Crema de fresa y ruibarbo con isla para Camille
La vida de Camille es sangrante. Cuánta injusticia. Qué rabia guardo dentro, así que le he rendido buena cuenta a una de estas islas de merengue antes de empezar a contarte su historia con la esperanza de endulzar algo estas letras y no ponerme a soltar sapos, ranas y culebras por esta boca que la vida me ha querido encasquetar. Tomo aire y te cuento.Nace en 1864 en Fère-en-Tardenois, Francia. Pero esto es lo de menos. Tiene una madre ultraconservadora, rígida y haciendo gala a la moda de la época en gente de su categoría, está obsesionada con las apariencias. Y eso de tener una hija indomable, de espíritu inquieto y creativo, como que se le retuercen las amígdalas. La mujer, es -o está- algo envuelta en amargura. Perdió a su primogénito y la vida la vuelve a castigar con esta niña que chilla y ríe y salta como un demonio.
Su padre en cambio, ve en ella ese talento que se le escapa por todos los poros de sus ser y sin reserva alguna, opta por inscribir y pagar las clases a Camille en la Academia Colarossi porque las mujeres tienen prohibido entrar en la Escuela de Bellas Artes. Lejos de su madre y emancipada con la ayuda de su padre, Camille es feliz y da rienda suelta a su genialidad.
Un Auguste Rodin de 43 años, ya encumbrado y en plena ebullición creativa -o productiva, según se mire-, sustituye a un amigo como profesor del grupo de Camille. Ella tiene 19 años. Hay flechazo, ella queda prendada del famoso artista y a él le crecen los colmillos ante la visión de esa joven requetehermosa, con una fuerza y un ímpetu que nunca antes había visto y con un talentazo que ya muchos artista encumbrados quisieran.
Oirás por ahí que ella fue la musa del genio, su fiel ayudante y su amada... vamos a poner un poco de contexto para que esta relación se entienda sin el lijado romántico que tanto gusta añadir a estas historietas de amor. O de horror, ya veremos. El modelo de negocio estándar de la época que explotaban los grandes escultores de éxito (como Rodin o su maestro Carrier-Belleuse) se basaba en contar con grandes equipos de colaboradores -artistas en negro, fantasmas- y así poder abastecer la brutal demanda de encargos que recibían.
Y ese fue el truco del almendruco que Rodin explotó para convertirse en ese gran titán -millonario- del arte que operaba casi como un magnate renacentista de alta gama. Y Camille encajó, vaya que si lo hizo. Tenía un don brutal para la escultura y pronto se hizo indispensable.
Sin desviarme demasiado, te cuento como funcionaba la cosa: Rodin ponía la idea y maquetaba el boceto en miniatura en barro o yeso. Luego su equipo lo trabajaba; los más virtuosos se encargaban de tallar las partes complicadas y finalmente el genio daba unos cuantos toques para darle su estilo -el non finito- y tirando millas. Esto no era un secreto ni una farsa. Así funcionaba esta industria.
Y Camille se hizo indispensable "creando" nuevos toques y nuevos aires al estilo de Rodin. Esto desdibujó por completo su obra que todos interpretaban como copia o influencia de su maestro. Cuando nada más lejos. Era tan grande la demanda que el grifo creativo a veces no echaba ni gota y era ella quien bombeaba las ideas con esa capacidad tan extraordinaria para comprender la anatomía y modelar texturas vivas.
Pero para Camille esto era demasiado. Diez años estuvo a su lado, con su genialidad desdibujada porque el maestro se la había adueñado; diez años siendo la otra, la amante porque Rodin ya tenía una relación que no estaba dispuesto a romper. Le hacía promesas de vez en cuando que, como siempre ha pasado y pasará, quedaban en agua de borraja. Pero se quedó embarazada y él la obliga -o convence- para abortar. Y aquí dice San Seacabó.
Y comienza el acoso. De nuevo, voy a poner algo de contexto para que tengamos todas las piezas de este rompecabezas: En aquel París de la bohemia, el alcohol era el combustible de la creatividad. La absenta - el hada verde-, el vino barato cargado de sulfitos y metales pesados para su conservación, y el consumo de láudano-opio disuelto en alcohol- estaban a la orden del día.
Camille pasó años metida en esa dinámica de talleres fríos, húmedos, con jornadas interminables donde el alcohol era, a menudo, la única forma de entrar en calor y evadir el agotamiento. Es posible que su tolerancia a estas sustancias no fuera aceptable y su histrionismo fue en aumento. Y si a un cuerpo intoxicado por los materiales de su propio arte -hoy ya sabemos la de sustancias tóxicas que había en los estudios de cualquier artista- le sumas una mala tolerancia al alcohol y la crisis emocional por la ruptura, tienes el cóctel perfecto para explicar sus crisis.
