Polarkaka o pan vikingo al estilo Gudrid

Si te das una vuelta por la wiki o alguna web similar, te vas a encontrar con cosas como que Gudrid Thorbjarnardóttir -a partir de aquí Gudrid sin más porque el apellido no hay quien lo escriba- era una doncella islandesa hija de un vikingo de armas tomar. Y yo me parto, claro. Porque esta señoraza era una vikinga de rompe y rasga que no se achantó ni ante la vida ni ante el demonio. Ni ante el papa de Roma. Pero, como en toda buena historia que se precie de serlo, hay que empezar por el principio.

Nació en Islandia hace un porrón de siglos -por el X más o menos- y sí, era hija de un vikingo muy vikingo que hacía cosas de vikingos: navegar y soltar mamporros. Por lo que sea Gudrid iba siempre que podía con él, muy probablemente porque le iba también el jaleito. Y aunque no lo parezca, estos bestiajos del norte -que a brutos no los ganaba nadie- eran muy dados a respetar a sus chicas como a iguales -ay, estos salvajes, qué cosas más raras hacían-. Así que no era raro que en sus expediciones se apuntaran las más bravuconas, esas que -de haber tenido poncho- no se lo hubieran dejado pisar sin liarla parda.

Pues eso, que se fue con su padre y su esposo rumbo a Groenlandia en una travesía que terminó como el rosario de la aurora, porque hay mares que no se dejan domesticar. Y poco antes de tocar tierra, naufragaron. Les rescató Leif Erikson -hijo del famoso Erik el Rojo- y se establecieron tan ricamente en suelo groenlandés. 

Pero en el primer invierno, el marido se resfría -o algo peor- y enviuda. No eran tiempos como para marear la perdiz, así que vuelve a casarse con otro. Este fue bastante partidazo por ser uno de los hijos del Rojo. Pero -ya es mala suerte- este también se resfrió. Y de nuevo viuda y sin hijos. 

Pero Gudrid era guapa a rabiar y había heredado ya un par de veces, así que pretendientes no le faltaban. El afortunado fue un islandés riquísimo, que pasaba por allí comerciando y no se lo pensó dos veces. Mira que le avisaron: ojito con la Gudrid que los maridos se le resfrían. Pero a él le dio igual. 

Y algo que compartían ambos -además del fresquito polar que debía de ser tremendo- eran las ganas por navegar hacia el oeste porque otro vikingo que también naufragó y sobrevivió para contarlo, iba diciendo que había visto una tierra verde, llena de madera y donde las uvas crecían silvestres. Vaya, El Dorado vikingo. 

Y el Leif Erikson, que tenía también ganas de aventura, montó una expedición y, como puedes imaginarte, tanto Gudrid como su tercer consorte, se apuntaron al jolgorio. No llegaron al primer intento -las cosas como son- pero llegaron, vaya que sí. A Terranova que ellos llamaron Vinland, por aquello de las uvas. 
Pero los autóctonos no se lo pusieron nada fácil y se liaron a mamporrazos día sí y día también. Entre soplamocos y golpetazos Gudrid parió al primer europeo en América. ¿Te lo puedes creer? La criatura se llamó Snorri Thorfinnsson, porque el tercer marido no sé si te lo he dicho, se llamaba Thorfinn y estas gentes tenían a bien apellidar a sus vástagos con la coletilla "hijo de" algo que en España nos hubiera venido como anillo al dedo y nos hubiéramos ahorrado siglos de preguntar aquello de "y tú, de quién eres". 

Volviendo al hilo de la aventura americana, en tres años estaban de vuelta porque aquel clima de hostilidades no había quien lo aguantara. Había bosques para todos pero los lugareños más desconfiados, pensaban que si les dejaban quedarse luego lo mismo llegaban en masa a cazar castores, talar árboles y construir rascacielos al raso. Sonaba raro pero a saber que se podía esperar de gente tan rara.   

Y así, con algún que otro coscorrón made in Canada, regresaron a Islandia. Como fortuna no les faltaba, se compraron una granja espectacular y vivieron tan ricamente contando batallitas sobre Vinland. Los años pasan y Thorfinn, aunque no se resfrió que se sepa, la terminó palmando de viejo. 

