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Nougatknödel o pelotas de sémola y nougat

junio 15, 2026
Querido lector, lectora o lectore. No voy a perder tiempo en gramáticas varias porque no merece la pena. Ya sabes, a buen entendedor y sobre todo sin recelos. Lo que sí -pero sí que sí-, es hacer esta denuncia de género que me está agriando las entrañas. No es una guerra contra la masculinidad. No es guerra, insisto. Ni confrontación. Ni un pulso a ver quién es más listo. Es denuncia, con pruebas, con hechos -irrefutables y demostrados- y sobre todo, es dejar a las claras la desfachatez que hay alrededor de las Matildas.

Porque, aunque con mucha lucha y empeño, han conseguido que se les reconozcan sus logros, la comunidad científica ha ninguneado sistemáticamente "las consecuencias" -o algo parecido-, de aquellos científicos varones que se apropiaron sus logros. Ninguno de ellos, por descarada que haya sido su apropiación, ha sido cuestionado. No ha habido Knödel suficientes -ni con nougat ni con pepinillos en vinagre- para poner en duda el honor científico de estos señores.
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Y es que de una forma u otra, todos son culpables. Hasta las mosquitas muertas que alegan "ignorancia". Venga hombre. ¿Qué investigador que se precie, que sus conocimientos puedan ser tenidos en cuenta, no ha leído el trabajo de sus colegas o ha hablado de ello con otros científicos? Eso se llama progreso y por eso había sociedades científicas. Y así es como ha avanzado la ciencia. Dicho de otra forma: un científico deja un trabajo en un punto y llega otro y sigue trabajando en ello y luego otro y tal. Por lo tanto, menos lobos caperucita.

Mira lo que son las cosas: estaba yo aprendiéndome la vida, obra y milagros de la Matilda Marthe Gautier, cuyo robo tiene traca como pasa con todas pero ella sangra especialmente más porque es contemporánea, porque no podemos caer en la condescendencia de "Ay, es que en aquellos tiempos la sociedad era así". No, no. Marthe es de los tiempos donde la mujer se echa a la calle día sí y día también a denunciar y denunciar y denunciar. Es de los tiempos en los que las constituciones europeas dicen que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos y bla, bla, y bla.

¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba yo leyendo en la Wikipedia el caso Marthe Gautier donde se describe de forma correcta el ninguneo y acoso que recibió por parte de Jérôme Lejeune, cuando hago clic en la vida de este impostor y no te lo pierdas: en un mismo sitio, la Wiki, se juega a dos bandas y sin pudor alguno le atribuyen al Lejeune el hallazgo de Marthe diciendo textualmente que "Jérôme Lejeune fue el protagonista y motor del descubrimiento". Toma ya. Y la lista de premios y reconocimientos es tremenda. Y encima se inició un proceso de beatificación y canonización. ¿Puede haber una arrogancia y un ego más enfermo?

Indignación. Pero aún hay más. Repasando mis Matildas, mira en qué lugar han quedado sus impostores.
Los impostores

Alice Ball y Arthur L. Dean. Él, presidente de la Universidad de Hawái y químico. Ella descubrió el primer tratamiento efectivo contra la lepra. Su impostor, quien le roba el trabajo después de muerta, es un héroe institucional en Hawái y el edificio principal de la universidad lleva su nombre.

Elena Gallego y los jefes de Estaciones Agronómicas de la Dictadura. Ellos, qué más decir. Ella realizó la labor titánica de seleccionar las variedades de semillas más resistentes y productivas de alubias y guisantes, las legumbres del pobre. Su trabajo evitó hambrunas mayores. Ellos, héroes nacionales. De ella no tenemos ni su rostro. No está en Wikipedia.

Eunice Newton y John Tyndall. Él, influyente físico irlandés de la Royal Institution de Londres. Ella,  descubrió el efecto invernadero en 1856, tres años antes que él. Mutiló el rastro de la estadounidense en Europa y barrió su memoria bajo la alfombra de la ciencia victoriana. Da nombre a institutos del cambio climático, cráteres lunares, glaciares y cordilleras enteras.

Ida Noddack, Enrico Fermi y Emilio Segrè. Ellos, vacas sagradas de la física nuclear. Ella dejó escrito, bien clarito, que el Fermi y su equipo (incluido Segrè) no tenían razón y al corregirles describió la fisión nuclear antes que nadie en el mundo. Dijeron que su fisión nuclear era una "especulación absurda" pero se apropiaron de su principio.  Fermi está considerado el "arquitecto de la era nuclear". Segrè fue premiado con el Nobel en 1959.

Mary Agnes Chase y Charles Vancouver Piper. Él, botánico jefe del Departamento de Agricultura de EE. UU. Ella fue la mayor experta en gramíneas del mundo, pero por ser mujer y activista sufragista, el USDA le prohibía viajar con fondos públicos. Tipos como Piper y otros jefes del departamento firmaban los manuales de agricultura y mapas botánicos utilizando los miles de especímenes descubiertos por Mary Agnes. Piper es considerado el "padre del césped moderno" y tiene variedades de plantas bautizadas en su honor.

Nettie Stevens y Thomas Hunt Morgan. Él, genetista estadounidense de la Universidad de Columbia. Ella descubrió que el sexo de un organismo depende de los cromosomas (el sistema X e Y) y él, que era su supervisor, publicó un artículo paralelo robando los resultados de Nettie. El mundo científico le atribuyó el descubrimiento a él. Ganó un Nobel de Medicina en 1933 y se le conoce como el padre de la genética moderna.

¿Ves? Pues no son las únicas. Cuanto más escarbo, más caspa sale: Rosalind Franklin y Maurice Wilkins; Lise Meitner y Otto Hahn, el Nobel que además de "olvidarse" de su socia de toda la vida, también ninguneó a Ida Noddack; Jocelyn Bell Burnell y Anthony Hewish; June Almeida y sus colegas del Common Cold Research Centre; Katalin Karikó y la Universidad de Pensilvania... y espera que  saldrán más, de eso estoy segura.

Y si aún te quedan dudas de mi denuncia, de mi teoría de que ningunear Matildas sale gratis, te cuento casos cambiando de sexo. Varón contra varón, a ver como salieron las cosas:

Newton contra Leibniz a causa de un cálculo matemático. El Isaac se puso muy folclórico porque culpó al Gottfried de haber espiado en sus notas y le robó el tinglado. La cosa no estaba nada clara pero el Newton, que era el presidente de la Royal Society, montó un comité formado por amiguetes para acusar a Leibniz de ladrón. Nunca quedó claro el robo pero el Leibniz se la cargó.

Otro. Robert Gallo contra Luc Montagnier. En la década de 1980, Luc Montagnier -del Instituto Pasteur- aisló el virus del SIDA y le envió muestras al estadounidense Robert Gallo. Éste, por sus bemoles, publicó el hallazgo dando a entender que era propio, atribuyéndose el mérito. Se lió parda. Tuvieron que intervenir los presidentes de  Francia y EE.UU. para firmar un tratado internacional y repartirse los beneficios a medias. El laboratorio de Gallo fue investigado por fraude. Robert Gallo se quedó castigado y sin Premio Nobel.

Y otro más. Urban Le Verrier contra John Couch Adams a costa del planeta Neptuno. Le Verrier se apuntó el tanto y se volvió a liar parda. De nuevo crisis diplomática entre franceses y británicos. Solución salomónica. Ambos son codescubridores oficiales.
¿Ves lo que yo veo? cuando el afectado es varón tiene voz y puede hacer ruido para defenderse. Las instituciones de su país, hasta los cuerpos diplomáticos, sacan los dientes por él en la obligación de defender el orgullo patrio. Algunos se juegan premios Nobles y se ven obligados a litigar por su honor y cosas peores.

En cambio, a las Matildas, la comunidad científica aplicó -aplica- la ley del silencio. Sin presencia en academias, ni derecho a voto, ni redes de influencia, ni siquiera sitio en universidades; a tipos como Arthur Dean o Jérôme Lejeune les bastó con cerrar la puerta del laboratorio, poner su nombre con luces de neón y esperar a que el tiempo hiciera el resto. Encumbrados por ningunear a mujeres. Otro gallo hubiera cantado si hubieran robado logros a otros compañeros de profesión.

El Efecto Matilda no es algo del pasado. Es viejuno, sí, pero actualmente en uso. Me llama la atención que este ejercicio, procedente de una paletita guisandera de letras para más inri, no sea una denuncia colectiva de científicos de ambos sexos. Porque son ellos los que deberían estar sangrando a chorros.

