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Galletas con sombrero de merengue y grosellas

junio 28, 2026
Estamos en 1919 en el humilde barrio de Las Ventas en Madrid, donde se acaba de inaugurar la Casa de los Niños de España. Es la primera guardería laica del país y pretende acoger a los hijos de aquellas mujeres trabajadoras que se ven obligadas a dejarlos solos en las chabolas mientras ellas intentan ganar unas cuantas pesetas trabajando de sirvientas, lavanderas u obreras en fábricas de tabaco y textiles mayormente.

Margarita Nelken está detrás de este proyecto. Ha logrado reunir apoyos internacionales y con mucho esfuerzo, a algún benefactor patrio. Pero las señoras de bien ponen el grito en el cielo y el clero, que para estas cosas es muy peleón, las ayuda a cerrar este centro de pecado para mujeres impías que no merecen caridad alguna. Porque esta Casa de los Niños, no solo no está gobernada por monjas sino que, para más inri, admiten a hijos de madres solteras como quien no quiere la cosa.

Así que acosan en pandilla al principal mecenas para que chantajee a Margarita: o echas al personal laico y metes monjas que aporten algo de respetabilidad o te quedas sin fondos. Pero es que ella, no es nada corriente; no es una charlatana de discurso facilón, al contrario, es mujer de palabra porque, además de tener principios, es fiel a ellos. No los va a romper y eso lo complica todo. Dice que nanay, que ni hablar del peluquín. Que o todas o ninguna. Que España tiene derecho a ser laica. Y la guardería cerró. 
Aquí [en España] resulta ridículo para muchos el trabajo de una mujer; pero a todo el mundo le parece natural la posición de una mujer dependiendo por completo del trabajo, no ya de un padre o de un marido, sino de un hermano, de un tío o de cualquier deudo masculino [...] De ahí también la desconsideración de un marido que sabe muy bien que, pase lo que pase, su mujer habrá de aguantar todas las humillaciones y todas las afrentas, ya que apartándose de su esposo no
podría ni comer.
Este primer gran golpe Margarita lo encajó como pudo. Se ató los machos, se caló el sombrero y siguió luchando por ellas, consciente -por activa y por pasiva- de que el adoctrinamiento y el asfixiante poder de la Iglesia eran el pilar del machismo pandémico que no quería -o no podía- separar sociedad, estado y religión, motivo principal por el que España se estaba quedando atrás respecto al resto de Europa, que avanzaba con más determinación en materias como la educación y la formación profesional e intelectual.

Como ya estarás imaginándote, Margarita fue una mujer excepcional con muchos talentos que supo aprovechar a las mil maravillas. Sus padres eran judíos extranjeros -algo que muchos no le perdonaron y se lo echaban en cara día sí y día también-, lo que le permitió tener tres lenguas madres: español, francés y alemán. Y si bien había ese empeño nacional por silenciarla, en el extranjero era muy valorada y su red de contactos no paraba de crecer. Fue crítica de arte de primera fila, escribía como los ángeles, fue diputada en las tres legislaturas de la República, una oradora brillante y de las primeras en escribir tratados feministas como La condición social de la mujer en España.

Peleó con destreza las condiciones laborales de las obreras y de las jornaleras en los campos. Las organizó y asesoró para que no se amedrentaran con el fin de hacer frente a las injustas condiciones laborales y los sueldos de miseria. Para la dictadura de Primo de Rivera fue una agitadora radical; para la buena sociedad, una judía sin sentido de la decencia que, en lugar de emplear su talento en causas nobles, prefirió ponerse un mono de trabajo y salir a montar ruido con las obreras más rudas y fanáticas de todo Madrid.

Para las sufragistas también era incómoda a rabiar: en las Cortes de 1931, cuando se debatió el derecho al voto de las mujeres, Margarita Nelken votó en contra de conceder el voto femenino en ese momento, alineándose con Victoria Kent y enfrentándose a Clara Campoamor. Ella decía: "Primero eduquemos y liberemos las conciencias de las mujeres de las garras del clero, y luego démosles el voto". Este principio es el mismo que defendió Matilda Joslyn Gage porque, con buen criterio a mi entender, de qué vale dar el voto si la mujer seguía adoctrinada, sin tener las herramientas necesarias para desplegar sus propias opiniones y ejercer con libertad su capacidad de decidir.
No hay una sola mujer española, católica practicante, es decir, una sola mujer que se confiese, que no haya sido interrogada por su confesor acerca de sus ideas políticas y acerca de la inclinación que ha de darles y que ha de procurar dar a las de cuantos la rodean.
Así que la tacharon de traidora, disidente e incendiaria. Como ves, fue perseguida y señalada por todos pero aún así, siguió fiel a sí misma. Margarita, en cualquier caso, se convirtió en la punta de lanza de la generación del 27 femenina -Las Sinsombrero- hablando de ellas en sus ponencias, escribiendo sobre sus talentos y colocándolas en el punto de mira de la vanguardia española que parecía ser solo un movimiento de hombres. 

¿Que por qué Las Sinsombrero? Por una broma de unas cuantas que estando en la Puerta del Sol, decidieron quitarse el sombrero para "liberar las ideas" y, como ir con la cabeza descubierta era una provocación social inaceptable, la cosa acabó a pedradas. Y en lugar de salir escarmentadas, se vinieron arriba y todas las jóvenes poetas o artistas optaron también por airear sus pensamientos.
Llegó la guerra civil y, tal y como se planteaba el conflicto, decidió dejar el partido socialista y afiliarse al comunista porque pensó que eran los únicos con la disciplina militar necesaria para frenar a los golpistas en España y al fascismo en el resto de Europa.

En 1939, con el fin de la guerra, miles de republicanos cruzaron la frontera hacia Francia en la Retirada, quedando atrapados en las playas de la vergüenza: los campos de concentración franceses improvisados en arenales como Argelès-sur-Mer, donde terminaron hacinados en condiciones deplorables de frío, sarna y hambre. Se les abandonó a su suerte en la esperanza de que quisieran volver a España por su propia voluntad. Incluso se les aseguraba que podían volver, que Franco les había perdonado. Los más desesperados o ingenuos que optaron por regresar, ya se sabe la suerte que corrieron.

Y aquí volvió a demostrar su gran valía. Podía haberse marchado sin mirar atrás pero no lo hizo. Se quedó con la firme idea de salvar a sus compatriotas. No hay una cifra oficial exacta porque gran parte de su labor se hizo en la clandestinidad pero Margarita organizó una auténtica red internacional para lograr la fuga y el rescate de cientos de refugiados. Utilizó todos sus contactos e influencias en México y Europa para sacar de esas playas a intelectuales, obreros, mujeres y niños. Siempre que le era posible les conseguía pasaportes, organizaba barcos rumbo a América y, a aquellos que no conseguía liberar, les enviaba dinero y ropa.

Fue así como, tras enterarse de que la escritora Luisa Carnés estaba atrapada en una de esas playas, Margarita intercedió directamente ante las autoridades francesas para sacarla de aquel infierno, lograr reunirla con su hijo y conseguirles a ambos pasajes y visados para el barco que los llevaría a México.
Pero estalla la Segunda Guerra Mundial y ella misma tiene que exiliarse. Lo hace sin sus hijos, Santiago y Magda, que se alistan al Ejército Rojo para luchar contra el fascismo. Margarita, ya en México, deja de recibir correspondencia. Desesperada, empieza a exigir respuestas a los dirigentes del PCE exiliados -como Vicente Uribe o Dolores Ibárruri-, pero la respuesta es fría y desalmada. Una y otra vez recurren al "no sabemos nada, hay cosas más importantes en la guerra que tus hijos".

Margarita, asqueada por la sumisión ciega que le exigen, se rompe por completo y critica abiertamente el autoritarismo del partido. Para la cúpula, de corte estalinista de arriba a abajo, una intelectual que piensa por sí misma y encima se atreve a exigir explicaciones es intolerable. La disidencia se castiga con dureza. La acusan de indisciplina y la expulsan fulminantemente.

Sus antiguos camaradas le dieron la espalda de la noche a la mañana porque interceder por ella habría significado caer también en desgracia; apoyar a un expulsado equivalía a ser un traidor. Vertieron sobre ella infundios deplorables para minar su credibilidad intelectual y política. Y nadie pestañeó, cuando por muchos de ellos Margarita había movido cielo y tierra para ponerlos a salvo en México.

Pero la gran mezquindad del partido no fue echarla; fue cerrarle los canales de comunicación con Moscú, dejándola completamente a ciegas mientras su hijo se desangraba en el frente. No tuvo confirmación de su muerte hasta el final de la guerra. Mayor dolor y mayor traición no existe.

