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Lasaña crujiente con calabacín y bacon

julio 18, 2026
Tras el accidente en el que murieron los astronautas del Apollo I durante una prueba en tierra, la NASA determinó que los trajes espaciales que habían desarrollado no valían para nada. Muy posiblemente la muerte de Grissom, White y Chaffee se habría podido evitar si la vestimenta y la cápsula hubieran sido construidas con componentes más resistentes y por supuesto, sin materiales inflamables.

Se ponen a ello: capas interminables, unas encima de otras, de materiales costosísimos y raros de narices. Claro, llega la hora de coserlos y ahí no hay aguja que lo resista. Se subcontratan costureras de Playtex, la fábrica de fajas milagreras y el famoso cruzado mágico de pechos perfectos. Pero ojo, que no les vale cualquiera.

La selección fue variando con el tiempo en medida de las necesidades, pero se solicitaba un perfil muy concreto: se valoraba especialmente la contratación de mujeres con un nivel de habilidad muy alto pero con poca formación profesional. Esto tenía todo el sentido del mundo: se buscaba poder enseñarlas a reaprender el oficio sin que opusieran mucha resistencia y al mismo tiempo, desaprender malos hábitos sin mostrar demasiada obstinación por ello. En resumen: buscaban docilidad y habilidad en estado reconcentrado y sin efectos secundarios.

Trabajaban todas juntas en una sala enorme, requetesilenciosa; se medía cada puntada con una reglita de 15 cm. que cada costurera tenía consigo; se prohibió el uso de alfileres -extraviar uno dentro del traje la podía liar parda- y se cosía con una lentitud extrema luciendo cerca una foto del astronauta propietario del futuro traje para no olvidar en ningún momento que un error costaría vidas -esa vida en concreto-. ¿Imaginas el estrés para unas mujeres que no habían sido entrenadas para ello y el desgaste psicológico tan brutal? 

Llegaron a hacer jornadas de 80 horas semanales, sin vacaciones y hasta altas horas de la noche. Y todo ello, con unos salarios modestos que no reflejaban su responsabilidad. Además, al pertenecer a una subcontrata, su trabajo se consideraba manufactura y no ingeniería, detalle aparentemente tonto pero que las excluyó de los bonos y reconocimientos oficiales de la agencia espacial. Para que te hagas una idea: el día del lanzamiento del Apollo XI, muchas de ellas lo presenciaron desde sus hogares. Ni siquiera tuvieron el detalle de invitarlas a todas al lanzamiento y hacerlas partícipes del momento.

Y por todos es sabido el éxito y el revuelo. No paraban de hablar del alunizaje, de los astronautas, de que si un paso para el hombre y tal. Todo eso que ya sabemos. Pero por cosas que pasan, muy posiblemente ante la saturación de fotos pisando la luna y de los astronautas victoriosos, un periódico local en algún lugar -venga, en Delaware, no le pongamos más misterio- publica una foto de una costurera joven delante de un traje de los recién alunizados. El pie de foto reza textualmente:
Hazel Fellows, sentada en la máquina de coser, ensamblando piezas del traje en la línea de producción del traje espacial Apollo A7L en la International Latex Corporation (ILC), Frederica (Dover), Delaware.
¿Y qué pasó? pues que no redoblaron las campanas. Ni los tambores. Ni nada. Porque no pasó nada. Muchos -pero muchos- años después se comienza esta hermosa labor de desenterrar los logros y los hallazgos de las mujeres y alguien saca del olvido a estas costureras. ¿Cómo es posible que no se hablara de ellas? ¿Cómo es que nadie reconoció sus méritos? Desde la NASA dicen que sí, que las querían mucho pero oye, son cosas que pasan.

Se hacen documentales con las supervivientes, se intenta seguir el rastro de las que ya han fallecido y se les reconoce su gran trabajo, ese por el que no recibieron ni reconocimiento ni gloria. Y así es como Hazel Fellows -que desgraciadamente ha fallecido sin que se tenga ningún dato de ella- pasa a ser la imagen icónica del grupo; primero porque fue encargada y responsable de muchas de ellas; y también por esa preciosa foto que se convierte en el estandarte de las costureras. Esa es la foto que se reprodujo durante décadas, la que llegó a representar a todo el colectivo de costureras del Apollo ante el mundo.
Pues agárrate que vienen curvas. En marzo de 2026, el Museo Nacional del Aire y el Espacio confirmó oficialmente que la mujer en la fotografía es en realidad Jean Wilson y no Hazel Fellows. Nadie jamás confirmó la identidad de esa jovencita de 19 años que cosía el traje de Armstrong. Nadie preguntó a las chicas, que se conocían todas, porque cualquiera de ellas hubiera confirmado que era Jean. También lo hubiera hecho la propia Hazel porque en ese momento, cuando se hizo popular la foto, estaban todas vivas, localizables, con nombre y apellido en las nóminas de una empresa colaboradora de la NASA. Habrían corregido el error si alguien se hubiera molestado en enseñarles la foto y preguntar "¿esta eres tú?".

Y aquí es donde tiro el micro al suelo. Nada que añadir, señoría. A ver quién ahora viene a cuestionar que a estas magníficas mujeres no se las ninguneó cuando se dejaron el pellejo por mantener vivos a los de Apollo XI y a los que vinieron después.

La ceguera de la NASA, que tanto ha escurrido el bulto, aquí ha quedado retratada: esos ingenieros y astronautas que visitaban la planta constantemente para los ajustes de los trajes, las conocían. Sin embargo, durante 57 años, ninguno de ellos corrigió el error al ver la foto publicada con el nombre equivocado. Puede que cuando estás en las alturas, las caras de las costureras terminaron siendo intercambiables. Porque dieron más valor a sus puntadas y zurcidos que a sus desvelos, ataques de nervios y ansiedad. Menuda ironía: ellas han sido como los sujetadores de Playtex que sostienen lo que hay que sostener, hacen su trabajo y nadie los ve.

Por mi parte, no imagino mejor tributo a todas ellas que rescatar sus nombres y dejar constancia de sus propias voces. ¡Va por vosotras, chicas!

Iona Allen, Delema Austin, Julia Avery, Doris Boisey, Velma o Thelma Breeding, Julia Brown, Francine (Fran) Burris, Jane Butchin, Ethel Collins, Delema Comegys, Henrietta Crawford, Lillie Elliott, Ruth Embert, Evelyn Everett, Hazel Fellows, Eleanor Foraker, Madeline Ivory, Evelyn Kibler, Beverly Killen, Anna Lee Minner, Roberta Pilkenton, Ruth Anna Ratledge, Sue Roberts, Gail Smith, Arlene Thalen, Joanne Thompson, Mary Todd, Michelle Trice, Ceil Webb, Jeanne (Jean) Wilson, Clyde Wosylkowski y Delores Zeroles
"Había noches en las que llegábamos a casa, nos preocupábamos y pensábamos: 'Dios mío, ¿habré dejado un alfiler dentro?'. Y perdías un poco de sueño por la noche. A veces realmente te derrumbabas y llorabas... sé que yo lo hice".
Jean Wilson. Entrevista BBC
"Salía de la planta a las cinco de la mañana y volvía a las siete, pero valía la pena, realmente lo era". (Ella confirmó haber trabajado sin vacaciones durante tres años seguidos y sufrir dos crisis nerviosas).
Eleanor Foraker. CBS News
"Teníamos que hacer diferentes tipos de muestras de costura y las enviaban al laboratorio de pruebas donde las rompían hasta que se rasgaban. Solíamos hacerlas todo el día sabiendo que iban a ser destruidas. Pero sabíamos que la vida de un hombre dependería de ello, así que simplemente seguimos adelante".
Joanne Thompson. BBC Future
"Una vez que empezaron a bajar la escalera y él puso el pie en la Luna, ese fue el punto culminante de ver algo en lo que habías ayudado... Pero luego pensaba: 'Dios mío, me pregunto si eso aguantará. Espero que esa puntada no se haya soltado'".
Lillie Elliott. CBS News
"Todas éramos buenas y éramos un equipo. No se consigue hacer nada a menos que seas un equipo".
Roberta Pilkenton. Smithsonian
Ingredientes para 3-4 personas:
  • 6 lonchas de bacon
  • 2 calabacines medianos
  • 200gr. queso cremoso de cabra
  • 100ml. de nata líquida
  • algo más de nata líquida para el fondo
  • 8 láminas de lasaña sin necesidad de cocer
  • 1-2 tomates 
  • pesto verde
  • algo de pimienta
  • algo de mozzarella para gratinar

Preparación:
  1. En una sartén, haz el bacon hasta que quede crujiente. Reserva.
  2. En la misma sartén, marca un poco el calabacín cortado en lonchas finas.  Reserva.
  3. En un bol, mezcla el queso de cabra cremoso con la nata hasta que tengas una crema lisa. Si es necesario, añade algo más de nata. Reserva.
  4. Calienta el horno a 190ºC.
  5. En un recipiente de pyrex (o dos, como en mi caso) pon una base de nata, coloca la primera lámina de pasta, pon encima unas láminas de calabacín, una loncha de bacon cortada en 3 trozos, un poco de la crema de queso y de pesto. Pon otra capa de calabacín, de rodajas de tomate, otra loncha de bacon en 3 trozos, crema de queso y pesto. Repite esta misma capa y termina con una cuarta lámina de pasta que cubrirás con queso crema de cabra.
  6. Hornea. Los primeros 20 minutos con papel de aluminio. Después lo destapas y dejas que coja color y el crocante. Termina con trocitos de mozzarella por encima para que gratine bien la lasaña.
  7. Una vez fuera del horno, añade pimienta, un poco de pesto y si puedes, unas hojas frescas de albahaca. 