Pero claro, si un varón—llámese Verlaine, Baudelaire, Van Gogh o el propio Rodin— se emborrachaba de absenta, destrozaba habitaciones de hotel, sufría delirios o vivía en la inmundicia de su taller, el mundo suspiraba con admiración: "El precio del genio", "el temperamento atormentado", "su excentricidad la vía hacia su divinidad creadora". El alcoholismo masculino era una medalla de bohemia y el misticismo perturbado, un rasgo de genialidad.
Y ¿en una mujer? pues qué va a ser: histeria. Locura. Y Camille cada día estaba más loca porque su ex, en su afán de hacerla volver, influyó para que sus encargos fueran anulados y los críticos destrozaran su reputación. Vivía en la miseria y él se presentaba como su salvador. Pero ella echó pestes y le tachó de robar su obra y sus ideas. Y como ella enfurecía al verle, mandaba a sus secuaces a ver qué hacía. Y la paranoia la comió, tanto que prefería romper sus obras a martillazos para que "la banda de Rodin no se las apropie".
Y lo de la loca le encajó a todos. A su familia también. Ocho días después de la muerte de su padre, dos enfermeros echan abajo la puerta de su taller. La encuentran asustada, sucia, rodeada de gatos y restos de yeso. Un médico amigo de su hermano y con consentimiento de la madre, tramita su ingreso psiquiátrico forzoso. Hay prisa: la ley exige el internamiento antes de que se abra el testamento del padre, evitando así que Camille toque un solo franco de la herencia. 30 años internada, que se dice pronto.
Y ¿en una mujer? pues qué va a ser: histeria. Locura. Y Camille cada día estaba más loca porque su ex, en su afán de hacerla volver, influyó para que sus encargos fueran anulados y los críticos destrozaran su reputación. Vivía en la miseria y él se presentaba como su salvador. Pero ella echó pestes y le tachó de robar su obra y sus ideas. Y como ella enfurecía al verle, mandaba a sus secuaces a ver qué hacía. Y la paranoia la comió, tanto que prefería romper sus obras a martillazos para que "la banda de Rodin no se las apropie".
Y lo de la loca le encajó a todos. A su familia también. Ocho días después de la muerte de su padre, dos enfermeros echan abajo la puerta de su taller. La encuentran asustada, sucia, rodeada de gatos y restos de yeso. Un médico amigo de su hermano y con consentimiento de la madre, tramita su ingreso psiquiátrico forzoso. Hay prisa: la ley exige el internamiento antes de que se abra el testamento del padre, evitando así que Camille toque un solo franco de la herencia. 30 años internada, que se dice pronto.
Los psiquiatras escriben repetidamente a la madre contando que, si bien Camille presenta delirios de persecución focalizados en Rodin, es una mujer perfectamente lúcida, tranquila, que hila discursos coherentes y cuya salud mejoraría drásticamente si regresara al entorno familiar. Pero la respuesta de la madre fue siempre un no rotundo. Prohíbe que se la visite y que reciba correspondencia. Nunca la visitaron.
Ingredientes:
Se me reprocha (¡qué crimen espantoso!) haber vivido sola, haber consagrado mi vida al arte, haber imaginado que se me permitía esculpir... Esto es lo que han ganado mi madre y mi hermano: encerrarme en un manicomio.
Camille Claudel muere en la más absoluta soledad el 19 de octubre de 1943. Nadie de su familia acude al entierro. Años más tarde, cuando la familia intenta recuperar los restos por aquello de lavar su imagen, el psiquiátrico les comunica que la fosa común donde fue enterrada, ha sido sepultada por una carretera.
- 500gr. de fresas
- 150gr. de ruibarbo
- 80gr. de azúcar o eritritol
- unas rodajas de limón a tu gusto
- un poco de vainilla a tu gusto
- 1 cda. de maicena disuelta en un poquito de agua
- 2 claras
- 75gr. de azúcar glas
- unas gotas de limón
- una pizca de sal
- algo de leche para bañar las islas
Preparación:
- Corta las fresas, el ruibarbo y unas rodajas de limón que pondrás en una cacerola a fuego medio alto junto con el azúcar y la vainilla. Deja que rompa a hervir.
- Pasados un par de minutos, añade la maicena disuelta en agua y remueve hasta que hierva de nuevo. Apaga el fuego y deja que repose unos 10-15 minutos.
- Retira el limón y tritura la crema hasta que esté bien suave y cremosa. Deja que repose unos 20 minutos en la nevera.
- Monta con unas varillas eléctricas 2 claras de huevo con una pizca de sal y un chorro de limón. Cuando empiecen a cuajar, añade el azúcar y bate con paciencia hasta que el merengue esté completamente levantado.
- Calienta leche en un cacito evitando que hierva. Con 2 cucharas ve dando forma a las islas y las bañas en la leche como 20 segundos por cada lado. Retira y seca cada isla con un paño limpio o papel de cocina.
- Monta vasitos o cuencos con la crema y la isla encima. Puedes decorar con almendras tostadas o caramelizadas. Si puedes ponerle unas frambuesas deshidratas echas migas, sería la bomba.












