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Quiche de puerro, tomates y queso de montaña

julio 24, 2026
Burdeos, enero de 2014. La Fédération française de génétique humaine se disponía a entregar su gran premio a Marthe Gautier por su papel en el descubrimiento de la trisomía 21 -ella había identificado el cromosoma adicional asociado al síndrome de Down-. Poco antes del congreso, la Fundación Jérôme Lejeune se enteró del evento y de la intención de la científica en exponer abiertamente sobre su descubrimiento que -Oh, sorpresa- se lo apropió Lejeune.

El modus operandi es el clásico del fenómeno Matilda. Pero esa fundación, enriquecida gracias al aporte de Marthe, utilizó su poder en los tribunales -nada como disponer de muchos caudales para tener a tu disposición a los tiburones de la abogacía- y obtuvo autorización legal para que un alguacil grabara su intervención. El fin de esta estrategia estaba claro: amedrentar, coartar e intimidar a la Federación alegando que quería observar si se difamaba la memoria de Lejeune.

Y no se lo pensaron: anularon el acto y, envuelta en una bolsa de plástico, alguien de la Fundación le entregó el premio. No tuvieron la valentía de realizar ni tan siquiera un acto privado que reconociera el mérito de Marthe.

Y esto, fue ¿acoso? ¿humillación? ¿impunidad? A ver señoras y señores, tampoco saquemos las cosas de su sitio. Lo importante es que, a raíz del escándalo que se formó, el comité de ética del Instituto Nacional de investigación biomédica francés hizo público un dictamen a favor de Marthe Gautier. Y esto ya fueron palabras mayores aunque, al fin y al cabo, la cosa quedó solo en eso: palabras. Marthe acababa de cumplir 89 años.

Para reconocer sus méritos con algo de justicia poética -o lo que sea-, fue condecorada como oficial de la Legión de Honor, condecoración que ya había rechazado en un par de ocasiones porque no le iba eso de que le doraran la píldora. Ella quería reparación. Y bueno, lo aceptó como un acto de protesta. Una última peineta al mundo científico antes de irse al otro mundo, algo que todavía alargó unos 6 años más.

Pero aquí no termina la violencia legal que la Fundación del Jérôme ejerció contra todo aquel que quisiera reconocer los méritos de Marthe Gautier: bastantes años después, la física y dramaturga Élisabeth Bouchaud -autora de la serie teatral Les Fabuleuses, dedicada a Matildas como Lise Meitner, Jocelyn Bell y Rosalind Franklin- estrenó el cuarto episodio de la serie dedicado a Marthe. Estamos en 2026 y la obra reproduce, entre otras cosas, el  escándalo de Burdeos. Y de nuevo, los herederos de Lejeune -a través de la dichosa Fundación- demandan a Élisabeth Bouchaud por difamación hacia la memoria de los muertos.

En fin, ya sabemos cómo funcionan estas fundaciones y asociaciones de supuesta alta moralidad pero que usan los tribunales para amordazar, intimidar, acosar y despellejar a los que levantan la voz en contra de sus intereses. O que sienten que se levanta la voz contra ellos porque parece que todo vale menos que se imponga la verdad. Porque esa obra no es un manifiesto contra Lejeune sino un acto para visibilizar a Marthe.

Bouchaud, naturalmente, ha sido respaldada por numerosos estamentos científicos, artísticos y culturales -como el Bureau de la Académie des sciences, la institución científica de más peso de Francia-, que la han apoyado denunciando esta tentativa de limitar su libertad artística por parte de la familia Lejeune quien persigue silenciar, cueste lo que cueste, a Marthe Gautier.
El robo -sí, nada de tibiezas querido lector- ocurrió bajo el mismo modus de siempre: científica descubre algo crucial, hombre se lo apropia, institución/nes lo protegen y comunidad científica que calla. O susurra. O dice: a ver señoras y señores, tampoco saquemos las cosas de su sitio. Porque seamos francos: desde que Margaret tiró de la alfombra, el mundo se conforma con entregar un par de premios, una placa conmemorativa -y no siempre- adornado todo ello con un discurso en plan "Oh cuanto talento tienen las mujeres y qué poco las hemos reconocido. Bueno, no pasa nada. Aquí estamos para repararlo". Y hala, todas tan contentas.

Bueno, pues Marthe no. Ella no se callaba ni debajo del agua. Durante años, no tuvo altavoz para denunciar lo que pasó. Su frustración se limitó a mandar la investigación al garete y volver a dedicarse al mundo académico. Lo entiendo, a veces hay que hacer estas cosas por salubridad espiritual. O mental. Tú sabes. Y años después, con el Efecto Matilda revoloteando por el mundo entero, se dijo: Como me calle otra vez, me enveneno. Y tiró para adelante.

¿Cómo, qué no te he contado como fue el regate de la trisomía 21? Te lo resumo: En 1958, Marthe ensayaba con una técnica de cultivo celular que había aprendido en Harvard y que nadie más dominaba en su laboratorio. Así logra ver el cromosoma de más causante del síndrome de Down. Pero carece de microscopio con cámara, así que confía sus preparaciones a Jérôme Lejeune, entonces un joven becario del servicio, para que las fotografíe.

Y le hace el lío: publica el hallazgo por su cuenta firmando como primer autor, relegando a Gautier al segundo lugar pese a haber sido ella quien concibió y ejecutó la parte técnica decisiva. A partir de aquí, todo son méritos, logros y recompensas a Lejeune en solitario mientras que Gautier, silenciada y sin altavoz durante décadas, termina abandonando esa línea de investigación. Regresa a la docencia más quemada que la pipa de un indio.
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Pero oye, a mí no me hagas caso alguno porque soy una incendiaria. Porque soy tan mal pensada que omito constantemente la premisa de la presunción de inocencia, esa parte que dice "que por ignorancia o atribución errónea". Un cuerno. O dos. O los que haga falta porque aquí nadie se chupa el dedo y muchos de los impostores tuvieron ocasión de rectificar y dejar hueco a las Matildas y no lo hicieron. Porque no les dio la gana.

Vale; dame un minuto que me calme.

Lo voy a replantear: si lees esta entrada sobre los impostores, verás que pongo tres ejemplos de robos entre varones. Y los tres tuvieron grandes consecuencias en vida. Pero con las Matildas, no. Creo que ninguno ha rendido cuentas. Y en muchos casos, como con Marthe, la comunidad científica no se revolvió hasta que él murió porque una vez muerto, no hay nadie a quien sancionar. Y si ella habla, es mancillar el honor de un muerto que mira por donde, está sancionado por la ley.

Sinceramente, creo que el relato dominante del Efecto Matilda es únicamente una narrativa de consuelo: se reconoce el agravio, lo lamentamos, y se cierra el hilo con gestos simbólicos. Pero ¿Quiénes se benefician materialmente del borrado? ¿Por qué no se exigen reparaciones? No hay comisión de fraude ni pérdida de nada relevante para el beneficiario. Sigue saliendo gratis -digo, sustancioso, pero que muy sustancioso- silenciar científicas. Porque la ausencia de consecuencias no es un accidente del paso del tiempo, no es cosa de siglos pasados; es parte del patrón y la premisa bajo la cual el sistema permite que el relato se corrija, pero solo cuando no implique molestias a las instituciones científicas. Esos conflictos, están solo reservados para ellos. Y a las pruebas me remito.
Ingredientes (para un molde de 35cm. de largo o 22 de diámetro):
  • 150gr. de harina
  • 50gr. de almendra molida
  • 100gr. de mantequilla blanda
  • 3 cdas. de buttermilch o yogur
  • 1 pizca de sal
  • Mostaza para cubrir la masa
  • Algo de mantequilla extra
Para el relleno:
  • 1 puerro grande
  • 1 chorrito de vino blanco
  • 3 huevos
  • 200gr. de crème fraîche
  • Sal, pimienta y nuez moscada
  • 150gr. de Bergkase (o queso montañés de los Pirineos o los Alpes)
  • Tomates secos a tu gusto
  • Cebollino y estragón fresco (o tu hierba favorita) 
Preparación:
  1. Mezcla todos los ingredientes de la masa (menos la mostaza) y amasa brevemente hasta que tengas una masa suave y homogénea.  Deja que descanse en la nevera unos minutos.
  2. Mientras, saltea con un poco de mantequilla el puerro cortado en rodajas finas. Añade el vino, retira del fuego y deja que repose.
  3. Mezcla los huevos con la crème fraîche y añade la sal y las especias. Incorpora el queso rallado o molido.
  4. Precalienta el horno a 180ºC.
  5. Enmantequilla el molde, fórralo con la masa y extiende una capa muy fina de mostaza. Añade la capa de puerro.
  6. Incorpora la crema de huevo y decora con unos trocitos de tomates secos a tu gusto.
  7. Hornea hasta que veas que tiene un bonito color dorado y el relleno luce cuajado. Sirve con las hierbas frescas por encima.




