Baklava
Érase una vez Alejandría, la tercera metrópolis más grande e influyente del imperio de Teodosio II. Pero esta historia de hoy lamentablemente no se cuenta sola y debo ponerte en contexto para que se entienda mejor la vida y muerte de nuestra protagonista.
Teodosio I al testar, puede que se viniera un poco arriba en su fantasía por convertirse en el padre del año. En su cabeza debieron resonar hasta trompetas triunfales cuando decidió que el imperio romano se dividiera en dos. Con un par: oriente para Arcadio y occidente para Honorio. Roma siguió siendo el ombligo del imperio occidental y Constantinopla se consagró como el de oriente. En el reparto Arcadio salió ganando porque le tocó el granero del imperio: Egipto, la joya entre las joyas, de quien dependían las legiones y evitaba las hambrunas del pueblo.
En cambio a Roma -flaco favor-, le tocó el grano flojo del norte de África, dejando a su ejercito un tanto famélico. Y claro, no hubo visigodo, germano ni revoltoso que no se apuntara a la mordida. Terminaron todos a mamporros con las huestes romanas pasando más hambre que una pulga en un peluche.
A la muerte de Arcadio, su hijo era todavía muy crío. Su hermana -solo un par de años mayor- se proclamó Augusta y asumió la regencia con un temple admirable. Tanto, que cuando Teodosio II alcanzó la edad para gobernar, delegó los asuntos de estado en ella. No es difícil entender el peso que le cayó encima a la joven emperatriz e imagina la de presiones e intrigas que debieron resonar por los muros de la ciudad. Lo que menos necesitaba Aelia Pulqueria en ese momento, era que en el puerto de Alejandría hubiera jaleito. Y lo cierto es que sí, había lío.
El cargo de Prefecto Augustalis -gobernador de Egipto- requería a un funcionario de carrera experto en leyes y administración con una trayectoria intachable. Se nombró a Orestes quien al poco de llegar sufrió un atentado: le escalabraron de mala manera con una piedra que iba con muy mala intención.
A esas alturas, el imperio ya era cristiano y cada vez más cristiano. Como suele pasar, los más fervorosos eran los más intransigentes. La ciudad tenía pleitos constantes a costa de las dichosas religiones: cristianos devotos contra moderados, los paganos por aquí y los judíos por allá... un sindiós, vaya.
Y Cirilo, menudo elemento: sucedió a las bravas a su tío Teófilo porque el cargo tenía muchos novios y se lo disputaron armando camorra. San Cirilo -como lo oyes- era un tipo inteligente, ambicioso y requetesobrao. Expandió su autoridad más allá de lo eclesiástico: se apropió de templos paganos, cerró iglesias novacianas y, tras una trifulca con la comunidad judía, ordenó su expulsión. Muchas de las decisiones tomadas no le correspondían y su ambición empezó a preocupar.
El choque entre Cirilo y Orestes fue brutal, claro. Para que veas como se las gastaba el obispo: cuando lo de la pedrada, Orestes hizo torturar al del ladrillo que debió cantar hasta la Traviatta y la palmó en pleno suplicio. Parecía que no fue el acto de un bala perdida en un momento de perturbación, sino más bien todo lo contrario. Mira si se puso fea la cosa, que la guardia del Prefecto puso pies en polvorosa. ¿Por un ladrillista? Y en plan novela, aparece una multitud no definida de cristianos moderados -vete tú a saber de dónde- que defienden la vida del escalabrado. ¿Y Cirilo?, pues en vez de mandar flores al herido, hizo mártir al presunto piedracida. En fin, rellena tú los huecos en caso de quedar alguno.
Y aquí, por fin, entra nuestra protagonista: Hipatia fue una figura respetadísima en los círculos más versados de la ciudad: era la cabeza de la escuela neoplatónica de Alejandría, enseñaba filosofía, matemáticas y astronomía. Moderada e inteligente, nunca se decantó por ninguna facción de las muchas que pleiteaban políticamente por aquellas calles. Siempre fue a lo suyo y cuando era preguntada abiertamente por su opinión respecto a religión o política, se enredaba por la tangente. Era admirada por todos y sus discípulos sentían pura devoción por su maestra.