Buñuelos de a 10 céntimos

julio 13, 2026

Luisa y sus compañeros acaban de publicar el que va a ser el último número del Frente Rojo en la redacción que comparten con La Vanguardia. Un grupo de unos cincuenta hombres armados irrumpen en el edificio: tienen aspecto de llevar tiempo escondidos, con la piel pálida de quien no ha visto la luz del sol en mucho tiempo. Con las galeradas aún frescas de tinta, los asaltantes lo destrozan todo a su paso. Son sacados a la calle y obligados a formar una línea contra la pared con los brazos en alto. Aún es noche cerrada y, a pesar de los uniformes de carabineros, nadie tiene dudas ante lo que está pasando: son hombres de la Quinta Columna que vienen a lo que vienen.

Los han separado en dos grupos y son empujados en direcciones distintas. Es el final, se dice Luisa. Les susurran que al que levante la cabeza, lo dejan frito. En cualquier caso, no quiere mirar a nadie para no perder la compostura. Si me van a fusilar, lo haré con estoicismo. Pero el cuerpo, que siempre va a lo suyo sin respetar dignidades, le tiembla de puro sin querer.

Sorprendentemente, Luisa Canés no es represaliada. No hay disparos y sin mediar aspavientos, es liberada al amanecer junto a sus colegas. El objetivo no eran ellos sino destrozar las rotativas. Ahora entienden sin lugar a dudas, que está todo perdido y ya no queda tiempo que perder. Es la hora del exilio.

De camino a La Junquera, continúan escribiendo y publicando por donde pueden. El viaje es infernal. La aviación italiana y alemana los castigan sin descanso. Saben de sobra que la población huye del horror que les espera. Son gentes que, a pesar de no ofrecer batalla, están siendo castigadas sin piedad. Por puro rencor, el más insano. Los ganadores aún no se han saciado de tanta sangre derramada. Luisa agradece que su hijo Ramón esté a salvo en París. Lo que está viendo en la retirada es atroz. Urge llegar a suelo francés.

¿Mi crimen? El de todos los buenos españoles: ser fiel al poder legítimo de
España. Durante dos años y medio mi pluma, como la de la mayoría de los escritores, ha defendido la legalidad republicana, ha exaltado el heroísmo inagotable del pueblo español: ha cumplido con su deber.
Son recibidos -en la tierra de la liberté, égalité y fraternité- con el griterío de soldados senegaleses y algún gendarme. "Allez, allez", les instan. "Allez, allez". Por delante: alambradas, empujones, campos inmensos y helados, las playas de la vergüenza, el abandono total y absoluto en condiciones infrahumanas. Qué infame puede llegar a ser el destierro. Salvo por las bombas, poco se diferencian éstos de los que hay al otro lado de los Pirineos.

Ella tiene suerte y es trasladada, junto a más mujeres y niños, a Le Pouliguen -Bretaña francesa- cerca de Nantes. Afortunadamente, no es un campo de internamiento a la intemperie sino una colonia infantil de veraneo que ha sido reconvertida en centro de internamiento. Ella es la refugiada número 31. La incertidumbre por el futuro que les espera es asfixiante. Agentes de Franco rondan por estos centros tentando a algunas con volver. Se han enterado de una, madre de una niña de nueve, que aceptó volver a su pueblo en la promesa de ser bienvenida. Su hijo se había echado al monte y esperaban que bajo el reclamo de la madre, le darían caza. O bien el muchacho no cayó en la trampa, o bien no le llegó la noticia. Y al no serles de utilidad la mujer, la colgaron en la plaza del pueblo. Así es como perdona la nueva España.

Margarita Nelken, que también ha cruzado la frontera francesa pero con mejor estrella, trabaja sin descanso desde Perpiñán ofreciendo asistencia a los refugiados republicanos. Es un intento desesperado del gobierno de Negrín en el exilio por ayudar a sus compatriotas. Gracias a la legación mexicana en París y al gobierno de Cárdenas, se organizan visados, embarques y evacuaciones. De esta manera, Margarita se entera de que Luisa Carnés, la autora de Tea Rooms y Natacha, se encuentra recluida en Le Pouliguen. Con el apoyo del diplomático mexicano Gregorio Nivón, que tiene acogido desde hace un par de años a su hijo Ramón, consiguen agilizar su salida del centro y organizar el viaje rumbo a México.

En el mar, feliz por el reencuentro con su hijo y rumbo a la soñada seguridad mexicana, es donde el miedo se apodera de ella. Esa valentía que ejerció cuando se enterraba en el estiércol de las cunetas mientras la aviación descargaba de lo lindo en La Junquera, se esfuma por completo: los críos, agotados, empiezan a desfallecer. Las madres se enfrentan a la tormentosa angustia de ver cómo van enfermando. Algunos lo superaron y otros no. Y todas ellas, como pasa siempre, sufrieron la pérdida de los propios y de los ajenos. Porque un hijo es un hijo, no sé si me explico.

Este dolor le perseguirá la vida entera a Luisa. De hecho, siguió escribiendo sobre él años después, como si necesitara devolverle a esas mujeres anónimas del exilio, la voz de la amarga huida, siempre tan acallada y discreta. Porque los libros de historia no hablan de ellas. Pero, madre mía, cuántas madres y abuelas de posguerra han llorado sin mediar palabra y sin que nadie les preguntara el motivo. Porque hay dolores mudos que lo dicen todo. Y no se reparan nunca.

Luisa Carrés, antes de su exilio en México y la pesadilla en suelo francés, tuvo una vida en Madrid. Con solo once años tuvo que dejar la escuela para trabajar en un taller de sombrerería. Era la mayor de siete hermanos y la paga de su padre no daba para tantas bocas. Y como no tenía dinero para libros, en sus ratos libres siempre que el cansancio no la venciera, escribía cuentos. Años después, ya reconocida como novelista, diría en una entrevista: "Ya sabe usted que he salido del taller, no de la Universidad". 

Y puede que este sea el motivo por el que no hemos sabido nada de su obra durante tanto tiempo. Ella no frecuentaba cafés ni tertulias. Tuvo que trabajar para sacar adelante primero a sus hermanos y luego a su hijo Ramón porque como era habitual -algo que aún me suena- una vez rota la pareja, los padres se desentendían de la crianza y la manutención de sus hijos. Y así es como terminó trabajando de dependienta en un salón de té del centro de la capital.

Y de ese mostrador de dulces para señoras con pudientes, nació Tea Rooms. Mujeres obreras, escrita entre agosto del 32 y febrero del 33. Es una novela -casi casi un reportaje- en la que Matilde -ella misma- comparte turno con otras mujeres sometidas a jornadas interminables, sueldos de miseria y el acoso constante de los empleadores. No se le tuerce el renglón cuando habla del matrimonio como la gran trampa mortal, o del aborto, o del abuso sexual en el trabajo. Temas que como ya sabemos, eran tabú en aquel entonces y siguieron siéndolo muchos años después. En los párrafos de Tea Rooms se filtran constantemente esas manos de Luisa agrietadas por el oficio, el frío y la necesidad.
¿Qué mal han hecho estas pobres criaturas? Por ahí se ven otros niños, incluso feos y deformados, con sus buenos trajecitos, sus juguetes, sus perros perfumados; y ellos mismos huelen tan bien… Esos niños van en su coche hasta la escuela, una escuela higiénica, con su hermoso jardín de recreo, su calefacción… En la escuela municipal hace frío, y el mal remunerado profesor sufre de hipocondría, que se esquiva contra los pobres niños. En la escuela municipal… ¿Dónde ha leído Matilde: «Vivimos en una sociedad podrida»? ¡Cállate, pensamiento!
Pero qué te voy a contar. Nos olvidamos de ella. Como de tantas, para qué mentir. Fue en 2016, con la reedición de Tea Rooms por Hoja de Lata, cuando la redescubrimos de golpe y porrazo. Más de 80 años después. Tela. Y tan fuerte caló que en 2022 Laia Ripoll la llevó al teatro y poco después aterrizó en Televisión Española en la serie llamada La Moderna.
Matilde los mira, al pasar, sin detenerse. Siente necesidad de comer. Las patatas «viudas» del mediodía se disolvieron hace rato en su estómago. La invade una suave laxitud, que afloja sus miembros. En su cartera de franela azul, entre un pañuelo y un pomo de perfume vacío, hay diez céntimos. En su cerebro, dos perspectivas: un buñuelo caliente o un viaje en tranvía hasta los Cuatro Caminos. «Buñuelos calientes, a 0,10.» El cartel es enorme, casi tanto como la Puerta del Sol. Sobre automóviles, tranvías, verdes y azules de lámparas lumínicas, sobre multitud: «Buñuelos calientes, a 0,10.» Lo ocupa todo. Y Matilde languidece de debilidad.
Cuando leí en Tea Rooms la descripción de los buñuelos calientes de a 10 céntimos, enseguida me vino el recuerdo de mi abuelo Saturnino, que era un golosón de campeonato y los domingos que tocaba comprar buñuelos -los de viento que ya eran los únicos que se vendían en Madrid centro- siempre evocaba a los otros buñuelos, los de churrería, los de agua. Yo no los he llegado a conocer. Solo los tenía en el recuerdo heredado de mi abuelo.

