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Ensalada de garbanzos con calabacín y atún

septiembre 19, 2026
talasofilia. (Del gr. thalassa 'mar' y philia 'amor, afición'; voz aún no admitida por la RAE)
1. f. Amor intenso y a veces contradictorio hacia el mar, que combina fascinación, calma y un respeto rayano en el vértigo por su fuerza y lo que oculta.
2. f. Pasión incondicional de quien no logra alejarse del mar pese a los peligros que este encierra, y que se transmite de generación en generación pese a lo que se haya llevado.
Esta definición de hoy es puro invento pero no me ha quedado otra opción. La RAE no la contempla; ni a ella ni a ninguna hermana sinónima que exprese el amor profundo al mar. Había que hacerlo y lo he hecho; sin pensarlo demasiado porque por un momento, me he sentido perdida en este mundo y absurdamente desorientada: ¿Cómo he podido llegar a mis años sin una palabra de referencia que nos identifique a los pirados oceánicos reunidos? Por el amor bendito, que nuestro planeta tiene un 70% de agua salada entre mares y océanos, y aún así nunca nadie ha reparado en la necesidad de describir en una única voz este sentimiento que nos ha llevado a lo largo de los siglos a emprender aventuras descabelladas; a vivir a su costa y pagar el precio de sus peligros; a escribir ríos de tinta sobre sus embrujos.

La palabra es bonita a rabiar, no me digas que no. Tanto que a algunos, que ni siquiera saben de su existencia, se les mete por los huesos y les infecta hasta el tuétano de mareas y resacas, de vientos y calmas chichas; tan prolijo es el contagio, que ya no saben vivir de otra manera. No solo los marineros sufren el "mareo de tierra": la gente costera, cuando viaja al interior, siente que el suelo firme se tambalea. Su cerebro extraña el vaivén, los sonidos, la humedad salina y se vuelven bichos raros en la meseta. Mucha gente incluso, tras las vacaciones, regresa a sus casas tambaleantes e incapaces de caminar erguidos tal y como les pasa a los marineros cuando arriban a puerto.

Pero seamos sinceros: el mar o la mar -depende del enamorado- no es buen amante. No se hace sentir cuando uno quiere. Si bien no te miente, tampoco te promete. Ni te acoge ni te rechaza. Es como es y le tienes que aceptar bajo sus reglas. Como Santiago, el viejo de Hemingway, que conoce la mar a la perfección: ella concede o deniega favores sin dar explicaciones y si comete bravuconadas o maldades es porque no puede evitarlo. Porque no se negocia con ella; el viejo la comprende y la consiente. Y justo por ahí es de donde supura su amor.
El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel y encolerizarse súbitamente. Esos pájaros que vuelan picando y cazando con sus tristes vocecillas son demasiado delicados para el mar.
El viejo y el mar. Ernest Hemingway
Y es que el mar tiene eso: un choque brutal de sentimientos. Te regala una paz infinita, pero es capaz de desatar una tragantona de un rato para el otro; se atiborra de marineros, pescadores y vidas sin pestañear. Algunos salen a faenar con botas que flotan para que sus cuerpos no sean engullidos por las aguas y así, en la tragedia, asegurar que sus familias van a poder cobrar las pólizas. Asumen los riesgos y navegan millas adentro confiando en un equilibrio que casi nunca les favorece: días de bonanza y días de tragedia, el guiso del hombre de mar.

Ya sabes que mi faro está en Las Negras, en el Cabo de Gata. De niña, cuando aún era un apartado enclave de pescadores, el pueblo era un desfile de mujeres de luto eterno. Dicen que por ellas el pueblo lleva el nombre que lleva. Todas vestían de negro bien por un marido, un padre o un hermano que el mar decidió no devolver. Todos los atardeceres salían al pequeño malecón a hacer su tributo silencioso a ese cabo de mar que tanto dolor arrancó generación tras generación. Supongo que lanzaban al viento alguna oración, lágrimas en las fechas de guardar y esos suspiros pa'dentro, sin aspavientos porque esas mujeres no se permitían el lujo de flaquear.

Creo que no te miento si digo que no hay vez que me asome a ese lado del pueblo -el de las barcas, le decíamos siempre- y mi recuerdo no las evoque. Algunas, como la abuela María -como tantas abuelas María del pueblo que nos querían a los chiquillos a rabiar- no solo salía a hablar con los no retornados sino que esperaba con ansia ver llegar la barca de su hijo, el Juanillo, el único amor que le quedaba en la vida porque ella, con esas aguas, ya no quería tratos. Jamás la vi mojarse ni los tobillos. 

Si algo echo de menos ahora es poder sentarme en ese mini malecón, que en aquellos días no era más que un murete desconchado, y volver a verlas. Pero de aquel pueblo pescador ya no queda nada. Hoy el mar se cobra otras vidas como la de los turistas que se confían y se acercan demasiado a los acantilados. Ahora el malecón, bien revestido en cemento y pintura, ha sido conquistado por las mesas de las terrazas y han desbancado a los lugareños. Y mira, se acepta con gusto, porque sin el turismo las gentes del pueblo no sobreviven. Así que nos toca esperar con paciencia a que termine la temporada y el pueblo recobre su calma.

Y aunque ya no quedan pescadores, el lugar sigue respirando a la profesión. Ahora ya no quedan Juanillos para la faena pero sí hay buzos -como mi hijo- que salen siempre que la mar lo permite a guiar grupos bajo el agua o barqueros que llevan y traen turistas por las calas desiertas de la zona. Mi Alvarillo -así de querido es por todos que ya nadie se refiere a él sin su diminutivo autóctono- sigue saliendo al mar como los pescadores de antes, solo que ahora en vez de red y anzuelos lleva a turistas a mirar las profundidades; y lo que antes eran grupos de barcas haciendo el calamar o la sardina, ahora son patrulleras vigilando fueraborda de contrabando. Las mismas aguas, pero qué diferentes de aquellas. Solo la talasofilia perdura intacta. Para bien o para mal de sus lugareños.
El océano es más antiguo que las montañas y está cargado con los recuerdos y los sueños del tiempo. H.P. Lovecraft
Y yo, que vivo tan lejos del mar pero tan arropada en las montañas curo mi propio "mareo de tierra" en la cocina. Hoy he plantado en la mesa un plato que une esos dos mundos que se miran de frente en Las Negras: la Sierra del Cabo de Gata y el mar. Y entremedias, salpicando el desierto, los huertos y los cultivos intensivos que cada día acechan más al Parque Natural. Hoy toca una ensalada de garbanzos con calabacín y atún que es pura tierra y mar con toques mediterráneos para no olvidar y de paso asentar los pies y templar el alma. Que falta hace para no morir de morriñas.

Mi huerto sigue dando calabacines y ya que en Austria no se lleva mucho lo de comer pescado, nada como tener la despensa llena de latas que si bien no es lo mismo, valen para un roto y un descosido. Y no olvidemos el mundo omega3 que tan importante es para cualquier parroquiano. De mar o de secano.
Ingredientes:
  • 1 calabacín mediano
  • 1 bote de garbanzos cocidos
  • 1 cda. de pesto a tu gusto (el mío de almendras, ajo y hierbas frescas)
  • Aceite de oliva
  • Vinagre de vino
  • sal
  • 1 lata de atún a tu gusto
  • 1 cebolleta

Preparación:
  1. En una sartén con un poco de aceite de oliva, rehoga el calabacín con piel, sin pepitas y cortado en trocitos menudos. Cuando se marque un poco, lo salas un poquito y reservas.
  2. En un bol, pon los garbanzos y lo aliñas bien con el pesto, sal, vinagre y aceite de oliva. 
  3. Añade el atún, la cebolleta y el calabacín.

Bolas de calabacín y queso

agosto 16, 2026
meme
Del ingl. meme, palabra acuñada en 1976 por R. Dawkins, biólogo inglés, sobre el modelo de gene 'gen' y a partir del gr. μίμημα mímēma 'cosa que se imita'.