De hecho, este efecto es el resultado de una investigación de Margaret W. Rossiter que durante años fue tratada como la pesada de las Matildas pero todo tiene su porqué. Estando ella en la universidad, allá por los 70, se le ocurrió preguntar ingenuamente a algún profesor si había habido mujeres científicas en los EE.UU. durante el siglo XIX. La respuesta fue una risotada y una frase que a Margaret le repateó en las entrañas:
Nunca ha habido mujeres científicas en América. No existen. Estás perdiendo el tiempo.
Y a ver, se encendió como una antorcha. Se puso a rebuscar como una posesa entre viejos libros, revistas, correspondencia, registros universitarios, actas de congresos... y encontró a cientos de ellas: astrónomas, químicas, botánicas, matemáticas... El suelo de la ciencia americana estaba alfombrado con el trabajo de mujeres que habían sido borradas sistemáticamente. Pero éste no fue solo un efecto norteamericano. Hay Matildas por todo el mundo. E imagina las que habrá que aún nadie las ha rescatado de debajo de la alfombra. 
Ingredientes:
  • 250gr. de Topfen o queso quark
  • 1 huevo
  • 1cda. de mantequilla
  • 50gr. de yogur griego
  • Algo de vainilla
  • 40gr. de azúcar glas
  • 130gr. de sémola de trigo o espelta
  • Agua para cocer las pelotas con una pizca de sal
  • Relleno:
    masa de nougat o unos pralinés
  • Rebozado:
    50gr. de Mantequilla
    60gr. de pan rallado
    Algo de canela
    70gr. de azúcar moreno
Nota: En la foto del paso a paso las cantidades aparecen dobles.
 
Preparación:
  1. Monta la clara de nuevo y reserva. Mezcla el resto de ingredientes juntos en un bol hasta que esté bien integrado. Añade la clara montada y deja reposar 3 horas en el frigorífico.
  2. Pon una cacerola con agua y una pizca de sal al fuego. Espera a que hierva.
  3. Con ayuda de una cuchara, haz bolitas con la masa. haces como una agujerito en el medio y le pones un praliné o un trozo de masa de nougat. Cierra y da forma de bolita.
  4. Pon a cocer las pelotas en el agua hirviendo. Baja el fuego lo suficiente para que no borbotee y deja que se hagan entre 8-10 minutos.
  5. Mientras haces las migas del rebozado: en un sartén a fuego medio y sin dejar de remover, tuesta ligeramente el pan rallado en mantequilla. Añade después el azúcar y la canela y remueve un par de minutos para que el azúcar temple pero sin carmelizarse.
  6. Pasa cada pelota por el rebozado. Comer templado para que el relleno aún esté líquido.

Crema de fresa y ruibarbo con isla para Camille

mayo 17, 2026
La vida de Camille es sangrante. Cuánta injusticia. Qué rabia guardo dentro, así que le he rendido buena cuenta a una de estas islas de merengue antes de empezar a contarte su historia con la esperanza de endulzar algo estas letras y no ponerme a soltar sapos, ranas y culebras por esta boca que la vida me ha querido encasquetar. Tomo aire y te cuento.

Nace en 1864 en Fère-en-Tardenois, Francia. Pero esto es lo de menos.  Tiene una madre ultraconservadora, rígida y haciendo gala a la moda de la época en gente de su categoría, está obsesionada con las apariencias. Y eso de tener una hija indomable, de espíritu inquieto y creativo, como que se le retuercen las amígdalas.  La mujer, es -o está- algo envuelta en amargura. Perdió a su primogénito y la vida la vuelve a castigar con esta niña que chilla y ríe y salta como un demonio. 

Su padre en cambio, ve en ella ese talento que se le escapa por todos los poros de su ser y sin reserva alguna, opta por inscribir y pagar las clases a Camille en la Academia Colarossi porque las mujeres tienen prohibido entrar en la Escuela de Bellas Artes. Lejos de su madre y emancipada con la ayuda de su padre, Camille es feliz y da rienda suelta a su genialidad.

Un Auguste Rodin de 43 años, ya encumbrado y en plena ebullición creativa -o productiva, según se mire-, sustituye a un amigo como profesor del grupo de Camille. Ella tiene 19 años. Hay flechazo, ella queda prendada del famoso artista y a él le crecen los colmillos ante la visión de esa joven requetehermosa, con una fuerza y un ímpetu que nunca antes había visto y con un talentazo que ya muchos artistas encumbrados quisieran. 
Oirás por ahí que ella fue la musa del genio, su fiel ayudante y su amada... vamos a poner un poco de contexto para que esta relación se entienda sin el lijado romántico que tanto gusta añadir a estas historietas de amor. O de horror, ya veremos. El modelo de negocio estándar de la época que explotaban los grandes escultores de éxito (como Rodin o su maestro Carrier-Belleuse) se basaba en contar con grandes equipos de colaboradores -artistas en negro, fantasmas- y así poder abastecer la brutal demanda de encargos que recibían. 

Y ese fue el truco del almendruco que Rodin explotó para convertirse en ese gran titán -millonario- del arte que operaba casi como un magnate de alta gama. Y Camille encajó, vaya que si lo hizo. Tenía un don brutal para la escultura y pronto se hizo indispensable.

Sin desviarme demasiado, te cuento cómo funcionaba la cosa: Rodin ponía la idea y maquetaba el boceto en miniatura en barro o yeso. Luego su equipo lo trabajaba; los más virtuosos se encargaban de tallar las partes complicadas y finalmente el genio daba unos cuantos toques para darle su estilo -el non finito- y tirando millas. Esto no era un secreto ni una farsa. Así funcionaba esta industria.
 
Y Camille se hizo indispensable "creando" nuevos toques y nuevos aires al estilo de Rodin. Esto desdibujó por completo su obra que todos interpretaban como copia o influencia de su maestro. Cuando nada más lejos. Era tan grande la demanda que el grifo creativo a veces no echaba ni gota y era ella quien bombeaba las ideas con esa capacidad tan extraordinaria para comprender la anatomía y modelar texturas vivas.

Pero para Camille esto era demasiado. Diez años estuvo a su lado, con su talento desdibujado porque el maestro se lo había adueñado; diez años siendo la otra, la amante porque Rodin ya tenía una relación que no estaba dispuesto a romper. Le hacía promesas de vez en cuando que, como siempre ha pasado y pasará, quedaban en agua de borraja. Pero se quedó embarazada y él la obliga -o convence- para abortar. Y aquí dice San Seacabó. 
Y comienza el acoso. De nuevo, voy a poner algo de contexto para que tengamos todas las piezas de este rompecabezas: en aquel París de la bohemia, el alcohol era el combustible de la creatividad. La absenta - el hada verde-, el vino barato cargado de sulfitos y metales pesados para su conservación, y el consumo de láudano-opio disuelto en alcohol- estaban a la orden del día.

Camille pasó años metida en esa dinámica de talleres fríos, húmedos, con jornadas interminables donde el alcohol era, a menudo, la única forma de entrar en calor y evadir el agotamiento. Es posible que su tolerancia a estas sustancias no fuera aceptable y su histrionismo fue en aumento. Y si a un cuerpo intoxicado por los materiales de su propio arte -hoy ya sabemos la de sustancias tóxicas que había en los estudios de cualquier artista- le sumas una mala tolerancia al alcohol y la crisis emocional por la ruptura, tienes el cóctel perfecto para explicar sus crisis. 

Pero claro, si un varón—llámese Verlaine, Baudelaire, Van Gogh o el propio Rodin— se emborrachaba de absenta, destrozaba habitaciones de hotel, sufría delirios o vivía en la inmundicia de su taller, el mundo suspiraba con admiración: "El precio del genio", "el temperamento atormentado", "su excentricidad la vía hacia su divinidad creadora". El alcoholismo masculino era una medalla de bohemia y el misticismo perturbado, un rasgo de genialidad. 

Y ¿en una mujer? pues qué va a ser: histeria. Locura. Y Camille cada día estaba más loca porque su ex, en su afán de hacerla volver, influyó para que sus encargos fueran anulados y los críticos destrozaran su reputación. Vivía en la miseria y él se presentaba como su salvador. Pero ella echó pestes y le tachó de robar su obra y sus ideas. Y como ella enfurecía al verle, mandaba a sus secuaces a ver qué hacía. Y la paranoia la comió, tanto que prefería romper sus obras a martillazos para que "la banda de Rodin no se las apropie".

Y lo de la loca le encajó a todos. A su familia también. Ocho días después de la muerte de su padre, dos enfermeros echan abajo la puerta de su taller. La encuentran asustada, sucia, rodeada de gatos y restos de yeso. Un médico amigo de su hermano y con consentimiento de la madre, tramita su ingreso psiquiátrico forzoso. Hay prisa: la ley exige el internamiento antes de que se abra el testamento del padre, evitando así que Camille toque un solo franco de la herencia. 30 años internada, que se dice pronto. 