Yo me quito el sombrero ante ella, y no para airear mis ideas; lo hago para liberar mi respeto y admiración por una mujer tan íntegra y comprometida que, como suele pasar, a la hora de la verdad nadie fue capaz de estar a su altura. Estas galletas no usan sombreros atrapaideas; son pequeños merengues para arropar los sinsabores de la vida.
Ingredientes:
Para unas 20 galletas:
  • 150gr. de harina repostera
  • 1/2 cucharadita de cremor tártaro
  • 50gr. de Maizena
  • 50gr. de azúcar glas
  • 50gr. de azúcar o eritritol
  • Ralladura de medio limón
  • 1 yema
  • 2 cucharaditas de jugo de limón
  • 100gr. de mantequilla blanda

Para el merengue (por cada clara de huevo grande):
  • 1 clara
  • 60gr. de azúcar 
  • 1 cucharadita de Maizena
  • 75-100gr. de grosella roja

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 160-170ºC.
  2. En un blog mezcla las harinas, el cremor, los azúcares y la ralladura. Añade después la yema, la mantequilla y el jugo de limón.  Mezcla con las manos y forma la masa. Deja que descanse 30 minutos en la nevera.
  3. Extiende en la encimera ligeramente enharinada la masa con el rodillo. Con un corta galletas redondo de unos  5-6cm ve cortando la masa que tendrá unos 3 milímetros de espesor (a ojo).
  4. Las colocas en la placa de horno con papel de hornear y hornea entre 10-12 minutos. No tienen que estar hechas del todo cuando las saques.
  5. Mientras monta las claras (yo usé tres pero eso depende de cuanto sombrero le quieres poner) con el azúcar y la maicena. Recuerda que las cantidades que te he dado son por casa clara. Cuando esté bien firme y montado el merengue, mezcla las grosellas.
  6. Pon una generosa capa de merengue sobre las galletas con ayuda de una cucharita. Puedes ponerle unas grosellas extras por encima si lo deseas.
  7. Baja el horno a 150ºC y hornea otros 6 a 10 minutos. No queremos que coja demasiado color pero sí que le de tiempo a que el merengue se seque un poco.

Mantequilla rústica de hierbas y queso

junio 26, 2026
Un periódico de Zúrich fechado el 9 de febrero de 1782, anuncia que desde el cantón de Glaris, se pagarán cien coronas -el salario de cinco o seis años de una sirvienta - por cualquier información que ayude a detener a Anna Göldi, una malvada bruja que intentó matar a una de las hijas de un respetado doctor de la ciudad.

Dieron caza a la hechicera y la ajusticiaron con brutalidad. Pero se lo merecía porque entre la garrucha y otros tormentos, confesó que se comunicaba con el demonio a través de un gato negro quien le prometió riquezas y protección si ella accedía a cumplir sus órdenes, que no eran otras que las de dañar a la familia del doctor Tschudi. Estas son las cosas que tenía el diablo en aquellos tiempos; con la de maldades en masa que podía acometer, desplegaba todo su poder en hacer daño a una familia cristiana de alto copete. 

Y mientras el juicio avanzaba, el pueblo estaba algo dividido: por un lado, una multitud -desatada y encantada porque en el aburrido y lánguido Glaris por fin pasaba algo emocionante- jaleaba triunfante la victoria del bien sobre el mal; por el otro, una clase media ilustrada seguía horrorizada la pantomima del proceso. De este rescoldo social, gracias al funcionario judicial Johann Melchior Kubli y el periodista alemán Lehmann, hoy podemos saber los detalles de este disparate tan macabro.

Y es que a Lehmann no le dio la gana morderse la lengua y contó lo que estaba pasando. Cuando el caso de brujería se conoció fuera de los valles del cantón, la respuesta internacional fue unánime: los tildaron de bárbaros, paletos cerrados y fanáticos retrógrados. Y cuando intentaron manipular las actas y el veredicto del juico para blanquear las atrocidades y sinsentidos en la corte de Glaris, Johann Melchior Kubli tampoco quiso mantenerse al margen y se la jugó haciendo una copia completa que filtró a la prensa extranjera. Así que si hoy podemos reconstruir lo que allí aconteció, -frustrando el intento de silenciado- fue gracias a él. Bravo Herr Kubli. 
Hablemos de ella: Anna Göldi fue una mujer pobre y algo alocada que tomó malas decisiones en su juventud. Se enamoró de un soldado que la preñó y nunca regresó. La noche que parió a la criatura, ésta murió. Fue acusada de matar a su bebé aunque ella mantuvo que se quedó dormida y le asfixió por error. Nunca lo sabremos. Si bien es cierto que los accidentes o una muerte súbita pueden ocurrir, también sabemos que algunas mujeres desesperadas que alumbran sin desearlo, sin medios ni protección con el estigma social acuestas, pues optan por silenciar a sus criaturas. Por mi parte, ni juzgo ni justifico. Mi condición de madre me impide pensar que algo así pueda cometerse pero yo nunca he sufrido ni miseria, abandono ni desesperación. 

Pero a Anna le volvió a pasar. Se enamoró perdidamente de un señor de familia fina con quien mantuvo un largo romance. Un príncipe azul que le prometería protección y seguridades -o eso le pareció a ella- pero en cuanto se quedó de nuevo preñada la echó de mala manera. Quedó otra vez perdida y desprotegida en la más terrible de las miserias. En esta ocasión, al nacer la criatura la dio en adopción. 

Y este fue el legajo con el que Anna Göldi tuvo que vivir: siendo escoria de la naturaleza por ser pobre y desarrapada. Escoria social por matar y deshacerse de sus hijos. Escoria pecaminosa por ser descendiente de Eva y del pecado original. Por ser un instrumento del diablo, libidinoso y de insaciable lujuria, que seducía hombres para destruir sus almas. Un ser frágil tratado como escoria sin derecho a ser apreciada, respetada ni protegida. No creo que nunca conociera la compasión. Y así ya me dirás tú. Debió de echar un carácter endemoniado, no digo que no, pero quién no le cogería manía al mundo en su lugar. 

Por tanto, cuando llegó a casa del Dr. Tschudi para servir -lo que llevaba haciendo desde niña- Anna tenía cuarentaitantos años de sinsabores y duras jornadas a cuestas, porque la servidumbre no tenía derecho a descansar o a solicitar cargas más ligeras al llegar a cierta edad. Qué barbaridad, querer terminar sus días con algo de paz. ¡A quién se le ocurre! . 

Tampoco me cuesta demasiado imaginarme la amargura y rencor que su alma llegó a albergar. ¿Qué dios condena a sus hijos a padecer miserias para que unos pocos ricos vivan mejor? No voy a mentirte. Nadie sabemos de la vida de Anna antes del proceso y los que han convertido su vida en una novela rosa, mienten. O especulan o desean ver belleza y bondad donde el sentido común nos dice que no hubo. Pero por algún retorcido motivo, sentimos la necesidad de endulzar a las víctimas en nobleza y hermosura para que su causa sea más injusta e indignante. Además ¿Cómo podríamos si no saber reconocer su inocencia? 
Anna Göldin, de la comunidad de Sennwald, perteneciente a la bailía alta de Sax y Forstek, territorio de Zúrich, de unos 40 años de edad, de complexión gruesa y de gran estatura, rostro pleno y rojizo, cabello y cejas negros, tiene ojos grises algo enfermizos, que en su mayoría parecen rojizos, su mirada es abatida, y habla con su pronunciación de Sennwald..
En el bando de su búsqueda no hay una sola palabra sobre belleza. Al contrario: ojos enfermizos, mirada abatida, una mujer de cuerpo grueso. Sus defensores afirman que esa descripción está manipulada apropósito para que pareciera más bruja. Yo en cambio, leo la descripción fría e impersonal de alguien que busca un objeto perdido o a un animal doméstico que se ha escapado. Yo, sinceramente, no veo a una malvada de cuento.

De Johann Jakob Tschudi no te voy a contar demasiado porque su vida es la de tantos, cortados todos por el mismo patrón: además de médico fue también juez y pertenecía a una de las familias más influyentes del cantón. Soberbio, altanero y necio. Vivía convencido que su poder residía en su superioridad moral y no en esa perversa capacidad de castigar con desmedida a quien le fuera molesto. 

Y Anna cruzó esa línea invisible que la servidumbre nunca debe traspasar porque los señores no toleran ni ingratitud ni grosería. Le reclamó parte del salario que ella entendió que no se le estaba remunerando. Hubo fricción y es posible que la sirvienta insistiera con cierto descaro en lugar de pedir perdón y agachar la cabeza, como era lo de esperar. Anna se encaró. Y podría haberla puesto de patitas en la calle con un par de palos de regalo pero no. Pasó algo que desató la ira del fulano.
Una mañana, una de las hijas de Herr Tschudi encontró una aguja en su vaso de leche. La señalaron de inmediato. No hacía falta investigar o abrigar la posibilidad de un accidente fortuito; no, simplemente la declararon culpable porque ya había demostrado su mal talante e ingratitud. Y el doctor encolerizó. Se sugirió que fuera corrida de la ciudad de mala manera pero para este señor eso no era suficiente castigo. Iba a enterarse esa muerta de hambre quien manda en esos lares. 

