Knishes neoyorkinos de patata

Nos vamos al Nueva York de 1969, a la calle Christopher Street. Allí se encuentra el Stonewall Inn, uno de los bares gais más populares de la ciudad.  A pesar de que ya no es ilegal servir alcohol en un garito de ambiente, la homosexualidad todavía es un delito penal. Bueno, la fechoría es la sodomía pero para estas cosas todo el campo es orégano. Esta tibieza jurídica hace que conseguir una licencia sea casi imposible, motivo por el cual la mayoría de los establecimientos siguen dependiendo de la mafia quien mantiene lo más lejos posible a la policía. Aun así, las redadas y brutalidad policial son el pan de cada día. Y para no perder la costumbre, en la medianoche del 28 de junio se presentan a repartir leñazos a diestro y siniestro.

Como suele pasar, se lía parda: los polis a porrazos, los clientes tiran monedas de 10 centavos a la cara de los uniformados y a la que la cosa se va calentando, vuelan hasta botellas. Gritos, voces, que si "cerdos", que si "pervertidos", que si tal y pascual. Lo de siempre.

Marsha está de fiesta en Manhattan y cuando llega al bar todo está en llamas. Se recalienta más que una patata caliente y se suma a la refriega que en esos momentos es una batalla en toda regla. Se le cruzan los cables; se sube a un coche patrulla con un ladrillo en la mano y rompe el parabrisas. Y esta estampa se hace tan célebre, que Marsha P Johnson se convierte de la noche a la mañana en el icono de la resistencia gay. Los disturbios durarán todavía cinco días más y la militancia de Marsha ya es pura épica marcando el ritmo imparable de un cambio radical en materia de derechos LGBT.

La implicación de Marsha -y su fama- fue desde entonces frenética. Tanto que le pasó factura: poco después sufrirá varias crisis nerviosas que la desgastarán tremendamente. Pero a ver, qué quieres: travesti afroamericana que sufrió violencia sexual infantil y que para ganarse la vida, solo le quedó la prostitución. Vejaciones, palizas de muerte. Vulnerabilidad, trauma, precariedad y exclusión social. Y ese ladrillazo vino a declarar, que si los gais están fuera del sistema, ella y las organizaciones que lidera -como STAR House, el primer refugio LGBT del país- van a luchar por concederse algo de dignidad y cuidado entre la propia comunidad. Nace, o mejor dicho, coge fuerza el movimiento del orgullo.

Al año siguiente, se celebrará la primera marcha del orgullo el 28 de junio; se llamará el Día de la Liberación de Christopher Street y caminarán las 51 manzanas que separan Stonewall Inn de Central Park.
Y es que ya había necesidad por cambiar las cosas: homofobia y transfobia generalizada, homosexuales asesinados o desaparecidos sin que nadie moviera un dedo. Y el sida -maldito bicho- que ha sembrado de muerte, dolor y rechazo las calles del mundo entero obligando a miles de ellos a salir del armario a la fuerza. Era necesaria una revolución social, moral, emocional y humana. Y ella no pararía quieta jamás, haciendo gala de esa implicación tan firme y tan suya.

Pero claro, las crisis nerviosas de Marsha se inflamaban de alcohol y drogas. Eran tiempos donde se recurría con demasiada frecuencia a estas sustancias con fines anestésicos, para sobrellevar las asperezas de la vida, aunque ahora en la distancia todos sabemos que estas cosas siempre se las ingenian para pasar factura. Aun con todo, ni en los peores momentos cesó su activismo y su generosidad para con los demás; continuó con la lucha y no solo sobrevivió en aquella vida tan hostil sino que logró dejar de consumir.

Doña "carácter imprevisible", además de vivaracha y optimista -algo que le era casi innato-, una vez con el cuerpo limpio de sus anestésicos, se volvió encantadora -así lo recordaba su amigo Wicker- y se dedicó por completo a la causa social del colectivo alimentando y amparando a gente sin hogar. Era increíblemente religiosa y pedía a todos los dioses que se cruzaban en su camino: le daba igual entrar a rezar a una iglesia católica, bautista o a una sinagoga. Cuanto más apoyo de los jefes, mejor.

Y sacó tiempo para cuidar durante muchos años de la pareja de su amigo Wicker, que se desgastó poco a poco por culpa del sida. Marsha tenía esa capacidad de ayudar a los demás sin romperse. Sin flaquear.

Fue en Greenwich Village, el 4 de julio de 1992, cuando se la vio por última vez. Había estado recibiendo amenazas pero para no faltar a la verdad, no era algo excepcional. Estaba acostumbrada y no le dio ni la más mínima importancia. O sí, o lo mismo sí, porque después varios allegados contaron que ella había expresado preocupación: “Alguien quiere hacerme daño.” Dos días después su cuerpo apareció flotando en el río Hudson.

La policía calificó su muerte de suicidio tan rápido, que ni siquiera se había realizado la autopsia. Ésta resultó ser una chapuza y, por lo que sea, nunca se ha hecho pública. Sus amigos repetían constantemente que Marsha no tenía pensamientos suicidas e insistían que tenía una herida grande en la parte trasera de la cabeza. No podía haberse hecho eso ella sola. Tras años de presión, se consiguió en el 2002 que la causa de la muerte se cambiara a ahogamiento por causas indeterminadas. Esto es todo lo que se hizo por investigar el caso.