Los psiquiatras escriben repetidamente a la madre contando que, si bien Camille presenta delirios de persecución focalizados en Rodin, es una mujer perfectamente lúcida, tranquila, que hila discursos coherentes y cuya salud mejoraría drásticamente si regresara al entorno familiar. Pero la respuesta de la madre fue siempre un no rotundo. Prohíbe que se la visite y que reciba correspondencia. Nunca la visitaron. 
Se me reprocha ¡qué crimen espantoso! haber vivido sola, haber consagrado mi vida al arte, haber imaginado que se me permitía esculpir... Esto es lo que han ganado mi madre y mi hermano: encerrarme en un manicomio.
Camille Claudel muere en la más absoluta soledad el 19 de octubre de 1943. Nadie de su familia acude al entierro. Años más tarde, cuando la familia intenta recuperar los restos por aquello de lavar su imagen, el psiquiátrico les comunica que la fosa común donde fue enterrada, ha sido sepultada por una carretera.
Ingredientes para 4 raciones:
  • 500gr. de fresas
  • 150gr. de ruibarbo
  • 80gr. de azúcar o eritritol
  • unas rodajas de limón a tu gusto
  • un poco de vainilla a tu gusto
  • 1 cda. de maicena disuelta en un poquito de agua
  • 2 claras
  • 75gr. de azúcar glas
  • unas gotas de limón
  • una pizca de sal
  • algo de leche para bañar las islas

Notas:
  • El ruibarbo es muy centroeuropeo porque no sobrevive con el calor pero esta receta funciona igual de bien sin él. También está brutal con una mezcla de frutos rojos.
  • Cuidado con cocer demasiado las fresas porque pierden sabor y color. cocción rápida y luego dejarla macerar sola a temperatura ambiente y el color y la fragancia es brutal.
  • Cuidado con cocer demasiado las islas en la leche porque perderán la esponjosidad y se pondrán chiclosas. Es mejor quedarse corto que pasarse. Recomiendo hacerlas en el momento de ir a consumirlas. Si las guardas en la nevera se pueden desmoronar por culpa de la humedad. 

Preparación:
  1. Corta las fresas, el ruibarbo y unas rodajas de limón que pondrás en una cacerola a fuego medio alto junto con el azúcar y la vainilla. Deja que rompa a hervir.
  2. Pasados un par de minutos, añade la maicena disuelta en agua y remueve hasta que hierva de nuevo. Apaga el fuego y deja que repose unos 10-15 minutos.
  3. Retira el limón y tritura la crema hasta que esté bien suave y cremosa. Deja que repose unos 20 minutos en la nevera.
  4. Monta con unas varillas eléctricas 2 claras de huevo con una pizca de sal y un chorro de limón. Cuando empiecen a cuajar, añade el azúcar y bate con paciencia hasta que el merengue esté completamente levantado.
  5. Calienta leche en un cacito evitando que hierva. Con 2 cucharas ve dando forma a las islas y las bañas en la leche como 20 segundos por cada lado. Retira y seca cada isla con un paño limpio o papel de cocina.
  6. Monta vasitos o cuencos con la crema y la isla encima. Puedes decorar con almendras tostadas o caramelizadas. Si puedes ponerle unas frambuesas deshidratas echas migas, sería la bomba.

Bonatillo cremoso con leche de coco

mayo 13, 2026
Es posible que la protagonista de nuestro bonatillo cubano se llamara Henriette Faber. O no. Ya que nadie lo sabe a ciencia cierta porque se hizo llamar Enrique Favez y cuando fue descubierta, se identificó como Enriqueta. Su historia es increíble de principio a fin y es por eso que te voy a dar el boniato con este ser tan brutalmente honesto que tuvo que recurrir al engaño una y otra vez para vivir su vida tal y como le apetecía pasando por encima del mundo como un trolebús. Pero, vamos a contarlo bien desde el principio.

Nació en una familia aburguesada con pudientes de Lausana, en Suiza. Como quedó huérfana de niña, fue su tío Enrique, el barón de Aviver y coronel del ejército francés quien se encargó de ella. Y no era una niña corriente, eso saltaba a la vista; aventurera, soñadora y con ademanes más propios de un muchacho que de una señorita de su clase social. 
Desde mi infancia me costó mucho asumir las costumbres de las mujeres. Mi tío, por eso, procuró casarme con el fin de atraerme al verdadero modal de una mujer, pero esto sólo lo hice para dar gusto a mi tío, al cual le pedí a cambio que me llevase consigo a la guerra.
Y con 15 años se casó con Jean Baptiste Renaud , oficial del mismo regimiento que su tío con la condición de acompañarles e ir con ellos a la campaña de Alemania. En batalla vio actuar a los doctores y debió de quedar "tocada" por la vocación de salvar vidas.  Poco más de un año después y embarazada de su única hija -quien tan solo vivió ocho días- quedó viuda.

Y se fue sola a París a aprender a hacer lo que ya había visto tantas veces después de cada batalla. Tenía claro lo que quería y tenía claro lo que el mundo no le iba a permitir ser solo por ser mujer. Así que, muy posiblemente con la complicidad de su tío que ni decía ni desdecía, se convirtió en el estudiante Enrique Favez.
Deseosa de ganarme la vida por mi propio esfuerzo y convencida de que, como mujer, solo tenía en aquellos tiempos dos caminos a seguir: el matrimonio o la prostitución, me vestí de hombre y me puse a estudiar cirugía, con el intento de socorrer a los necesitados.
Tras estudiar medicina en la Sorbona y con tan solo 20 años, pasó a ser oficial médico cirujano en el Regimiento de Cazadores número 21, el mismo en el que sirvió su difunto marido. Y como era de esperar, en la campaña rusa de 1812 se reencontró con su tío quien guardó el secreto de su identidad. 

Ambos sirvieron también en la campaña española donde el coronel pierde la vida y ella es capturada en Vitoria por las tropas de Wellington. Fue confinada en el Convento de San Francisco de Miranda del Ebro cumpliendo servicios médicos y no hay constancia que su identidad fuera descubierta. Y de haberse sabido, se pasó por alto su "irregular" condición en favor a los servicios prestados en heridos y enfermos porque hay auxilios dignos de salvaguardar y más en guerra. Y esta no fue la primera vez que un convento hacía la vista gorda. 

Una vez terminada la guerra, sin familia y sin derrotero fijo, partió rumbo a Santiago de Cuba a bordo de La Helvecia y de allí se asentó en Baracoa.
Sin mudar de traje, así vestida de hombre como estaba acostumbrada y bien hallada en libertad, porque vestida así podía ejercer mi profesión y fortuna, sin idea de hacerle mal a nadie y más bien con la idea de socorrer con mi oficio a los necesitados, como lo he hecho siempre.
Y sin pretenderlo, se convirtió en uno de los poquísimos cirujanos titulados de la región. Atendía a ricos y pobres sin hacer excepción alguna; a esclavos, libertos, enseñaba a leer y escribir; no se le caían los anillos si tenía que recorrer largas distancias auxiliando  a los más olvidados. Y como es de suponer, porque la gente para estas cosas es muy agradecida, se ganó el respeto y el afecto de todo el pueblo que lo trataba de santo. 

En estas estaba, cuando conoció al amor de su vida Juana, una joven pobre, huérfana y tuberculosa. Y se enamoró a rabiar, vaya que sí. Y se casaron, y no me cabe duda que se amaron, se respetaron y escondieron su engaño. Y Juana recobró la salud. Y fueron felices. Por lo menos hasta que una lavandera descubre que el doctor es una mujer y le va con el cuento al tío de Juana que las denuncia. Y comienza la locura.
Mi vida se funda en un terrible secreto, que en estos momentos no puedo revelarle; quizás lo haga más tarde, pero al presente es imposible. Si usted se casara de verdad, como las demás mujeres, muy pronto sucumbiría. Mi temperamento frío como el mármol, no necesita de las fuertes impresiones del [...posiblemente esta parte fue censura...] ante el mundo seremos dos esposos, pero en la intimidad matrimonial solo dos amigos.
Rosa Suárez, de profesión lavandera, entró en la habitación donde encontró a Enriqueta supuestamente con una cruda monumental y con la camisa desabotonada. Y aunque lo que vio la dejó sin palabras, la lengua después se le soltó de lo lindo porque no paró hasta contarle el chisme a todo quisque. El tío de Juana, que hasta ese momento nunca se había preocupado por su sobrina, presentó denuncia formal y solicitó la anulación del matrimonio.

Este tramo de la historia, la del juicio, no la voy a hacer demasiado larga porque es bastante tediosa. La pilló desorientada y sin asistencia jurídica, cometiendo errores que empeoraron su situación, pero el caso afortunadamente interesó a Manuel Vidaurre.

Vidaurre no era un abogado cualquiera; era Oidor de la Real Audiencia de Puerto Príncipe, es decir, uno de los jueces más influyentes del tribunal colonial. Era un jurista fuertemente influenciado por la Ilustración, tanto que por leer libros prohibidos ya había tenido que dar explicaciones ante la Inquisición. El licenciado aprovechó su posición en el mismo tribunal que juzgaba a Enriqueta para dinamitar el proceso desde dentro. Su enfoque fue magistral:
La sociedad es más culpable que ella, desde el momento en que ha negado a las mujeres los derechos civiles y políticos, convirtiéndolas en muebles para los placeres del hombre. Mi patrocinada obró cuerdamente al vestirse con el traje masculino, no sólo porque las leyes no lo prohíben, sino porque pareciendo hombre podía estudiar, trabajar y tener libertad de acción, en todos los sentidos, para la ejecución de las buenas obras.
El remate final entre fiscal y defensor es hollywoodiano:
"Debe de ser una santa" — dijo el fiscal.

