violaciones eran prácticamente inexistentes y de producirse, eran delitos severamente castigados.

Los admiraba y quería a rabiar. Tanto que los defendió centrando su activismo en favor de los derechos indígenas y denunció sin descanso los abusos del gobierno de EE. UU. Pero era incansable y ese activismo también clamaba por los derechos de los esclavos. De hecho, ella creció en una casa que fue estación del ferrocarril subterráneo, la red clandestina que ayudaba a escapar a los esclavos; la misma de Harriet Tubman quien por cierto, vivía a muy pocos kilómetros de Matilda. No hay constancia escrita de que ambas se conocieran pero yo me juego mi mejor cacerola a que entre ellas había secretos y muchas vidas salvadas.
En Woman, Church, and State, Matilda dedicó un capítulo entero a la caza de brujas en la Europa de la Edad Moderna. Con una valentía encomiable, describió esta barbarie como un ataque deliberado y sistemático del patriarcado eclesiástico y de estado contra las mujeres. Un ginocidio que buscó a las mujeres más sabias, independientes, científicas, parteras y curanderas de sus comunidades porque eran peligrosas e influyentes sobre las demás mujeres. Poseían, entre otros, conocimientos médicos y ayudaban a las mujeres en cuestiones de natalidad desafiando descaradamente el poder de la Iglesia. Y claro, heredábamos el pecado de Eva. Éramos lascivas y lujuriosas entre otras lindezas y el mejor remedio contra esa lacra fue instaurar el terror entre sus parroquianas. Tortura, fuego y luego, a rezar. Y a callar.
Tanto la Iglesia como el Estado, pretendiendo ser de origen divino, han asumido el derecho divino del hombre sobre la mujer; mientras la Iglesia y el Estado han pensado por el hombre, el hombre ha asumido el derecho de pensar por la mujer.
Y estos ataques directos a la iglesia y al estado no gustaron nada a sus compañeras sufragistas. En este momento, el movimiento estaba estancado. Para ganar fuerza, necesitaban aliarse con las mujeres del oeste y del sur del país, que eran profundamente conservadoras y cristianas. Y si de paso, se ganaban el apoyo de la iglesia, pues mira que bien. 

Pero Matilda se mantuvo en contra. Argumentaba que dar el voto a las mujeres adoctrinadas solo serviría para que votaran lo que sus pastores les dijeran, creando una especie de teocracia constitucional. Y aquí permíteme una sospecha que no consta en ningún acta pero ya sabes que me gusta seguir la línea de puntos y yo aquí la veo con claridad: una diferencia táctica se resuelve con un comunicado o un portazo, no con la desaparición total de un nombre en tres tomos que la propia interesada ayudó a escribir y financiar. A Matilda no la apartaron por incómoda. La borraron, la tacharon, la reescribieron por lo que sea, no voy a especular. Pero desde luego, eso huele a venganza con membrete de hermandad. 

Y el precio de toda esta purga fue que el nombre de Matilda fuera eliminado de los tres tomos de la History of Woman Suffrage. Se alteraron actas de reuniones y tratados firmados en las convenciones feministas de Seneca Falls. Fue desacreditada, tachada de anarquista, destructora de la moral y demasiado radical para ser escuchada. No la quemaron por bruja porque ya no estaba de moda. 

Así que imagina lo que tuvo que sentir Margaret cuando conoció la historia de Matilda Joslyn Gage y leyó su libro Woman as an Inventor. Qué emoción tan brutal debió de recorrer su espina dorsal al saber que antes que ella, muchos años antes, Matilda ya había denunciado públicamente el apropiamiento indebido de inventos y descubrimientos. Y encima, qué ironía, la propia Matilda había sido también borrada sin que nadie clamara justicia.
Si bien muchas de las invenciones más importantes del mundo se deben a las mujeres, la proporción de inventoras femeninas es mucho menor que la de los masculinos, lo cual surge del hecho de que la mujer no posee la misma cantidad de libertad que el hombre. Restringida en la educación, en las oportunidades industriales y en el poder político, este es uno de los muchos casos donde su degradación reacciona de manera perjudicial sobre toda la raza humana.
Matilda siguió con su vida y su activismo que no cesó nunca. Nunca descuidó su vida familiar y cuando su hija Maud se casó con Frank Baum, quien por aquel entonces era un actor frustrado con alguna obra de teatro escrita pero poca cosa, tuvo que comerse su opinión y predicar con el ejemplo dejando que su hija decidiera su futuro por sí misma. Pero Frank y Matilda congeniaron a las mil maravillas. Ella pasaba largas temporadas con ellos en Chicago. Animó a su yerno a que escribiera esos cuentos tan bonitos que le contaba a los niños cada noche.

Cuando Frank escribió El Mago de Oz, la influencia de su suegra estaba por todos lados: la tierra de Oz se presenta como una utopía matriarcal, una sociedad sin dinero, pobreza ni cárceles. La bruja Glinda, que gobierna su propio país, es una mujer de ciencia y de una erudición envidiable. Dorothy es una niña autosuficiente que no busca un príncipe que la salve. Supera las trabas y ayuda a sus compañeros en sus fragilidades. Al final, comprende que la solución siempre estuvo en sus zapatos. 
Mi suegra siempre me decía que el progreso del mundo dependía de liberar la mente de la mujer de las supersticiones del pasado.
Frank Baum

Matilda murió en casa de Maud y Frank, arropada por los suyos. En su lápida no hay mención alguna al movimiento sufragista que ayudó a fundar. Lo que se puede leer es tan Matilda que pone los pelos como escarpias. 