Orestes y ella en seguida hicieron buenas migas. La visitaba posiblemente para olvidar las tensiones del cargo y rodearse de gente culta, bien educada y de talante moderado fueran cuales fueran sus creencias. Allí solo importaba el conocimiento y el pensamiento. No había mejor lugar para calmar el estrés inyectado por los necios y exaltados con los que tarifaba a diario.
Hipatia salió en su carruaje como siempre. Nada fuera de lo normal. Si hubieran existido rumores de lo que sea, Orestes -el gobernador de Egipto- habría proporcionado escolta a su gran amiga. Pero eso no pasó. Era un día normal. Y un grupo de matones, los parabalani, los protegidos de Cirilo que actuaban con completa impunidad por la ciudad, le dan muerte y queman sus restos. Con brutalidad y saña. Tomándose su tiempo. Llevando su cuerpo de aquí para allá, donde finalmente queman sus restos descuartizados. Muchas molestias se tomaron para garantizar que no habría ritos en su honor, ni entierro, ni un cuerpo al que velar.
Y así es como Hipatia, aparentemente, fue asesinada en uno de los muchos tumultos en Egipto. Una mujer sin importancia para el Imperio, salvo porque fue una mentora muy apreciada por el adversario del obispo. Es decir, por ser amiga del enemigo del santo canalla. No murió por ser filósofa ni por ser una maestra sabia e incómoda; la mataron porque su vida se postuló como el campo de batalla más barato y con menos repercusión política, donde se midió el poder de dos gobernantes poderosos. Cirilo dejó claro quién mandaba de facto en la provincia que, no olvidemos, alimentaba todo un imperio. Y para Constantinopla aquello fue un simple incidente local sin consecuencias diplomáticas porque el grano siguió saliendo hacia el Bósforo sin interrupciones ni altercados.
Tristemente, su vida no habría trascendido sino llega a ser porque algunos años después, un tal Sócrates Escolástico relata con pelos y señales el clima de violencia que se vivió en la época de San Cirilo. Y aunque este señor ni presenció el crimen, ni tan siquiera estuvo en la ciudad cuando acontecieron los hechos, relata y reconstruye el asesinato con pelos y señales. Te lo hago corto:
Un grupo de cristianos de temperamento ardiente y fanático, se confabularon contra Hipatia. Por lo que sea. La acecharon mientras regresaba a su hogar, la llevaron a la gran iglesia de la ciudad conocida como el Cesáreo y allí, tras desnudarla, la asesinaron utilizando tejas o fragmentos de cerámica. Después de asesinarla cruelmente y una vez desmembrado su cuerpo, llevaron sus restos a un lugar extramuros llamado Cinarión donde los quemaron hasta reducirlos a cenizas.
Este cronista termina condenado a la comunidad cristiana de Alejandría, afirmando que el acto trajo un enorme oprobio y vergüenza sobre Cirilo y sobre toda la iglesia de Alejandría dejando claro que estos disturbios fueron completamente ajenos al espíritu de Cristo. Sea como sea, te recuerdo que al Cirilo le hicieron santo. Pero qué sabré yo.
Y Sócrates, fue -y es- la "fuente sagrada" donde se asenta toda la reinvención sobre Hipatia que estaba por llegar.
En 1720, el filósofo británico John Toland escribió "Hipatia: o la historia de una dama de gran belleza, la más virtuosa, la más sabia y en todo sentido consumada; que fue despedazada por el clero de Alejandría, para satisfacer el orgullo, la emulación y la crueldad de su arzobispo, comúnmente, pero sin merecerlo, llamado San Cirilo". Exacto, usó el crimen que nos contó Sócrates Escolástico para rendirle cuentas a la crueldad de San Cirilo.
