Arroz rojo mexicano

Querido compañero de viaje. Estamos en nuestra quinta etapa y quiero imaginar que sigues los pasos de nuestros protagonistas con la misma ilusión y emoción que siento yo. Recuerda que la palabra escrita es papel mojado sin unos ojos que la engullan y la hagan suya. Sin ti no hay historia y la de hoy es la más dura y cruel de todas.

Es vital que me centre sin pasión en los hechos, en lo que sabemos, porque su vida, obra y milagros es producto de la más pura y horrenda invención pero que ha calado tanto en la cultura mexicana, que aún nadie ha reestablecido oficialmente su verdadera historia. Es la más borrada de nuestras cuatros protagonistas. Y si bien el pueblo mexicano la ensalza con orgullo y admiración, nadie aún -o casi- ha rebuscado entre las capas del personaje de ficción para descubrir a la verdadera Catarina de San Juan, la China de Puebla.

Vale, cojo aire y voy a resumirte lo que se sabe de su vida, ignorando las barbaridades que contó su cuentista mayor, Alonso Ramos. Y que quede por delante que no soy yo quien desmonta a este farsante porque de eso ya se ocupó la Inquisición que, por lo que sea, dijo basta al cuento de la princesa santa y milagrera que llegó a México por mandato divino para sufrir en Puebla. ¿Con qué fin? Pues a sufrir por sufrir que es lo que hacen las santas. En cualquiera de los casos, me he resistido a darle veracidad a ninguno de los jesuitas que construyeron al personaje de la Santa de Puebla. Esto es lo que se sabe de ella:

Hacia 1605, nace en la India en el seno de una familia pobre siendo vendida a unos comerciantes de esclavos portugueses posiblemente cuando tenía 11 años de edad, la misma edad que tenía Rukhmabai cuando la casaron. No era una princesa raptada por piratas. Tristemente, estamos ante otro uso muy común en comunidades de pobreza extrema. Vender a tus propios hijos para sobrevivir sigue vigente hoy. 

La cría fue bautizada a la fuerza porque los esclavos cristianos tenían un valor de mercado más jugoso y en Manila se le pierde la pista durante 6 años. Hoy sabemos por cientos de informes fiables, como funciona la trata infantil por lo que no es descabellado afirmar que la niña fue violada, forzada, esclavizada y maltratada por cualquiera porque en aquel entonces la esclavitud y el maltrato era legítimo. 

Fíjate si esto era sabido, que sus "biógrafos" decían que los hombres que intentaban acercarse a ella quedaban cegados o paralizados por una fuerza divina. De nuevo, el recurso celestial para tapar atrocidades que desvirtuaban a las víctimas y la santa había que conservarla muy santa. Y para ser santa hay que ser virgen y pura porque por todos es sabido el latazo que el mundo nos ha dado con eso de ser solteras y enteras; pues si nos quieren puras,  ¿Por qué nos violan? Pero sigamos.

Las esclavas eran valiosas porque parían esclavitos -no hijos- que a su vez eran vendidos y así se rentabilizaba con creces la inversión. Ella, en cambio, nunca tuvo hijos lo que hace que mi mente retorcida sospeche que algún malnacido la reventó por dentro -ésto también está tristemente documentado en los informes oficiales contra la trata infantil- y a consecuencia de ello, de ser cierto, fue marcada como producto defectuoso. Insisto, es mi teoría, nada de esto quedaba documentado en aquella época.

Un mercader la compró a buen precio en Manila y la embarca hasta Acapulco donde en 1621, a la edad de 17, es comprada por Miguel de Sosa, vecino adinerado de Puebla donde ella reside hasta la muerte del amo, 25 años después.

Parece que Catarina "es la joyita" de la casa, porque también está documentado lo valiosas que eran las chinas de origen hindú -todas las asiáticos eran llamadas chinas- un lujo que no está al alcance de cualquiera. Estas esclavas son escasas y caras pero Sosa la adquiere al precio regular del mercado. Es posible que ya se supiera o hubiera sospecha de que estaba traumatizada, algo perturbada. Puede que por eso se la conservó en la casa a pesar de no haber sido capaz de aprender bien el español, hablando esa mezcla confusa de hindi, portugués, filipino y español. 

No parece que se la mantuviera en la casa por cariño porque los términos del testamento del amo no demostraron mucho apego sino una intención clara de despacharla de la casa pero sin que quedara en la calle sin posibles. Así que, además de servir dos años más como esclava al servicio de su viuda, le daba la libertad siempre que eligiera una de estas dos opciones: entrar como donada en el convento en el escalafón más bajo, es decir, seguir siendo esclava de las monjas o casarse con Domingo Suárez, un esclavo liberado también chino que, para cerrar el trato con el hombre, recibiría una dote de 400 pesos y alguna cosilla más siempre que cumpliera con su parte.

