Mantequilla rústica de hierbas y queso
Un periódico de Zúrich fechado el 9 de febrero de 1782, anuncia que desde el cantón de Glaris, se pagarán cien coronas -el salario de cinco o seis años de una sirvienta - por cualquier información que ayude a detener a Anna Göldi, una malvada bruja que intentó matar a una de las hijas de un respetado doctor de la ciudad.
Dieron caza a la hechicera y la ajusticiaron con brutalidad. Pero se lo merecía porque entre la garrucha y otros tormentos, confesó que se comunicaba con el demonio a través de un gato negro quien le prometió riquezas y protección si ella accedía a cumplir sus órdenes, que no eran otras que las de dañar a la familia del doctor Tschudi. Estas son las cosas que tenía el diablo en aquellos tiempos; con la de maldades en masa que podía acometer, desplegaba todo su poder en hacer daño a una familia cristiana de alto copete.
Y mientras el juicio avanzaba, el pueblo estaba algo dividido: por un lado, una multitud -desatada y encantada porque en el aburrido y lánguido Glaris por fin pasaba algo emocionante- jaleaba triunfante la victoria del bien sobre el mal; por el otro, una clase media ilustrada seguía horrorizada la pantomima del proceso. De este rescoldo social, gracias al funcionario judicial Johann Melchior Kubli y el periodista alemán Lehmann, hoy podemos saber los detalles de este disparate tan macabro.
Y es que a Lehmann no le dio la gana morderse la lengua y contó lo que estaba pasando. Cuando el caso de brujería se conoció fuera de los valles del cantón, la respuesta internacional fue unánime: los tildaron de bárbaros, paletos cerrados y fanáticos retrógrados. Y cuando intentaron manipular las actas y el veredicto del juico para blanquear las atrocidades y sinsentidos en la corte de Glaris, Johann Melchior Kubli tampoco quiso mantenerse al margen y se la jugó haciendo una copia completa que filtró a la prensa extranjera. Así que si hoy podemos reconstruir lo que allí aconteció, -frustrando el intento de silenciado- fue gracias a él. Bravo Herr Kubli.
Hablemos de ella: Anna Göldi fue una mujer pobre y algo alocada que tomó malas decisiones en su juventud. Se enamoró de un soldado que la preñó y nunca regresó. La noche que parió a la criatura, ésta murió. Fue acusada de matar a su bebé aunque ella mantuvo que se quedó dormida y le asfixió por error. Nunca lo sabremos. Si bien es cierto que los accidentes o una muerte súbita pueden ocurrir, también sabemos que algunas mujeres desesperadas que alumbran sin desearlo, sin medios ni protección con el estigma social acuestas, pues optan por silenciar a sus criaturas. Por mi parte, ni juzgo ni justifico. Mi condición de madre me impide pensar que algo así pueda cometerse pero yo nunca he sufrido ni miseria, abandono ni desesperación.
Pero a Anna le volvió a pasar. Se enamoró perdidamente de un señor de familia fina con quien mantuvo un largo romance. Un príncipe azul que le prometería protección y seguridades -o eso le pareció a ella- pero en cuanto se quedó de nuevo preñada la echó de mala manera. Quedó otra vez perdida y desprotegida en la más terrible de las miserias. En esta ocasión, al nacer la criatura la dio en adopción.
Y este fue el legajo con el que Anna Göldi tuvo que vivir: siendo escoria de la naturaleza por ser pobre y desarrapada. Escoria social por matar y deshacerse de sus hijos. Escoria pecaminosa por ser descendiente de Eva y del pecado original. Por ser un instrumento del diablo, libidinoso y de insaciable lujuria, que seducía hombres para destruir sus almas. Un ser frágil tratado como escoria sin derecho a ser apreciada, respetada ni protegida. No creo que nunca conociera la compasión. Y así ya me dirás tú. Debió de echar un carácter endemoniado, no digo que no, pero quién no le cogería manía al mundo en su lugar.
