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Carpaccio de tomates con burrata, anchoas y pangrattato

agosto 08, 2026
Para verificar su testimonio, Artemisia es torturada mediante unos cordeles atados a sus dedos, los cuales son apretados por un verdugo. Este tormento es  conocido como la sibila, y a veces llegan a apretar tanto que las falanges se rompen. "È vero, è vero", repite una y otra vez mientras estrujan con más empeño. Cuando ponen fin al martirio, entre lágrimas de dolor y rabia, mira a su prometido y señalando las marcas en sus dedos, le increpa: "Este es el anillo que me das y estas son tus promesas".

Es la primogénita de Orazio Gentileschi, un reconocido pintor caravaggista y aunque las academias de arte no admitían mujeres, Orazio forma a su hija junto a sus hermanos demostrando ser la más capaz de todos ellos. Un colaborador del maestro, llamado Tassi, la viola en el propio estudio familiar. A modo de reparación se le obliga a prometerse pero el muy pieza ya estaba casado, tenía relaciones con su cuñada y había intentado matar a su esposa.

El maestro, para salvar la reputación de la familia, le denuncia a las autoridades y durante el proceso, para verificar el testimonio de su hija -la víctima en este pleito, no lo olvidemos- es torturada porque en aquella época, se acudía al tormento tan pronto para arrancar confesiones como para verificar testimonios. Y aunque quien denunció fue el padre, el dolor se lo causaron a ella. Y por lo que sea, en esta ocasión no encontraron necesario torturar al violador.

Y no te lo pierdas, todo eso para nada; porque al malnacido, una vez declarado culpable, se le da a elegir entre cinco años de trabajos forzados en galeras o destierro de Roma. Elige el destierro, por supuesto, y como estaba bien relacionado poco después logra que le indulten sin ni siquiera dar tres pasos fuera de Roma.

Y como la honra de la joven estaba en entredicho y el honor familiar no podía mancillarse, se la casa de malas maneras con Pierantonio Stiattesi, un pintor florentino venido a menos que resulta ser una pieza de mucho cuidado. Se mudan a Florencia y el talento de Artemisia brilla por toda la ciudad como luces de neón en una feria.

Se convirtió en la primera mujer admitida en la Accademia delle Arti del Disegno de Florencia, artísticamente prosperaba y entabló amistad con lo mejorcito de la ciudad, entre ellos con un tal Galileo Galilei; ¿te suena, verdad? Pues como ves, todo parecía ir viento en popa si no fuera porque sus hijos se le iban muriendo a los pocos meses de nacer. Ya ha perdido tres bebés. Otros dos parecen haber superado lo más difícil. Y a este dolor, se suma la vida de vivalavirgen del marido quien su único talento es sembrar el día a día de Artemisia de pleitos y deudas. Y a saber que más.

Por toda Florencia hay nobles adinerados sufragando artistas. Los mecenazgos están de moda gracias a los Medici y Francesco Maria Maringhi, un joven noble florentino requeteguapete, no solo financia los gastos artísticos de Artemisia sino que surge el chispazo y se enamoran perdidamente. Han sobrevivido cerca de 36 cartas entre ellos que son oro puro; cuánta pasión y picardías. Desvelos, fogosidades, ironías, fervores, distanciamiento y reproches... porque así fue, la relación no aguantó demasiado cuando tuvo que mudarse a Roma deprisa y corriendo porque los acreedores iban a por ella. La distancia es lo que tiene, y aunque mantuvo la lealtad intacta, Francesco terminó buscando otros brazos y visitando otras sábanas.
Pero no fue algo de la noche a la mañana. De hecho no existe constancia fehaciente de cuándo y cómo. No había paparazzi en aquellos tiempos pero se intuye que ese amor se diluyó poco a poco porque tampoco existen pruebas que avalen la idea de que la relación sobrevivió a la distancia. En cualquier caso, en ese momento mientras huía a Roma, él se encargó de saldar sus deudas, vendiendo o recuperando pertenencias de la mejor forma posible. En la ruina y lejos de su amor, cuando parecía que nada podía ir peor, pierde a su hijo varón de cinco años. ¿Puede existir dolor más grande?
Consuelo de mi vida. He recibido dos cartas de Vuestra Señoría, que me han causado mucha angustia al saber que Vuestra Señoría fue sometido a grandes molestias por mi causa, aunque también me causa mucha angustia no haber podido llegar a una solución tal que mis pertenencias no tuvieran que venderse, y yo misma no sé qué me llevó el Amor a hacer, pero como me he quedado sin nada, viviré aquí como una ermitaña. Ahora veo que la fortuna me ha dado la espalda, pues me roba todas las cosas que me son queridas y útiles, y como prueba, considerad que Dios me ha quitado a mi hijo, hace ya cinco días que murió y me estoy muriendo de pena.
Y ¿el Pierantonio? te preguntarás; pues a lo suyo. A gastar y esconder la cabeza. Mira si era de mala calaña, que en algunas de las cartas de amor de Artemisia a Francesco, el garrapata aprovechaba el dorso para hablar de "negocios". A ver, como ya sabemos de sobra, las mujeres no podían firmar ni manejar negocios sin la rúbrica del marido pero eso sí, cuando la quiebra y la huida, el sinvergüenza desaparece de escena. No es quien se queda a asumir las consecuencias de sus devaneos con el juego y otros vicios. Cuando llega a Roma, el maestro Gentileschi casi se lo come a bocados pero oye, como quien escucha llover.

Y aquí hay algo muy retorcido que bien merece que se cuente. Aparte de usar el reverso de las cartas de su esposa, el Pierantonio mantenía su correspondencia privada pidiendo caudales básicamente: que si este negocio, que si estos gastos, que si lo de más allá. Dinero. Por algo Francesco era el mecenas y amante de su esposa. Y entre ese carteo, se ha conservado una un poco perturbadora:
Haré caso de los avisos y buenos consejos que me da Vuestra Señoría, sobre lo cual el amigo de allí arriba en Roma fue abordado por dos hombres; le dispararon con un arcabuz, herido pero no muerto, y el otro lo persiguió con un hacha para rematarlo, sin que pasara nada más; solo quedó con una herida leve o ninguna, sea lo que Dios quiera.
Yo aquí leo que posiblemente Francesco, aprovechando los contactos barriobajeros del consorte, le pidió algún que otro favor para saldar cuentas en última instancia. Pero mira que retorcidos somos: un historiador y director de museos italianos llamado Claudio Cerretelli, ha analizado cartas y archivos originales del siglo XVII sobre lo que se puede reconstruir de nuestra artista. ¿Y qué ha descubierto?

Es curioso que no aporte detalles sobre, por ejemplo, cómo gestionaba su taller en Nápoles o negociaba sus honorarios, o cómo montó su taller o qué impedimentos encontró a la hora de entrar en la Accademia delle Arti del Disegno de Florencia. No, se monta un peliculón interpretando que estas palabras de Pierantonio obedecen a que ofreció algún tipo de escarmiento al Tassi, tal vez para avisarle que no se acercara de nuevo a su mujer o para vengar la afrenta de la violación. A buenas horas, hombre.

Venga, no me fastidies. Una y otra vez, nos regodeamos en el morbo. Ve a cualquier buscador y cuando pongas el nombre de Artemisia leerás violación y amante, violación y amante y violación y amante. Esta atmósfera es tremendamente sofocante. De todo lo que se ha escrito sobre ella, la inmensa mayoría gira en torno a tres hombres -violador, marido y amante- y solo leerás sobre unas pocas semanas de su vida, no de sus cuarenta años de pincel.
Mi corazón. He recibido de Vuestra Señoría una de esas cartas que son mi consuelo y me devuelven de la muerte a la vida, y si supierais la alegría que siento, estoy segura de que si es verdad que me amáis sentiríais igual alegría. Vuestra Señoría me dice que no conocéis a otra mujer aparte de vuestra mano derecha, tan envidiada por mí, pues posee lo que yo no puedo poseer de mí misma, y luego me agradecéis haberos ofrecido mi casa. ¡Oh, mi querida vida! Me hacéis mal, pues bien sabéis que soy vuestra mientras aún respire.
Pues conmigo que no cuenten. No soy historiadora, ni directora de museos. Soy una guisandera de andar por casa que no ve en Artemisia ni una heroína ni una víctima. Veo a una mujer que lidió con lo que le tocó como a casi todas. Que aún siendo forzada la honra familiar estaba por encima de su bienestar. Que aun siendo testigo público de su propia vejación, la justicia la tortura. Veo a una mujer que tuvo motivos para que la vida se la devorara viva y de mala manera y en vez de eso, creyó en sí misma y en su talento. Y se enfrentó a la vida con un par, pese al dolor de perder cuatro hijos; pese a la angustia de proteger a la única que le quedaba, a quien enseñó a pintar y se desvivió por acumular una jugosa dote que le proporcionara un matrimonio lejos de las miserias cotidianas.

Veo a una mujer pasional y entusiasmada que hace que se me pongan los pelos de punta cuando evoca con envidia la mano derecha de su amado. Ay ella, que amó contra viento y marea pero que llegando al final de su vida, alguien que dándola por muerta, escribió un par de epitafios donde no se menciona su obra artística; ambos la reducen a un chiste sobre infidelidad conyugal.

