Pollo frito a la salsa Valentina, la leona de Norotal
Valentina Ramírez Avitia tenía 17 años cuando las tropas del General Ramón Iturbe pasaron por Norotal, Durango. La revolución contra el dictador Porfirio Díaz estaba en pleno apogeo y cientos de mexicanos se iban sumando a las tropas del General. A los soldados les acompañaban las llamadas soldaderas, mujeres humildes pero decididas que envueltas en sus rebozos y medio descalzas, con los chiquillos a cuestas, seguían a los soldados encargándose de lo doméstico además del cuidado de heridos y enfermos.Pero ella no quería ser soldadera. Había oído hablar de mujeres que habían tomado la carabina y luchaban como soldados en los ejércitos revolucionarios. En especial, se hablaba mucho de Clara de la Rocha, duranguense como ella que luchaba junto a su padre bajo las órdenes de Iturbe. Cuando su padre se dispuso a marcharse, la chiquilla no dudó en vestirse con la ropa de un hermano y se fue con él sin mirar atrás, sin tener en cuenta que dejaba tras de sí a una madre enferma a la que nunca más volvería a ver.
¿Y por qué Valentina tuvo que disfrazarse de varón cuando Clarita de la Rocha luchaba y mandaba tropas con el moño y sus faldas bien expuestas? Por lo de siempre. Siempre, siempre lo mismo. Valentina, chica joven sin casta ni dineros. Su padre, pobre y sin influencias. Eran desheredados, como tantos.
Por desgracia, ese padre que se cuidó de protegerla, para que nadie la tocara ni mancillara, murió pronto en la contienda. Así que Valentina tuvo que ganarse sola el respeto del ejército ya que, lamentablemente, las muchachas jóvenes y pobres solo servían de soldaderas o como "distracciones" para los revolucionarios.
Solo así, vestida de hombre, con ademanes, y voz, y lenguaje soez de hombretón, dejó claro que a ella ninguno le iba a tocar las trenzas sin jugarse el pellejo. Claro que no engañó a nadie con ese disfraz. Lo que sí dejó más claro que un chocolate con churros es que a ella se la respetaba por su valor en batalla y que si no le había temblado el pulso en mandar al infierno a los enemigos de la patria, pues qué no iba a hacer con un compadre cobarde y sin honor.
Y Valentina, sola en el mundo sin la protección del padre y familiarmente repudiada por descastada al no cuidar de la madre, continuó la lucha con mucha bravura. Tanto que tras la toma de Culiacán y en reconocimiento a sus méritos, fue ascendida a teniente. Por aquellos días pasaba lo que aún hoy pasa. Por lo de siempre. Siempre, siempre lo mismo. Y es que las mujeres ganaban mucho menos que los varones así que muchas, oficialmente en los papeles, aparecían con nombre de varón para poder cobrar lo merecido. De este modo, es como Valentina pasó a ser Juan Ramírez. Y a todos les pareció tan bien.
Y es que siempre lo mismo. Ya lo he dicho ¿verdad? Pues hay que decirlo más porque fueron muchas las valientes que lucharon por la revolución y que muy injustamente -dicen que porque dejaban en evidencia a muchos varones que no lograban igualarlas en inteligencia ni dones de mando- se las expulsó sin miramientos. Y eso fue lo que pasó con Valentina al poco de ser teniente. Los oficiales le iban con el cuento al general, de que sí era injusto; que sí ellas no tenían lugar en el ejército; que para lavar, coser y cocinar, pues como que sí. Pero para lo otro, como que no. Y el general la expulsó para quitarse problemas y que no le pusieran sus oficiales la cabeza como un bombo.
Aunque la leyenda de Valentina cuenta que se la expulsó del ejército porque vieron sus trenzas descubriéndose así que era mujer, a mí no me cuadra en absoluto. Lo sabían, vaya que sí. De hecho un periodista la fotografió pocos días antes de la toma de Culiacán y su foto -la de arriba- fue publicada con su nombre real.
Insisto, no era la única mujer luchando junto al general. Fueron muchas y las más desfavorecidas, tuvieron que vestirse de hombre por los mismos motivos que Valentina. Recuerda que Clarita de la Rocha, que llegó a coronela, luchó siempre vestida de mujer pero su padre y sus leales, ya se encargaban de que nadie le faltara el respeto a la doña. Pero ya ves que la revolución se deshizo de ellas rápido.
Se expulsó primero a las más pobres. A las que tenían padres y maridos en puestos altos, la cosa se complicaba pero estos lamentos y protestas fueron ya tan comunes, que el gobierno revolucionario, mediante una circular emitida el 18 de marzo de 1916, dictó que: "Se declaran nulos todos los nombramientos militares expedidos a favor de señoras y señoritas, cualesquiera que hayan sido los servicios que éstas hayan prestado". Y se las echó sin más quedando en el olvido por muchos años.