"O mejor, una víctima" — concluyó Vidaurre.
Y la gente se enfadó de lo lindo. El cielo les ha mandado un doctor que es un amor de persona, que maneja la cirugía con una maestría solo al alcance de la clase alta, sanando e investigando sin descanso para salvar a los pobres; y se lo arrebataron sin ningún miramiento, horrorizados porque una mujer hubiera demostrado ser mejor médico que sus colegas varones.

Y encima, con la iglesia hemos topado; el despecho inquisidor bañado de herejía por haber casado a dos mujeres. Mira si querían castigarla, que se emperraron en pasearla desnuda por las calles para escarnio público y ella prefirió el láudano a verse vejada con tanta crueldad. 

Afortunadamente las autoridades se lo pensaron dos veces porque el ambiente estaba abrasador: las revoluciones florecían por toda Hispanoamérica e iban cayendo las colonias a puñados. En 1823, con la vuelta del absolutismo de Fernando VII a España, cualquier chispa podía hacer que la isla se levantara y la injusticia con el Dr. Favez bien podía ser ese punto de inflexión. El gentío se hubiera comido a los jueces con tostones antes que permitir tal humillación a su médico.
A Juana se la intentó mantener al margen. El tribunal la declaró inocente por "engaño" y ahí se pierde su rastro oficial. No sabemos si se refugió en el silencio, si alguien la protegió o si simplemente sobrevivió al estigma como buenamente pudo aunque en las cartas de Enriqueta no hay pesar por su destino. Algunos cuentan que se casó con su abogado de oficio y pudo vivir tranquila. Lamentablemente, no lo sabemos. Solo podemos desear que la vida la tratara bien. Se lo merecía.

Enriqueta fue condenada a 10 años de reclusión en la Casa de Recogidas de La Habana. Sus bienes fueron embargados. El dinero es lo que tiene, es goloso para los poderosos. Pero Vidaurre, que para entonces ya preparaba su propio exilio a Estados Unidos huyendo de la persecución política, no la dejó sola. Sabía que sin su protección en la isla, ella no sobreviviría.

Se movieron los hilos necesarios para que el "problema" desapareciera. Tras 17 meses de condena, las autoridades prefirieron poner mar de por medio. Era más seguro deportarla que arriesgarse a un motín popular por mantenerla presa. Por 40 pesos, lo que costaba el pasaje rumbo a Nueva Orleans, se la quitaron de en medio.

A su llegada las Hijas de la Caridad la aceptaron sin reparos. Y aquí de nuevo se ve la mano de Vidaurre porque no eran monjas convencionales. Eran muy hippies para su tiempo aplicando a sus obras una filosofía requeteradical para la época. Su lema era "el convento es la casa de los enfermos" y no vivían enclaustradas. 
Ya estoy bien lejos de ti como te prometí antes de que comenzara toda nuestra desgracia. No sé cómo comenzó todo, realmente ha sido como una novela toda mi vida. Ese viaje a la Isla de Cuba no me dejó ser más la misma mujer o mejor el mismo hombre.
Enriqueta fue un regalo de dios en la congregación y sus problemillas de identidad se enterraron sin pena ni gloria. Y bajo el nombre de Sor Magdalena siguió ejerciendo la medicina con los pobres, siendo partera de presas y enfermera en epidemias. Viajó como misionera a Veracruz y Guadalajara. Con las Hijas de la Caridad tenía libertad de movimiento y siguió haciendo lo que más le gustaba en el mundo: cuidar a los más necesitados. 

Hay quien afirma que llegó a ser madre superiora de la congregación. Puede ser. O no, porque un escándalo como el suyo se podía enterrar pero no olvidar. En cualquier caso, viniendo de ella todo es posible. Usó el frac, el uniforme militar y el hábito con tal de ejercer la medicina y cumplir con su juramento hipocrático. Y amó a Juana la vida entera. Renunció a ser hombre y a ser mujer. Renunció a todo menos a su amor.
El 23 de mayo de 1846, 22 años después del juicio, es decir, 22 años sin Juana, escribió esta carta tras enterarse del rumor de la muerte de Juana:
No puedo pensar que lo que me dicen sea verdad. No puedes haber muerto sin yo verte, mi vida se apagará si no tengo la ilusión de reeditar los días más felices de mi vida que fueron a tu lado. Nunca te culpé por lo que pasó, fueron todos ellos los que no entendieron que nos amábamos pese a todo. Solo quisiera que lo que me dicen sea mentira; por favor escríbeme aunque sea solo para saber que estás viva. Te quiere, Enrique.
122 palabras. La carta viajó de Nueva Orleans a La Habana y siguió el trote de los caballos del Correo Real hacia Baracoa. Juana, efectivamente, había muerto tiempo antes. Sor Magdalena nunca supo si su carta llegó.

Murió el 17 de octubre de 1856 en Nueva Orleans, a los 65 años, vistiendo los hábitos de las Hijas de la Caridad. Fue enterrada en el cementerio antiguo de Nueva Orleans. En 2005 el huracán Katrina destruyó su tumba. En Baracoa, la calle donde vivió lleva su nombre.
Ingredientes:
  • 600gr. de boniatos (aprox. 1 o 2 piezas grandes)
  • 125gr. de panela rallada o granulada
  • canela y cáscara de limón
  • 1 chupito de ron dorado
  • 50-75gr. de coco rallado a tu gusto
  • 200ml. de leche de coco espesa
  • 1 pizca de sal

Preparación:
  1. Asa o cuece al vapor el boniato hasta que esté la carne blandita. Pásalo por la trituradora y lo reservas.
  2. Mientras, derrite la panela con canela, la ralladura de limón y el ron. Diluye hasta que casi esté al punto de caramelo.
  3. Retira la cáscara de limón y añade el coco rallado, la leche de coco espesa y una pizca de sal. Lo cueces a fuego medio sin dejar de remover hasta que cuando cojas un poco de la crema con una cuchara y pasas el dedo la crema no se reúne pero aún tiene una consistencia líquida. Ten en cuenta que al enfriarse va a cuajar más la crema.
  4. Deja enfriar y sirve con un poco de canela por encima.

Crema Mary Agnes de naranjas con azahar

abril 23, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Mary Agnes inquebrantable Chace

Nuestra Matilda de hoy tuvo una niñez realmente dura. El padre era una mala bestia que terminó moliendo a palos a uno de sus hijos, de 11 añitos, y la gente del lugar, indignada por la muerte del pequeño, linchó al canalla hasta la muerte. Su madre y sus seis hijos, se mudaron a Chicago, donde vivieron malamente en casa de su abuela. Ella dejó de estudiar muy pronto para ayudar a la manutención familiar. Aun así, por las noches, sacaba tiempo para el estudio. Ese espíritu inexorable ya apuntaba maneras.

Mary Agnes no permitió que las tragedias la marcaran como víctima. Supongo que en aquella época no había tiempo para victimismos. En cualquier caso, se forjó a sí misma convirtiéndose en una gran luchadora que abrió camino a muchas otras desde el activismo, la solidaridad y el conocimiento. Es posible que al haberse criado en un entorno de mujeres fuertes que sacaron adelante a la familia en las condiciones más adversas fuera, sin duda, la semilla de su activismo. Aprendió en casa que las mujeres unidas podían sostener el mundo, incluso cuando este se empeñaba en maltratarlas, ignorarlas y ningunearlas.

Se casó en 1888 con William Ingraham Chase, un editor de periódicos con quien compartía sus intereses intelectuales. Pero apenas un año después, William murió, dejándola viuda con solo 20 años y con las deudas del negocio a cuestas. Se refugió aún más en su madre y su abuela. De ahí posiblemente, nació su convicción de que las mujeres debían apoyarse entre sí, y fue esta certeza lo que años más tarde la llevaría a fundar  la Casa Contenta para que ninguna joven científica tuviera que pasar por las penurias que ella pasó. Pero sigamos.

Corre el año 1898 y Mary Agnes trabajaba en todo cuanto podía. En sus ratos libres se dedicaba a recolectar plantas por pura afición en las zonas pantanosas cercanas a Chicago. En una de sus excursiones, se cruzó con el Reverendo Ellsworth Jerome Hill, un botánico retirado especializado en musgos que, al ver sus dibujos tan bonitos y minuciosos, quedó impresionado por su talento. Así que el buen hombre se convirtió en su mentor y le propuso un trato: él le daría lecciones de botánica y uso del microscopio si ella ilustraba sus publicaciones científicas.
Y de aquí en adelante, ya todo fue estudio y dedicación. El microscopio le abrió un mundo en miniatura donde ver las flores de las gramíneas que su abuela decía que no existían. Aprendió a diseccionar espigas diminutas y a captar todos esos detalles que el ojo no alcanza. Gracias a su nueva maestría con las lentes, consiguió su primer empleo profesional a tiempo completo... no te lo pierdas: como inspectora de carne en los mataderos de Chicago. Usaba el microscopio para detectar parásitos y asegurar la calidad de la carne, un trabajo duro con el que pudo mejorar la vida de los suyos.