Y cómo es posible no hablar de sus desnudos: Danae, Cleopatra (varias versiones), Venus dormida, Betsabé en el baño (también varias versiones)... o de obras como Judit decapitando a Holofernes, Susana y los viejos o su Autorretrato como La Pintura (Alegoría de la Pintura) donde se representa a sí misma personificando el propio arte de pintar, algo que ningún hombre podía hacer ya que la alegoría de la Pintura se representaba siempre como mujer.

Tanto arte del que hablar y la minimizamos a su más pequeña expresión: la de ellos. De verdad, ¿tanto cuesta?

Hoy toca receta multicolor, sin domesticar, tal cual como ella pintaba, sin suavizar nunca la sangre de sus Judit. Un carpaccio de tomates de jardín con su puntito de anchoa: pequeña, salada, de las que la gente desprecia o ningunea, y sin embargo sostiene todo el sabor del plato. Y esta vez sin que se vea. Hasta que no lo tengas en el paladar no sabrás que esconden las anchoas.
Ingredientes:
  • Tomates variados (colores y tamaños distintos)
  • 1 burrata
  • Pangrattato: pan cortado muy fino, 1cda. de mantequilla y otra de aceite de oliva, 1 ajo machacado, algo de chile rojo molido y algo de queso parmesano
  • Emulsión de anchoas: 6-8 filetes de anchoa en aceite, 1 diente de ajo, algo de aceite de oliva, un poquito de miel de caña y algo de zumo de limón.
  • Salsa de hierbas: albahaca, perejil y otras hierbas frescas y algo de aceite de oliva
  • Para terminar: cebollino fresco picado fino y un poco de Tajín a tu gusto
  • opcional: unas flores y hojas de capuchinas

Preparación:
  1. Tritura lo más fino posible las hierbas con una cucharada o dos de agua. Añade el aceite y monta una crema ligera. Reserva.
  2. Tritura el diente de ajo con las anchoas hasta formar una pasta. Añade poco a poco el aceite de oliva hasta que tengas como una vinagreta espesa. Añade un poquito de miel y un chorrito de zumo de limón a tu gusto. Reserva.
  3. Para el pangrattato, corta en pan en trozos muy muy menudos. En una sartén, funde la mantequilla junto con el aceite de oliva a fuego medio. Añade el ajo machacado y dora el pan a fuego medio, moviendo constantemente, hasta que esté dorado y crujiente. Retira el ajo. Fuera del fuego, añade un poquito de parmesano rallado y un poquito de chile si deseas darle algo más de caracter. Reserva.
  4. Corta los tomates en láminas finas o gajos, según la variedad, jugando con los colores. Dispón en el plato como un carpaccio, ligeramente solapados.
  5. Reparte la emulsión de anchoas sobre los tomates.  
  6. Con una cucharadita, dibuja puntos o hilos con la salsa verde alrededor del plato. Coloca la burrata en el centro y la rasgas un poquito. Espolvorea el Tajín y el cebollino fresco picado fino.

Knishes neoyorkinos de patata

julio 30, 2026
Nos vamos al Nueva York de 1969, a la calle Christopher Street. Allí se encuentra el Stonewall Inn, uno de los bares gais más populares de la ciudad.  A pesar de que ya no es ilegal servir alcohol en un garito de ambiente, la homosexualidad todavía es un delito penal. Bueno, la fechoría es la sodomía pero para estas cosas todo el campo es orégano. Esta tibieza jurídica hace que conseguir una licencia sea casi imposible, motivo por el cual la mayoría de los establecimientos siguen dependiendo de la mafia quien mantiene lo más lejos posible a la policía. Aun así, las redadas y brutalidad policial son el pan de cada día. Y para no perder la costumbre, en la medianoche del 28 de junio se presentan a repartir leñazos a diestro y siniestro.

Como suele pasar, se lía parda: los polis a porrazos, los clientes tiran monedas de 10 centavos a la cara de los uniformados y a la que la cosa se va calentando, vuelan hasta botellas. Gritos, voces, que si "cerdos", que si "pervertidos", que si tal y pascual. Lo de siempre.

Marsha está de fiesta en Manhattan y cuando llega al bar todo está en llamas. Se recalienta más que una patata caliente y se suma a la refriega que en esos momentos es una batalla en toda regla. Se le cruzan los cables; se sube a un coche patrulla con un ladrillo en la mano y rompe el parabrisas. Y esta estampa se hace tan célebre, que Marsha P Johnson se convierte de la noche a la mañana en el icono de la resistencia gay. Los disturbios durarán todavía cinco días más y la militancia de Marsha ya es pura épica marcando el ritmo imparable de un cambio radical en materia de derechos LGBT.

La implicación de Marsha -y su fama- fue desde entonces frenética. Tanto que le pasó factura: poco después sufrirá varias crisis nerviosas que la desgastarán tremendamente. Pero a ver, qué quieres: travesti afroamericana que sufrió violencia sexual infantil y que para ganarse la vida, solo le quedó la prostitución. Vejaciones, palizas de muerte. Vulnerabilidad, trauma, precariedad y exclusión social. Y ese ladrillazo vino a declarar, que si los gais están fuera del sistema, ella y las organizaciones que lidera -como STAR House, el primer refugio LGBT del país- van a luchar por concederse algo de dignidad y cuidado entre la propia comunidad. Nace, o mejor dicho, coge fuerza el movimiento del orgullo.

Al año siguiente, se celebrará la primera marcha del orgullo el 28 de junio; se llamará el Día de la Liberación de Christopher Street y caminarán las 51 manzanas que separan Stonewall Inn de Central Park.
Y es que ya había necesidad por cambiar las cosas: homofobia y transfobia generalizada, homosexuales asesinados o desaparecidos sin que nadie moviera un dedo. Y el sida -maldito bicho- que ha sembrado de muerte, dolor y rechazo las calles del mundo entero obligando a miles de ellos a salir del armario a la fuerza. Era necesaria una revolución social, moral, emocional y humana. Y ella no pararía quieta jamás, haciendo gala de esa implicación tan firme y tan suya.

Pero claro, las crisis nerviosas de Marsha se inflamaban de alcohol y drogas. Eran tiempos donde se recurría con demasiada frecuencia a estas sustancias con fines anestésicos, para sobrellevar las asperezas de la vida, aunque ahora en la distancia todos sabemos que estas cosas siempre se las ingenian para pasar factura. Aun con todo, ni en los peores momentos cesó su activismo y su generosidad para con los demás; continuó con la lucha y no solo sobrevivió en aquella vida tan hostil sino que logró dejar de consumir.

Doña "carácter imprevisible", además de vivaracha y optimista -algo que le era casi innato-, una vez con el cuerpo limpio de sus anestésicos, se volvió encantadora -así lo recordaba su amigo Wicker- y se dedicó por completo a la causa social del colectivo alimentando y amparando a gente sin hogar. Era increíblemente religiosa y pedía a todos los dioses que se cruzaban en su camino: le daba igual entrar a rezar a una iglesia católica, bautista o a una sinagoga. Cuanto más apoyo de los jefes, mejor.

Y sacó tiempo para cuidar durante muchos años de la pareja de su amigo Wicker, que se desgastó poco a poco por culpa del sida. Marsha tenía esa capacidad de ayudar a los demás sin romperse. Sin flaquear.

Fue en Greenwich Village, el 4 de julio de 1992, cuando se la vio por última vez. Había estado recibiendo amenazas pero para no faltar a la verdad, no era algo excepcional. Estaba acostumbrada y no le dio ni la más mínima importancia. O sí, o lo mismo sí, porque después varios allegados contaron que ella había expresado preocupación: “Alguien quiere hacerme daño.” Dos días después su cuerpo apareció flotando en el río Hudson.

La policía calificó su muerte de suicidio tan rápido, que ni siquiera se había realizado la autopsia. Ésta resultó ser una chapuza y, por lo que sea, nunca se ha hecho pública. Sus amigos repetían constantemente que Marsha no tenía pensamientos suicidas e insistían que tenía una herida grande en la parte trasera de la cabeza. No podía haberse hecho eso ella sola. Tras años de presión, se consiguió en el 2002 que la causa de la muerte se cambiara a ahogamiento por causas indeterminadas. Esto es todo lo que se hizo por investigar el caso.

Porque qué más daba. En aquella época flotaba siempre ese airecillo con un slogan no siempre pronunciado pero siempre remarcado: "ellos se lo han buscado". Qué más daba si fue una muerte con reyerta o a traición o por atragantamiento. Se lo había buscado. Así eran las cosas.

Cuando decidí escribir sobre Marsha, he agitado el avispero de mis recuerdos y del dolor y de la rabia. Por un momento, creí recordar que cuando me enteré de su muerte, mi hermano Juanpe hacía pocos meses que había muerto. Pero no, al mirar de nuevo al pasado, al reconstruir esos últimos meses de vida junto a él, comprendí que debí enterarme de la muerte de Marsha varios meses después. Juanpe pasó un verano terrible. En septiembre, mientras cumplía sus 23 años de vida, nos dijeron que era la recta final. El muy canalla les hizo la peineta y remontó ligeramente. Pudimos pasar la navidad todos juntos. Sabíamos que era la última.
Nosotros vivimos con ese tufillo de "se lo ha buscado" pegado a la nariz. Qué crueles podemos ser. Tan querido cuando nadie sabía que era gay y luego... En el Carlos III, solo les atendía personal voluntario. Eran pocos y tenían que hacer muchos turnos dobles. Pero no los abandonaron. Mientras en la cafetería del hospital, el personal debatía sobre la teoría del mosquito, nadie cayó en la cuenta que ninguno de nosotros, sus cuidadores y familiares, enfermamos. Les aseábamos, besábamos y abrazábamos. Y no nos contagiamos. Nadie se dio cuenta o nadie quiso darse por enterado. Eran infecciosos y se lo había buscado. Ese era el discurso oficioso.