Hay una palabra más dulce que madre, hogar o cielo. Esa palabra es libertad.

Y si la libertad se pudiera comer, sabría a estos apple dumpling sin el azúcar refinado de los colonos. Van bañados en el oro líquido de los Haudenosaunee, el alma de los bosques del noreste americano. Tampoco esperes una masa quebrada al estilo victoriano, fina y con remilgos. Aquí se impone esa avena y almendra molidas, formando una textura rústica, crujiente y jugosa que te atrapa desde el primer mordisco. Y el toque rebelde: un chupito de Jack Daniel's en el almíbar de manzana para darle ese punto subversivo que tanto le criticaron a Matilda sus compañeras sufragistas. Un dulce indomable, que puedes servir con o sin bola de helado pero lo que no va a faltar, es doble ración de memoria histórica.
Ingredientes para 12 dumplings con manzanas pequeñas o 6 medianas:
  • 150 g de harina repostera
  • 50 g de avena molida
  • 50 g de almendra molida
  • 1 cucharada de azúcar moreno
  • 110 g de mantequilla fría en cubitos
  • 80 g de Buttermilch
  • Una pizca de sal

Para macerar las manzanas:
  • 6 manzanas pequeñas o 3 medianas
  • 25 g de sirope de arce
  • Zumo de medio limón
  • Canela a tu gusto
  • Nuez moscada a tu gusto

Para la salsa:
  • 250 ml de zumo de manzana turbio
  • 100 ml de sirope de arce
  • 1 chupito de Jack Daniel's
  • Reducir 2-3 minutos a fuego medio para concentrar

Preparación:
  1. Mezcla la harina, la avena molida, la almendra molida, el azúcar moreno y la sal. Añade la mantequilla fría en cubitos y trabaja con las yemas de los dedos hasta obtener una textura arenosa.
  2. Incorpora el Buttermilch poco a poco hasta que la masa se integre, sin amasar de más. Envuelve en film y deja reposar en la nevera al menos 30 minutos.
  3. Pela las manzanas, retira el corazón y córtalas en dos mitades. Macéralas unos minutos con el sirope de arce, el zumo de limón, la canela y la nuez moscada.
  4. En un cacito, pon el zumo de manzana, el sirope de arce y el Jack Daniel's. Reduce la salsa unos 2-3 minutos a fuego medio para concentrarlo ligeramente.
  5. Estira la masa y corta porciones suficientes para envolver cada mitad manzana por completo. Envuelve cada trozo, sellando bien los bordes para que no se abra el dumpling durante el horneado. 
  6. Coloca los dumplings en un recipiente no muy hondo de pirex o cristal. Cuida que la unión de la masa esté hacia abajo. Riega con la salsa.
  7. Hornea a 180°C unos 35-40 minutos, hasta que la masa esté dorada y el caldito prácticamente se haya reducido por completo. Si ves que se han secado demasiado pronto, no dudes en añadir un chorrito extra de zumo de manzana. 
  8. Cuando apagues el horno, pincela los dumplings con la salsa que aún no se ha consumido. Hazlo en caliente porque la masa seguirá absorbiendo líquido mientras se enfría. Están ideales templados o fríos. Pero templados con una bola de helado de vainilla, está brutales.

Gazpacho de espárragos y manzana

junio 18, 2026
Una joven Margaret, que acaba de graduarse en Harvard, inicia su doctorado de Historia de la Ciencia en Yale. En una reunión informal entre profesores y alumnos pregunta si alguna vez ha habido mujeres científicas y, tras unas sonrisillas condescendientes, recibe un no como una catedral: no, no hay ni ha habido y las que pudieran considerarse como tales, solo trabajaban para científicos. Masculinos, evidentemente. Únicamente podemos hablar de dos excepciones:  Maria Mitchell y Marie Curie.

Y aquí es donde a Margaret W. Rossiter le explota la cabeza. Como que no se lo cree. Le suena todo a arrogancia y ninguneo. Y en un brote de "pues va a ser que no me lo creo" se viene muy arriba y le dice al profesor de la risotada, el de la pajarita a lunares y la pipa desconchada, "Si no le importa profesor, sujéteme el gazpacho" y a ver qué pasa.

Y pasó lo que tenía que pasar.
Me dijeron que escribir la historia de las mujeres en la ciencia sería un proyecto muy corto, que lo terminaría en una tarde. Me tomó cuarenta años demostrarles lo equivocados que estaban.
Consiguió una beca Harvard y así pudo estudiar el panorama. Profundizando tan solo en un libro -el American Men of Science- rescató, escondidas entre las referencias masculinas, las biografías de quinientas mujeres científicas. 500. Qui-ni-en-tas. Y aquí no hay diptongo que valga. Quinientas, de golpe y sin despeinarse. Y de nuevo se vino arriba, esta vez con un coraje y una mala chufa que no hay gazpachera para contener tanta sopa.

Y siguió adelante, vaya que sí. Si cada barrio tiene su loca, primero en Yale y luego en Cornell tenían a la lunática de las científicas quienes en ese momento sonaban un poco a meigas. O sea, que haberlas, haylas pero si preguntabas por ahí te iban a decir que casi que no. Que si eso, un par de Marías y para de contar. En suma, la cantinela oficial, erre que erre.