También he podido calcular perfectamente cuánto se tarda en ir andando a Cuatro Caminos porque mi casa familiar se encuentra entre la calle de Maudes y Santa Engracia. Ni te imaginas la de veces que he hecho ese camino andando. Yo por placer, es cierto, jamás tuve que decidir si gastar 10 céntimos en llenar la tripilla o regresar pronto a casa.

Mi versión no está azucarada por dentro ni bañada -o frita- en mantequilla así que ese sabor que evoca Luisa no está en esta receta. Para rebajar el azúcar, he hecho mi mezcla de coco y azúcar bien molida con una pizca de canela que no se nota directamente pero se hace sentir. Si mi abuelo Satur hubiera podido probar mi versión, estoy segura de que le habrían encantado aunque su primera reacción, seguro, sería la de "Ah, no saben igual. Pero están ricos". Luego se zamparía tres sin pestañear. 

Nota:
Querido lector, puede que creas que las dos veces que he resbalado sobre el apellido de Luisa ha sido cosa de mi dislexia, pero esta vez te he tendido una trampa. Y es que a Luisa, ni su propio nombre se le libró del descuido: en sus primeros cuentos publicados aparece impreso, por error, como "Canés" en una ocasión y como "Carrés" en otra. Así que si te ha sonado a fallo mío, por una vez y sin que sirva de precedente, ha sido de puro apropósito.
Ingredientes:
  • 500gr. de harina de fuerza
  • 350-400gr. de agua templada
  • 1 chorrito de anís
  • 1 par de pizcas de sal
  • 1 y 1/4 sobre de levadura de panadero

  • Abundante aceite para freír

Notas:
  • Sobre la consistencia: Es una masa muy hidratada y no admite amasado a mano porque no puede quedar manejable -dura- o el buñuelo quedará como pan frito. Vas a necesitar de un procesador o varillas y si son eléctricas, mejor.
  • Sobre el formado: como la masa va a estar muy blandita, vas a tener que trabajar los buñuelos con las manos bien engrasadas. Es fundamental trabajar rápido: bola, agujero y directo al aceite caliente. Es una masa difícil de manejar y hay que aceptarlo. 
  • Sobre el rebozado: siempre podrás hacerlo solo con azúcar pero si quieres que sean más ligeros y con un toque especial, muele junto 1 cucharada de azúcar por 2 de coco rallado y una pizca de canela. Si quieres más cantidad, dobla las proporciones.
  • Sobre la levadura y el tiempo de levado: con la cantidad que te detallo, en una hora la masa estará lista. Si usas solo un sobre, deja que la masa leve 2 horas.

Preparación:
  1. Mezcla todos los ingredientes (empieza con menos cantidad de agua) y amasa unos 3 minutos. Deja que repose 5 minutos para ver cómo va absorbiendo la harina. La masa tiene que quedar muy manejable y pegajosa. Si ves que está un poco dura y uniforme, añade un poco más de agua y vuelve a amasar.  Deja que leve 1 hora.
  2. Con las manos y la encimera engrasadas, haz bolas de masa de entre 60-80gr. dependiendo del tamaño que desees. 
  3. Calienta el aceite a fuego medio alto y vas cogiendo una bola, le haces un agujero en el centro y al aceite. Rápido para que no se deformen.
  4. Una vez fritos, los rebozas en azúcar o en la mezcla de azúcar y coco molido. Y a comer sin que enfríen del todo.

M'semen rellenos de espinacas y queso

julio 07, 2026

Qué difícil me va a ser hablarte de esta mujer puesto que su rastro está tan desdibujado, que es requetefacilón dejarse enredar en la tentación de endulzar su vida con relatos folletinescos. De hecho, y que conste que yo ni digo ni desdigo, hay quien afirma que fue hija ilegítima de Abderramán III, o amante de Al-Hakam II, o que si era cristiana o que si fue musulmana. También he leído teorías especulativas sobre las mujeres musulmanas de la época que no se casaron, donde se interpreta que lo mismo fueron lesbianas, bi o queer. En el caso de nuestra protagonista por no saber, no sabemos si se casó y, de no haber hecho nupcias, si fue por voluntad propia o simplemente porque no se le permitía. No sabemos nada así que lo mismo, yo también me dejaré llevar por mi vena Dumas y añadiré a este relato algún que otro trazo de rasgo novelesco. Ya veremos.

Lo que sí se sabe es que se llamaba Lubna sin más, porque era esclava y para los amos la genealogía de sus sirvientes nunca fue cosa a tener demasiado en cuenta. Salvo que descendieran de buenas familias que, por aquello de presumir, se tiraban el pisto. No, nada hace pensar que Lubna fuera de ese tipo de esclavas. Ahora, especial, sí que lo fue.

En Al-Ándalus existía la institución de las qiyān - jawārī, cuya función era instruir a esclavas formándolas en disciplinas intelectuales y artísticas: canto, poesía, caligrafía, recitación y conversación. Con esto elevan su valor y, por supuesto, solo estaban al alcance de unos pocos. La escuela no solo formaba a esclavas -yawārī- sino también a mujeres nobles -qiyān-. Y estas yawārī parece ser que combinaban un físico delicado y hermoso con una preparación intelectual fuera de serie. Y el superpoder de Lubna debió de ser tan grande que se le supone también formación en matemáticas, filosofía e incluso astronomía. Lo mismo no fue tanto pero desde luego fue una intelectual como una catedral. O una mezquita. O como la de Córdoba. O lo que sea.

Pero sigamos con lo que sabemos de ella: se crió dentro de los muros de la hermosa Medina Azahara, algo que, si puedo ser sincera, me da mucha envidia porque cuando visité sus ruinas tuve una experiencia paranormal cardiacamente hablando: el corazón me dio un vuelco y se puso a hiperventilar como un poseso. Tal cual te lo digo. Es verdad que soy una destacada amante de los pedrolos y eso es factor muy importante a la hora de que el vello se ponga como escarpias.

Pero yo fui un poco más allá: a mí se me retorcieron todas las válvulas, hasta la mitral. Empecé a imaginarme el jaleito que debió de haber por esos jardines, y escalones, y la de cosas que se cocinaron entre los cipreses. Sin embargo, lo que mi mente retorcida no llegó a alcanzar, fue imaginar que parte de esa magnífica biblioteca pudo pasar sus días dentro de esos muros y muretes. Quién sabe.

Para no faltar a la verdad más rotunda, tampoco está muy aclarado el asunto de si la biblioteca residió entera en Córdoba o el califa quiso tener sus tomos más preciados cerca de su residencia, en la bellísima Medina Azahara. A ver, reflexionemos: si Abderramán primero y su hijo Al-Hakam después tenían debilidad por los libros, puedo asegurar por propia experiencia que ciertos vicios requieren de cercanía, de poder contemplarlos, olerlos y tocarlos. De hecho, cuando veas a una persona dudando si comprar un libro u otro y para decidirse acaricia la portada o su lomo como si fuera una mascota... créeme: esa persona no tiene cura. Está atrapada en el mundo de las palabras y de ahí no se sale. De la droga sí, de los libros no.

Pero sigamos: en algún momento, a la que Abderramán estira la pata y su hijo Al-Hakam toma el timón del califato, Lubna ejerce de copista en el taller de la biblioteca junto a Fátima -otra escribana cuyo nombre ha trascendido históricamente- y ambas trabajan bajo la dirección del eunuco Talid. Ni idea del papel de Talid en esta trama, pero oye, como todo el mundo lo nombra, no voy a ser yo menos. Me temo que como se saben pocas cosas de ella, pues para un dato seguro que se tiene, se divulga sin estrecheces, posiblemente con el fin de que la concurrencia no piense que contamos las cosas a la ligera. Hay fundamento. Escaso, sí, pero haberlo haylo.

Aclarado este asunto, continuamos con lo que sabemos: Lubna destacó tanto y en tan buena estima la tenía Al-Hakam que pasó de copista a conservadora de la Gran Biblioteca de Córdoba, que según fuentes de fiar, acumulaba más de 400.000 volúmenes. Menuda locura. Esto es para hacerse ratuca de librería y no salir jamás al exterior. Además, el califa la nombró kátiba al-kubra, un título cuyo significado exacto desconozco, así que me fiaré de los que dicen que fue secretaria personal de Al-Hakam.

Y en algún otro momento es manumitida. Se lo merecía, la verdad. Y viajó adquiriendo obras por Bagdad, Damasco y El Cairo... o no, porque como aquí hay un lío tremendo, algunos afirman que no fue ella la viajera sino Fátima. Y hasta hay una fuente -sin aportar pruebas, por supuesto- que dice que Fátima y Lubna eran una misma persona. Para que veas lo desdibujado que está todo.