Y en pocos años, madre mía, cuántos logros se consiguieron. Parecía que habíamos dado pasos enormes en cuanto a respeto y tolerancia. Existió un tiempo donde cada cual vivía su sexualidad como le salía del moño. Recuerdo con mucha alegría aquella marcha del orgullo en Madrid en la que se celebró la legalización del matrimonio igualitario. Qué bonito ver cómo se llenaron las calles de familias festejando. Todos nos sentíamos el mismo colectivo, una única sociedad donde los del tufillo a prejuicios parecían que tenían fecha de caducidad.

Pero como dijo Miguel Hernández, el odio aguarda su instante dentro del carbón más hondo. La sociedad del odio siempre encuentra como alimentarse. Se multiplica cuando las personas no se conforman con odiar en soledad sino que buscan que todos odien a su mismo nivel. Así es como la sociedad supura inquina y deshumanización, no al revés. Porque a veces pensamos que un ser malvado contamina y polariza al resto, a la manada; al rebaño. Pero cada vez estoy más convencida que funciona al revés; hay personas que no quieren que el odio sea una elección personal sino un síntoma social.

Y cuando terminan con un objetivo, buscan otro y otro hasta que no quedan más que los suyos. Y en este punto, acusarán también a sus parroquianos, tirando de la manta en su propia jaula sin pensar en las consecuencias. Porque el odio no se detiene jamás. Y es necio a rabiar.

Esta vez la receta tenía que ser muy Marsha, muy neoyorquina. Y no había nada más simbólico que los Knishes calientes de patata que son el sabor callejero de aquella Nueva York ruda, vibrante y peleona en plena transición cultural. Estos puestos callejeros formaban parte del paisaje diario permitiendo comer por unos cuantos centavos algo rico y contundente. En los carritos no faltaba nunca una botella de mostaza al alcance de los clientes.

Con o sin mostaza, están de lujo.
Ingredientes:
  • 350gr. de harina
  • 1 cdta. de polvos de hornear
  • 1 huevo L
  • 50gr. de mantequilla
  • 50gr. de aceite suave
  • 100gr. de agua templada
  • 1 cdta. de vinagre
  • 1 cdta. de sal
Para el relleno:
  • 3-4 patatas grandes
  • 1 cda. de mantequilla
  • 2 cebollas
  • 1 huevo
  • sal y pimienta
Para pincelar: reserva un poco de yema del huevo del relleno y lo mezclas con algo de leche. Puedes terminar con un poco de sésamo por encima.

Nota:
  • La combinación de mantequilla y aceite en la masa (en lugar de schmaltz tradicional) le da elasticidad, aroma y facilita el trabajo al formar los rulos. Reserva un poco del aceite de la masa para luego engrasar la encimera que la masa se pueda estirar y dar forma con más facilidad.

Preparación:
  1. Cuece las patatas hasta que estén tiernas y machácalas. Aparte, fríe la cebolla muy picada con la mantequilla hasta que esté bien dorada. Mezcla las patatas machacadas con la cebolla frita, el huevo y salpimienta. Deja enfriar completamente.
  2. Mezcla todos los ingredientes y amasa a mano unos 5 minutos. Deja reposar la masa tapada 30 minutos.
  3. Precalienta el horno a 180ºC.
  4. Divide la masa en 2 partes de unos 300g cada una. Moja la encimera con un poco de aceite que has reservado y extiende cada parte en forma rectangular. Coloca la mitad del relleno (ya frío) a lo largo de cada rectángulo y cierra la masa formando un rulo. Corta cada rulo en 7 porciones iguales (14 piezas en total). Enharina ligeramente cada porción y aplasta con cuidado contra la encimera para que el relleno quede bien sujeto.
  5. Coloca las piezas en una bandeja de horno con papel de hornear. Pincela con una mezcla del poquito de yema que has reservado y algo de leche y espolvorea con semillas de sésamo si quieres. Hornea hasta que cojan un color dorado suave.

Galletas con sombrero de merengue y grosellas

junio 28, 2026
Estamos en 1919 en el humilde barrio de Las Ventas en Madrid, donde se acaba de inaugurar la Casa de los Niños de España. Es la primera guardería laica del país y pretende acoger a los hijos de aquellas mujeres trabajadoras que se ven obligadas a dejarlos solos en las chabolas mientras ellas intentan ganar unas cuantas pesetas trabajando de sirvientas, lavanderas u obreras en fábricas de tabaco y textiles mayormente.

Margarita Nelken está detrás de este proyecto. Ha logrado reunir apoyos internacionales y con mucho esfuerzo, a algún benefactor patrio. Pero las señoras de bien ponen el grito en el cielo y el clero, que para estas cosas es muy peleón, las ayuda a cerrar este centro de pecado para mujeres impías que no merecen caridad alguna. Porque esta Casa de los Niños, no solo no está gobernada por monjas sino que, para más inri, admiten a hijos de madres solteras como quien no quiere la cosa.

Así que acosan en pandilla al principal mecenas para que chantajee a Margarita: o echas al personal laico y metes monjas que aporten algo de respetabilidad o te quedas sin fondos. Pero es que ella, no es nada corriente; no es una charlatana de discurso facilón, al contrario, es mujer de palabra porque, además de tener principios, es fiel a ellos. No los va a romper y eso lo complica todo. Dice que nanay, que ni hablar del peluquín. Que o todas o ninguna. Que España tiene derecho a ser laica. Y la guardería cerró. 
Aquí [en España] resulta ridículo para muchos el trabajo de una mujer; pero a todo el mundo le parece natural la posición de una mujer dependiendo por completo del trabajo, no ya de un padre o de un marido, sino de un hermano, de un tío o de cualquier deudo masculino [...] De ahí también la desconsideración de un marido que sabe muy bien que, pase lo que pase, su mujer habrá de aguantar todas las humillaciones y todas las afrentas, ya que apartándose de su esposo no
podría ni comer.
Este primer gran golpe Margarita lo encajó como pudo. Se ató los machos, se caló el sombrero y siguió luchando por ellas, consciente -por activa y por pasiva- de que el adoctrinamiento y el asfixiante poder de la Iglesia eran el pilar del machismo pandémico que no quería -o no podía- separar sociedad, estado y religión, motivo principal por el que España se estaba quedando atrás respecto al resto de Europa, que avanzaba con más determinación en materias como la educación y la formación profesional e intelectual.

Como ya estarás imaginándote, Margarita fue una mujer excepcional con muchos talentos que supo aprovechar a las mil maravillas. Sus padres eran judíos extranjeros -algo que muchos no le perdonaron y se lo echaban en cara día sí y día también-, lo que le permitió tener tres lenguas madres: español, francés y alemán. Y si bien había ese empeño nacional por silenciarla, en el extranjero era muy valorada y su red de contactos no paraba de crecer. Fue crítica de arte de primera fila, escribía como los ángeles, fue diputada en las tres legislaturas de la República, una oradora brillante y de las primeras en escribir tratados feministas como La condición social de la mujer en España.

Peleó con destreza las condiciones laborales de las obreras y de las jornaleras en los campos. Las organizó y asesoró para que no se amedrentaran con el fin de hacer frente a las injustas condiciones laborales y los sueldos de miseria. Para la dictadura de Primo de Rivera fue una agitadora radical; para la buena sociedad, una judía sin sentido de la decencia que, en lugar de emplear su talento en causas nobles, prefirió ponerse un mono de trabajo y salir a montar ruido con las obreras más rudas y fanáticas de todo Madrid.

Para las sufragistas también era incómoda a rabiar: en las Cortes de 1931, cuando se debatió el derecho al voto de las mujeres, Margarita Nelken votó en contra de conceder el voto femenino en ese momento, alineándose con Victoria Kent y enfrentándose a Clara Campoamor. Ella decía: "Primero eduquemos y liberemos las conciencias de las mujeres de las garras del clero, y luego démosles el voto". Este principio es el mismo que defendió Matilda Joslyn Gage porque, con buen criterio a mi entender, de qué vale dar el voto si la mujer seguía adoctrinada, sin tener las herramientas necesarias para desplegar sus propias opiniones y ejercer con libertad su capacidad de decidir.
No hay una sola mujer española, católica practicante, es decir, una sola mujer que se confiese, que no haya sido interrogada por su confesor acerca de sus ideas políticas y acerca de la inclinación que ha de darles y que ha de procurar dar a las de cuantos la rodean.
Así que la tacharon de traidora, disidente e incendiaria. Como ves, fue perseguida y señalada por todos pero aún así, siguió fiel a sí misma. Margarita, en cualquier caso, se convirtió en la punta de lanza de la generación del 27 femenina -Las Sinsombrero- hablando de ellas en sus ponencias, escribiendo sobre sus talentos y colocándolas en el punto de mira de la vanguardia española que parecía ser solo un movimiento de hombres. 