Por lo tanto, no es de extrañar que sus investigaciones, dado el poco interés que despertaron, se pusieran cuesta arriba. Algún rechazo, tibieza en las comunidades tanto científicas como históricas, años de profesora sin plaza fija y sin medios para seguir con lo suyo. En fin, que era como para quitarle las ganas a cualquiera. De hecho, fue un tiempo en el que ella misma decía sentirse como algunas de las mujeres sobre las que escribía.
Creo que soy como un disco de 78 rpm en un mundo de 33.
Pero a su puerta tocó esa extraña ánima que a veces se digna en cruzarse en nuestro camino -mitad constancia mitad suerte- y tras conseguir una beca Guggenheim, volvió a tener algo de estabilidad para centrarse en sus trabajos. Y el fruto de esos meses de investigación vio la luz en 1982 tras publicar el primer volumen de Women Scientists in America. Bravo Margaret. Menos mal que no te rendiste. 
Y todo cambia de golpe. Críticas positivas en el New York Times, Nature y Science. Más becas, la ansiada cátedra y más tiempo para publicar artículos que hablan de ellas. Es en 1993 cuando publica un artículo donde acuña por primera vez el concepto Efecto Matilda. 
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
¿Y por qué Matilda? Por la reina entre las reinas: Matilda Joslyn Gage. Qué mujerona, por dios. Este blog tiene una deuda con Doña Joslyn y prometo concederle una receta honorífica muy pronto porque su vida es de lo más apasionante. Todas las mujeres de este planeta -e incluso marcianas- deberíamos conocer su vida, obra y milagros. Porque ella es el modelo a seguir, es la constancia, el pensamiento. Es el catecismo de la igualdad, de la libertad. No solo por su lucha a favor de las mujeres; también por la libertad de los esclavos, por los feminicidios de las "quemas de brujas" y por supuesto, por los nativos americanos de los que aprendió mucho conviviendo con los Haudenosaunee. Grande y única que fue borrada de la historia americana por ser extremadamente incómoda.

Y de aquí en adelante, la vida de Margaret -hasta su muerte a los 81 años- transcurrió de premio en premio y reconocimientos a su trabajo. Porque antes del Women Scientists in America, solo se hablaba de las dos Marías y ella sola evidenció con datos, hechos y referencias probadas, que existía un sesgo sistémico perfectamente demostrable. Gracias a sus tres tomos de Matildas, los historiadores de los 90 empezaron a revisar los archivos de sus propias universidades, encontrando más y más Matildas por todas partes.
Las mujeres no estaban ausentes de la ciencia; estaban ocultas a plena vista, registradas como asistentes, secretarias o esposas, mientras los hombres se llevaban los títulos y los presupuestos.
Desde entonces, los historiadores científicos no han parado de cuestionar las versiones oficiales y están consiguiendo que se reescriban como es debido. Las pruebas reunidas por Margaret son irrefutables. Porque una cosa son hechos y otra opinión. Porque el suyo es un trabajo tan pulcro, tan sólido, que las instituciones gubernamentales y las universidades se vieron arrastradas por el Efecto Matilda reasignando cátedras, financiación y reconocimientos.

Aparte del trabajazo tan impecable de investigación que realizó, lo que consiguió Margaret fue dar marco académico a la desmemoria, a hechos que antes fueron difusos e invisibles. Y eso fue rabiosamente poderoso porque cuando un fenómeno tiene nombre, existe. Se vuelve real, palpable, se puede citar, debatir y por supuesto, es denunciable. Antes del Efecto Matilda no existía vocabulario ni contexto para reflexionar sobre el patrón del menosprecio científico.

Es más. Yo diría que fue el Efecto Margaret el que cambió la ciencia, para bien y para siempre.
Si las jóvenes no ven que hubo mujeres antes que ellas haciendo ciencia de alto nivel, creerán que el laboratorio no es su lugar. Robar la historia de las mujeres es robar el futuro de las niñas.
Esta sopa fría es el Efecto Matilda hecho alimento. Las gotas de remolacha salpicando la superficie representan la rabia y la indignación frente al menosprecio. Son gotitas incómodas, que muerden el ojo y desafían lo establecido. Pero al meter la cuchara y saborear este gazpacho de espárragos, descubres que, al igual que las investigaciones de Margaret, la genialidad no necesita el aplauso de la pajarita de lunares ni grandes presupuestos para sostenerse. Es un plato pulcro, incontestable y cargado de una memoria tan sólida que es imposible de ignorar. E imposible de olvidar.
Ingredientes (para 1 litro):
  • 200gr. de espárrago blanco
  • 1 rebanada de pan de sandwich
  • 50gr. de almendras
  • 1/2 pepino 
  • 1/2  manzana
  • 1 diente de ajo
  • 150ml. de agua
  • Hielo
  • Sal a tu gusto
  • Vinagre de vino
  • Aceite de oliva
  • Decoración: aromáticas frescas y un poquito de zumo de remolacha.

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes menos el hielo, en el vaso de la trituradora. Licua, corrige de sal y añade hielo.
  2. Sirve bien fresco con unas aromáticas frescas por encima y un chorrito de zumo de remolacha que le aporta un punto muy especial.