Gudrid se vio algo aburrida de tanta granja y tantas finanzas y, consciente de que a ella también le quedaba dos telediarios, en el momento en que casó a su primogénito, al americano, le entregó las riendas del negocio y ella, que se había vuelto muy cristiana apostólica y romana, se le ocurrió peregrinar a Roma para saludar al papa de turno. ¿Cuál era? Ni idea, lo cierto es que para esta historia el dato no aporta nada.

Así que embarca de nuevo -por aquello de acortar camino-, desembarca por Dinamarca, Alemania o donde sea y se afana en tirar millas. Cruza los Alpes -ya hay que tener ganas- y se presenta en el Vaticano. Mira, no tengo ni idea de si tuvo audiencia con su santidad o no; no sé si hay documentos que recojan ese momentazo en el que una anciana vikinga se presenta ante el enviado de dios en la tierra; pero quiero imaginar que, chapurreando una mezcla de latín de andar por casa con el padrenuestro, le contó eso de que se aburría en casa y tenía ganas de aventuras, que en Canadá y Groenlandia muy bonito todo.

Y, no te lo pierdas, volvió a casa. Bien sea porque le hizo una promesa al romano o porque ya no sabía qué hacer para no aburrirse, se convirtió en monja de clausura. A ver, ya que no había bingos ni cines, algo había que hacer. Y si algo había aprendido en su viaje, es que iglesias y conventos había que construir. Y así, desde su retiro, Gudrid pasó sus últimos años siendo la mujer más respetada y venerada de la isla. 

Fue una leyenda y con razón. Dejó este mundo habiendo dibujado el mapa del mundo con sus propios pies y recordándole a los suyos que, cuando una mujer del norte decide ponerse el mundo por montera, no hay océano, ni montaña, ni papa de Roma que la pueda detener. Luego la historia como siempre, la ninguneó. Milagros ya sabemos que no se pueden esperar. Porque mucho Erik por aquí y el Rojo por allá. Pero la jefaza, la que parió en suelo americano y sin pedir permiso a nadie, fue ella: Gudrid, la Vikinga. 
Ingredientes:
  • 330gr. de harina de centeno
  • 360gr. de trigo o espelta
  • 1 sobre levadura seca para pan
  • 100gr. de mantequilla blanda
  • 2 cdtas. de sal
  • 2 cdas. de miel
  • 500ml. de leche templada

Notas:
  • Yo he hecho 3 panes grandes pero si quieres puedes dividir la masa en 4-6 piezas individuales.
  • Soy muy fan de la harina de espelta que también he usado en esta ocasión pero puedes usar harina de trigo de fuerza. Puedes usar también alguna parte integral. 
  • En los países donde luchamos con el frío, es muy habitual que templemos un poco los líquidos a la hora de hacer pan. Lo suyo es templarla a temperatura corporal: si la tocas no debe estar ni caliente ni fría. 
  • Los panes, una vez hechos, los puedes rellenar de lo que más te guste. Si tienes opción, acompáñalos con mantequilla casera. Tan fácil como  batir nata líquida fresca y bio hasta que se separe la mantequilla del suero. Este suero lo puedes usar mezclar con yogur y tendrás algo muy parecido al buttermilk, fantástico para hacer desde bizcochos a aderezos para ensaladas. 

Preparación:
  1. En un bol, pon todos los ingredientes juntos y amasa con ayuda de un procesador o unas varillas eléctricas. Siempre suelo darle a la masa un descanso de 5 minutos, para que se absorban bien los líquidos. Después vuelve a amasar un par de minutos más. Deja que la masa fermente durante 30 minutos.
  2. Divide la masa en las porciones que desees (de 3 a 6). Haz una bola con cada pieza y la extiendes dejando que quede más o menos con un grosor máximo de 2 cm. Pincha la superficie de cada pan con un tenedor o con un rodillo perforador de masa. Deja que descansen unos 20 minutos.
  3. Precalienta el horno a 250ºC.
  4.  Hornea los panes unos 10-15 minutos hasta que veas que se han dorado un poquito. Deja que enfríen sobre una rejilla.

 
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