Tras quince años de califa, dejando Medina Azahara y Córdoba bonitas a rabiar, Al-Hakam sigue los pasos de su padre y estira también la pata. Y aquí es cuando se lía la cosa. El escenario cordobés se pone tenso a más no poder. Su hijo tiene once años y hay que apañar la tutela. Aparentemente, se forma una regencia de tres para evitar malas tentaciones: Almanzor, por un lado, que ya sabemos todos la mala sombra que gasta; el chambelán Al-Mushafi, y la reina madre Subh.

Te lo voy a hacer corto. Subh necesitaba un escribano para que se encargara de sus cosas. Al-Mushafi le recomienda a Almanzor, un katib del montón. Pero en poco tiempo se hace indispensable a nivel personal: sí, querido lector. Se la metió en el bolsillo, posiblemente pasando por las sábanas del dormitorio. Un clásico. Aunque nadie lo vociferó, parece que la cosa se sabía de buena tinta. Cuando muere Al-Hakam, y hay que asegurar el trono para el niño, un hermano del difunto se mete a la guardia real en el bolsillo y conspira para deshacerse del sobrino. Y aquí es cuando Almanzor se convierte en el héroe del suceso: se cargó al traidor, aquí paz y después gloria. O eso creían.

El tipo sigue haciéndose valer. Y como Al-Mushafi  -que era hombre culto y de política- no demostraba mano dura con los cristianos, Almanzor organiza ejércitos y se lía a mamporrazos con mucho éxito. Ya tiene al ejército en el bolsillo. Así que se quita de en medio a la competencia: Al-Mushafi es destituido, encarcelado, luego envenenado. Y para asegurarse de que nadie le va a plantar cara, organiza su propia confabulación contra Hisham II.

Ejecuta a quien se le pone en medio, y para consolidar su poder, se aviene con el sector religioso más ortodoxo. ¿Y cómo les demuestra que es de fiar? Quemando de la biblioteca de Al-Hakam todo aquello que los juristas religiosos tacharon de herejía: ciencia, filosofía, etc. Conocimiento. Lo de siempre.

¿Y qué pasó con Lubna durante estos casi tres años de intrigas? Pues no tenemos ni idea porque desapareció por completo. Nadie volvió a mencionarla. Nadie dejó su rastro escrito. No sabemos cuándo murió ni adónde fue. Solo hay especulaciones, pero ninguna certeza.

Así que aquí saco la pluma y, como te advertí, me voy a poner en modo folletín y te voy a contar mi propia teoría -o deseo, o sueño- de lo que pudo ser, aunque luego no fuera, pero que de ser, me encantaría que hubiera sido de la siguiente manera:

A Lubna y Subh no solo les unía el califa. Habían sido muy posiblemente compañeras o conocidas en la Escuela de las qiyān - jawārī, porque ambas fueron esclavas con formación. Subh se convirtió en la favorita y tuvo a su heredero. Lubna, la colaboradora perfecta. Ambas fueron fieles a su señor. Al-Mushafi también era un conocido de Lubna: él también había sido secretario de Al-Hakam antes que ella. Ellos eran su única familia. No hubo otros lazos que sepamos.

Así que cuando Subh ve cómo Almanzor -su propio amante- negocia de mala manera con los ulemas su ascenso al poder, y presencia con horror cómo Al-Mushafi es traicionado y asesinado, siente que el tiempo se le agota: alguien le ha hecho llegar el rumor de que el precio de la traición son los libros de su difunto marido, el hombre que llenó Córdoba y Medina Azahara de saber y conocimiento en cuatro idiomas.

Manda llamar a Lubna en secreto. "Salva lo que puedas, lo más valioso", le dice. Y Lubna, que lleva más de media vida entre esos volúmenes, sabe exactamente cuáles son irremplazables. Y mientras en el patio arde la pira de los necios, con tratados de astrología y filosofía que con tanto placer contemplan los alfaquíes, ella moviliza a un ejército de mercaderes, quienes logran que los ejemplares escogidos, envueltos en telas y camuflados entre mercaderías, viajen hacia Zaragoza, hacia Fez, hacia manos amigas que un día los pondrán a salvo de la propia disolución del califato.
Ah, soñar, qué barato resulta. En cualquier caso, los volúmenes rescatados que se conservan en El Escorial, en París o Fez, quiero pensar que sobrevivieron gracias a la discreción y lealtad de la guardiana de la biblioteca de Al-Hakam. Desde hace unos años, entre la Avenida de Medina Azahara y el camino a Medina Azahara, hay una calle que se llama "Escriba Lubna". Poco me parece.

Y si has leído hasta aquí, espero haberte atrapado en esta aventurilla con Lubna en plan Angelina Jolie, salvando libros de la quema de Almanzor y escondiendo los mejores tesoros de la biblioteca gracias a cualquier mano amiga que quisiera resguardar lo que los fanáticos querían carbonizar. Qué curioso: los necios siempre acuden al fuego para silenciar y nunca lo han conseguido. Por lo menos del todo.

Pues resulta que la receta de hoy, estos m'semen -que no son nuevos en este blog-, tienen ese mismo gesto clandestino: una masa que se pliega sobre sí misma, capa tras capa, y esconde en su interior algo que merece la pena atesorar. Aquí, espinacas y queso de cabra en vez de tratados de astrología prohibidos, pero nos quedamos con el rollo metafórico en el paladar y la ensoñación vagando por el alma.

Y por las mismas rutas por las que huían los libros de Lubna, han viajado también estos panes planos: de Marruecos al paratha indio o al roti canai malayo. El conocimiento, el contrabando y el pan compartían las mismas caravanas y los mismos secretos bien guardados entre pliegues.

Y las espinacas del relleno tampoco son casualidad: fueron los propios árabes quienes las trajeron a la península en el siglo XI, en el mismo cargamento de maravillas que la caña de azúcar, los cítricos o el arroz. Pues sea, y dejemos que sean ellas las que hoy se esconden -sin grandes fuegos, a salvo en una sartén al amor de la lumbre-, dentro de un m'semen en honor a una copista de la Córdoba califal. Me parece un gesto de justicia culinaria. ¿No crees?
Ingredientes:
  • 250gr. harina de trigo para todo uso
  • 250gr. semolina italiana (tipo pizza)
  • 1 cucharadita rasa de sal
  • 1 cucharadita levadura química (polvos de hornear)
  • 325ml. agua con gas
  • 100ml. mezcla de aceite y mantequilla derretida (para untar)
  • 300gr. espinacas frescas
  • 200gr. queso fresco de cabra
  • 100ml. crème fraîche 
  • 1 pizca nuez moscada molida
  • 1 pizca pimienta negra molida

Preparación:
  1. Mezcla la harina y la semolina con la sal, la levadura química y el agua con gas. Mi consejo es que lo hagas en un procesador de cocina o con ayuda de varillas eléctricas. En el procesador tendrás que amasar unos 3 minutos. 
  2. Cada harina absorbe distinto, así que valora si necesitas más agua o, si queda muy hidratada, alargar el reposo. Tiene que quedar pegajosa pero manejable. Deja reposar la masa 5 minutos y vuelve a encender el procesador unos segunds¡os para terminar de unificarla.
  3. Tapa la masa y déjala reposar a temperatura ambiente entre 1 y 1 y 1/2 horas, según la hidratación que haya quedado. Las masas más hidratadas, necesitan más descanso.
  4. Divide la masa en bolas de unos 50gr. y tras cubrirlas con film, déjalas reposar 30 minutos más.
  5. Para el relleno, escalda las espinacas al vapor un máximo de 3 minutos. Pícalas. Mezcla el queso fresco de cabra y la crème fraîche. Sazona con la nuez moscada y pimienta negra.
  6. Engrasa ligeramente la encimera y tus dedos con la mezcla de aceite y mantequilla derretida. Estira cada bola con las puntas de los dedos en movimientos circulares y rápidos hasta dejarla muy fina, mojando los dedos en aceite solo si lo necesitas.
  7. Reparte una cucharada del relleno y pliega en cuatro sin que se monten los bordes. Estira una segunda bola, coloca la pieza que tenemos plegada con el relleno y vuelve a plegar. Deja reposar los m'semen ya plegados unos 15 minutos antes de cocinarlos.
  8. Con ayuda de un rodillo (o de nuevo con los dedos mojados en aceite) estira el m'semen lo más finito que puedas.
  9. Lo cocina en sartén o plancha a fuego medio, hasta que doren por ambos lados.

Mantequilla rústica de hierbas y queso

junio 26, 2026
Un periódico de Zúrich fechado el 9 de febrero de 1782, anuncia que desde el cantón de Glaris, se pagarán cien coronas -el salario de cinco o seis años de una sirvienta - por cualquier información que ayude a detener a Anna Göldi, una malvada bruja que intentó matar a una de las hijas de un respetado doctor de la ciudad.

