Buñuelos de a 10 céntimos
Luisa y sus compañeros acaban de publicar el que va a ser el último número del Frente Rojo en la redacción que comparten con La Vanguardia. Un grupo de unos cincuenta hombres armados irrumpen en el edificio: tienen aspecto de llevar tiempo escondidos, con la piel pálida de quien no ha visto la luz del sol en mucho tiempo. Con las galeradas aún frescas de tinta, los asaltantes lo destrozan todo a su paso. Son sacados a la calle y obligados a formar una línea contra la pared con los brazos en alto. Aún es noche cerrada y, a pesar de los uniformes de carabineros, nadie tiene dudas ante lo que está pasando: son hombres de la Quinta Columna que vienen a lo que vienen.
Los han separado en dos grupos y son empujados en direcciones distintas. Es el final, se dice Luisa. Les susurran que al que levante la cabeza, lo dejan frito. En cualquier caso, no quiere mirar a nadie para no perder la compostura. Si me van a fusilar, lo haré con estoicismo. Pero el cuerpo, que siempre va a lo suyo sin respetar dignidades, le tiembla de puro sin querer.
Sorprendentemente, Luisa Canés no es represaliada. No hay disparos y sin mediar aspavientos, es liberada al amanecer junto a sus colegas. El objetivo no eran ellos sino el de destrozar las rotativas. Ahora entienden sin lugar a dudas, que está todo perdido y ya no queda tiempo que perder. Es la hora del exilio.
De camino a La Junquera, continúan escribiendo y publicando por donde pueden. El viaje es infernal. La aviación italiana y alemana los castigan sin descanso. Saben de sobra que la población huye del horror que les espera. Son gentes que, a pesar de no ofrecer batalla, están siendo castigadas sin piedad. Por puro rencor, el más insano. Los ganadores aún no se han saciado de tanta sangre derramada. Luisa agradece que su hijo Ramón esté a salvo en París. Lo que está viendo en la retirada es atroz. Urge llegar a suelo francés.
¿Mi crimen? El de todos los buenos españoles: ser fiel al poder legítimo deSon recibidos -en la tierra de la liberté, égalité y fraternité- con el griterío de soldados senegaleses y algún gendarme. "Allez, allez", les instan. "Allez, allez". Por delante: alambradas, empujones, campos inmensos y helados, las playas de la vergüenza, el abandono total y absoluto en condiciones infrahumanas. Qué infame puede llegar a ser el destierro. Salvo por las bombas, poco se diferencian éstos de los que hay al otro lado de los Pirineos.
España. Durante dos años y medio mi pluma, como la de la mayoría de los escritores, ha defendido la legalidad republicana, ha exaltado el heroísmo inagotable del pueblo español: ha cumplido con su deber.
Ella tiene suerte y es trasladada, junto a más mujeres y niños, a Le Pouliguen -Bretaña francesa- cerca de Nantes. Afortunadamente, no es un campo de internamiento a la intemperie sino una colonia infantil de veraneo que ha sido reconvertida en centro de internamiento. Ella es la refugiada número 31. La incertidumbre por el futuro que les espera es asfixiante. Agentes de Franco rondan por estos centros tentando a algunas con volver. Se han enterado de una, madre de una niña de nueve, que aceptó volver a su pueblo en la promesa de ser bienvenida. Su hijo se había echado al monte y esperaban que bajo el reclamo de la madre, le darían caza. O bien el muchacho no cayó en la trampa, o bien no le llegó la noticia. Y al no serles de utilidad la mujer, la colgaron en la plaza del pueblo. Así es como perdona la nueva España.
Margarita Nelken, que también ha cruzado la frontera francesa pero con mejor estrella, trabaja sin descanso desde Perpiñán ofreciendo asistencia a los refugiados republicanos. Es un intento desesperado del gobierno de Negrín en el exilio por ayudar a sus compatriotas. Gracias a la legación mexicana en París y al gobierno de Cárdenas, se organizan visados, embarques y evacuaciones. De esta manera, Margarita se entera de que Luisa Carnés, la autora de Tea Rooms y Natacha, se encuentra recluida en Le Pouliguen. Con el apoyo del diplomático mexicano Gregorio Nivón, que tiene acogido desde hace un par de años a su hijo Ramón, consiguen agilizar su salida del centro y organizar el viaje rumbo a México.
