Ensalada Eunice de brócoli
Estamos en 2011, en Oklahoma. En concreto en la residencia de Ray y Jana. El matrimonio es muy aficionado a los libros divulgativos antiguos. Desde que Ray se jubiló, se pasean con más frecuencia por ferias y librerías buscando revistas y manuales científicos del siglo XIX. Y así, un poco a lo tonto, es como se hacen con un tomo del Annual of Scientific Discovery de 1857 y se topan con la manzana de Newton del cambio climático.
Nuestra Newton es Eunice Newton Foote que, agárrate los machos, descubrió el efecto invernadero experimentando con cilindros de cristal expuestos al sol. Trasteando con esto y con lo otro -no me pidas detalles que me desmontas- se dio cuenta de que el dióxido de carbono y el aire húmedo retenían muchísimo más el calor que el aire normal. Concluyó que, si la atmósfera tuviera más de ese gas, la Tierra se calentaría notablemente.
Una atmósfera de ese gas podría darle a nuestra Tierra una elevada temperatura; y como algunos suponen, en algún periodo de su historia, el aire estuvo mezclado en éste en una proporción mayor que la actual, con lo que debería haber resultado necesariamente un incremento de la temperatura provocada por su propia acción y por el aumento del peso del aire
154 años desde que Eunice publicó su estudio sobre el calentamiento global y nadie, absolutamente nadie, había hablado de ella. Ni una universidad, ni un Nobel, ni un doctorado en una universidad de segunda fila. 154 años han sido necesarios para que un geólogo petrolero de Tulsa -amante de ejemplares viejunos que no solo compra sino que también lee- comprendiera la transcendencia del estudio de Eunice Newton e inmediatamente supo que tenía que hablar de ello. Publicó en una revista su hallazgo y la comunidad científica se quedó a por brócoli. O algo peor.
Porque el padre del efecto invernadero publicó su primer estudio tres años después de Eunice... malo. Y ese estudio comenzaba de esta guisa: "Nada, hasta donde yo sé, se ha publicado sobre la transmisión de calor radiante a través de cuerpos gaseosos"... malo. Y ese padrecito del calentamiento, pues como que no leía estudios de lo suyo ni tampoco ningún colega cercano -de la Royal Society, por ejemplo- que le hubiera podido comentar algo así como: "Oye, John, una mujer en Nueva York ha estado metiendo CO2 en tubos y dice que aquello se calienta una barbaridad". Pues como que no... malo.
Y digo esto porque ahora hay mucho por ahí fuera justificando que el bueno de John Tyndall no sabía nada de los experimentos de Eunice porque no han encontrado la prueba del delito. Vaya, que no hay ninguna nota que diga "Yo, John Tyndall, estando más perdido que Adán en el Día de la Madre, después de dedicar mucho tiempo e instrumental carísimo en medir a lo tonto gases como el oxígeno y el hidrógeno sin obtener ni un solo resultado y viéndome en un callejón sin salida, tuve a bien leer el estudio de una aficionada comprendiendo que la madre del cordero estaba en el dióxido de carbono y el vapor de agua".
Porque eso es lo que hizo ella. Eunice Foote, con cuatro botes de cristal al sol en su jardín, describió en su artículo que el oxígeno y el hidrógeno no aumentaban la temperatura, pero que el gas que se calentaba de forma requetesalvaje era el ácido carbónico. Pero claro, qué iba a saber ella que ni pudo presentar su propio descubrimiento ya que en los congresos científicos las mujeres no siempre eran bien recibidas -o cuando menos se montaba guasa en sus exposiciones- y tuvo que ser un varón de pelo en pecho quien acudiera al rescate y lo leyera en su nombre.
Y aquí querido lector, dejo este brote de cinismo y si me equivoco en mis insinuaciones que me perdone el espíritu de John Tyndall pero esta grandiosa mujer huele a Matilda a la legua. Porque el patrón y el modus operandi es el clásico sin saltarse ni una coma. Porque yo aquí veo lo de siempre; ese proceso sistemático por el cual una mujer realiza el trabajo, encuentra la respuesta correcta, lo deja por escrito y el colega masculino absorbe el hallazgo, se lleva los honores y la comunidad científica en bloque barre el rastro y lo esconde bajo alfombra.