La etapa de revolucionaria le duró poco. Se alistó en 1910, luchó, perdió a su padre, fue ascendida en mayo de 1911 y licenciada en junio de ese mismo año con una mano delante y otra detrás. Y no pudo regresar a su tierra. Había sido repudiada como tantas otras, no pudiendo volver al hogar. Los hombres regresaban como héroes a la patria y ellas como traidoras de la familia.
¿Y qué podía hacer? Pues lo de siempre. Se casó con el Coronel Federico Cárdenas quien murió poco después. Se le ninguneó la pensión de viuda que ella tampoco peleó porque por aquel entonces, las pensiones se pedían entre llantos y pucheros mendigando a las autoridades. A las que tenían respaldo de los importantes, se les asignaba pensión. Las más pobres, podían coser y lavar para los oficiales. Y ella, no era de ese tipo de mujer. Así que volvió a quedarse con una mano delante y otra detrás porque el coronel parece que solo tenía deudas y, de haberlas tenido, la habrían embargado hasta las enaguas.
¿Y qué podía hacer? Pues lo de siempre. Volvió a contraer matrimonio, pero la cosa no fue bien. De hecho fue un desastre. Con la miseria pegada a la piel, Valentina parió a siete criaturas y solo llegó a adulta una niña, Rosa. El tequila, que ya no abandonó desde sus días de revolucionaria, no ayudaba en absoluto. Sola, con el fantasma de sus seis hijos en el alma, el ninguneo crónico de una sociedad que si eres pobre y mujer te niega la dignidad. Así, qué podía esperar de la vida.
¿Y qué podía hacer? Pues lo de siempre. Volvió a contraer matrimonio, pero la cosa no fue bien. De hecho fue un desastre. Con la miseria pegada a la piel, Valentina parió a siete criaturas y solo llegó a adulta una niña, Rosa. El tequila, que ya no abandonó desde sus días de revolucionaria, no ayudaba en absoluto. Sola, con el fantasma de sus seis hijos en el alma, el ninguneo crónico de una sociedad que si eres pobre y mujer te niega la dignidad. Así, qué podía esperar de la vida.
La vida, la misma que quiso que en 1936 volviera a ver al General Iturbe, en la puerta de una iglesia mientras ella mendigaba entre los feligreses. La reconoció -o ella a él- e intercedió por su situación ante la familia más adinerada de Navolato. Ella y su hija Rosa, pasaron a formar parte del ejército de sirvientes de la familia Redo y en esta ocasión, la rebeldía se la tuvo que tragar y trabajó en la casa como lavandera. Años después y tras la marcha de los Redo, Valentina volvió a quedarse sin un techo. El poco dinero que obtuvo de sus patrones, solo le llegó para construirse un pequeño jacal donde lavaba y planchaba ropa para ganarse la vida.
Supo que el gobierno, en un intento de recompensar a las revolucionarias, estaba concediendo pensiones a las veteranas así que en 1962 presentó su solicitud en la cual, ante la pregunta del motivo por el que causó baja en el ejército se leía "por ser mujer". Pero el gobierno, que no desaprovechaba la ocasión de torcerles el renglón a las solicitantes, no quiso recompensar económicamente a las que se hicieron pasar por hombres para cobrar las pagas. Y a pesar de su precariedad, se la reconoció como veterana pero sin derecho a pensión.
Como si no fueran suficientes las penurias de la leona de Norotal, como se la llegó a conocer, quiso la desgracia que sufriera un tremendo accidente: un coche la atropelló dejándola inválida e impedida. Dicen que Clarita de la Rocha no dejó de visitarla en todos estos años y tras el accidente, cuando el Ayuntamiento de Culiacán la internó en un asilo para indigentes, ayudó a la anciana a escaparse porque, según decía ella misma: "prefiero morir junto a mis perros que vivir prisionera".
Y así, recocida en un carácter endurecido, huraño y cuando el tequila apretaba, hasta violento de palabra, obra y omisión, Valentina malvivió diez años más, arrastrándose encima de una tablilla y mendigando, hasta que un incendio en su casa se la devoró. Dicen que siempre tenía una candela prendida junto a la Virgen de Guadalupe. Falleció el 4 de abril de 1979 y fue enterrada en el cementerio de Navolato en una fosa común.
Tras la noticia de su muerte, cronistas locales -como Espinosa de los Monteros y Nakayama- denunciaron con indignación el abandono tan brutal de la leona de Norotal, una heroína nacional que no mereció una vida tan ingrata y menos aún un entierro tan mísero. Y las autoridades, que no dan puntada sin hilo, organizaron un acto oficial durante el aniversario de la Revolución. Hicieron el paripé, le dieron un par de medallas a su hija Rosa como reconocimiento póstumo y mira, aquí paz y después, ya se sabe. Silencio.
La famosa salsa Valentina, según sus dueños, lleva el nombre en honor de la leona de Norotal aunque -típico mío- soy algo escéptica. Estoy segura de que, de ser cierto, la empresa no hubiera pasado por alto las penurias de sus últimos años. Lo que desconozco, es si esta marca inventó la leyenda de la heroína de largas trenzas que luchó con bravura y luego fue feliz como una perdiz o ya alguien antes lo había hecho.