Huyó consciente del peligro que corría. Un cerrajero llamado Steinmüller y su esposa la cobijaron unos días en su casa mientras organizaba la mejor forma de huir sin ser vista. Lo consiguió. Pero el juez no estaba contento en absoluto e hizo valer su poder; dieciocho días después, supuestamente la niña tuvo convulsiones y se afirmó que vomitaba alfileres. Ya no había duda alguna: se la acusó de ejercer la brujería a distancia. 

Cuando se dictó el bando de su captura, Herr Steinmüller sintió que debía advertirla del peligro y le escribió una nota que, entre otras cosas, decía: "os advierto como hombre de honor, cuidaos bien de no caer en desgracia". Y la desgracia, que es contagiosa, cayó sobre él porque interceptaron la carta y el tribunal capitaneado por el doctor, lo arrestó acusándole de ser el "mago proveedor", el que suministraba a Anna las agujas mágicas pactadas con el diablo. Poco después, encontraron a Anna y se inició la fase de instrucción del caso: los interrogatorios. Es decir, el suplicio. A ambos.

El no va más en tortura era la garrucha. Le ataron las manos a la espalda con una soga unida a una polea en el techo. Se tiraba de la cuerda hasta elevar el cuerpo desplomado que era sostenido por las articulaciones de los hombros que colgaban hacia atrás. Se le interrogaba así durante horas, con los hombros desencajados y para animar a la bruja a confesar, se aflojaba de golpe la cuerda para que el cuerpo se precipitara en el aire y antes de tocar el suelo, se volvía a tensar la maroma. El dolor era infinito y la pobre Anna suplicaba que le ayudaran a confesar porque nada de lo que decía parecía que les encajaba a sus eminencias. 

Cuando a Anna le inundaba la rabia y gritaba con desesperación su inocencia, le ataban piedras en los tobillos. El dolor era indescriptible; no creo que debamos insistir en ello. El pobre Herr Steinmüller corrió la misma suerte. En un descuido de sus carceleros, se colgó en su celda. Anna, colapsada por el dolor, comenzó a recitar retahílas de clichés absurdos como lo del gato negro, el pacto con el demonio, que odiaba a la niña y que mató al Presidente John F. Kennedy.

Y como ya había confesado, ya estaba demostrado que era una bruja de manual. Pero algunos de los jueces del consejo tenían reparos porque la prensa estaba montando mucho ruido y sentían presiones de otros cantones. Además, la brujería ya no era un delito, no se la podía quemar ni decapitar por ello. Había que encontrar otro cargo que fuera más razonable. Envenenamiento. Sí, podría encajar si no fuera porque no estaba castigado con la muerte. Les dio igual y tiraron para adelante.

El 6 de junio el consejo llegó a su veredicto. Treinta y dos hombres votaron que Anna Göldi muriera decapitada por el cargo de envenenamiento. Treinta votaron en contra, no sabemos si por compasión, por dudas sobre su culpabilidad o por el simple cálculo político de evitar el escándalo internacional que se les venía encima. Solo dos votos. Esa fue la diferencia entre la vida y la muerte de Anna. Y  lamentablemente no fue la última. Aún quedaban hogueras por encender en Polonia.

Así de fácil era condenar, torturar y matar a una inocente. Acusar a la mujer de bruja siempre ha funcionado. Matilda lo denunció en su libro Woman, Church, and State. Así de fácil era silenciar a las mujeres molestas por sus conocimientos, su influencia o simplemente para calmar la rabia y el despotismo de un líder local que no toleraba la insolencia. A las brujas no solo las han matado para castigarlas; se ha pretendido extirpar su voz, su desacato y su ímpetu de la faz de la tierra. La pira, la horca o el hacha son el punto final que religión y estado han impuesto a lo largo de los siglos  para que nadie, nunca más, escuche lo que ellas tenían que decir.

En el Estadio Ghazi de Kabul durante el anterior régimen talibán, las mujeres acusadas de lo que fuera eran arrojadas desde un trampolín a una piscina vacía. Lo llamaban el juicio de Alá: las inocentes dios las salvaría; las culpables morirían. Se escucha que este tipo de juicios vuelven a estar de moda.
Ingredientes:
  • 500ml. de nata fresca para montar (tiene que ser fresca)
  • 100gr. de queso curado de montaña (o pecorino o parmesano)
  • 1 buen puñado de hierbas frescas a tu gusto 
  • Sal y pimienta


Preparación:
  1. Para montar la mantequilla; bate la nata con unas varillas eléctricas hasta que hagas nata y sigue y sigue hasta que veas que va apareciendo un líquido blanco y la mantequilla coge algo de color amarillento. Lo cuelas sin tirar el líquido blanco.  Este suero lo puedes usar mezclar con yogur y tendrás algo muy parecido al buttermilk, fantástico para hacer desde bizcochos a aderezos para ensaladas. 
  2. Ralla el queso y se lo añades a la mantequilla.
  3. Corta en fino las hierbas y las añades a la mantequilla con algo de sal y pimienta. Mezcla y reserva en la nevera para que coja cuerpo.

Nougatknödel o pelotas de sémola y nougat

junio 15, 2026
Querido lector, lectora o lectore. No voy a perder tiempo en gramáticas varias porque no merece la pena. Ya sabes, a buen entendedor y sobre todo sin recelos. Lo que sí -pero sí que sí-, es hacer esta denuncia de género que me está agriando las entrañas. No es una guerra contra la masculinidad. No es guerra, insisto. Ni confrontación. Ni un pulso a ver quién es más listo. Es denuncia, con pruebas, con hechos -irrefutables y demostrados- y sobre todo, es dejar a las claras la desfachatez que hay alrededor de las Matildas.

Porque, aunque con mucha lucha y empeño, han conseguido que se les reconozcan sus logros, la comunidad científica ha ninguneado sistemáticamente "las consecuencias" -o algo parecido-, de aquellos científicos varones que se apropiaron sus logros. Ninguno de ellos, por descarada que haya sido su apropiación, ha sido cuestionado. No ha habido Knödel suficientes -ni con nougat ni con pepinillos en vinagre- para poner en duda el honor científico de estos señores.
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Y es que de una forma u otra, todos son culpables. Hasta las mosquitas muertas que alegan "ignorancia". Venga hombre. ¿Qué investigador que se precie, que sus conocimientos puedan ser tenidos en cuenta, no ha leído el trabajo de sus colegas o ha hablado de ello con otros científicos? Eso se llama progreso y por eso había sociedades científicas. Y así es como ha avanzado la ciencia. Dicho de otra forma: un científico deja un trabajo en un punto y llega otro y sigue trabajando en ello y luego otro y tal. Por lo tanto, menos lobos caperucita.

Mira lo que son las cosas: estaba yo aprendiéndome la vida, obra y milagros de la Matilda Marthe Gautier, cuyo robo tiene traca como pasa con todas pero ella sangra especialmente más porque es contemporánea, porque no podemos caer en la condescendencia de "Ay, es que en aquellos tiempos la sociedad era así". No, no. Marthe es de los tiempos donde la mujer se echa a la calle día sí y día también a denunciar y denunciar y denunciar. Es de los tiempos en los que las constituciones europeas dicen que todos somos iguales y tenemos los mismos derechos y bla, bla, y bla.

¿Por dónde iba? Ah, sí, estaba yo leyendo en la Wikipedia el caso Marthe Gautier donde se describe de forma correcta el ninguneo y acoso que recibió por parte de Jérôme Lejeune, cuando hago clic en la vida de este impostor y no te lo pierdas: en un mismo sitio, la Wiki, se juega a dos bandas y sin pudor alguno le atribuyen al Lejeune el hallazgo de Marthe diciendo textualmente que "Jérôme Lejeune fue el protagonista y motor del descubrimiento". Toma ya. Y la lista de premios y reconocimientos es tremenda. Y encima se inició un proceso de beatificación y canonización. ¿Puede haber una arrogancia y un ego más enfermo?

Indignación. Pero aún hay más. Repasando mis Matildas, mira en qué lugar han quedado sus impostores.
Los impostores

Alice Ball y Arthur L. Dean. Él, presidente de la Universidad de Hawái y químico. Ella descubrió el primer tratamiento efectivo contra la lepra. Su impostor, quien le roba el trabajo después de muerta, es un héroe institucional en Hawái y el edificio principal de la universidad lleva su nombre.

Elena Gallego y los jefes de Estaciones Agronómicas de la Dictadura. Ellos, qué más decir. Ella realizó la labor titánica de seleccionar las variedades de semillas más resistentes y productivas de alubias y guisantes, las legumbres del pobre. Su trabajo evitó hambrunas mayores. Ellos, héroes nacionales. De ella no tenemos ni su rostro. No está en Wikipedia.

