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Galletas con sombrero de merengue y grosellas

junio 28, 2026
Estamos en 1919 en el humilde barrio de Las Ventas en Madrid, donde se acaba de inaugurar la Casa de los Niños de España. Es la primera guardería laica del país y pretende acoger a los hijos de aquellas mujeres trabajadoras que se ven obligadas a dejarlos solos en las chabolas mientras ellas intentan ganar unas cuantas pesetas trabajando de sirvientas, lavanderas u obreras en fábricas de tabaco y textiles mayormente.

Margarita Nelken está detrás de este proyecto. Ha logrado reunir apoyos internacionales y con mucho esfuerzo, a algún benefactor patrio. Pero las señoras de bien ponen el grito en el cielo y el clero, que para estas cosas es muy peleón, las ayuda a cerrar este centro de pecado para mujeres impías que no merecen caridad alguna. Porque esta Casa de los Niños, no solo no está gobernada por monjas sino que, para más inri, admiten a hijos de madres solteras como quien no quiere la cosa.

Así que acosan en pandilla al principal mecenas para que chantajee a Margarita: o echas al personal laico y metes monjas que aporten algo de respetabilidad o te quedas sin fondos. Pero es que ella, no es nada corriente; no es una charlatana de discurso facilón, al contrario, es mujer de palabra porque, además de tener principios, es fiel a ellos. No los va a romper y eso lo complica todo. Dice que nanay, que ni hablar del peluquín. Que o todas o ninguna. Que España tiene derecho a ser laica. Y la guardería cerró. 
Aquí [en España] resulta ridículo para muchos el trabajo de una mujer; pero a todo el mundo le parece natural la posición de una mujer dependiendo por completo del trabajo, no ya de un padre o de un marido, sino de un hermano, de un tío o de cualquier deudo masculino [...] De ahí también la desconsideración de un marido que sabe muy bien que, pase lo que pase, su mujer habrá de aguantar todas las humillaciones y todas las afrentas, ya que apartándose de su esposo no
podría ni comer.
Este primer gran golpe Margarita lo encajó como pudo. Se ató los machos, se caló el sombrero y siguió luchando por ellas, consciente -por activa y por pasiva- de que el adoctrinamiento y el asfixiante poder de la Iglesia eran el pilar del machismo pandémico que no quería -o no podía- separar sociedad, estado y religión, motivo principal por el que España se estaba quedando atrás respecto al resto de Europa, que avanzaba con más determinación en materias como la educación y la formación profesional e intelectual.

Como ya estarás imaginándote, Margarita fue una mujer excepcional con muchos talentos que supo aprovechar a las mil maravillas. Sus padres eran judíos extranjeros -algo que muchos no le perdonaron y se lo echaban en cara día sí y día también-, lo que le permitió tener tres lenguas madres: español, francés y alemán. Y si bien había ese empeño nacional por silenciarla, en el extranjero era muy valorada y su red de contactos no paraba de crecer. Fue crítica de arte de primera fila, escribía como los ángeles, fue diputada en las tres legislaturas de la República, una oradora brillante y de las primeras en escribir tratados feministas como La condición social de la mujer en España.

Peleó con destreza las condiciones laborales de las obreras y de las jornaleras en los campos. Las organizó y asesoró para que no se amedrentaran con el fin de hacer frente a las injustas condiciones laborales y los sueldos de miseria. Para la dictadura de Primo de Rivera fue una agitadora radical; para la buena sociedad, una judía sin sentido de la decencia que, en lugar de emplear su talento en causas nobles, prefirió ponerse un mono de trabajo y salir a montar ruido con las obreras más rudas y fanáticas de todo Madrid.

Para las sufragistas también era incómoda a rabiar: en las Cortes de 1931, cuando se debatió el derecho al voto de las mujeres, Margarita Nelken votó en contra de conceder el voto femenino en ese momento, alineándose con Victoria Kent y enfrentándose a Clara Campoamor. Ella decía: "Primero eduquemos y liberemos las conciencias de las mujeres de las garras del clero, y luego démosles el voto". Este principio es el mismo que defendió Matilda Joslyn Gage porque, con buen criterio a mi entender, de qué vale dar el voto si la mujer seguía adoctrinada, sin tener las herramientas necesarias para desplegar sus propias opiniones y ejercer con libertad su capacidad de decidir.
No hay una sola mujer española, católica practicante, es decir, una sola mujer que se confiese, que no haya sido interrogada por su confesor acerca de sus ideas políticas y acerca de la inclinación que ha de darles y que ha de procurar dar a las de cuantos la rodean.
Así que la tacharon de traidora, disidente e incendiaria. Como ves, fue perseguida y señalada por todos pero aún así, siguió fiel a sí misma. Margarita, en cualquier caso, se convirtió en la punta de lanza de la generación del 27 femenina -Las Sinsombrero- hablando de ellas en sus ponencias, escribiendo sobre sus talentos y colocándolas en el punto de mira de la vanguardia española que parecía ser solo un movimiento de hombres. 

¿Que por qué Las Sinsombrero? Por una broma de unas cuantas que estando en la Puerta del Sol, decidieron quitarse el sombrero para "liberar las ideas" y, como ir con la cabeza descubierta era una provocación social inaceptable, la cosa acabó a pedradas. Y en lugar de salir escarmentadas, se vinieron arriba y todas las jóvenes poetas o artistas optaron también por airear sus pensamientos.
Llegó la guerra civil y, tal y como se planteaba el conflicto, decidió dejar el partido socialista y afiliarse al comunista porque pensó que eran los únicos con la disciplina militar necesaria para frenar a los golpistas en España y al fascismo en el resto de Europa.

En 1939, con el fin de la guerra, miles de republicanos cruzaron la frontera hacia Francia en la Retirada, quedando atrapados en las playas de la vergüenza: los campos de concentración franceses improvisados en arenales como Argelès-sur-Mer, donde terminaron hacinados en condiciones deplorables de frío, sarna y hambre. Se les abandonó a su suerte en la esperanza de que quisieran volver a España por su propia voluntad. Incluso se les aseguraba que podían volver, que Franco les había perdonado. Los más desesperados o ingenuos que optaron por regresar, ya se sabe la suerte que corrieron.

Y aquí volvió a demostrar su gran valía. Podía haberse marchado sin mirar atrás pero no lo hizo. Se quedó con la firme idea de salvar a sus compatriotas. No hay una cifra oficial exacta porque gran parte de su labor se hizo en la clandestinidad pero Margarita organizó una auténtica red internacional para lograr la fuga y el rescate de cientos de refugiados. Utilizó todos sus contactos e influencias en México y Europa para sacar de esas playas a intelectuales, obreros, mujeres y niños. Siempre que le era posible les conseguía pasaportes, organizaba barcos rumbo a América y, a aquellos que no conseguía liberar, les enviaba dinero y ropa.

Fue así como, tras enterarse de que la escritora Luisa Carnés estaba atrapada en una de esas playas, Margarita intercedió directamente ante las autoridades francesas para sacarla de aquel infierno, lograr reunirla con su hijo y conseguirles a ambos pasajes y visados para el barco que los llevaría a México.
Pero estalla la Segunda Guerra Mundial y ella misma tiene que exiliarse. Lo hace sin sus hijos, Santiago y Magda, que se alistan al Ejército Rojo para luchar contra el fascismo. Margarita, ya en México, deja de recibir correspondencia. Desesperada, empieza a exigir respuestas a los dirigentes del PCE exiliados -como Vicente Uribe o Dolores Ibárruri-, pero la respuesta es fría y desalmada. Una y otra vez recurren al "no sabemos nada, hay cosas más importantes en la guerra que tus hijos".

Margarita, asqueada por la sumisión ciega que le exigen, se rompe por completo y critica abiertamente el autoritarismo del partido. Para la cúpula, de corte estalinista de arriba a abajo, una intelectual que piensa por sí misma y encima se atreve a exigir explicaciones es intolerable. La disidencia se castiga con dureza. La acusan de indisciplina y la expulsan fulminantemente.

Sus antiguos camaradas le dieron la espalda de la noche a la mañana porque interceder por ella habría significado caer también en desgracia; apoyar a un expulsado equivalía a ser un traidor. Vertieron sobre ella infundios deplorables para minar su credibilidad intelectual y política. Y nadie pestañeó, cuando por muchos de ellos Margarita había movido cielo y tierra para ponerlos a salvo en México.

Pero la gran mezquindad del partido no fue echarla; fue cerrarle los canales de comunicación con Moscú, dejándola completamente a ciegas mientras su hijo se desangraba en el frente. No tuvo confirmación de su muerte hasta el final de la guerra. Mayor dolor y mayor traición no existe.