Nougatknödel o pelotas de sémola y nougat

junio 15, 2026
Querido lector, lectora o lectore. No voy a perder tiempo en gramáticas varias porque no merece la pena. Ya sabes, a buen entendedor y sobre todo sin recelos. Lo que sí -pero sí que sí-, es hacer esta denuncia de género que me está agriando las entrañas. No es una guerra contra la masculinidad. No es guerra, insisto. Ni confrontación. Ni un pulso a ver quién es más listo. Es denuncia, con pruebas, con hechos -irrefutables y demostrados- y sobre todo, es dejar a las claras la desfachatez que hay alrededor de las Matildas.

Porque, aunque con mucha lucha y empeño, han conseguido que se les reconozcan sus logros, la comunidad científica ha ninguneado sistemáticamente "las consecuencias" -o algo parecido-, de aquellos científicos varones que se apropiaron sus logros. Ninguno de ellos, por descarada que haya sido su apropiación, ha sido cuestionado. No ha habido Knödel suficientes -ni con nougat ni con pepinillos en vinagre- para poner en duda el honor científico de estos señores.
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Y es que de una forma u otra, todos son culpables. Hasta las mosquitas muertas que alegan "ignorancia". Venga hombre. ¿Qué investigador que se precie, que sus conocimientos puedan ser tenidos en cuenta, no ha leído el trabajo de sus colegas o ha hablado de ello con otros científicos? Eso se llama progreso y por eso había sociedades científicas. Y así es como ha avanzado la ciencia. Dicho de otra forma: un científico deja un trabajo en un punto y llega otro y sigue trabajando en ello y luego otro y tal. Por lo tanto, menos lobos caperucita.

Mira lo que son las cosas: estaba yo aprendiéndome la vida, obra y milagros de la Matilda Marthe Gautier, cuyo robo tiene traca como pasa con todas pero ella sangra especialmente más porque es contemporánea, porque no podemos caer en la condescendencia de "Ay, es que en aquellos tiempos la sociedad era así". No, no. Marthe es de los tiempos donde la mujer se echa a la calle día sí y día también a denunciar y denunciar y denunciar. Es de los tiempos en los que las constituciones europeas dicen que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos y bla, bla, y bla.

¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba yo leyendo en la Wikipedia el caso Marthe Gautier donde se describe de forma correcta el ninguneo y acoso que recibió por parte de Jérôme Lejeune, cuando hago clic en la vida de este impostor y no te lo pierdas: en un mismo sitio, la Wiki, se juega a dos bandas y sin pudor alguno le atribuyen al Lejeune el hallazgo de Marthe diciendo textualmente que "Jérôme Lejeune fue el protagonista y motor del descubrimiento". Toma ya. Y la lista de premios y reconocimientos es tremenda. Y encima se inició un proceso de beatificación y canonización. ¿Puede haber una arrogancia y un ego más enfermo?

Indignación. Pero aún hay más. Repasando mis Matildas, mira en qué lugar han quedado sus impostores.
Los impostores

Alice Ball y Arthur L. Dean. Él, presidente de la Universidad de Hawái y químico. Ella descubrió el primer tratamiento efectivo contra la lepra. Su impostor, quien le roba el trabajo después de muerta, es un héroe institucional en Hawái y el edificio principal de la universidad lleva su nombre.

Elena Gallego y los jefes de Estaciones Agronómicas de la Dictadura. Ellos, qué más decir. Ella realizó la labor titánica de seleccionar las variedades de semillas más resistentes y productivas de alubias y guisantes, las legumbres del pobre. Su trabajo evitó hambrunas mayores. Ellos, héroes nacionales. De ella no tenemos ni su rostro. No está en Wikipedia.

Eunice Newton y John Tyndall. Él, influyente físico irlandés de la Royal Institution de Londres. Ella,  descubrió el efecto invernadero en 1856, tres años antes que él. Mutiló el rastro de la estadounidense en Europa y barrió su memoria bajo la alfombra de la ciencia victoriana. Da nombre a institutos del cambio climático, cráteres lunares, glaciares y cordilleras enteras.

Ida Noddack, Enrico Fermi y Emilio Segrè. Ellos, vacas sagradas de la física nuclear. Ella dejó escrito, bien clarito, que el Fermi y su equipo (incluido Segrè) no tenían razón y al corregirles describió la fisión nuclear antes que nadie en el mundo. Dijeron que su fisión nuclear era una "especulación absurda" pero se apropiaron de su principio.  Fermi está considerado el "arquitecto de la era nuclear". Segrè fue premiado con el Nobel en 1959.

Mary Agnes Chase y Charles Vancouver Piper. Él, botánico jefe del Departamento de Agricultura de EE. UU. Ella fue la mayor experta en gramíneas del mundo, pero por ser mujer y activista sufragista, el USDA le prohibía viajar con fondos públicos. Tipos como Piper y otros jefes del departamento firmaban los manuales de agricultura y mapas botánicos utilizando los miles de especímenes descubiertos por Mary Agnes. Piper es considerado el "padre del césped moderno" y tiene variedades de plantas bautizadas en su honor.

