M'semen rellenos de espinacas y queso
Qué difícil me va a ser hablarte de esta mujer porque su rastro está tan desdibujado que dejarse llevar ante la tentación de endulzar su vida con relatos folletinescos resulta brutalmente tentador. De hecho, hay quien afirma que fue hija ilegítima de Abderramán III, o amante de Al-Hakam II, o que si era cristiana o que si fue musulmana. También he leído teorías especulativas sobre las mujeres musulmanas de la época que no se casaron, donde se interpreta que lo mismo es porque eran lesbianas, bi o queer. En el caso de nuestra protagonista por no saber, no sabemos si se casó y, de no haber hecho nupcias, si fue por voluntad propia o simplemente porque no se le permitía. No sabemos nada así que lo mismo, yo también me dejaré llevar por mi vena Dumas y añadiré a este relato algún que otro trazo de rasgo novelesco. Ya veremos.
Lo que sí se sabe es que se llamaba Lubna sin más, porque era esclava y para los amos la genealogía de sus sirvientes nunca fue cosa a tener demasiado en cuenta, salvo que descendieran de buenas familias que entonces, por aquello de presumir, se tiraban el pisto. No, nada hace pensar que Lubna fuera de ese tipo de esclavas. Ahora, sí que fue muy especial.
En Al-Ándalus existía la institución de las qiyān - jawārī, cuya función era instruir a esclavas formándolas en disciplinas intelectuales y artísticas: canto, poesía, caligrafía, recitación y conversación. Con esto elevan su valor y, por supuesto, solo estaban al alcance de unos pocos. La escuela no solo formaba a esclavas -yawārī- sino también a mujeres nobles -qiyān-. Y estas yawārī parece ser que combinaban un físico delicado y hermoso con una preparación intelectual fuera de serie. Y el superpoder de Lubna debió de ser tan grande, que se le supone también formación en matemáticas, filosofía e incluso astronomía. Lo mismo no fue tanto pero desde luego fue una intelectual como una catedral. O una mezquita. O como la de Córdoba. O lo que sea.
Pero sigamos con lo que sabemos de ella: se crio dentro de los muros de la hermosa Medina Azahara, algo que, si puedo ser sincera, me da mucha envidia porque cuando visité sus ruinas tuve una experiencia paranormal cardiacamente hablando: el corazón me dio un vuelco y se puso a hiperventilar como un poseso. Tal cual te lo digo. Es verdad que soy una destacada amante de los pedrolos y eso es muy importante a la hora de que el vello se me ponga como escarpias.
Pero a mí se me retorcieron todas las válvulas, hasta la mitral. Yo empecé a imaginarme el jaleito que debía de haber por esos jardines, y escalones, y la de cosas que debieron de pasar entre los cipreses. Pero lo que mi mente retorcida no llegó a alcanzar fue imaginar que parte de esa magnífica biblioteca pudo pasar los días dentro de esos muros y muretes. Quién sabe.
Porque, para no faltar a la verdad más rotunda, tampoco está muy claro si la biblioteca residió entera en Córdoba o el califa quiso tener sus tomos más preciados cerca de su residencia. A ver, si Abderramán primero y su hijo Al-Hakam después tenían debilidad por los libros, puedo asegurar por propia experiencia que ciertos vicios requieren de cercanía, de poder contemplarlos, olerlos y tocarlos. De hecho, cuando veas a una persona dudando si comprar un libro u otro y para decidirse acaricia la portada o su lomo como si fuera una mascota... créeme: esa persona no tiene cura. Está atrapada en el mundo de las palabras y de ahí no se sale. De la droga sí, de los libros no.

En algún momento, a la que Abderramán estira la pata y su hijo Al-Hakam toma el timón del califato, Lubna ejerce de copista en el taller de la biblioteca junto a Fátima -otra escribana cuyo nombre ha trascendido históricamente- y ambas trabajan bajo la dirección del eunuco Talid. Ni idea del papel de Talid en esta trama, pero oye, como todo el mundo lo nombra no voy a ser yo menos. Me temo que como se saben pocas cosas de ella, pues para un dato seguro que se tiene, se divulga sin estrecheces, posiblemente con el fin de que la concurrencia no piense que contamos las cosas a la ligera. Hay fundamento. Escaso, sí, pero haberlo haylo.
Aclarado este asunto, seguimos con lo que sabemos: Lubna destacó tanto y en tan buena estima la tenía Al-Hakam que pasó de copista a conservadora de la Gran Biblioteca de Córdoba, que según fuentes de fiar, acumulaba más de 400.000 volúmenes. Menuda locura. Esto es para hacerse ratuca de librería y no salir jamás al exterior. Además, el califa la nombró kátiba al-kubra, un título cuyo significado exacto desconozco, así que me fiaré de los que dicen que fue secretaria personal de Al-Hakam.