Su situación fue mejorando y cada vez se especializó más en lo suyo. Gracias a los trabajos que realizó para Hill se forjó una reputación como botánica especializada en pastos, hecho que la llevó a trabajar junto a Albert Hitchcock, primero como mentor y luego como colegas. Junto a Hitchcock trabajó durante décadas para el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, institución que le permitió estudiar y especializarse en pastos pero al mismo tiempo, fue el organismo que más la saboteó y ninguneó.

Le prohibieron participar en expediciones oficiales porque los patrocinadores decían que su presencia "distraería a los hombres". De regreso de una de esas, Hitchcock solicitó que el dinero sobrante, le fuera asignado a ella pero dijeron que requetenones y cito textualmente "Dudo que sea aconsejable contratar los servicios de una mujer para el propósito de la expedición".

Pero esto no la echó para atrás; se financió muchas expediciones ella misma y se valió de la ayuda de misioneras en distintos países de Latinoamérica quienes la acogían y brindaban apoyo a sus trabajos. Eso sí, mira que listucos los del Departamento de agricultura: aunque ella se financiaba de su propio bolsillo con ahorros mínimos casi siempre, los especímenes que documentaba y recolectaba pasaron a ser propiedad del Herbario Nacional. Hala.
"No es que sea valiente, es que no puedo soportar ver cómo se comete una injusticia sin hacer nada."
Así que su activismo social era para ella una necesidad vital. Fue una sufragista radical del grupo de las Silent Sentinels que estuvieron protestando frente a la Casa Blanca durante casi dos años. No gritaban consignas;  se manifestaban en absoluto silencio y sus pancartas eran su única voz. Fue arrestada y encarcelada varias veces e incluso en la cárcel hizo huelgas de hambre. Sufrió malos tratos y torturas por las autoridades. Pobre Agnes, cuántos recuerdos de su infancia debió de padecer. Pero no cedió. Los del Departamento de agricultura la amenazaban con echarla, pero Albert Hitchcock se negaba a ello diciendo que no podía terminar su trabajo sin ella.

Por cierto, Hitchcock y Chase escribieron varios libros juntos aunque su gran legado fue "First Book of Grasses" (1922) que sigue siendo una biblia para los estudiantes de botánica. Fue una de las agrostólogas más destacadas del mundo identificando miles de especies de pastos por medio mundo. Y mira qué ingrata fue la comunidad científica que esperó a que cumpliera los 89 para entregarla un Doctorado Honoris Causa en Ciencias. Este fue su primer y único título universitario.

Pero su gran logro lo obtuvo fuera de su mesa de estudio. Mary Agnes no solo luchó por sí misma. Abrió su casa en Washington, a la que llamó "Casa Contenta" porque quería que fuera un lugar de alegría y resistencia. Tras sus experiencias en la cárcel y los ninguneos en el Departamento de Agricultura, ese hogar se convirtió en su pequeña utopía feminista. Allí se alojaban jóvenes botánicas que no tenían recursos para estudiar o viajar. Fue para estas chicas, la mentora que ella nunca tuvo. 

Mira qué bonito: Mary Agnes no solo recolectaba plantas, también recogía y protegía el talento femenino y esto es lo que la hace tan especial:  no solo fue una Matilda, sino que luchó activamente para que otras no lo fueran. Ole sus naranjas.
"El estudio de las gramíneas me ha dado un propósito, pero la lucha por la justicia me ha dado una vida."
Ingredientes:
  • 150ml. de zumo de naranja
  • 50ml. de zumo de limón
  • Ralladura de naranja y limón a tu gusto
  • 125gr. de azúcar (o eritritol)
  • 3 huevos
  • 1 cda. rasa de maicena
  • 60gr. de mantequilla
  • 1-2 cdas. de agua de azahar

Notas:
  • Esta crema es un falso curd al que le he quitado algo de mantequilla y lo he compensado con un poquito de maicena. 
  • Si no quieres encontrar trocitos de la ralladura en la crema, mi consejo es que no prescindas de ella. Simplemente, pasa la crema con la batidora eléctrica de mano, antes de ponerla al fuego y montarla. 
  • El agua de azahar es un punto muy especial. No lo sacrifiques.
  • En las fotos, he montado la crema en vasitos junto con yogur griego con un par de gotas de estevia. El contraste es maravilloso.

Preparación:
  1. En un vasito, pon algo del zumo y disuelve la maicena. Lo reservas.
  2. Pon en un cazo el azúcar, el zumo, las ralladuras y los huevos. Bate y ponlo a calentar a fuego medio bajo. Cuando rompa a hervir, añade la mezcla con la maicena y sigue removiendo sin parar a fuego lento hasta que vuelva a hervir de nuevo. Lo mantienes como 30 segundos hirviendo y lo apartas del fuego.
  3. Añade la mantequilla y el agua de azahar. Una vez bien integrado, pasas la crema a un bote o recipiente y dejas que enfríe por completo.

Payasam de Kerala y la deuda infinita

abril 05, 2026
Querido lector, nuestro viaje toca a su fin. Es hora de descansar y que mejor forma de hacerlo que degustando un buen dulce y una buena historia:

La leyenda cuenta que en un templo cerca de Cochín, en Kerala, el mismo puerto donde Catarina vio por última vez su tierra, el dios Krishna ganó una partida de ajedrez a un rey requetesoberbio. Krishna hizo un poquito de trampas y se presentó disfrazado de viejo mendigo en el templo de Ambalappuzha donde este soberano vivía. A éste, además de tirarse el pisto de lo estupendo que era, le encantaba jugar al ajedrez y le pareció divertido fanfarronear un poco con el mendigo en plan sobrado. 

Entre guasas le preguntó qué le gustaría de regalo si ganaba la partida, algo de lo que estaba convencido que no pasaría pero le resultó gracioso ilusionar al anciano, que tan solo pidió un grano de arroz que tendría que duplicar en cada casilla del tablero. 

Menuda nadería, pensó el rey. Y jugaron. Y perdió claro. Y cuando el mendigo reclamó su premio, a la que el monarca iba colocando granos de arroz, comprendió que ni todo el arroz del mundo bastaría para pagar esa deuda; ni una montaña de granos tan grande como el Everest sería suficiente. 

Pero Krishna mostró su misericordia, no para con un rey necio sino para con su pueblo que como siempre, sería quien tendría que pagar a costa de su miseria.  Le dijo al monarca que, puesto que no podía sufragar la deuda de golpe, la pagaría todos los días de su vida, hasta el fin de los tiempos.

Desde aquel día, en el templo de Ambalappuzha, el soberano y sus sucesores han tenido que cocinar Payasam de arroz todos los días y repartirlo gratis a los peregrinos y pobres. Esta es  la deuda impagable de Kerala.
¿Crees que Catarina llegó a probar el payasam? En sus sueños, cuando sus padres llegaban a Puebla llorando de rodillas y ella los perdonaba, en esos delirios ¿conseguiría recordar el aroma del cardamomo y el jengibre? Imagino que para la pobre mujer, la locura fue más reconfortante que la realidad. Eso duele.

Yo ahora, con este arroz de hoy, el mejor que he podido comprar en el colmado hindú de mi ciudad, confío en aportar algo a la deuda impagable que el universo tiene con las Catarinas esclavizadas y maltratadas del mundo. Ojalá esta deuda moral tuviera el poder de imbuir algo de cordura a la humanidad que no es que la haya perdido; es que nunca la ha tenido. No importa dónde mires ni cuánto viajes a través del tiempo. 

Este arroz con leche, además, representa la inquebrantable voluntad de Rukhmabai que no se dejó malear por las leyes injustas del país. Representa al payasam más tradicional, que no ha mutado para adaptarse a ningún intruso. Es el Kheer por excelencia, que viajó a Persia y de allí saltó a Europa, a África y a América pero aún así, el que se hace con basmati de grano largo y firme, ha luchado contra la estandarización manteniendo su memoria.  

Es además con esa forma de cocinarlo, sofriéndolo antes de cocer para que sellen bien los granos y no se pasen, como ha perdurado su excelencia no solo en la cocina hindú sino que también lo ha hecho en España gracias a la cocina heredada del Al-Ándalus, quienes -casi al tiempo que echábamos a unos y descubríamos a otros-  lo introdujo a su vez en México; es un mapa por sí mismo que representa lo perdurable e inexorable de la cultura humana; es también el origen de los desarraigados, los que tuvieron que irse a la fuerza, como Salomón y  Subhro y Catarina. 
Quiero pensar que este payasam sagrado es el puerto de llegada de todos esos viajes rotos que no entienden ni de siglos ni de fronteras; es el consuelo para la "locura" de Carlota, la justicia para la "santidad" de Catarina, la libertad de Rukhmabai, el descanso para Salomón y la identidad olvidada de Imilce.