Por tanto, cuando llegó a casa del Dr. Tschudi para servir -lo que llevaba haciendo desde niña- Anna tenía cuarentaitantos años de sinsabores y duras jornadas a cuestas, porque la servidumbre no tenía derecho a descansar o a solicitar cargas más ligeras al llegar a cierta edad. Qué barbaridad, querer terminar sus días con algo de paz. ¡A quién se le ocurre! .
Tampoco me cuesta demasiado imaginarme la amargura y rencor que su alma llegó a albergar. ¿Qué dios condena a sus hijos a padecer miserias para que unos pocos ricos vivan mejor? No voy a mentirte. Nadie sabemos de la vida de Anna antes del proceso y los que han convertido su vida en una novela rosa, mienten. O especulan o desean ver belleza y bondad donde el sentido común nos dice que no hubo. Pero por algún retorcido motivo, sentimos la necesidad de endulzar a las víctimas en nobleza y hermosura para que su causa sea más injusta e indignante. Además ¿Cómo podríamos si no saber reconocer su inocencia?
Anna Göldin, de la comunidad de Sennwald, perteneciente a la bailía alta de Sax y Forstek, territorio de Zúrich, de unos 40 años de edad, de complexión gruesa y de gran estatura, rostro pleno y rojizo, cabello y cejas negros, tiene ojos grises algo enfermizos, que en su mayoría parecen rojizos, su mirada es abatida, y habla con su pronunciación de Sennwald..
En el bando de su búsqueda no hay una sola palabra sobre belleza. Al contrario: ojos enfermizos, mirada abatida, una mujer de cuerpo grueso. Sus defensores afirman que esa descripción está manipulada apropósito para que pareciera más bruja. Yo en cambio, leo la descripción fría e impersonal de alguien que busca un objeto perdido o a un animal doméstico que se ha escapado. Yo, sinceramente, no veo a una malvada de cuento.
De Johann Jakob Tschudi no te voy a contar demasiado porque su vida es la de tantos, cortados todos por el mismo patrón: además de médico fue también juez y pertenecía a una de las familias más influyentes del cantón. Soberbio, altanero y necio. Vivía convencido que su poder residía en su superioridad moral y no en esa perversa capacidad de castigar con desmedida a quien le fuera molesto.
Y Anna cruzó esa línea invisible que la servidumbre nunca debe traspasar porque los señores no toleran ni ingratitud ni grosería. Le reclamó parte del salario que ella entendió que no se le estaba remunerando. Hubo fricción y es posible que la sirvienta insistiera con cierto descaro en lugar de pedir perdón y agachar la cabeza, como era lo de esperar. Anna se encaró. Y podría haberla puesto de patitas en la calle con un par de palos de regalo pero no. Pasó algo que desató la ira del fulano.
Una mañana, una de las hijas de Herr Tschudi encontró una aguja en su vaso de leche. La señalaron de inmediato. No hacía falta investigar o abrigar la posibilidad de un accidente fortuito; no, simplemente la declararon culpable porque ya había demostrado su mal talante e ingratitud. Y el doctor encolerizó. Se sugirió que fuera corrida de la ciudad de mala manera pero para este señor eso no era suficiente castigo. Iba a enterarse esa muerta de hambre quien manda en esos lares.
Huyó consciente del peligro que corría. Un cerrajero llamado Steinmüller y su esposa la cobijaron unos días en su casa mientras organizaba la mejor forma de huir sin ser vista. Lo consiguió. Pero el juez no estaba contento en absoluto e hizo valer su poder; dieciocho días después, supuestamente la niña tuvo convulsiones y se afirmó que vomitaba alfileres. Ya no había duda alguna: se la acusó de ejercer la brujería a distancia.
Cuando se dictó el bando de su captura, Herr Steinmüller sintió que debía advertirla del peligro y le escribió una nota que, entre otras cosas, decía: "os advierto como hombre de honor, cuidaos bien de no caer en desgracia". Y la desgracia, que es contagiosa, cayó sobre él porque interceptaron la carta y el tribunal capitaneado por el doctor, lo arrestó acusándole de ser el "mago proveedor", el que suministraba a Anna las agujas mágicas pactadas con el diablo. Poco después, encontraron a Anna y se inició la fase de instrucción del caso: los interrogatorios. Es decir, el suplicio. A ambos.