Yo me quito el sombrero ante ella, y no para airear mis ideas; lo hago para liberar mi respeto y admiración por una mujer tan íntegra y comprometida que, como suele pasar, a la hora de la verdad nadie fue capaz de estar a su altura. Estas galletas no usan sombreros atrapaideas; son pequeños merengues para arropar los sinsabores de la vida.
Ingredientes:
Para unas 20 galletas:
  • 150gr. de harina repostera
  • 1/2 cucharadita de cremor tártaro
  • 50gr. de Maizena
  • 50gr. de azúcar glas
  • 50gr. de azúcar o eritritol
  • Ralladura de medio limón
  • 1 yema
  • 2 cucharaditas de jugo de limón
  • 100gr. de mantequilla blanda

Para el merengue (por cada clara de huevo grande):
  • 1 clara
  • 60gr. de azúcar 
  • 1 cucharadita de Maizena
  • 75-100gr. de grosella roja

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 160-170ºC.
  2. En un blog mezcla las harinas, el cremor, los azúcares y la ralladura. Añade después la yema, la mantequilla y el jugo de limón.  Mezcla con las manos y forma la masa. Deja que descanse 30 minutos en la nevera.
  3. Extiende en la encimera ligeramente enharinada la masa con el rodillo. Con un corta galletas redondo de unos  5-6cm ve cortando la masa que tendrá unos 3 milímetros de espesor (a ojo).
  4. Las colocas en la placa de horno con papel de hornear y hornea entre 10-12 minutos. No tienen que estar hechas del todo cuando las saques.
  5. Mientras monta las claras (yo usé tres pero eso depende de cuanto sombrero le quieres poner) con el azúcar y la maicena. Recuerda que las cantidades que te he dado son por casa clara. Cuando esté bien firme y montado el merengue, mezcla las grosellas.
  6. Pon una generosa capa de merengue sobre las galletas con ayuda de una cucharita. Puedes ponerle unas grosellas extras por encima si lo deseas.
  7. Baja el horno a 150ºC y hornea otros 6 a 10 minutos. No queremos que coja demasiado color pero sí que le de tiempo a que el merengue se seque un poco.

Apple Matilda dumplings

junio 21, 2026
Para el Clan del Lobo de la Nación Mohawk ella fue Karonienhawi, la que sostiene el cielo. Para las sufragistas, una subversiva que al atacar a la iglesia alejaba el apoyo político de los conservadores y fue borrada de un plumazo de los libros de historia. Para su familia, Glinda, la bruja buena del Mago de Oz y, si tienes la paciencia de leerme hasta el final, descubrirás de dónde viene esta fantasía tan maravillosa.

Y para nosotros, los de hoy, es Matilda. La grandiosa, la primera, la que da nombre al Efecto Matilda de Margaret W. Rossiter. Ella es la voz de todas, no solo de las científicas, sino también de las silenciadas habidas y por haber. Porque escuchar su lucha, sus ideas, sus propósitos, es entender que lo mismo no hemos avanzado tanto desde entonces; porque las mujeres de tres cuartas partes del mundo aún no son dueñas de sus aspiraciones ni destinos. Y las que vivimos bajo constituciones que presumen de igualdad, nos hemos cambiado las cadenas por la conciliación: una carga invisible que a nosotras se nos exige por triplicado y a ellos jamás se les pasa por la cabeza.

Porque si bien es cierto que siempre ha habido mujeres que han reclamado lo nuestro, la realidad habla de que todas esas mechas chisporroteantes que auguraban grandes cambios fueron apagadas. Y se ha tardado mucho, con demasiada frecuencia, en rescatarlas del limbo del ostracismo. Lo reconfortante, la esperanza, está en que aunque esas voces se silencien, siempre habrá quien las libere. Tarde o temprano, como con Matilda. 

Fueron las feministas de los años 70 quienes la recuperaron del olvido y le devolvieron su lugar en el movimiento. Lúcida, mordaz, culta y comprometida, denunció las taras de la sociedad decimonónica que se empeñaba con uñas y dientes en convencer a la mujer de que el mundo le quedaba grande. Y ella les habló de autodeterminación, de autodesarrollo, de ser dueñas de su propio juicio y destino. De libertad. 
¡Una rebelde! Qué glorioso suena ese nombre cuando se aplica a una mujer. Oh, mujer rebelde, hacia ti el mundo mira con esperanza. Sobre ti ha caído la gloriosa tarea de traer la libertad a la tierra y a todos sus habitantes.
Y no lo decía por decir. No era demagogia ni frases bonitas en los mítines. Por cosas de la vida, tuvo la oportunidad de conocer de cerca a los Mohawk porque Nueva York perteneció históricamente a la Confederación Haudenosaunee y aunque no lo parezca, los nativos de las Seis Naciones son más neoyorquinos que el puente de Brooklyn o el bagel. A su lado, aprendiendo de ellos, quedó profundamente convencida de que una sociedad matrilineal era posible y que las relaciones entre hombres y mujeres podían ser equilibradas.

Las Madres del Clan tenían el poder de nombrar, aconsejar y destituir a los jefes varones. Tenían la última palabra sobre las guerras y los tratados.  Controlaban la agricultura y la distribución de alimentos. Y si una pareja se separaba, la mujer conservaba su hogar, sus bienes y a sus hijos.  Documentó admirada que el abuso físico y las violaciones eran prácticamente inexistentes y de producirse, eran delitos severamente castigados.

Los admiraba y quería a rabiar. Tanto que los defendió centrando su activismo en favor de los derechos indígenas y denunció sin descanso los abusos del gobierno de EE. UU. Pero era incansable y ese activismo también clamaba por los derechos de los esclavos. De hecho, ella creció en una casa que fue estación del ferrocarril subterráneo, la red clandestina que ayudaba a escapar a los esclavos; la misma de Harriet Tubman quien por cierto, vivía a muy pocos kilómetros de Matilda. No hay constancia escrita de que ambas se conocieran pero yo me juego mi mejor cacerola a que entre ellas había secretos y muchas vidas salvadas.
En Woman, Church, and State, Matilda dedicó un capítulo entero a la caza de brujas en la Europa de la Edad Moderna. Con una valentía encomiable, describió esta barbarie como un ataque deliberado y sistemático del patriarcado eclesiástico y de estado contra las mujeres. Un ginocidio que buscó a las mujeres más sabias, independientes, científicas, parteras y curanderas de sus comunidades porque eran peligrosas e influyentes sobre las demás mujeres. Poseían, entre otros, conocimientos médicos y ayudaban a las mujeres en cuestiones de natalidad desafiando descaradamente el poder de la Iglesia. Y claro, heredábamos el pecado de Eva. Éramos lascivas y lujuriosas entre otras lindezas y el mejor remedio contra esa lacra fue instaurar el terror entre sus parroquianas. Tortura, fuego y luego, a rezar. Y a callar.
Tanto la Iglesia como el Estado, pretendiendo ser de origen divino, han asumido el derecho divino del hombre sobre la mujer; mientras la Iglesia y el Estado han pensado por el hombre, el hombre ha asumido el derecho de pensar por la mujer.
Y estos ataques directos a la iglesia y al estado no gustaron nada a sus compañeras sufragistas. En este momento, el movimiento estaba estancado. Para ganar fuerza, necesitaban aliarse con las mujeres del oeste y del sur del país, que eran profundamente conservadoras y cristianas. Y si de paso, se ganaban el apoyo de la iglesia, pues mira que bien. 

Pero Matilda se mantuvo en contra. Argumentaba que dar el voto a las mujeres adoctrinadas solo serviría para que votaran lo que sus pastores les dijeran, creando una especie de teocracia constitucional. Y aquí permíteme una sospecha que no consta en ningún acta pero ya sabes que me gusta seguir la línea de puntos y yo aquí la veo con claridad: una diferencia táctica se resuelve con un comunicado o un portazo, no con la desaparición total de un nombre en tres tomos que la propia interesada ayudó a escribir y financiar. A Matilda no la apartaron por incómoda. La borraron, la tacharon, la reescribieron por lo que sea, no voy a especular. Pero desde luego, eso huele a venganza con membrete de hermandad. 

Y el precio de toda esta purga fue que el nombre de Matilda fuera eliminado de los tres tomos de la History of Woman Suffrage. Se alteraron actas de reuniones y tratados firmados en las convenciones feministas de Seneca Falls. Fue desacreditada, tachada de anarquista, destructora de la moral y demasiado radical para ser escuchada. No la quemaron por bruja porque ya no estaba de moda. 

Así que imagina lo que tuvo que sentir Margaret cuando conoció la historia de Matilda Joslyn Gage y leyó su libro Woman as an Inventor. Qué emoción tan brutal debió de recorrer su espina dorsal al saber que antes que ella, muchos años antes, Matilda ya había denunciado públicamente el apropiamiento indebido de inventos y descubrimientos. Y encima, qué ironía, la propia Matilda había sido también borrada sin que nadie clamara justicia.
Si bien muchas de las invenciones más importantes del mundo se deben a las mujeres, la proporción de inventoras femeninas es mucho menor que la de los masculinos, lo cual surge del hecho de que la mujer no posee la misma cantidad de libertad que el hombre. Restringida en la educación, en las oportunidades industriales y en el poder político, este es uno de los muchos casos donde su degradación reacciona de manera perjudicial sobre toda la raza humana.
Matilda siguió con su vida y su activismo que no cesó nunca. Nunca descuidó su vida familiar y cuando su hija Maud se casó con Frank Baum, quien por aquel entonces era un actor frustrado con alguna obra de teatro escrita pero poca cosa, tuvo que comerse su opinión y predicar con el ejemplo dejando que su hija decidiera su futuro por sí misma. Pero Frank y Matilda congeniaron a las mil maravillas. Ella pasaba largas temporadas con ellos en Chicago. Animó a su yerno a que escribiera esos cuentos tan bonitos que le contaba a los niños cada noche.