Y en algún otro momento es manumitida. Se lo merecía, la verdad. Y viajó adquiriendo obras por Bagdad, Damasco y El Cairo... o no, porque como aquí hay un lío tremendo, algunos afirman que no fue ella la viajera sino Fátima. Y hasta hay una fuente -sin aportar pruebas, por supuesto- que dice que Fátima y Lubna eran una misma persona. Para que veas lo desdibujado que está todo.
Tras quince años de califa, dejando Medina Azahara y Córdoba bonitas a rabiar, Al-Hakam sigue los pasos de su padre y estira también la pata. Y aquí se lía la cosa. El escenario cordobés se pone tenso a más no poder. Su hijo tiene once años y hay que montar la tutela. Aparentemente, se forma una regencia de tres para evitar malas tentaciones: Almanzor, por un lado, que ya sabemos todos la mala sombra que tenía; el chambelán Al-Mushafi, y la reina madre Subh.
Te lo voy a hacer corto. Subh necesitaba un escribano para que se encargara de sus cosas. Al-Mushafi le recomienda a Almanzor, un katib del montón. Pero en poco tiempo se hace indispensable a nivel personal: sí, querido lector. Se la metió en el bolsillo, posiblemente pasando por las sábanas del dormitorio. Un clásico. Aunque nadie lo vociferó, parece que la cosa se sabía de buena tinta. Cuando muere Al-Hakam, y hay que asegurar el trono para el niño, un hermano del difunto se mete a la guardia real en el bolsillo y conspira para deshacerse del sobrino. Y aquí es Almanzor quien se convierte en el héroe del suceso: se cargó al traidor y aquí paz y después gloria. O eso creían.
El tipo sigue haciéndose valer, y como Al-Mushafi, que era hombre culto y de política, no demostraba mano dura con los cristianos, Almanzor organiza ejércitos y se lía a mamporrazos con mucho éxito. Ya tiene al ejército en el bolsillo. Así que se quita de en medio a la competencia: Al-Mushafi es destituido, encarcelado, luego envenenado. Y para asegurarse de que nadie le va a plantar cara, organiza su propia confabulación contra Hisham II.
Ejecuta a quien se le pone en medio, y para consolidar su poder, se aviene con el sector religioso más ortodoxo. ¿Y cómo les demuestra que es de fiar? Quemando de la biblioteca de Al-Hakam II todo aquello que los juristas religiosos tacharon de herejía: ciencia, filosofía, etc. Conocimiento. Lo de siempre.
¿Y qué pasó con Lubna durante estos casi tres años de intrigas? Pues no tenemos ni idea porque desapareció por completo. Nadie la volvió a mencionar. Nadie dejó su rastro escrito. No sabemos cuándo murió ni adónde fue. Solo hay especulaciones, pero ninguna certeza.
Así que aquí saco la pluma y, como te advertí, me voy a poner en modo folletín y te voy a contar mi propia teoría -o deseo, o sueño- de lo que pudo ser, aunque luego no fuera, pero que de ser, me encantaría que hubiera sido de la siguiente manera:
A Lubna y Subh no solo les unía el califa. Habían sido muy posiblemente compañeras o conocidas en la Escuela de las qiyān - jawārī, porque ambas fueron esclavas con formación. Subh se convirtió en la favorita con quien tuvo a su heredero. Lubna, la colaboradora perfecta. Ambas fueron fieles a su señor. Al-Mushafi también era un conocido de Lubna: él también había sido secretario de Al-Hakam antes que ella. Ellos eran su única familia. No había otros lazos que sepamos.
Así que cuando Subh ve cómo Almanzor -su propio amante- negocia con los ulemas más radicales su ascenso al poder, y presencia con horror cómo Al-Mushafi es encarcelado y asesinado, siente que el tiempo se le agota: alguien le ha hecho llegar el rumor de que el precio de la traición son los libros de su difunto marido, el hombre que llenó Córdoba y Medina Azahara de saber y conocimiento en cuatro idiomas.
Manda llamar a Lubna en secreto. "Salva lo que puedas, lo más valioso", le dice. Y Lubna, que lleva más de media vida entre esos volúmenes, sabe exactamente cuáles son irremplazables. Y mientras en el patio arde la pira de los necios, con tratados de astrología y filosofía que con tanto placer contemplan los alfaquíes, ella moviliza a un ejército de mercaderes, quienes logran que los ejemplares escogidos, envueltos en telas y camuflados entre mercaderías, viajen hacia Zaragoza, hacia Fez, hacia manos amigas que un día los pondrán a salvo de la propia disolución del califato.

