Quiche de puerro, tomates y queso de montaña

Burdeos, enero de 2014. La Fédération française de génétique humaine se disponía a entregar su gran premio a Marthe Gautier por su papel en el descubrimiento de la trisomía 21 -ella había identificado el cromosoma adicional asociado al síndrome de Down-. Poco antes del congreso, la Fundación Jérôme Lejeune se enteró del evento y de la intención de la científica en exponer abiertamente sobre su descubrimiento que -Oh, sorpresa- se lo apropió Lejeune.

El modus operandi es el clásico del fenómeno Matilda. Pero esa fundación, enriquecida gracias al aporte de Marthe, utilizó su poder en los tribunales -nada como disponer de muchos caudales para tener a tu disposición a los tiburones de la abogacía- y obtuvo autorización legal para que un alguacil grabara su intervención. El fin de esta estrategia estaba claro: amedrentar, coartar e intimidar a la Federación alegando que quería observar si se difamaba la memoria de Lejeune.

Y no se lo pensaron: anularon el acto y, envuelta en una bolsa de plástico, alguien de la Fundación le entregó el premio. No tuvieron la valentía de realizar ni tan siquiera un acto privado que reconociera el mérito de Marthe.

Y esto, fue ¿acoso? ¿humillación? ¿impunidad? A ver señoras y señores, tampoco saquemos las cosas de su sitio. Lo importante es que, a raíz del escándalo que se formó, el comité de ética del Instituto Nacional de investigación biomédica francés hizo público un dictamen a favor de Marthe Gautier. Y esto ya fueron palabras mayores aunque, al fin y al cabo, la cosa quedó solo en eso: palabras. Marthe acababa de cumplir 89 años.

Para reconocer sus méritos con algo de justicia poética -o lo que sea-, fue condecorada como oficial de la Legión de Honor, condecoración que ya había rechazado en un par de ocasiones porque no le iba eso de que le doraran la píldora. Ella quería reparación. Y bueno, lo aceptó como un acto de protesta. Una última peineta al mundo científico antes de irse al otro mundo, algo que todavía alargó unos 6 años más.

Pero aquí no termina la violencia legal que la Fundación del Jérôme ejerció contra todo aquel que quisiera reconocer los méritos de Marthe Gautier: bastantes años después, la física y dramaturga Élisabeth Bouchaud -autora de la serie teatral Les Fabuleuses, dedicada a Matildas como Lise Meitner, Jocelyn Bell y Rosalind Franklin- estrenó el cuarto episodio de la serie dedicado a Marthe. Estamos en 2026 y la obra reproduce, entre otras cosas, el  escándalo de Burdeos. Y de nuevo, los herederos de Lejeune -a través de la dichosa Fundación- demandan a Élisabeth Bouchaud por difamación hacia la memoria de los muertos.

En fin, ya sabemos cómo funcionan estas fundaciones y asociaciones de supuesta alta moralidad pero que usan los tribunales para amordazar, intimidar, acosar y despellejar a los que levantan la voz en contra de sus intereses. O que sienten que se levanta la voz contra ellos porque parece que todo vale menos que se imponga la verdad. Porque esa obra no es un manifiesto contra Lejeune sino un acto para visibilizar a Marthe.

Bouchaud, naturalmente, ha sido respaldada por numerosos estamentos científicos, artísticos y culturales -como el Bureau de la Académie des sciences, la institución científica de más peso de Francia-, que la han apoyado denunciando esta tentativa de limitar su libertad artística por parte de la familia Lejeune quien persigue silenciar, cueste lo que cueste, a Marthe Gautier.
El robo -sí, nada de tibiezas querido lector- ocurrió bajo el mismo modus de siempre: científica descubre algo crucial, hombre se lo apropia, institución/nes lo protegen y comunidad científica que calla. O susurra. O dice: a ver señoras y señores, tampoco saquemos las cosas de su sitio. Porque seamos francos: desde que Margaret tiró de la alfombra, el mundo se conforma con entregar un par de premios, una placa conmemorativa -y no siempre- adornado todo ello con un discurso en plan "Oh cuanto talento tienen las mujeres y qué poco las hemos reconocido. Bueno, no pasa nada. Aquí estamos para repararlo". Y hala, todas tan contentas.

Bueno, pues Marthe no. Ella no se callaba ni debajo del agua. Durante años, no tuvo altavoz para denunciar lo que pasó. Su frustración se limitó a mandar la investigación al garete y volver a dedicarse al mundo académico. Lo entiendo, a veces hay que hacer estas cosas por salubridad espiritual. O mental. Tú sabes. Y años después, con el Efecto Matilda revoloteando por el mundo entero, se dijo: Como me calle otra vez, me enveneno. Y tiró para adelante.