Qué bonito sería pensar que este arroz con leche -Kheer- con sus aromas a rosas, a jengibre y cardamomo no es un postre más en el blog. No sé si suena retorcido pero en este viaje de cuatro mujeres y un elefante, hemos desenterrado vidas sin  profanar la memoria, sin dañar el recuerdo pero vociferando a los cuatro vientos o a aquel que desee escuchar, que los ricos y poderosos han sido siempre los mismos a lo largo de la historia. Ellos traen eternamente penurias, maldad, injusticias y dolor. 

Es tan grande la deuda infinita que tienen para con la humanidad que deberían estar todos ellos, todos los días, cocinando arroz con leche para los desplazados, los pobres, los marginados y los desarraigados. Son ellos, los que deberían ser borrados y ninguneados por la historia. No sus víctimas.

Cuatro mujeres y un elefante

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Notas:
  • Cada ingrediente es necesario. Son clave para que no termines cocinando un arroz con leche europeo con especias. 
  • La diferencia entre un Kheer del norte o del sur (como éste nuestro que se llama payasam) está en la leche de coco. Se usa una más diluida o clara (mira en los ingredientes que tenga un 60% de pulpa de coco más o menos) y otra más solida, que conserva separada la crema del agua (en los ingredientes verás que es 90% pulpa de coco). La cremosidad es importantísima y dependerá de este detalle.
  • En los Kheer del sur se usan anacardos y pasas aunque en el norte también lo acompañan con almendras y últimamente pistachos que están tan de moda. No caigas en la trampa. Para nuestro payasam solo pasas y anacardos tostados con un poco de ghee.
  • Si puedes muele el cardamomo en un mortero y luego lo cuelas con un colador para quitarle la cascara y usas solo el polvo.
  • Las gotas de agua de rosa, si puedes, no las omitas. Son un verdadero puntazo de olor y el viaje va a ser completo.
  • Si no dispones de ghee siempre podrás usar mantequilla pero no tardas nada en hacerlo casero: derrite mantequilla sin sal de buena calidad sin mezclar con nada y la derrites hasta hervir a fuego medio-bajo. Forma una espuma blanca chisporroteante  que no debes retirar. Esta espuma bajará y se convertirá en un polvito que se deposita abajo en el cazo. Cuando ese polvo coja color dorado, lo retiras del fuego, cuelas bien el ghee y lo guardas en un frasco. 
  • una vez hecho el payasam, si ves que esta dulce para tu gusto le puedes añadir un poco más de leche de coco espesa. 

Ingredientes:
  • 160gr. de arroz basmati
  • 2-3 cdas de ghee líquido para sofreír el arroz
  • 200-220gr. de jaggery rubio (o piloncillo de panela oscuro o panera molida)
  • un poquito de agua para diluir el jaggery
  • 400ml. de leche de coco clara (60% más o menos)
  • 3-4 vainas de cardamomo recién molidas y filtradas con el colador
  • 1/2 cdta. de jengibre molido
  • 400ml. de de leche de coco espesa (90% más o menos)
  • anacardos y pasas a tu gusto salteadas en 1 cda. de ghee líquido
  • 2 gotas de agua de rosas

Preparación:
  1. Lava muy bien el arroz y sécalo un poco con un trapo.
  2. Calienta el ghee en una cacerola a fuego medio y sofríe el arroz seco hasta que los granos brillen ligeramente. Así evitamos que pierda su punto cuando le añadamos el jaggery.
  3. Vierte la leche de coco ligera y cocina a fuego muy lento hasta que el arroz esté tierno pero mantenga su forma íntegra. Depende del arroz pero te llevará unos 15 minutos. Puede que algo más.
  4. Mientras, derrite el jaggery con un poquito de agua en un cazo a parte. Lo viertes sobre el arroz y lo integras bien. Añade el cardamomo y el jengibre. Deja que el arroz cueza durante 5 minutos más. Ya apartado del fuego, le añades la leche de coco espesa. Remueves bien hasta que esté cremoso. Por último, agrega un par de gotas de agua de rosas y vas dejando que enfríe a temperatura ambiente. 
  5. En una sartén pequeña a fuego medio, tuesta los anacardos y las pasas en un poco más de ghee hasta que éstas se inflen y los anacardos cojan color dorado. Viértelo todo sobre el Payasam.

Galletas de crema de limón

abril 01, 2026

Como ya te anticipé aquí, nuestro viaje nos lleva de nuevo a Viena donde vamos a recibir a una recién casada que es recibida con gusto por su suegra quien aplaude su porte y actitud de esposa perfecta. La flamante archiduquesa de Austria, nacida princesa en Bélgica, recibe su primer revés; ella no ha sido educada para ser consorte sino para gobernar. Lo tiene todo: la educación, el carácter, el temple y el ingenio pero parece que su nueva familia no piensa lo mismo. 

Pese a todo, es una esposa por amor. Rechazó a reyes de media Europa pero tuvo que enamorarse del hombre que menos la merecía: Maximiliano, el hermano del emperador austriaco, de carácter indeciso, sin educación para gobernar y más predispuesto a la caza de mariposas -y faldas- que a administrar sus dominios. 

En cambio Carlota,  princesa de la casa de Sajonia-Coburgo-Gotha, fue la favorita de su padre quien quiso que recibiera la misma educación que sus hermanos preparándola para regir a pesar de saberse que nunca podría acceder al trono por ser mujer. Y él, sin instrucción pero con un título que le proporcionaba el oro y el moro simplemente por ser hombre. Dos personas equivocadas en el lugar equivocado que van a pagar alto el precio de este desacierto.

Y es que la inteligencia, por muy regia que sea,  no nos protege del corazón que cuando se le mete a alguien entre ceja y ceja no suelta la presa ni a tiros. Y allí estaba ella, destinada a ser consorte de un flojo que sufría a menudo ataques de melancolía a costa de una novieta de juventud -que murió de escarlatina- y algún que otro de nervios -o eso decían, a saber- que le impedían de vez en cuando acudir a actos oficiales donde Carlota cubría con dignidad y brillo sus ausencias.

¿Ves la ironía en todo esto? Porque si Carlota hubiera nacido hombre, habría sido una gobernante extraordinaria. Si el Maxi hubiera nacido mujer, nadie le habría puesto un imperio en las manos. El siglo XIX los colocó exactamente al revés y aunque se entendían a la perfección y él la dejaba gobernar con total confianza, las cortes europeas no veían con buenos ojos su método a la hora de gobernar.

Pero sigamos adelante, que aún no hemos llegado a lo más tremendo. De entrada nos saltamos su paso por Lombardía-Venecia. Aquí ella se lo pasó dando la cara por él, desencantada aunque fiel a su marido; y él en su nube porque mientras no le faltara el dinero -de ella- le traía todo al fresco. Total, ella era tan eficaz que ¿Qué podía salir mal?

De hecho Maximiliano era un tipo de esos que si alguien le pinchaba, sangraba horchata. Solo una anécdota: se cuenta que en un viaje trasatlántico él se lo pasó lloriqueando por la novia difunta porque decía que todo le traía muchos recuerdos. En medio de la travesía, Carlota enferma y no te creas que se quedó a cuidar de ella, ni hablar, siguió con su viaje tan contento. De regreso hicieron una parada en una islita que tenían en propiedad frente a la costa de Dubrovnik. Carlota llegó muy deprimida y se quedó allí a descansar. Y el Maxi, una vez más, la dejó tirada y se juntó con la amante de turno a ver si le levantaba un poco el ánimo. Dicho queda.

Así que sí. Muy posiblemente Carlota ya venía sufriendo brotes depresivos, posiblemente desde la muerte de su madre cuando ella tenía diez años, que superaba siempre con genio y fortaleza de espíritu y no es de extrañar que el precio de estas remontadas fuera que se le fue amargando el carácter, puede que cada día se volviera un poco más histriónica... pero qué sabré yo. Sigamos.

Bien. Por cosas que pasan, Napoleón III les convence para aceptar ser los emperadores de México. La cosa estaba calentita por aquellas tierras y así es como esperaba apaciguar el clima y controlar de paso el comercio ultramarino. Muy listo el francés como que no era, la verdad. Pero por lo que sea, caen en el enredo y confían en la empresa. Marchan rumbo a México y lo que se encuentran, no es lo esperado. Hay mucho que hacer y mucho que aprender. Como siempre, el Maxi se dispersa cada dos por tres. Le pone ganas pero no llega a cuajar lo suficiente. Es de nuevo ella, quien se encarga de las cosas de estado. 

Y lo hace de forma magnífica. Él es dócil y sigue a pies puntillas las políticas y consejos que Carlota le va aleccionando. Su complicidad es máxima y así se recoge en la correspondencia que mantenían de forma continuada. Tarifan mucho con los franceses pero, es lo que hay. En cualquier caso, le ponen entusiasmo.