Apple Matilda dumplings

junio 21, 2026
Para el Clan del Lobo de la Nación Mohawk ella fue Karonienhawi, la que sostiene el cielo. Para las sufragistas, una subversiva que al atacar a la iglesia alejaba el apoyo político de los conservadores y fue borrada de un plumazo de los libros de historia. Para su familia, Glinda, la bruja buena del Mago de Oz y, si tienes la paciencia de leerme hasta el final, descubrirás de dónde viene esta fantasía tan maravillosa.

Y para nosotros, los de hoy, es Matilda. La grandiosa, la primera, la que da nombre al Efecto Matilda de Margaret W. Rossiter. Ella es la voz de todas, no solo de las científicas, sino también de las silenciadas habidas y por haber. Porque escuchar su lucha, sus ideas, sus propósitos, es entender que lo mismo no hemos avanzado tanto desde entonces; porque las mujeres de tres cuartas partes del mundo aún no son dueñas de sus aspiraciones ni destinos. Y las que vivimos bajo constituciones que presumen de igualdad, nos hemos cambiado las cadenas por la conciliación: una carga invisible que a nosotras se nos exige por triplicado y a ellos jamás se les pasa por la cabeza.

Porque si bien es cierto que siempre ha habido mujeres que han reclamado lo nuestro, la realidad habla de que todas esas mechas chisporroteantes que auguraban grandes cambios fueron apagadas. Y se ha tardado mucho, con demasiada frecuencia, en rescatarlas del limbo del ostracismo. Lo reconfortante, la esperanza, está en que aunque esas voces se silencien, siempre habrá quien las libere. Tarde o temprano, como con Matilda. 

Fueron las feministas de los años 70 quienes la recuperaron del olvido y le devolvieron su lugar en el movimiento. Lúcida, mordaz, culta y comprometida, denunció las taras de la sociedad decimonónica que se empeñaba con uñas y dientes en convencer a la mujer de que el mundo le quedaba grande. Y ella les habló de autodeterminación, de autodesarrollo, de ser dueñas de su propio juicio y destino. De libertad. 
¡Una rebelde! Qué glorioso suena ese nombre cuando se aplica a una mujer. Oh, mujer rebelde, hacia ti el mundo mira con esperanza. Sobre ti ha caído la gloriosa tarea de traer la libertad a la tierra y a todos sus habitantes.
Y no lo decía por decir. No era demagogia ni frases bonitas en los mítines. Por cosas de la vida, tuvo la oportunidad de conocer de cerca a los Mohawk porque Nueva York perteneció históricamente a la Confederación Haudenosaunee y aunque no lo parezca, los nativos de las Seis Naciones son más neoyorquinos que el puente de Brooklyn o el bagel. A su lado, aprendiendo de ellos, quedó profundamente convencida de que una sociedad matrilineal era posible y que las relaciones entre hombres y mujeres podían ser equilibradas.

Las Madres del Clan tenían el poder de nombrar, aconsejar y destituir a los jefes varones. Tenían la última palabra sobre las guerras y los tratados.  Controlaban la agricultura y la distribución de alimentos. Y si una pareja se separaba, la mujer conservaba su hogar, sus bienes y a sus hijos.  Documentó admirada que el abuso físico y las violaciones eran prácticamente inexistentes y de producirse, eran delitos severamente castigados.

Los admiraba y quería a rabiar. Tanto que los defendió centrando su activismo en favor de los derechos indígenas y denunció sin descanso los abusos del gobierno de EE. UU. Pero era incansable y ese activismo también clamaba por los derechos de los esclavos. De hecho, ella creció en una casa que fue estación del ferrocarril subterráneo, la red clandestina que ayudaba a escapar a los esclavos; la misma de Harriet Tubman quien por cierto, vivía a muy pocos kilómetros de Matilda. No hay constancia escrita de que ambas se conocieran pero yo me juego mi mejor cacerola a que entre ellas había secretos y muchas vidas salvadas.
En Woman, Church, and State, Matilda dedicó un capítulo entero a la caza de brujas en la Europa de la Edad Moderna. Con una valentía encomiable, describió esta barbarie como un ataque deliberado y sistemático del patriarcado eclesiástico y de estado contra las mujeres. Un ginocidio que buscó a las mujeres más sabias, independientes, científicas, parteras y curanderas de sus comunidades porque eran peligrosas e influyentes sobre las demás mujeres. Poseían, entre otros, conocimientos médicos y ayudaban a las mujeres en cuestiones de natalidad desafiando descaradamente el poder de la Iglesia. Y claro, heredábamos el pecado de Eva. Éramos lascivas y lujuriosas entre otras lindezas y el mejor remedio contra esa lacra fue instaurar el terror entre sus parroquianas. Tortura, fuego y luego, a rezar. Y a callar.
Tanto la Iglesia como el Estado, pretendiendo ser de origen divino, han asumido el derecho divino del hombre sobre la mujer; mientras la Iglesia y el Estado han pensado por el hombre, el hombre ha asumido el derecho de pensar por la mujer.
Y estos ataques directos a la iglesia y al estado no gustaron nada a sus compañeras sufragistas. En este momento, el movimiento estaba estancado. Para ganar fuerza, necesitaban aliarse con las mujeres del oeste y del sur del país, que eran profundamente conservadoras y cristianas. Y si de paso, se ganaban el apoyo de la iglesia, pues mira que bien. 

Pero Matilda se mantuvo en contra. Argumentaba que dar el voto a las mujeres adoctrinadas solo serviría para que votaran lo que sus pastores les dijeran, creando una especie de teocracia constitucional. Y aquí permíteme una sospecha que no consta en ningún acta pero ya sabes que me gusta seguir la línea de puntos y yo aquí la veo con claridad: una diferencia táctica se resuelve con un comunicado o un portazo, no con la desaparición total de un nombre en tres tomos que la propia interesada ayudó a escribir y financiar. A Matilda no la apartaron por incómoda. La borraron, la tacharon, la reescribieron por lo que sea, no voy a especular. Pero desde luego, eso huele a venganza con membrete de hermandad. 

Y el precio de toda esta purga fue que el nombre de Matilda fuera eliminado de los tres tomos de la History of Woman Suffrage. Se alteraron actas de reuniones y tratados firmados en las convenciones feministas de Seneca Falls. Fue desacreditada, tachada de anarquista, destructora de la moral y demasiado radical para ser escuchada. No la quemaron por bruja porque ya no estaba de moda. 

Así que imagina lo que tuvo que sentir Margaret cuando conoció la historia de Matilda Joslyn Gage y leyó su libro Woman as an Inventor. Qué emoción tan brutal debió de recorrer su espina dorsal al saber que antes que ella, muchos años antes, Matilda ya había denunciado públicamente el apropiamiento indebido de inventos y descubrimientos. Y encima, qué ironía, la propia Matilda había sido también borrada sin que nadie clamara justicia.
Si bien muchas de las invenciones más importantes del mundo se deben a las mujeres, la proporción de inventoras femeninas es mucho menor que la de los masculinos, lo cual surge del hecho de que la mujer no posee la misma cantidad de libertad que el hombre. Restringida en la educación, en las oportunidades industriales y en el poder político, este es uno de los muchos casos donde su degradación reacciona de manera perjudicial sobre toda la raza humana.
Matilda siguió con su vida y su activismo que no cesó nunca. Nunca descuidó su vida familiar y cuando su hija Maud se casó con Frank Baum, quien por aquel entonces era un actor frustrado con alguna obra de teatro escrita pero poca cosa, tuvo que comerse su opinión y predicar con el ejemplo dejando que su hija decidiera su futuro por sí misma. Pero Frank y Matilda congeniaron a las mil maravillas. Ella pasaba largas temporadas con ellos en Chicago. Animó a su yerno a que escribiera esos cuentos tan bonitos que le contaba a los niños cada noche.

Cuando Frank escribió El Mago de Oz, la influencia de su suegra estaba por todos lados: la tierra de Oz se presenta como una utopía matriarcal, una sociedad sin dinero, pobreza ni cárceles. La bruja Glinda, que gobierna su propio país, es una mujer de ciencia y de una erudición envidiable. Dorothy es una niña autosuficiente que no busca un príncipe que la salve. Supera las trabas y ayuda a sus compañeros en sus fragilidades. Al final, comprende que la solución siempre estuvo en sus zapatos. 
Mi suegra siempre me decía que el progreso del mundo dependía de liberar la mente de la mujer de las supersticiones del pasado.
Frank Baum

Matilda murió en casa de Maud y Frank, arropada por los suyos. En su lápida no hay mención alguna al movimiento sufragista que ayudó a fundar. Lo que se puede leer es tan Matilda que pone los pelos como escarpias. 