¿Que por qué Las Sinsombrero? Por una broma de unas cuantas que estando en la Puerta del Sol, decidieron quitarse el sombrero para "liberar las ideas" y, como ir con la cabeza descubierta era una provocación social inaceptable, la cosa acabó a pedradas. Y en lugar de salir escarmentadas, se vinieron arriba y todas las jóvenes poetas o artistas optaron también por airear sus pensamientos.
Llegó la guerra civil y, tal y como se planteaba el conflicto, decidió dejar el partido socialista y afiliarse al comunista porque pensó que eran los únicos con la disciplina militar necesaria para frenar a los golpistas en España y al fascismo en el resto de Europa.

En 1939, con el fin de la guerra, miles de republicanos cruzaron la frontera hacia Francia en la Retirada, quedando atrapados en las playas de la vergüenza: los campos de concentración franceses improvisados en arenales como Argelès-sur-Mer, donde terminaron hacinados en condiciones deplorables de frío, sarna y hambre. Se les abandonó a su suerte en la esperanza de que quisieran volver a España por su propia voluntad. Incluso se les aseguraba que podían volver, que Franco les había perdonado. Los más desesperados o ingenuos que optaron por regresar, ya se sabe la suerte que corrieron.

Y aquí volvió a demostrar su gran valía. Podía haberse marchado sin mirar atrás pero no lo hizo. Se quedó con la firme idea de salvar a sus compatriotas. No hay una cifra oficial exacta porque gran parte de su labor se hizo en la clandestinidad pero Margarita organizó una auténtica red internacional para lograr la fuga y el rescate de cientos de refugiados. Utilizó todos sus contactos e influencias en México y Europa para sacar de esas playas a intelectuales, obreros, mujeres y niños. Siempre que le era posible les conseguía pasaportes, organizaba barcos rumbo a América y, a aquellos que no conseguía liberar, les enviaba dinero y ropa.

Fue así como, tras enterarse de que la escritora Luisa Carnés estaba atrapada en una de esas playas, Margarita intercedió directamente ante las autoridades francesas para sacarla de aquel infierno, lograr reunirla con su hijo y conseguirles a ambos pasajes y visados para el barco que los llevaría a México.
Pero estalla la Segunda Guerra Mundial y ella misma tiene que exiliarse. Lo hace sin sus hijos, Santiago y Magda, que se alistan al Ejército Rojo para luchar contra el fascismo. Margarita, ya en México, deja de recibir correspondencia. Desesperada, empieza a exigir respuestas a los dirigentes del PCE exiliados -como Vicente Uribe o Dolores Ibárruri-, pero la respuesta es fría y desalmada. Una y otra vez recurren al "no sabemos nada, hay cosas más importantes en la guerra que tus hijos".

Margarita, asqueada por la sumisión ciega que le exigen, se rompe por completo y critica abiertamente el autoritarismo del partido. Para la cúpula, de corte estalinista de arriba a abajo, una intelectual que piensa por sí misma y encima se atreve a exigir explicaciones es intolerable. La disidencia se castiga con dureza. La acusan de indisciplina y la expulsan fulminantemente.

Sus antiguos camaradas le dieron la espalda de la noche a la mañana porque interceder por ella habría significado caer también en desgracia; apoyar a un expulsado equivalía a ser un traidor. Vertieron sobre ella infundios deplorables para minar su credibilidad intelectual y política. Y nadie pestañeó, cuando por muchos de ellos Margarita había movido cielo y tierra para ponerlos a salvo en México.

Pero la gran mezquindad del partido no fue echarla; fue cerrarle los canales de comunicación con Moscú, dejándola completamente a ciegas mientras su hijo se desangraba en el frente. No tuvo confirmación de su muerte hasta el final de la guerra. Mayor dolor y mayor traición no existe.

Yo me quito el sombrero ante ella, y no para airear mis ideas; lo hago para liberar mi respeto y admiración por una mujer tan íntegra y comprometida que, como suele pasar, a la hora de la verdad nadie fue capaz de estar a su altura. Estas galletas no usan sombreros atrapaideas; son pequeños merengues para arropar los sinsabores de la vida.
Ingredientes:
Para unas 20 galletas:
  • 150gr. de harina repostera
  • 1/2 cucharadita de cremor tártaro
  • 50gr. de Maizena
  • 50gr. de azúcar glas
  • 50gr. de azúcar o eritritol
  • Ralladura de medio limón
  • 1 yema
  • 2 cucharaditas de jugo de limón
  • 100gr. de mantequilla blanda

Para el merengue (por cada clara de huevo grande):
  • 1 clara
  • 60gr. de azúcar 
  • 1 cucharadita de Maizena
  • 75-100gr. de grosella roja

Preparación:
  1. Precalienta el horno a 160-170ºC.
  2. En un blog mezcla las harinas, el cremor, los azúcares y la ralladura. Añade después la yema, la mantequilla y el jugo de limón.  Mezcla con las manos y forma la masa. Deja que descanse 30 minutos en la nevera.
  3. Extiende en la encimera ligeramente enharinada la masa con el rodillo. Con un corta galletas redondo de unos  5-6cm ve cortando la masa que tendrá unos 3 milímetros de espesor (a ojo).
  4. Las colocas en la placa de horno con papel de hornear y hornea entre 10-12 minutos. No tienen que estar hechas del todo cuando las saques.
  5. Mientras monta las claras (yo usé tres pero eso depende de cuanto sombrero le quieres poner) con el azúcar y la maicena. Recuerda que las cantidades que te he dado son por casa clara. Cuando esté bien firme y montado el merengue, mezcla las grosellas.
  6. Pon una generosa capa de merengue sobre las galletas con ayuda de una cucharita. Puedes ponerle unas grosellas extras por encima si lo deseas.
  7. Baja el horno a 150ºC y hornea otros 6 a 10 minutos. No queremos que coja demasiado color pero sí que le de tiempo a que el merengue se seque un poco.

Sopa nórdica de patata con puerro y salmón

mayo 29, 2026
Con todo el dolor que una madre puede condensar, Ada acaba de dejar a su hijo Bennett en un orfanato. Ya ha perdido a dos criaturas y solo le queda él. El crío tiene tuberculosis y ella es tan pobre que no puede pagar el tratamiento para su cura. Le habían hablado de una expedición que necesitaba una cocinera y ofrecían buena paga. La completaban varias familias inuit que debían formar el nuevo asentamiento. A su vuelta, contará con el dinero suficiente para salvar la vida de su hijo.

Pero la aventura fue un descalabro de principio a fin. La componían cuatro tipos sin experiencia alguna; las provisiones eran solo para seis meses y claro, a punto de embarcar y ante este percal, los inuit dijeron que ni hablar. No solo escaseaban los suministros; faltaban cazadores y gente curtida que garantizara que el campamento estaría seguro antes de la llegada del invierno. Y aquellos jóvenes blancos  olían a estorbo, a problemas. Y los apuros en el Ártico significaban la muerte. Así que se fueron sin más.

¿Y qué hicieron? Lo más fácil. Presionar a la más débil, la más necesitada. Y a Ada -pobre mujer-, entre que no entiende del todo los peligros a los que se enfrenta, le recuerdan que la vida de su hijo enfermo dependía de su trabajo. Supongo que sintió que no podía faltar a su promesa, que necesitaba ese dinero más que el comer y que, lamentablemente, no tenía otra manera de conseguirlo.

Y ahora toca poner contexto. ¿Eran una pandilla de zotes ignorantes que desafiaron el Ártico sin saber nada de él? Va a ser que no. Por lo menos del todo. Había mucha avaricia de por medio. Te lo voy a hacer corto. 

La expedición a la isla de Wrangel, la ha organizado un tal Stefansson que hacía unos años ya la había liado parda en otra expedición. Uno de los barcos, el Karluk, se quedó atrapado en el hielo con muy mala pinta. Con la excusa de ir a cazar para llevar comida a los tripulantes, el tipo pone hielo de por medio. No vuelve. El barco se hunde y los supervivientes se refugian en la isla de... eso es, de Wrangel.
Allí las pasan canutas, se habla de cosas feas y entre los pocos que regresan está un tripulante, un tal Fred Maurer. Hay algo de escándalo pero el Stefansson va capeando el temporal. El tipo es un arrogante del ocho y muy venido arriba. Mantiene que el Ártico es un sitio "amistoso" de la leche. Que a veces pasan cosas pero nada que no se pueda reparar. Lo de perder vidas lo dejamos aparte porque eso no es que suene amigable. 

El caso es que la isla de Wrangel le huele a pasta. Si consigue establecer una colonia permanente durante al menos dos años, podría reclamar la soberanía -era de los rusos pero ya arreglaría ese detalle después- y los derechos mineros -fijo que saldrían cosillas- e intuyó que era un lugar privilegiado para montar un aeródromo de repostaje. Los aviones, que eran el futuro, tenían poca autonomía y con un enclave de esa guisa se iba a forrar.

Y aquí reaparece el Fred Maurer y es como que la vida no le ha ido demasiado bien. Por lo que sea, le pide a Stefansson que le contrate, que le firme parte del reparto y a cambio, él no dice esta boca es mía. ¿Por qué? Bueno, es posible que supiera secretillos de cuando lo del Karluk que no estaría bien para el negocio que se airearan -yo no lo sé, lo único que hago es seguir la línea de puntos-. 