Dieron caza a la hechicera y la ajusticiaron con brutalidad. Pero se lo merecía porque entre la garrucha y otros tormentos, confesó que se comunicaba con el demonio a través de un gato negro quien le prometió riquezas y protección si ella accedía a cumplir sus órdenes, que no eran otras que las de dañar a la familia del doctor Tschudi. Estas son las cosas que tenía el diablo en aquellos tiempos; con la de maldades en masa que podía acometer, desplegaba todo su poder en hacer daño a una familia cristiana de alto copete. 

Y mientras el juicio avanzaba, el pueblo estaba algo dividido: por un lado, una multitud -desatada y encantada porque en el aburrido y lánguido Glaris por fin pasaba algo emocionante- jaleaba triunfante la victoria del bien sobre el mal; por el otro, una clase media ilustrada seguía horrorizada la pantomima del proceso. De este rescoldo social, gracias al funcionario judicial Johann Melchior Kubli y el periodista alemán Lehmann, hoy podemos saber los detalles de este disparate tan macabro.

Y es que a Lehmann no le dio la gana morderse la lengua y contó lo que estaba pasando. Cuando el caso de brujería se conoció fuera de los valles del cantón, la respuesta internacional fue unánime: los tildaron de bárbaros, paletos cerrados y fanáticos retrógrados. Y cuando intentaron manipular las actas y el veredicto del juico para blanquear las atrocidades y sinsentidos en la corte de Glaris, Johann Melchior Kubli tampoco quiso mantenerse al margen y se la jugó haciendo una copia completa que filtró a la prensa extranjera. Así que si hoy podemos reconstruir lo que allí aconteció, -frustrando el intento de silenciado- fue gracias a él. Bravo Herr Kubli. 
Hablemos de ella: Anna Göldi fue una mujer pobre y algo alocada que tomó malas decisiones en su juventud. Se enamoró de un soldado que la preñó y nunca regresó. La noche que parió a la criatura, ésta murió. Fue acusada de matar a su bebé aunque ella mantuvo que se quedó dormida y le asfixió por error. Nunca lo sabremos. Si bien es cierto que los accidentes o una muerte súbita pueden ocurrir, también sabemos que algunas mujeres desesperadas que alumbran sin desearlo, sin medios ni protección con el estigma social acuestas, pues optan por silenciar a sus criaturas. Por mi parte, ni juzgo ni justifico. Mi condición de madre me impide pensar que algo así pueda cometerse pero yo nunca he sufrido ni miseria, abandono ni desesperación. 

Pero a Anna le volvió a pasar. Se enamoró perdidamente de un señor de familia fina con quien mantuvo un largo romance. Un príncipe azul que le prometería protección y seguridades -o eso le pareció a ella- pero en cuanto se quedó de nuevo preñada la echó de mala manera. Quedó otra vez perdida y desprotegida en la más terrible de las miserias. En esta ocasión, al nacer la criatura la dio en adopción. 

Y este fue el legajo con el que Anna Göldi tuvo que vivir: siendo escoria de la naturaleza por ser pobre y desarrapada. Escoria social por matar y deshacerse de sus hijos. Escoria pecaminosa por ser descendiente de Eva y del pecado original. Por ser un instrumento del diablo, libidinoso y de insaciable lujuria, que seducía hombres para destruir sus almas. Un ser frágil tratado como escoria sin derecho a ser apreciada, respetada ni protegida. No creo que nunca conociera la compasión. Y así ya me dirás tú. Debió de echar un carácter endemoniado, no digo que no, pero quién no le cogería manía al mundo en su lugar. 

Por tanto, cuando llegó a casa del Dr. Tschudi para servir -lo que llevaba haciendo desde niña- Anna tenía cuarentaitantos años de sinsabores y duras jornadas a cuestas, porque la servidumbre no tenía derecho a descansar o a solicitar cargas más ligeras al llegar a cierta edad. Qué barbaridad, querer terminar sus días con algo de paz. ¡A quién se le ocurre! . 

Tampoco me cuesta demasiado imaginarme la amargura y rencor que su alma llegó a albergar. ¿Qué dios condena a sus hijos a padecer miserias para que unos pocos ricos vivan mejor? No voy a mentirte. Nadie sabemos de la vida de Anna antes del proceso y los que han convertido su vida en una novela rosa, mienten. O especulan o desean ver belleza y bondad donde el sentido común nos dice que no hubo. Pero por algún retorcido motivo, sentimos la necesidad de endulzar a las víctimas en nobleza y hermosura para que su causa sea más injusta e indignante. Además ¿Cómo podríamos si no saber reconocer su inocencia? 
Anna Göldin, de la comunidad de Sennwald, perteneciente a la bailía alta de Sax y Forstek, territorio de Zúrich, de unos 40 años de edad, de complexión gruesa y de gran estatura, rostro pleno y rojizo, cabello y cejas negros, tiene ojos grises algo enfermizos, que en su mayoría parecen rojizos, su mirada es abatida, y habla con su pronunciación de Sennwald..
En el bando de su búsqueda no hay una sola palabra sobre belleza. Al contrario: ojos enfermizos, mirada abatida, una mujer de cuerpo grueso. Sus defensores afirman que esa descripción está manipulada apropósito para que pareciera más bruja. Yo en cambio, leo la descripción fría e impersonal de alguien que busca un objeto perdido o a un animal doméstico que se ha escapado. Yo, sinceramente, no veo a una malvada de cuento.

De Johann Jakob Tschudi no te voy a contar demasiado porque su vida es la de tantos, cortados todos por el mismo patrón: además de médico fue también juez y pertenecía a una de las familias más influyentes del cantón. Soberbio, altanero y necio. Vivía convencido que su poder residía en su superioridad moral y no en esa perversa capacidad de castigar con desmedida a quien le fuera molesto. 

Y Anna cruzó esa línea invisible que la servidumbre nunca debe traspasar porque los señores no toleran ni ingratitud ni grosería. Le reclamó parte del salario que ella entendió que no se le estaba remunerando. Hubo fricción y es posible que la sirvienta insistiera con cierto descaro en lugar de pedir perdón y agachar la cabeza, como era lo de esperar. Anna se encaró. Y podría haberla puesto de patitas en la calle con un par de palos de regalo pero no. Pasó algo que desató la ira del fulano.
Una mañana, una de las hijas de Herr Tschudi encontró una aguja en su vaso de leche. La señalaron de inmediato. No hacía falta investigar o abrigar la posibilidad de un accidente fortuito; no, simplemente la declararon culpable porque ya había demostrado su mal talante e ingratitud. Y el doctor encolerizó. Se sugirió que fuera corrida de la ciudad de mala manera pero para este señor eso no era suficiente castigo. Iba a enterarse esa muerta de hambre quien manda en esos lares. 

Huyó consciente del peligro que corría. Un cerrajero llamado Steinmüller y su esposa la cobijaron unos días en su casa mientras organizaba la mejor forma de huir sin ser vista. Lo consiguió. Pero el juez no estaba contento en absoluto e hizo valer su poder; dieciocho días después, supuestamente la niña tuvo convulsiones y se afirmó que vomitaba alfileres. Ya no había duda alguna: se la acusó de ejercer la brujería a distancia. 

Cuando se dictó el bando de su captura, Herr Steinmüller sintió que debía advertirla del peligro y le escribió una nota que, entre otras cosas, decía: "os advierto como hombre de honor, cuidaos bien de no caer en desgracia". Y la desgracia, que es contagiosa, cayó sobre él porque interceptaron la carta y el tribunal capitaneado por el doctor, lo arrestó acusándole de ser el "mago proveedor", el que suministraba a Anna las agujas mágicas pactadas con el diablo. Poco después, encontraron a Anna y se inició la fase de instrucción del caso: los interrogatorios. Es decir, el suplicio. A ambos.

El no va más en tortura era la garrucha. Le ataron las manos a la espalda con una soga unida a una polea en el techo. Se tiraba de la cuerda hasta elevar el cuerpo desplomado que era sostenido por las articulaciones de los hombros que colgaban hacia atrás. Se le interrogaba así durante horas, con los hombros desencajados y para animar a la bruja a confesar, se aflojaba de golpe la cuerda para que el cuerpo se precipitara en el aire y antes de tocar el suelo, se volvía a tensar la maroma. El dolor era infinito y la pobre Anna suplicaba que le ayudaran a confesar porque nada de lo que decía parecía que les encajaba a sus eminencias. 

Cuando a Anna le inundaba la rabia y gritaba con desesperación su inocencia, le ataban piedras en los tobillos. El dolor era indescriptible; no creo que debamos insistir en ello. El pobre Herr Steinmüller corrió la misma suerte. En un descuido de sus carceleros, se colgó en su celda. Anna, colapsada por el dolor, comenzó a recitar retahílas de clichés absurdos como lo del gato negro, el pacto con el demonio, que odiaba a la niña y que mató al Presidente John F. Kennedy.

Y como ya había confesado, ya estaba demostrado que era una bruja de manual. Pero algunos de los jueces del consejo tenían reparos porque la prensa estaba montando mucho ruido y sentían presiones de otros cantones. Además, la brujería ya no era un delito, no se la podía quemar ni decapitar por ello. Había que encontrar otro cargo que fuera más razonable. Envenenamiento. Sí, podría encajar si no fuera porque no estaba castigado con la muerte. Les dio igual y tiraron para adelante.