Un poco después, el clérigo anglicano Thomas Lewis publicó un panfleto titulado "La historia de Hipatia, una desvergonzadísima maestra de escuela de Alejandría", escrito como réplica a John Toland para defender a San Cirilo.
Y la lista sigue. No sé si es interminable o a mí me lo parece. Cada cual instrumentaliza la muerte de Hipatia para sus propias causas: criminalización entre facciones religiosas, ariete anticlerical, mártir del intelecto o del paganismo; luz de la razón ilustrada, icono científico o bandera feminista. Y, como no podía faltar en el menú, luego está toda la literatura de la eternamente joven y bella porque ya se sabe que una anciana con achaques no encaja en absoluto con el perfil de heroína novelesca. Cada época la rellena y maquilla con el contenido que necesita para su propia batalla. Ha sido tildada de intrigante, manipuladora, bruja, heroína... hasta Voltaire se permitió hacer chistes de mal gusto:
Y la lista sigue. No sé si es interminable o a mí me lo parece. Cada cual instrumentaliza la muerte de Hipatia para sus propias causas: criminalización entre facciones religiosas, ariete anticlerical, mártir del intelecto o del paganismo; luz de la razón ilustrada, icono científico o bandera feminista. Y, como no podía faltar en el menú, luego está toda la literatura de la eternamente joven y bella porque ya se sabe que una anciana con achaques no encaja en absoluto con el perfil de heroína novelesca. Cada época la rellena y maquilla con el contenido que necesita para su propia batalla. Ha sido tildada de intrigante, manipuladora, bruja, heroína... hasta Voltaire se permitió hacer chistes de mal gusto:
Voltaire hace de ella un uso bastante desdeñoso; y, a mitad de una serie de graves acusaciones contra Cirilo y los cristianos, añade una ocurrencia de tertulia, perfectamente grosera y necia, sobre su heroína favorita: 'Cuando se desnuda a mujeres hermosas, no es para perpetrar matanzas.'Maria Dzielska
Pero lo único cierto, sin inventos ni inventivas, es que no sabemos nada de su vida ni de su obra. Se perdió porque a nadie le pareció importante conservarlo. Ni oriente ni occidente pensaron que era interesante trascribir y perpetuar su legado. Nos han contado que fue sabia y respetada. Y muy querida. Que usaba en público la vestimenta masculina de los filósofos. Que acudían alumnos de todas partes para aprender de ella. Pero no sabemos cuando nació ni a qué edad murió. Unos dicen que a los 45 y otros a los 60 años. Tampoco sabemos si tuvo familia, hijos, sobrinos. Si era de carácter dulce o soberbio. ¿Tenía sentido del humor?. Lo único a ciencia cierta es que no mereció morir de esa manera y que hubiera estado bien que su figura trascendiera a lo largo de los siglos por su obra y no por ser "la científica que murió a manos de la iglesia".
Querido lector, ¿quieres que pensemos juntos un momento? Creo que sería desmedido para la humanidad pensar que Hipatia representa las injusticias del mundo o de la religión o de lo que fuere. Evidentemente, es más facilón indignarse con un crimen de hace mil seiscientos años, sin culpables a los que señalar, que mirar de frente a lo que ocurre hoy mismo: niños que mueren a centenares, a miles, lentamente, de hambre, enfermedades y balazos. Casi siempre todo junto. Es una letanía sin fin. Sin sentido alguno.
¿No sientes que nuestra ética está trastocada y se emborracha de sí misma cuando recurre a la antigüedad para señalar las maldades que a día de hoy nos azotan por las mismas miseras humanas? Y pensándolo mejor: lo mismo sí representa las injusticias del mundo. Porque lo mismo el efecto Hipatia es el que nos golpea una y otra vez a lo largo de los siglos. Ciegos y mudos cuando lo tenemos delante pero altaneros y moralistas cuando es agua pasada.