Cuando Frank escribió El Mago de Oz, la influencia de su suegra estaba por todos lados: la tierra de Oz se presenta como una utopía matriarcal, una sociedad sin dinero, pobreza ni cárceles. La bruja Glinda, que gobierna su propio país, es una mujer de ciencia y de una erudición envidiable. Dorothy es una niña autosuficiente que no busca un príncipe que la salve. Supera las trabas y ayuda a sus compañeros en sus fragilidades. Al final, comprende que la solución siempre estuvo en sus zapatos. 
Mi suegra siempre me decía que el progreso del mundo dependía de liberar la mente de la mujer de las supersticiones del pasado.
Frank Baum

Matilda murió en casa de Maud y Frank, arropada por los suyos. En su lápida no hay mención alguna al movimiento sufragista que ayudó a fundar. Lo que se puede leer es tan Matilda que pone los pelos como escarpias. 

Hay una palabra más dulce que madre, hogar o cielo. Esa palabra es libertad.

Y si la libertad se pudiera comer, sabría a estos apple dumpling sin el azúcar refinado de los colonos. Van bañados en el oro líquido de los Haudenosaunee, el alma de los bosques del noreste americano. Tampoco esperes una masa quebrada al estilo victoriano, fina y con remilgos. Aquí se impone esa avena y almendra molidas, formando una textura rústica, crujiente y jugosa que te atrapa desde el primer mordisco. Y el toque rebelde: un chupito de Jack Daniel's en el almíbar de manzana para darle ese punto subversivo que tanto le criticaron a Matilda sus compañeras sufragistas. Un dulce indomable, que puedes servir con o sin bola de helado pero lo que no va a faltar, es doble ración de memoria histórica.
Ingredientes para 12 dumplings con manzanas pequeñas o 6 medianas:
  • 150 g de harina repostera
  • 50 g de avena molida
  • 50 g de almendra molida
  • 1 cucharada de azúcar moreno
  • 110 g de mantequilla fría en cubitos
  • 80 g de Buttermilch
  • Una pizca de sal

Para macerar las manzanas:
  • 6 manzanas pequeñas o 3 medianas
  • 25 g de sirope de arce
  • Zumo de medio limón
  • Canela a tu gusto
  • Nuez moscada a tu gusto

Para la salsa:
  • 250 ml de zumo de manzana turbio
  • 100 ml de sirope de arce
  • 1 chupito de Jack Daniel's
  • Reducir 2-3 minutos a fuego medio para concentrar

Preparación:
  1. Mezcla la harina, la avena molida, la almendra molida, el azúcar moreno y la sal. Añade la mantequilla fría en cubitos y trabaja con las yemas de los dedos hasta obtener una textura arenosa.
  2. Incorpora el Buttermilch poco a poco hasta que la masa se integre, sin amasar de más. Envuelve en film y deja reposar en la nevera al menos 30 minutos.
  3. Pela las manzanas, retira el corazón y córtalas en dos mitades. Macéralas unos minutos con el sirope de arce, el zumo de limón, la canela y la nuez moscada.
  4. En un cacito, pon el zumo de manzana, el sirope de arce y el Jack Daniel's. Reduce la salsa unos 2-3 minutos a fuego medio para concentrarlo ligeramente.
  5. Estira la masa y corta porciones suficientes para envolver cada mitad manzana por completo. Envuelve cada trozo, sellando bien los bordes para que no se abra el dumpling durante el horneado. 
  6. Coloca los dumplings en un recipiente no muy hondo de pirex o cristal. Cuida que la unión de la masa esté hacia abajo. Riega con la salsa.
  7. Hornea a 180°C unos 35-40 minutos, hasta que la masa esté dorada y el caldito prácticamente se haya reducido por completo. Si ves que se han secado demasiado pronto, no dudes en añadir un chorrito extra de zumo de manzana. 
  8. Cuando apagues el horno, pincela los dumplings con la salsa que aún no se ha consumido. Hazlo en caliente porque la masa seguirá absorbiendo líquido mientras se enfría. Están ideales templados o fríos. Pero templados con una bola de helado de vainilla, está brutales.

Gazpacho de espárragos y manzana

junio 18, 2026
Una joven Margaret, que acaba de graduarse en Harvard, inicia su doctorado de Historia de la Ciencia en Yale. En una reunión informal entre profesores y alumnos pregunta si alguna vez ha habido mujeres científicas y, tras unas sonrisillas condescendientes, recibe un no como una catedral: no, no hay ni ha habido y las que pudieran considerarse como tales, solo trabajaban para científicos. Masculinos, evidentemente. Únicamente podemos hablar de dos excepciones:  Maria Mitchell y Marie Curie.

Y aquí es donde a Margaret W. Rossiter le explota la cabeza. Como que no se lo cree. Le suena todo a arrogancia y ninguneo. Y en un brote de "pues va a ser que no me lo creo" se viene muy arriba y le dice al profesor de la risotada, el de la pajarita a lunares y la pipa desconchada, "Si no le importa profesor, sujéteme el gazpacho" y a ver qué pasa.

Y pasó lo que tenía que pasar.
Cuando empecé, los historiadores consolidados me miraban con una mezcla de lástima y burla. Me decían que estaba perdiendo el tiempo porque las mujeres científicas no existían, y que si excavaba en los archivos solo encontraría un vacío absoluto.
Consiguió una beca Harvard y así pudo estudiar el panorama. Profundizando tan solo en un libro -el American Men of Science- rescató, escondidas entre las referencias masculinas, las biografías de quinientas mujeres científicas. 500. Qui-ni-en-tas. Y aquí no hay diptongo que valga. Quinientas, de golpe y sin despeinarse. Y de nuevo se vino arriba, esta vez con un coraje y una mala chufa que no hay gazpachera para contener tanta sopa.

Y siguió adelante, vaya que sí. Si cada barrio tiene su loca, primero en Yale y luego en Cornell tenían a la lunática de las científicas quienes en ese momento sonaban un poco a meigas. O sea, que haberlas, haylas pero si preguntabas por ahí te iban a decir que casi que no. Que si eso, un par de Marías y para de contar. En suma, la cantinela oficial, erre que erre.

Por lo tanto, no es de extrañar que sus investigaciones, dado el poco interés que despertaron, se pusieran cuesta arriba. Algún rechazo, tibieza en las comunidades tanto científicas como históricas, años de profesora sin plaza fija y sin medios para seguir con lo suyo. En fin, que era como para quitarle las ganas a cualquiera. De hecho, fue un tiempo en el que ella misma decía sentirse como algunas de las mujeres sobre las que escribía. Se sentía como un disco de 78 rpm en un mundo de 33.

Pero a su puerta tocó esa extraña ánima que a veces se digna en cruzarse en nuestro camino -mitad constancia mitad suerte- y tras conseguir una beca Guggenheim, volvió a tener algo de estabilidad para centrarse en sus trabajos. Y el fruto de esos meses de investigación vio la luz en 1982 tras publicar el primer volumen de Women Scientists in America. Bravo Margaret. Menos mal que no te rendiste. 
Y todo cambia de golpe. Críticas positivas en el New York Times, Nature y Science. Más becas, la ansiada cátedra y más tiempo para publicar artículos que hablan de ellas. Es en 1993 cuando publica un artículo donde acuña por primera vez el concepto Efecto Matilda. 
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
¿Y por qué Matilda? Por la reina entre las reinas: Matilda Joslyn Gage. Qué mujerona, por dios. Este blog tiene una deuda con Doña Joslyn y prometo concederle una receta honorífica muy pronto porque su vida es de lo más apasionante. Todas las mujeres de este planeta -e incluso marcianas- deberíamos conocer su vida, obra y milagros. Porque ella es el modelo a seguir, es la constancia, el pensamiento. Es el catecismo de la igualdad, de la libertad. No solo por su lucha a favor de las mujeres; también por la libertad de los esclavos, por los feminicidios de las "quemas de brujas" y por supuesto, por los nativos americanos de los que aprendió mucho conviviendo con los Haudenosaunee. Grande y única que fue borrada de la historia americana por ser extremadamente incómoda.

Y de aquí en adelante, la vida de Margaret -hasta su muerte a los 81 años- transcurrió de premio en premio y reconocimientos a su trabajo. Porque antes del Women Scientists in America, solo se hablaba de las dos Marías y ella sola evidenció con datos, hechos y referencias probadas, que existía un sesgo sistémico perfectamente demostrable. Gracias a sus tres tomos de Matildas, los historiadores de los 90 empezaron a revisar los archivos de sus propias universidades, encontrando más y más Matildas por todas partes.
El Efecto Matilda no es una percepción subjetiva; es un patrón histórico medible. Consiste en la agresión silenciosa de aceptar el trabajo de una mujer, asimilarlo en el laboratorio y, a la hora de imprimir los créditos, transferir el honor al colega varón más cercano.
Desde entonces, los historiadores científicos no han parado de cuestionar las versiones oficiales y están consiguiendo que se reescriban como es debido. Las pruebas reunidas por Margaret son irrefutables. Porque una cosa son hechos y otra opinión. Porque el suyo es un trabajo tan pulcro, tan sólido, que las instituciones gubernamentales y las universidades se vieron arrastradas por el Efecto Matilda reasignando cátedras, financiación y reconocimientos.