1. m. Rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación.
2. m. Imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet.
Bueno, me voy a meter en un jardín sin flores, en pleno verano y con sequía pero este melón había que abrirlo tarde o temprano. Voy a dejar la segunda acepción de la palabra porque el rollo chistoso todos lo tenemos ya muy interiorizado. A veces en exceso -tampoco es cosa de mentir- porque hay que ver la de tontadas carentes de ingenio que circulan por ahí, enredándolo todo sin ningún pudor. Ole tú la de estupideces que ruedan dando más miedo que risa. Pero esa es otra historia.

Yo hoy me voy de cabeza a por la primera. Rasgo cultural que se transmite por imitación... pero eso es un refrán, ¿no? o un proverbio, o un aforismo. Solo que ahora circulan con una rapidez vertiginosa sin darle tiempo al tiempo que es -o era- especialista en curtir dichos y redichos en sabiduría viejuna. Y es que, para ser justos, el paso de los años le otorga a las bobadas un regustillo a umami popular que cuando es tejido con lana nueva parece que pierde chispa. Pero no menospreciemos lo que se cuenta en las paredes ni en los muros de las redes porque hay cosillas de lo más interesante. 

Ahora -eso sí- el meme va a toda pastilla y sin frenos. Desde luego, al que se le ocurrió la terrible idea de poner la opción de compartir en redes habría que analizar con detenimiento su mente, ciertamente perversa y retorcida. Porque a lo tonto, como somos de clic rápido, reenviamos cualquier cosa casi sin pestañear, un poco en plan locatigüisqui -como decía mi padre- sin cavilar la moñería. 

Y de repente, un me gusta y luego otro; y luego... ¡Oye! que nos venimos arriba y el ego se pone tan contento por haber sido tan ocurrente; qué más da si la idea, la imagen o texto no es de cosecha propia. Con un simple clic nos hemos apuntado el mérito -ajeno- y tan contentos. Pero los efectos secundarios se hacen notar rápido: el cuerpo nos pide más.
Por cierto, esa primera vez la ofreció Digg con su "digg it", pero fue Tumblr quien la convirtió en gesto social con la opción de "reblog". Luego llegaron los retweet y el resto ya es historia. Pero sigamos. El caso es que mola mucho que te inflen a likes con algo que, lo de menos, es si es tuyo o no. Pero puestos a ser sinceros, no es lo mismo ser un replicante cuyo único mérito es darle al cliqui-cliqui de ratón o de dedo índice, que ser un generador de contenido. Dónde va a parar. 

Esto ya es otro nivel: nuestro ombligo empapado en adrenalina nos invita a  coger ese video, frase o historia -o receta que en nuestro gremio esto está permanentemente de moda- y manos a la obra; dependiendo del ingenio y el tiempo libre del creador de refritos, se tunea más o menos. Y hala, a menearlo bajo autoría propia. Y para los que carecen de talento, tampoco pasa nada: se copia todo al dedillo y aquí lo que sea, y después gloria.

Y es por eso que vemos una y otra vez imitaciones que erosionan sin mucho tacto la delgada línea entre el contenido compartido y la falta de originalidad, exprimiendo al máximo el comportamiento de rebaño -como decía Lope de Vega, todos a una-. Interactuamos no con quien mejor contenido nos da sino con quien más influencia aparenta. 

Ya te habrás fijado en que existen plantillas repetitivas para rascar visualizaciones: "el truco de mi abuela" o "el secreto de los mejores chefs que no quieren que sepas"; o "como me habéis preguntado muchos" pasando por el siempre eterno "quédate hasta el final para"; o maltratar los ingredientes tirándolos al perol sin ningún mimo, estrujar panes y bollos como si fueran esponjas de mar o amplificar los sonidos para que suenen a... ¿a qué? A saber.
Pero regreso al meollo que veo que me he colgado por sus ramas. Todo esto viene porque el algoritmo de Insta me dejó clavada con una frase que me encantó:
Imagínate que al leer un libro, no exista la opción de volver la página atrás.
¿Con cuánta atención leerías ese libro?
Eso es la vida.
Venía sin firmar. Mecachis, yo quería saber de quién era y a la que me pongo a buscar al paciente cero -sí querido lector, soy así de friqui- no encontré nada anterior a una publicación en Instagram de Manuel Landeta, un actor de telenovelas mexicano. No me malinterpretes, que seguramente ni él mismo se acuerda de haberlo escrito -o de que se lo escribiera quien sea que le lleve sus redes-. Lo que me ha dejado de aquella manera, ha sido la ironía: una frase con ese punto de sabiduría milenaria, de las que uno esperaría encontrar en un tratado de estoicismo, en un ensayo de algún filósofo ruso del XIX o -cuando menos- en boca de un monje budista, y mira por donde su huella más antigua documentable es mayo del 2020: un post con 3457 likes y comentarios del calibre de "Belo 👏🤩".

Que me parece muy bien, no me tuerzas el renglón. Pero he pensado que lo mismo las cosas han cambiado y lo han hecho demasiado rápido. El refrán tradicional ganaba autoridad porque sabías que lo respaldaban generaciones, porque tu abuelo lo decía y él lo escuchó del suyo. Era anónimo por el desgaste de los siglos. Pero el meme-aforismo de hoy necesita ser huérfano para que cualquiera se lo pueda apropiar y no busca la imitación para aprender o preservar la cultura -como dice la definición- sino para alimentar la inercia algorítmica que tan solo vela por el negocio de sus dueños.

Llámame loca pero parece que el meme viral actúa como herramienta de una programación que premia la copia exacta de la manada frente a la calidad personal y distintiva del individuo. Y no creo que sea por tontuna; puede que su objetivo principal sea mantenernos atrapados en las tendencias que el logaritmo crea y que los replicantes necesitan para seguir creando contenido a saco. Vaya, más madera para que el tren no se detenga.

En cualquier caso, y a falta de conocer cuál fue el primer refrito que dejó esa frase tan potente, me tomo la licencia de pensar en que lo mismo su origen está en la llamada imprenta de los pobres -que decía Galeano-. Pensar que es una de esas genialidades que dicen las paredes. Y ya puestos, qué mejor forma de cerrar esta memegrafía con una de las famosas frases que recogió Eduardo en El libro de los abrazos, dentro de su sección Dicen las paredes:
Coopere con la policía: tortúrese usted mismo
Y con un cierre tan cooperativo, qué mejor que torturarte con esta meme-receta que nace fruto de los huevos tontos y de los buñuelos de pan engrandecidos con ingredientes extras. Con calabacín siempre triunfan y sí, verás un montón de recetas similares rodando por ahí. Y como pasa con las frases bonitas, por mucho que rueden -incluso con faltas ortográficas- uno nunca se cansa.
Ingredientes:
  • 2 huevos
  • 350gr. de calabacín rallado o triturado
  • 100gr. de queso (mitad parmesano y mitad manchego, cheddar, etc.)
  • 100gr. de pan rallado un poco en grueso
  • 60gr. de harina de maíz
  • 1 ajo
  • perejil
  • Sal y pimienta
  • abundante aceite neutro para freír 

Preparación:
  1. En un bol, pon el calabacín y el queso rallados o triturados junto con el resto de ingredientes. Deja que repose unos 20-30 minutos en la nevera. Mi consejo es que, cuando tengas el calabacín rallado, lo estrujes con un trapo limpio para quitarle algo del agua que suelta para que se formen mejor las bolitas.
  2. Coge una cucharita y ve formando las bolas mientras calientas el aceite en una sartén honda. Si ves que aun así están poco consistentes, añade algo más de pan rallado o harina de maíz.
  3. Vas friendo las bolitas y las dejas escurrir en papel absorbente de cocina. Calientes o templadas están deliciosas. Acompáñalas de tu salsa favorita.

Lasaña crujiente con calabacín y bacon

julio 18, 2026
Tras el accidente en el que murieron los astronautas del Apollo I durante una prueba en tierra, la NASA determinó que los trajes espaciales que habían desarrollado no valían para nada. Muy posiblemente la muerte de Grissom, White y Chaffee se habría podido evitar si la vestimenta y la cápsula hubieran sido construidas con componentes más resistentes y por supuesto, sin materiales inflamables.