Hasta que al Napoleón, como le salen rotos por diferentes lados, les ningunea la ayuda militar prometida. La situación empieza a ser insostenible. El Maxi manda cartas a todo cristo pero nadie les ayuda. Y una vez más es ella, quien decide ir a Europa a reclamar la ayuda necesaria para que el reciente imperio mexicano no caiga en manos de revolucionarios y norteamericanos. 

Y a partir de ahora yo te cuento los hechos que conozco. Si me tomo la licencia de opinar, te lo haré saber. Tú, querido lector, debes sacar tus propias conclusiones:

Napoleón III, el intrigante de todo este desastre, en cuanto la cosa se puso fea, los abandonó sin pestañear. Los usó y los tiró. Y a otra cosa. Y en lugar de tirar de cinismo o frivolidad y decirle a las claras esto es lo que hay moza, o lo tomas o lo dejas, el muy canalla optó por desdeñarla. 

Pretextó estar enfermo y se escondió en Saint-Cloud. Si bien le mandaron coches de bienvenida como era de esperar, la esperaron en la estación equivocada. Cuando arribó al puerto de Saint-Nazaire, las rosas de bienvenida ya estaban marchitas. Cuando por fin se reúnen y le reprocha el incumplimiento del acuerdo, él alegó -entre lágrimas y patetismos varios- que sin sus ministros no había nada que hacer. Dos días después volvió a intentarlo. En esa segunda reunión, la emperatriz Eugenia fingió desmayarse. Muy oportuno todo.

Las cosas han cambiado, Napoleón pagará pronto su maldad, Francia permanecerá obligada con el imperio que surgió de su sangre, no puede hacerse responsable a Francia de las acciones de su gobierno equivocado que pronto derribará.

El caso es que no sacó nada en limpio salvo la certeza que los habían abandonado sin remedio. Pero en vez de flaquear, le dio la vuelta al asunto y replanteó por completo la situación: sin europeos en tierras mexicanas la doctrina Monroe era estéril y la posibilidad de llegar a un acuerdo con Estados Unidos era factible; así como conseguir que México fuera el epicentro del comercio americano sin necesidad de ejércitos extranjeros. Aprovechó a el viaje para ir poniendo su plan en marcha, buscar apoyos y fue escribiendo a Maxi preparándolo para el nuevo escenario. Estaba optimista y no albergaba ningún temor. 

Pero mucha gente debió de ponerse nerviosa con sus planes porque empiezan a pasar cosillas; dejó de buenas a primeras de recibir correspondencia de su esposo. ¿Quién intercepta las cartas y por qué? ¿Qué está pasando? Falsa alarma. Parece que todo volvió a la normalidad aunque se quedó con la mosca rondando. En cualquier caso, acudió a Roma contenta y con las expectativas bien altas. Escribió una extensa carta al Maxi el 26 de septiembre de 1866 donde le puso al corriente de como estaban las cosas y le animó a proceder conforme al nuevo objetivo de reinar solo con el pueblo mexicano. Escribió cosas como:

Mañana veré al Santo Padre. Al parecer, las cosas están florecientes, en cuanto se oiga la opinión de los obispos que, según espero, llegarán en el próximo correo, quedará cerrado el concordato, pues así lo prometió el Padre Santo por el solo hecho de que los hayas reunido en torno a ti, sea cual fuese su opinión.

Con ello hay muchas esperanzas.

Pero en los siguientes días pasan cosas muy tremendas: a ella le cambió el humor y estuvo irritable, posiblemente porque vio cosas sospechosas que no compartió con nadie. Temía, por ejemplo, que parte de su séquito la estaba traicionando. De hecho, estando en el Vaticano el 1 de octubre, un cardenal intervino advirtiendo que Carlota estaba contando que la querían envenenar. No hubo testigos solo el testimonio del viejo Antonelli. Dijo que no volvería al hotel hasta que echaran a tres personas de su séquito: un conde, una ayuda de cámara y su médico. Cuando Velázquez, un hombre de confianza de Maximiliano echó a estas personas, ella regresó confiada pero algo terrible pasó. No se sabe ni nunca lo llegaremos a saber. Solo podemos decir que se volvió a refugiar en el Vaticano donde pasó la noche. Durante la mañana siguiente, visitó el museo del Vaticano con total normalidad. 

Cuando regresó al hotel, el séquito expulsado está allí como si nada. La abordaron tres médicos: el que ella había echado, uno mandado por el Papa y otro que decían que ella lo había hecho llamar -incomprensible adivinar el interés que Carlota pudiera tener en hacer llamar a un médico  desconocido- y los tres calificaron de monomanía la enfermedad de la augusta emperatriz. Hala, habemus loca.

Y mientras dormía una mujer en el Vaticano -algo inédito que nunca ha vuelto a pasar-, el día 1 de octubre pasaron dos cosas muy extrañas. Ella dejó una carta de despedida para Maximiliano y otras con últimas voluntades convencida de que iba morir. Pero el Cardenal contó que al día siguiente estuvo tan tranquila visitando el museo. Raro. Y además, también el día antes se había avisado a su hermano Philippe y a un chambelán fiel al emperador austriaco. Todo raro pero muy raro. Se avisó a todo el mundo menos al único que tenía algo que decir: Maximiliano, que no se enteró hasta días después y se lo contaron de aquella manera; el relato de la loca que supuestamente tenía ataques de paranoia desde París y que solo presenció su séquito y el Cardenal Antonelli. 

Muy querido tesoro: Debo separarme de ti. Dios me llama a él. Agradezco toda la felicidad que me has dado siempre. Dios te bendiga y te dé la mayor fortaleza posible. Tu siempre leal.

¿Ves las inconcurrencias que yo veo? una locura exprés muy conveniente y con un relato tan flojo. Dicen que estaba convencida que Napoleón la quería matar. Pero esa manía envenenatoria no tuvo testigos salvo su séquito -lleno de traidores según la propia Carlota- y un Cardenal del Papa. Pero ¿Qué sentido tenía matar a una emperatriz cuando no había nada más fácil que encerrar a mujeres incómodas por locas e histéricas? Porque todos sabemos que el carácter en el sexo femenino es síntoma inequívoco de la pérdida de la razón. La que más y la que menos, hemos sido tildadas de locas por mucho menos y sin tener un imperio y una fortuna en nuestras manos.

El caso es que pasó días incomunicada en el hotel hasta que la familia política y la biológica, de mutuo acuerdo, la trasladaron al Palacio de Miramar. Y su esposo no hizo nada para impedirlo, o rendir cuentas a los actores de esta supuesta  intriga. Dicen que se deprimió y perdió un poco el rumbo. Se dejó influir y en algún momento quiso echarle arrojo y proponer los planes de Carlota pero estaba todo perdido. El francés se salió de rositas; los austriacos convirtieron a los emperadores de México en mártires; el de Roma, la representación divina en la Tierra, miró para otro lado sin arrugarse la sotana; y el Leopoldo, el hermano que toda fortuna le parecía poca, se quedó con su inmenso patrimonio.

Vaya locura más conveniente para todos, ¿no crees?

El Maxi en México, pues eso. Que no reaccionó. Quiso huir pero su madre le escribió que ni hablar, que asumiera su destino que no fue otro que el de morir fusilado en el Cerro de las Campanas. Cuentan que de camino del paredón, ya en el carruaje, el cazador de mariposas se preguntó en voz alta si Carlota seguiría viva. Porque por incomprensible que parezca, le comunicaron que había muerto y parece que nadie le contó la verdad. y mira, el Maxi fue en vida todo lo que tu quieras, pero ante la muerte, solo tuvo pensamientos para ella.

Le hubiera gustado saber que vivió sesenta años más aunque me temo, si no la he juzgado mal, que ella posiblemente lamentó la vida entera no haber muerto en aquel hotel de Roma, tal y como ella creyó que ocurriría. Fueron más crueles todavía. Su condena fue de seis décadas encerrada en el castillo de Bouchout, aislada y posiblemente drogada, porque ese es siempre el mejor remedio para no pudiera contar su versión de los hechos.

Y la historia la recuerda como la que perdió la cabeza. Incomprensiblemente, leo a gente muy docta rebuscar entre sus palabras indicios de locura y te aseguro que no hay nada que rasgar en ellas. Puedes leer sus cartas aquí y aquí donde además está la carta que Velázquez escribió al emperador informándole de los hechos. 

Carlota, princesa de Sajonia-Coburgo-Gotha y emperatriz de México, es otra mujer borrada y falsificada en la historia. Qué fácil. Qué sencillo. Otra vida más reescrita por los que tenían poder para hacerlo. Como tantas. 

Antes de continuar, necesito pedir perdón a Carlota. Cuando escribí esta entrada, caí en la trampa: la pinté sin cuestionar la historia oficial que la pinceló de frívola, inestable, la que se volvió loca. Y con el mismo pincel con el que la historia la ninguneó, la ninguneé yo también. Ya ves, aquí estoy siempre pregonando los peligros, la necesidad de cuestionarlo todo y caí como una pánfila. Mil perdones y prometo tener más cuidado en el futuro.