Aparte del trabajazo tan impecable de investigación que realizó, lo que consiguió Margaret fue dar marco académico a la desmemoria, a hechos que antes fueron difusos e invisibles. Y eso fue rabiosamente poderoso porque cuando un fenómeno tiene nombre, existe. Se vuelve real, palpable, se puede citar, debatir y por supuesto, es denunciable. Antes del Efecto Matilda no existía vocabulario ni contexto para reflexionar sobre el patrón del menosprecio científico.

Es más. Yo diría que fue el Efecto Margaret el que cambió la ciencia, para bien y para siempre.
Las universidades llevaban décadas diciendo que no contrataban a mujeres científicas porque no había candidatas cualificadas. Mi trabajo demostró que las candidatas estaban allí, trabajando en los sótanos, cobrando la mitad y firmando como asistentes de hombres que sabían menos que ellas.
Esta sopa fría es el Efecto Matilda hecho alimento. Las gotas de remolacha salpicando la superficie representan la rabia y la indignación frente al menosprecio. Son gotitas incómodas, que muerden el ojo y desafían lo establecido. Pero al meter la cuchara y saborear este gazpacho de espárragos, descubres que, al igual que las investigaciones de Margaret, la genialidad no necesita el aplauso de la pajarita de lunares ni grandes presupuestos para sostenerse. Es un plato pulcro, incontestable y cargado de una memoria tan sólida que es imposible de ignorar. E imposible de olvidar.
Ingredientes (para 1 litro):
  • 200gr. de espárrago blanco
  • 1 rebanada de pan de sandwich
  • 50gr. de almendras
  • 1/2 pepino 
  • 1/2  manzana
  • 1 diente de ajo
  • 150ml. de agua
  • Hielo
  • Sal a tu gusto
  • Vinagre de vino
  • Aceite de oliva
  • Decoración: aromáticas frescas y un poquito de zumo de remolacha.

Preparación:
  1. Pon todos los ingredientes menos el hielo, en el vaso de la trituradora. Licua, corrige de sal y añade hielo.
  2. Sirve bien fresco con unas aromáticas frescas por encima y un chorrito de zumo de remolacha que le aporta un punto muy especial.

Ensalada Eunice de brócoli

junio 09, 2026
Estamos en 2011, en Oklahoma. En concreto en la residencia de Ray y Jana. El matrimonio es muy aficionado a los libros divulgativos antiguos. Desde que Ray se jubiló, se pasean con más frecuencia por ferias y librerías buscando revistas y manuales científicos del siglo XIX. Y así, un poco a lo tonto, es como se hacen con un tomo del Annual of Scientific Discovery de 1857 y se topan con la manzana de Newton del cambio climático. 

Nuestra Newton es Eunice Newton Foote que, agárrate los machos, descubrió el efecto invernadero experimentando con cilindros de cristal expuestos al sol. Trasteando con esto y con lo otro -no me pidas detalles que me desmontas- se dio cuenta de que el dióxido de carbono y el aire húmedo retenían muchísimo más el calor que el aire normal. Concluyó que, si la atmósfera tuviera más de ese gas, la Tierra se calentaría notablemente.
Una atmósfera de ese gas podría darle a nuestra Tierra una elevada temperatura; y como algunos suponen, en algún periodo de su historia, el aire estuvo mezclado en éste en una proporción mayor que la actual, con lo que debería haber resultado necesariamente un incremento de la temperatura provocada por su propia acción y por el aumento del peso del aire
154 años desde que Eunice publicó su estudio sobre el calentamiento global y nadie, absolutamente nadie, había hablado de ella. Ni una universidad, ni un Nobel, ni un doctorado en una universidad de segunda fila. 154 años han sido necesarios para que un geólogo petrolero de Tulsa -amante de ejemplares viejunos que no solo compra sino que también lee- comprendiera la trascendencia del estudio de Eunice Newton e inmediatamente supo que tenía que hablar de ello. Publicó en una revista su hallazgo y la comunidad científica se quedó a por brócoli. O algo peor.
Efecto Matilda Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Porque el padre del efecto invernadero publicó su primer estudio tres años después de Eunice... malo. Y ese estudio comenzaba de esta guisa: "Nada, hasta donde yo sé, se ha publicado sobre la transmisión de calor radiante a través de cuerpos gaseosos"... malo. Y ese padrecito del calentamiento, pues como que no leía estudios de lo suyo ni tampoco ningún colega cercano -de la Royal Society, por ejemplo- que le hubiera podido comentar algo así como: "Oye, John, una mujer en Nueva York ha estado metiendo CO2 en tubos y dice que aquello se calienta una barbaridad". Pues como que no... malo.
Y digo esto porque ahora hay mucho por ahí fuera justificando que el bueno de John Tyndall no sabía nada de los experimentos de Eunice porque no han encontrado la prueba del delito. Vaya, que no hay ninguna nota que diga "Yo, John Tyndall, estando más perdido que Adán en el Día de la Madre, después de dedicar mucho tiempo e instrumental carísimo en medir a lo tonto gases como el oxígeno y el hidrógeno sin obtener ni un solo resultado y viéndome en un callejón sin salida, tuve a bien leer el estudio de una aficionada comprendiendo que la madre del cordero estaba en el dióxido de carbono y el vapor de agua".

Porque eso es lo que hizo ella. Eunice Foote, con cuatro botes de cristal al sol en su jardín, describió en su artículo que el oxígeno y el hidrógeno no aumentaban la temperatura, pero que el gas que se calentaba de forma requetesalvaje era el ácido carbónico. Pero claro, qué iba a saber ella que ni pudo presentar su propio descubrimiento ya que en los congresos científicos las mujeres no siempre eran bien recibidas -o cuando menos se montaba guasa en sus exposiciones- y tuvo que ser un varón de pelo en pecho quien acudiera al rescate y lo leyera en su nombre. 

Y aquí querido lector, dejo este brote de cinismo y si me equivoco en mis insinuaciones que me perdone el espíritu de John Tyndall pero esta grandiosa mujer huele a Matilda a la legua. Porque el patrón y el modus operandi es el clásico sin saltarse ni una coma. Porque yo aquí veo lo de siempre; ese proceso sistemático por el cual una mujer realiza el trabajo, encuentra la respuesta correcta, lo deja por escrito y el colega masculino absorbe el hallazgo, se lleva los honores y la comunidad científica en bloque barre el rastro y lo esconde bajo la alfombra.  

Es increíble que a la sociedad le haya costado tanto admitir el talento femenino. Teniendo pruebas. Teniendo los datos.  Mira hasta qué punto: el estudio de Eunice llegó a Europa y se publicaron dos breves resúmenes. Uno en Escocia y otro en Alemania. El redactor escocés fue tan incapaz de concebir que una mujer hubiera hecho ese descubrimiento que le atribuyó el mérito al maridito. El alemán, por su parte, recortó y copió los datos pero eliminó por completo la conclusión sobre la atmósfera y el clima. Mutiló su hallazgo sin pestañear.

Pero nunca es tarde si la dicha es buena así que voy a poner los puntos sobre las íes que ya va haciendo falta. Te voy a contar todo lo que he aprendido de Eunice Foote, de soltera Newton. Esta es su historia.

Nace en Connecticut y se cría en Bloomfield, Nueva York, que en esa época fue un foco de activismo social muy volcado en el abolicionismo y los derechos de la mujer.  Esto es muy importante de señalar. Luego verás el porqué. Sigamos: se educa en el Troy Female Seminary  fundado por la feminista Emma Willard. Allí descubre su amor por la química, astronomía y meteorología. En el Rensselaer School, aprende experimentación práctica de laboratorio. ¿Aficionada?

Tuvo la suerte de casarse con Elisha Foote Jr., un abogado, juez e inventor que fue el compañero de vida perfecto para poder seguir cultivando sus experimentos e ideas. Se mudaron a Seneca Falls en Nueva York y allí asiste a la famosa Convención de Seneca Falls, la primera gran quedada pro derechos de las mujeres. Junto a su esposo firma la Declaración de Sentimientos, un documento clave para el sufragio femenino firmado por 68 mujeres y 32 hombres. Se convirtieron sin saberlo en referentes de una lucha que a día de hoy, siglo y medio después, continúa peleando la igualdad de derechos.

Ella, aunque fue ninguneada por la comunidad científica, fue una investigadora e inventora fantástica: además de ser la jefaza de hecho del efecto invernadero, presentó un segundo estudio sobre la electricidad estática en gases, patentó una máquina y un proceso para mejorar el rendimiento de los patines de hielo consiguiendo que fueran más ligeros y otra patente más por mejoras técnicas en las máquinas de fabricación de papel para conseguir que fuera más fino y de mayor calidad.