Se ponen a ello: capas interminables, unas encima de otras, de materiales costosísimos y raros de narices. Claro, llega la hora de coserlos y ahí no hay aguja que lo resista. Se subcontratan costureras de Playtex, la fábrica de fajas milagreras y el famoso cruzado mágico de pechos perfectos. Pero ojo, que no les vale cualquiera.

La selección fue variando con el tiempo en medida de las necesidades, pero se solicitaba un perfil muy concreto: se valoraba especialmente la contratación de mujeres con un nivel de habilidad muy alto pero con poca formación profesional. Esto tenía todo el sentido del mundo: se buscaba poder enseñarlas a reaprender el oficio sin que opusieran mucha resistencia y al mismo tiempo, desaprender malos hábitos sin mostrar demasiada obstinación por ello. En resumen: buscaban docilidad y habilidad en estado reconcentrado y sin efectos secundarios.

Trabajaban todas juntas en una sala enorme, requetesilenciosa; se medía cada puntada con una reglita de 15 cm. que cada costurera tenía consigo; se prohibió el uso de alfileres -extraviar uno dentro del traje la podía liar parda- y se cosía con una lentitud extrema luciendo cerca una foto del astronauta propietario del futuro traje para no olvidar en ningún momento que un error costaría vidas -esa vida en concreto-. ¿Imaginas el estrés para unas mujeres que no habían sido entrenadas para ello y el desgaste psicológico tan brutal? 

Llegaron a hacer jornadas de 80 horas semanales, sin vacaciones y hasta altas horas de la noche. Y todo ello, con unos salarios modestos que no reflejaban su responsabilidad. Además, al pertenecer a una subcontrata, su trabajo se consideraba manufactura y no ingeniería, detalle aparentemente tonto pero que las excluyó de los bonos y reconocimientos oficiales de la agencia espacial. Para que te hagas una idea: el día del lanzamiento del Apollo XI, muchas de ellas lo presenciaron desde sus hogares. Ni siquiera tuvieron el detalle de invitarlas a todas al lanzamiento y hacerlas partícipes del momento.

Y por todos es sabido el éxito y el revuelo. No paraban de hablar del alunizaje, de los astronautas, de que si un paso para el hombre y tal. Todo eso que ya sabemos. Pero por cosas que pasan, muy posiblemente ante la saturación de fotos pisando la luna y de los astronautas victoriosos, un periódico local en algún lugar -venga, en Delaware, no le pongamos más misterio- publica una foto de una costurera joven delante de un traje de los recién alunizados. El pie de foto reza textualmente:
Hazel Fellows, sentada en la máquina de coser, ensamblando piezas del traje en la línea de producción del traje espacial Apollo A7L en la International Latex Corporation (ILC), Frederica (Dover), Delaware.
¿Y qué pasó? pues que no redoblaron las campanas. Ni los tambores. Ni nada. Porque no pasó nada. Muchos -pero muchos- años después se comienza esta hermosa labor de desenterrar los logros y los hallazgos de las mujeres y alguien saca del olvido a estas costureras. ¿Cómo es posible que no se hablara de ellas? ¿Cómo es que nadie reconoció sus méritos? Desde la NASA dicen que sí, que las querían mucho pero oye, son cosas que pasan.

Se hacen documentales con las supervivientes, se intenta seguir el rastro de las que ya han fallecido y se les reconoce su gran trabajo, ese por el que no recibieron ni reconocimiento ni gloria. Y así es como Hazel Fellows -que desgraciadamente ha fallecido sin que se tenga ningún dato de ella- pasa a ser la imagen icónica del grupo; primero porque fue encargada y responsable de muchas de ellas; y también por esa preciosa foto que se convierte en el estandarte de las costureras. Esa es la foto que se reprodujo durante décadas, la que llegó a representar a todo el colectivo de costureras del Apollo ante el mundo.
Pues agárrate que vienen curvas. En marzo de 2026, el Museo Nacional del Aire y el Espacio confirmó oficialmente que la mujer en la fotografía es en realidad Jean Wilson y no Hazel Fellows. Nadie jamás confirmó la identidad de esa jovencita de 19 años que cosía el traje de Armstrong. Nadie preguntó a las chicas, que se conocían todas, porque cualquiera de ellas hubiera confirmado que era Jean. También lo hubiera hecho la propia Hazel porque en ese momento, cuando se hizo popular la foto, estaban todas vivas, localizables, con nombre y apellido en las nóminas de una empresa colaboradora de la NASA. Habrían corregido el error si alguien se hubiera molestado en enseñarles la foto y preguntar "¿esta eres tú?".

Y aquí es donde tiro el micro al suelo. Nada que añadir, señoría. A ver quién ahora viene a cuestionar que a estas magníficas mujeres no se las ninguneó cuando se dejaron el pellejo por mantener vivos a los de Apollo XI y a los que vinieron después.

La ceguera de la NASA, que tanto ha escurrido el bulto, aquí ha quedado retratada: esos ingenieros y astronautas que visitaban la planta constantemente para los ajustes de los trajes, las conocían. Sin embargo, durante 57 años, ninguno de ellos corrigió el error al ver la foto publicada con el nombre equivocado. Puede que cuando estás en las alturas, las caras de las costureras terminaron siendo intercambiables. Porque dieron más valor a sus puntadas y zurcidos que a sus desvelos, ataques de nervios y ansiedad. Menuda ironía: ellas han sido como los sujetadores de Playtex que sostienen lo que hay que sostener, hacen su trabajo y nadie los ve.

Por mi parte, no imagino mejor tributo a todas ellas que rescatar sus nombres y dejar constancia de sus propias voces. ¡Va por vosotras, chicas!

Iona Allen, Delema Austin, Julia Avery, Doris Boisey, Velma o Thelma Breeding, Julia Brown, Francine (Fran) Burris, Jane Butchin, Ethel Collins, Delema Comegys, Henrietta Crawford, Lillie Elliott, Ruth Embert, Evelyn Everett, Hazel Fellows, Eleanor Foraker, Madeline Ivory, Evelyn Kibler, Beverly Killen, Anna Lee Minner, Roberta Pilkenton, Ruth Anna Ratledge, Sue Roberts, Gail Smith, Arlene Thalen, Joanne Thompson, Mary Todd, Michelle Trice, Ceil Webb, Jeanne (Jean) Wilson, Clyde Wosylkowski y Delores Zeroles
"Había noches en las que llegábamos a casa, nos preocupábamos y pensábamos: 'Dios mío, ¿habré dejado un alfiler dentro?'. Y perdías un poco de sueño por la noche. A veces realmente te derrumbabas y llorabas... sé que yo lo hice".
Jean Wilson. Entrevista BBC
"Salía de la planta a las cinco de la mañana y volvía a las siete, pero valía la pena, realmente lo era". (Ella confirmó haber trabajado sin vacaciones durante tres años seguidos y sufrir dos crisis nerviosas).
Eleanor Foraker. CBS News
"Teníamos que hacer diferentes tipos de muestras de costura y las enviaban al laboratorio de pruebas donde las rompían hasta que se rasgaban. Solíamos hacerlas todo el día sabiendo que iban a ser destruidas. Pero sabíamos que la vida de un hombre dependería de ello, así que simplemente seguimos adelante".
Joanne Thompson. BBC Future
"Una vez que empezaron a bajar la escalera y él puso el pie en la Luna, ese fue el punto culminante de ver algo en lo que habías ayudado... Pero luego pensaba: 'Dios mío, me pregunto si eso aguantará. Espero que esa puntada no se haya soltado'".
Lillie Elliott. CBS News
"Todas éramos buenas y éramos un equipo. No se consigue hacer nada a menos que seas un equipo".
Roberta Pilkenton. Smithsonian
Ingredientes para 3-4 personas:
  • 6 lonchas de bacon
  • 2 calabacines medianos
  • 200gr. queso cremoso de cabra
  • 100ml. de nata líquida
  • algo más de nata líquida para el fondo
  • 8 láminas de lasaña sin necesidad de cocer
  • 1-2 tomates 
  • pesto verde
  • algo de pimienta
  • algo de mozzarella para gratinar