Es increíble que a la sociedad le haya costado tanto admitir el talento femenino. Teniendo pruebas. Teniendo los datos. Mira hasta que punto: el estudio de Eunice llegó a Europa y se publicaron dos breves resúmenes. Uno en Escocia y otro en Alemania. El redactor escocés fue tan incapaz de concebir que una mujer hubiera hecho ese descubrimiento que le atribuyó el mérito al maridito. El alemán, por su parte, recortó y copió los datos pero eliminó por completo la conclusión sobre la atmósfera y el clima. Mutiló su hallazgo sin pestañear.
Pero nunca es tarde si la dicha es buena así que voy a poner los puntos sobre las íes que ya va haciendo falta. Te voy a contar todo lo que he aprendido de Eunice Foote, de soltera Newton. Esta es su historia.
Nace en Connecticut y se cría en Bloomfield, Nueva York, que en esa época fue un foco de activismo social muy volcado en el abolicionismo y los derechos de la mujer. Esto es muy importante de señalar. Luego verás porqué. Sigamos: se educa en el Troy Female Seminary fundado por la feminista Emma Willard. Allí descubre su amor por la química, astronomía y meteorología. En el Rensselaer School, aprende experimentación práctica de laboratorio. ¿Aficionada?
Tuvo la suerte de casarse con Elisha Foote Jr., un abogado, juez e inventor que fue el compañero de vida perfecto para poder seguir cultivando sus experimentos e ideas. Se mudaron a Seneca Falls en Nueva York y allí asiste a la famosa Convención de Seneca Falls, la primera gran quedada pro derechos de las mujeres. Junto a su esposo firman la Declaración de Sentimientos, un documento clave para el sufragio femenino firmado por 68 mujeres y 32 hombres. Se convirtieron sin saberlo en referentes de una lucha que a día de hoy, siglo y medio después, continúa peleando la igualdad de derechos.
Ella, aunque fue ninguneada por la comunidad científica, fue una investigadora e inventora fantástica: además de ser la jefaza de hecho del efecto invernadero, presentó un segundo estudio sobre la electricidad estática en gases, patentó un compuesto de relleno para las suelas de botas y zapatos que evitaba que chirriaran y otra patente más por mejoras técnicas en las máquinas de fabricación de papel para conseguir que fuera más fino y de mayor calidad. Ah, y no te lo pierdas, también inventó una cocina con termostatos. Cuando te pelees en la cocina con los reguladores ya sabes en quién tienes que acordarte.
Y murió, normal. Era humana. Y las instituciones científicas siguieron ninguneando su primer artículo de física que mira por donde, resultó además ser el primero publicado por una mujer en una revista científica de los Estados Unidos bajo su propio nombre. ¿Y cómo pudo pasar?
A saber. Puede que al haber sido una notable activista pro derechos civiles, de las primeras encima, la causa pro igualdad se haya cegado con su contribución social y legal pero nadie escarbó más allá. Solo se me puede ocurrir otro motivo.
En cualquier caso, el engranaje de la invisibilización funcionó a la perfección con Eunice. La condescendencia de una comunidad científica internacional que ha expoliado sistemáticamente el talento femenino, queda completamente al descubierto en el caso Eunice. ¡Por favor! qué inventó los termostatos de cocina. ¿Cómo es posible que solo haya sido una anécdota para la ciencia durante 154 años?
Ingredientes:- 1-2 pellas de brócoli (depende del tamaño)
- 2-3 zanahorias
- 1 manzana
- 10-12 palitos de surimi
- un puñado de cranberries y/o pasas
- Aliño: 2 cdtas. de mostaza amarilla, 2 cdas. de sirope de arce, vinagre de vino rosso, sal de especias a tu gusto, pimienta y aceite de oliva)
- Por encima: unas semillas y/o nueces picadas a tu gusto
Preparación:
- Lava el brócoli y pica muy fino. Reserva los tallos para una crema de verduras, por ejemplo.
- Ralla las zanahorias y corta la manzana en trocitos. Lo mismo con los palitos de surimi.
- Prepara el aliño, lo agitas bien y montas la ensalada.