Nettie Stevens y Thomas Hunt Morgan. Él, genetista estadounidense de la Universidad de Columbia. Ella descubrió que el sexo de un organismo depende de los cromosomas (el sistema X e Y) y él, que era su supervisor, publicó un artículo paralelo robando los resultados de Nettie. El mundo científico le atribuyó el descubrimiento a él. Ganó un Nobel de Medicina en 1933 y se le conoce como el padre de la genética moderna.

¿Ves? Pues no son las únicas. Cuanto más escarbo, más caspa sale: Rosalind Franklin y Maurice Wilkins; Lise Meitner y Otto Hahn, el Nobel que además de "olvidarse" de su socia de toda la vida, también ninguneó a Ida Noddack; Jocelyn Bell Burnell y Anthony Hewish; June Almeida y sus colegas del Common Cold Research Centre; Katalin Karikó y la Universidad de Pensilvania... y espera que  saldrán más, de eso estoy segura.

Y si aún te quedan dudas de mi denuncia, de mi teoría de que ningunear Matildas sale gratis, te cuento casos cambiando de sexo. Varón contra varón, a ver como salieron las cosas:

Newton contra Leibniz a causa de un cálculo matemático. El Isaac se puso muy folclórico porque culpó al Gottfried de haber espiado en sus notas y le robó el tinglado. La cosa no estaba nada clara pero el Newton, que era el presidente de la Royal Society, montó un comité formado por amiguetes para acusar a Leibniz de ladrón. Nunca quedó claro el robo pero el Leibniz se la cargó.

Otro. Robert Gallo contra Luc Montagnier. En la década de 1980, Luc Montagnier -del Instituto Pasteur- aisló el virus del SIDA y le envió muestras al estadounidense Robert Gallo. Éste, por sus bemoles, publicó el hallazgo dando a entender que era propio, atribuyéndose el mérito. Se lió parda. Tuvieron que intervenir los presidentes de  Francia y EE.UU. para firmar un tratado internacional y repartirse los beneficios a medias. El laboratorio de Gallo fue investigado por fraude. Robert Gallo se quedó castigado y sin Premio Nobel.

Y otro más. Urban Le Verrier contra John Couch Adams a costa del planeta Neptuno. Le Verrier se apuntó el tanto y se volvió a liar parda. De nuevo crisis diplomática entre franceses y británicos. Solución salomónica. Ambos son codescubridores oficiales.
¿Ves lo que yo veo? cuando el afectado es varón tiene voz y puede hacer ruido para defenderse. Las instituciones de su país, hasta los cuerpos diplomáticos, sacan los dientes por él en la obligación de defender el orgullo patrio. Algunos se juegan premios Nobles y se ven obligados a litigar por su honor y cosas peores.

En cambio, a las Matildas, la comunidad científica aplicó -aplica- la ley del silencio. Sin presencia en academias, ni derecho a voto, ni redes de influencia, ni siquiera sitio en universidades; a tipos como Arthur Dean o Jérôme Lejeune les bastó con cerrar la puerta del laboratorio, poner su nombre con luces de neón y esperar a que el tiempo hiciera el resto. Encumbrados por ningunear a mujeres. Otro gallo hubiera cantado si hubieran robado logros a otros compañeros de profesión.

El Efecto Matilda no es algo del pasado. Es viejuno, sí, pero actualmente en uso. Me llama la atención que este ejercicio, procedente de una paletita guisandera de letras para más inri, no sea una denuncia colectiva de científicos de ambos sexos. Porque son ellos los que deberían estar sangrando a chorros.

De hecho, este efecto es el resultado de una investigación de Margaret W. Rossiter que durante años fue tratada como la pesada de las Matildas pero todo tiene su porqué. Estando ella en la universidad, allá por los 70, se le ocurrió preguntar ingenuamente a algún profesor si había habido mujeres científicas en los EE.UU. durante el siglo XIX. La respuesta fue una risotada y una frase que a Margaret le repateó en las entrañas:
Nunca ha habido mujeres científicas en América. No existen. Estás perdiendo el tiempo.
Y a ver, se encendió como una antorcha. Se puso a rebuscar como una posesa entre viejos libros, revistas, correspondencia, registros universitarios, actas de congresos... y encontró a cientos de ellas: astrónomas, químicas, botánicas, matemáticas... El suelo de la ciencia americana estaba alfombrado con el trabajo de mujeres que habían sido borradas sistemáticamente. Pero éste no fue solo un efecto norteamericano. Hay Matildas por todo el mundo. E imagina las que habrá que aún nadie las ha rescatado de debajo de la alfombra. 
Ingredientes:
  • 250gr. de Topfen o queso quark
  • 1 huevo
  • 1cda. de mantequilla
  • 50gr. de yogur griego
  • Algo de vainilla
  • 40gr. de azúcar glas
  • 130gr. de sémola de trigo o espelta
  • Agua para cocer las pelotas con una pizca de sal
  • Relleno:
    masa de nougat o unos pralinés
  • Rebozado:
    50gr. de Mantequilla
    60gr. de pan rallado
    Algo de canela
    70gr. de azúcar moreno
Nota: En la foto del paso a paso las cantidades aparecen dobles.
 