Y dicho esto, con el corazón en la mano, vamos a la receta. Se dice que cuando llegó y comenzó a alternar con la alta alcurnia mexicana, se servía chocolate con bollitos. Para su espanto, las mexicanas mojaban todo en el chocolate. Casi le da algo. Pidió regresar al clásico té con pastas y evitar cualquier churreteo en la merienda. 

Estas galletas son muy austriacas, las típicas Linzer Augen pero en su versión más imperial. En las casas plebeyas se hacían con nueces o avellanas, frutos secos que cualquiera podía tener ya que los bosques austriacos están repletos de sus árboles. En cambio, la almendra era algo delicado, algo que venía del sur, de Italia o España. Y la crema de limón otro toque exótico que no estaba al alcance de cualquiera.

En cualquier caso, y en medio del caos, las traiciones y del imperio que se desmoronaba, las costumbres de Viena seguían apareciendo en la corte. Un lujo pequeño y obstinado. Como ella.

Cuatro mujeres y un elefante

Bombay  ·  Lisboa — Viena  ·  Cartagena  ·  Viena — México  ·  México  ·  India

Ingredientes:
  • 150gr. de harina de espelta
  • 100gr. de almendra pelada y molida
  • 50gr. de maicena
  • 200gr. de mantequilla en pomada
  • 60-80gr. de azúcar o eritritol 
  • 2 yemas
  • una pizca de sal
  • vainilla
  • Una pizca de crémor tártaro
  • Relleno: crema inglesa de limón (lemon curd) mezclado con algo de chocolate blanco derretido (para darle consistencia al relleno)
  • Azúcar glas para espolvorear
Preparación:
  • En un bol, mezcla juntos todos los ingredientes hasta que tengas unas migas gruesas. Puedes hacer esta operación usando un procesador de alimentos o unas varillas eléctricas.
  • Pon las migas sobre la encimera y amasa hasta que tengas una masa lisa y homogénea. La envuelves en film transparente de cocina y deja reposar unos 20 minutos.
  • Precalienta el horno a 170-180ºC dependiendo del horno.
  • Enharina ligeramente la encimera y extiende la masa hasta dejarla de un grosor de 0,5 cm. Para no enharinar por encima la masa y para que no se pegue el rodillo, uso una lámina de film transparente. Se extiende muy bien y no se reseca tanto la masa. Cortas las galletas con un cortador redondo. A la mitad de las galletas les haces el característico agujero en medio.
  • Las vas poniendo en la placa y horneas unos 15-20 minutos hasta que empiecen ligeramente a dorarse. Deja que enfríen por completo.
  • Espolvorea con azúcar glas las galletas con el agujero. Rellena la otra mitad con la crema de limón. Antes de guardarlas en una caja adecuada (las metálicas son las mejores) deja que sequen a temperatura ambiente por lo menos un par de horas. Airea de vez en cuando para que no se mojen en exceso.

Leche MAMI frita

febrero 10, 2026
Yo a mi madre la tenía frita cada dos por tres y no por nada especial; no puedo decir que fui una niña rebelde o trasto pero así son las cosas entre madres e hijas porque ella a mí también me tenía frita, para qué mentir. Nunca acudía a los chicos para que le ayudaran en la cocina o en las tareas domésticas y eso me irritaba mucho. Eran años confusos porque por un lado, aunque mis padres tenían una mentalidad muy moderna para la época, en el día a día se les escapaban las conductas machistas por todas sus costuras. 

Pero claro, como niña y encima única entre tanto chicarrón, las desigualdades de genero me tenían todo el día peleando pleitos pobres. Mi padre me tenía la moral comida con sus famosos sermones sobre que tuviera libertad de pensamiento obra y acción pero por encima de todas las cosas, económica que por ahí es por donde se nos oprimía a las mujeres. Y luego en casa los reproches porque todo lo que hiciera fue siempre insuficiente. 
El problema estaba en que como niños no supimos ver -y menos en aquellos años en que las enfermedades metales se reducían a los "subnormales" y los "locos"- que nuestra madre tenía depresión crónica. Yo siempre la recuerdo ya tocada y cuando pregunté hace unos años a Mila, nuestra niñera que tanto nos quería, cuando le pregunté, me confirmó que mi madre siempre fue así: "tenía dos o tres días buenos y luego otros dos o tres que no era capaz ni de levantarse de la cama".

Y así fue la vida de mi madre; sintiéndose sistemáticamente incomprendida porque así era. Y cuando las personas depresivas empezaron a salir del armario mi madre se resistió y no quiso ayuda alguna porque decía -y con toda la razón- que no estaba loca. Lo que le faltó fue ser más comprensiva consigo misma pero, a ver, hasta para eso la mentalidad no cooperaba en absoluto porque con las madres el franquismo, y la estela que dejó a su paso, fue muy cruel relegando su utilidad a ser madres y esposas anulando por completo a la mujer que cada una de nosotras llevamos dentro. 

Ahora tenemos claro -más o menos- las prioridades como individuos únicos y absolutos pero es que para nuestras madres y abuelas esa posibilidad, la de ser mujer por encima de todas las cosas, no existía. Desde que nacían se las preparaba para ser de otros. De cualquiera menos suyas.
Pero no siempre fue todo malo. En esos buenos días, se metía en la cocina y nos preparaba tandas y tandas de cosas ricas que nosotros devorábamos y como decía ella "es que ni lo disfrutáis, tragaldabas". Y en esos días, me pedía como siempre ayuda ya tocaran torrijas, rosquillas, pestiños, magdalenas, arroz con leche o leche frita. Con las cosas de la cocina, no le protestaba tanto. Me gustaba mucho. Y hay muchas cosas que las aprendí de verle a ella y seguir sus instrucciones. Recuerdo que tenía especial cuidado en que el arroz con leche no quedara mazacote, las torrijas secas, los pestiños empalagosos y la leche frita un engrudo. 

Creo que fue de las pioneras en hacer la leche frita con maicena y muy aromatizada con cáscaras de naranja y limón. Ahora nos ponemos muy tontonas con eso de "infusionar" la leche  -a mi abuela le daría un ataque de risa- pero lo de aromatizarla con limón y canela viene de lejos en las casas españolas pero antes los comandos eran menos pretenciosos ajustándose a un simple "echa más cáscara o más canela a la leche" o "echa un puñadito más de...". Y tan ricamente.

Lo de la cucharadita de mantequilla -no de margarina- era algo que solo he visto en casa. Bueno, mis abuelos le echaban mantequilla a la leche porque decían que si no, no tenía sabor. Supongo que por ahí viene la cosa. En cualquier caso, sigo fiel a su uso porque oye, tampoco nos pongamos remilgados en un postre frito que ya puestos, de perdidos al río. La vainilla vino después. Somos un país donde antes la vainilla era complicada de comprar. Incluso, ya al final, recuerdo traerle vainas a mi madre de Austria. La última vez que comí leche frita con ella,  la hice yo. Ya estaba en paliativos y le cocinaba a puro capricho. De antojo en antojo. La hice a mi manera, es decir, a la suya pero con vainilla. Y le encantó. 
Ingredientes:
  • 1 litro de leche
  • corteza de limón y/o naranja
  • canela en rama
  • 1/2 vaina de vainilla
  • opcional: un chorrito de vainilla Bourbon
  • 1 cda. de mantequilla
  • 120gr. de azúcar (la mitad con eritritol)
  • 100gr. de maicena más algo para rebozar
  • 2 yemas de huevos
  • 1-2 huevos más para rebozar
  • abundante aceite (mitad oliva y girasol para bajar la acidez)
  • azúcar y canela para rebozar

Preparación:
  1. Pon a calentar 3/4 partes de la leche a fuego lento con la canela, la vainilla, la mantequilla y las cascaras.
  2. En el resto de la leche, disuelve el azúcar, las yemas y la maicena. Con la batidora eléctrica lo haces en un momentín.
  3. Cuando la leche rompa a hervir, el añades la mezcla, le subes un poquito el fuego y remueves constantemente para que no ha grumos. Retira del fuego la masa cuando veas que cuece y se vuelve muy espesa. Vuelca la masa en un recipiente (preferiblemente engrasado), cubre con plástico de cocina dejando que toque la superficie para evitar que haga costra y lo dejas enfriar por completo antes de refrigerar. Deja que repose toda la noche.
  4. Pasa la masa sobre un papel de hornear, coloca la masa cuajada y la cortas en tantas porciones como desees. Espolvorea con maicena y bate el huevo en un cuenco.
  5. Calienta aceite en una sartén onda y cuando esté caliente (a fuego medio alto) vas pasado por huevo los trozos rebozados y friéndolos los tandas. Deja que escurran sobre papel de cocina.
  6. Reboza cada pieza en azúcar y canela.
 
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