Stamppot de col con salchicha

En 1893, en Londres para más señas, un sonado juicio hace retumbar los cimientos del arte a costa de un supuesto Frans Hals que no era lo que tenía que ser. Un reputado marchante de arte londinense llamado Charles Wertheimer se hace con un cuadro que todo el mundo tiene por una obra maestra del famoso pintor barroco. La galería Thomas Agnew & Sons lo compra por una suma astronómica porque sabe que el Louvre está interesado en adquirirlo.

El cuadro pasa de manos y cuando los conservadores del Louvre se ponen a limpiar el barniz y la suciedad acumulada por el paso del tiempo, sobre la esquina donde figura la firma de Frans Hals, aparecen las letras "JL" entrelazadas con una estrella de ocho puntas. Ese monograma es la firma de Judith Leyster. Y se arma el belén.

Este escándalo, que se resolvería de aquella manera en los tribunales, deja en ridículo a los más renombrados expertos en arte de Europa, que llevaban décadas alabando la "fuerza puramente masculina" de un cuadro que, mira por dónde, lo pintó una mujerona de armas tomar. Ja, deja que me ría un rato antes de seguir. 

Pues eso, que una cosa lleva a la otra y en el aire quedó flotando la pregunta del millón: con este método ¿Cuántos pufos más les habían colado los falsificadores? Pues el historiador del arte holandés Cornelis Hofstede de Groot se huele el pastel y se imagina que lo mismo el caso del Louvre es solo la punta del iceberg.  Y vaya que sí. Se recorrió los museos más importantes del mundo buscando la JL y la estrella de Judith en los cuadros atribuidos a Frans Hals  -y otros tantos atribuidos como anónimos- y el follón ya fue mayúsculo.
De Groot en esta primera batida, encontró siete obras de Judith con la falsa firma de Hals. Él dejó el libro de instrucciones marcado y posteriormente se han llegado a identificar hasta 35 obras de la pintora de Haarlem. 14 firmados por Hals, otros cuantos por su esposo y el resto como anónimos, ya que cualquier cosa valía con tal de dar valor a un cuadro no por su destreza e impacto artístico sino por el valor del firmante. Siempre varón, por supuesto.

Pero vamos a hablar de Judith, que es a lo que he venido. Nació en 1609 en Haarlem, Países Bajos. Era la hija de un cervecero local -no es relevante pero mola un montón- y con 20 años pintó El tañedor de laúd, una obra rematadamente buena que siglos después fue requeteadmirada en el Rijksmuseum de Ámsterdam bajo la firma de Hals.

Con 24, ya era una jefaza. Y lo dejó claro al convertirse en maestra de pleno derecho en el gremio de San Lucas de Haarlem, una cofradía reservada a los hombres. No fue un regalo porque tuvo que ponerse farruca ya que, sin pertenecer al susodicho, no podía abrirse un taller ni vender su arte ni tener alumnos propios. Y mira por donde, tenía además de talento artístico una mano magistral para el negocio que floreció rápidamente haciéndole la competencia a sus colegas varones. Y el más eminente era, como no, Frans Hals.

Fueron maestro y discípula al principio de su carrera y se influyeron mutuamente, esa es la realidad. Pero un par de años después de que Judith se estableciera por su cuenta, tuvieron una enzarzada que terminó en los tribunales.  Hals le pirateó un alumno algo que el gremio no lo permitía y como el hombre, muy venido arriba, pensó que ella no iba a tener pinceles suficientes para denunciarle, pues la cosa se lio parda. Porque lo hizo y el gremio le dio la razón obligando a que el pintor más famoso de Haarlem tuviera que compensarla económicamente. 

No contenta, se las vio también con el propio gremio por las abusivas tasas que imponían a sus cofrades. Montó una huelga fiscal junto a otros artistas y se negó a pagar ni un florín hasta que no se bajaran del burro. Y lo consiguió. 

Un año después se casó con el también pintor Jan Miense Molenaer. Fusionaron los talleres y aquí es cuando el esposo empieza a acaparar la producción de piezas mientras ella se encarga del negocio. Y las cosas les fueron fenomenal pero a costa de que su obra quedara ensombrecida por la marca familiar de su marido.

Murió joven, con 50 años. El viudo enseguida empezó a tener problemas financieros porque -menuda casualidad- se quedó sin inspiración artística y comercial. Y sin cortarse ni una pizca, se adueñó de la obra de su difunta. Y a nadie le chirrió el asunto. Ni nadie fue consciente de que las piezas de Leyster habían desaparecido del mapa. Fue literalmente, borrada. 
Tras el bombazo del juicio en Londres, el espíritu de Judith sacudió el mercado del arte porque marchantes, coleccionistas y museos temblaban ante la eventualidad de que sus Hals fueran Leyster. También te digo que el revuelo fue solo de egos heridos porque no existió intención alguna de valorar a la artista como se merecía.  Ego y dinero. Eso fue todo.

Tuvo que pasar mucho tiempo aún para que, con el auge de los museos americanos en los años 20 y 30, el nombre de Judith Leyster empezara a cotizarse como rara avis, porque como apenas se habían recuperado unas 35 obras, tener un Leyster original se convirtió en un símbolo de estatus. Su valor de mercado se equiparó al de los grandes maestros del barroco. Algo de justicia, por fin.

La guinda; con motivo del centenario del escándalo del Louvre, el Rijksmuseum de Ámsterdam y la National Gallery de Washington organizaron su primera gran exposición monográfica. Y bingo: los precios se dispararon moviendo millones de euros en subastas del nivel de Christie's o Sotheby's.

Así que- permíteme la vulgaridad- Judith Leyster le ha hecho la peineta a todo quisque en el mundo de arte. Hasta después de muerta, se ha salido con la suya y por más que han querido silenciarla, ha dejado bien clarito que ella no se calla ni bajo tierra.
Ingredientes:
  • 1 cebolla muy picada
  • algo de ajo en polvo
  • 1/2 col cortada en tiras
  • caldo concentrado de verduras
  • sal y pimienta
  • 3-4 patatas grandes cocidas
  • 1 cda. de mantequilla
  • perejil picado
  • 1-2 salchichas ahumadas a la plancha

Preparación:
  1. Cuece las patatas peladas y cortadas en agua con sal.
  2. En una sartén grande, rehoga la cebolla cortada muy fina con un poco de aceite de oliva o mantequilla. 
  3. Añade la col cortada en tiras finas. Rehoga, salpimienta y añade algo de ajo en polvo. Agrega algo de caldo concentrado de verduras con un poquito de agua, tapa y deja que ablande a fuego medio-bajo.
  4. Mientras, machaca las patatas con la mantequilla y las añades a la col. Rectifica de sal y pimienta y añade algo de perejil picado.
  5. Sirve con salchicha ahumada a la plancha.

 
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