El no va más en tortura era la garrucha. Le ataron las manos a la espalda con una soga unida a una polea en el techo. Se tiraba de la cuerda hasta elevar el cuerpo desplomado que era sostenido por las articulaciones de los hombros que colgaban hacia atrás. Se le interrogaba así durante horas, con los hombros desencajados y para animar a la bruja a confesar, se aflojaba de golpe la cuerda para que el cuerpo se precipitara en el aire y antes de tocar el suelo, se volvía a tensar la maroma. El dolor era infinito y la pobre Anna suplicaba que le ayudaran a confesar porque nada de lo que decía parecía que les encajaba a sus eminencias.
Cuando a Anna le inundaba la rabia y gritaba con desesperación su inocencia, le ataban piedras en los tobillos. El dolor era indescriptible; no creo que debamos insistir en ello. El pobre Herr Steinmüller corrió la misma suerte. En un descuido de sus carceleros, se colgó en su celda. Anna, colapsada por el dolor, comenzó a recitar retahílas de clichés absurdos como lo del gato negro, el pacto con el demonio, que odiaba a la niña y que mató al Presidente John F. Kennedy.
Y como ya había confesado, ya estaba demostrado que era una bruja de manual. Pero algunos de los jueces del consejo tenían reparos porque la prensa estaba montando mucho ruido y sentían presiones de otros cantones. Además, la brujería ya no era un delito, no se la podía quemar ni decapitar por ello. Había que encontrar otro cargo que fuera más razonable. Envenenamiento. Sí, podría encajar si no fuera porque no estaba castigado con la muerte. Les dio igual y tiraron para adelante.
El 6 de junio el consejo llegó a su veredicto. Treinta y dos hombres votaron que Anna Göldi muriera decapitada por el cargo de envenenamiento. Treinta votaron en contra, no sabemos si por compasión, por dudas sobre su culpabilidad o por el simple cálculo político de evitar el escándalo internacional que se les venía encima. Solo dos votos. Esa fue la diferencia entre la vida y la muerte de Anna. Y lamentablemente no fue la última. Aún quedaban hogueras por encender en Polonia.
Así de fácil era condenar, torturar y matar a una inocente. Acusar a la mujer de bruja siempre ha funcionado. Matilda lo denunció en su libro Woman, Church, and State. Así de fácil era silenciar a las mujeres molestas por sus conocimientos, su influencia o simplemente para calmar la rabia y el despotismo de un líder local que no toleraba la insolencia. A las brujas no solo las han matado para castigarlas; se ha pretendido extirpar su voz, su desacato y su ímpetu de la faz de la tierra. La pira, la horca o el hacha son el punto final que religión y estado han impuesto a lo largo de los siglos para que nadie, nunca más, escuche lo que ellas tenían que decir.
En el Estadio Ghazi de Kabul durante el anterior régimen talibán, las mujeres acusadas de lo que fuera eran arrojadas desde un trampolín a una piscina vacía. Lo llamaban el juicio de Alá: las inocentes dios las salvaría; las culpables morirían. Se escucha que este tipo de juicios vuelven a estar de moda.
Ingredientes:- 500ml. de nata fresca para montar (tiene que ser fresca)
- 100gr. de queso curado de montaña (o pecorino o parmesano)
- 1 buen puñado de hierbas frescas a tu gusto
- Sal y pimienta
Preparación:
- Para montar la mantequilla; bate la nata con unas varillas eléctricas hasta que hagas nata y sigue y sigue hasta que veas que va apareciendo un líquido blanco y la mantequilla coge algo de color amarillento. Lo cuelas sin tirar el líquido blanco. Este suero lo puedes usar mezclar con yogur y tendrás algo muy parecido al buttermilk, fantástico para hacer desde bizcochos a aderezos para ensaladas.
- Ralla el queso y se lo añades a la mantequilla.
- Corta en fino las hierbas y las añades a la mantequilla con algo de sal y pimienta. Mezcla y reserva en la nevera para que coja cuerpo.