Y murió, normal. Era humana. Y las instituciones científicas siguieron ninguneando su primer artículo de física, que mira por dónde, resultó además ser el primero publicado por una mujer en una revista científica de los Estados Unidos bajo su propio nombre. ¿Y cómo pudo pasar?

A saber. Puede que al haber sido una notable activista pro derechos civiles, de las primeras encima, la causa pro igualdad se haya podido cegar con su contribución social y legal pero sin escarbar más allá ignorando sus muchos logros. Solo se me puede ocurrir otro motivo.

En cualquier caso, el engranaje de la invisibilización funcionó a la perfección con Eunice. La condescendencia de una comunidad científica internacional que ha expoliado sistemáticamente el talento femenino, queda completamente al descubierto en el caso Eunice. ¿Cómo es posible que solo haya sido una anécdota para la ciencia durante tantísimos años? 
Ingredientes:
  • 1-2 pellas de brócoli (depende del tamaño)
  • 2-3 zanahorias
  • 1 manzana
  • 10-12 palitos de surimi
  • un puñado de cranberries y/o pasas
  • Aliño: 2 cdtas. de mostaza amarilla, 2 cdas. de sirope de arce, vinagre de vino rosso, sal de especias a tu gusto, pimienta y aceite de oliva)
  • Por encima: unas semillas y/o nueces picadas a tu gusto

Preparación:
  1. Lava el brócoli y pica muy fino. Reserva los tallos para una crema de verduras, por ejemplo.
  2. Ralla las zanahorias y corta la manzana en trocitos. Lo mismo con los palitos de surimi.
  3. Prepara el aliño, lo agitas bien y montas la ensalada.

Amy Drizzle Cake de lima y limón

mayo 27, 2026
Maria Reiche ya había volado en diversas ocasiones sobre la pampa en aviones militares y había hecho fotografías. Pero esa mañana tuvo por primera vez la oportunidad de fotografiar los dibujos en la arena del desierto bajo ella con una cámara de alta calidad, y además desde una perspectiva única: desde los patines de un helicóptero. Incontables líneas, la araña, el mono, un gran pájaro yacían bajo ella como en un gigantesco libro de imágenes abierto.

Maria Reiche se preguntó: ¿quiénes fueron las personas que los crearon? Después de ese vuelo la científica alemana estaba convencida: "Las figuras en el desierto fueron dibujadas para ser contempladas desde arriba", por quien fuera.
(www.maria-reiche.de)

Esos misteriosos dibujos son los geoglifos de los nazcas, en Perú y se estima que se hicieron entre el 200 a.C. y el 500 d.C. Hay mucho debate sobre su porqué y sobre quiénes están detrás de las figuras pero no vamos a entrar en misterios inexplicables sino todo lo contrario; vamos a aplicar la famosa navaja de Ockham para recordar aquello que decía Sherlock Holmes: "Cuando eliminas lo imposible, lo que queda, por improbable que parezca, debe ser la verdad". Y a esa verdad que Maria exploró durante toda su vida es a la que nos vamos a agarrar con uñas y dientes.

Pero antes de nada, hay que entender qué le llevó a mudarse a una cabaña en el desierto de Nazca y a medir milímetro a milímetro esos dibujos durante décadas, tostada al sol peruano y calzando sus famosas chanclas de neumático porque no ganaba para zapatos, puesto que se derretían inevitablemente entre las piedras y el polvo del suelo desértico.

La respuesta de Maria está en las matemáticas porque era una obsesa de la materia que manejaba y las entendía de forma magistral. Basó su trabajo, primero, en el respeto absoluto por una civilización que también sabía lo suyo de mates. Tanto, que supo dibujar esos caminos con figuras geométricas perfectas e imborrables al paso de los siglos en un medio tan hostil como es el desierto.

Hay investigadores que, incapaces de aceptar el ingenio y estudio de una civilización tan antigua y "básica", prefieren hilar historietas de extraterrestres. Pero yo me pregunto ¿si un alien venido de otro mundo es capaz de aterrizar o sobrevolar nuestro planeta, qué necesidad tiene de hacer dibujitos solo en el desierto de Nazca y solo en aquella época? ¿Somos tan obtusos que, por no reconocer la perspicacia de una civilización ancestral preferimos alimentar misterios infantiloides sin ningún rigor científico? Pero quién soy yo para cuestionar a ningún erudito en materia interplanetaria.

Y ahí radica la belleza del trabajo de Maria Reiche. En lugar de inventar fantasías, se puso al nivel de aquellos antiguos moradores y con un metro, un teodolito y unas cuerdas, se afanó en medir líneas y ángulos para entender las matemáticas de esta gente. Jamás identificó el desierto como un misterio paranormal sino como un gigantesco problema geométrico que requería de pocos aparatos para resolverlo: lápiz, papel, una cinta métrica y mucha paciencia.
Los dioses nazcas vivían en el cielo, en las montañas y en las estrellas, de donde venía el agua que les permitía sobrevivir. Hasta aquí es lógico que su mística se redujera a la supervivencia del ser porque el espíritu -sin agua y comida- no vale para nada. Así que dibujar un colibrí gigante en la tierra era un diálogo místico -medio desesperado, medio suplicante- con los dueños de la lluvia. Regalitos y avisos para que supieran dónde hacía falta agua y por ende, alimento. Eran caminos; por lo tanto, cabe esperar que fueran amigos de hacer romerías ceremoniales, y no para pedirle a la virgen que les tocara la lotería sino pidiendo subsistencia.

Bien, querido lector. Ya tienes el contexto y las pinceladas del trabajo de Maria pero voy a intentar que te requeteenamores de esta mujer sin faltar ni un poquito a la verdad. Y te aseguro que vas a alucinar en colores sin necesidad de sufrir una insolación.

Todo comenzó en 1934 en el salón de té de Amy Meredith en Lima. Era un sitio de alto copete y el punto de encuentro de la intelectualidad, diplomáticos, científicos y expatriados británicos, estadounidenses y alemanes mayormente. Hubo flechazo entre ellas. Para Maria que venía de malvivir en Cuzco, Amy fue un ancla emocional, social y profesional. Había sido despedida como institutriz de los hijos del cónsul alemán -se dice que a la señora cónsul se le iban los demonios al ver que sus hijos estaban abducidos por la encantadora manera que tenía de enseñarles- y había estado dando tumbos hasta que conoció a Amy.

Le llevaba la contabilidad con brillantez y hacía traducciones impecables para expatriados e intelectuales. En un momento dado, fue invitada a regresar a su país natal para dar unas conferencias y volvió horrorizada. En Alemania se cayó de bruces ante la realidad del nazismo. Se sintió extranjera en su propia patria y regresó convencida de dónde quería estar: Perú era su hogar y Amy su vida.

Se mudaron juntas "legalizando" ante sus amistades su amor y entre tés, bizcochos y galletas, conoció a su mentor, el Prof. Paul Kosok, quien la llevaría por primera vez a Nazca. La cabeza le hizo bum y ya no se quitó a los nazcas de la chola nunca más.

Pero estalló la guerra en Europa, esa invasión que iba a ser relámpago y haría a Alemania de nuevo grandiosa -Deutschland über alles- hace que todo se detenga en la vida de Maria. Los alemanes en el extranjero son llamados a volver a la patria y ella dice que nones. Le caducaron sus papeles y terminó apátrida en un país que la tuvo bajo sospecha por temor a que fuera una espía o lo que fuera. Y es que para las autoridades a veces, dos más dos son diez y recelan de los que aseguran que son cuatro. Así que complicaditas llegan a ser.

Pero gracias a la influencia de Amy, no fue deportada -o bien a Alemania donde era una traidora o a EE.UU. donde eran deportados y recluidos alemanes y japoneses por traidores a la patria... ¿a cuál? A la número diez, vete tú a saber. Y también gracias a Amy siguió con sus trabajos, escribió su primer libro... y fue feliz. Para qué darle más vueltas.
Hasta que murió Amy. Oh, quedó devastada. Interrumpió brevemente su trabajo, hizo su luto, y regresó a su búsqueda con una obsesión sin freno. Dejó Lima casi por completo y se mudó a una choza sin agua ni electricidad cerca de las líneas. Y los lugareños -a ver, qué podían pensar- la llaman "la bruja" porque se pasaba los días barriendo la arena del desierto con un escobón doméstico limpiando ¿líneas? para que no las borrara el viento. En fin, tenían motivos para cuestionar su cordura

Y descubrió cositas, vaya que sí. Como unos pequeños agujeritos y restos de estacas de madera en los puntos críticos de los dibujos. Elemental, querida gente: clavaban dos estacas lejanas una de otra y tensando una cuerda entre ellas para no desviarse ni un milímetro, marcaban esas enormes líneas rectas. Y para las curvas perfectas -como la cola en espiral del mono-, usaban las estacas como el eje de un compás gigante.

Y así, pasito a pasito, gastando escobas y sandalias, descifró cosas como que la distancia entre el codo y la punta de los dedos -unos 32,5 cm- o el ancho de la palma de la mano eran unidades de medida que nunca fallaban. Las matemáticas, que nunca fallan: si el dibujo pequeño funciona, el gigante sale idéntico.