Pero esta vez -para evitar negociaciones futuras- le obliga, a él y al resto de los fichajes, a firmar un contrato de confidencialidad así como la propiedad de los diarios que se escriban durante la expedición. Esta vez, contratos sin cabos sueltos. Por lo que fuera.

Y así es como esta panda llega a la isla, con Ada aterrada, consciente de que está sola entre cuatro hombres que a saber qué le pueden hacer. Llegan a Wrangel y queda horrorizada: ve los restos de los naufragados del Karluk y el pánico se apodera de ella. Comprende que está metida en una aventura sin retorno. Que de allí no hay forma de escapar. 
He tenido que atar a la costurera al poste fuera de la tienda durante unas horas para que entienda que tiene que obedecer las órdenes y dejar de llorar. No podemos permitir que su holgazanería hunda el campamento.
Ada se niega a trabajar hoy alegando que le duelen las manos. Le he dicho que en esta isla quien no trabaja, no come. No habrá rancho para ella hasta que termine los sacos de dormir
Y encima, los muy malasombras, pretenden que cargue con el trabajo inicialmente previsto para los inuit que decidieron no embarcar. Sin experiencia, sin saber cazar, sin conocimiento de nada más allá de cocinar y coser pieles. Y la tratan peor que a un animal. Sin compasión. Los castigos son frecuentes y el trato vejatorio se hace insufrible. Ya no sabe a quién tiene más pánico: a estos hombres, al frío o a los osos. 
Y menciona [ Knight ] a mis hijos y dice que no es de extrañar que tus hijos mueran porque nunca los cuidas bien. Simplemente me desgarra en pedazos cuando menciona a los hijos que perdí. Esta es la peor vida que he vivido en este mundo.
Y así pasan los meses. Ada espera con ansia la llegada del barco de reabastecimiento previsto para el verano; el mismo que debe llevarla de vuelta tras cumplir el año acordado con Stefansson. Y éste, como si fuera novato, sin tener en cuenta lo ocurrido con el Karluk, manda un pequeño navío que como es lógico, se queda atrapado en el hielo. Sorpresa.
Y también, por lo que sea, resolvió no enviar un segundo barco a reabastecer el campamento. Abrigando su teoría del Ártico amigable, quiso demostrar que él tenía razón y decidió posponer la ayuda para el verano siguiente. Y aquí empezaron a pasarlo de pena. Todos ellos enfermaron de escorbuto. Ada no. Ella, con sus salvajes costumbres de comer vísceras de foca, sangre fresca y demás guarradas, mira por dónde, no enferma.

Lorne Knight es el que peor está. El invierno se ha adelantado y la caza se está dando mal. Pasan hambre, frío y mucha necesidad. El ambiente entre ellos es bastante infumable.
Y cuando entro y enciendo el fuego Knight empieza a ser cruel conmigo, no puedo contar cuántas veces empezó a ser cruel conmigo. Cada vez dice algo en mi contra. Dice que [mi exmarido] Jack Blackjack era un buen hombre y tenía razón en todo, y tenía razón al tratarme mal.
Y hasta aquí hemos llegado. O eso piensa Fred. Ve por lo que está pasando Lorne y sabe perfectamente cómo terminará la historia; ya lo vivió en 1914. Antes de empeorar y mientras aún tiene fuerzas, toma la decisión y convence a los otros dos de hacerse un Stefansson: "decimos que vamos en busca de ayuda y pies para qué os quiero. ¿Y Ada? ¿A quién le importa Ada? Además, alguien tiene que cuidar del pobre Knight. Por dios, no somos salvajes".

Y adiós. Quq os vaya bonito. De estos tres nunca se sabrá si les fue bien, regular o a medias, porque no se supo más. El Ártico se los devoró sin caldo ni guarnición. El universo se quedó sin tres melindres de baja estofa y peor moral que luego el Stefansson convirtió en héroes del hielo polar.   

Y Ada tiró como pudo. Knight, evidentemente murió. Estaba sentenciado. Y ella luchó por vivir, vaya que sí. Como fuera, pero había que vivir. Y rezar. Y esperar que el mundo no se olvidara de ella. Y la vida quiso que la dulce Vic, la gata que les acompañó en este despropósito de viaje, sobreviviera siendo su único consuelo y abrigo en aquellos dos meses largos hasta que llegó el esperado rescate.
Si algo me pasa y se sabe de mi muerte, hay una tira negra para la cartera de los libros escolares de Bennett, para mi único hijo. Deseo, por favor, que le lleven a Bennett todo lo que me pertenece. No sé cuánto me alegraría volver a casa con mi gente.
Ada regresó. Ella, que fue abandonada a su suerte y terminó siendo la única que cuidó de Knight hasta su último latido -a pesar de haber sido un completo capullo hasta el final-. Ella cumplió y volvió a por Bennett. Y aunque le costó lo suyo, consiguió cobrar sus honorarios y curar a su peque. Y prefirió vivir sin contar demasiado. Sin querer saber de los giros de guion que Stefansson se marcó, manipulando los diarios de sus aventureros a su antojo. Vivió como vivía el pueblo inuit: en la pobreza y olvidada por todos. Aun así, un periódico dijo de ella:
Ada Blackjack ha escrito el capítulo más grande de la historia del Ártico. No sobrevivió por su fuerza física, sino por una fuerza de voluntad que no hemos visto en ningún explorador hombre.
Ada Blackjack está enterrada en el Memorial Park de Anchorage, en Alaska y en su tumba se puede leer: La heroína de la Isla de Wrangel.
Ingredientes para 3-4 personas:
  • de 800-1.000gr. de patatas
  • 1 puerro grande
  • 2 dientes de ajo
  • 1 litro de caldo de pescado
  • 250ml. de nata líquida
  • sal y pimienta
  • 2-3 lomitos de salmón
  • Eneldo y perejil fresco

Preparación:
  1. En una cazuela, con unas gotas de aceite, pon las patatas peladas y cortadas en trocitos menudos y el puerro en aritos finos. Rehoga brevemente y añade el caldo de pescado y el ajo machacado. Deja que cueza a fuego lento hasta que la patata esté blanda.
  2. Mientras, en una sartén con unas gotitas de aceite, saltea el salmón. Sala un poco y añade un poquito de mantequilla para que coja sabor y selle bien el salmón para que no se quede seco. 
  3. Cuando las patatas estén blandas, salpimienta y añade la nata, el eneldo muy picado y por último el salmón cortado en trocitos. Apaga el fuego y deja que repose unos unos 5 minutos. Termina con un poco de perejil picado

Manakish con dukkah de pistacho

mayo 24, 2026

Éranse una vez los sumerios, esa gente que, mientras no se demuestre lo contrario, inventaron la escritura. Al principio solo en plan administrativo para dejar constancia del ganado, de los sacos de grano o transacciones golosas, en plan de aquí te compro y allí te vendo. Por alguna retorcida razón, que yo misma avalo como el gran maná, empezaron a escribir sus cosillas; mensajes de los dioses o temas más íntimos pero siempre en plan anónimo hasta que llegó ella. Y como siempre, tenemos que contarlo desde el principio para que podamos admirar a esta mujer como la gran diosa que fue.

Hubo un rey llamado Sargón que a golpe de mamporro, como siempre, unificó Sumeria y Acad creando el primer gran imperio de la historia de la humanidad. Para consolidar su poder en el sur nombró a su hija Enheduanna Alta Sacerdotisa de Nanna, el dios de la Luna en la ciudad de Ur. Y así como quien no quiere la cosa se convirtió en la figura más influyente en esa parte del imperio. Por lo menos en plan místico.

Por lo que sea, en vez de escribir tablillas con poemas que le dictaban los dioses como venía siendo la costumbre, Enheduanna empezó a reafirmar su autoría sin que se le cayeran los anillos. Y con esta cosa qué a saber cómo se le ocurrió, se convirtió en la primera persona en este mundo que el cosmos nos ha dado,  a quien podemos atribuir una obra escrita. 

Fue la primera, la madre de todas las que vinieron detrás, la hija de la Luna que no se conformó con contar cabezas de ganado sino que sus poemas expresaron emociones requetepotentes; desde el éxtasis religioso hasta la triste y dura amargura del exilio. Como sacerdotisa, fue la teóloga que unificó el panteón sumerio y acadio bajo el culto a Inanna, y como mujer, nos ha dejado un legado magnífico donde la voz femenina es la protagonista.

Soy la alta sacerdotisa, 
soy Enheduanna 
...cargando la cesta ritual 
...cantando los himnos

Pasaron los años y la vida siguió su curso. A mamporrazos, debo insistir; un líder rebelde llamado Lugalanne tomó la ciudad de Ur expulsando a Enheduanna al exilio. Sabemos de este suceso porque ella misma nos narra el drama con toda su amargura en su poema La Exaltación de Inanna. Se vio obligada a vagar por el desierto y sus poemas sonaron llenos de desesperación, reivindicación y resistencia. 

Te suplico, ¡di basta!
el amargo corazón lleno de odio y dolor, mi Señora.
¿Qué día tendrás misericordia?
¿Cuánto tiempo lloraré en una oración de lamento?
Soy tuya, ¿por qué me matas?
Lloro, yo...

Inanna escuchó sus oraciones, la rebelión fue aplastada y Enheduanna reinstalada en el templo de Ur. Fue tan respetada que su cargo de sacerdotisa se convirtió en tradición después de ella y sus poemas fueron leídos y aprendidos de generación en generación.