Catarina aceptó casarse con él con una única condición: no debía tocarla, compartir lecho ni consumar el matrimonio cosa que el hombre aceptó y cumplió porque a saber todo lo que ya había visto en sus años de esclavo y cómo no sentir compasión por una mujer cercana a los 40 años, que se marchitaba y que sufría a menudo episodios de delirio que la gente ya empezaba a cuchichear que eran rarezas místicas. 

Imagino que el hombre puso de su parte, pero un esclavo que nunca tuvo nada y que de repente se ve con una pequeña fortuna, pues despilfarró a saco hasta que no quedó ni un peso. Y aunque poco se conoce de la vida del matrimonio, se sabe que vivieron muy miserablemente en el barrio de los libertos de Puebla, sin otro remedio que seguir trabajando precariamente en talleres textiles y cosiendo prendas para los acomodados.

Malvivía en una covacha, descalza y con un par de harapos por toda vestimenta, algo que choca tremendamente con el mito de la China de Puebla que puso de moda la falda floreada con la camisa blanca y escotada. La China de Puebla, no fue Catarina. Los hechos nos llevan lejos de esa fantasía. Lo cierto y probado es que ella no fue nunca esa mujer; fue una liberta que a medida que se deterioraba impidiéndola trabajar, no tenía que llevarse a la boca y le tocó subsistir gracias a limosnas. 

Por lo tanto ¿Qué pasó para que le atribuyeran esas dotes divinas de beata convencida que hablaba con la virgen y obraba milagros? No soy experta pero creo que hoy lo llamarían trastorno de estrés postraumático derivado de tantos años de trata, violencia y despojo de su dignidad. Esos brotes los tuvo a menudo pero fueron creciendo a medida que Catarina envejecía y para cuando enviudó ya no tuvo quien la sustentara en absoluto. Vivía de la caridad.

Y aquí es cuando se convierte en la santa perfecta.

En Puebla, varias órdenes religiosas estaban requetepicadas unas con otras por ver quién tenía más influencia y "santos" locales. No nos tiremos de las vestiduras que apariciones y locuciones con la virgen han existido siempre y con más que interesantes ingresos económicos. Y los jesuitas, por lo que fuera, descubrieron el filón y lo explotaron.

Y aquí volvemos a suponer porque no se sabe nada en absoluto y es muy tentador mentir o manipular. Así que voy a intentar ser lo más neutra posible: ha  enviudado y su pobreza es más extremas aún. Ya es una anciana, está en la más absoluta de las soledades y en sus delirios medio en hindi, filipino y español roto, algo que la gente no entendía, se empieza a extender la idea que lo que ella habla es el idioma de dios. Y claro, aparecen los jesuitas y hacen de traductores; comienza a  predecir muertes ilustres, desastres naturales y otras naderías. Esa lengua irreconocible por todos menos por sus confesores es con la que se comunica con la virgen y con Jesucristo. 

No hay constancia alguna de que ella hablara de primera mano con nadie una vez que los jesuitas se hacen cargo de ella. La proporcionaron asilo en el Convento del Espíritu Santo, lejos de otras ordenes religiosas y orejas poco discretas que pudieran desmontar el negocio. Porque eso es lo que fue: nobles, gazmoños y hasta obispos iban a verla a su celda para conocer a la Santa de Puebla a cambio de lo que hoy se sigue explotando en Lourdes, Fátima o en la Basílica de Guadalupe en el propio México.  

Y a cambio se la permitió vivir sus últimos años en paz, durmiendo dignamente en un catre y atendida en condiciones por su compañera de celda y la madre superiora que quiero -no, necesito- pensar que la apreciaron de corazón.

Fue a través de ellas que trascendió uno de los sueños más recurrentes de la anciana: soñaba con que sus padres llegaban a Puebla y de rodillas se acercaban a ella y la abrazaban. Y ella los perdonaba y los abrazaba también. Y así, soñando con abrazos y perdones que nunca llegaron, murió en su celda. En su testamento dejó una cazuela, un crucifijo y cuatro harapos. 

Para la más silenciada; la que nunca fue ni escuchada, ni preguntada; para la más frágil y más olvidada que solo sirvió para los intereses ajenos despojada de cariño y respeto como siempre que hablamos de gente humilde; para ella, la China de Puebla que nunca fue, publico este arroz rojo, cocina sencilla y sin pretensiones que nunca falta en ningún hogar mexicano. En casa de Sosa, antes de mendigar libre pero abandonada ¿Probó alguna vez este arroz tan sabroso como sencillo? 

Ojalá. Y ojalá llegue alguien y restituya la dignidad de esta mujer que se merece ser no solo símbolo mexicano sino mundial. Si eres creyente reza no por la Santa de Puebla sino por todas las personas que a día de hoy son víctimas de la trata de personas.

Nota: Si alguien quiere saber más de los esclavos chinos en México, estas bibliografías son necesarias: Tatiana Seijas, Asian Slaves in Colonial Mexico: From Chinos to Indians (2014). Y Úrsula Camba Ludlow, Imaginarios y realidades de la Puebla de los Ángeles: siglos XVI y XVII (2008).






 
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