Eunice Newton y John Tyndall. Él, influyente físico irlandés de la Royal Institution de Londres. Ella,  descubrió el efecto invernadero en 1856, tres años antes que él. Mutiló el rastro de la estadounidense en Europa y barrió su memoria bajo la alfombra de la ciencia victoriana. Da nombre a institutos del cambio climático, cráteres lunares, glaciares y cordilleras enteras.

Ida Noddack, Enrico Fermi y Emilio Segrè. Ellos, vacas sagradas de la física nuclear. Ella dejó escrito, bien clarito, que el Fermi y su equipo (incluido Segrè) no tenían razón y al corregirles describió la fisión nuclear antes que nadie en el mundo. Dijeron que su fisión nuclear era una "especulación absurda" pero se apropiaron de su principio.  Fermi está considerado el "arquitecto de la era nuclear". Segrè fue premiado con el Nobel en 1959.

Mary Agnes Chase y Charles Vancouver Piper. Él, botánico jefe del Departamento de Agricultura de EE. UU. Ella fue la mayor experta en gramíneas del mundo, pero por ser mujer y activista sufragista, el USDA le prohibía viajar con fondos públicos. Tipos como Piper y otros jefes del departamento firmaban los manuales de agricultura y mapas botánicos utilizando los miles de especímenes descubiertos por Mary Agnes. Piper es considerado el "padre del césped moderno" y tiene variedades de plantas bautizadas en su honor.

Nettie Stevens y Thomas Hunt Morgan. Él, genetista estadounidense de la Universidad de Columbia. Ella descubrió que el sexo de un organismo depende de los cromosomas (el sistema X e Y) y él, que era su supervisor, publicó un artículo paralelo robando los resultados de Nettie. El mundo científico le atribuyó el descubrimiento a él. Ganó un Nobel de Medicina en 1933 y se le conoce como el padre de la genética moderna.

¿Ves? Pues no son las únicas. Cuanto más escarbo, más caspa sale: Rosalind Franklin y Maurice Wilkins; Lise Meitner y Otto Hahn, el Nobel que además de "olvidarse" de su socia de toda la vida, también ninguneó a Ida Noddack; Jocelyn Bell Burnell y Anthony Hewish; June Almeida y sus colegas del Common Cold Research Centre; Katalin Karikó y la Universidad de Pensilvania... y espera que  saldrán más, de eso estoy segura.

Y si aún te quedan dudas de mi denuncia, de mi teoría de que ningunear Matildas sale gratis, te cuento casos cambiando de sexo. Varón contra varón, a ver como salieron las cosas:

Newton contra Leibniz a causa de un cálculo matemático. El Isaac se puso muy folclórico porque culpó al Gottfried de haber espiado en sus notas y le robó el tinglado. La cosa no estaba nada clara pero el Newton, que era el presidente de la Royal Society, montó un comité formado por amiguetes para acusar a Leibniz de ladrón. Nunca quedó claro el robo pero el Leibniz se la cargó.

Otro. Robert Gallo contra Luc Montagnier. En la década de 1980, Luc Montagnier -del Instituto Pasteur- aisló el virus del SIDA y le envió muestras al estadounidense Robert Gallo. Éste, por sus bemoles, publicó el hallazgo dando a entender que era propio, atribuyéndose el mérito. Se lió parda. Tuvieron que intervenir los presidentes de  Francia y EE.UU. para firmar un tratado internacional y repartirse los beneficios a medias. El laboratorio de Gallo fue investigado por fraude. Robert Gallo se quedó castigado y sin Premio Nobel.

Y otro más. Urban Le Verrier contra John Couch Adams a costa del planeta Neptuno. Le Verrier se apuntó el tanto y se volvió a liar parda. De nuevo crisis diplomática entre franceses y británicos. Solución salomónica. Ambos son codescubridores oficiales.
¿Ves lo que yo veo? cuando el afectado es varón tiene voz y puede hacer ruido para defenderse. Las instituciones de su país, hasta los cuerpos diplomáticos, sacan los dientes por él en la obligación de defender el orgullo patrio. Algunos se juegan premios Nobles y se ven obligados a litigar por su honor y cosas peores.

En cambio, a las Matildas, la comunidad científica aplicó -aplica- la ley del silencio. Sin presencia en academias, ni derecho a voto, ni redes de influencia, ni siquiera sitio en universidades; a tipos como Arthur Dean o Jérôme Lejeune les bastó con cerrar la puerta del laboratorio, poner su nombre con luces de neón y esperar a que el tiempo hiciera el resto. Encumbrados por ningunear a mujeres. Otro gallo hubiera cantado si hubieran robado logros a otros compañeros de profesión.

El Efecto Matilda no es algo del pasado. Es viejuno, sí, pero actualmente en uso. Me llama la atención que este ejercicio, procedente de una paletita guisandera de letras para más inri, no sea una denuncia colectiva de científicos de ambos sexos. Porque son ellos los que deberían estar sangrando a chorros.

De hecho, este efecto es el resultado de una investigación de Margaret W. Rossiter que durante años fue tratada como la pesada de las Matildas pero todo tiene su porqué. Estando ella en la universidad, allá por los 70, se le ocurrió preguntar ingenuamente a algún profesor si había habido mujeres científicas en los EE.UU. durante el siglo XIX. La respuesta fue una risotada y una frase que a Margaret le repateó en las entrañas:
Nunca ha habido mujeres científicas en América. No existen. Estás perdiendo el tiempo.
Y a ver, se encendió como una antorcha. Se puso a rebuscar como una posesa entre viejos libros, revistas, correspondencia, registros universitarios, actas de congresos... y encontró a cientos de ellas: astrónomas, químicas, botánicas, matemáticas... El suelo de la ciencia americana estaba alfombrado con el trabajo de mujeres que habían sido borradas sistemáticamente. Pero éste no fue solo un efecto norteamericano. Hay Matildas por todo el mundo. E imagina las que habrá que aún nadie las ha rescatado de debajo de la alfombra. 
Ingredientes:
  • 250gr. de Topfen o queso quark
  • 1 huevo
  • 1cda. de mantequilla
  • 50gr. de yogur griego
  • Algo de vainilla
  • 40gr. de azúcar glas
  • 130gr. de sémola de trigo o espelta
  • Agua para cocer las pelotas con una pizca de sal
  • Relleno:
    masa de nougat o unos pralinés
  • Rebozado:
    50gr. de Mantequilla
    60gr. de pan rallado
    Algo de canela
    70gr. de azúcar moreno
Nota: En la foto del paso a paso las cantidades aparecen dobles.
 
Preparación:
  1. Monta la clara de nuevo y reserva. Mezcla el resto de ingredientes juntos en un bol hasta que esté bien integrado. Añade la clara montada y deja reposar 3 horas en el frigorífico.
  2. Pon una cacerola con agua y una pizca de sal al fuego. Espera a que hierva.
  3. Con ayuda de una cuchara, haz bolitas con la masa. haces como una agujerito en el medio y le pones un praliné o un trozo de masa de nougat. Cierra y da forma de bolita.
  4. Pon a cocer las pelotas en el agua hirviendo. Baja el fuego lo suficiente para que no borbotee y deja que se hagan entre 8-10 minutos.
  5. Mientras haces las migas del rebozado: en un sartén a fuego medio y sin dejar de remover, tuesta ligeramente el pan rallado en mantequilla. Añade después el azúcar y la canela y remueve un par de minutos para que el azúcar temple pero sin carmelizarse.
  6. Pasa cada pelota por el rebozado. Comer templado para que el relleno aún esté líquido.

Esquinas Noddack o Laugenecken

abril 19, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Ida Noddack, nuclearmente atómica

Mi tercera Matilda, fue una de las primeras mujeres alemanas en doctorarse en Física y Química. Junto a Walter, su marido, trabajaron de tú a tú -algo rarísimo entonces- y por lo que sea -porque la mente de los químicos es un poco raruna para qué mentir- se les metió entre H2 y O encontrar los elementos que faltaban en la tabla de Mendeleiev. 

Et voilà. Encontraron el Renio -el elemento 75-  uno de los metales más raros del planeta. Y no contentos, encontraron también el elemento 43 -el Masurio- y he aquí la primera injusticia: la comunidad científica dijo que nones, que nanai, que era imposible y que "jajaja" qué ocurrencia, oigan. Años más tarde, no te lo pierdas, unos tipos lo redescubrieron de forma artificial y lo llamaron Tecnecio. Y aquí paz y después gloria para el Tecnecio. 
Pero el gran golpetazo estaba por llegar. 

En 1934, el famosísimo Enrico Fermi publicó que, al bombardear uranio con neutrones, había creado elementos más pesados. Ida, con una intuición asombrosa, publicó a su vez otro artículo desdiciendo al Fermi; argumentó que el núcleo del Uranio no se hacía más grande sino que se rompía en pedazos grandes. Y así como quien no quiere la cosa, Ida Noddack acababa de describir la fisión nuclear antes que nadie en el mundo. En el mundo mundial. En la galaxia. En la vía Láctea no se sabe. Pero en el Planeta Tierra, vaya que sí sin titubeos ni peros que valgan.