Hay una palabra más dulce que madre, hogar o cielo. Esa palabra es libertad.

Y si la libertad se pudiera comer, sabría a estos apple dumpling sin el azúcar refinado de los colonos. Van bañados en el oro líquido de los Haudenosaunee, el alma de los bosques del noreste americano. Tampoco esperes una masa quebrada al estilo victoriano, fina y con remilgos. Aquí se impone esa avena y almendra molidas, formando una textura rústica, crujiente y jugosa que te atrapa desde el primer mordisco. Y el toque rebelde: un chupito de Jack Daniel's en el almíbar de manzana para darle ese punto subversivo que tanto le criticaron a Matilda sus compañeras sufragistas. Un dulce indomable, que puedes servir con o sin bola de helado pero lo que no va a faltar, es doble ración de memoria histórica.
Ingredientes para 12 dumplings con manzanas pequeñas o 6 medianas:
  • 150 g de harina repostera
  • 50 g de avena molida
  • 50 g de almendra molida
  • 1 cucharada de azúcar moreno
  • 110 g de mantequilla fría en cubitos
  • 80 g de Buttermilch
  • Una pizca de sal

Para macerar las manzanas:
  • 6 manzanas pequeñas o 3 medianas
  • 25 g de sirope de arce
  • Zumo de medio limón
  • Canela a tu gusto
  • Nuez moscada a tu gusto

Para la salsa:
  • 250 ml de zumo de manzana turbio
  • 100 ml de sirope de arce
  • 1 chupito de Jack Daniel's
  • Reducir 2-3 minutos a fuego medio para concentrar

Preparación:
  1. Mezcla la harina, la avena molida, la almendra molida, el azúcar moreno y la sal. Añade la mantequilla fría en cubitos y trabaja con las yemas de los dedos hasta obtener una textura arenosa.
  2. Incorpora el Buttermilch poco a poco hasta que la masa se integre, sin amasar de más. Envuelve en film y deja reposar en la nevera al menos 30 minutos.
  3. Pela las manzanas, retira el corazón y córtalas en dos mitades. Macéralas unos minutos con el sirope de arce, el zumo de limón, la canela y la nuez moscada.
  4. En un cacito, pon el zumo de manzana, el sirope de arce y el Jack Daniel's. Reduce la salsa unos 2-3 minutos a fuego medio para concentrarlo ligeramente.
  5. Estira la masa y corta porciones suficientes para envolver cada mitad manzana por completo. Envuelve cada trozo, sellando bien los bordes para que no se abra el dumpling durante el horneado. 
  6. Coloca los dumplings en un recipiente no muy hondo de pirex o cristal. Cuida que la unión de la masa esté hacia abajo. Riega con la salsa.
  7. Hornea a 180°C unos 35-40 minutos, hasta que la masa esté dorada y el caldito prácticamente se haya reducido por completo. Si ves que se han secado demasiado pronto, no dudes en añadir un chorrito extra de zumo de manzana. 
  8. Cuando apagues el horno, pincela los dumplings con la salsa que aún no se ha consumido. Hazlo en caliente porque la masa seguirá absorbiendo líquido mientras se enfría. Están ideales templados o fríos. Pero templados con una bola de helado de vainilla, está brutales.

Gazpacho de espárragos y manzana

junio 18, 2026
Una joven Margaret, que acaba de graduarse en Harvard, inicia su doctorado de Historia de la Ciencia en Yale. En una reunión informal entre profesores y alumnos pregunta si alguna vez ha habido mujeres científicas y, tras unas sonrisillas condescendientes, recibe un no como una catedral: no, no hay ni ha habido y las que pudieran considerarse como tales, solo trabajaban para científicos. Masculinos, evidentemente. Únicamente podemos hablar de dos excepciones:  Maria Mitchell y Marie Curie.

Y aquí es donde a Margaret W. Rossiter le explota la cabeza. Como que no se lo cree. Le suena todo a arrogancia y ninguneo. Y en un brote de "pues va a ser que no me lo creo" se viene muy arriba y le dice al profesor de la risotada, el de la pajarita a lunares y la pipa desconchada, "Si no le importa profesor, sujéteme el gazpacho" y a ver qué pasa.

Y pasó lo que tenía que pasar.
Cuando empecé, los historiadores consolidados me miraban con una mezcla de lástima y burla. Me decían que estaba perdiendo el tiempo porque las mujeres científicas no existían, y que si excavaba en los archivos solo encontraría un vacío absoluto.
Consiguió una beca Harvard y así pudo estudiar el panorama. Profundizando tan solo en un libro -el American Men of Science- rescató, escondidas entre las referencias masculinas, las biografías de quinientas mujeres científicas. 500. Qui-ni-en-tas. Y aquí no hay diptongo que valga. Quinientas, de golpe y sin despeinarse. Y de nuevo se vino arriba, esta vez con un coraje y una mala chufa que no hay gazpachera para contener tanta sopa.

Y siguió adelante, vaya que sí. Si cada barrio tiene su loca, primero en Yale y luego en Cornell tenían a la lunática de las científicas quienes en ese momento sonaban un poco a meigas. O sea, que haberlas, haylas pero si preguntabas por ahí te iban a decir que casi que no. Que si eso, un par de Marías y para de contar. En suma, la cantinela oficial, erre que erre.

Por lo tanto, no es de extrañar que sus investigaciones, dado el poco interés que despertaron, se pusieran cuesta arriba. Algún rechazo, tibieza en las comunidades tanto científicas como históricas, años de profesora sin plaza fija y sin medios para seguir con lo suyo. En fin, que era como para quitarle las ganas a cualquiera. De hecho, fue un tiempo en el que ella misma decía sentirse como algunas de las mujeres sobre las que escribía. Se sentía como un disco de 78 rpm en un mundo de 33.

Pero a su puerta tocó esa extraña ánima que a veces se digna en cruzarse en nuestro camino -mitad constancia mitad suerte- y tras conseguir una beca Guggenheim, volvió a tener algo de estabilidad para centrarse en sus trabajos. Y el fruto de esos meses de investigación vio la luz en 1982 tras publicar el primer volumen de Women Scientists in America. Bravo Margaret. Menos mal que no te rendiste. 
Y todo cambia de golpe. Críticas positivas en el New York Times, Nature y Science. Más becas, la ansiada cátedra y más tiempo para publicar artículos que hablan de ellas. Es en 1993 cuando publica un artículo donde acuña por primera vez el concepto Efecto Matilda. 
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
¿Y por qué Matilda? Por la reina entre las reinas: Matilda Joslyn Gage. Qué mujerona, por dios. Este blog tiene una deuda con Doña Joslyn y prometo concederle una receta honorífica muy pronto porque su vida es de lo más apasionante. Todas las mujeres de este planeta -e incluso marcianas- deberíamos conocer su vida, obra y milagros. Porque ella es el modelo a seguir, es la constancia, el pensamiento. Es el catecismo de la igualdad, de la libertad. No solo por su lucha a favor de las mujeres; también por la libertad de los esclavos, por los feminicidios de las "quemas de brujas" y por supuesto, por los nativos americanos de los que aprendió mucho conviviendo con los Haudenosaunee. Grande y única que fue borrada de la historia americana por ser extremadamente incómoda.

Y de aquí en adelante, la vida de Margaret -hasta su muerte a los 81 años- transcurrió de premio en premio y reconocimientos a su trabajo. Porque antes del Women Scientists in America, solo se hablaba de las dos Marías y ella sola evidenció con datos, hechos y referencias probadas, que existía un sesgo sistémico perfectamente demostrable. Gracias a sus tres tomos de Matildas, los historiadores de los 90 empezaron a revisar los archivos de sus propias universidades, encontrando más y más Matildas por todas partes.
El Efecto Matilda no es una percepción subjetiva; es un patrón histórico medible. Consiste en la agresión silenciosa de aceptar el trabajo de una mujer, asimilarlo en el laboratorio y, a la hora de imprimir los créditos, transferir el honor al colega varón más cercano.
Desde entonces, los historiadores científicos no han parado de cuestionar las versiones oficiales y están consiguiendo que se reescriban como es debido. Las pruebas reunidas por Margaret son irrefutables. Porque una cosa son hechos y otra opinión. Porque el suyo es un trabajo tan pulcro, tan sólido, que las instituciones gubernamentales y las universidades se vieron arrastradas por el Efecto Matilda reasignando cátedras, financiación y reconocimientos.