Ah, soñar, qué barato resulta. En cualquier caso, los volúmenes rescatados que se conservan en El Escorial, en París o Fez, quiero pensar que sobrevivieron gracias a la discreción y lealtad de la guardiana de la biblioteca de Al-Hakam. Desde hace unos años, entre la Avenida de Medina Azahara y el camino a Medina Azahara, hay una calle que se llama "Escriba Lubna". Poco me parece.
Y si has leído hasta aquí, espero haberte atrapado en esta aventurilla con Lubna, en plan Angelina Jolie, salvando libros de la quema de Almanzor, escondiendo los mejores tesoros de la biblioteca gracias a cualquier mano amiga que quisiera resguardar lo que unos pocos fanáticos querían carbonizar. Qué curioso: los necios siempre acuden al fuego para silenciar y nunca lo han conseguido. Por lo menos del todo.
Pues resulta que la receta de hoy, estos m'semen -que no son nuevos en este blog-, tienen ese mismo gesto clandestino: una masa que se pliega sobre sí misma, capa tras capa, y esconde en su interior algo que merece la pena atesorar. Aquí, espinacas y queso de cabra en vez de tratados de astrología prohibidos, pero nos quedamos con el rollo metafórico en el paladar y la ensoñación vagando por el alma.
Y por las mismas rutas por las que huían los libros de Lubna, han viajado también estos panes planos: de Marruecos al paratha indio o al roti canai malayo. El conocimiento, el contrabando y el pan compartían las mismas caravanas y los mismos secretos bien guardados entre pliegues.
Y las espinacas del relleno tampoco son casualidad: fueron los propios árabes quienes las trajeron a la península en el siglo XI, en el mismo cargamento de maravillas que la caña de azúcar, los cítricos o el arroz. Pues sea, y dejemos que sean ellas las que hoy se esconden -sin grandes fuegos, a salvo en una sartén al amor de la lumbre-, dentro de un m'semen en honor a una copista de la Córdoba califal. Me parece un gesto de justicia culinaria. ¿No crees?

Ingredientes:- 250gr. harina de trigo para todo uso
- 250gr. semolina italiana (tipo pizza)
- 1 cucharadita rasa de sal
- 1 cucharadita levadura química (polvos de hornear)
- 325ml. agua con gas
- 100ml. mezcla de aceite y mantequilla derretida (para untar)
- 300gr. espinacas frescas
- 200gr. queso fresco de cabra
- 100ml. crème fraîche
- 1 pizca nuez moscada molida
- 1 pizca pimienta negra molida
Preparación:- Mezcla la harina y la semolina con la sal, la levadura química y el agua con gas. Mi consejo es que lo hagas en un procesador de cocina o con ayuda de varillas eléctricas. En el procesador tendrás que amasar unos 3 minutos.
- Cada harina absorbe distinto, así que valora si necesitas más agua o, si queda muy hidratada, alargar el reposo. Tiene que quedar pegajosa pero manejable. Deja reposar la masa 5 minutos y vuelve a encender el procesador un momento para terminar de unificarla.
- Tapa la masa y déjala reposar a temperatura ambiente entre 1 y 1 y 1/2 horas, según la hidratación que haya quedado. Las masas más hidratadas, necesitan más descanso.
- Divide la masa en bolas de unos 50gr. y tras cubrirlas con film, déjalas reposar 30 minutos más.
- Para el relleno, escalda las espinacas al vapor un máximo de 3 minutos. Pícalas. Mezcla el queso fresco de cabra y la crème fraîche. Sazona con la nuez moscada y pimienta negra.
- Engrasa ligeramente la encimera y tus dedos con la mezcla de aceite y mantequilla derretida. Estira cada bola con las puntas de los dedos en movimientos circulares y rápidos hasta dejarla muy fina, mojando los dedos en aceite solo si lo necesitas.
- Reparte una cucharada del relleno y pliega en cuatro sin que se monten los bordes. Estira una segunda bola, coloca la pieza que tenemos plegada con el relleno y vuelve a plegar. Deja reposar los m'semen ya plegados unos 15 minutos antes de cocinarlos.
- Con ayuda de un rodillo (o de nuevo con los dedos mojados en aceite) estira el m'semen lo más finito que puedas.
- Lo cocina en sartén o plancha a fuego medio, hasta que doren por ambos lados.