Peleó contra la carretera Panamericana y ganó. Evitó que cortaran en dos al lagarto plantándose delante de las excavadoras. El gobierno de Perú, en agradecimiento a toda una vida protegiendo su historia, le otorgó la nacionalidad peruana sin renunciar a la alemana porque estar en contra de los nazis no es estar en contra de la patria. Gracias a sus esfuerzos la UNESCO declaró las líneas de Nazca Patrimonio de la Humanidad. Y Maria, ya anciana, ciega y con párkinson, pudo asistir al acto que dio grandeza al trabajo de su vida.

Sus últimos años los vivió recluida, imagino que vagando con su escoba por el desierto y devorando Drizzle Cakes junto a la eterna Amy. Su luz en el camino cuando el sol se ponía en el desierto de Nazca. ¡Seré tonta! ¡pues no me he puesto a llorar!
Ingredientes:
  • 3 huevos XL o 4 medianos (han pesado 180gr.)
  • 130gr. de azúcar (puso la mitad de eritritol) 
  • ralladura de 1 limón y de 1 lima
  • zumo de medio limón y media lima
  • 90gr. de mantequilla
  • 90gr. de buttermilk (ver sustituto en las notas
  • 180gr. de harina de espelta (o común)
  • 1cdta. de cremor tártaro o polvos de hornear
  • Glasa: el zumo de medio limón y media lima y 4 cdas. de azúcar glas
  • algo de ralladura y unas rodajitas de limón para decorar 

Notas:
  • Sé que encontrar buttermilk puede ser una odisea. Hay un mito absurdo que corre por redes que dice que se puede cortar la leche y así se obtiene de forma casera. Es falso. El buttermilk o suero de leche es el líquido blanquecino que sobra al hacer mantequilla fermentado como si fuera yogur. Lo puedes reemplazar por 3/4 partes de yogur y 1/4 parte de leche. En este caso 65gr. de yogur mezclado con 25gr. de leche.
  • Realmente lo que hemos hecho al usar buttermilk es reemplazar la mitad de la mantequilla. Más ligero e igual de jugoso.
  • Cada vez uso más cremor tártaro en vez de polvos de hornear. Cuando reduces el azúcar, es habitual que se encuentre rastro de sabor amargo del químico. Con el cremor no me pasa.
  • La harina de espelta es mil veces mejor que el harina de trigo común. Claro, es más cara pero si tienes oportunidad, merece la pena.
  • Hay dos formas de hacer la glasa: la clásica, que es la que he usado, que es más acitronada y se añade en caliente dejando que empape el cake. O la más moderna con mejor óptica pero con una glasa que se añade en frío y más espesa (con más azúcar) que deja una capa blanca chorreante por encima. Yo te recomiendo la clásica. Más ligera y más sabor. 

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 160-170ºC.
  2. En un bol, bate con la minipimer los huevos, el azúcar, las ralladuras y el zumo. Haz una crema esponjosa, agrega la mantequilla blanda, el buttermilk y bate hasta que quede sin grumos.
  3. Añade la harina y los polvos y sigue batiendo hasta que la crema esté lisa y suave.
  4. Engrasa un molde de plumcake con mantequilla, vierte la masa y hornea unos 50 minutos hasta que veas que está bien cuajado y la superficie doradita. Si ves que coge color rápido, baja unos 10-15º el horno.
  5. Aún en caliente, pincha con un palillo la superficie y pincela con la glasa de limón. Deja enfriar por completo.

Crema de fresa y ruibarbo con isla para Camille

mayo 17, 2026
La vida de Camille es sangrante. Cuánta injusticia. Qué rabia guardo dentro, así que le he rendido buena cuenta a una de estas islas de merengue antes de empezar a contarte su historia con la esperanza de endulzar algo estas letras y no ponerme a soltar sapos, ranas y culebras por esta boca que la vida me ha querido encasquetar. Tomo aire y te cuento.

Nace en 1864 en Fère-en-Tardenois, Francia. Pero esto es lo de menos.  Tiene una madre ultraconservadora, rígida y haciendo gala a la moda de la época en gente de su categoría, está obsesionada con las apariencias. Y eso de tener una hija indomable, de espíritu inquieto y creativo, como que se le retuercen las amígdalas.  La mujer, es -o está- algo envuelta en amargura. Perdió a su primogénito y la vida la vuelve a castigar con esta niña que chilla y ríe y salta como un demonio. 

Su padre en cambio, ve en ella ese talento que se le escapa por todos los poros de su ser y sin reserva alguna, opta por inscribir y pagar las clases a Camille en la Academia Colarossi porque las mujeres tienen prohibido entrar en la Escuela de Bellas Artes. Lejos de su madre y emancipada con la ayuda de su padre, Camille es feliz y da rienda suelta a su genialidad.

Un Auguste Rodin de 43 años, ya encumbrado y en plena ebullición creativa -o productiva, según se mire-, sustituye a un amigo como profesor del grupo de Camille. Ella tiene 19 años. Hay flechazo, ella queda prendada del famoso artista y a él le crecen los colmillos ante la visión de esa joven requetehermosa, con una fuerza y un ímpetu que nunca antes había visto y con un talentazo que ya muchos artistas encumbrados quisieran. 
Oirás por ahí que ella fue la musa del genio, su fiel ayudante y su amada... vamos a poner un poco de contexto para que esta relación se entienda sin el lijado romántico que tanto gusta añadir a estas historietas de amor. O de horror, ya veremos. El modelo de negocio estándar de la época que explotaban los grandes escultores de éxito (como Rodin o su maestro Carrier-Belleuse) se basaba en contar con grandes equipos de colaboradores -artistas en negro, fantasmas- y así poder abastecer la brutal demanda de encargos que recibían. 

Y ese fue el truco del almendruco que Rodin explotó para convertirse en ese gran titán -millonario- del arte que operaba casi como un magnate de alta gama. Y Camille encajó, vaya que si lo hizo. Tenía un don brutal para la escultura y pronto se hizo indispensable.

Sin desviarme demasiado, te cuento cómo funcionaba la cosa: Rodin ponía la idea y maquetaba el boceto en miniatura en barro o yeso. Luego su equipo lo trabajaba; los más virtuosos se encargaban de tallar las partes complicadas y finalmente el genio daba unos cuantos toques para darle su estilo -el non finito- y tirando millas. Esto no era un secreto ni una farsa. Así funcionaba esta industria.
 
Y Camille se hizo indispensable "creando" nuevos toques y nuevos aires al estilo de Rodin. Esto desdibujó por completo su obra que todos interpretaban como copia o influencia de su maestro. Cuando nada más lejos. Era tan grande la demanda que el grifo creativo a veces no echaba ni gota y era ella quien bombeaba las ideas con esa capacidad tan extraordinaria para comprender la anatomía y modelar texturas vivas.

Pero para Camille esto era demasiado. Diez años estuvo a su lado, con su talento desdibujado porque el maestro se lo había adueñado; diez años siendo la otra, la amante porque Rodin ya tenía una relación que no estaba dispuesto a romper. Le hacía promesas de vez en cuando que, como siempre ha pasado y pasará, quedaban en agua de borraja. Pero se quedó embarazada y él la obliga -o convence- para abortar. Y aquí dice San Seacabó. 
Y comienza el acoso. De nuevo, voy a poner algo de contexto para que tengamos todas las piezas de este rompecabezas: en aquel París de la bohemia, el alcohol era el combustible de la creatividad. La absenta - el hada verde-, el vino barato cargado de sulfitos y metales pesados para su conservación, y el consumo de láudano-opio disuelto en alcohol- estaban a la orden del día.

Camille pasó años metida en esa dinámica de talleres fríos, húmedos, con jornadas interminables donde el alcohol era, a menudo, la única forma de entrar en calor y evadir el agotamiento. Es posible que su tolerancia a estas sustancias no fuera aceptable y su histrionismo fue en aumento. Y si a un cuerpo intoxicado por los materiales de su propio arte -hoy ya sabemos la de sustancias tóxicas que había en los estudios de cualquier artista- le sumas una mala tolerancia al alcohol y la crisis emocional por la ruptura, tienes el cóctel perfecto para explicar sus crisis. 

Pero claro, si un varón—llámese Verlaine, Baudelaire, Van Gogh o el propio Rodin— se emborrachaba de absenta, destrozaba habitaciones de hotel, sufría delirios o vivía en la inmundicia de su taller, el mundo suspiraba con admiración: "El precio del genio", "el temperamento atormentado", "su excentricidad la vía hacia su divinidad creadora". El alcoholismo masculino era una medalla de bohemia y el misticismo perturbado, un rasgo de genialidad. 

Y ¿en una mujer? pues qué va a ser: histeria. Locura. Y Camille cada día estaba más loca porque su ex, en su afán de hacerla volver, influyó para que sus encargos fueran anulados y los críticos destrozaran su reputación. Vivía en la miseria y él se presentaba como su salvador. Pero ella echó pestes y le tachó de robar su obra y sus ideas. Y como ella enfurecía al verle, mandaba a sus secuaces a ver qué hacía. Y la paranoia la comió, tanto que prefería romper sus obras a martillazos para que "la banda de Rodin no se las apropie".