Aparte del trabajazo tan impecable de investigación que realizó, lo que consiguió Margaret fue dar marco académico a la desmemoria, a hechos que antes fueron difusos e invisibles. Y eso fue rabiosamente poderoso porque cuando un fenómeno tiene nombre, existe. Se vuelve real, palpable, se puede citar, debatir y por supuesto, es denunciable. Antes del Efecto Matilda no existía vocabulario ni contexto para reflexionar sobre el patrón del menosprecio científico.

Es más. Yo diría que fue el Efecto Margaret el que cambió la ciencia, para bien y para siempre.
Las universidades llevaban décadas diciendo que no contrataban a mujeres científicas porque no había candidatas cualificadas. Mi trabajo demostró que las candidatas estaban allí, trabajando en los sótanos, cobrando la mitad y firmando como asistentes de hombres que sabían menos que ellas.
Esta sopa fría es el Efecto Matilda hecho alimento. Las gotas de remolacha salpicando la superficie representan la rabia y la indignación frente al menosprecio. Son gotitas incómodas, que muerden el ojo y desafían lo establecido. Pero al meter la cuchara y saborear este gazpacho de espárragos, descubres que, al igual que las investigaciones de Margaret, la genialidad no necesita el aplauso de la pajarita de lunares ni grandes presupuestos para sostenerse. Es un plato pulcro, incontestable y cargado de una memoria tan sólida que es imposible de ignorar. E imposible de olvidar.
Ingredientes (para 1 litro):
  • 200gr. de espárrago blanco
  • 1 rebanada de pan de sandwich
  • 50gr. de almendras
  • 1/2 pepino 
  • 1/2  manzana
  • 1 diente de ajo
  • 150ml. de agua
  • Hielo
  • Sal a tu gusto
  • Vinagre de vino
  • Aceite de oliva
  • Decoración: aromáticas frescas y un poquito de zumo de remolacha.

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes menos el hielo, en el vaso de la trituradora. Licua, corrige de sal y añade hielo.
  2. Sirve bien fresco con unas aromáticas frescas por encima y un chorrito de zumo de remolacha que le aporta un punto muy especial.

Nougatknödel o pelotas de sémola y nougat

junio 15, 2026
Querido lector, lectora o lectore. No voy a perder tiempo en gramáticas varias porque no merece la pena. Ya sabes, a buen entendedor y sobre todo sin recelos. Lo que sí -pero sí que sí-, es hacer esta denuncia de género que me está agriando las entrañas. No es una guerra contra la masculinidad. No es guerra, insisto. Ni confrontación. Ni un pulso a ver quién es más listo. Es denuncia, con pruebas, con hechos -irrefutables y demostrados- y sobre todo, es dejar a las claras la desfachatez que hay alrededor de las Matildas.

Porque, aunque con mucha lucha y empeño, han conseguido que se les reconozcan sus logros, la comunidad científica ha ninguneado sistemáticamente "las consecuencias" -o algo parecido-, de aquellos científicos varones que se apropiaron sus logros. Ninguno de ellos, por descarada que haya sido su apropiación, ha sido cuestionado. No ha habido Knödel suficientes -ni con nougat ni con pepinillos en vinagre- para poner en duda el honor científico de estos señores.
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Y es que de una forma u otra, todos son culpables. Hasta las mosquitas muertas que alegan "ignorancia". Venga hombre. ¿Qué investigador que se precie, que sus conocimientos puedan ser tenidos en cuenta, no ha leído el trabajo de sus colegas o ha hablado de ello con otros científicos? Eso se llama progreso y por eso había sociedades científicas. Y así es como ha avanzado la ciencia. Dicho de otra forma: un científico deja un trabajo en un punto y llega otro y sigue trabajando en ello y luego otro y tal. Por lo tanto, menos lobos caperucita.

Mira lo que son las cosas: estaba yo aprendiéndome la vida, obra y milagros de la Matilda Marthe Gautier, cuyo robo tiene traca como pasa con todas pero ella sangra especialmente más porque es contemporánea, porque no podemos caer en la condescendencia de "Ay, es que en aquellos tiempos la sociedad era así". No, no. Marthe es de los tiempos donde la mujer se echa a la calle día sí y día también a denunciar y denunciar y denunciar. Es de los tiempos en los que las constituciones europeas dicen que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos y bla, bla, y bla.

¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba yo leyendo en la Wikipedia el caso Marthe Gautier donde se describe de forma correcta el ninguneo y acoso que recibió por parte de Jérôme Lejeune, cuando hago clic en la vida de este impostor y no te lo pierdas: en un mismo sitio, la Wiki, se juega a dos bandas y sin pudor alguno le atribuyen al Lejeune el hallazgo de Marthe diciendo textualmente que "Jérôme Lejeune fue el protagonista y motor del descubrimiento". Toma ya. Y la lista de premios y reconocimientos es tremenda. Y encima se inició un proceso de beatificación y canonización. ¿Puede haber una arrogancia y un ego más enfermo?

Indignación. Pero aún hay más. Repasando mis Matildas, mira en qué lugar han quedado sus impostores.
Los impostores

Alice Ball y Arthur L. Dean. Él, presidente de la Universidad de Hawái y químico. Ella descubrió el primer tratamiento efectivo contra la lepra. Su impostor, quien le roba el trabajo después de muerta, es un héroe institucional en Hawái y el edificio principal de la universidad lleva su nombre.

Elena Gallego y los jefes de Estaciones Agronómicas de la Dictadura. Ellos, qué más decir. Ella realizó la labor titánica de seleccionar las variedades de semillas más resistentes y productivas de alubias y guisantes, las legumbres del pobre. Su trabajo evitó hambrunas mayores. Ellos, héroes nacionales. De ella no tenemos ni su rostro. No está en Wikipedia.

Eunice Newton y John Tyndall. Él, influyente físico irlandés de la Royal Institution de Londres. Ella,  descubrió el efecto invernadero en 1856, tres años antes que él. Mutiló el rastro de la estadounidense en Europa y barrió su memoria bajo la alfombra de la ciencia victoriana. Da nombre a institutos del cambio climático, cráteres lunares, glaciares y cordilleras enteras.

Ida Noddack, Enrico Fermi y Emilio Segrè. Ellos, vacas sagradas de la física nuclear. Ella dejó escrito, bien clarito, que el Fermi y su equipo (incluido Segrè) no tenían razón y al corregirles describió la fisión nuclear antes que nadie en el mundo. Dijeron que su fisión nuclear era una "especulación absurda" pero se apropiaron de su principio.  Fermi está considerado el "arquitecto de la era nuclear". Segrè fue premiado con el Nobel en 1959.

Mary Agnes Chase y Charles Vancouver Piper. Él, botánico jefe del Departamento de Agricultura de EE. UU. Ella fue la mayor experta en gramíneas del mundo, pero por ser mujer y activista sufragista, el USDA le prohibía viajar con fondos públicos. Tipos como Piper y otros jefes del departamento firmaban los manuales de agricultura y mapas botánicos utilizando los miles de especímenes descubiertos por Mary Agnes. Piper es considerado el "padre del césped moderno" y tiene variedades de plantas bautizadas en su honor.

Nettie Stevens y Thomas Hunt Morgan. Él, genetista estadounidense de la Universidad de Columbia. Ella descubrió que el sexo de un organismo depende de los cromosomas (el sistema X e Y) y él, que era su supervisor, publicó un artículo paralelo robando los resultados de Nettie. El mundo científico le atribuyó el descubrimiento a él. Ganó un Nobel de Medicina en 1933 y se le conoce como el padre de la genética moderna.

¿Ves? Pues no son las únicas. Cuanto más escarbo, más caspa sale: Rosalind Franklin y Maurice Wilkins; Lise Meitner y Otto Hahn, el Nobel que además de "olvidarse" de su socia de toda la vida, también ninguneó a Ida Noddack; Jocelyn Bell Burnell y Anthony Hewish; June Almeida y sus colegas del Common Cold Research Centre; Katalin Karikó y la Universidad de Pensilvania... y espera que  saldrán más, de eso estoy segura.

Y si aún te quedan dudas de mi denuncia, de mi teoría de que ningunear Matildas sale gratis, te cuento casos cambiando de sexo. Varón contra varón, a ver como salieron las cosas:

Newton contra Leibniz a causa de un cálculo matemático. El Isaac se puso muy folclórico porque culpó al Gottfried de haber espiado en sus notas y le robó el tinglado. La cosa no estaba nada clara pero el Newton, que era el presidente de la Royal Society, montó un comité formado por amiguetes para acusar a Leibniz de ladrón. Nunca quedó claro el robo pero el Leibniz se la cargó.