Preparación:
  1. En una sartén, haz el bacon hasta que quede crujiente. Reserva.
  2. En la misma sartén, marca un poco el calabacín cortado en lonchas finas.  Reserva.
  3. En un bol, mezcla el queso de cabra cremoso con la nata hasta que tengas una crema lisa. Si es necesario, añade algo más de nata. Reserva.
  4. Calienta el horno a 190ºC.
  5. En un recipiente de pyrex (o dos, como en mi caso) pon una base de nata, coloca la primera lámina de pasta, pon encima unas láminas de calabacín, una loncha de bacon cortada en 3 trozos, un poco de la crema de queso y de pesto. Pon otra capa de calabacín, de rodajas de tomate, otra loncha de bacon en 3 trozos, crema de queso y pesto. Repite esta misma capa y termina con una cuarta lámina de pasta que cubrirás con queso crema de cabra.
  6. Hornea. Los primeros 20 minutos con papel de aluminio. Después lo destapas y dejas que coja color y el crocante. Termina con trocitos de mozzarella por encima para que gratine bien la lasaña.
  7. Una vez fuera del horno, añade pimienta, un poco de pesto y si puedes, unas hojas frescas de albahaca. 

Crema de calabaza y verduras con leche de coco

enero 12, 2026
No quiero ponerme vulgar pero esta entrada va de palabrotas. Yo aviso. Y es que hace un par de años -o algo más- la asociación de psicología estadounidense nos dijo tener pruebas fehacientes de que decir tacos es bueno. Vulgar, sí; ofensivo, también; pero rehabilitador porque parece que -insisto, lo han probado- para ciertas cosillas dar rienda suelta al vocabulario soez ayuda a rebajar la tensión, el estrés o el dolor. 

Si lo piensas bien, es algo que hacemos con frecuencia aunque no nos pongamos académicos con el tema pero quién no ha soltado más de un juramento al pillarse un dedo o machacarse la uña con el martillo en vez de darle al clavo. O un coscorrón, tropiezo o resbalón. A veces cuando nos dan un susto o al intentar montar una estantería de los suecos y las piezas no encajan.
También dicen que mejora el rendimiento físico y por eso muchos deportistas se ponen de vuelta y medida en los encuentros importantes y aunque fuera de la cancha o campo sean todo amor y elegancia, en los momentos tensos sacan a flote al verdulero malencarado que llevan dentro. Y mira tú, estos arrebatos mejoran también las relaciones sociales. 

Me explico: soy muy fan de la NBA -gets los Nuggets- y cada dos por tres los muchachos pierden los papeles y se insultan, zarandean o cosas peores pero luego no se guardan rencor, dicen que son cosas que pasan y pelillos a la mar. Eso sí, los fans se vuelven locos de contento cuando hay gresca, en plan circo romano y contra más jaleito, más eufóricos y encantados. Vaya, que hacen piña entre ellos y cuanto más fanatismo, mejor. 
Le he preguntado a la IA de Google a ver que piensa ella  y me dice que también "puede ser señal de honestidad -¿?- e inteligencia al mostrar un buen vocabulario". En fin, que será muy inteligente y todo eso, pero el argumento es tonto de remate. Esa coletilla del buen vocabulario me hace pensar que lo mismo a las IA's las tenemos que dotar de más sentido común porque el conocimiento sin sensatez es más estéril que una mula o un burreño, es decir, un burdégano... y queden estos vocablos como ejemplos de buen y variado vocabulario que nada tiene que ver con soltar sapos, ranas y culebras por esa boquita que la naturaleza nos ha dado.

También te digo que no he encontrado alusión alguna por parte de la IA a esa retahíla de seudo tacos que se alinean en nuestra boca ante un plato rico y nutritivo. Ésto sí que es para soltar palabrotas pero ya sabes el dicho: oveja que bala, bocado que pierde.

El espíritu de esta sopa, es aprovechar esos restos de verduras que se que van quedando huérfanos en la nevera. La base: calabaza, un poquito de patata y la leche de coco. El resto, tira de verduras perdidas en las profundidades de tu frigorífico.
Ingredientes:

  • 300gr. de calabaza
  • 3 patatas medianas
  • 1 calabacín pequeño
  • 1/2 puerro
  • 1/2 l. de caldo de verduras
  • 1/2 manojo de espinacas
  • Un buen puñado de canónigos
  • 250ml. de leche de coco
  • sazonador de hierbas a tu gusto
  • pimienta
  • limón

Preparación:
  1. Pon a cocer a fuego medio-bajo las hortalizas (puerro incluido) en una cacerola con el caldo. Pasados 10 minutos, añade las verduras (las espinacas y los canónigos). Cuece un par de minutos más.
  2. Tritura la crema añadiendo la leche de coco. Sazona a tu gusto y sirve con unas gotas de limón. Hice un poquito de espuma  con la leche de coco para darle un toque visual a la hora de servir. 

Garbanzos con calabacín en salsa de cúrcuma

octubre 26, 2025
Soy requete fan de Byung-Chul Han así que imagina que alegría me invade verle recoger el premio Princesa de Asturias de comunicación y humanidades. Hace años, dediqué esta tarta a sus palabras porque es un tipo que a mí me ha calado mucho y en tiempos tan complicados, conseguir que nos detengamos a pensar me parece casi milagroso y sus mensajes, aunque puedan parecer algo pesimistas, son tremendamente certeros y nos retratan sin estridencias ni ruido innecesario. 

Nos victimiza a veces pero con razón. Nos alejamos del saber, del pensamiento, del silencio vital a favor de una esclavitud social que nos quieren siempre agotados, sumisos del trabajo, las modas, las redes sociales. Y somos victimas sí o sí porque o estás dentro del sistema que solo quiere que trabajes y consumas o eres un paría o algo peor. Porque no tener trabajo significa no tener techo ni comida y lo único que te queda es la marginalidad en mayor o menor medida.

Claro, él usa frases brutales y hermosas para contar lo que todos sentimos y que expresamos soltando sapos y culebras por nuestra boca y justo por eso, me parece muy merecido el premio porque vivimos tiempos oscuros para la comunicación y las humanidades. 
Pero como somos muy puñeteros de serie, estoy leyendo críticas hacia él que me rompen un poquito las pelotas si se me permite decirlo. Que en X le crezcan los haters es normal porque allí hay granjas-escuelas de personal destructivo, odiosos sistemáticos y difamadores por deporte; pero que en medios, más o menos relevantes, tiren de crítica simplista sin contextos definidos -ya que cortas trajes, colila, por lo menos cúrrate los argumentos- y de juicios a la ligera pues se me agria hasta la bilis, para qué mentir.

Le ningunean tachándolo de panfletista moralista, universitario insatisfecho y descontento que critica la sociedad y nuestro tiempo pero no aporta nada para remediarlo. Qué despropósito. ¿Es acaso esa la misión de un filósofo? Sócrates, Platón, Aristóteles, Rousseau; Foucault o Kant ¿acaso ellos lo hicieron? ¿terminaron ellos con las guerras, las dictaduras, las injusticias sociales? Pero que tonterías hay que escuchar. 

Si en lugar de criticar tanto a la ligera, los comunicadores, ya sean profesionales o influencers, se dedicaran a reflexionar con más humanidad y criterio, lo mismo, así podrían llegar a concienciar más y mejor a la gente de los problemas que nos invaden. Porque localizar, admitir y reflexionar sobre los problemas es lo que hace que los podamos afrontar. 