Este giro de la historia -donde se borra por completo a la revolucionaria abandonada que murió quemada en un mísero jacal- que termina mercantilizando su identidad, montando esa historia en plan la Mulán revolucionaria, es como para dar que pensar. Por qué el público compra con tanta docilidad historietas patrias de sabor picante y agradable pero desoye sistemáticamente las amarguras de la realidad que reclama a gritos que se le devuelva el recuerdo y la dignidad a la Valentina de Norotal.
En cualquier caso, este reconocimiento ha sido el motivo por el que Valentina -y Juan- Ramírez han sido rescatados de esa historia revolucionaria mexicana que se olvidó de sus mujeres más bravas, valientes y comprometidas. Estos son los nombres de las heroínas de la revolución que he conseguido encontrar:
Juana Castro Vázquez, Josefa Pérez Navarro, Sofía Fernández de Lara, Rosa Padilla Camacho, Juana Brito Morales, María de la Luz Espinosa Barrera, Adoración Ocampo Sámano, Amelio/a Robles Ávila, María Encarnación Mares viuda de Cárdenas, Josefina Arce viuda de Gálvez, Victoria Becerra de Hernández, Clara de la Rocha, Marcela Torres Laguna, María Gutiérrez Guerrero, María Martínez viuda de Ganda, María Trinidad Ontiveros, Carmen Parra viuda de Alaniz, María Luisa Hernández, María Ortega Villagómez, María Asunción Villegas Torres, Mercedes Rodríguez Malpica, Petra Herrera, Ángela Jiménez, Rosa Bobadilla, Ramona R. Flores, María Quinteras de Meras, Sibyl Marston y Catalina Zapata Muñoz.
No se nos reconoció la igualdad jurídica hasta 1975, cuando entra en vigor la reforma al artículo 4° Constitucional. Sin embargo, en la 1ª Conferencia Mundial del Año Internacional de la Mujer, celebrada en México, se nos negó la posibilidad de representarnos a nosotras mismas cuando el entonces presidente, Luis Echeverría, designó a Pedro Ojeda Paullada como el embajador de las mujeres.Esta receta es un homenaje a las rebeldes mexicanas, no a la revolución que las despachó ni a los libertadores que las encerraron en el ostracismo, porque en el momento en que la revolución arrinconó a sus mujeres, la lucha quedó estéril, pobre y sin sentido.
Las mujeres hemos aportado de muchas diversas maneras a todos los movimientos que nos forjaron como nación, pero nuestra contribución ha sido excluida de la historia hasta casi desaparecerla.
Qué bueno que por lo menos el nombre de una se vea reflejado, aunque sea en una botella de salsa.
Maricruz Ocampo Guerrero.
La nación sigue teniendo una cuenta pendiente con ellas; 17.776 mujeres han sido asesinadas en cinco años y el 70% de las mexicanas han sufrido algún tipo de violencia a lo largo de su vida. Señores, ándense con cuidado porque el día que a estas señoras se les seque el agua del florero y se declaren en rebeldía, no va a haber salsa picante que las detenga.
Ingredientes para 2 raciones:
- 2-3 pechugas de pollo
- 1 chorrito de salsa Worcestershire
- 1 buen chorro de salsa Valentina
- 1 cdta. de sirope de agave
- sal y pimienta
- 1 huevo
- 2 dientes de ajo o ajo en polvo
- 3-4 cdas. de harina de maíz
- algo de agua (ver notas)
- 1 cdta. de pimentón
- 1/2 cdta. de comino molido
- 1/2 cdta. de orégano
- Aceite abundante para freír
Notas:
- Las harinas no absorben todas por igual así que posiblemente, para conseguir esa consistencia espesa pero manejable del rebozado, vas a tener que ponerle 1 ó 2 cucharadas de agua. Si te queda muy líquido, al revés, añade algo más de harina. El plan es conseguir una masa contundente pero que se deja impregnar con facilidad en el pollo.
- Serví las tiras de pollo con un arroz blanco que cocí con 1/2 cebolla y un diente de ajo entero que luego retiré. Al agua de cocer el arroz, le añadí además un poco de sazonador y el zumo de medio limón.
- Preparé también una picada de tomate, aguacate, jalapeño y cebolla que aliñé con sal, limón y un poco del caldo del bote de los jalapeños escabechados.
- La salsa, es mi salsa dip con valentina que tienes la receta aquí.
Preparación:
- Corta el pollo en tiras y sal pimienta.
- En un plato, mezcla la harina con las especias, el ajo machacado o en polvo, el huevo y las salsas. Aclara con agua o si lo necesitas, espesa con un poco más harina tal y como te he contado en las notas. Mezcla esta masa con el pollo marinado.
- Calienta el aceite y vas friendo las tiras de pollo a fuego medio-alto.