Pasaron los siglos y cuando el Imperio Acadio cayó y llegaron los babilonios y los asirios, el sumerio dejó de hablarse en la calle. Le pasó como al latín, que se quedó en plan lengua muerta que se usó exclusivamente para la religión, la ciencia y la alta literatura. Los escribas aprendían sumerio como gesto de prestigio. Por eso, cuando copiaban a Enheduanna, lo hacían respetando su lengua original, porque consideraban que el poder de sus palabras residía en el idioma en que fueron expresadas.

Pero llegaron más imperios -más mamporros, no hay otra- como el Persa y más tarde el Griego que no mostraron interés en traducir textos religiosos antiguos de una lengua que ya nadie entendía fuera de los templos. Y así fue como la voz de Enheduanna, recogida en tablillas de arcilla quedó literalmente muda bajo la arena del desierto. O algo peor.

En 1927, el arqueólogo británico Sir Leonard Woolley, en unas excavaciones a cargo del Museo Británico y la Universidad de Pensilvania en el templo de Ur, al sur de Irak, encontró el primer rastro de Enheduanna: primero un disco de alabastro con su nombre inscrito. Después 37 tablillas de arcilla con 48 poemas y 4.200 líneas, todo firmado por ella. No eran las originales de Ur sino reproducciones que dejan de manifiesto el interés y respeto que hubo por su obra.

Y este descubrimiento, que debió ser celebrado por todos los poetas habidos y por haber, volvió a caer en el olvido hasta que en 1968 el asiriólogo Åke Sjöberg tradujo al inglés sus poemas. Y por alguna razón que se escapa a mi entendimiento, nunca hemos sabido de Åke ni de Enheduanna. Ni de Betty De Shong Meador, investigadora norteamericana que en el año 2000 rescató la figura de Enheduanna como un icono de la literatura en femenino.  


Lo bueno de esto, es que sus poemas perdidos durante miles de años y  al no ser traducidos en la antigüedad, han llegado a nosotros intactos. Sin la manipulación de los cortos de entendederas que me juego mi mejor harina, habrían desdibujado su voz y su erotismo místico que hoy afortunadamente podemos leer directamente del 2300 a.C. Algo es algo. 

Yo encontré su obra aquí.

Ingredientes para los manakish (8 piezas):
  • 300gr. de semolina
  • 200gr. de harina de fuerza
  • 1 sobre de levadura para pan
  • 330ml. de agua tibia
  • 1 cdta. de sal
  • 1 cdta. de miel
  • algo de aceite para mojarte las manos
  • mezcla de za'atar y aceite de oliva para pincelar
  • unas pequeñas tiras de dátil para poner por encima

Ingredientes para el dukkah:
  • 75gr. de pistachos
  • 20gr. de sésamo
  • 1 cda. de semillas de cilantro
  • 1/2 cda. de semillas de comino
  • 1 pizca de pimienta en grano
  • 1 pizca de sal

Notas:
  • Si no encuentras semolina, puedes hacerlas solo con harina de fuerza.
  • Lo ideal es que hornees los manakish cuando vayas a consumirlos. Puedes dejar la masa dividida en bolitas en una bandeja o táper enaceitado. Van a crecer un poco así que deja espacio entre ellas. Las tapas con film transparente o su tapa hermética y las sacas unos 20 a 30 minutos antes de estirarlas para hornear.
  • No dejes de ponerle las tiritas de dátil por encima. Se caramelizan un poquito y le dan un toque bestial.
  • Se dejan acompañar a las mil maravillas con labne: unas 4-5 horas antes, pon a escurrir yogur haciendo un hatillo con un trapo fino de cocina o una gasa. Puedes colgarlo o ponerlo sobre un un colador. El plan es que pierda el suero. Cuando esté escurrido, le pones un poquito de sal y listo. 

Preparación:
  1. En un bol, pon la semolina, el harina, la levadura, la sal, la miel y el agua. Amasa con ayuda de unas varillas eléctricas. Si amasas a mano te recomiendo que amases 5 minutos, deja que la masa descanse otros 5 y vuelve a amasar. Deja que la masa fermente durante 2 horas.
  2. Prepara el dukkah: en un sartén a fuego medio-bajo, pon todos los ingredientes y deja que se tuesten levemente durante 3-4 minutos sin dejar de mover para que no se quemen. Tritura sin que quede muy fino. Reserva.
  3. Divide la masa en 8 partes iguales de unos 100-110gr. cada una. Moja las manos en aceite de oliva, forma una bola con cada porción y deja que descansen unos 15 minutos de nuevo.
  4. Precalienta el horno a 230ºC.
  5. De nuevo, con las manos mojadas en aceite, Aplana cada bola de masa con forma circular (como si fuera una pizza pequeña) y la transfieres a la placa de hornear sobre papel de horno. Pincela con una mezcla de za'atar y aceite de oliva. Pon unas pequeñas tiras de dátil por encima y hornea unos 10 minutos hasta que veas que cogen color doradito.
  6. Una vez fuera del horno, riegas cada manakish con unas gotas de aceite de oliva y una cucharadita de dukkah. 

Cazuela de chicken & dumplings

mayo 21, 2026
Es de noche y sin luna en los pantanos de Maryland. El barro le llega hasta las rodillas y la humedad nocturna le ha calado hasta los huesos. En la lejanía se oye el ladrar de perros; no parece que se acerquen, y eso es buena señal.  Aun así, la ponen muy nerviosa. Un pequeño error en la ruta a seguir, y los perros de cualquier granja aledaña podrían oler el rastro. Y cuando esto pasa, el capataz sabe que es hora de salir a cazar. A la caza del esclavo. De cualquier edad y sexo. A la caza de negros que solo merecen el látigo primero y la horca después. 

Ningún fugado habla ni se queja. Han sido advertidos. Harriet no va a dudar en usar su revólver. La vida del grupo, de la red del "ferrocarril subterráneo" y del legendario "teletipo de la parra" dependen de no ser descubiertos. Si algún esclavo intenta huir despavorido por culpa del miedo y es cazado, entre latigazo y latigazo, antes de que su cuerpo cuelgue de cualquier árbol, los habrá delatado a todos. A las familias cuáqueras que dan soporte, también. 

Desde hace horas, Harriet tampoco habla. Se comunica imitando al búho o al zorzal. Su apenas metro y medio de estatura facilita su camufle entre los juncos o los magnolios silvestres. Solo sus ojos la delatan: fríos y duros como el acero. 

Ella es Harriet Tubman. Y fue la gran jefaza del ferrocarril subterráneo, una red clandestina de hombres y mujeres valientes que sabían más que el hambre. Estaban tan bien coordinados que hizo el mismo viaje trece veces al sur para rescatar a familiares y decenas de personas más, de la esclavitud. 
Nunca perdí un pasajero y mi tren nunca se salió de la vía.
Y no mentía. El viaje era largo, había que alimentar al grupo y elegir bien las etapas a seguir ya que a veces había que modificarlas sobre la marcha dependiendo de si había cerca partidas en su búsqueda. Cosa, por cierto, que siempre pasaba.

Y ese éxito, en gran parte, se debía a que el teletipo de la parra seguía funcionando, haciendo que las noticias corrieran como la espuma y manteniendo consignas secretas que hablaban más claro -y rápido- que el telégrafo. Para comunicarse con los esclavos que estaban escondidos en los campos sin levantar sospechas, utilizaban cantos espirituales modificados. Si en una plantación se cantaba Go Down, Moses cambiando sutilmente el tono, significaba que el camino estaba despejado; si se cantaba otra melodía, la cosa se ponía difícil y significaba que los sabuesos estaban cerca y había que ocultarse y estar bien calladitos.

A veces a los niños pequeños se les daba algo de opio para que no lloraran. La cabeza de Harriet tenía precio, y no era moco de pavo, aunque daba un poco igual porque si eran descubiertos todos terminarían del mismo modo; columpiándose por el cuello porque así es como se zanjaban siempre todos los asuntos de esclavos. Total, eran baratos y había muchos. 

Y esta manía de salvar esclavos de las plantaciones sureñas, ¿de dónde le venía? Pues de su carácter inquebrantable; por sus bemoles; porque era lo justo; porque había que parar esa locura. Tal cual. Y bueno, sus circunstancias personales también influyeron porque hay cosas en la vida que cuesta hacerlas la primera vez. Luego se coge carrerilla y amplia es Castilla. O Maryland.

Harriet estuvo casada con un liberto que miraba más por sus cosas que por las de su esposa, que seguía siendo esclava. Esta parte de la historia, no te la puedo confirmar ni desmentir porque el puritanismo con el que han envuelto su vida, hace que no podamos decir a ciencia cierta pero los hechos a veces hablan por sí mismos. 
Si una esclava daba a luz, alumbraba esclavos. Tal cual. Y a ella no le salía del moño. Parece -hay secretismo con esto- que Harriet quedó embarazada o bien del esposo, del capataz o del patrón que todos tenían derecho a usarla. El marido dijo que pasaba de huir, que le daba igual, que él no solo no iba a escaparse sino que amenazó con delatarla. Así las cosas, se va a la francesa y mientras está oculta parece que parió a una criaturita que dejó con una buena familia de esclavos manumitidos. Como cualquier madre, el dolor debió ser infinito y prometió volver a por ella.

