Rollos Nettie Stevens de amapola o Mohnschnecken

Efecto Matilda
Fenómeno sociológico que describe el sistemático menosprecio, ignorancia o atribución errónea de los logros científicos de las mujeres, cuyos créditos suelen ser transferidos a sus colegas masculinos.

Nettie Stevens y la importancia del gorgojo

Hubo un tiempo en que se creía que el sexo de un bebé era una moneda al aire lanzada por la diosa fortuna, o el resultado de lo que la madre comía durante el embarazo, o la temperatura del "nido", o lo que dios quiera a secas y sin más florituras. Pero pasó lo que tenía que pasar y en 1905, una maestra que había ahorrado hasta el último centavo para poder estudiar e investigar, decidió mirar donde nadie miraba: en los testículos de un escarabajo de la harina. 

No me preguntes qué es lo que lleva a un ser humano a hacer de voyeur de un tenebrio molitor, uno de esos bichitos que les da por colarse en nuestras mejores harinas. Y aunque no venga al caso, si tus harinas no las quiere ni el tenebrio, debes preocuparte. Pero esta es otra historia.

Nettie Stevens, nuestra maestra que tuvo que esperar años hasta poder pagarse la carrera y dedicarse a sus investigaciones, vio lo que los grandes genios de su época habían pasado por alto: dos filamentos, dos hilos de vida. Uno grandote (X) y el otro, algo más chiquito (Y). Ahí estaba el secreto. No me preguntes; solo créeme que ella lo vio requeteclaro: el sexo no era magia, era genética.

Y aunque fue la primera científica en decir "Señores, el sexo lo determinan los cromosomas" haciendo públicos sus resultados, pasó que un colega suyo, un tal Edmund Beecher Wilson, publicó algo similar casi al mismo tiempo. Y aunque la investigación de Nettie era mucho más completa y detallada, la historia -o los señoros que manejaban el cotarro- dieron por sentado que el Wilson era el genio y ella la maestrilla con suerte. Vaya, que la ningunearon de mala manera.

Pero bueno, errores cometemos todos y es de sabios rectificar. Pero éstos, como que no. El gran genetista Thomas Hunt Morgan, un tipo que posteriormente se ganó el Nobel por méritos bien argumentados,  llegó a decir que Nettie era una técnica del montón. Sin especial talento.

Y lo curioso es que Wilson era el mentor de Nettie y el tipo era algo escéptico con la idea de que un solo cromosoma determinara el sexo. Ella publicó en septiembre y él en octubre. Incluso él, puso una nota al final del artículo reconociendo que Stevens había llegado a conclusiones más definitivas con sus resultados en el escarabajo de la harina. Pero como quien oye llover. 

Lo dicho: la ningunearon de mala manera. Y mientras Wilson y Morgan se consagraban como los padres de la genética moderna, Stevens nunca alcanzó ni siquiera el estatus de profesora titular con plenos derechos en una gran universidad de investigación. Trabajó principalmente en el Bryn Mawr College, una institución para mujeres que, aunque prestigiosa, no tenía ni el peso político ni financiero que Columbia o Harvard

Además, el destino quiso que Nettie muriera joven -de cáncer de mama a los 50 años- y, habiendo descifrado el código de la vida, estas eminencias se encargaron de que el mundo no le agradeciera el magnífico aporte que nos regaló a toda la humanidad. Al fin y al cabo, ellos eran las celebridades y ella una técnica con potra y poco más. 

A ver si lo pillo: una mujer, encima pobre, lista a rabiar, con una voluntad de hierro y una paciencia que ya la quisiera el santo Job; ¿una mujer de ese temple y para estos tipos era una investigadora del montón? Bravo. Y claro, murió demasiado pronto como para tener ocasión de defender sus descubrimientos así que olvidarse de sus méritos fue, si cabe, más fácil aún. 

Y el caso de Stevens no es único. Obedece a un patrón muy concreto y sistemático donde la comunidad científica las usaba, se aprovechaba de sus hallazgos y luego las borraba del papel. Mira si era injusto que estas científicas, tienen casi todas en común el tener prohibida la entrada en las sociedades donde se discutían sus propios descubrimientos.

