Galletas de choco blanco con pistachos y frutas rojas

desvelo
Acción y efecto de desvelar o desvelarse.

desvelar
De des- y velar.
tr. Impedir el sueño a alguien, no dejarlo dormir. U. t. c. prnl.
prnl. Poner gran cuidado y atención en lo que se tiene a cargo o se desea hacer o conseguir.
No he conocido a nadie en mi vida que con tanta destreza haya manejado los desvelos como mi abuela Teresa. A lo largo de los años en este blog, son muchas las referencias que he hecho a mis abuelos Teresa y Saturnino pero nunca os he contado su historia. Y hoy, que la casualidad así lo ha decidido, va a ser el día perfecto para contaros su historieta de amor; como las de antes, ya sabes, que nunca se cruzaban ni un te quiero ni una cursilería. De hecho, mi abuelo Satur -así le llamaba ella- fue muchas cosas menos detallista. Creo. No, no lo fue: lo sé.

Érase una vez la guerra. De las peores; de las que mata hermano contra hermano alimentando el odio entre familias, amigos y vecinos. No hay más mala sangre en este mundo que la gentuza que azuza el odio entre iguales. Mi abuelo nos contaba muchas batallitas y en todas ellas, la inquina y la deslealtad estaban siempre presentes. A él también le traicionaron en más de una; la última vez regresaba a Madrid desde el frente y un compañero -eran mensajeros motorizados que llevaban las órdenes de un sitio a otro- le avisó que le esperaban para detenerle.

Y es que mi abuelo Saturnino hacía estraperlo con tanto ir al frente. Por todos era sabido que en ciertas horas de la noche, la guerra paraba y se pasaban cartas, noticias y enseres de un lado al otro de las trincheras. Parece que primero mercadeaba "recados" de los mandos: licores, mantequilla, detallitos para las esposas... Madrid pasaba mucha miseria así que él no desaprovechó la ocasión. Se supone -ni digo ni desdigo- que se quedaba con comisiones con las que compraba sacos de comida que llevaba a la familia. También le daba para ahorrar dinero de ambos bandos porque para lo suyo necesitaba las pesetas con las dos caras.

Así que cuando llegó al Alto Estado Mayor, lo hizo a pie y con las manos en los bolsillos; cuando le preguntaron por la moto y el dinero no soltó ni prenda. Los había enterrado. Y así fue como le pilló el final de la guerra: encarcelado por orgulloso y cabezota; y bueno, supongo que por estraperlista, eso él nunca lo aclaró.

La guerra de la que mi abuela hablaba, la de las familias sitiadas, era de miseria, muerte y necesidad. Muerte no porque hablara de ello pero las cuentas no salían. Faltan personajes de sus recuerdos que nunca supimos de ellos. Y es que en estos relatos escuchábamos pero preguntábamos poco porque, de alguna manera, el instinto infantil nos advertía que había interrogantes que eran mejor esquivar. De adulta me arrepentí por no preguntar más, pero así es como tuvo que ser. Hay silencios que no nos pertenecen.
Pasó que, con tanto bombardeo, la familia de mi abuela perdió la casa. Estaban todos refugiados en un molino cercano. Y de nuevo, las bombas cayeron tan cerca que el improvisado refugio estuvo a punto de derruirse con todos ellos dentro. Esa noche cayó en un sueño del que no despertó hasta tres semanas después con la mitad de su cuerpo paralizado desde la cara hasta el pie derecho y con un asma terrible que la persiguió la vida entera. Mi abuelo, cuando pudo regresar a Madrid y vio a su novia de esa guisa, inmediatamente alquiló una casa y pagó los cuidados médicos. Contaba que recibió una terapia de descargas eléctricas que era un suplicio pero que la mejoraron mucho. Que la cosa pudo ser peor.

A pesar de las desgracias, ella siempre contaba que gracias a él, nunca pasaron hambre. En la casa en la que vivieron después de aquel bombardeo, dieron cobijo de vez en cuando, a otras familias porque quedarse sin techo y sin comida era el día a día en la capital. De aquella época conservó siempre la costumbre de mantener la despensa cerrada con llave aunque ya no hubiera grullas que robaran la comida. Bajo llave guardaba también las magdalenas, rosquillas y chocolates que compraba para cuando la íbamos a visitar.