Ojalá escucháramos más y mejor sin tener las escopetas cargadas listas para acribillar cualquier argumento crítico que hable de radicalización, del peligro de las IAs, de las pantallas, de las redes sociales... y ahí es donde también le hurgan la nariz: populista, simplón y hasta le tachan de dedicar párrafos y párrafos a la idiotez. 
Pues ojalá hubiera más idiotas y menos arrogantes y menos narcisistas y menos... menos cantamañanas como el que termina su artículo diciendo "Tal vez de manera similar, por nuestro propio bienestar, en nuestra época de hablar demasiado y pensar poco, deberíamos aprender la virtud de callarnos". 

Eso mismo estoy pensando yo: Ojalá más de uno se aplicara su propio cuento y si quieren criticar, lo cual está fenomenal, pues que lo hagan sin desprestigiar y se abonen al maravilloso mundo de la argumentación positiva y enriquecedora y así de paso, nos ilustran un poquito más al resto de los mortales que no sabemos ni para donde tirar entre tanta  comunicación  y sobre información insulsa e intrascendente. 

Lo mismo, el problema está en su manía de criticar el neoliberalismo y el capitalismo feroz. Lo mismo son ataques de cuernos de aquellos que no quieren entender que la riqueza jamás debemos dejar que se construya a costa del pobre. Y una vez asumido esto, ahí sí, venga, hablemos de posibles escenarios para hacer que todos podamos vivir mejor.
Mis escritos son una denuncia, en ocasiones muy enérgica, contra la sociedad actual. No son pocas las personas a las que mi crítica cultural ha irritado, como aquel tábano socrático que picaba y estimulaba al caballo pasivo. Pero es que, si no hay irritaciones, lo único que sucede es que siempre se repite lo mismo, y eso imposibilita el futuro. Es cierto que he irritado a la gente. Pero, afortunadamente, no me han condenado a muerte, sino que hoy soy honrado con la concesión de este bellísimo premio. Se lo agradezco de todo corazón. Muchísimas gracias.
Ingredientes:
  • Calabacín a tu gusto
  • cebolleta a tu gusto (o puerro)
  • 1 bote de garbanzos cocidos
  • pimentón murciano (sin sabor ahumado)
  • 4-5 cdas. de salsa de tomate
  • 1 cda. de mantequilla de cacahuete
  • 1 cdta. de cúrcuma
  • 1 poquito de caldo de verduras
  • 1 lata de leche de coco (400ml. más o menos)

Preparación:
  1. En una cazuela, rehoga brevemente las verduras con un poquito de aceite neutro. Añade los garbanzos, el pimentón y sigue rehogando.
  2. Añade la salsa de tomate, la mantequilla de cacahuete, la cúrcuma, el caldo y la leche de coco y deja que cueza unos diez minutos cuidando de que el calabacín no se cocine en exceso ya que pierde sabor y propiedades. Sala si lo ves oportuno. Puedes acompañarlo de arroz blanco.

Gnocchi con calabacín y espinacas

septiembre 17, 2025
Jan Erik Olsson es un tipo simpático que sabe -o sabía- empatizar fenomenal con el personal. Un mes de agosto de hace 40 años tuvo la mala idea de meterse en un banco a robar y la cosa se torció. La policía le acorraló y él se quedó con unos rehenes por aquello de tener alguna carta que jugar. Como la situación le superaba, se acordó de un colega de presidio -Clark Olofsson- al que admiraba mucho por lo listo que era y pidió que le sacaran de la cárcel y le llevaran al banco a ver si él sabía como salir de aquel embrollo.

Esto pasó en Suecia, en la sucursal del Kreditbank en Norrmalmstorg. Olsson había entrado armado y con explosivos en su afán de intimidar y así largarse de rositas con un buen fajo de pasta. La policía, por su parte, estaba convencida que iba a resolver el embrollo en un periquete pero nada más lejos; no tenían experiencia ninguna con este tipo de situaciones y fueron de cagada en cagada  mientras los medios de comunicación, por primera vez en su historia, retransmitían en directo un secuestro como si se tratara de una película de Hollywood. Y el espectáculo duró seis días. Seis.
Jan cada vez estaba más convencido que iban a morir todos ahí dentro. El trato con sus rehenes era cercano y amigable -jugaban a las cartas y al cinco en raya para matar el tiempo- y así fue como los rehenes empezaron a ayudarle para terminar pacíficamente con la situación. 

Una de las rehenes, Kristin Enmark, se encargó de mover ficha y pidió a la policía hablar con el Primer Ministro de Suecia, Olof Palmme. Le expresó el temor que sentían de ser abatidos todos ellos por las autoridades y le suplicó una y otra vez que aceptaran las condiciones de Olsson, es decir, dejarle escapar del banco con dos de los rehenes y un coche. Palmme insistió una y otra vez que era imposible. Que la única forma de salir indemnes era que Jan se entregase y en un momento dado, posiblemente ya perdiendo un poquito el norte en la conversación mientras Kristin insistía una y otra vez en verbalizar su miedo a morir en manos de la policía, le dijo algo como que si la cosa se desmadraba pues hala, sea valiente y muera en su puesto... o algo así. 

Y claro, Kristin, una joven de veinitipocos y a la vista decidida y con su carácter, mandó al Primer Ministro al carajo. Esto dio pie a que la policía construyera su relato -tapando sus chapuzas- asegurando que los rehenes, al colaborar con su secuestrador, estaban saboteando los intentos de rescate. Y nada más lejos. Temían por sus vidas y cuando por fin el banco fue gaseado, decidieron que Jan debía salir primero porque lo mismo, al salir ellos, le matarían sin darle tiempo a rendirse.
Y así, seis días y medio después del atraco fallido, la policía paseó a Olsson por la calle ante la multitud y las cámaras para que quedara claro quienes habían ganado la partida. Contaron la historia de aquella manera y los rehenes, las víctimas, pasaron a estar en tela de juicio y fueron acosados constantemente por haber colaborado con su captor. Ellos, por su parte, criticaban a la policía por haberlos puesto en peligro y con Kristin Enmark fueron especialmente desagradables por aquello de haber mandado al pairo al Primer Ministro. 

Uno de los asesores de la policía, el psiquiatra Nils Bejerot, vendió a los medios un síndrome que se acababa de inventar sobre la marcha y a costa de Kristin: el síndrome de Estocolmo. El tipo hizo caja durante años, analizando y juzgando el comportamiento de la joven sin haber hablado jamás con ella. Jamás. Las declaraciones de todos los rehenes fueron manipuladas en el juicio de Olsson y en las grabaciones de Kristin con Olof Palmme curiosamente habían desaparecido como unos 20 minutos de la conversación donde el Primer Ministro quedaba en evidencia.

El síndrome de Estocolmo, lo que nos enseña, es a comprobar lo fácil que es desde el poder, controlar cualquier relato y hacer pasar a las víctimas por locas, o lo que sea, porque a veces parece que todo vale; y por otra parte, demuestra también lo sencillo que es crear un síndrome sin tener criterios de diagnóstico ninguno y que nadie defienda a las víctimas como se merecen sin subterfugios que las hacen más daño del necesario.
Ingredientes:

  • 400-500gr. de gnocchi
  • 1 calabacín pequeño-mediano
  • 200gr. de espinacas
  • 2 cdas. de queso crema
  • 200ml. de leche
  • 2 lochas de queso fundido
  • parmesano a tu gusto
  • Algo de aceite de oliva
  • sal y pimienta

Preparación:
  1. En una sartén con un poco de aceite, saltea el calabacín sin pepitas y en trocitos menudos (con su piel). Añade los gnocchi y después las espinacas.
  2. Añade el queso crema, la leche y las lonchas de queso fundido. Remueve hasta ligarlo bien a fuego medio.
  3. Apaga el fuego, añade parmesano a tu gusto, salpimienta y sirve rápido.

Pinchitos de pavo y calabacín

agosto 21, 2025
discernir
Del lat. discernĕre.
Conjug. modelo.
tr. Distinguir algo de otra cosa, señalando la diferencia que hay entre ellas. Comúnmente se refiere a operaciones del ánimo.
tr. Conceder u otorgar un cargo, distinción u honor.