El 6 de junio el consejo llegó a su veredicto. Treinta y dos hombres votaron que Anna Göldi muriera decapitada por el cargo de envenenamiento. Treinta votaron en contra, no sabemos si por compasión, por dudas sobre su culpabilidad o por el simple cálculo político de evitar el escándalo internacional que se les venía encima. Solo dos votos. Esa fue la diferencia entre la vida y la muerte de Anna. Y  lamentablemente no fue la última. Aún quedaban hogueras por encender en Polonia.

Así de fácil era condenar, torturar y matar a una inocente. Acusar a la mujer de bruja siempre ha funcionado. Matilda lo denunció en su libro Woman, Church, and State. Así de fácil era silenciar a las mujeres molestas por sus conocimientos, su influencia o simplemente para calmar la rabia y el despotismo de un líder local que no toleraba la insolencia. A las brujas no solo las han matado para castigarlas; se ha pretendido extirpar su voz, su desacato y su ímpetu de la faz de la tierra. La pira, la horca o el hacha son el punto final que religión y estado han impuesto a lo largo de los siglos  para que nadie, nunca más, escuche lo que ellas tenían que decir.

En el Estadio Ghazi de Kabul durante el anterior régimen talibán, las mujeres acusadas de lo que fuera eran arrojadas desde un trampolín a una piscina vacía. Lo llamaban el juicio de Alá: las inocentes dios las salvaría; las culpables morirían. Se escucha que este tipo de juicios vuelven a estar de moda.
Ingredientes:
  • 500ml. de nata fresca para montar (tiene que ser fresca)
  • 100gr. de queso curado de montaña (o pecorino o parmesano)
  • 1 buen puñado de hierbas frescas a tu gusto 
  • Sal y pimienta


Preparación:
  1. Para montar la mantequilla; bate la nata con unas varillas eléctricas hasta que hagas nata y sigue y sigue hasta que veas que va apareciendo un líquido blanco y la mantequilla coge algo de color amarillento. Lo cuelas sin tirar el líquido blanco.  Este suero lo puedes usar mezclar con yogur y tendrás algo muy parecido al buttermilk, fantástico para hacer desde bizcochos a aderezos para ensaladas. 
  2. Ralla el queso y se lo añades a la mantequilla.
  3. Corta en fino las hierbas y las añades a la mantequilla con algo de sal y pimienta. Mezcla y reserva en la nevera para que coja cuerpo.

Stamppot de col con salchicha

junio 12, 2026
En 1893, en Londres para más señas, un sonado juicio hace retumbar los cimientos del arte a costa de un supuesto Frans Hals que no era lo que tenía que ser. Un reputado marchante de arte londinense llamado Charles Wertheimer se hace con un cuadro que todo el mundo tiene por una obra maestra del famoso pintor barroco. La galería Thomas Lawrie & Sons lo compra por una suma astronómica porque sabe que hay un enorme interés en el mercado por adquirirlo.

El cuadro pasa de manos y cuando los conservadores de la firma Lawrie se ponen a limpiar el barniz y la suciedad acumulada por el paso del tiempo, sobre la esquina donde figura la firma de Frans Hals, aparecen las letras "JL" entrelazadas con una estrella de ocho puntas. Ese monograma es la firma de Judith Leyster. Y se arma el belén.

Este escándalo, que se resolvería de aquella manera en los tribunales, deja en ridículo a los más renombrados expertos en arte de Europa, que llevaban décadas alabando la "fuerza puramente masculina" de un cuadro que, mira por dónde, lo pintó una mujerona de armas tomar. Ja, deja que me ría un rato antes de seguir. 

Pues eso, que una cosa lleva a la otra y en el aire quedó flotando la pregunta del millón: con este método ¿cuántos pufos más les habían colado los falsificadores? Pues el historiador del arte holandés Cornelis Hofstede de Groot se huele el pastel y se imagina que lo mismo el caso Judith Leyster es solo la punta del iceberg.  Y vaya que sí. Se recorrió los museos más importantes del mundo buscando la JL y la estrella en los cuadros atribuidos a Frans Hals  -y otros tantos atribuidos como anónimos- y el follón ya fue mayúsculo.
De Groot en esta primera batida, encontró siete obras de Judith con la falsa firma de Hals. Él dejó el libro de instrucciones marcado y posteriormente se han llegado a identificar hasta 35 obras de la pintora de Haarlem. 14 firmados por Hals, otros cuantos por su esposo y el resto como anónimos, ya que cualquier cosa valía con tal de dar valor a un cuadro no por su destreza e impacto artístico sino por el valor del firmante. Siempre varón, por supuesto.

Pero vamos a hablar de Judith, que es a lo que he venido. Nació en 1609 en Haarlem, Países Bajos. Era la hija de un cervecero local -no es relevante pero mola un montón- y con 20 años pintó El bufón del laúd, una obra rematadamente buena que siglos después fue requeteadmirada en el Rijksmuseum de Ámsterdam bajo la firma de Hals.

Con 24, ya era una jefaza. Y lo dejó claro al convertirse en maestra de pleno derecho en el gremio de San Lucas de Haarlem, una cofradía reservada a los hombres. No fue un regalo porque tuvo que ponerse farruca ya que, sin pertenecer al susodicho, no podía abrirse un taller ni vender su arte ni tener alumnos propios. Y mira por donde, tenía además de talento artístico una mano magistral para el negocio que floreció rápidamente haciéndole la competencia a sus colegas varones. Y el más eminente era, como no, Frans Hals.

Fueron maestro y discípula al principio de su carrera y se influyeron mutuamente, esa es la realidad. Pero un par de años después de que Judith se estableciera por su cuenta, tuvieron una enzarzada que terminó en los tribunales.  Hals le pirateó un alumno algo que el gremio no lo permitía y como el hombre, muy venido arriba, pensó que ella no iba a tener pinceles suficientes para denunciarle, pues la cosa se lió parda. Porque lo hizo y el gremio le dio la razón obligando a que el pintor más famoso de Haarlem tuviera que compensarla económicamente. 

No contenta, se las vio también con el propio gremio por las abusivas tasas que imponían a sus cofrades. Montó una huelga fiscal junto a otros artistas y se negó a pagar ni un florín hasta que no se bajaran del burro. Y lo consiguió. 

Un año después se casó con el también pintor Jan Miense Molenaer. Fusionaron los talleres y aquí es cuando el esposo empieza a acaparar la producción de piezas mientras ella se encarga del negocio. Y las cosas les fueron fenomenal pero a costa de que su obra quedara ensombrecida por la marca familiar de su marido.

Murió joven, con 50 años. El viudo enseguida empezó a tener problemas financieros porque -menuda casualidad- se quedó sin inspiración artística y comercial. Y sin cortarse ni una pizca, se adueñó de la obra de su difunta. Y a nadie le chirrió el asunto. Ni nadie fue consciente de que las piezas de Leyster habían desaparecido del mapa. Fue literalmente, borrada. 
Tras el bombazo del juicio en Londres, el espíritu de Judith sacudió el mercado del arte porque marchantes, coleccionistas y museos temblaban ante la eventualidad de que sus Hals fueran Leyster. También te digo que el revuelo fue solo de egos heridos porque no existió intención alguna de valorar a la artista como se merecía.  Ego y dinero. Eso fue todo.

Tuvo que pasar mucho tiempo aún para que, con el auge de los museos americanos en los años 20 y 30, el nombre de Judith Leyster empezara a cotizarse como rara avis, porque como apenas se habían recuperado unas 35 obras, tener un Leyster original se convirtió en un símbolo de estatus. Su valor de mercado se equiparó al de los grandes maestros del barroco. Algo de justicia, por fin.

La guinda; con motivo del centenario del escándalo, el Rijksmuseum de Ámsterdam y la National Gallery de Washington organizaron su primera gran exposición monográfica. Y bingo: los precios se dispararon moviendo millones de euros en subastas del nivel de Christie's o Sotheby's.

Así que- permíteme la vulgaridad- Judith Leyster le ha hecho la peineta a todo quisque en el mundo del arte. Hasta después de muerta, se ha salido con la suya y por más que han querido silenciarla, ha dejado bien clarito que ella no se calla ni bajo tierra.
Ingredientes:
  • 1 cebolla muy picada
  • algo de ajo en polvo
  • 1/2 col cortada en tiras
  • caldo concentrado de verduras
  • sal y pimienta
  • 3-4 patatas grandes cocidas
  • 1 cda. de mantequilla
  • perejil picado
  • 1-2 salchichas ahumadas a la plancha

Preparación:
  1. Cuece las patatas peladas y cortadas en agua con sal.
  2. En una sartén grande, rehoga la cebolla cortada muy fina con un poco de aceite de oliva o mantequilla. 
  3. Añade la col cortada en tiras finas. Rehoga, salpimienta y añade algo de ajo en polvo. Agrega algo de caldo concentrado de verduras con un poquito de agua, tapa y deja que ablande a fuego medio-bajo.
  4. Mientras, machaca las patatas con la mantequilla y las añades a la col. Rectifica de sal y pimienta y añade algo de perejil picado.
  5. Sirve con salchicha ahumada a la plancha.