Y lo de la loca le encajó a todos. A su familia también. Ocho días después de la muerte de su padre, dos enfermeros echan abajo la puerta de su taller. La encuentran asustada, sucia, rodeada de gatos y restos de yeso. Un médico amigo de su hermano y con consentimiento de la madre, tramita su ingreso psiquiátrico forzoso. Hay prisa: la ley exige el internamiento antes de que se abra el testamento del padre, evitando así que Camille toque un solo franco de la herencia. 30 años internada, que se dice pronto. 

Los psiquiatras escriben repetidamente a la madre contando que, si bien Camille presenta delirios de persecución focalizados en Rodin, es una mujer perfectamente lúcida, tranquila, que hila discursos coherentes y cuya salud mejoraría drásticamente si regresara al entorno familiar. Pero la respuesta de la madre fue siempre un no rotundo. Prohíbe que se la visite y que reciba correspondencia. Nunca la visitaron. 
Se me reprocha ¡qué crimen espantoso! haber vivido sola, haber consagrado mi vida al arte, haber imaginado que se me permitía esculpir... Esto es lo que han ganado mi madre y mi hermano: encerrarme en un manicomio.
Camille Claudel muere en la más absoluta soledad el 19 de octubre de 1943. Nadie de su familia acude al entierro. Años más tarde, cuando la familia intenta recuperar los restos por aquello de lavar su imagen, el psiquiátrico les comunica que la fosa común donde fue enterrada, ha sido sepultada por una carretera.
Ingredientes para 4 raciones:
  • 500gr. de fresas
  • 150gr. de ruibarbo
  • 80gr. de azúcar o eritritol
  • unas rodajas de limón a tu gusto
  • un poco de vainilla a tu gusto
  • 1 cda. de maicena disuelta en un poquito de agua
  • 2 claras
  • 75gr. de azúcar glas
  • unas gotas de limón
  • una pizca de sal
  • algo de leche para bañar las islas

Notas:
  • El ruibarbo es muy centroeuropeo porque no sobrevive con el calor pero esta receta funciona igual de bien sin él. También está brutal con una mezcla de frutos rojos.
  • Cuidado con cocer demasiado las fresas porque pierden sabor y color. cocción rápida y luego dejarla macerar sola a temperatura ambiente y el color y la fragancia es brutal.
  • Cuidado con cocer demasiado las islas en la leche porque perderán la esponjosidad y se pondrán chiclosas. Es mejor quedarse corto que pasarse. Recomiendo hacerlas en el momento de ir a consumirlas. Si las guardas en la nevera se pueden desmoronar por culpa de la humedad. 

Preparación:
  1. Corta las fresas, el ruibarbo y unas rodajas de limón que pondrás en una cacerola a fuego medio alto junto con el azúcar y la vainilla. Deja que rompa a hervir.
  2. Pasados un par de minutos, añade la maicena disuelta en agua y remueve hasta que hierva de nuevo. Apaga el fuego y deja que repose unos 10-15 minutos.
  3. Retira el limón y tritura la crema hasta que esté bien suave y cremosa. Deja que repose unos 20 minutos en la nevera.
  4. Monta con unas varillas eléctricas 2 claras de huevo con una pizca de sal y un chorro de limón. Cuando empiecen a cuajar, añade el azúcar y bate con paciencia hasta que el merengue esté completamente levantado.
  5. Calienta leche en un cacito evitando que hierva. Con 2 cucharas ve dando forma a las islas y las bañas en la leche como 20 segundos por cada lado. Retira y seca cada isla con un paño limpio o papel de cocina.
  6. Monta vasitos o cuencos con la crema y la isla encima. Puedes decorar con almendras tostadas o caramelizadas. Si puedes ponerle unas frambuesas deshidratas echas migas, sería la bomba.

Crema Mary Agnes de naranjas con azahar

abril 23, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Mary Agnes inquebrantable Chace

Nuestra Matilda de hoy tuvo una niñez realmente dura. El padre era una mala bestia que terminó moliendo a palos a uno de sus hijos, de 11 añitos, y la gente del lugar, indignada por la muerte del pequeño, linchó al canalla hasta la muerte. Su madre y sus seis hijos, se mudaron a Chicago, donde vivieron malamente en casa de su abuela. Ella dejó de estudiar muy pronto para ayudar a la manutención familiar. Aun así, por las noches, sacaba tiempo para el estudio. Ese espíritu inexorable ya apuntaba maneras.

Mary Agnes no permitió que las tragedias la marcaran como víctima. Supongo que en aquella época no había tiempo para victimismos. En cualquier caso, se forjó a sí misma convirtiéndose en una gran luchadora que abrió camino a muchas otras desde el activismo, la solidaridad y el conocimiento. Es posible que al haberse criado en un entorno de mujeres fuertes que sacaron adelante a la familia en las condiciones más adversas fuera, sin duda, la semilla de su activismo. Aprendió en casa que las mujeres unidas podían sostener el mundo, incluso cuando este se empeñaba en maltratarlas, ignorarlas y ningunearlas.

Se casó en 1888 con William Ingraham Chase, un editor de periódicos con quien compartía sus intereses intelectuales. Pero apenas un año después, William murió, dejándola viuda con solo 20 años y con las deudas del negocio a cuestas. Se refugió aún más en su madre y su abuela. De ahí posiblemente, nació su convicción de que las mujeres debían apoyarse entre sí, y fue esta certeza lo que años más tarde la llevaría a fundar  la Casa Contenta para que ninguna joven científica tuviera que pasar por las penurias que ella pasó. Pero sigamos.

Corre el año 1898 y Mary Agnes trabajaba en todo cuanto podía. En sus ratos libres se dedicaba a recolectar plantas por pura afición en las zonas pantanosas cercanas a Chicago. En una de sus excursiones, se cruzó con el Reverendo Ellsworth Jerome Hill, un botánico retirado especializado en musgos que, al ver sus dibujos tan bonitos y minuciosos, quedó impresionado por su talento. Así que el buen hombre se convirtió en su mentor y le propuso un trato: él le daría lecciones de botánica y uso del microscopio si ella ilustraba sus publicaciones científicas.
Y de aquí en adelante, ya todo fue estudio y dedicación. El microscopio le abrió un mundo en miniatura donde ver las flores de las gramíneas que su abuela decía que no existían. Aprendió a diseccionar espigas diminutas y a captar todos esos detalles que el ojo no alcanza. Gracias a su nueva maestría con las lentes, consiguió su primer empleo profesional a tiempo completo... no te lo pierdas: como inspectora de carne en los mataderos de Chicago. Usaba el microscopio para detectar parásitos y asegurar la calidad de la carne, un trabajo duro con el que pudo mejorar la vida de los suyos.

Su situación fue mejorando y cada vez se especializó más en lo suyo. Gracias a los trabajos que realizó para Hill se forjó una reputación como botánica especializada en pastos, hecho que la llevó a trabajar junto a Albert Hitchcock, primero como mentor y luego como colegas. Junto a Hitchcock trabajó durante décadas para el Departamento de Agricultura de los Estados Unidos, institución que le permitió estudiar y especializarse en pastos pero al mismo tiempo, fue el organismo que más la saboteó y ninguneó.

Le prohibieron participar en expediciones oficiales porque los patrocinadores decían que su presencia "distraería a los hombres". De regreso de una de esas, Hitchcock solicitó que el dinero sobrante, le fuera asignado a ella pero dijeron que requetenones y cito textualmente "Dudo que sea aconsejable contratar los servicios de una mujer para el propósito de la expedición".

Pero esto no la echó para atrás; se financió muchas expediciones ella misma y se valió de la ayuda de misioneras en distintos países de Latinoamérica quienes la acogían y brindaban apoyo a sus trabajos. Eso sí, mira que listucos los del Departamento de agricultura: aunque ella se financiaba de su propio bolsillo con ahorros mínimos casi siempre, los especímenes que documentaba y recolectaba pasaron a ser propiedad del Herbario Nacional. Hala.
"No es que sea valiente, es que no puedo soportar ver cómo se comete una injusticia sin hacer nada."
Así que su activismo social era para ella una necesidad vital. Fue una sufragista radical del grupo de las Silent Sentinels que estuvieron protestando frente a la Casa Blanca durante casi dos años. No gritaban consignas;  se manifestaban en absoluto silencio y sus pancartas eran su única voz. Fue arrestada y encarcelada varias veces e incluso en la cárcel hizo huelgas de hambre. Sufrió malos tratos y torturas por las autoridades. Pobre Agnes, cuántos recuerdos de su infancia debió de padecer. Pero no cedió. Los del Departamento de agricultura la amenazaban con echarla, pero Albert Hitchcock se negaba a ello diciendo que no podía terminar su trabajo sin ella.