Y lo que pasó después ya te lo puedes imaginar. Las vacas gordas del sector científico la desdeñaron sin disimulos. El Fermi hizo como que no oía y el resto de la manada, incluido Otto Hahn -quien años después ganaría el Nobel por... eso es ¡Bingo! por la fisión- consideraron su sugerencia como inadmisible, absurda y ridícula. A ver, qué se podía esperar de una mujer donde todo su currículo se resumía en ser la ayudante del esposo. Bah.

Y una vez más, estos señoros tan listucos tuvieron la oportunidad de haber demostrado que la humildad no está reñida con el conocimiento. Pero ni de lejos: tras confirmar experimentalmente la fisión nuclear en 1939, Hahn y su colaborador Fritz Strassmann se negaron a reconocer que Ida se les había adelantado hacía cinco años.

Reclamó y solo escuchó silencios. Cuando Hahn recibió el Premio Nobel en 1944 por la dichosa fisión, no solo ninguneó a Ida sino también a su propia colaboradora, Lise Meitner. Qué pena no tener un Nobel honorífico al mejor especialista en dar esquinazos. Pero mira qué cosas; existen unas declaraciones de Otto Hahn poco antes de morir donde reconoce o admite o... lo que sea, diciendo algo así como que "pero Ida había tenido razón a pesar de todo". 

No te lo voy a hacer mucho más largo pero Ida murió sin que la comunidad científica en bloque reconociera todos sus logros.  Hoy instituciones como la Sociedad Alemana de Química y otros organismos internacionales la anuncian sin dobleces como la primera persona en teorizar la ruptura del átomo. 

Y aunque el especialista en esquinazos fue el Profesor Otto Hahn, hoy voy a devolverle el guante y con un par de masas le dedico a Ida Noddack estas esquinas que no son un invento sin documentar. Al contrario, son un clásico del picoteo en Austria y Bavaria. Se llaman Laugenecken y son Laugen con forma triangular. Y los Laugen son todos los panecillos que antes de hornearse han estado sumergidos en agua con bicarbonato. 

Pero para que estas esquinas tuvieran el carácter de Ida, ha sido necesaria aplicar la química más contundente que una españolita de a pie puede manejar. Porque uno de los problemas de hacer Laugen o Brezel caseros, es que no siempre se consigue que cojan el color tostadito, firme y brillante tan característico sin que adquieran cierto sabor químico.  Tras años detrás del secreto -hace muchos años junto a la Majuluta, empecé a experimentar con la cantidad de bicarbonato, tiempo del baño y temperatura de horno- hoy ya sé que la clave está en "enriquecer" el bicarbonato para obtener carbonato de sodio que es infalible y nunca falla (te lo cuento en las notas).

Y esto no es todo. He hecho una "fisión" de masas para ahorrarnos horas en el plegado para conseguir el toque hojaldrado. Directamente, he levado una masa sencilla de pan de leche que he trabajado junto con una plancha de hojaldre de buena calidad. No es un invento mío; algunas blogueras alemanas lo usan. Ese sentido práctico tan natural y espontáneo que tienen para las masas, me encanta. Y si experimentas siguiendo mis consejos -te los dejo en las notas de abajo- verás qué facilón es quedar como una reinona del amaseo. Ya verás.
Ingredientes:
  • 350gr. de harina de fuerza
  • 2 cdas. de miel
  • 7gr. de levadura seca de panadero
  • 150ml. de agua
  • 60ml. de leche
  • 1/2 cdta. de sal
  • 1 lámina de hojaldre de calidad
  • Para el baño: 80gr. de bicarbonato y 2 litros de agua
  • Para decorar: semillas de sésamo, de amapola, etc.

Notas de laboratorio:
  • La masa híbrida es una manera sencillísima de conseguir un resultado espectacular sin complicarte demasiado. Ahorras tiempo pero vas a tener esa explosión de capas que es el encanto de estas esquinas. 
  • Recuerda que la cantidad de líquido depende de cada harina porque absorben de manera distinta. Siempre podrás añadir un poco más de líquido o de harina si ves que no consigues una masa hidratada pero firme.
  • Si puedes, no reemplaces la miel por azúcar. Primero, porque el paladar te lo va a agradecer y segundo porque la miel ayuda a obtener una corteza más crujiente. 
  • El bicarbonato fortalecido: para conseguir ese color caoba tan oscuro y el sabor auténtico alemán sin amarguras, debes transformar el bicarbonato en un álcali más potente. Tal fácil como hornéalo a 100°C durante una hora. Perderá agua y así tendrás polvo de carbonato de sodio que te va a dar el punto perfecto de un auténtico Laugen. 
  • El baño es el momento donde todos contenemos la respiración. No te estreses. Lo importante es que el agua no hierva cuando sumerjas las piezas. Si las bañas en exceso, verás que las piezas pierden la forma y es posible que terminen amargando con cierto sabor a jabón y si se quedan cortas, no brillarán. Yo cuento hasta doce (entre 10-12 segundos) por cada lado y tan bien.

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes de la masa juntos y con ayuda de unas varillas eléctricas amasa 2-3 minutos. Deja que la masa descanse 5 minutos y así vas a darle tiempo a que absorba bien los líquidos. La pasas a la encimera y amasa un rato hasta que veas que, aunque algo pegajosa, la masa se reúne bien y la sientes lisa. La pasas de nuevo al bol y dejas que leve 2 horas.
  2. Mientras, hornea a 100ºC el bicarbonato durante una hora. Reserva.
  3. Pasadas las 2 horas, extiende con el rodillo  la masa sobre la encimera enharinada intentando que tenga las mismas medidas de la plancha de hojaldre, la cual colocarás encima de nuestra masa. 
  4. Imaginariamente, divide la lámina en dos. Dobla una mitad hasta el centro, y haz lo mismo con la otra mitad (Mira la foto del paso a paso). Alisa un poco con el rodillo. Vuelve a plegarla de nuevo y alisa un poquito de nuevo. Con ayuda de un cuchillo o un corta pizzas, divide la masa primero en cuadrados del tamaño que quieras (yo he hecho 3x2 piezas) y luego parte cada cuadrado en dos triángulos. Colócalos en una plancha de horno con papel de hornear y deja que leven de nuevo unos 30 minutos más.
  5. Calienta el horno a 200ºC.
  6. Calienta el agua hasta hervir, disuelve el carbonato de sodio cuando el agua ya no hierva (para evitar el efecto volcán) y vas bañando cada pieza. Intenta que queden bien escurridas y las vuelves a dejar en la placa del horno. Adorna con las semillas que más te gusten y hornea acto seguido. El tiempo depende de cada horno pero será entre 25-30 minutos. Si ves que cogen el color muy rápido, baja el horno a 170ºC.

Rollos Nettie Stevens de amapola o Mohnschnecken

abril 15, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.

Nettie Stevens y la importancia del gorgojo

Hubo un tiempo en que se creía que el sexo de un bebé era una moneda al aire lanzada por la diosa fortuna, o el resultado de lo que la madre comía durante el embarazo, o la temperatura del "nido", o lo que dios quiera a secas y sin más florituras. Pero pasó lo que tenía que pasar y en 1905, una maestra que había ahorrado hasta el último centavo para poder estudiar e investigar, decidió mirar donde nadie miraba: en los testículos de un escarabajo de la harina. 

No me preguntes qué es lo que lleva a un ser humano a hacer de voyeur de un tenebrio molitor, uno de esos bichitos que les da por colarse en nuestras mejores harinas. Y aunque no venga al caso, si tus harinas no las quiere ni el tenebrio, debes preocuparte. Pero esta es otra historia.

Nettie Stevens, nuestra maestra que tuvo que esperar años hasta poder pagarse la carrera y dedicarse a sus investigaciones, vio lo que los grandes genios de su época habían pasado por alto: dos filamentos, dos hilos de vida. Uno grandote (X) y el otro, algo más chiquito (Y). Ahí estaba el secreto. No me preguntes; solo créeme que ella lo vio requeteclaro: el sexo no era magia, era genética.

Y aunque fue la primera científica en decir "Señores, el sexo lo determinan los cromosomas" haciendo públicos sus resultados, pasó que un colega suyo, un tal Edmund Beecher Wilson, publicó algo similar casi al mismo tiempo. Y aunque la investigación de Nettie era mucho más completa y detallada, la historia -o los señoros que manejaban el cotarro- dieron por sentado que el Wilson era el genio y ella la maestrilla con suerte. Vaya, que la ningunearon de mala manera.

Pero bueno, errores cometemos todos y es de sabios rectificar. Pero éstos, como que no. El gran genetista Thomas Hunt Morgan, un tipo que posteriormente se ganó el Nobel por méritos bien argumentados,  llegó a decir que Nettie era una técnica del montón. Sin especial talento.