Crema de fresa y ruibarbo con isla para Camille

mayo 17, 2026
La vida de Camille es sangrante. Cuánta injusticia. Qué rabia guardo dentro, así que le he rendido buena cuenta a una de estas islas de merengue antes de empezar a contarte su historia con la esperanza de endulzar algo estas letras y no ponerme a soltar sapos, ranas y culebras por esta boca que la vida me ha querido encasquetar. Tomo aire y te cuento.

Nace en 1864 en Fère-en-Tardenois, Francia. Pero esto es lo de menos.  Tiene una madre ultraconservadora, rígida y haciendo gala a la moda de la época en gente de su categoría, está obsesionada con las apariencias. Y eso de tener una hija indomable, de espíritu inquieto y creativo, como que se le retuercen las amígdalas.  La mujer, es -o está- algo envuelta en amargura. Perdió a su primogénito y la vida la vuelve a castigar con esta niña que chilla y ríe y salta como un demonio. 

Su padre en cambio, ve en ella ese talento que se le escapa por todos los poros de su ser y sin reserva alguna, opta por inscribir y pagar las clases a Camille en la Academia Colarossi porque las mujeres tienen prohibido entrar en la Escuela de Bellas Artes. Lejos de su madre y emancipada con la ayuda de su padre, Camille es feliz y da rienda suelta a su genialidad.

Un Auguste Rodin de 43 años, ya encumbrado y en plena ebullición creativa -o productiva, según se mire-, sustituye a un amigo como profesor del grupo de Camille. Ella tiene 19 años. Hay flechazo, ella queda prendada del famoso artista y a él le crecen los colmillos ante la visión de esa joven requetehermosa, con una fuerza y un ímpetu que nunca antes había visto y con un talentazo que ya muchos artistas encumbrados quisieran. 
Oirás por ahí que ella fue la musa del genio, su fiel ayudante y su amada... vamos a poner un poco de contexto para que esta relación se entienda sin el lijado romántico que tanto gusta añadir a estas historietas de amor. O de horror, ya veremos. El modelo de negocio estándar de la época que explotaban los grandes escultores de éxito (como Rodin o su maestro Carrier-Belleuse) se basaba en contar con grandes equipos de colaboradores -artistas en negro, fantasmas- y así poder abastecer la brutal demanda de encargos que recibían. 

Y ese fue el truco del almendruco que Rodin explotó para convertirse en ese gran titán -millonario- del arte que operaba casi como un magnate de alta gama. Y Camille encajó, vaya que si lo hizo. Tenía un don brutal para la escultura y pronto se hizo indispensable.

Sin desviarme demasiado, te cuento cómo funcionaba la cosa: Rodin ponía la idea y maquetaba el boceto en miniatura en barro o yeso. Luego su equipo lo trabajaba; los más virtuosos se encargaban de tallar las partes complicadas y finalmente el genio daba unos cuantos toques para darle su estilo -el non finito- y tirando millas. Esto no era un secreto ni una farsa. Así funcionaba esta industria.
 
Y Camille se hizo indispensable "creando" nuevos toques y nuevos aires al estilo de Rodin. Esto desdibujó por completo su obra que todos interpretaban como copia o influencia de su maestro. Cuando nada más lejos. Era tan grande la demanda que el grifo creativo a veces no echaba ni gota y era ella quien bombeaba las ideas con esa capacidad tan extraordinaria para comprender la anatomía y modelar texturas vivas.

Pero para Camille esto era demasiado. Diez años estuvo a su lado, con su talento desdibujado porque el maestro se lo había adueñado; diez años siendo la otra, la amante porque Rodin ya tenía una relación que no estaba dispuesto a romper. Le hacía promesas de vez en cuando que, como siempre ha pasado y pasará, quedaban en agua de borraja. Pero se quedó embarazada y él la obliga -o convence- para abortar. Y aquí dice San Seacabó. 
Y comienza el acoso. De nuevo, voy a poner algo de contexto para que tengamos todas las piezas de este rompecabezas: en aquel París de la bohemia, el alcohol era el combustible de la creatividad. La absenta - el hada verde-, el vino barato cargado de sulfitos y metales pesados para su conservación, y el consumo de láudano-opio disuelto en alcohol- estaban a la orden del día.

Camille pasó años metida en esa dinámica de talleres fríos, húmedos, con jornadas interminables donde el alcohol era, a menudo, la única forma de entrar en calor y evadir el agotamiento. Es posible que su tolerancia a estas sustancias no fuera aceptable y su histrionismo fue en aumento. Y si a un cuerpo intoxicado por los materiales de su propio arte -hoy ya sabemos la de sustancias tóxicas que había en los estudios de cualquier artista- le sumas una mala tolerancia al alcohol y la crisis emocional por la ruptura, tienes el cóctel perfecto para explicar sus crisis. 

Pero claro, si un varón—llámese Verlaine, Baudelaire, Van Gogh o el propio Rodin— se emborrachaba de absenta, destrozaba habitaciones de hotel, sufría delirios o vivía en la inmundicia de su taller, el mundo suspiraba con admiración: "El precio del genio", "el temperamento atormentado", "su excentricidad la vía hacia su divinidad creadora". El alcoholismo masculino era una medalla de bohemia y el misticismo perturbado, un rasgo de genialidad. 

Y ¿en una mujer? pues qué va a ser: histeria. Locura. Y Camille cada día estaba más loca porque su ex, en su afán de hacerla volver, influyó para que sus encargos fueran anulados y los críticos destrozaran su reputación. Vivía en la miseria y él se presentaba como su salvador. Pero ella echó pestes y le tachó de robar su obra y sus ideas. Y como ella enfurecía al verle, mandaba a sus secuaces a ver qué hacía. Y la paranoia la comió, tanto que prefería romper sus obras a martillazos para que "la banda de Rodin no se las apropie".

Y lo de la loca le encajó a todos. A su familia también. Ocho días después de la muerte de su padre, dos enfermeros echan abajo la puerta de su taller. La encuentran asustada, sucia, rodeada de gatos y restos de yeso. Un médico amigo de su hermano y con consentimiento de la madre, tramita su ingreso psiquiátrico forzoso. Hay prisa: la ley exige el internamiento antes de que se abra el testamento del padre, evitando así que Camille toque un solo franco de la herencia. 30 años internada, que se dice pronto. 

Los psiquiatras escriben repetidamente a la madre contando que, si bien Camille presenta delirios de persecución focalizados en Rodin, es una mujer perfectamente lúcida, tranquila, que hila discursos coherentes y cuya salud mejoraría drásticamente si regresara al entorno familiar. Pero la respuesta de la madre fue siempre un no rotundo. Prohíbe que se la visite y que reciba correspondencia. Nunca la visitaron. 
Se me reprocha ¡qué crimen espantoso! haber vivido sola, haber consagrado mi vida al arte, haber imaginado que se me permitía esculpir... Esto es lo que han ganado mi madre y mi hermano: encerrarme en un manicomio.
Camille Claudel muere en la más absoluta soledad el 19 de octubre de 1943. Nadie de su familia acude al entierro. Años más tarde, cuando la familia intenta recuperar los restos por aquello de lavar su imagen, el psiquiátrico les comunica que la fosa común donde fue enterrada, ha sido sepultada por una carretera.
Ingredientes para 4 raciones:
  • 500gr. de fresas
  • 150gr. de ruibarbo
  • 80gr. de azúcar o eritritol
  • unas rodajas de limón a tu gusto
  • un poco de vainilla a tu gusto
  • 1 cda. de maicena disuelta en un poquito de agua
  • 2 claras
  • 75gr. de azúcar glas
  • unas gotas de limón
  • una pizca de sal
  • algo de leche para bañar las islas

Notas:
  • El ruibarbo es muy centroeuropeo porque no sobrevive con el calor pero esta receta funciona igual de bien sin él. También está brutal con una mezcla de frutos rojos.
  • Cuidado con cocer demasiado las fresas porque pierden sabor y color. cocción rápida y luego dejarla macerar sola a temperatura ambiente y el color y la fragancia es brutal.
  • Cuidado con cocer demasiado las islas en la leche porque perderán la esponjosidad y se pondrán chiclosas. Es mejor quedarse corto que pasarse. Recomiendo hacerlas en el momento de ir a consumirlas. Si las guardas en la nevera se pueden desmoronar por culpa de la humedad. 

Preparación:
  1. Corta las fresas, el ruibarbo y unas rodajas de limón que pondrás en una cacerola a fuego medio alto junto con el azúcar y la vainilla. Deja que rompa a hervir.
  2. Pasados un par de minutos, añade la maicena disuelta en agua y remueve hasta que hierva de nuevo. Apaga el fuego y deja que repose unos 10-15 minutos.
  3. Retira el limón y tritura la crema hasta que esté bien suave y cremosa. Deja que repose unos 20 minutos en la nevera.
  4. Monta con unas varillas eléctricas 2 claras de huevo con una pizca de sal y un chorro de limón. Cuando empiecen a cuajar, añade el azúcar y bate con paciencia hasta que el merengue esté completamente levantado.
  5. Calienta leche en un cacito evitando que hierva. Con 2 cucharas ve dando forma a las islas y las bañas en la leche como 20 segundos por cada lado. Retira y seca cada isla con un paño limpio o papel de cocina.
  6. Monta vasitos o cuencos con la crema y la isla encima. Puedes decorar con almendras tostadas o caramelizadas. Si puedes ponerle unas frambuesas deshidratas echas migas, sería la bomba.