¿Cómo, qué no te he contado como fue el regate de la trisomía 21? Te lo resumo: En 1958, Marthe ensayaba con una técnica de cultivo celular que había aprendido en Harvard y que nadie más dominaba en su laboratorio. Así logra ver el cromosoma de más causante del síndrome de Down. Pero carece de microscopio con cámara, así que confía sus preparaciones a Jérôme Lejeune, entonces un joven becario del servicio, para que las fotografíe.

Y le hace el lío: publica el hallazgo por su cuenta firmando como primer autor, relegando a Gautier al segundo lugar pese a haber sido ella quien concibió y ejecutó la parte técnica decisiva. A partir de aquí, todo son méritos, logros y recompensas a Lejeune en solitario mientras que Gautier, silenciada y sin altavoz durante décadas, termina abandonando esa línea de investigación. Regresa a la docencia más quemada que la pipa de un indio.
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Pero oye, a mí no me hagas caso alguno porque soy una incendiaria. Porque soy tan mal pensada que omito constantemente la premisa de la presunción de inocencia, esa parte que dice "que por ignorancia o atribución errónea". Un cuerno. O dos. O los que haga falta porque aquí nadie se chupa el dedo y muchos de los impostores tuvieron ocasión de rectificar y dejar hueco a las Matildas y no lo hicieron. Porque no les dio la gana.

Vale; dame un minuto que me calme.

Lo voy a replantear: si lees esta entrada sobre los impostores, verás que pongo tres ejemplos de robos entre varones. Y los tres tuvieron grandes consecuencias en vida. Pero con las Matildas, no. Creo que ninguno ha rendido cuentas. Y en muchos casos, como con Marthe, la comunidad científica no se revolvió hasta que él murió porque una vez muerto, no hay nadie a quien sancionar. Y si ella habla, es mancillar el honor de un muerto que mira por donde, está sancionado por la ley.

Sinceramente, creo que el relato dominante del Efecto Matilda es únicamente una narrativa de consuelo: se reconoce el agravio, lo lamentamos, y se cierra el hilo con gestos simbólicos. Pero ¿Quiénes se benefician materialmente del borrado? ¿Por qué no se exigen reparaciones? No hay comisión de fraude ni pérdida de nada relevante para el beneficiario. Sigue saliendo gratis -digo, sustancioso, pero que muy sustancioso- silenciar científicas. Porque la ausencia de consecuencias no es un accidente del paso del tiempo, no es cosa de siglos pasados; es parte del patrón y la premisa bajo la cual el sistema permite que el relato se corrija, pero solo cuando no implique molestias a las instituciones científicas. Esos conflictos, están solo reservados para ellos. Y a las pruebas me remito.
Ingredientes (para un molde de 35cm. de largo o 22 de diámetro):
  • 150gr. de harina
  • 50gr. de almendra molida
  • 100gr. de mantequilla blanda
  • 3 cdas. de buttermilch o yogur
  • 1 pizca de sal
  • Mostaza para cubrir la masa
  • Algo de mantequilla extra
Para el relleno:
  • 1 puerro grande
  • 1 chorrito de vino blanco
  • 3 huevos
  • 200gr. de crème fraîche
  • Sal, pimienta y nuez moscada
  • 150gr. de Bergkase (o queso montañés de los Pirineos o los Alpes)
  • Tomates secos a tu gusto
  • Cebollino y estragón fresco (o tu hierba favorita) 
Preparación:
  1. Mezcla todos los ingredientes de la masa (menos la mostaza) y amasa brevemente hasta que tengas una masa suave y homogénea.  Deja que descanse en la nevera unos minutos.
  2. Mientras, saltea con un poco de mantequilla el puerro cortado en rodajas finas. Añade el vino, retira del fuego y deja que repose.
  3. Mezcla los huevos con la crème fraîche y añade la sal y las especias. Incorpora el queso rallado o molido.
  4. Precalienta el horno a 180ºC.
  5. Enmantequilla el molde, fórralo con la masa y extiende una capa muy fina de mostaza. Añade la capa de puerro.
  6. Incorpora la crema de huevo y decora con unos trocitos de tomates secos a tu gusto.
  7. Hornea hasta que veas que tiene un bonito color dorado y el relleno luce cuajado. Sirve con las hierbas frescas por encima.





 
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