Por algún motivo que nunca se habló abiertamente, la familia de mi abuela rompió relaciones con ella. Tuvo que ser en el intervalo entre que acabó la guerra a cuando se casaron. Porque si bien teníamos trato con la tía Esperanza y el tío Moisés, los hermanos de mi abuelo, ningún familiar de la abuela estuvo nunca presente en bautizos, bodas o entierros. Y eso ya fue súper raro. Mi madre era esquiva con el tema. Y no la reprocho nada porque, insisto, los silencios en las familias hay que dejarlos estar.

Así que fue mi abuelo quien siempre cuidó de ella. Y eso que corría el rumor que, cuando la abuela quedó embarazada de mi madre, el abuelo no quería casarse y tuvo que ser su padre, el abuelo Juan, quien le recordó que sus hijos eran hombres de principios que no huían de su obligación. O algo así.

Fuera como fuere, la abuela Teresa sentía devoción por su Satur. Jamás le dedicó una mirada torcida ni le levantó la voz. Jamás un despecho o un "Basta ya Satur, que me tienes frita". Nada de nada. Pocas personas más buenas, agradecidas y humildes he conocido en mi vida; nunca la vi enfadada, o de morros. Siempre amable y cariñosa. Y aunque nosotros a veces le íbamos con el cuento de si es que el abuelo esto o lo otro, ella siempre hablaba bien del cascarrabias. Y decía: es que no sabes las cosas que ha hecho tu abuelo. Le tengo que estar agradecida la vida entera.

Mis abuelos nunca tuvieron amigos ni alternaron con nadie. Los fines de semana los pasaban en familia y cada domingo el abuelo nos llevaba de excursión. Ninguna tarde de domingo nos faltó una bandeja de pasteles o pastas de té. Y es que mi abuelo, además de goloso, nunca se fió ni de su sombra. Tenía dinero escondido en ladrillos falsos en el taller de bicis. Porque mi abuelo antes de la guerra fue ciclista y después de ella, con la cojera de la bala - o metralla- que la guerra le dejó de recuerdo, montó una tienda de bicicletas, negocio que regentó hasta su muerte.

Pasó que algún hermano de mi abuela -que yo no sabía que existía- murió y el tío José, que era el más pequeño, contactó con su hermana. Hubo un acercamiento y nos visitaron en Madrid, para conocernos. Recuerdo que hubo felicidad. Sin aspavientos pero el ambiente era amable. Ese verano -o el siguiente, no recuerdo- decidieron por fin tomarse unas vacaciones. Eso a mi madre le enfadaba: porque con tanto dinero escondido en los ladrillos sueltos y tenía traca que no fuera de llevar a la abuela de vacaciones.

Y se fueron a Córdoba, a su pueblo natal, a la casa familiar que el tío José había terminado heredando. Hablaron de la niñez, de los recuerdos que regresaban a borbotones. Mi abuela, contó el tío José, estaba requefeliz. Y como ella no podía dormir a costa del maldito asma que la tuvo cada noche atada a un sillón donde cerraba y abría el ojo cada poco, pues supongo que quiso dar una vuelta por la casa y para no molestar, no encendió ni la luz. Y cayó por las escaleras. Y esta vez, no despertó como cuando lo del molino. Se fue feliz, con la cabeza llena de momentos felices sin la sombra de las bombas ni del asma, al que temía más que a la muerte.
Mi abuelo ya no paró de llorar. No supo pasar ni un solo día más de su vida sin ella. Mira que nunca cruzó con ella ni una mirada de cariño ni un mimo. Pero cuando se fue la abuela Teresa todos supimos que nos habíamos quedado sin sus desvelos ya que al estar impedida para afrontar otras tareas, dedicó su vida a querernos con una discreción tan tremenda que solo sentimos el terremoto de su bondad cuando ya no estuvo. Antes de su muerte, al abuelo solo le vi llorar los días que nos llevaba al valle de los Caídos. Y creo que nunca más volvió a comprarnos dulces. Se fue apagando y murió poco después.