Preparación:
  1. Monta la clara de nuevo y reserva. Mezcla el resto de ingredientes juntos en un bol hasta que esté bien integrado. Añade la clara montada y deja reposar 3 horas en el frigorífico.
  2. Pon una cacerola con agua y una pizca de sal al fuego. Espera a que hierva.
  3. Con ayuda de una cuchara, haz bolitas con la masa. haces como una agujerito en el medio y le pones un praliné o un trozo de masa de nougat. Cierra y da forma de bolita.
  4. Pon a cocer las pelotas en el agua hirviendo. Baja el fuego lo suficiente para que no borbotee y deja que se hagan entre 8-10 minutos.
  5. Mientras haces las migas del rebozado: en un sartén a fuego medio y sin dejar de remover, tuesta ligeramente el pan rallado en mantequilla. Añade después el azúcar y la canela y remueve un par de minutos para que el azúcar temple pero sin carmelizarse.
  6. Pasa cada pelota por el rebozado. Comer templado para que el relleno aún esté líquido.

Stamppot de col con salchicha

junio 12, 2026
En 1893, en Londres para más señas, un sonado juicio hace retumbar los cimientos del arte a costa de un supuesto Frans Hals que no era lo que tenía que ser. Un reputado marchante de arte londinense llamado Charles Wertheimer se hace con un cuadro que todo el mundo tiene por una obra maestra del famoso pintor barroco. La galería Thomas Agnew & Sons lo compra por una suma astronómica porque sabe que el Louvre está interesado en adquirirlo.

El cuadro pasa de manos y cuando los conservadores del Louvre se ponen a limpiar el barniz y la suciedad acumulada por el paso del tiempo, sobre la esquina donde figura la firma de Frans Hals, aparecen las letras "JL" entrelazadas con una estrella de ocho puntas. Ese monograma es la firma de Judith Leyster. Y se arma el belén.

Este escándalo, que se resolvería de aquella manera en los tribunales, deja en ridículo a los más renombrados expertos en arte de Europa, que llevaban décadas alabando la "fuerza puramente masculina" de un cuadro que, mira por dónde, lo pintó una mujerona de armas tomar. Ja, deja que me ría un rato antes de seguir. 

Pues eso, que una cosa lleva a la otra y en el aire quedó flotando la pregunta del millón: con este método ¿Cuántos pufos más les habían colado los falsificadores? Pues el historiador del arte holandés Cornelis Hofstede de Groot se huele el pastel y se imagina que lo mismo el caso del Louvre es solo la punta del iceberg.  Y vaya que sí. Se recorrió los museos más importantes del mundo buscando la JL y la estrella de Judith en los cuadros atribuidos a Frans Hals  -y otros tantos atribuidos como anónimos- y el follón ya fue mayúsculo.
De Groot en esta primera batida, encontró siete obras de Judith con la falsa firma de Hals. Él dejó el libro de instrucciones marcado y posteriormente se han llegado a identificar hasta 35 obras de la pintora de Haarlem. 14 firmados por Hals, otros cuantos por su esposo y el resto como anónimos, ya que cualquier cosa valía con tal de dar valor a un cuadro no por su destreza e impacto artístico sino por el valor del firmante. Siempre varón, por supuesto.

Pero vamos a hablar de Judith, que es a lo que he venido. Nació en 1609 en Haarlem, Países Bajos. Era la hija de un cervecero local -no es relevante pero mola un montón- y con 20 años pintó El tañedor de laúd, una obra rematadamente buena que siglos después fue requeteadmirada en el Rijksmuseum de Ámsterdam bajo la firma de Hals.

Con 24, ya era una jefaza. Y lo dejó claro al convertirse en maestra de pleno derecho en el gremio de San Lucas de Haarlem, una cofradía reservada a los hombres. No fue un regalo porque tuvo que ponerse farruca ya que, sin pertenecer al susodicho, no podía abrirse un taller ni vender su arte ni tener alumnos propios. Y mira por donde, tenía además de talento artístico una mano magistral para el negocio que floreció rápidamente haciéndole la competencia a sus colegas varones. Y el más eminente era, como no, Frans Hals.

Fueron maestro y discípula al principio de su carrera y se influyeron mutuamente, esa es la realidad. Pero un par de años después de que Judith se estableciera por su cuenta, tuvieron una enzarzada que terminó en los tribunales.  Hals le pirateó un alumno algo que el gremio no lo permitía y como el hombre, muy venido arriba, pensó que ella no iba a tener pinceles suficientes para denunciarle, pues la cosa se lio parda. Porque lo hizo y el gremio le dio la razón obligando a que el pintor más famoso de Haarlem tuviera que compensarla económicamente. 

No contenta, se las vio también con el propio gremio por las abusivas tasas que imponían a sus cofrades. Montó una huelga fiscal junto a otros artistas y se negó a pagar ni un florín hasta que no se bajaran del burro. Y lo consiguió. 

Un año después se casó con el también pintor Jan Miense Molenaer. Fusionaron los talleres y aquí es cuando el esposo empieza a acaparar la producción de piezas mientras ella se encarga del negocio. Y las cosas les fueron fenomenal pero a costa de que su obra quedara ensombrecida por la marca familiar de su marido.

Murió joven, con 50 años. El viudo enseguida empezó a tener problemas financieros porque -menuda casualidad- se quedó sin inspiración artística y comercial. Y sin cortarse ni una pizca, se adueñó de la obra de su difunta. Y a nadie le chirrió el asunto. Ni nadie fue consciente de que las piezas de Leyster habían desaparecido del mapa. Fue literalmente, borrada. 
Tras el bombazo del juicio en Londres, el espíritu de Judith sacudió el mercado del arte porque marchantes, coleccionistas y museos temblaban ante la eventualidad de que sus Hals fueran Leyster. También te digo que el revuelo fue solo de egos heridos porque no existió intención alguna de valorar a la artista como se merecía.  Ego y dinero. Eso fue todo.