¿Qué mal han hecho estas pobres criaturas? Por ahí se ven otros niños, incluso feos y deformados, con sus buenos trajecitos, sus juguetes, sus perros perfumados; y ellos mismos huelen tan bien… Esos niños van en su coche hasta la escuela, una escuela higiénica, con su hermoso jardín de recreo, su calefacción… En la escuela municipal hace frío, y el mal remunerado profesor sufre de hipocondría, que se esquiva contra los pobres niños. En la escuela municipal… ¿Dónde ha leído Matilde: «Vivimos en una sociedad podrida»? ¡Cállate, pensamiento!
Matilde los mira, al pasar, sin detenerse. Siente necesidad de comer. Las patatas «viudas» del mediodía se disolvieron hace rato en su estómago. La invade una suave laxitud, que afloja sus miembros. En su cartera de franela azul, entre un pañuelo y un pomo de perfume vacío, hay diez céntimos. En su cerebro, dos perspectivas: un buñuelo caliente o un viaje en tranvía hasta los Cuatro Caminos. «Buñuelos calientes, a 0,10.» El cartel es enorme, casi tanto como la Puerta del Sol. Sobre automóviles, tranvías, verdes y azules de lámparas lumínicas, sobre multitud: «Buñuelos calientes, a 0,10.» Lo ocupa todo. Y Matilde languidece de debilidad.Cuando leí en Tea Rooms la descripción de los buñuelos calientes de a 10 céntimos, enseguida me vino el recuerdo de mi abuelo Saturnino, que era un golosón de campeonato y los domingos que tocaba comprar buñuelos -los de viento que ya eran los únicos que se vendían en Madrid centro- siempre evocaba a los otros buñuelos, los de churrería, los de agua. Yo no los he llegado a conocer. Solo los tenía en el recuerdo heredado de mi abuelo.
Nota:
Querido lector, puede que creas que las dos veces que he resbalado sobre el apellido de Luisa ha sido cosa de mi dislexia, pero esta vez te he tendido una trampa. Y es que a Luisa, ni su propio nombre se le libró del descuido: en sus primeros cuentos publicados aparece impreso, por error, como "Canés" en una ocasión y como "Carrés" en otra. Así que si te ha sonado a fallo mío, por una vez y sin que sirva de precedente, ha sido de puro apropósito.
Ingredientes:
- 500gr. de harina de fuerza
- 350-400gr. de agua templada
- 1 chorrito de anís
- 1 par de pizcas de sal
- 1 y 1/4 sobre de levadura de panadero
- Abundante aceite para freír
- Sobre la consistencia: Es una masa muy hidratada y no admite amasado a mano porque no puede quedar manejable -dura- o el buñuelo quedará como pan frito. Vas a necesitar de un procesador o varillas y sin son eléctricas, mejor.
- Sobre el formado: como la masa va a estar muy blandita, vas a tener que trabajar los buñuelos con las manos bien engrasadas. Es fundamental trabajar rápido: bola, agujero y directo al aceite caliente. Es una masa difícil de manejar y hay que aceptarlo.
- Sobre el rebozado: siempre podrás hacerlo solo con azúcar pero si quieres que sean más ligeros y con un toque especial, muele junto 1 cucharada de azúcar por 2 de coco rallado y una pizca de canela. Si quieres más cantidad, dobla las proporciones.
- Sobre la levadura y el tiempo de levado: con la cantidad que te detallo, en una hora la masa estará lista. Si usas solo un sobre, deja que la masa leve 2 horas.
- Mezcla todos los ingredientes (empieza con menos cantidad de agua) y amasa unos 3 minutos. Deja que repose 5 minutos para ver como va absorbiendo la harina. La masa tiene que quedar muy manejable y pegajosa. Si ves que está un poco dura y uniforme, añade un poco más de agua y vuelve a amasar. Deja que leve 1 hora.
- Con las manos y la encimera engrasadas, haz bolas de masa de entre 60-80gr. dependiendo del tamaño que desees.
- Calienta el aceite a fuego medio alto y vas cogiendo una bola, le haces un agujero en el centro y al aceite. Rápido para que no se deformen.
- Una ve fritos, los rebozas en azúcar o en la mezcla de azúcar y coco molido. Y a comer sin que enfríen del todo.