Otro. Robert Gallo contra Luc Montagnier. En la década de 1980, Luc Montagnier -del Instituto Pasteur- aisló el virus del SIDA y le envió muestras al estadounidense Robert Gallo. Éste, por sus bemoles, publicó el hallazgo dando a entender que era propio, atribuyéndose el mérito. Se lió parda. Tuvieron que intervenir los presidentes de  Francia y EE.UU. para firmar un tratado internacional y repartirse los beneficios a medias. El laboratorio de Gallo fue investigado por fraude. Robert Gallo se quedó castigado y sin Premio Nobel.

Y otro más. Urban Le Verrier contra John Couch Adams a costa del planeta Neptuno. Le Verrier se apuntó el tanto y se volvió a liar parda. De nuevo crisis diplomática entre franceses y británicos. Solución salomónica. Ambos son codescubridores oficiales.
¿Ves lo que yo veo? cuando el afectado es varón tiene voz y puede hacer ruido para defenderse. Las instituciones de su país, hasta los cuerpos diplomáticos, sacan los dientes por él en la obligación de defender el orgullo patrio. Algunos se juegan premios Nobles y se ven obligados a litigar por su honor y cosas peores.

En cambio, a las Matildas, la comunidad científica aplicó -aplica- la ley del silencio. Sin presencia en academias, ni derecho a voto, ni redes de influencia, ni siquiera sitio en universidades; a tipos como Arthur Dean o Jérôme Lejeune les bastó con cerrar la puerta del laboratorio, poner su nombre con luces de neón y esperar a que el tiempo hiciera el resto. Encumbrados por ningunear a mujeres. Otro gallo hubiera cantado si hubieran robado logros a otros compañeros de profesión.

El Efecto Matilda no es algo del pasado. Es viejuno, sí, pero actualmente en uso. Me llama la atención que este ejercicio, procedente de una paletita guisandera de letras para más inri, no sea una denuncia colectiva de científicos de ambos sexos. Porque son ellos los que deberían estar sangrando a chorros.

De hecho, este efecto es el resultado de una investigación de Margaret W. Rossiter que durante años fue tratada como la pesada de las Matildas pero todo tiene su porqué. Estando ella en la universidad, allá por los 70, se le ocurrió preguntar ingenuamente a algún profesor si había habido mujeres científicas en los EE.UU. durante el siglo XIX. La respuesta fue una risotada y una frase que a Margaret le repateó en las entrañas:
Nunca ha habido mujeres científicas en América. No existen. Estás perdiendo el tiempo.
Y a ver, se encendió como una antorcha. Se puso a rebuscar como una posesa entre viejos libros, revistas, correspondencia, registros universitarios, actas de congresos... y encontró a cientos de ellas: astrónomas, químicas, botánicas, matemáticas... El suelo de la ciencia americana estaba alfombrado con el trabajo de mujeres que habían sido borradas sistemáticamente. Pero éste no fue solo un efecto norteamericano. Hay Matildas por todo el mundo. E imagina las que habrá que aún nadie las ha rescatado de debajo de la alfombra. 
Ingredientes:
  • 250gr. de Topfen o queso quark
  • 1 huevo
  • 1cda. de mantequilla
  • 50gr. de yogur griego
  • Algo de vainilla
  • 40gr. de azúcar glas
  • 130gr. de sémola de trigo o espelta
  • Agua para cocer las pelotas con una pizca de sal
  • Relleno:
    masa de nougat o unos pralinés
  • Rebozado:
    50gr. de Mantequilla
    60gr. de pan rallado
    Algo de canela
    70gr. de azúcar moreno
Nota: En la foto del paso a paso las cantidades aparecen dobles.
 
Preparación:
  1. Monta la clara de nuevo y reserva. Mezcla el resto de ingredientes juntos en un bol hasta que esté bien integrado. Añade la clara montada y deja reposar 3 horas en el frigorífico.
  2. Pon una cacerola con agua y una pizca de sal al fuego. Espera a que hierva.
  3. Con ayuda de una cuchara, haz bolitas con la masa. haces como una agujerito en el medio y le pones un praliné o un trozo de masa de nougat. Cierra y da forma de bolita.
  4. Pon a cocer las pelotas en el agua hirviendo. Baja el fuego lo suficiente para que no borbotee y deja que se hagan entre 8-10 minutos.
  5. Mientras haces las migas del rebozado: en un sartén a fuego medio y sin dejar de remover, tuesta ligeramente el pan rallado en mantequilla. Añade después el azúcar y la canela y remueve un par de minutos para que el azúcar temple pero sin carmelizarse.
  6. Pasa cada pelota por el rebozado. Comer templado para que el relleno aún esté líquido.

Ensalada Eunice de brócoli

junio 09, 2026
Estamos en 2011, en Oklahoma. En concreto en la residencia de Ray y Jana. El matrimonio es muy aficionado a los libros divulgativos antiguos. Desde que Ray se jubiló, se pasean con más frecuencia por ferias y librerías buscando revistas y manuales científicos del siglo XIX. Y así, un poco a lo tonto, es como se hacen con un tomo del Annual of Scientific Discovery de 1857 y se topan con la manzana de Newton del cambio climático. 

Nuestra Newton es Eunice Newton Foote que, agárrate los machos, descubrió el efecto invernadero experimentando con cilindros de cristal expuestos al sol. Trasteando con esto y con lo otro -no me pidas detalles que me desmontas- se dio cuenta de que el dióxido de carbono y el aire húmedo retenían muchísimo más el calor que el aire normal. Concluyó que, si la atmósfera tuviera más de ese gas, la Tierra se calentaría notablemente.
Una atmósfera de ese gas podría darle a nuestra Tierra una elevada temperatura; y como algunos suponen, en algún periodo de su historia, el aire estuvo mezclado en éste en una proporción mayor que la actual, con lo que debería haber resultado necesariamente un incremento de la temperatura provocada por su propia acción y por el aumento del peso del aire
154 años desde que Eunice publicó su estudio sobre el calentamiento global y nadie, absolutamente nadie, había hablado de ella. Ni una universidad, ni un Nobel, ni un doctorado en una universidad de segunda fila. 154 años han sido necesarios para que un geólogo petrolero de Tulsa -amante de ejemplares viejunos que no solo compra sino que también lee- comprendiera la trascendencia del estudio de Eunice Newton e inmediatamente supo que tenía que hablar de ello. Publicó en una revista su hallazgo y la comunidad científica se quedó a por brócoli. O algo peor.
Efecto Matilda Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Porque el padre del efecto invernadero publicó su primer estudio tres años después de Eunice... malo. Y ese estudio comenzaba de esta guisa: "Nada, hasta donde yo sé, se ha publicado sobre la transmisión de calor radiante a través de cuerpos gaseosos"... malo. Y ese padrecito del calentamiento, pues como que no leía estudios de lo suyo ni tampoco ningún colega cercano -de la Royal Society, por ejemplo- que le hubiera podido comentar algo así como: "Oye, John, una mujer en Nueva York ha estado metiendo CO2 en tubos y dice que aquello se calienta una barbaridad". Pues como que no... malo.
Y digo esto porque ahora hay mucho por ahí fuera justificando que el bueno de John Tyndall no sabía nada de los experimentos de Eunice porque no han encontrado la prueba del delito. Vaya, que no hay ninguna nota que diga "Yo, John Tyndall, estando más perdido que Adán en el Día de la Madre, después de dedicar mucho tiempo e instrumental carísimo en medir a lo tonto gases como el oxígeno y el hidrógeno sin obtener ni un solo resultado y viéndome en un callejón sin salida, tuve a bien leer el estudio de una aficionada comprendiendo que la madre del cordero estaba en el dióxido de carbono y el vapor de agua".

Porque eso es lo que hizo ella. Eunice Foote, con cuatro botes de cristal al sol en su jardín, describió en su artículo que el oxígeno y el hidrógeno no aumentaban la temperatura, pero que el gas que se calentaba de forma requetesalvaje era el ácido carbónico. Pero claro, qué iba a saber ella que ni pudo presentar su propio descubrimiento ya que en los congresos científicos las mujeres no siempre eran bien recibidas -o cuando menos se montaba guasa en sus exposiciones- y tuvo que ser un varón de pelo en pecho quien acudiera al rescate y lo leyera en su nombre. 

Y aquí querido lector, dejo este brote de cinismo y si me equivoco en mis insinuaciones que me perdone el espíritu de John Tyndall pero esta grandiosa mujer huele a Matilda a la legua. Porque el patrón y el modus operandi es el clásico sin saltarse ni una coma. Porque yo aquí veo lo de siempre; ese proceso sistemático por el cual una mujer realiza el trabajo, encuentra la respuesta correcta, lo deja por escrito y el colega masculino absorbe el hallazgo, se lleva los honores y la comunidad científica en bloque barre el rastro y lo esconde bajo la alfombra.  