Tuvo que pasar mucho tiempo aún para que, con el auge de los museos americanos en los años 20 y 30, el nombre de Judith Leyster empezara a cotizarse como rara avis, porque como apenas se habían recuperado unas 35 obras, tener un Leyster original se convirtió en un símbolo de estatus. Su valor de mercado se equiparó al de los grandes maestros del barroco. Algo de justicia, por fin.

La guinda; con motivo del centenario del escándalo del Louvre, el Rijksmuseum de Ámsterdam y la National Gallery de Washington organizaron su primera gran exposición monográfica. Y bingo: los precios se dispararon moviendo millones de euros en subastas del nivel de Christie's o Sotheby's.

Así que- permíteme la vulgaridad- Judith Leyster le ha hecho la peineta a todo quisque en el mundo de arte. Hasta después de muerta, se ha salido con la suya y por más que han querido silenciarla, ha dejado bien clarito que ella no se calla ni bajo tierra.
Ingredientes:
  • 1 cebolla muy picada
  • algo de ajo en polvo
  • 1/2 col cortada en tiras
  • caldo concentrado de verduras
  • sal y pimienta
  • 3-4 patatas grandes cocidas
  • 1 cda. de mantequilla
  • perejil picado
  • 1-2 salchichas ahumadas a la plancha

Preparación:
  1. Cuece las patatas peladas y cortadas en agua con sal.
  2. En una sartén grande, rehoga la cebolla cortada muy fina con un poco de aceite de oliva o mantequilla. 
  3. Añade la col cortada en tiras finas. Rehoga, salpimienta y añade algo de ajo en polvo. Agrega algo de caldo concentrado de verduras con un poquito de agua, tapa y deja que ablande a fuego medio-bajo.
  4. Mientras, machaca las patatas con la mantequilla y las añades a la col. Rectifica de sal y pimienta y añade algo de perejil picado.
  5. Sirve con salchicha ahumada a la plancha.

Ensalada Eunice de brócoli

junio 09, 2026
Estamos en 2011, en Oklahoma. En concreto en la residencia de Ray y Jana. El matrimonio es muy aficionado a los libros divulgativos antiguos. Desde que Ray se jubiló, se pasean con más frecuencia por ferias y librerías buscando revistas y manuales científicos del siglo XIX. Y así, un poco a lo tonto, es como se hacen con un tomo del Annual of Scientific Discovery de 1857 y se topan con la manzana de Newton del cambio climático. 

Nuestra Newton es Eunice Newton Foote que, agárrate los machos, descubrió el efecto invernadero experimentando con cilindros de cristal expuestos al sol. Trasteando con esto y con lo otro -no me pidas detalles que me desmontas- se dio cuenta de que el dióxido de carbono y el aire húmedo retenían muchísimo más el calor que el aire normal. Concluyó que, si la atmósfera tuviera más de ese gas, la Tierra se calentaría notablemente.
Una atmósfera de ese gas podría darle a nuestra Tierra una elevada temperatura; y como algunos suponen, en algún periodo de su historia, el aire estuvo mezclado en éste en una proporción mayor que la actual, con lo que debería haber resultado necesariamente un incremento de la temperatura provocada por su propia acción y por el aumento del peso del aire
154 años desde que Eunice publicó su estudio sobre el calentamiento global y nadie, absolutamente nadie, había hablado de ella. Ni una universidad, ni un Nobel, ni un doctorado en una universidad de segunda fila. 154 años han sido necesarios para que un geólogo petrolero de Tulsa -amante de ejemplares viejunos que no solo compra sino que también lee- comprendiera la trascendencia del estudio de Eunice Newton e inmediatamente supo que tenía que hablar de ello. Publicó en una revista su hallazgo y la comunidad científica se quedó a por brócoli. O algo peor.
Efecto Matilda Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Porque el padre del efecto invernadero publicó su primer estudio tres años después de Eunice... malo. Y ese estudio comenzaba de esta guisa: "Nada, hasta donde yo sé, se ha publicado sobre la transmisión de calor radiante a través de cuerpos gaseosos"... malo. Y ese padrecito del calentamiento, pues como que no leía estudios de lo suyo ni tampoco ningún colega cercano -de la Royal Society, por ejemplo- que le hubiera podido comentar algo así como: "Oye, John, una mujer en Nueva York ha estado metiendo CO2 en tubos y dice que aquello se calienta una barbaridad". Pues como que no... malo.
Y digo esto porque ahora hay mucho por ahí fuera justificando que el bueno de John Tyndall no sabía nada de los experimentos de Eunice porque no han encontrado la prueba del delito. Vaya, que no hay ninguna nota que diga "Yo, John Tyndall, estando más perdido que Adán en el Día de la Madre, después de dedicar mucho tiempo e instrumental carísimo en medir a lo tonto gases como el oxígeno y el hidrógeno sin obtener ni un solo resultado y viéndome en un callejón sin salida, tuve a bien leer el estudio de una aficionada comprendiendo que la madre del cordero estaba en el dióxido de carbono y el vapor de agua".