Y lo curioso es que Wilson era el mentor de Nettie y el tipo era algo escéptico con la idea de que un solo cromosoma determinara el sexo. Ella publicó en septiembre y él en octubre. Incluso él, puso una nota al final del artículo reconociendo que Stevens había llegado a conclusiones más definitivas con sus resultados en el escarabajo de la harina. Pero como quien oye llover. 

Lo dicho: la ningunearon de mala manera. Y mientras Wilson y Morgan se consagraban como los padres de la genética moderna, Stevens nunca alcanzó ni siquiera el estatus de profesora titular con plenos derechos en una gran universidad de investigación. Trabajó principalmente en el Bryn Mawr College, una institución para mujeres que, aunque prestigiosa, no tenía ni el peso político ni financiero que Columbia o Harvard. 

Además, el destino quiso que Nettie muriera joven -de cáncer de mama a los 50 años- y, habiendo descifrado el código de la vida, estas eminencias se encargaron de que el mundo no le agradeciera el magnífico aporte que nos regaló a toda la humanidad. Al fin y al cabo, ellos eran las celebridades y ella una técnica con potra y poco más. 

A ver si lo pillo: una mujer, encima pobre, lista a rabiar, con una voluntad de hierro y una paciencia que ya la quisiera el santo Job; ¿una mujer de ese temple y para estos tipos era una investigadora del montón? Bravo. Y claro, murió demasiado pronto como para tener ocasión de defender sus descubrimientos así que olvidarse de sus méritos fue, si cabe, más fácil aún. 

Y el caso de Stevens no es único. Obedece a un patrón muy concreto y sistemático donde la comunidad científica las usaba, se aprovechaba de sus hallazgos y luego las borraba del papel. Mira si era injusto que estas científicas, tienen casi todas en común el tener prohibida la entrada en las sociedades donde se discutían sus propios descubrimientos.

Las que consiguieron relucir un poco más de lo acostumbrado es porque tenían un hombre detrás, perdón, delante que no las ninguneó y aún así, siempre fueron en su tiempo, las segundonas, las asistentes de ellos. Por tanto: si hay que hablar de ellas, pues se habla.

De todas formas, qué irónico ¿verdad? En tiempos de Nettie, a las mujeres se nos reservaba el mundo entre harinas y pañales por obligación, porque se suponía que no valíamos para más. Nos cerraban con llave las puertas de la ciencia y demás humanidades, pero ahí la tienes; rebelándose contra el destino y buscando la verdad en los testículos de un gorgojo para que tú y yo entendamos algo de genética. O no pero eso no es culpa de Nettie.

Hoy las cosas han cambiado, al menos en las formas: entramos y salimos de la cocina cuando nos place. Ya no buscamos cromosomas entre los bichos de la harina, pero nos enharinamos hasta las orejas por puro placer y para darnos el gusto. Sin que nadie nos dicte el sitio ni nos corte las alas. 

Así que, prepárate estos rollos de amapola solo si te da la gana porque sino no te van a saber ricos. Y, entre bocado y bocado, brindemos por las Netties de la historia. Porque es hoy y solo en esta parte del mundo, donde las mujeres vamos cogiéndole el truquillo a eso de disfrutar de la vida sin pedir permiso. Y entre todas tenemos que escribir este capítulo de la historia para que las que vienen detrás lo tengan más sencillo.

Y ahora, cambiemos de rollo.

Ingredientes:
  • 200ml. de leche tibia
  • 1 huevo
  • 2 cdas. de miel
  • 500gr. de harina de espelta ( o trigo)
  • levadura seca para 500gr. de harina
  • 70gr. de mantequilla
  • opcional: un poquito de ralladura de limón o naranja
Para el relleno:
  • 150gr. de semillas de amapola molidas
  • 100ml. de leche caliente
  • 80gr. de azúcar
  • 30gr. de mantequilla
  • vainilla

  • Acabado: yema rebajada en agua para pincelar y una glasa para cubrir (azúcar glas, unas gotas de limón y una cdta. de leche)


Notas:

  • Me encanta el acabado de esta masa estando bastante hidratada. El problema es que complica la formación del rollo pero lo he solucionado de esta forma: Cuando hagas el rulo y veas que se queda bastante plano (míralo en las fotos del paso a paso) no pasa nada: corta rodajas de unos 2-3 cm. y las haces rodar cada una de ellas haciendo un rollo y las colocas en la fuente. Merece la pena lo jugosos que quedan. 
  • Si por el contrario, prefieres unos rollos convencionales con la masa más firme, deja en 160ml. la cantidad de leche.
  • Una regla de oro: la mantequilla derretida en bizcochos, sí. En masas levadas, no.


Preparación:

  1. Mezcla todos los ingredientes en un bol menos la mantequilla. Amasa con las varillas eléctricas unos 3 minutos. A mano 5 minutos. Deja reposar 5 minutos.
  2. Añade la mantequilla reblandecida y vuelve a amasar hasta que veas que está bien incorporada. Pasa la masa a la encimera y amasa a mano hasta que veas que tiene cuerpo, está blandita y se despega con facilidad (entre 3-5 minutos). Deja que leve hasta que doble el tamaño (entre 1 hora y media a 2h.)
  3. Mientras, prepara el relleno. Calienta la leche y agrega las semillas, el azúcar y la vainilla. Haz una pasta y agrega la mantequilla. Lígalo todo bien y reserva.
  4. Enharina la encimera y estira la masa en un rectángulo, untas la pasta de amapola, enrollas como un brazo de gitano (forma de rulo) y cortas rodajas de 2-3 cm. Procede según las notas anteriores . Coloca los rollos sobre una fuente engrasada dejando huecos entre ellos para que puedan levar bien. Deja que leven otra media hora.
  5. Precalienta el horno a 170-180ºC.
  6. Pincela con la yema de huevo rebajada en agua los rollos y hornea hasta que veas que cogen un bonito color dorado (Entre 20-30 minutos). Prepara la glasa y cuando estén casi fríos, pon un poquito a cada bollito por encima.

Galletas de crema de limón

abril 01, 2026

Como ya te anticipé aquí, nuestro viaje nos lleva de nuevo a Viena donde vamos a recibir a una recién casada que es recibida con gusto por su suegra quien aplaude su porte y actitud de esposa perfecta. La flamante archiduquesa de Austria, nacida princesa en Bélgica, recibe su primer revés; ella no ha sido educada para ser consorte sino para gobernar. Lo tiene todo: la educación, el carácter, el temple y el ingenio pero parece que su nueva familia no piensa lo mismo. 

Pese a todo, es una esposa por amor. Rechazó a reyes de media Europa pero tuvo que enamorarse del hombre que menos la merecía: Maximiliano, el hermano del emperador austriaco, de carácter indeciso, sin educación para gobernar y más predispuesto a la caza de mariposas -y faldas- que a administrar sus dominios. 

En cambio Carlota,  princesa de la casa de Sajonia-Coburgo-Gotha, fue la favorita de su padre quien quiso que recibiera la misma educación que sus hermanos preparándola para regir a pesar de saberse que nunca podría acceder al trono por ser mujer. Y él, sin instrucción pero con un título que le proporcionaba el oro y el moro simplemente por ser hombre. Dos personas equivocadas en el lugar equivocado que van a pagar alto el precio de este desacierto.

Y es que la inteligencia, por muy regia que sea,  no nos protege del corazón que cuando se le mete a alguien entre ceja y ceja no suelta la presa ni a tiros. Y allí estaba ella, destinada a ser consorte de un flojo que sufría a menudo ataques de melancolía a costa de una novieta de juventud -que murió de escarlatina- y algún que otro de nervios -o eso decían, a saber- que le impedían de vez en cuando acudir a actos oficiales donde Carlota cubría con dignidad y brillo sus ausencias.

¿Ves la ironía en todo esto? Porque si Carlota hubiera nacido hombre, habría sido una gobernante extraordinaria. Si el Maxi hubiera nacido mujer, nadie le habría puesto un imperio en las manos. El siglo XIX los colocó exactamente al revés y aunque se entendían a la perfección y él la dejaba gobernar con total confianza, las cortes europeas no veían con buenos ojos su método a la hora de gobernar.

Pero sigamos adelante, que aún no hemos llegado a lo más tremendo. De entrada nos saltamos su paso por Lombardía-Venecia. Aquí ella se lo pasó dando la cara por él, desencantada aunque fiel a su marido; y él en su nube porque mientras no le faltara el dinero -de ella- le traía todo al fresco. Total, ella era tan eficaz que ¿Qué podía salir mal?