Y, aunque parezca que no viene al caso, aquí es donde un escritor inglés que nunca pisó Madrid ni supo de estraperlos ni de molinos bombardeados entra en escena. Él ha sido el detonante, la metralla que ha impactado en mi recuerdo. Se llamaba C. S. Lewis, y además de escribir sobre un león que resucita y niños que atraviesan armarios -también huyendo de los horrores de otra guerra-, se pasó media vida dándole vueltas al amor; el de verdad, el que cuesta, no el de las tarjetas de felicitación el día de San Valentín. 
Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo.
Y tiene una frase que podría haber escrito pensando en mi abuelo sin conocerlo: que amar de verdad es hacerte vulnerable, y que si quieres estar a salvo de sufrir, la única receta es no dar tu corazón a nadie - guardarlo bajo llave, como la despensa de la abuela, y dejar que se vuelva duro, rancio e impenetrable ahí dentro.

Y eso era mi abuelo Satur. Un corazón bajo llave, cabezota, orgulloso hasta en la cárcel por no soltar prenda. Y a lo mejor la ternura no le cabía en el papel que la vida -y la guerra- le habían asignado: cuidar, sostener, resolver. Llorar con ella, no. No lo hizo. También te digo que a la abuela tampoco nunca la vi llorar a moco tendido. A ella se le escapaban las lágrimas solo cuando hablaba de aquellos años. De la guerra, de antes de la guerra o de después de la guerra. El epicentro de sus lágrimas siempre fue la guerra y aunque sin un león como el de Narnia, la abuela siempre atravesó el armario de su ternura porque a pesar de vivir en un cuerpo roto y maltrecho jamás se secó su alma ni su gratitud. Se sentía feliz por lo que tenía y no por lo que perdió. Y no lo vimos entonces. 
El dolor de ahora forma parte de la felicidad de entonces. Ese es el trato.
Lewis, que en su propia vida tardó cincuenta y ocho años en enamorarse de verdad y solo tres en perder a esa mujer por cáncer, escribió después que el duelo desmonta certezas que uno creía sólidas, que debajo del hombre seguro que uno cree ser hay otro que no sabía que estaba ahí. Cuando mi abuela cayó por esas escaleras, a su Satur se le cayó también la coraza entera. Y descubrimos, todos, lo que llevaba dentro sin saber mostrarlo. Ese amor estaba dentro pero nadie le enseñó a darle rienda. Porque los supervivientes de aquello, solo sabían pelarnos la fruta y comprar pasteles los domingos. De amor, ni hablar. 

Antes de pasar a la receta, que como no podía ser de otra manera tenía que ser de un dulce, uno que les hubiera encantado a los dos, debo decirte que entre estas letras y fotos de las galletas, flotan unas frases de Lewis así como una foto mis abuelos hace muchos, muchos años en Daimiel, en la comunión de mi hermano Jesús Alberto. Por cierto, el abuelo estaba requeteindignado de que mis padres no le hubieran llamado Jesús Saturnino o Saturnino Jesús. ¡Por qué será!
Ingredientes:
  • 1 huevo
  • 125gr. de mantequilla
  • 120gr. azúcar morena
  • 50gr. de nata
  • Vainilla
  • 150gr. de harina
  • 100gr. de almendra
  • 75-100gr. de avena
  • 1 cdta. de polvos de hornear
  • 100gr. chocolate blanco
  • 1 puñado de cranberries
  • 1 puñado de fruta deshidratada: fresas o frambuesas
  • 1 puñado de pistachos

Preparación:
  1. Con la ayuda de unas varillas eléctricas, bate el huevo, el azúcar, la mantequilla, la nata y la vainilla. 
  2. Incorpora la almendra molida, la harina y la avena hasta que ligue todo bien. Añade el chocolate blanco y los pistachos en trocitos, así como las frutas a tu gusto. Deja que repose la masa unos 20 minutos en el frigo.
  3. Precalienta el horno a 170ºC.
  4. Con ayuda de una cucharita, forma pegotes de masa y las depositas en una fuente de horno con papel de hornear. Las metes en el horno durante 15 minutos. Deja que enfríen y listo.

 
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