Porque eso es lo que hizo ella. Eunice Foote, con cuatro botes de cristal al sol en su jardín, describió en su artículo que el oxígeno y el hidrógeno no aumentaban la temperatura, pero que el gas que se calentaba de forma requetesalvaje era el ácido carbónico. Pero claro, qué iba a saber ella que ni pudo presentar su propio descubrimiento ya que en los congresos científicos las mujeres no siempre eran bien recibidas -o cuando menos se montaba guasa en sus exposiciones- y tuvo que ser un varón de pelo en pecho quien acudiera al rescate y lo leyera en su nombre. 

Y aquí querido lector, dejo este brote de cinismo y si me equivoco en mis insinuaciones que me perdone el espíritu de John Tyndall pero esta grandiosa mujer huele a Matilda a la legua. Porque el patrón y el modus operandi es el clásico sin saltarse ni una coma. Porque yo aquí veo lo de siempre; ese proceso sistemático por el cual una mujer realiza el trabajo, encuentra la respuesta correcta, lo deja por escrito y el colega masculino absorbe el hallazgo, se lleva los honores y la comunidad científica en bloque barre el rastro y lo esconde bajo la alfombra.  

Es increíble que a la sociedad le haya costado tanto admitir el talento femenino. Teniendo pruebas. Teniendo los datos.  Mira hasta qué punto: el estudio de Eunice llegó a Europa y se publicaron dos breves resúmenes. Uno en Escocia y otro en Alemania. El redactor escocés fue tan incapaz de concebir que una mujer hubiera hecho ese descubrimiento que le atribuyó el mérito al maridito. El alemán, por su parte, recortó y copió los datos pero eliminó por completo la conclusión sobre la atmósfera y el clima. Mutiló su hallazgo sin pestañear.

Pero nunca es tarde si la dicha es buena así que voy a poner los puntos sobre las íes que ya va haciendo falta. Te voy a contar todo lo que he aprendido de Eunice Foote, de soltera Newton. Esta es su historia.

Nace en Connecticut y se cría en Bloomfield, Nueva York, que en esa época fue un foco de activismo social muy volcado en el abolicionismo y los derechos de la mujer.  Esto es muy importante de señalar. Luego verás el porqué. Sigamos: se educa en el Troy Female Seminary  fundado por la feminista Emma Willard. Allí descubre su amor por la química, astronomía y meteorología. En el Rensselaer School, aprende experimentación práctica de laboratorio. ¿Aficionada?

Tuvo la suerte de casarse con Elisha Foote Jr., un abogado, juez e inventor que fue el compañero de vida perfecto para poder seguir cultivando sus experimentos e ideas. Se mudaron a Seneca Falls en Nueva York y allí asiste a la famosa Convención de Seneca Falls, la primera gran quedada pro derechos de las mujeres. Junto a su esposo firma la Declaración de Sentimientos, un documento clave para el sufragio femenino firmado por 68 mujeres y 32 hombres. Se convirtieron sin saberlo en referentes de una lucha que a día de hoy, siglo y medio después, continúa peleando la igualdad de derechos.

Ella, aunque fue ninguneada por la comunidad científica, fue una investigadora e inventora fantástica: además de ser la jefaza de hecho del efecto invernadero, presentó un segundo estudio sobre la electricidad estática en gases, patentó un compuesto de relleno para las suelas de botas y zapatos que evitaba que chirriaran y otra patente más por mejoras técnicas en las máquinas de fabricación de papel para conseguir que fuera más fino y de mayor calidad. Ah, y no te lo pierdas, también inventó una cocina con termostatos. Cuando te pelees en la cocina con los reguladores ya sabes en quién tienes que acordarte.

Y murió, normal. Era humana. Y las instituciones científicas siguieron ninguneando su primer artículo de física, que mira por donde, resultó además ser el primero publicado por una mujer en una revista científica de los Estados Unidos bajo su propio nombre. ¿Y cómo pudo pasar?

A saber. Puede que al haber sido una notable activista pro derechos civiles, de las primeras encima, la causa pro igualdad se haya podido cegar con su contribución social y legal pero sin escarbar más allá ignorando sus muchos logros. Solo se me puede ocurrir otro motivo.

En cualquier caso, el engranaje de la invisibilización funcionó a la perfección con Eunice. La condescendencia de una comunidad científica internacional que ha expoliado sistemáticamente el talento femenino, queda completamente al descubierto en el caso Eunice. ¡Por favor! que inventó los termostatos de cocina. ¿Cómo es posible que solo haya sido una anécdota para la ciencia durante tantísimos años? 
Ingredientes:
  • 1-2 pellas de brócoli (depende del tamaño)
  • 2-3 zanahorias
  • 1 manzana
  • 10-12 palitos de surimi
  • un puñado de cranberries y/o pasas
  • Aliño: 2 cdtas. de mostaza amarilla, 2 cdas. de sirope de arce, vinagre de vino rosso, sal de especias a tu gusto, pimienta y aceite de oliva)
  • Por encima: unas semillas y/o nueces picadas a tu gusto

Preparación:
  1. Lava el brócoli y pica muy fino. Reserva los tallos para una crema de verduras, por ejemplo.
  2. Ralla las zanahorias y corta la manzana en trocitos. Lo mismo con los palitos de surimi.
  3. Prepara el aliño, lo agitas bien y montas la ensalada.
 
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