Es increíble que a la sociedad le haya costado tanto admitir el talento femenino. Teniendo pruebas. Teniendo los datos.  Mira hasta qué punto: el estudio de Eunice llegó a Europa y se publicaron dos breves resúmenes. Uno en Escocia y otro en Alemania. El redactor escocés fue tan incapaz de concebir que una mujer hubiera hecho ese descubrimiento que le atribuyó el mérito al maridito. El alemán, por su parte, recortó y copió los datos pero eliminó por completo la conclusión sobre la atmósfera y el clima. Mutiló su hallazgo sin pestañear.

Pero nunca es tarde si la dicha es buena así que voy a poner los puntos sobre las íes que ya va haciendo falta. Te voy a contar todo lo que he aprendido de Eunice Foote, de soltera Newton. Esta es su historia.

Nace en Connecticut y se cría en Bloomfield, Nueva York, que en esa época fue un foco de activismo social muy volcado en el abolicionismo y los derechos de la mujer.  Esto es muy importante de señalar. Luego verás el porqué. Sigamos: se educa en el Troy Female Seminary  fundado por la feminista Emma Willard. Allí descubre su amor por la química, astronomía y meteorología. En el Rensselaer School, aprende experimentación práctica de laboratorio. ¿Aficionada?

Tuvo la suerte de casarse con Elisha Foote Jr., un abogado, juez e inventor que fue el compañero de vida perfecto para poder seguir cultivando sus experimentos e ideas. Se mudaron a Seneca Falls en Nueva York y allí asiste a la famosa Convención de Seneca Falls, la primera gran quedada pro derechos de las mujeres. Junto a su esposo firma la Declaración de Sentimientos, un documento clave para el sufragio femenino firmado por 68 mujeres y 32 hombres. Se convirtieron sin saberlo en referentes de una lucha que a día de hoy, siglo y medio después, continúa peleando la igualdad de derechos.

Ella, aunque fue ninguneada por la comunidad científica, fue una investigadora e inventora fantástica: además de ser la jefaza de hecho del efecto invernadero, presentó un segundo estudio sobre la electricidad estática en gases, patentó una máquina y un proceso para mejorar el rendimiento de los patines de hielo consiguiendo que fueran más ligeros y otra patente más por mejoras técnicas en las máquinas de fabricación de papel para conseguir que fuera más fino y de mayor calidad.

Y murió, normal. Era humana. Y las instituciones científicas siguieron ninguneando su primer artículo de física, que mira por dónde, resultó además ser el primero publicado por una mujer en una revista científica de los Estados Unidos bajo su propio nombre. ¿Y cómo pudo pasar?

A saber. Puede que al haber sido una notable activista pro derechos civiles, de las primeras encima, la causa pro igualdad se haya podido cegar con su contribución social y legal pero sin escarbar más allá ignorando sus muchos logros. Solo se me puede ocurrir otro motivo.

En cualquier caso, el engranaje de la invisibilización funcionó a la perfección con Eunice. La condescendencia de una comunidad científica internacional que ha expoliado sistemáticamente el talento femenino, queda completamente al descubierto en el caso Eunice. ¿Cómo es posible que solo haya sido una anécdota para la ciencia durante tantísimos años? 
Ingredientes:
  • 1-2 pellas de brócoli (depende del tamaño)
  • 2-3 zanahorias
  • 1 manzana
  • 10-12 palitos de surimi
  • un puñado de cranberries y/o pasas
  • Aliño: 2 cdtas. de mostaza amarilla, 2 cdas. de sirope de arce, vinagre de vino rosso, sal de especias a tu gusto, pimienta y aceite de oliva)
  • Por encima: unas semillas y/o nueces picadas a tu gusto

Preparación:
  1. Lava el brócoli y pica muy fino. Reserva los tallos para una crema de verduras, por ejemplo.
  2. Ralla las zanahorias y corta la manzana en trocitos. Lo mismo con los palitos de surimi.
  3. Prepara el aliño, lo agitas bien y montas la ensalada.

Ensalada Elena de patatas asadas y alubias

abril 27, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Elena Gallego y la ciencia de la alimentación

Nuestra Matilda de hoy es una española que no hubo necesidad de silenciar ni ningunear. Es como si no hubiera existido. Es irónico: podemos encontrar el registro genético de las semillas que ella seleccionó, pero no el registro de su mirada. No hay fotos. No hay cara, ni voz, ni Wikipedia. No hay rastro de su vida. No fue relevante para la ciencia. Pero su trabajo sí porque salvó muchas vidas de esa hambruna que siempre persiguió a esta España nuestra.

Elena Gallego fue una pionera en la mejora genética de legumbres —las proteínas del pobre— en una época en que la agricultura española necesitaba, más que nunca, ciencia para no pasar hambre. Durante décadas trabajó en la Misión Biológica de Galicia, dejándose la piel en el estudio de variedades locales de guisantes y alubias. Su objetivo: conseguir semillas que resistieran plagas y dieran buenas cosechas para alimentar lo mejor posible a sus gentes.

A pesar de ser la mano derecha de grandes genetistas y de liderar investigaciones fundamentales, su nombre quedó relegado a las notas a pie de página o a los agradecimientos, o al segundo o tercero o decimo lugar mientras otros firmaban los éxitos. Sabemos por el BOE que llegó a ostentar el rango más alto al que solían dejar llegar a las mujeres con formación científica. Por supuesto, sin cátedra ni dirección ni liderazgo.

Le dedicó más de 40 años a la selección de alubias y guisantes así como a la mejora del maíz híbrido que lo cambió todo en Galicia. Elena entendía que el futuro estaba en la semilla, en ese pequeño milagro que es una humilde legumbre. Sabía que para fortalecer una planta hay que cuidar su origen, y sin hacer ruido, combatió el hambre de la población con ciencia.
¿Y por qué no sabemos nada de ella? Para entenderlo, tenemos que poner contexto a su vida. Regresamos a la Guerra civil.

Cuando estalló la guerra en el 36, Galicia quedó bajo el control del bando nacional lo que evitó que la Misión Biológica de Galicia (MBG) fuera un frente de batalla físico, y mientras los varones eran llamados a filas o paseados por sus ideas, ella se convirtió en el alma de los ensayos de campo. Por su apellido —Gallego de las Cuevas—, supongo que descendía de una familia con pudientes y contactos. Franquista pero lo suficientemente progresista como para permitir a Elena estudiar una carrera y trabajar como científica. 

Trabajó bajo la dirección de Cruz Gallástegui, un científico de prestigio internacional y gran alma mater de la MBG. Su poder de influencia era tan inmenso que el régimen franquista tuvo que respetarlo aunque es de suponer que lo vigilaran de cerca. Seguramente, tras la guerra, fue quien protegió a su equipo, creando una especie de burbuja científica donde lo importante eran los resultados, el rendimiento y el conocimiento. Elena era su mano derecha, la que hacía que las semillas funcionaran y perderla era un lujo que la agricultura gallega no podía permitirse.

Así que, mientras se recluía a las mujeres en sus hogares o en conventos o en cárceles porque cualquier tufillo a "trabajadora liberada" era castigado con la cárcel o los reformatorios femeninos, ella pasó inadvertida. Resultó inofensiva para los censores y los comisarios políticos. Se salvó de la criba de la posguerra convirtiéndose en una pieza del engranaje de la Misión Biológica.

En cualquier caso en 1939, llegó la Ley de Depuración. Todos los funcionarios y científicos tenían que pasar por un tribunal para demostrar que no habían auxiliado a la rebelión —menuda ironía— así que para obtener el Certificado de Idoneidad tuvo que hacerse con informes de buena conducta emitidos por la Guardia Civil, el párroco y el alcalde de Pontevedra. 

Y ese ostracismo social, le vino bien. Su  invisibilidad se convirtió en una ventaja y es de suponer que los de depuración no vieron ningún peligro en una científica, que se estaba quedando para vestir santos y que por su condición estaba claro que era una auxiliar que ni pinchaba ni cortaba.

Y ese fue su rol durante el franquismo mientras sus colegas hombres firmaban y brillaban a costa de los logros de la Misión. Y ella aceptó no figurar. En las actas del CSIC de la época, su trabajo aparece bajo la dirección de hombres. Esto le garantizaba seguridad porque mientras el éxito fuera del jefe, ella podía seguir trabajando en paz en su laboratorio de Pontevedra.

Y esto es todo lo que sabemos. Fue una mujer que decidió que su familia serían sus plantas. Hay que recordar que las mujeres casadas no tenían permitido trabajar así que su soltería le permitió dedicar jornadas infinitas a la investigación y dedicar su vida a hacer lo que más la fascinaba. Pero a qué precio. Y lo aceptó en silencio. Como cuando se jubiló. Como cuando se murió. Y como ahora que ya nadie la recuerda. Va por ti, Elena Gallego. 