De hecho Maximiliano era un tipo de esos que si alguien le pinchaba, sangraba horchata. Solo una anécdota: se cuenta que en un viaje trasatlántico él se lo pasó lloriqueando por la novia difunta porque decía que todo le traía muchos recuerdos. En medio de la travesía, Carlota enferma y no te creas que se quedó a cuidar de ella, ni hablar, siguió con su viaje tan contento. De regreso hicieron una parada en una islita que tenían en propiedad frente a la costa de Dubrovnik. Carlota llegó muy deprimida y se quedó allí a descansar. Y el Maxi, una vez más, la dejó tirada y se juntó con la amante de turno a ver si le levantaba un poco el ánimo. Dicho queda.

Así que sí. Muy posiblemente Carlota ya venía sufriendo brotes depresivos, posiblemente desde la muerte de su madre cuando ella tenía diez años, que superaba siempre con genio y fortaleza de espíritu y no es de extrañar que el precio de estas remontadas fuera que se le fue amargando el carácter, puede que cada día se volviera un poco más histriónica... pero qué sabré yo. Sigamos.

Bien. Por cosas que pasan, Napoleón III les convence para aceptar ser los emperadores de México. La cosa estaba calentita por aquellas tierras y así es como esperaba apaciguar el clima y controlar de paso el comercio ultramarino. Muy listo el francés como que no era, la verdad. Pero por lo que sea, caen en el enredo y confían en la empresa. Marchan rumbo a México y lo que se encuentran, no es lo esperado. Hay mucho que hacer y mucho que aprender. Como siempre, el Maxi se dispersa cada dos por tres. Le pone ganas pero no llega a cuajar lo suficiente. Es de nuevo ella, quien se encarga de las cosas de estado. 

Y lo hace de forma magnífica. Él es dócil y sigue a pies puntillas las políticas y consejos que Carlota le va aleccionando. Su complicidad es máxima y así se recoge en la correspondencia que mantenían de forma continuada. Tarifan mucho con los franceses pero, es lo que hay. En cualquier caso, le ponen entusiasmo.

Hasta que al Napoleón, como le salen rotos por diferentes lados, les ningunea la ayuda militar prometida. La situación empieza a ser insostenible. El Maxi manda cartas a todo cristo pero nadie les ayuda. Y una vez más es ella, quien decide ir a Europa a reclamar la ayuda necesaria para que el reciente imperio mexicano no caiga en manos de revolucionarios y norteamericanos. 

Y a partir de ahora yo te cuento los hechos que conozco. Si me tomo la licencia de opinar, te lo haré saber. Tú, querido lector, debes sacar tus propias conclusiones:

Napoleón III, el intrigante de todo este desastre, en cuanto la cosa se puso fea, los abandonó sin pestañear. Los usó y los tiró. Y a otra cosa. Y en lugar de tirar de cinismo o frivolidad y decirle a las claras esto es lo que hay moza, o lo tomas o lo dejas, el muy canalla optó por desdeñarla. 

Pretextó estar enfermo y se escondió en Saint-Cloud. Si bien le mandaron coches de bienvenida como era de esperar, la esperaron en la estación equivocada. Cuando arribó al puerto de Saint-Nazaire, las rosas de bienvenida ya estaban marchitas. Cuando por fin se reúnen y le reprocha el incumplimiento del acuerdo, él alegó -entre lágrimas y patetismos varios- que sin sus ministros no había nada que hacer. Dos días después volvió a intentarlo. En esa segunda reunión, la emperatriz Eugenia fingió desmayarse. Muy oportuno todo.

Las cosas han cambiado, Napoleón pagará pronto su maldad, Francia permanecerá obligada con el imperio que surgió de su sangre, no puede hacerse responsable a Francia de las acciones de su gobierno equivocado que pronto derribará.

El caso es que no sacó nada en limpio salvo la certeza que los habían abandonado sin remedio. Pero en vez de flaquear, le dio la vuelta al asunto y replanteó por completo la situación: sin europeos en tierras mexicanas la doctrina Monroe era estéril y la posibilidad de llegar a un acuerdo con Estados Unidos era factible; así como conseguir que México fuera el epicentro del comercio americano sin necesidad de ejércitos extranjeros. Aprovechó a el viaje para ir poniendo su plan en marcha, buscar apoyos y fue escribiendo a Maxi preparándolo para el nuevo escenario. Estaba optimista y no albergaba ningún temor. 

Pero mucha gente debió de ponerse nerviosa con sus planes porque empiezan a pasar cosillas; dejó de buenas a primeras de recibir correspondencia de su esposo. ¿Quién intercepta las cartas y por qué? ¿Qué está pasando? Falsa alarma. Parece que todo volvió a la normalidad aunque se quedó con la mosca rondando. En cualquier caso, acudió a Roma contenta y con las expectativas bien altas. Escribió una extensa carta al Maxi el 26 de septiembre de 1866 donde le puso al corriente de como estaban las cosas y le animó a proceder conforme al nuevo objetivo de reinar solo con el pueblo mexicano. Escribió cosas como:

Mañana veré al Santo Padre. Al parecer, las cosas están florecientes, en cuanto se oiga la opinión de los obispos que, según espero, llegarán en el próximo correo, quedará cerrado el concordato, pues así lo prometió el Padre Santo por el solo hecho de que los hayas reunido en torno a ti, sea cual fuese su opinión.

Con ello hay muchas esperanzas.

Pero en los siguientes días pasan cosas muy tremendas: a ella le cambió el humor y estuvo irritable, posiblemente porque vio cosas sospechosas que no compartió con nadie. Temía, por ejemplo, que parte de su séquito la estaba traicionando. De hecho, estando en el Vaticano el 1 de octubre, un cardenal intervino advirtiendo que Carlota estaba contando que la querían envenenar. No hubo testigos solo el testimonio del viejo Antonelli. Dijo que no volvería al hotel hasta que echaran a tres personas de su séquito: un conde, una ayuda de cámara y su médico. Cuando Velázquez, un hombre de confianza de Maximiliano echó a estas personas, ella regresó confiada pero algo terrible pasó. No se sabe ni nunca lo llegaremos a saber. Solo podemos decir que se volvió a refugiar en el Vaticano donde pasó la noche. Durante la mañana siguiente, visitó el museo del Vaticano con total normalidad. 

Cuando regresó al hotel, el séquito expulsado está allí como si nada. La abordaron tres médicos: el que ella había echado, uno mandado por el Papa y otro que decían que ella lo había hecho llamar -incomprensible adivinar el interés que Carlota pudiera tener en hacer llamar a un médico  desconocido- y los tres calificaron de monomanía la enfermedad de la augusta emperatriz. Hala, habemus loca.

Y mientras dormía una mujer en el Vaticano -algo inédito que nunca ha vuelto a pasar-, el día 1 de octubre pasaron dos cosas muy extrañas. Ella dejó una carta de despedida para Maximiliano y otras con últimas voluntades convencida de que iba morir. Pero el Cardenal contó que al día siguiente estuvo tan tranquila visitando el museo. Raro. Y además, también el día antes se había avisado a su hermano Philippe y a un chambelán fiel al emperador austriaco. Todo raro pero muy raro. Se avisó a todo el mundo menos al único que tenía algo que decir: Maximiliano, que no se enteró hasta días después y se lo contaron de aquella manera; el relato de la loca que supuestamente tenía ataques de paranoia desde París y que solo presenció su séquito y el Cardenal Antonelli. 

Muy querido tesoro: Debo separarme de ti. Dios me llama a él. Agradezco toda la felicidad que me has dado siempre. Dios te bendiga y te dé la mayor fortaleza posible. Tu siempre leal.

¿Ves las inconcurrencias que yo veo? una locura exprés muy conveniente y con un relato tan flojo. Dicen que estaba convencida que Napoleón la quería matar. Pero esa manía envenenatoria no tuvo testigos salvo su séquito -lleno de traidores según la propia Carlota- y un Cardenal del Papa. Pero ¿Qué sentido tenía matar a una emperatriz cuando no había nada más fácil que encerrar a mujeres incómodas por locas e histéricas? Porque todos sabemos que el carácter en el sexo femenino es síntoma inequívoco de la pérdida de la razón. La que más y la que menos, hemos sido tildadas de locas por mucho menos y sin tener un imperio y una fortuna en nuestras manos.

El caso es que pasó días incomunicada en el hotel hasta que la familia política y la biológica, de mutuo acuerdo, la trasladaron al Palacio de Miramar. Y su esposo no hizo nada para impedirlo, o rendir cuentas a los actores de esta supuesta  intriga. Dicen que se deprimió y perdió un poco el rumbo. Se dejó influir y en algún momento quiso echarle arrojo y proponer los planes de Carlota pero estaba todo perdido. El francés se salió de rositas; los austriacos convirtieron a los emperadores de México en mártires; el de Roma, la representación divina en la Tierra, miró para otro lado sin arrugarse la sotana; y el Leopoldo, el hermano que toda fortuna le parecía poca, se quedó con su inmenso patrimonio.

Vaya locura más conveniente para todos, ¿no crees?