Hoppin' John para Phillis

mayo 09, 2026
Una pequeña de siete años, recién llegada de África, es vendida en el puerto de Boston. Estamos en 1761. La han llamado Phillis, el mismo nombre que acuña la goleta de esclavos que la ha transportado a Estados Unidos. A Susanna Wheatley le enternece esa niña asustada y medio muerta de frío que los mercaderes exhiben como si fuera una res.  La familia Wheatley no se lo piensa dos veces. Ha sido instalada en la casa como criada pero el talante progresista de esta familia les lleva a educar y cristianizar a la niña. 

Pronto John y Susanna Wheatley se dan cuenta de que Phillis es extremadamente lista así que tras ser liberada de sus tareas domésticas, se ha decidido que recibirá la misma educación que Mary y Nathaniel, los hijos de los Wheatley. Aprende rápido y ya se maneja con soltura en materias como lenguas clásicas, religión, literatura o astrología. 

La joven se convierte en la sensación de Boston. Unos cierran filas y afirman que una salvaje africana no está dotada por dios para igualar el intelecto de cualquier blanco. Y menos aún superarlo. Otros estiman que ella es la prueba que confirma que, si un esclavo es educado igual que un blanco, tendrá sus mismas capacidades e ingenio. El dilema -o la provocación- en la sociedad bostoniana está servida y Susanna pasea su pequeño prodigio por toda la ciudad.

Con 13 años, Phillis publica su primer poema en el periódico de Rhode Island gracias a la tenacidad e influencia de Susanna, quien logra que poco a poco sus poemas se publiquen en Boston e incluso en Londres, donde la popularidad de la esclava poeta gana simpatizantes. Susanna quiere reunir sus poemas y publicarlos pero en Boston se niegan. Se llega a decir que son plagios. Insisten en que una esclava negra no tiene ni inteligencia ni talento suficiente para escribir esos poemas.

En 1772 el matrimonio Wheatley consigue que se forme un tribunal que verifique las capacidades de Phillis y certifique que sus poemas son genuinos. Dieciocho empelucados con cara de pocos amigos la interrogan, acosan y espulgan sin piedad. Lo consigue y aun así, ninguna editorial accede a publicarlo. 

Susanna tira de toda su influencia en Londres -son de las pocas familias bostonianas leales a la corona- y un año después, tras un viaje de Phillis y Nathaniel a la capital londinense, el 1 de septiembre de 1773 para ser exactos, se imprime su libro de poemas convirtiéndose en la primera persona de color en publicar un libro.
Y sin embargo su poesía parece casi por encargo. No habla de sus sentimientos, emociones o percepciones. Escribe sobre la muerte de Whitefield, sobre Washington, sobre la fe cristiana; y es casi inevitable pensar que lo mismo Phillis escribe para Susanna, para hacerla feliz y para que su mejor amiga -así la define ella misma- cumpla con las expectativas creadas entorno a sus poemas.

Y aún con todo, se dice que en Inglaterra Phillis se niega a volver a Boston como esclava. A pesar de los apegos afectivos con los Wheatley, éstos nunca se han planteado concederle su libertad. Si bien es cierto que Susanna adora a la joven, el suyo parece un amor que no alcanza a reconocer la igualdad que la joven se merece. En cualquier caso, un par de meses después, es emancipada consiguiendo por fin su tan ansiada libertad. Phillis Wheatley tiene 20 años y es la africana más famosa de la faz del mundo. Y es libre.

La felicidad en casa de Phillis dura poco. Un año más tarde, Susanna fallece. La guerra por la independencia se está fraguando y se adhiere a la causa rebelde alejándose de los Wheatley leales a los británicos. Esta situación hace que pierda sus contactos en Londres y descubre que nadie en Nueva Inglaterra está dispuesto a publicar nada suyo. La guerra no ayuda y su fama se diluye casi por completo.

Pero los afectos siguen fuertemente anclados y Phillis se establece con Mary. Nathaniel es hecho prisionero por un barco de guerra inglés y no se sabe de él hasta el termino de la guerra. Un año después, Mary y su padre John mueren con unos meses de diferencia. Su red de seguridad en la vida queda completamente destruida. Ha perdido a todos los que ama y la han amado. Está sola en un mundo hostil sin subsidio ni cobijo. 
Se casa -posiblemente porque no tiene otra opción- con John Peters, un esclavo emancipado y verdulero de profesión, con el que vive en muy malas condiciones. A medida que da a luz a sus hijos, los va perdiendo uno a uno. La pobreza y las deudas la devoran. Su marido es encarcelado por culpa de dichas deudas y ella, embarazada de nuevo, se ve obligada a trabajar en la cocina de una fonda para poder comer. 

Murió de sobreparto. Puede que ya estuviera enferma o no. Puede que se la llevaran los mismos males que sufrían la mayoría de las parturientas. Sea como sea, esta vez no vivió para ver morir a su bebé que apenas la sobrevivió un día. 

Murió el 5 de diciembre de 1784 sola, en la cocina de una fonda, sin que nadie contara su historia, como si de algún modo, nunca fue del todo suya. Murió sin que nadie guardara sus poemas, como si nunca la hubieran pertenecido. Su obra, salvo los poemas publicados en Inglaterra, se ha perdido. Tenía 31 años.
“Fue llamada Phillips, porque así se llamaba el barco que la trajo, y Wheatley, que era el nombre del mercader que la compró. Había nacido en Senegal. En Boston, los negreros la pusieron en venta:

– ¡Tiene siete años! ¡Será una buena yegua!

Fue palpada, desnuda, por muchas manos. A los trece años, ya escribía poemas en una lengua que no era la suya. Nadie creía que ella fuera la autora. A los veinte años, Phillips fue interrogada por un tribunal de dieciocho ilustrados caballeros con toga y peluca. Tuvo que recitar textos de Virgilio y Milton y algunos pasajes de la Biblia, y también tuvo que jurar que los poemas que había escrito no eran plagiados.

Desde una silla, rindió su largo examen, hasta que el tribunal la aceptó: era mujer, era negra, era esclava, pero era poeta”.
 Eduardo Galeano , “El cazador de historias”

Nota: la ilustración de Phillis W. pertenece a la edición original de su libro y se le atribuye a Scipio Moorhead, también esclavo.
Ingredientes para 3-4:
  • 200gr. de alubias de ojo negro secas (caupíes)
  • 150-200gr. de cerdo ahumado (panceta o similar)
  • 1 cebolla
  • 1 tallo de apio
  • 1 punta de pimiento verde
  • 2 dientes de ajo
  • 1 hoja de laurel y 1 ramita de tomillo fresco
  • chile molido, pimienta blanca y sazonador criollo al gusto
  • algo de aceite neutro (girasol o maíz)
  • agua
  • arroz blanco cocido del día anterior al gusto

Notas:
  • Lo tradicional es usar codillo ahumado (ham hock) pero si no lo encuentras, costillas o panceta ahumadas funcionan igual de bien.
  • Las alubias de ojo negro las encuentras fácilmente en tiendas de alimentación internacional, herbolarios o por internet. Si no las consigues, las alubias negras o incluso las pintas pueden sustituirlas aunque el sabor cambia un poco.
  • El sazonador criollo puedes encontrarlo en tiendas especializadas o hacerlo en casa mezclando pimentón dulce, ajo en polvo, cebolla en polvo, orégano, tomillo, cayena y pimienta negra. Cada casa tiene su mezcla.
  • El arroz del día anterior no es capricho; el almidón resistente que se forma al enfriarse es más beneficioso para la digestión. 
  • El Hoppin' John se cocinaba el 1 de enero en las casas del sur de Estados Unidos. Los esclavos lo preparaban ese día para atraer prosperidad al año nuevo. Ellos trajeron no solo las semillas, sino también la técnica para cultivar arroz en terrenos pantanosos, algo que los colonos británicos desconocían. 

Preparación:
  1. Pon las alubias en remojo entre 3 y 4 horas, hasta que la piel esté tersa y sin arrugas.
  2. Trocea el cerdo y dóralo en una cazuela con un poco de aceite a fuego medio-alto hasta que coja color.
  3. Pica muy fino la cebolla, el apio, el pimiento y el ajo. Añádelos a la cazuela y rehoga hasta que estén blanditos. Incorpora las especias y remueve bien para que se integren.
  4. Añade las alubias escurridas, el laurel, el tomillo y agua apenas hasta cubrir. Cuece a fuego lento 15 minutos. Sube a fuego medio otros 10 minutos hasta que las alubias estén tiernas y el caldo se haya concentrado ligeramente.
  5. Añade el arroz ya cocido y rehoga 3 minutos a fuego suave. Apaga y deja reposar. El arroz terminará de absorber los líquidos y el plato se asentará.
 
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