Ya en Filadelfia se convierte en una mujer libre por derecho propio. Y los siguientes diez años los pasa rescatando esclavos en un total de trece expediciones. Sus hazañas se cuentan por doquier y empiezan a apodarla "Moisés". No es para menos. En estas misiones, libera a sus hermanos y a sus ancianos padres que haciendo virguerías -los pobres nos estaban para muchos trotes-. Es infalible y me imagino el odio tan grande que su nombre debía despertar en capataces y amos. Trece expediciones, trece bofetadas.

El senador abolicionista William H. Seward le vende a Harriet, en unas condiciones de pago muy favorables, una pequeña parcela de tierra con una casa en Auburn, Nueva York. Este lugar se convertirá en su cuartel general, su hogar definitivo y el refugio para su familia y cualquier desamparado.

Harriet, en un momento dado, después de haber comprado su pequeña granja en Auburn, Nueva York, viaja a Maryland y regresa con Margaret, su pequeña de ocho años. Dijo que volvería a por ella y cumplió su palabra. 

Nunca admitió públicamente que fuera hija suya. Tenía motivos. Margaret nació de una esclava así que era automáticamente esclava. Como sobrina, fue siempre libre. Su amiga Frances Seward, sabiendo que la pequeña era el eslabón más débil y preciado de Harriet, siendo la suya la familia más poderosa de Auburn, hizo de escudo para proteger la vida de la niña. 

En un mundo donde el valor de una cría negra era en dólares y cadenas, Harriet prefirió ser tía antes que madre para no condenar a su hija por el peso de su propio destino. Margaret recibió gracias al senador Seward no solo una vida acomodada, sino también la mejor arma de resistencia para la hija de una esclava: una educación de élite reservada para los blancos,  lejos de la miseria, del estigma de la plantación y de las garras de los cazadores de recompensas. Harriet se aseguró de que su hija creciera libre.

Poco después, en plena guerra civil, Harriet se unió al ejército de la Unión en Carolina del Sur. Fue cocinera y enfermera, aunque por lo bajo, montó toda una red de espías afroamericanos. Y cómo desperdiciar su talento y experiencia: hizo de exploradora y espía demostrando una vez más su talento y valentía. 

Pero la cosa no quedó ahí; lideró de forma brillante el asalto contra las posiciones confederadas al río Combahee convirtiéndose en la primera mujer en planificar y dirigir una operación militar en EE. UU., logrando liberar a más de 750 esclavos en una sola noche. 750, ahí queda.

Y como la ingratitud sale gratis, terminada la guerra el gobierno se niega a pagarle su salario militar y comienza una batalla burocrática de más de 30 años por su pensión. Su única batalla perdida. Menuda ironía.

Ya de vuelta en casa, la granja está siempre llena de familiares y desamparados. Tras enterarse de la muerte de su primer marido,  hace nuevas nupcias con Nelson Davis, un veterano de guerra veinte años menor que ella. Adoptan a una bebé huérfana a la que llaman Gertie, curando en ella viejas heridas y anhelos de ser por fin, una madre que puede dedicarse a ver crecer a su niña.

Nelson, su marido, estaba enfermo de tuberculosis siendo la causante de su muerte. Tras tres décadas de humillaciones y rechazos, el Congreso le concede finalmente una pensión mensual como viuda del veterano Nelson Davis. La espía, la estratega, la cocinera, la enfermera, la señora de armas tomar, invencible e irreductible; esa, no se mereció especial reconocimiento. Para su gobierno, fue la señora viuda de.

Para mí, Harriet es esa mujer de la foto. Con el gesto corporal un poco avergonzado ante la cámara pero con los ojos al acecho: ha sobrevivido a la esclavitud, ha huido sola, ha regresado trece veces a rescatar a otros y ha liderado un asalto militar armado, ha liberado a 750 más. A su hija Margaret también. Ha cuidado y amado a Gertie y Nelson que posan a su lado. Ella es, bajo esa determinación de acero y la fragilidad del alma mil veces rota en cientos de pedazos, digo, ella es el retrato de la soberanía de su palabra.
Ingredientes:
  • 1 pollo
  • 2 tallos de apio
  • 1 puerro
  • 2 zanahorias
  • agua
  • algo de ajo y cebolla en polvo
  • sal, pimienta
  • 110gr. de harina
  • 1 huevo mediano batido
  • 1 cda. de mantequilla
  • 1/4 cdta. de sal
  • 30gr. de agua

Notas:
  • Te va a sobrar pollo que podrás usar en hacer unos burritos o unas empanadas. 
  • A la hora de hacer los dumplings hay que tener en cuenta lo de siempre: que las harinas no absorben igual. La masa tiene que ser fácilmente manejable. Si hace falta, añade más agua o harina según te convenga.
  • Muchas recetas recurren a la cucharada de maicena para blanquear el caldo pero no hace falta. Una vez que retires el pollo y la zanahoria, trituras en el caldo el puerro y el apio. Luego lo cuelas y tendrás un caldo con más sabor y más textura. Así potencias el sabor, no lo neutralizadas.
  • Puedes cocer el pollo al amor de la lumbre pero con el precio de la luz y del gas, mi consejo es que tires de olla exprés. Sale igual de rico.

Preparación:
  1. Pon la olla con el pollo, las verduras y agua hasta cubrir. Pon un poco de sal y pimienta. En mi olla necesito 15minutos.
  2. Prepara mientras la masa: amasa todo junto hasta que este lisa y suave. Deja reposar unos15-20minutos.
  3. Desmenuza el pollo que vayas a usar y guarda el resto. Trocea las zanahorias y reserva.
  4. Tritura el caldo, y pásalo a una cazuela colado. Añade el pollo y la zanahoria. Adereza con cebolla y ajo en polvo y rectifica de sal y pimienta. Cuece a fuego suave.
  5. Extiende la masa con un rodillo y corta cuadraditos más bien pequeños porque crecen en la cazuela. Los añades a la cazuela y rectifica de caldo si ves que se queda seco. Cuece hasta que los dumplings tengan la textura de una pasta fresca.

Bonatillo cremoso con leche de coco

mayo 13, 2026
Es posible que la protagonista de nuestro bonatillo cubano se llamara Henriette Faber. O no. Ya que nadie lo sabe a ciencia cierta porque se hizo llamar Enrique Favez y cuando fue descubierta, se identificó como Enriqueta. Su historia es increíble de principio a fin y es por eso que te voy a dar el boniato con este ser tan brutalmente honesto que tuvo que recurrir al engaño una y otra vez para vivir su vida tal y como le apetecía pasando por encima del mundo como un trolebús. Pero, vamos a contarlo bien desde el principio.

Nació en una familia aburguesada con pudientes de Lausana, en Suiza. Como quedó huérfana de niña, fue su tío Enrique, el barón de Aviver y coronel del ejército francés quien se encargó de ella. Y no era una niña corriente, eso saltaba a la vista; aventurera, soñadora y con ademanes más propios de un muchacho que de una señorita de su clase social. 
Desde mi infancia me costó mucho asumir las costumbres de las mujeres. Mi tío, por eso, procuró casarme con el fin de atraerme al verdadero modal de una mujer, pero esto sólo lo hice para dar gusto a mi tío, al cual le pedí a cambio que me llevase consigo a la guerra.
Y con 15 años se casó con Jean Baptiste Renaud , oficial del mismo regimiento que su tío con la condición de acompañarles e ir con ellos a la campaña de Alemania. En batalla vio actuar a los doctores y debió de quedar "tocada" por la vocación de salvar vidas.  Poco más de un año después y embarazada de su única hija -quien tan solo vivió ocho días- quedó viuda.

Y se fue sola a París a aprender a hacer lo que ya había visto tantas veces después de cada batalla. Tenía claro lo que quería y tenía claro lo que el mundo no le iba a permitir ser solo por ser mujer. Así que, muy posiblemente con la complicidad de su tío que ni decía ni desdecía, se convirtió en el estudiante Enrique Favez.
Deseosa de ganarme la vida por mi propio esfuerzo y convencida de que, como mujer, solo tenía en aquellos tiempos dos caminos a seguir: el matrimonio o la prostitución, me vestí de hombre y me puse a estudiar cirugía, con el intento de socorrer a los necesitados.
Tras estudiar medicina en la Sorbona y con tan solo 20 años, pasó a ser oficial médico cirujano en el Regimiento de Cazadores número 21, el mismo en el que sirvió su difunto marido. Y como era de esperar, en la campaña rusa de 1812 se reencontró con su tío quien guardó el secreto de su identidad. 

Ambos sirvieron también en la campaña española donde el coronel pierde la vida y ella es capturada en Vitoria por las tropas de Wellington. Fue confinada en el Convento de San Francisco de Miranda del Ebro cumpliendo servicios médicos y no hay constancia que su identidad fuera descubierta. Y de haberse sabido, se pasó por alto su "irregular" condición en favor a los servicios prestados en heridos y enfermos porque hay auxilios dignos de salvaguardar y más en guerra. Y esta no fue la primera vez que un convento hacía la vista gorda. 