El Maxi en México, pues eso. Que no reaccionó. Quiso huir pero su madre le escribió que ni hablar, que asumiera su destino que no fue otro que el de morir fusilado en el Cerro de las Campanas. Cuentan que de camino del paredón, ya en el carruaje, el cazador de mariposas se preguntó en voz alta si Carlota seguiría viva. Porque por incomprensible que parezca, le comunicaron que había muerto y parece que nadie le contó la verdad. y mira, el Maxi fue en vida todo lo que tu quieras, pero ante la muerte, solo tuvo pensamientos para ella.

Le hubiera gustado saber que vivió sesenta años más aunque me temo, si no la he juzgado mal, que ella posiblemente lamentó la vida entera no haber muerto en aquel hotel de Roma, tal y como ella creyó que ocurriría. Fueron más crueles todavía. Su condena fue de seis décadas encerrada en el castillo de Bouchout, aislada y posiblemente drogada, porque ese es siempre el mejor remedio para no pudiera contar su versión de los hechos.

Y la historia la recuerda como la que perdió la cabeza. Incomprensiblemente, leo a gente muy docta rebuscar entre sus palabras indicios de locura y te aseguro que no hay nada que rasgar en ellas. Puedes leer sus cartas aquí y aquí donde además está la carta que Velázquez escribió al emperador informándole de los hechos. 

Carlota, princesa de Sajonia-Coburgo-Gotha y emperatriz de México, es otra mujer borrada y falsificada en la historia. Qué fácil. Qué sencillo. Otra vida más reescrita por los que tenían poder para hacerlo. Como tantas. 

Antes de continuar, necesito pedir perdón a Carlota. Cuando escribí esta entrada, caí en la trampa: la pinté sin cuestionar la historia oficial que la pinceló de frívola, inestable, la que se volvió loca. Y con el mismo pincel con el que la historia la ninguneó, la ninguneé yo también. Ya ves, aquí estoy siempre pregonando los peligros, la necesidad de cuestionarlo todo y caí como una pánfila. Mil perdones y prometo tener más cuidado en el futuro.

Y dicho esto, con el corazón en la mano, vamos a la receta. Se dice que cuando llegó y comenzó a alternar con la alta alcurnia mexicana, se servía chocolate con bollitos. Para su espanto, las mexicanas mojaban todo en el chocolate. Casi le da algo. Pidió regresar al clásico té con pastas y evitar cualquier churreteo en la merienda. 

Estas galletas son muy austriacas, las típicas Linzer Augen pero en su versión más imperial. En las casas plebeyas se hacían con nueces o avellanas, frutos secos que cualquiera podía tener ya que los bosques austriacos están repletos de sus árboles. En cambio, la almendra era algo delicado, algo que venía del sur, de Italia o España. Y la crema de limón otro toque exótico que no estaba al alcance de cualquiera.

En cualquier caso, y en medio del caos, las traiciones y del imperio que se desmoronaba, las costumbres de Viena seguían apareciendo en la corte. Un lujo pequeño y obstinado. Como ella.

Cuatro mujeres y un elefante

Bombay  ·  Lisboa — Viena  ·  Cartagena  ·  Viena — México  ·  México  ·  India

Ingredientes:
  • 150gr. de harina de espelta
  • 100gr. de almendra pelada y molida
  • 50gr. de maicena
  • 200gr. de mantequilla en pomada
  • 60-80gr. de azúcar o eritritol 
  • 2 yemas
  • una pizca de sal
  • vainilla
  • Una pizca de crémor tártaro
  • Relleno: crema inglesa de limón (lemon curd) mezclado con algo de chocolate blanco derretido (para darle consistencia al relleno)
  • Azúcar glas para espolvorear
Preparación:
  • En un bol, mezcla juntos todos los ingredientes hasta que tengas unas migas gruesas. Puedes hacer esta operación usando un procesador de alimentos o unas varillas eléctricas.
  • Pon las migas sobre la encimera y amasa hasta que tengas una masa lisa y homogénea. La envuelves en film transparente de cocina y deja reposar unos 20 minutos.
  • Precalienta el horno a 170-180ºC dependiendo del horno.
  • Enharina ligeramente la encimera y extiende la masa hasta dejarla de un grosor de 0,5 cm. Para no enharinar por encima la masa y para que no se pegue el rodillo, uso una lámina de film transparente. Se extiende muy bien y no se reseca tanto la masa. Cortas las galletas con un cortador redondo. A la mitad de las galletas les haces el característico agujero en medio.
  • Las vas poniendo en la placa y horneas unos 15-20 minutos hasta que empiecen ligeramente a dorarse. Deja que enfríen por completo.
  • Espolvorea con azúcar glas las galletas con el agujero. Rellena la otra mitad con la crema de limón. Antes de guardarlas en una caja adecuada (las metálicas son las mejores) deja que sequen a temperatura ambiente por lo menos un par de horas. Airea de vez en cuando para que no se mojen en exceso.

Salmón con espinacas y salsa de queso

febrero 17, 2026
En el arte de amargase la vida, Paul Watzlawick nos cuenta una anécdota absurda: un hombre -borracho para hacer más creíble la escena- busca sus llaves perdidas debajo de una farola. Pasa un policía y se interesa por lo que hace el hombre: "busco mis llaves" y se pone a la búsqueda de las susodichas. Tras un meticuloso escrutinio, el agente llega a la conclusión que allí no están. "¿Pero está usted seguro que las perdió aquí?". El hombre contesta: "bueno, realmente las perdí en ese oscuro callejón pero está tan negro que allí no voy a ser capaz de encontrarlas.

Qué a lo tonto ¿verdad? Vale, pues imagina que el hombre eres tú y en lugar de estar borracho, estás en horas bajas y las llaves representan la solución a tus problemas donde la farola con luz simboliza el presente y el callejón oscuro el pasado... ahora sí que sí, ¿cierto?
Pues somos un poquito así; nos comportamos a veces tan a lo tonto que para no quedar en plan lelo, adornamos y enredamos desde lo más simple a lo más complejo de nuestra existencia poniéndonos nosotros mismos trabas con el fin de desdibujar lo que nos pasa y así añadir más drama al asunto.

Como además, porque de facilones no tenemos ni un pelo, la naturaleza nos ha dotado de un afán innato por las rutinas -algo que no solo tenemos los humanos sino más animalitos terrestres, con el fin de garantizar o mejorar nuestra supervivencia- pues decía, además tenemos un empeño intrínseco por repetir una y otra vez las mismas costumbres aunque no funcionen en absoluto a la hora de resolver nuestros problemas.  Y así nos volvemos neuróticos en plan bestia.

Es decir, un hábito que inconscientemente nos genera seguridad y confort pero que por lo que sea ya no funciona, no solemos detectar su inutilidad sino que, muy al contrario, nos obsesionamos con la idea de no estar haciéndolo bien así que lo repetimos una y otra y otra... hasta que el cuerpo o la mente se nos descuajeringa sin remedio. O casi. O algo peor.
Y es por eso que muchas veces, las cosas facilonas de la vida se nos indigestan y contra mejor nos va, pues peor, más nos complicamos a lo tonto y miramos a los callejones oscuros con pavor. Y con razón. Porque más allá de los razonamientos de profesionales como el Dr. Watzlawick, no puedo evitar formularme el siguiente enigma: ¿Pero qué **ño hacemos para perder las llaves en callejones oscuros?

Bueno, aún estoy con el libro pero me está gustando el tal Paul. Ah, y el libro es del siglo pasado, sin intoxicar por las cacarrutas de hoy en día.

Hoy, una vez más, tiro de la salsa favorita de mi hijo pequeño para rendir cuentas a este salmón, de los poquitos pescados que por aquí están casi más ricos que los que coméis por el sur. 
Ingredientes:

  • algo de aceite de oliva
  • 4 lomitos de salmón
  • sal y pimienta
  • un poquito de mantequilla
  • salsa worcester
  • 400-500gr. de espinacas
  • 1 vasito de vino blanco
  • 250-300ml. de nata líquida
  • 1-2 cdas. de mostaza
  • sal o sazonador
  • ajo en polvo a tu gusto
  • pimienta blanca
  • 150gr. de queso gouda o cheddar rallado
Nota:
  • A mí me gusta reemplazar parte del queso por un par de lonchas de queso fundido tipo cheddar (tipo tranchetes)

Preparación:
  1. En una sartén con unas gotitas de aceite, dora el salmón cortado en trozos. Cuando empiece a dorar y para marcar el color, añade un poquito de mantequilla, y casi a continuación, añade un chorrito de salsa worcester. Reserva.
  2. En la misma sartén, añade las espinacas cortadas en fino, añade el vino y la nata líquida. 
  3. Añade la mostaza, la sal, el ajo, la pimienta a tu gusto y por último el queso. Deja que la salsa ligue bien y añade el salmón. Deja un par de minutos que se empape de la salsa y listo.

 
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