Y no solo eso me hace hervir la sangre: qué maldita costumbre la nuestra de sexualizar su muerte -joven, hermosa y desnuda- porque por algún grotesco y retorcido motivo, la desnudez de una mujer asesinada es algo relevante -¿apetecible?- para el lector. Me irrita que además, esta ficción no solo la sexualiza sino que le roba su edad. Claramente una anciana asesinada no vende la misma fantasía que una doncella. Se nos reduce a escombros con la edad y eso me fastidia hasta el infinito.
Y mi fastidio no termina aquí: discuten si fue bruja, manipuladora o sabia pero nadie hizo nada por recuperar su legado. Sócrates Escolástico pudo, porque ambos fueron contemporáneos y su obra aún estaba de actualidad. Yo tengo claro que solo tuvo interés en victimizarla porque ya es raro que aporte tanto detalle sobre su muerte y tan poca prosa por su trabajo. Escuece que lo poco que nos ha llegado -como sus comentarios a Diofanto y Euclides-, haya sobrevivido solo filtrados a través de terceros sin que ninguno de sus tratados haya sobrevivido como mínimo por alusiones. Qué rabia, que nadie en su época considerara que merecía la pena copiarla y preservarla.
Y sí: yo también estoy pecando de moralista, no me libro. Pero quiero que quede claro que Hipatia tiene su propia voz y palabra. Yo la veo entre tanta paja. ¿Tú no? Solo es necesario cuestionar las fuentes porque, en especial con las mujeres, nos las vienen pintando de aquella manera y, desde luego, estudiar un legajo antiguo no es sinónimo de veracidad y fiabilidad. No olvides que hay mucho necio con buena pluma.
Ea, vamos a endulzarnos un poco para que no se nos agrien las entrañas. Si algo tenía Alejandría eran sus capas superpuestas, tantas culturas mezcladas sin fundirse del todo -griega, egipcia, romana, judía, cristiana- como las láminas de filo de un buen baklava. Y en medio de todo eso, pistachos y nueces revueltos sin orden ni bandera, un poco como el propio pensamiento de Hipatia, que bebía de todas partes sin dejarse encasillar. Yo lo he hecho más al estilo bosnio, con menos almíbar, para que el dulzor no empalague ni tape lo que de verdad importa: los frutos, el crujiente y la jugosidad.
- 200gr. de azúcar morena
- 100gr. de azúcar de abedul
- 250gr. de agua
- el zumo de 1/2 limón
- 250gr. de masa philo
- 125gr. de mantequilla derretida
- 250-300gr. de mezcla de pistachos y nueces a tu gusto
Notas:
- Normalmente el almíbar se hace con la misma cantidad de azúcar de que agua pero yo la he reducido un poco para no mojar tanto el baklava. He sustituido el azúcar blanco por azúcar moreno y de abedul
- La mantequilla está reducida también porque pincelo las capas de dos en dos y tan bien. Menos grasa y nadie lo notará. Eso sí, mantequilla, nada de margarinas.
- Tradicionalmente se alternan capas de masa philo con los frutos secos pero actualmente se tiende a poner el relleno junto en el medio. Y a mí, me encanta el resultado.
- En un cazo, pona el agua, los azúcares y el jugo de limón. Lleva a ebullición y déjalo hervir a fuego medio durante 10 minutos. Retíralo del fuego y deja que se enfríe.
- Derrite la mantequilla. Pincela la base de tu molde o recipiente. Coloca la mitad de las láminas de masa filo de dos en dos, pincelando con la mantequilla.
- Coloca las nueces y los pistachos picados en una sola capa en el centro y cubre con el resto de las láminas de masa filo, repitiendo el pincelado de mantequilla.
- Corta el baklava en rombos, triangulos o cuadrados antes de meterla al horno. Si te sobró un poco de mantequilla, pincela bien la superficie insistiendo en los cortes. Hornea a 180°C durante 35-40 minutos hasta que esté bien dorado.
- Nada más sacarlo del horno, vierte el almíbar frío por encima. Déjala reposar al menos un par de horas como poco a temperatura ambiente antes de hincarle el diente.











