Milhojas de berenjena a la Emilia
Cuando José Zorrilla murió, cuentan que en su escritorio había una foto antigua de una Emilia Serrano muy jovencita con una niña pequeña en brazos. Desconozco si guardaba esa foto por nostalgia o por mala conciencia. Dicen que fue muy mujeriego porque tuvo una esposa que no le supo hacer feliz. Emilia sí le hizo feliz y aún así, él siguió a lo suyo, comportándose como un bala perdida de manual. Sea como sea, las esposas siempre tienen la culpa, al igual que las amantes. Si no son las unas, son las otras. Pobres señoritos, que no dan pie con bola en este mundo por culpa del sexo contrario. Y si no, que se le pregunten a Doña Inés. A ver qué piensa.
Decía, que Don José estaba completamente abducido por Emilia, su musa además de amante, y solo hay que leer sus rimas y poemas dedicados a Leila para acreditar dicho amor loco y desbocado. Pero no tanto como para atarle en corto y hacerle sentir mínimamente responsable por la criatura que había contribuido a traer a este mundo. No se le cayeron los anillos cuando embarcó rumbo a México para poner tierra de por medio y no enfrentarse a sus deudas y desastres domésticos.
Emilia estuvo en el muelle de Cádiz, a pie del barco en el que él se iba para siempre de su vida. Ignoro si en ese momento ella fue consciente. Pero ahí estaba, con su niña en brazos y el corazón asfixiado en tristeza. Tanto le quería, que se jugó su reputación, tuvo que parir clandestinamente y, como audacia no le faltaba, se inventó un marido fantasma; un aristócrata inglés, el Barón Enrique de Wilson, del que enviudó con apenas 18 años, dejándole una inmensa fortuna, el título y una niña llamada Margarita Aurora.
Y como ella vivía entre Madrid y París, la farsa coló requetebien. Así no solo protegía su reputación sino también la de Margarita, inventándose un padre querido y protector que no vivió lo suficiente para verla crecer. El drama en todo esto, es que la pequeña falleció con tan solo cuatro añitos dejando a Emilia devastada, rota, aniquilada.
Hizo como pudo su duelo. Siguió trabajando creando revistas literarias y siendo agente internacional además de gestora de traducciones para obras de Dumas o Lamartine entre otros. Se codeó con lo mejor de la aristocracia de ambos países -con la reina exiliada María Cristina de Borbón y con Eugenia de Montijo, ahí es nada- y en un momento dado, quizás por ese dolor que nunca cesó o puede que hambrienta de inspiración y nuevas experiencias, hizo su primer viaje rumbo a América.
Emilia tenía 40 años. Había acumulado mucha experiencia profesional y personal. Se dedicaba a comprar derechos de autor, fundar revistas y gestionar imprentas. Y mientras iba montando sus redes de distribución transatlánticas fue creando puentes culturales entre escritores españoles y americanos. Todo financiado de su propio bolsillo. Tiene especial interés en dar voz a mujeres intelectuales, indígenas, luchadoras y artistas que va conociendo durante esos veinte años que se dedicó a cruzar el charco. Lo hizo hasta cinco veces.
Hay noches en que el silencio de estas tierras de América se me hace tan grande que pesa en el pecho. El mundo me cree audaz, y acaso lo soy por fuerza, pero detrás de la viajera que cruza los mares no hay más que una mujer que huye de sus propios recuerdos y que busca en el polvo de los caminos lo que la vida le negó en el hogar.
Y en todos esos viajes, además de atender sus negocios, luchó por dar voz a las mujeres y en particular a las especialmente desfavorecidas que necesitaban, más que nunca, equiparar su papel y estatus en la sociedad. Tal vez albergó el deseo que, de las muchas revoluciones americanas que se estaban gestando, alguna tuviera la cordura y sensatez suficiente para que esa nueva burguesía emergente, estuviera a la altura de sus discursos de igualdad, fraternidad y esas cosas.
Pero ya sabemos cómo fueron las cosas. Esas nuevas y gloriosas naciones, se dejaron fuera a la otra mitad de su sociedad; a las luchadoras, las revolucionarias, se las echó sin miramientos y a las intelectuales se las ninguneó hasta prácticamente borrarlas. Para ellas no cambió el mundo. Y Emilia lo pregonó, lo dijo por activa y por pasiva: sin educar a la mujer y equipararla socialmente, no hay progreso. No hay democracia ni hay libertad.