La ensalada de hoy, como no podía ser de otra forma, es legumbres y de tierra. Con esas patatas asadas, alubias blancas y un puñado de rabanitos que no me quedaban más para darle lustre a esta ensalada que se empapa en un aliño con pesto de ajo silvestre, aunque cualquier pesto hace la misma función. Darle potencia y cariño a las legumbres del pobre.

Ingredientes:
  • 2 patatas nuevas grandes
  • 1 lata de alubias blancas a tu gusto (yo he usado canellini)
  • Cebolla roja a tu gusto
  • 1 puñado de rabanitos a tu gusto
  • aliño: pesto de ajo silvestre o verde a tu gusto, miel, vinagre de vino, mostaza, sal y pimienta

Preparación:
  1. Lava bien las patatas, córtalas en daditos y las asas a 200ºC con un poco de aceite de oliva y sal.
  2. Mezcla todos los ingredientes del aliño y rectifica a tu gusto
  3. En un bol, pon todos los ingredientes cortados en fino y mezcla con el aliño.

Crema Mary Agnes de naranjas con azahar

abril 23, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Mary Agnes inquebrantable Chace

Nuestra Matilda de hoy tuvo una niñez realmente dura. El padre era una mala bestia que terminó moliendo a palos a uno de sus hijos, de 11 añitos, y la gente del lugar, indignada por la muerte del pequeño, linchó al canalla hasta la muerte. Su madre y sus seis hijos, se mudaron a Chicago, donde vivieron malamente en casa de su abuela. Ella dejó de estudiar muy pronto para ayudar a la manutención familiar. Aun así, por las noches, sacaba tiempo para el estudio. Ese espíritu inexorable ya apuntaba maneras.

Mary Agnes no permitió que las tragedias la marcaran como víctima. Supongo que en aquella época no había tiempo para victimismos. En cualquier caso, se forjó a sí misma convirtiéndose en una gran luchadora que abrió camino a muchas otras desde el activismo, la solidaridad y el conocimiento. Es posible que al haberse criado en un entorno de mujeres fuertes que sacaron adelante a la familia en las condiciones más adversas fuera, sin duda, la semilla de su activismo. Aprendió en casa que las mujeres unidas podían sostener el mundo, incluso cuando este se empeñaba en maltratarlas, ignorarlas y ningunearlas.

Se casó en 1888 con William Ingraham Chase, un editor de periódicos con quien compartía sus intereses intelectuales. Pero apenas un año después, William murió, dejándola viuda con solo 20 años y con las deudas del negocio a cuestas. Se refugió aún más en su madre y su abuela. De ahí posiblemente, nació su convicción de que las mujeres debían apoyarse entre sí, y fue esta certeza lo que años más tarde la llevaría a fundar  la Casa Contenta para que ninguna joven científica tuviera que pasar por las penurias que ella pasó. Pero sigamos.

Corre el año 1898 y Mary Agnes trabajaba en todo cuanto podía. En sus ratos libres se dedicaba a recolectar plantas por pura afición en las zonas pantanosas cercanas a Chicago. En una de sus excursiones, se cruzó con el Reverendo Ellsworth Jerome Hill, un botánico retirado especializado en musgos que, al ver sus dibujos tan bonitos y minuciosos, quedó impresionado por su talento. Así que el buen hombre se convirtió en su mentor y le propuso un trato: él le daría lecciones de botánica y uso del microscopio si ella ilustraba sus publicaciones científicas.
Y de aquí en adelante, ya todo fue estudio y dedicación. El microscopio le abrió un mundo en miniatura donde ver las flores de las gramíneas que su abuela decía que no existían. Aprendió a diseccionar espigas diminutas y a captar todos esos detalles que el ojo no alcanza. Gracias a su nueva maestría con las lentes, consiguió su primer empleo profesional a tiempo completo... no te lo pierdas: como inspectora de carne en los mataderos de Chicago. Usaba el microscopio para detectar parásitos y asegurar la calidad de la carne, un trabajo duro con el que pudo mejorar la vida de los suyos.

Su situación fue mejorando y cada vez se especializó más en lo suyo. Gracias a los trabajos que realizó para Hill se forjó una reputación como botánica especializada en pastos, hecho que la llevó a trabajar junto a Albert Hitchcock, primero como mentor y luego como colegas. Junto a Hitchcock trabajó durante décadas para el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, institución que le permitió estudiar y especializarse en pastos pero al mismo tiempo, fue el organismo que más la saboteó y ninguneó.

Le prohibieron participar en expediciones oficiales porque los patrocinadores decían que su presencia "distraería a los hombres". De regreso de una de esas, Hitchcock solicitó que el dinero sobrante, le fuera asignado a ella pero dijeron que requetenones y cito textualmente "Dudo que sea aconsejable contratar los servicios de una mujer para el propósito de la expedición".

Pero esto no la echó para atrás; se financió muchas expediciones ella misma y se valió de la ayuda de misioneras en distintos países de Latinoamérica quienes la acogían y brindaban apoyo a sus trabajos. Eso sí, mira que listucos los del Departamento de agricultura: aunque ella se financiaba de su propio bolsillo con ahorros mínimos casi siempre, los especímenes que documentaba y recolectaba pasaron a ser propiedad del Herbario Nacional. Hala.
"No es que sea valiente, es que no puedo soportar ver cómo se comete una injusticia sin hacer nada."
Así que su activismo social era para ella una necesidad vital. Fue una sufragista radical del grupo de las Silent Sentinels que estuvieron protestando frente a la Casa Blanca durante casi dos años. No gritaban consignas;  se manifestaban en absoluto silencio y sus pancartas eran su única voz. Fue arrestada y encarcelada varias veces e incluso en la cárcel hizo huelgas de hambre. Sufrió malos tratos y torturas por las autoridades. Pobre Agnes, cuántos recuerdos de su infancia debió de padecer. Pero no cedió. Los del Departamento de agricultura la amenazaban con echarla, pero Albert Hitchcock se negaba a ello diciendo que no podía terminar su trabajo sin ella.

Por cierto, Hitchcock y Chase escribieron varios libros juntos aunque su gran legado fue "First Book of Grasses" (1922) que sigue siendo una biblia para los estudiantes de botánica. Fue una de las agrostólogas más destacadas del mundo identificando miles de especies de pastos por medio mundo. Y mira qué ingrata fue la comunidad científica que esperó a que cumpliera los 89 para entregarla un Doctorado Honoris Causa en Ciencias. Este fue su primer y único título universitario.

Pero su gran logro lo obtuvo fuera de su mesa de estudio. Mary Agnes no solo luchó por sí misma. Abrió su casa en Washington, a la que llamó "Casa Contenta" porque quería que fuera un lugar de alegría y resistencia. Tras sus experiencias en la cárcel y los ninguneos en el Departamento de Agricultura, ese hogar se convirtió en su pequeña utopía feminista. Allí se alojaban jóvenes botánicas que no tenían recursos para estudiar o viajar. Fue para estas chicas, la mentora que ella nunca tuvo. 

Mira qué bonito: Mary Agnes no solo recolectaba plantas, también recogía y protegía el talento femenino y esto es lo que la hace tan especial:  no solo fue una Matilda, sino que luchó activamente para que otras no lo fueran. Ole sus naranjas.
"El estudio de las gramíneas me ha dado un propósito, pero la lucha por la justicia me ha dado una vida."
Ingredientes:
  • 150ml. de zumo de naranja
  • 50ml. de zumo de limón
  • Ralladura de naranja y limón a tu gusto
  • 125gr. de azúcar (o eritritol)
  • 3 huevos
  • 1 cda. rasa de maicena
  • 60gr. de mantequilla
  • 1-2 cdas. de agua de azahar

Notas:
  • Esta crema es un falso curd al que le he quitado algo de mantequilla y lo he compensado con un poquito de maicena. 
  • Si no quieres encontrar trocitos de la ralladura en la crema, mi consejo es que no prescindas de ella. Simplemente, pasa la crema con la batidora eléctrica de mano, antes de ponerla al fuego y montarla. 
  • El agua de azahar es un punto muy especial. No lo sacrifiques.
  • En las fotos, he montado la crema en vasitos junto con yogur griego con un par de gotas de estevia. El contraste es maravilloso.