Por cierto, Hitchcock y Chase escribieron varios libros juntos aunque su gran legado fue "First Book of Grasses" (1922) que sigue siendo una biblia para los estudiantes de botánica. Fue una de las agrostólogas más destacadas del mundo identificando miles de especies de pastos por medio mundo. Y mira qué ingrata fue la comunidad científica que esperó a que cumpliera los 89 para entregarla un Doctorado Honoris Causa en Ciencias. Este fue su primer y único título universitario.

Pero su gran logro lo obtuvo fuera de su mesa de estudio. Mary Agnes no solo luchó por sí misma. Abrió su casa en Washington, a la que llamó "Casa Contenta" porque quería que fuera un lugar de alegría y resistencia. Tras sus experiencias en la cárcel y los ninguneos en el Departamento de Agricultura, ese hogar se convirtió en su pequeña utopía feminista. Allí se alojaban jóvenes botánicas que no tenían recursos para estudiar o viajar. Fue para estas chicas, la mentora que ella nunca tuvo. 

Mira qué bonito: Mary Agnes no solo recolectaba plantas, también recogía y protegía el talento femenino y esto es lo que la hace tan especial:  no solo fue una Matilda, sino que luchó activamente para que otras no lo fueran. Ole sus naranjas.
"El estudio de las gramíneas me ha dado un propósito, pero la lucha por la justicia me ha dado una vida."
Ingredientes:
  • 150ml. de zumo de naranja
  • 50ml. de zumo de limón
  • Ralladura de naranja y limón a tu gusto
  • 125gr. de azúcar (o eritritol)
  • 3 huevos
  • 1 cda. rasa de maicena
  • 60gr. de mantequilla
  • 1-2 cdas. de agua de azahar

Notas:
  • Esta crema es un falso curd al que le he quitado algo de mantequilla y lo he compensado con un poquito de maicena. 
  • Si no quieres encontrar trocitos de la ralladura en la crema, mi consejo es que no prescindas de ella. Simplemente, pasa la crema con la batidora eléctrica de mano, antes de ponerla al fuego y montarla. 
  • El agua de azahar es un punto muy especial. No lo sacrifiques.
  • En las fotos, he montado la crema en vasitos junto con yogur griego con un par de gotas de estevia. El contraste es maravilloso.

Preparación:
  1. En un vasito, pon algo del zumo y disuelve la maicena. Lo reservas.
  2. Pon en un cazo el azúcar, el zumo, las ralladuras y los huevos. Bate y ponlo a calentar a fuego medio bajo. Cuando rompa a hervir, añade la mezcla con la maicena y sigue removiendo sin parar a fuego lento hasta que vuelva a hervir de nuevo. Lo mantienes como 30 segundos hirviendo y lo apartas del fuego.
  3. Añade la mantequilla y el agua de azahar. Una vez bien integrado, pasas la crema a un bote o recipiente y dejas que enfríe por completo.

Pestiños anaranjados a la Alice Ball

abril 12, 2026
Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.
Alice Ball
Fue una química afroamericana que, con solo 23 años, descubrió el primer tratamiento efectivo contra la lepra. Hasta entonces había sido una enfermedad maldita, inmisericorde,  donde los enfermos eran desterrados o recluidos abandonados a su suerte. La muerte en soledad, no había otra.

El mérito de Alice fue triple: aparte de tan importante hallazgo, fue la primera mujer afroamericana en graduarse por la Universidad de Hawái y la primera mujer profesora de Química en esa misma universidad. Pero ¿mujer y afroamericana? exacto, Alice tiene todas las papeletas para ser miembro premium en el club del Efecto Matilda.

De niña, trasteaba siempre junto a su abuelo que era un reconocido fotógrafo y daguerrotipista local. Así que su infancia transcurrió entre placas de metal, vapores de yodo, mercurio y plata. Creció viendo a su abuelo manipular ácidos y revelar imágenes como si el laboratorio fotográfico fuera su particular zona de juegos. 

El abuelo tenía la salud delicada así que la familia se mudó a Hawái esperando que sus dolencias se atenuaran. El clima de Seattle le traía por la calle de la amargura. Y allí comenzó todo.
El Dr. Harry T. Hollmann, que trabajaba en el hospital de leprosos, estaba desesperado porque el aceite de chaulmoogra, el único remedio conocido contra la lepra, no funcionaba. Sabía fatal y los enfermos lo vomitaban antes de que hiciera efecto; era además ininyectable y tan denso que se quedaba hecho un mazacote bajo la piel y causaba unos abscesos de película de terror. Y es que el dichoso aceite era además insoluble; no se mezclaba con la sangre ni a tiros.

El caso es que había oído hablar de una joven profesora de química que era una maga en lo suyo y le pidió ayuda. Alice aceptó el reto sin dudarlo. Se puso a ello y, no te lo pierdas, en menos de un año descubrió cómo hacer que el aceite de chalmoogra fuera soluble en agua. ¿Y cómo lo hizo? pues con un rigor científico requetebrutal. Aisló los compuestos activos del aceite y los convirtió en una sustancia que sí era soluble en agua. No me preguntes cómo que lo mío son las letras pero por primera vez en la historia de la humanidad, el aceite podía inyectarse y el cuerpo lo absorbía sin problemas. Gracias a Alice, miles de personas han salvado la vida. Ahí es nada.
Pero negra y mujer en 1915 ¡qué se podía esperar! recuerda que la segregación racial no era un mero conflicto moral o cultural. Había leyes (las leyes Jim Crow) que castigaban severamente la integración de la gente de color en la vida sociocultural americana. Su descubrimiento quedó completamente marginado y más aún cuando un año después, en medio de una clase y por error, inhaló gas cloro. Murió con tan solo 24 años.

Muerta y ninguneada. Olvidada pero su descubrimiento era un hito para la ciencia. y claro, llegó el plagiador de turno, en este caso el presidente de su misma universidad Arthur L. Dean que se adueñó de su método y lo publicó sin ni siquiera nombrarla. Con un par de pestiños mal refritos. 

Y aquí dio comienzo el largo camino por restituir su hallazgo encabezado primero por el Dr. Harry T. Hollmann que se pasó la vida intentando sin éxito que el mal llamado Método Dean se llamara como tenía que llamarse. Varias eminencias a lo largo de los años lo intentaron también pero no fue hasta el año 2000 que la Universidad de Hawái finalmente colocó una placa en su honor junto al único árbol de chaulmoogra del campus.

Cada 28 de febrero se celebra en Hawái el Día de Alice Ball, momento elegido a conciencia pues marca el final del Mes de la Historia Negra (Black History Month) y el comienzo del Mes de la Historia de la Mujer (Women's History Month).

Si Alice Ball logró que un aceite denso e imposible se volviera soluble para salvar vidas, tú y yo vamos a hacer nuestro propio experimento. El secreto de estos pestiños no está solo en la masa, que he intentado ajustar al máximo en aceite y dulzor, sino en su baño alquímico: un almíbar de panela y naranja que, al igual que el Método Ball, transforma ingredientes sencillos en algo espectacular. Un glaseado que empapa cada pestiño en frescura para que cada bocado sea un homenaje a su memoria. Va por ti, querida.

Prepárate, porque el resultado es, sencillamente, requeteAlice. 
Ingredientes:
  • 60ml. aceite de oliva
  • 1 rama de canela
  • piel de limón
  • unas semillas de anís o matalahúva
  • 250gr. de harina de espelta
  • 60ml. de vino blanco
  • el zumo de 1/2 naranja
  • una pizca de sal
Almíbar:
  • 150gr. de piloncillo de panela (o panela molida)
  • 100ml. de zumo de naranja
  • 50ml. de agua
  • un chorrito de ron
  • 1 rama de canela

  • mezcla de aceite de oliva y de girasol a partes iguales para freír
  • ralladura de naranja y semillas de ajonjolí para el acabado

Preparación:
  1. Calienta el aceite de oliva junto con la cáscara, la canela y las semillas de matalahúva. Deja que macere un poquito a fuego muy suave y deja que enfríe por completo.
  2. En un bol, pon todos los ingredientes de la masa con el aceite colado. Liga la masa con una espátula, pásala a la encimera y amasa unos 4-5 minutos. Deja que repose 1 hora.
  3. Para el almíbar, pon todos los ingredientes en un cazo y lleva a ebullición. Deja que reduzca hasta que notes el punto casi de caramelo (sacas unas gotitas sobre un platito y al enfriar tiene que espesar). Mantenlo calentito.
  4. Extiende la masa sobre la encimera con ayuda de un rodillo. La masa tiene que quedar muy fina. Puedes poner unas gotas de aceite sobre la encimera para que no se pegue la masa. Con un cortamasas (o cortapizzas o un cuchillo) corta la masa extendida en cuadrados y pliega dos de los extremos del cuadrado hacia el centro y presiona para que no se abran en el aceite. 
  5. Pon a calentar el aceite para freír en una sartén honda con unas cáscaras de naranja. Cuando veas que se fríen, baja el fuego a medio alto y comienza a freír los pestiños. Los vas dejando sobre papel absorbente de cocina para que pierdan el exceso de aceite.
  6. Baña cada pestiño en el almíbar, lo depositas sobre una fuente y vas espolvoreando la ralladura de naranja y el ajonjolí.

 
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