Y lo pregonaba con mucha mano izquierda porque, las activistas pro derechos, tenían muy claro que si pedían el voto o la igualdad jurídica por las bravas, las iban a triturar. Así que los argumentos los dirigían a la sociedad más intelectual y progresista, sabiendo que sin su apoyo no había nada que hacer:
Si queréis que los hombres del futuro sean ciudadanos ilustrados, cultos y saquen al país de la decadencia, necesitáis educar primero a las madres que los crían, porque la ignorancia de la mujer es la ruina de la nación.
Como ves, Emilia, además de ser una empresaria de éxito, fue una periodista de primera fila. Sabía que para que las cosas cambiaran había que hablar de nosotras y los peligros que acechaban a cualquier mujer de cualquier posición: la sombra de la miseria siempre presente, recordando a todas que con solo ser rechazada por un marido, padre o tutor, no había forma de ganarse el pan de forma digna y autónoma, y por tanto, una mujer sin dinero ni protección, quedaba condenada a aguantar abusos y marginalidad. Hoy en día, poco han cambiado las cosas para muchas. Cuánto esfuerzo y cuánta falta de entendederas gastan algunos.
Ingredientes:Se les exige la sumisión del esclavo y el heroísmo de la madre, pero la ley las trata como eternas menores de edad. Es una ironía sangrienta que los mismos hombres que proclaman la libertad de las repúblicas mantengan encadenada la mitad de sus naciones.
Mucho es que seamos consideradas en el hogar doméstico, que no nos separen de los hijos, y que estos deban á nosotras las ideas de virtud y de hidalguía; pero el mundo no puede adelantar mientras sea la ignorancia nuestro lote en la moderna civilización, y mientras no tengamos la independencia necesaria para no temer los horrores de la miseria y las asechanzas de los vicios, por hallársenos vedados todos los medios independientes del vivir.
Y así fue la vida de Emilia hasta que se hizo muy mayor y ya no pudo viajar. Y hasta que llegó la Gran Guerra y lo cambió todo, y se arruinó, y tuvo que vivir en un cuartucho de mala manera, con sus libros y escritos hasta su último suspiro. Cuando murió, nadie reclamó sus restos y fue enterrada en una fosa común. Nada más que añadir, querido lector porque a buen entendedor, palabras sobran.
- 1 berenjena
- sal y pimienta
- 4-5 cdas. de harina de garbanzo
- agua con gas para hacer la tempura (ver notas)
- aceite para freír
- 1 cuña de queso brie
- 1 par de cucharas de nata líquida
- Miel oscura de bosque o miel con melaza
- Para el picadillo: pasta de dátiles, almendras, ajo en polco, aceite y alguna hierba fresca
Notas:
- El truco de la tempura está en que no quede ni muy líquida ni muy densa. No te pongo proporción de agua porque las harinas no absorben igual. Tiene que quedar cremosa, ni líquida ni espesa.
- El agua con gas, si puedes, no te lo saltes. Deja la tempura más aireada y por ende, más crujiente.
- Las cantidades del picadillo es un poco a tu aire pero tampoco prescindas porque es un toque grandioso para hacer de una tempura de estar por casa en un plato de diez.
- Para freír, uso mezcla de girasol y oliva a partes iguales.
- Sale igual de rico con queso brie o camembert. Va un poco a tu gusto.
Preparación:
- Lava y corta en rodajas finas la berenjena. Salpimienta.
- Mezcla la tempura hasta que tengas una crema si grumos.
- Calienta el aceite en una sartén honda y ve friendo la berenjena bañada en tempura.
- Mientras haz el picadillo con un cuchillo cortando en trocitos muy finos o en un procesador de alimentos. Reserva.
- Quita la corteza al queso y lo calientas un poco con la nata liquida. Con ayuda de la minipimer, haz una crema.
- Montaje: una rodaja de berenjena, un poco de crema de queso y así hasta tener una milhoja de cuatro capas. Termina el planto con un poco de crema por encima, un buen puñadito de picadillo y un chorro de miel.