Preparación:
  1. En un vasito, pon algo del zumo y disuelve la maicena. Lo reservas.
  2. Pon en un cazo el azúcar, el zumo, las ralladuras y los huevos. Bate y ponlo a calentar a fuego medio bajo. Cuando rompa a hervir, añade la mezcla con la maicena y sigue removiendo sin parar a fuego lento hasta que vuelva a hervir de nuevo. Lo mantienes como 30 segundos hirviendo y lo apartas del fuego.
  3. Añade la mantequilla y el agua de azahar. Una vez bien integrado, pasas la crema a un bote o recipiente y dejas que enfríe por completo.

Esquinas Noddack o Laugenecken

abril 19, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Ida Noddack, nuclearmente atómica

Mi tercera Matilda, fue una de las primeras mujeres alemanas en doctorarse en Física y Química. Junto a Walter, su marido, trabajaron de tú a tú -algo rarísimo entonces- y por lo que sea -porque la mente de los químicos es un poco raruna para qué mentir- se les metió entre H2 y O encontrar los elementos que faltaban en la tabla de Mendeleiev. 

Et voilà. Encontraron el Renio -el elemento 75-  uno de los metales más raros del planeta. Y no contentos, encontraron también el elemento 43 -el Masurio- y he aquí la primera injusticia: la comunidad científica dijo que nones, que nanai, que era imposible y que "jajaja" qué ocurrencia, oigan. Años más tarde, no te lo pierdas, unos tipos lo redescubrieron de forma artificial y lo llamaron Tecnecio. Y aquí paz y después gloria para el Tecnecio. 
Pero el gran golpetazo estaba por llegar. 

En 1934, el famosísimo Enrico Fermi publicó que, al bombardear uranio con neutrones, había creado elementos más pesados. Ida, con una intuición asombrosa, publicó a su vez otro artículo desdiciendo al Fermi; argumentó que el núcleo del Uranio no se hacía más grande sino que se rompía en pedazos grandes. Y así como quien no quiere la cosa, Ida Noddack acababa de describir la fisión nuclear antes que nadie en el mundo. En el mundo mundial. En la galaxia. En la vía Láctea no se sabe. Pero en el Planeta Tierra, vaya que sí sin titubeos ni peros que valgan.

Y lo que pasó después ya te lo puedes imaginar. Las vacas gordas del sector científico la desdeñaron sin disimulos. El Fermi hizo como que no oía y el resto de la manada, incluido Otto Hahn -quien años después ganaría el Nobel por... eso es ¡Bingo! por la fisión- consideraron su sugerencia como inadmisible, absurda y ridícula. A ver, qué se podía esperar de una mujer donde todo su currículo se resumía en ser la ayudante del esposo. Bah.

Y una vez más, estos señoros tan listucos tuvieron la oportunidad de haber demostrado que la humildad no está reñida con el conocimiento. Pero ni de lejos: tras confirmar experimentalmente la fisión nuclear en 1939, Hahn y su colaborador Fritz Strassmann se negaron a reconocer que Ida se les había adelantado hacía cinco años.

Reclamó y solo escuchó silencios. Cuando Hahn recibió el Premio Nobel en 1944 por la dichosa fisión, no solo ninguneó a Ida sino también a su propia colaboradora, Lise Meitner. Qué pena no tener un Nobel honorífico al mejor especialista en dar esquinazos. Pero mira qué cosas; existen unas declaraciones de Otto Hahn poco antes de morir donde reconoce o admite o... lo que sea, diciendo algo así como que "pero Ida había tenido razón a pesar de todo". 

No te lo voy a hacer mucho más largo pero Ida murió sin que la comunidad científica en bloque reconociera todos sus logros.  Hoy instituciones como la Sociedad Alemana de Química y otros organismos internacionales la anuncian sin dobleces como la primera persona en teorizar la ruptura del átomo. 

Y aunque el especialista en esquinazos fue el Profesor Otto Hahn, hoy voy a devolverle el guante y con un par de masas le dedico a Ida Noddack estas esquinas que no son un invento sin documentar. Al contrario, son un clásico del picoteo en Austria y Bavaria. Se llaman Laugenecken y son Laugen con forma triangular. Y los Laugen son todos los panecillos que antes de hornearse han estado sumergidos en agua con bicarbonato. 

Pero para que estas esquinas tuvieran el carácter de Ida, ha sido necesaria aplicar la química más contundente que una españolita de a pie puede manejar. Porque uno de los problemas de hacer Laugen o Brezel caseros, es que no siempre se consigue que cojan el color tostadito, firme y brillante tan característico sin que adquieran cierto sabor químico.  Tras años detrás del secreto -hace muchos años junto a la Majuluta, empecé a experimentar con la cantidad de bicarbonato, tiempo del baño y temperatura de horno- hoy ya sé que la clave está en "enriquecer" el bicarbonato para obtener carbonato de sodio que es infalible y nunca falla (te lo cuento en las notas).

Y esto no es todo. He hecho una "fisión" de masas para ahorrarnos horas en el plegado para conseguir el toque hojaldrado. Directamente, he levado una masa sencilla de pan de leche que he trabajado junto con una plancha de hojaldre de buena calidad. No es un invento mío; algunas blogueras alemanas lo usan. Ese sentido práctico tan natural y espontáneo que tienen para las masas, me encanta. Y si experimentas siguiendo mis consejos -te los dejo en las notas de abajo- verás qué facilón es quedar como una reinona del amaseo. Ya verás.
Ingredientes:
  • 350gr. de harina de fuerza
  • 2 cdas. de miel
  • 7gr. de levadura seca de panadero
  • 150ml. de agua
  • 60ml. de leche
  • 1/2 cdta. de sal
  • 1 lámina de hojaldre de calidad
  • Para el baño: 80gr. de bicarbonato y 2 litros de agua
  • Para decorar: semillas de sésamo, de amapola, etc.

Notas de laboratorio:
  • La masa híbrida es una manera sencillísima de conseguir un resultado espectacular sin complicarte demasiado. Ahorras tiempo pero vas a tener esa explosión de capas que es el encanto de estas esquinas. 
  • Recuerda que la cantidad de líquido depende de cada harina porque absorben de manera distinta. Siempre podrás añadir un poco más de líquido o de harina si ves que no consigues una masa hidratada pero firme.
  • Si puedes, no reemplaces la miel por azúcar. Primero, porque el paladar te lo va a agradecer y segundo porque la miel ayuda a obtener una corteza más crujiente. 
  • El bicarbonato fortalecido: para conseguir ese color caoba tan oscuro y el sabor auténtico alemán sin amarguras, debes transformar el bicarbonato en un álcali más potente. Tal fácil como hornéalo a 100°C durante una hora. Perderá agua y así tendrás polvo de carbonato de sodio que te va a dar el punto perfecto de un auténtico Laugen. 
  • El baño es el momento donde todos contenemos la respiración. No te estreses. Lo importante es que el agua no hierva cuando sumerjas las piezas. Si las bañas en exceso, verás que las piezas pierden la forma y es posible que terminen amargando con cierto sabor a jabón y si se quedan cortas, no brillarán. Yo cuento hasta doce (entre 10-12 segundos) por cada lado y tan bien.

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes de la masa juntos y con ayuda de unas varillas eléctricas amasa 2-3 minutos. Deja que la masa descanse 5 minutos y así vas a darle tiempo a que absorba bien los líquidos. La pasas a la encimera y amasa un rato hasta que veas que, aunque algo pegajosa, la masa se reúne bien y la sientes lisa. La pasas de nuevo al bol y dejas que leve 2 horas.
  2. Mientras, hornea a 100ºC el bicarbonato durante una hora. Reserva.
  3. Pasadas las 2 horas, extiende con el rodillo  la masa sobre la encimera enharinada intentando que tenga las mismas medidas de la plancha de hojaldre, la cual colocarás encima de nuestra masa. 
  4. Imaginariamente, divide la lámina en dos. Dobla una mitad hasta el centro, y haz lo mismo con la otra mitad (Mira la foto del paso a paso). Alisa un poco con el rodillo. Vuelve a plegarla de nuevo y alisa un poquito de nuevo. Con ayuda de un cuchillo o un corta pizzas, divide la masa primero en cuadrados del tamaño que quieras (yo he hecho 3x2 piezas) y luego parte cada cuadrado en dos triángulos. Colócalos en una plancha de horno con papel de hornear y deja que leven de nuevo unos 30 minutos más.
  5. Calienta el horno a 200ºC.
  6. Calienta el agua hasta hervir, disuelve el carbonato de sodio cuando el agua ya no hierva (para evitar el efecto volcán) y vas bañando cada pieza. Intenta que queden bien escurridas y las vuelves a dejar en la placa del horno. Adorna con las semillas que más te gusten y hornea acto seguido. El tiempo depende de cada horno pero será entre 25-30 minutos. Si ves que cogen el color muy rápido, baja el horno a 170ºC.
 
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