Una vez terminada la guerra, sin familia y sin derrotero fijo, partió rumbo a Santiago de Cuba a bordo de La Helvecia y de allí se asentó en Baracoa.
Sin mudar de traje, así vestida de hombre como estaba acostumbrada y bien hallada en libertad, porque vestida así podía ejercer mi profesión y fortuna, sin idea de hacerle mal a nadie y más bien con la idea de socorrer con mi oficio a los necesitados, como lo he hecho siempre.
Y sin pretenderlo, se convirtió en uno de los poquísimos cirujanos titulados de la región. Atendía a ricos y pobres sin hacer excepción alguna; a esclavos, libertos, enseñaba a leer y escribir; no se le caían los anillos si tenía que recorrer largas distancias auxiliando  a los más olvidados. Y como es de suponer, porque la gente para estas cosas es muy agradecida, se ganó el respeto y el afecto de todo el pueblo que lo trataba de santo. 

En estas estaba, cuando conoció al amor de su vida Juana, una joven pobre, huérfana y tuberculosa. Y se enamoró a rabiar, vaya que sí. Y se casaron, y no me cabe duda que se amaron, se respetaron y escondieron su engaño. Y Juana recobró la salud. Y fueron felices. Por lo menos hasta que una lavandera descubre que el doctor es una mujer y le va con el cuento al tío de Juana que las denuncia. Y comienza la locura.
Mi vida se funda en un terrible secreto, que en estos momentos no puedo revelarle; quizás lo haga más tarde, pero al presente es imposible. Si usted se casara de verdad, como las demás mujeres, muy pronto sucumbiría. Mi temperamento frío como el mármol, no necesita de las fuertes impresiones del [...posiblemente esta parte fue censura...] ante el mundo seremos dos esposos, pero en la intimidad matrimonial solo dos amigos.
Rosa Suárez, de profesión lavandera, entró en la habitación donde encontró a Enriqueta supuestamente con una cruda monumental y con la camisa desabotonada. Y aunque lo que vio la dejó sin palabras, la lengua después se le soltó de lo lindo porque no paró hasta contarle el chisme a todo quisque. El tío de Juana, que hasta ese momento nunca se había preocupado por su sobrina, presentó denuncia formal y solicitó la anulación del matrimonio.

Este tramo de la historia, la del juicio, no la voy a hacer demasiado larga porque es bastante tediosa. La pilló desorientada y sin asistencia jurídica, cometiendo errores que empeoraron su situación, pero el caso afortunadamente interesó a Manuel Vidaurre.

Vidaurre no era un abogado cualquiera; era Oidor de la Real Audiencia de Puerto Príncipe, es decir, uno de los jueces más influyentes del tribunal colonial. Era un jurista fuertemente influenciado por la Ilustración, tanto que por leer libros prohibidos ya había tenido que dar explicaciones ante la Inquisición. El licenciado aprovechó su posición en el mismo tribunal que juzgaba a Enriqueta para dinamitar el proceso desde dentro. Su enfoque fue magistral:
La sociedad es más culpable que ella, desde el momento en que ha negado a las mujeres los derechos civiles y políticos, convirtiéndolas en muebles para los placeres del hombre. Mi patrocinada obró cuerdamente al vestirse con el traje masculino, no sólo porque las leyes no lo prohíben, sino porque pareciendo hombre podía estudiar, trabajar y tener libertad de acción, en todos los sentidos, para la ejecución de las buenas obras.
El remate final entre fiscal y defensor es hollywoodiano:
"Debe de ser una santa" — dijo el fiscal.

"O mejor, una víctima" — concluyó Vidaurre.
Y la gente se enfadó de lo lindo. El cielo les ha mandado un doctor que es un amor de persona, que maneja la cirugía con una maestría solo al alcance de la clase alta, sanando e investigando sin descanso para salvar a los pobres; y se lo arrebataron sin ningún miramiento, horrorizados porque una mujer hubiera demostrado ser mejor médico que sus colegas varones.

Y encima, con la iglesia hemos topado; el despecho inquisidor bañado de herejía por haber casado a dos mujeres. Mira si querían castigarla, que se emperraron en pasearla desnuda por las calles para escarnio público y ella prefirió el láudano a verse vejada con tanta crueldad. 

Afortunadamente las autoridades se lo pensaron dos veces porque el ambiente estaba abrasador: las revoluciones florecían por toda Hispanoamérica e iban cayendo las colonias a puñados. En 1823, con la vuelta del absolutismo de Fernando VII a España, cualquier chispa podía hacer que la isla se levantara y la injusticia con el Dr. Favez bien podía ser ese punto de inflexión. El gentío se hubiera comido a los jueces con tostones antes que permitir tal humillación a su médico.
A Juana se la intentó mantener al margen. El tribunal la declaró inocente por "engaño" y ahí se pierde su rastro oficial. No sabemos si se refugió en el silencio, si alguien la protegió o si simplemente sobrevivió al estigma como buenamente pudo aunque en las cartas de Enriqueta no hay pesar por su destino. Algunos cuentan que se casó con su abogado de oficio y pudo vivir tranquila. Lamentablemente, no lo sabemos. Solo podemos desear que la vida la tratara bien. Se lo merecía.

Enriqueta fue condenada a 10 años de reclusión en la Casa de Recogidas de La Habana. Sus bienes fueron embargados. El dinero es lo que tiene, es goloso para los poderosos. Pero Vidaurre, que para entonces ya preparaba su propio exilio a Estados Unidos huyendo de la persecución política, no la dejó sola. Sabía que sin su protección en la isla, ella no sobreviviría.

Se movieron los hilos necesarios para que el "problema" desapareciera. Tras 17 meses de condena, las autoridades prefirieron poner mar de por medio. Era más seguro deportarla que arriesgarse a un motín popular por mantenerla presa. Por 40 pesos, lo que costaba el pasaje rumbo a Nueva Orleans, se la quitaron de en medio.

A su llegada las Hijas de la Caridad la aceptaron sin reparos. Y aquí de nuevo se ve la mano de Vidaurre porque no eran monjas convencionales. Eran muy hippies para su tiempo aplicando a sus obras una filosofía requeteradical para la época. Su lema era "el convento es la casa de los enfermos" y no vivían enclaustradas. 
Ya estoy bien lejos de ti como te prometí antes de que comenzara toda nuestra desgracia. No sé cómo comenzó todo, realmente ha sido como una novela toda mi vida. Ese viaje a la Isla de Cuba no me dejó ser más la misma mujer o mejor el mismo hombre.
Enriqueta fue un regalo de dios en la congregación y sus problemillas de identidad se enterraron sin pena ni gloria. Y bajo el nombre de Sor Magdalena siguió ejerciendo la medicina con los pobres, siendo partera de presas y enfermera en epidemias. Viajó como misionera a Veracruz y Guadalajara. Con las Hijas de la Caridad tenía libertad de movimiento y siguió haciendo lo que más le gustaba en el mundo: cuidar a los más necesitados. 

Hay quien afirma que llegó a ser madre superiora de la congregación. Puede ser. O no, porque un escándalo como el suyo se podía enterrar pero no olvidar. En cualquier caso, viniendo de ella todo es posible. Usó el frac, el uniforme militar y el hábito con tal de ejercer la medicina y cumplir con su juramento hipocrático. Y amó a Juana la vida entera. Renunció a ser hombre y a ser mujer. Renunció a todo menos a su amor.
El 23 de mayo de 1846, 22 años después del juicio, es decir, 22 años sin Juana, escribió esta carta tras enterarse del rumor de la muerte de Juana:
No puedo pensar que lo que me dicen sea verdad. No puedes haber muerto sin yo verte, mi vida se apagará si no tengo la ilusión de reeditar los días más felices de mi vida que fueron a tu lado. Nunca te culpé por lo que pasó, fueron todos ellos los que no entendieron que nos amábamos pese a todo. Solo quisiera que lo que me dicen sea mentira; por favor escríbeme aunque sea solo para saber que estás viva. Te quiere, Enrique.
122 palabras. La carta viajó de Nueva Orleans a La Habana y siguió el trote de los caballos del Correo Real hacia Baracoa. Juana, efectivamente, había muerto tiempo antes. Sor Magdalena nunca supo si su carta llegó.

Murió el 17 de octubre de 1856 en Nueva Orleans, a los 65 años, vistiendo los hábitos de las Hijas de la Caridad. Fue enterrada en el cementerio antiguo de Nueva Orleans. En 2005 el huracán Katrina destruyó su tumba. En Baracoa, la calle donde vivió lleva su nombre.
Ingredientes:
  • 600gr. de boniatos (aprox. 1 o 2 piezas grandes)
  • 125gr. de panela rallada o granulada
  • canela y cáscara de limón
  • 1 chupito de ron dorado
  • 50-75gr. de coco rallado a tu gusto
  • 200ml. de leche de coco espesa
  • 1 pizca de sal

Preparación:
  1. Asa o cuece al vapor el boniato hasta que esté la carne blandita. Pásalo por la trituradora y lo reservas.
  2. Mientras, derrite la panela con canela, la ralladura de limón y el ron. Diluye hasta que casi esté al punto de caramelo.
  3. Retira la cáscara de limón y añade el coco rallado, la leche de coco espesa y una pizca de sal. Lo cueces a fuego medio sin dejar de remover hasta que cuando cojas un poco de la crema con una cuchara y pasas el dedo la crema no se reúne pero aún tiene una consistencia líquida. Ten en cuenta que al enfriarse va a cuajar más la crema.
  4. Deja enfriar y sirve con un poco de canela por encima.
 
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