El derecho a discernir en términos jurídicos, no expresa un derecho como tal sino todo lo contrario, puesto que se refiere a la obligación de distinguir entre lo bueno y lo malo, lo justo y lo injusto, a ser responsable a la hora de tomar decisiones y en caso contrario, un juzgado te puede deshabilitar y entender que no estás con plenas facultades declarándote incapacitado legal para realizar ciertos actos jurídicos sin que un representante decida por ti.

Esto le pasó a Britney Spears por ejemplo, lo mismo que a otras celebridades de Hollywood con mucha pasta donde por miedo a que se fulminaran el patrimonio en banalidades, sus progenitores airearon sus trapos sucios públicamente para hacer que un juez les hiciera responsables a ellos de los cuartos y las mansiones. Estos son casos a gran escala pero con pleitos de andar por casa, los juzgados están llenos de hijos que no quieren que sus padres les deshereden o tan solo que gasten su patrimonio con nuevos amores, amigos o caprichos y piden fervientemente que incapaciten a sus papis del alma para que no gasten ni un euro más del necesario.

¿En serio que la cosa va de distinguir entre lo bueno y lo malo? ¿lo justo y lo injusto? de ser así, ni Trump ni Putin tendrían acceso al famoso botón rojo de las armas nucleares, ni Netanyahu estaría cometiendo la masacre en Gaza, ni tantos millonarios descerebrados estarían repartiéndose el mundo a sus anchas; y no para comérselo, sino para dejarlo pudrir. Ascazo, oiga.
En cambio, sí soy muy fan del derecho a discernir en la vida cotidiana como un rayito de esperanza que nos ayude a evaluar las distintas opciones que tenemos a mano y elegir la mejor alternativa, de forma responsable y por su puesto teniendo en cuenta siempre las posibles consecuencias de nuestras decisiones. Bah, lo escribo y me da la risa. Suena tan ñoño.

Pero entre medias del discernimiento ñoño y el legal, está el democrático, el derecho -ahora sí que sí- de tener la libertad de expresar desacuerdo con opiniones o decisiones ajenas, siempre y cuando estos juicios de valor se hagan dentro del respeto al próximo algo que parece que no tenemos nada, pero nada claro. 

Primero por una cuestión práctica algo desdibujada: no sabemos distinguir entre hechos y opiniones. Esto nos genera un estrés intelectual del copón. Cada vez es más común ver gente influyente y de poder colándonos hechos a la imagen y semejanza de sus doctrinas haciendo que cualquier debate sea infructuoso y desalentador. Qué pereza. Y es que cualquier hecho, si lo sacas de su contexto, lo puedes adaptar a tu relato por muy poco ético que sea. Lo vemos a diario con políticos y periodistas que nos manipulan hasta el aburrimiento con estas tácticas. 
Y luego di algo. Expresa tu opinión y te van a devorar unos y otros a las primeras de cambio. Hoy eres facha o comunista -o las dos cosas- a nada que se te tuerza el renglón y el manual de frases y adjetivos faltones está en apogeo promovido, claro, por los propios políticos desde sus púlpitos, porque saben que cuanto más estrafalaria y feroz es la faltada, más eco y repercusión tienen.

Y si los que deberían dar ejemplo, los que moralmente tendrían que estar capacitados para debatir en términos más respetuosos, alentando a los suyos, por supuesto, pero sin faltar a los que no piensan igual, demostrando que el derecho a la libertad de pensamiento y la pluralidad de una sociedad sana es su pilar fundamental, si esto no cala en los líderes, que podemos esperar de sus seguidores que por lo que sea les encanta servir al de arriba y en cuanto se les azuza, hacen linchadas y escraches con una furia salvaje más propia de bestias rabiosas que de seres racionales. 

En fin, que conste que no busco pinchar en absoluto. Yo lo que pretendo es que pruebes estos pinchitos de carne de pavo con calabacín que han gustado mucho en casa y que vuelve a ser una receta con la que mantener contento al anti calabacín de la casa, que cada día está más dispuesto a reconocer públicamente que el calabacín, bien cocinado, está de vicio.
Ingredientes:
  • 500gr. de pavo molido
  • 150gr. de calabacín
  • 80gr. de pan rallado (o pan duro)
  • 50gr. de queso parmesano
  • 1 huevo
  • sal y pimienta
  • opcional: cebolla y/o ajo en polvo

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes en el procesador de cocina y haces una masa con ellos. Coge porciones de la masa, le das forma alargada y lo ensartas en un palillo de pinchitos.
  2. En una sartén o parrilla, haz los pinchitos con un poquito de aceite de oliva. Sírvelos con la guarnición que más te guste.

Torticas de calabacín y atún

agosto 18, 2025
Ha querido la casualidad que me haya puesto a leer El vino del estío justo ahora, en verano. No ha sido premeditado pero como las casualidades no existen, puedo pensar -porque nada me lo impide- que lo mismo hay libros que se acercan o se alejan a su entero capricho, buscando el momento preciso para echar raíz en las manos del lector casual o peor aún, del lector sembrador de causas más o menos perdidas pero capaz de mantener viva la llama novelesca universal, esa lumbre común que forjan los humanos cada vez que abren un libro calentando la imaginación de tal manera que a veces parece que alcanzará los 451ºF. Pero eso nunca puede pasar. Una mente viva y ávida de aventuras, pensamientos o líricas jamás quema libros. Esa labor la llevan a cabo las mentes obtusas y necias que temen por encima de todas las cosas, al libre pensador. Porque la voluntad, con tortura, se anula y doblega. El pensamiento jamás.

Y mira que podría haber empezado por sus Crónicas marcianas, porque le tengo muchas ganas, pero ha sido El vino de diente de león -título original que me parece precioso y tiene su cosa- y la mente inquieta de Douglas Spaulding quien me ha atrapado en su verano de 1.928 en Illinois haciéndome recordar que muchas de sus dudas y descubrimientos también los experimenté en su día, muchos años después y en un lugar de la Mancha que a todas luces, nada tiene en común con Illinois.

Pero las mentes vivarachas de los chiquillos, son así todas... o más o menos, capaces de mezclar lo cotidiano y aburrido con acontecimientos fantásticos que solo pueden nacer de una mente infantil antes de ser achicharrada por la pubertad y todo el circo que se monta después, cuando les obligamos a crecer y a enterrar su universo privado para así evitar distracciones a la que les lanzamos sin paracaídas al mundo adulto. Cómo si no fuera compatible la madurez y la fantasía. Como si soñar le quitara importancia o inteligencia o porte al individuo que cada mañana va al trabajo y vuelve baldado, y aún sin ganas tiene que brear con los hijos, y los suegros, y los vecinos, y el mecánico.
Yo me he permitido en mis vacaciones del estío, pedalear por lagos enormes y pocos profundos, llenos de lodo y de patos y garzas y cisnes; me he regalado tardes leyendo a Ray Bradbury al borde del estanque de peces de una pensión checa donde los zapateros se deslizaban sobre el agua en manadas dejando cientos de pequeñas ondas expansivas a su paso y entre las páginas veraniegas de los Spaulding se detenía mi lectura en seco cada vez que un pez saltarín se contorsionaba fuera del lago en busca de un sabroso insecto que le alegrase la tarde.

Qué bonito es el mundo cuando merodean los soñadores por todos sus rincones a pesar de su ingenuidad ante lo práctico y ambicioso. Porque, como dijo el viejo Leo Auffmann al abuelo Spaulding: "¿Acaso hoy las máquinas no nos hacen llorar? ¡Sí! Cada vez que el hombre y la máquina parece que se van a entender... ¡bum! Alguien añade un engranaje y los aeroplanos nos tiran bombas, los coches nos arrojan a los precipicios..." porque mientras la gran parte de mundo anhela un mundo más confortable y amable, un pequeño porcentaje de codiciosos desalmados se empeñan en ponerle bombas a todo y hacen que la vida, lo único importante que tenemos se convierta en una pesadilla interminable. 