Las que consiguieron relucir un poco más de lo acostumbrado es porque tenían un hombre detrás, perdón, delante que no las ninguneó y aún así, siempre fueron en su tiempo, las segundonas, las asistentes de ellos. Por tanto: si hay que hablar de ellas, pues se habla.

De todas formas, qué irónico ¿verdad? En tiempos de Nettie, a las mujeres se nos reservaba el mundo entre harinas y pañales por obligación, porque se suponía que no valíamos para más. Nos cerraban con llave las puertas de la ciencia y demás humanidades, pero ahí la tienes; rebelándose contra el destino y buscando la verdad en los testículos de un gorgojo para que tú y yo entendamos algo de genética. O no pero eso no es culpa de Nettie.

Hoy las cosas han cambiado, al menos en las formas: entramos y salimos de la cocina cuando nos place. Ya no buscamos cromosomas entre los bichos de la harina, pero nos enharinamos hasta las orejas por puro placer y para darnos el gusto. Sin que nadie nos dicte el sitio ni nos corte las alas. 

Así que, prepárate estos rollos de amapola solo si te da la gana porque sino no te van a saber ricos. Y, entre bocado y bocado, brindemos por las Netties de la historia. Porque es hoy y solo en esta parte del mundo, donde las mujeres vamos cogiéndole el truquillo a eso de disfrutar de la vida sin pedir permiso. Y entre todas tenemos que escribir este capítulo de la historia para que las que vienen detrás lo tengan más sencillo.

Y ahora, cambiemos de rollo.

Ingredientes:
  • 200ml. de leche tibia
  • 1 huevo
  • 2 cdas. de miel
  • 500gr. de harina de espelta ( o trigo)
  • levadura seca para 500gr. de harina
  • 70gr. de mantequilla
  • opcional: un poquito de ralladura de limón o naranja
Para el relleno:
  • 150gr. de semillas de amapola molidas
  • 100ml. de leche caliente
  • 80gr. de azúcar
  • 30gr. de mantequilla
  • vainilla

  • Acabado: yema rebajada en agua para pincelar y una glasa para cubrir (azúcar glas, unas gotas de limón y una cdta. de leche)


Notas:

  • Me encanta el acabado de esta masa estando bastante hidratada. El problema es que complica la formación del rollo pero lo he solucionado de esta forma: Cuando hagas el rulo y veas que se queda bastante plano (míralo en las fotos del paso a paso) no pasa nada: corta rodajas de unos 2-3 cm. y las haces rodar cada una de ellas haciendo un rollo y las colocas en la fuente. Merece la pena lo jugosos que quedan. 
  • Si por el contrario, prefieres unos rollos convencionales con la masa más firme, deja en 160ml. la cantidad de leche.
  • Una regla de oro: la mantequilla derretida en bizcochos, sí. En masas levadas, no.


Preparación:

  1. Mezcla todos los ingredientes en un bol menos la mantequilla. Amasa con las varillas eléctricas unos 3 minutos. A mano 5 minutos. Deja reposar 5 minutos.
  2. Añade la mantequilla reblandecida y vuelve a amasar hasta que veas que está bien incorporada. Pasa la masa a la encimera y amasa a mano hasta que veas que tiene cuerpo, está blandita y se despega con facilidad (entre 3-5 minutos). Deja que leve hasta que doble el tamaño (entre 1 hora y media a 2h.)
  3. Mientras, prepara el relleno. Calienta la leche y agrega las semillas, el azúcar y la vainilla. Haz una pasta y agrega la mantequilla. Lígalo todo bien y reserva.
  4. Enharina la encimera y estira la masa en un rectángulo, untas la pasta de amapola, enrollas como un brazo de gitano (forma de rulo) y cortas rodajas de 2-3 cm. Procede según las notas anteriores . Coloca los rollos sobre una fuente engrasada dejando huecos entre ellos para que puedan levar bien. Deja que leven otra media hora.
  5. Precalienta el horno a 170-180ºC.
  6. Pincela con la yema de huevo rebajada en agua los rollos y hornea hasta que veas que cogen un bonito color dorado (Entre 20-30 minutos). Prepara la glasa y cuando estén casi fríos, pon un poquito a cada bollito por encima.

 
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