Porque qué más daba. En aquella época flotaba siempre ese airecillo con un slogan no siempre pronunciado pero siempre remarcado: "ellos se lo han buscado". Qué más daba si fue una muerte con reyerta o a traición o por atragantamiento. Se lo había buscado. Así eran las cosas.

Cuando decidí escribir sobre Marsha, he agitado el avispero de mis recuerdos y del dolor y de la rabia. Por un momento, creí recordar que cuando me enteré de su muerte, mi hermano Juanpe hacía pocos meses que había muerto. Pero no, al mirar de nuevo al pasado, al reconstruir esos últimos meses de vida junto a él, comprendí que debí enterarme de la muerte de Marsha varios meses después. Juanpe pasó un verano terrible. En septiembre, mientras cumplía sus 23 años de vida, nos dijeron que era la recta final. El muy canalla les hizo la peineta y remontó ligeramente. Pudimos pasar la navidad todos juntos. Sabíamos que era la última.
Nosotros vivimos con ese tufillo de "se lo ha buscado" pegado a la nariz. Qué crueles podemos ser. Tan querido cuando nadie sabía que era gay y luego... En el Carlos III, solo les atendía personal voluntario. Eran pocos y tenían que hacer muchos turnos dobles. Pero no los abandonaron. Mientras en la cafetería del hospital, el personal debatía sobre la teoría del mosquito, nadie cayó en la cuenta que ninguno de nosotros, sus cuidadores y familiares, enfermamos. Les aseábamos, besábamos y abrazábamos. Y no nos contagiamos. Nadie se dio cuenta o nadie quiso darse por enterado. Eran infecciosos y se lo había buscado. Ese era el discurso oficioso.

Y en pocos años, madre mía, cuántos logros se consiguieron. Parecía que habíamos dado pasos enormes en cuanto a respeto y tolerancia. Existió un tiempo donde cada cual vivía su sexualidad como le salía del moño. Recuerdo con mucha alegría aquella marcha del orgullo en Madrid en la que se celebró la legalización del matrimonio igualitario. Qué bonito ver cómo se llenaron las calles de familias festejando. Todos nos sentíamos el mismo colectivo, una única sociedad donde los del tufillo a prejuicios parecían que tenían fecha de caducidad.

Pero como dijo Miguel Hernández, el odio aguarda su instante dentro del carbón más hondo. La sociedad del odio siempre encuentra como alimentarse. Se multiplica cuando las personas no se conforman con odiar en soledad sino que buscan que todos odien a su mismo nivel. Así es como la sociedad supura inquina y deshumanización, no al revés. Porque a veces pensamos que un ser malvado contamina y polariza al resto, a la manada; al rebaño. Pero cada vez estoy más convencida que funciona al revés; hay personas que no quieren que el odio sea una elección personal sino un síntoma social.

Y cuando terminan con un objetivo, buscan otro y otro hasta que no quedan más que los suyos. Y en este punto, acusarán también a sus parroquianos, tirando de la manta en su propia jaula sin pensar en las consecuencias. Porque el odio no se detiene jamás. Y es necio a rabiar.

Esta vez la receta tenía que ser muy Marsha, muy neoyorquina. Y no había nada más simbólico que los Knishes calientes de patata que son el sabor callejero de aquella Nueva York ruda, vibrante y peleona en plena transición cultural. Estos puestos callejeros formaban parte del paisaje diario permitiendo comer por unos cuantos centavos algo rico y contundente. En los carritos no faltaba nunca una botella de mostaza al alcance de los clientes.

Con o sin mostaza, están de lujo.
Ingredientes:
  • 350gr. de harina
  • 1 cdta. de polvos de hornear
  • 1 huevo L
  • 50gr. de mantequilla
  • 50gr. de aceite suave
  • 100gr. de agua templada
  • 1 cdta. de vinagre
  • 1 cdta. de sal
Para el relleno:
  • 3-4 patatas grandes
  • 1 cda. de mantequilla
  • 2 cebollas
  • 1 huevo
  • sal y pimienta
Para pincelar: reserva un poco de yema del huevo del relleno y lo mezclas con algo de leche. Puedes terminar con un poco de sésamo por encima.

Nota:
  • La combinación de mantequilla y aceite en la masa (en lugar de schmaltz tradicional) le da elasticidad, aroma y facilita el trabajo al formar los rulos. Reserva un poco del aceite de la masa para luego engrasar la encimera que la masa se pueda estirar y dar forma con más facilidad.

Preparación:
  1. Cuece las patatas hasta que estén tiernas y machácalas. Aparte, fríe la cebolla muy picada con la mantequilla hasta que esté bien dorada. Mezcla las patatas machacadas con la cebolla frita, el huevo y salpimienta. Deja enfriar completamente.
  2. Mezcla todos los ingredientes y amasa a mano unos 5 minutos. Deja reposar la masa tapada 30 minutos.
  3. Precalienta el horno a 180ºC.
  4. Divide la masa en 2 partes de unos 300g cada una. Moja la encimera con un poco de aceite que has reservado y extiende cada parte en forma rectangular. Coloca la mitad del relleno (ya frío) a lo largo de cada rectángulo y cierra la masa formando un rulo. Corta cada rulo en 7 porciones iguales (14 piezas en total). Enharina ligeramente cada porción y aplasta con cuidado contra la encimera para que el relleno quede bien sujeto.
  5. Coloca las piezas en una bandeja de horno con papel de hornear. Pincela con una mezcla del poquito de yema que has reservado y algo de leche y espolvorea con semillas de sésamo si quieres. Hornea hasta que cojan un color dorado suave.

 
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