Así que, una vez más, me declaro afortunada por tener la vida que tengo; lamento que los que ponen bombas en los aeroplanos sigan en sus trece de quitarnos lo bonito y lo amable; y sobre todo, y aún con todo, le pido a la divinidad pertinente en obrar milagros, que le dé a todos los habitantes de la Tierra lo mismo que yo tengo, ni un euro más ni uno menos, y te aseguro que todos tendríamos tiempo de leer apaciblemente en una pensión checa, dinero suficiente para vivir bien -y sin exagerar- pero sin caudales suficiente para comprar bombas.
Y sobra decir lo agradecida que estoy al huerto que tantas cosas ricas nos da cada verano; y a las mil y una formas de hacer torticas con o sin calabacín. Anoche hice unas estupendas de patata y calabacín que volveré a hacer pronto para publicarlas pero antes colaré unas fantásticas que probé en las vacaciones -en la pensión del lago con zapateros y peces saltarines contorsionistas- de patata y berenjena con col al estilo checo... pero tendrá que ser para otra. Hoy estas de atún que también han triunfado.
Ingredientes:
  • 1 calabacín mediano (unos 200gr)
  • Atún a tu gusto (entre 80-150gr)
  • 200gr. de harina (yo le pongo parte integral)
  • 1 sobre de polvos de hornear
  • 50ml. de agua
  • sal y pimienta
  • algo de cebolla en polvo (opcional)
  • 3 cdas. de parmesano rallado
  • algo de queso gouda o mozarela rallado
  • algo de aceite de oliva

Preparación:
  1. Ralla el calabacín  y lo mezclas con el resto de ingredientes  hasta que tengas una masa pegajosa pero firme. Si ves que queda muy dura, añade una pizca más de harina. Yo, el último ingrediente que le añado es el queso mozarela rallado. También puedes añadirle a la masa una cucharada de aceite de oliva.
  2. En una sartén, pon un poco de aceite de oliva y con ayuda de una cuchara, vas echando pegotes de masa. Cuando le des la vuelta, lo aplastas a tu gusto para que queden más finas o más gorditas.
  3. Puedes servirlas con pipirrana y tu salsa favorita.



Farinata de garbanzo con verduras

junio 02, 2025
Si vas a Roma y decides pasear por el parque de Gianicolo, tarde o temprano te vas a encontrar con la estatua de Anita Garibaldi montada en un caballo embravecido, pistola en mano y en el regazo, su pequeño primogénito. Y es que Anita, mientras luchaba al lado de su José, el amor de su vida, y estando embarazada de unos siete meses, fue echa prisionera mientras luchaban en la guerra de los Farrapos en Brasil. Le contaron que Giuseppe había muerto y en cuanto tuvo su bebé, escapó de sus captores. 

Pero Giuseppe Garibaldi no había muerto. Lograron escapar y continuaron la lucha, ahora en Uruguay al lado de sus famosos camisas rojas, la legión de expatriados y parias que fueron uniéndose a Garibaldi a costa de sus ideales de igualdad, justicia y lucha por la libertad. 
Siguieron luchando en el sitiado Montevideo durante años hasta que llegaron esperanzadoras noticias desde el Piamonte: la pena de muerte que pesa sobre su cabeza, es revocada y se le anima a regresar con sus tropas a luchar de nuevo por la unidad italiana que aúne a todos sus estados lejos de las zarpas de los reyes europeos. Anita le sigue los pasos, a un país desconocido, sin saber la lengua y sin mayor referencia que su amado. Lucharon con bravura contra todos los que se oponían a la unificación hasta que en una de estas batallas, contra los austriacos esta vez que acudieron a la llamada del Papa de Roma, salieron mal parados. 

Anita volvía a estar embaraza del que tenía que haber sido su quinto hijo. Huyen como pueden con la intención de buscar refugio en la República Veneciana a la que no consiguieron llegar juntos: cerca de Rávena, agotada y de mala manera, cae enferma de fiebres tifoideas y muere en pocos días.  

Ya nadie más volvió a llamarle José. Huyó una y dos y tres... regresó una y dos y tres... siempre luchando y sin darse jamás por vencido. Con el paso de los años, logró su soñada unificación pero sacrificando su ideal republicano. La republica tuvo que esperar. Pero esa es otra historia.
La historia de Garibaldi fue la de un paria italiano que recorrió las llanuras sudamericanas de batalla en batalla, luchando por lo que creía justo con su querida Anita siempre a su lado, hasta la muerte. Un hombre que sorteó la victoria y la derrota casi a partes iguales por amor a su patria, que tuvo que renunciar a su ambición de ver a Italia unida en una república. Todas sus hazañas, su perseverancia, se volvieron tan legendarias que cuando visitó Inglaterra ya de anciano, le recibieron como un héroe mundial. El héroe de los dos mundos, como le llamó Alejandro Dumas.

Un día como hoy de 1.882 moría a los 75 años Giuseppe Garibaldi en Cerdeña después de una vida intensa, llena de batallas, revoluciones y aventuras, con su honestidad casi intacta, tres matrimonios y el recuerdo idealizado de Anita siempre vivo.
La farinata es la prima hermana de la focaccia y la pizza pero elaborada con harina de garbanzo. En Cerdeña se la conoce como fainé y llegó a Uruguay muy posiblemente de la mano de algún camisa roja expatriado. O eso quiero creer porque se popularizó cuando Garibaldi guerreaba por esas tierras. Allí se la conoce como fainá. Esta que te traigo es un poco revolucionara o contestataria porque se suele servir sola sin las verduras. Pero oye, la revolución es lo que tiene, que a veces la r se queda por el camino y terminamos evolucionando culinariamente. 
Ingredientes:

  • 1 calabacín pequeño
  • unos tomates cherries
  • aceite de oliva
  • sal y pimienta
  • 150gr. de harina de garbanzo
  • 300ml. de agua
  • unas hojas frescas de albahaca o menta

Preparación:
  1. Pon a calentar el horno a 200ºC.
  2. En una sartén, saltea el calabacín cortado en rodajas con un poco de aceite de oliva. Añade los tomates partidos por la mitad y saltea 1-2 minutos. Salpimienta.
  3. Mientras, mezcla con la batidora eléctrica (para que no te deje grumos) la harina y el agua con una pizca de sal. Añádelo a la sartén y deja que cuaje un poco (de 2-3 minutos) a fuego medio-bajo. 
  4. Llévalo al horno y espera a que esté bien cuajada la farinata.


Ensalada de pasta y atún con calabacín

septiembre 13, 2024
diálogo 
Del lat. dialŏgus, y este del gr. διάλογος diálogos.

1. m. Plática entre dos o más personas, que alternativamente manifiestan sus ideas o afectos.
2. m. Obra literaria, en prosa o en verso, en que se finge una plática o controversia entre dos o más personajes.

3. m. Discusión o trato en busca de avenencia.

¡Menudo melón! Dialogar, qué manido y deslucido y exprimido y espachurra'o de tanto malusarlo y maldecirlo y malquererlo. Recurrimos a él con ahínco y tesón pero casi siempre para usarlo en plan besugo o en modo sordera. Porque a parte de no saber manejarlo, confundimos razones con derechos, con despropósitos, hechos con opiniones, axiomas y verdades reducidas a su mínima expresión, sin contexto alguno, sin na'bueno, y así, a lo tonto, se usa para colarnos mentiras y medias verdades y certezas manipulables con el fin, no ya de entendernos sino todo lo contrario; nos quieren peleados y amorales, nos agitan como avispas en el avispero.

Acabo de leer a un jacho en Twitter y todos sus comentarios, que pretenden ser cátedras del buen saber, están tan llenos de "ismos" que se hace tarea imposible adivinar a donde pretende llegar con tanto nacionalismo, y socialismo y comunísimo y liberalismo y materialismo e individualismo y... y paro que me da fatiga. Y todo ¿pa'qué? pues pa'na, salmuera sin sal, maniqueo puro y argumentaciones plagadas de clichés y nuevas palabras inventadas para decir lo mismo pero sin que lo parezca. ¿Pero por qué no sabemos dialogar?
Pues muy fácil, porque cuesta esfuerzo. Para dialogar hay que ceder la palabra, escuchar admitiendo los argumentos ajenos aunque no los compartas, discrepar con sensatez sin recurrir a la crítica personal, sin poner etiquetas ni prejuzgar. Hay que tener en cuenta los contextos y admitir que verdades hay tantas como razonamientos y experiencias; hay que ser crítico con uno mismo cuando toque sin que ello signifique traicionar tus ideas. En fin, que hace falta un montón de cosas que aburren a la gente porque no da espectáculo y encima te obligan a pensar. !Qué osados!

No me lo tomes a mal, pero como dialogar en un país donde la envidia está tan blanqueada, tanto, que las cosas que uno admira son envidiables y nos hincha de orgullo que alguien nos suelte un "jo, qué envidia me das". El sumun. Un país donde al pasar un ferrari la gente piensa más a menudo con un "anda y que se estrelle" que con un "ojalá yo pueda tener uno". Y encima, somos de dormir con la escopeta cargada que muchas veces uno abre la boca para dar su opinión y se le cose a perdigonazos antes de que pueda exponer sus razones. Y esto no es nuevo, no son los jóvenes, no es ahora. Lee algo del SXIX y te toparás con estos mismos rotos que llevamos a cuestas desde hace qué se yo. Así somos.

“En España, de cada diez cabezas, nueve embisten y una piensa”. Antonio Machado


Ingredientes para 4:
  • 2 calabacines en trocitos menudos
  • algo de aceite de oliva para saltear los calabacines 
  • sal de especias
  • 400gr. de pasta cocida en agua con sal
  • 1/2 cebolla morada
  • tomates cherry a tu gusto
  • 1 lata de atún en aceite de oliva
  • 1 ó 2 huevos duros
  • aliño: el aceite del atún, vinagre, unas gotas de miel, sal y pimienta

Preparación:
  1. Saltear los calabacines troceados con un poquito de aceite de oliva y sal de especias. Reservar.
  2. Al tiempo, cocer la pasta en abundante agua con sal. Cuando esté al dente, escurrir y escaldar con agua fría.
  3. Pon la pasta en un recipiente y añade todos los ingredientes. Aliña y listo.

Bizcocho de calabacín y coco de nuevo

septiembre 08, 2024
Un día como hoy del 2013 publiqué este mismo bizcocho, o casi, porque con el paso del tiempo le he hecho un par de modificaciones aunque en esencia, es el mismo bizcocho de calabacín y coco. En aquel, Lucas comenzaba la primaria. Ahora, mi chico terminará el Bachillerato y tendrá que hacer su examen de Matura, que es con el que se graduará y tendrá acceso a la universidad. Qué lejos se me antojan aquellos años y cuántas cosas han pasado en su vida. 

Leo aquella entrada, de aquel otro bizcocho de calabacín y coco y los recuerdos me inundan. Aquellos nervios, ese ansia que tenía por aprenderlo todo... recuerdo cuando aprendió a leer y caminaba por la calle flipando entendiendo por fin todas las señales y las calles; o en el supermercado, que se empapaba de todos los carteles y etiquetas. Ese momento tan especial -que yo el mío no recuerdo- cuando las palabras dan sentido a todo lo que te encuentras en el camino. Le recuerdo caminando dando saltitos, ese trotecillo infantil que siempre asociaré con la felicidad y que me dolió en el alma cuando, tanto él como su hermano, dejaron de hacerlo. ¿Por qué? ¿Por qué crecer es a veces tan frustrante?
Qué doloroso fue cuando le acosaron en el segundo curso. Qué bien, por cierto, lo manejó su tutora, su Frau Lehrerin, que lo primero que hizo fue pedirle disculpas por no haberlo evitado y aunque intentaron atar en corto a la pandilla de piezas a Lucas le quedó un poso que nunca ha terminado de reabsorber; su manera de relacionarse, siempre retraído y sin tomar iniciativas, atraía a los canallas infantiles y sobre todo a los que se mueven en pandillas cerradas que son el gran mal de la infancia porque generación tras generación cuánto daño han hecho y cuánto rechazo han generado. Le pasó también con el equipo de fútbol donde nunca le aceptaron y creo que eran tan desagradables con él esperando a que se fuera tal y como hicieron con otros muchos chicos. Él no se rindió. Pero los sufrió, vaya que sí.
Y así es como perdió... ¿la inocencia?... ¿qué es lo que pierden estos críos tan honestos y sensibles que no son capaces de entender la crueldad facilona, sin motivos, solo por aquello de humillar? No sé que es lo que perdió de golpe pero a cambio la vida le compensó con un sentido de la justicia brillante que sabe manejar desde muy chico con mano templada y sin vacilar. Él sabe aguantar en su propio pellejo pero no soporta ver la injusticia en los demás. Sabe defender a los suyos y se retuerce de cara cuando huele el acoso y el rechazo en los demás. 

Lucas es un muchacho que nunca ha cedido ante estos animalicos. Sabe encajar y sigue a lo suyo lo cual me enorgullece mucho pero no puedo evitar sentir una punzada de dolor. Le recuerdo constantemente que cuando se vaya a la universidad, conocerá a gente más adulta, sin tantas tontadas, los grupos de amigos serán más abiertos y la madurez de carácter, que ahora tanto echa de menos en su entorno, será lo habitual y no la excepción.
Es curioso, cuantas ganas por aprenderlo todo tenía entonces y ahora, estudia solo lo que necesita para cumplir, con buenas notas pero sin sobresalir porque no le apetece. No soporta el estrés del aprendizaje, las decisiones parciales de los profesores que les valoran a veces sin criterios definidos; suben notas a unos y bajan a otros de forma sesgada y toda esa basurilla por la que hemos pasado todos con más o menos docilidad. Se enfada a menudo con el mundo, con la política, con las guerras, con la gente que traga con todo, con... en fin, con todo eso que conlleva  la juventud. 

Pero echo de menos al niño feliz, los trotecillos al caminar, sus dibujos, sus ganas de comerse el mundo, en definitiva. Solo confío que este año se le haga liviano, que salga al mundo y no solo descubra que se lo puede comer sino que además, le apetezca comérselo a bocados. 


Ingredientes:
  • 175gr. de calabacín cortado en trocitos con su piel
  • 3 huevos
  • 175ml. de leche, Buttermilch o yogur
  • 120gr. de azúcar morena
  • 40gr. de sirope de arce o miel
  • vainilla molida o extracto de vainilla
  • 60ml. de aceite
  • 300gr. de harina (250 repostera y 50 integral)
  • un sobre polvos químicos (o dos cucharaditas)
  • 100gr. de coco rallado
  • una pizca de canela
  • cobertura: 100gr. de choco blanco y un chorrito de leche o nata.  Algo de coco rallado.

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 170-180ºC dependiendo del horno.
  2. En un bol, pon el calabacín sin pelar. si es muy grande, quítale las pepitas del centro para que solo tengamos carne y piel (evitamos que suelte mucha más agua). Lo puedes trocear con un procesador de cocina y si te es más cómodo, rállalo pero cuélalo para quitar el agua que suelta. Añade los huevos, el Buttermilch o yogur, azúcar, el sirope o la miel, el aceite y la vainilla. Lo bates (en el procesador o con la batidora eléctrica) hasta que este cremoso. 
  3. Añade ahora los ingredientes secos: las harinas, el coco rallado, los polvos químicos y la canela. Bate hasta que quede lo más liso posible.
  4. Engrasa un molde alargado o de rosca. Pasa la masa  y espolvorea unas cuantas lascas de coco. Hornea unos 45 minutos más o menos hasta que esté cuajado. 
  5. Derrite el chocolate blanco con un chorrito de leche o nata líquida. Lo remueves hasta que no queden grumos y lo pincelas sobre el bizcocho cuando esté frío o casi frío. Espolvorea coco rallado por encima y deja que enfríe por completo.
 
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