Leche MAMI frita

Yo a mi madre la tenía frita cada dos por tres y no por nada especial; no puedo decir que fui una niña rebelde o trasto pero así son las cosas entre madres e hijas porque ella a mí también me tenía frita, para qué mentir. Nunca acudía a los chicos para que le ayudaran en la cocina o en las tareas domésticas y eso me irritaba mucho. Eran años confusos porque por un lado, aunque mis padres tenían una mentalidad muy moderna para la época, en el día a día se les escapaban las conductas machistas por todas sus costuras. 

Pero claro, como niña y encima única entre tanto chicarrón, las desigualdades de genero me tenían todo el día peleando pleitos pobres. Mi padre me tenía la moral comida con sus famosos sermones sobre que tuviera libertad de pensamiento obra y acción pero por encima de todas las cosas, económica que por ahí es por donde se nos oprimía a las mujeres. Y luego en casa los reproches porque todo lo que hiciera fue siempre insuficiente. 
El problema estaba en que como niños no supimos ver -y menos en aquellos años en que las enfermedades metales se reducían a los "subnormales" y los "locos"- que nuestra madre tenía depresión crónica. Yo siempre la recuerdo ya tocada y cuando pregunté hace unos años a Mila, nuestra niñera que tanto nos quería, cuando le pregunté, me confirmó que mi madre siempre fue así: "tenía dos o tres días buenos y luego otros dos o tres que no era capaz ni de levantarse de la cama".

Y así fue la vida de mi madre; sintiéndose sistemáticamente incomprendida porque así era. Y cuando las personas depresivas empezaron a salir del armario mi madre se resistió y no quiso ayuda alguna porque decía -y con toda la razón- que no estaba loca. Lo que le faltó fue ser más comprensiva consigo misma pero, a ver, hasta para eso la mentalidad no cooperaba en absoluto porque con las madres el franquismo y la estela que dejó a su paso, fue muy cruel relegando su utilidad a ser madres y esposas anulando por completo a la mujer que cada una de nosotras llevamos dentro. 

Ahora tenemos claro -más o menos- las prioridades como individuos únicos y absolutos pero es que para nuestras madres y abuelas esa posibilidad, la de ser mujer por encima de todas las cosas, no existía. Desde que nacían se las preparaba para ser de otros. De cualquiera menos suyas.
Pero no siempre fue todo malo. En esos buenos días, se metía en la cocina y nos preparaba tandas y tandas de cosas ricas que nosotros devorábamos como decía ella "es que ni lo disfrutáis, tragaldabas". Y en esos días, me pedía como siempre ayuda ya tocaran torrijas, rosquillas, pestiños, magdalenas, arroz con leche o leche frita. Con las cosas de la cocina, no le protestaba tanto. Me gustaba mucho. Y hay muchas cosas que las aprendí de verle a ella y seguir sus instrucciones. Recuerdo que tenía especial cuidado en que el arroz con leche no quedara mazacote, las torrijas secas, los pestiños empalagosos y la leche frita un engrudo. 

Creo que fue de las pioneras en hacer la leche frita con maicena y muy aromatizada con cáscaras de naranja y limón. Ahora nos ponemos muy tontonas con eso de "infusionar" la leche  -a mi abuela le daría un ataque de risa- pero lo de aromatizarla con limón y canela viene de lejos en las casas españolas pero antes los comandos eran menos pretenciosos ajustándose a un simple "echa más cáscara o más canela a la leche" o "echa un puñadito más de...". Y tan ricamente.

Lo de la cucharadita de mantequilla -no de margarina- era algo que solo he visto en casa. Bueno, mis abuelos le echaban mantequilla a la leche porque decían que si no, no tenía sabor. Supongo que por ahí viene la cosa. En cualquier caso, sigo fiel a su uso porque oye, tampoco nos pongamos remilgados en un postre frito que ya puestos, de perdidos al río. La vainilla vino después. Somos un país donde antes la vainilla era complicada de comprar. Incluso, ya al final, recuerdo traerle vainas a mi madre de Austria. La última vez que comí leche frita con ella,  la hice yo. Ya estaba en paliativos y le cocinaba a puro capricho. De antojo en antojo. La hice a mi manera, es decir, a la suya pero con vainilla. Y le encantó. 
Ingredientes:
  • 1 litro de leche
  • corteza de limón y/o naranja
  • canela en rama
  • 1/2 vaina de vainilla
  • opcional: un chorrito de vainilla Bourbon
  • 1 cda. de mantequilla
  • 120gr. de azúcar (la mitad con eritritol)
  • 100gr. de maicena más algo para rebozar
  • 2 yemas de huevos
  • 1-2 huevos más para rebozar
  • abundante aceite (mitad oliva y girasol para bajar la acidez)
  • azúcar y canela para rebozar

Preparación:
  1. Pon a calentar 3/4 partes de la leche a fuego lento con la canela, la vainilla, la mantequilla y las cascaras.
  2. En el resto de la leche, disuelve el azúcar, las yemas y la maicena. Con la batidora eléctrica lo haces en un momentín.
  3. Cuando la leche rompa a hervir, el añades la mezcla, le subes un poquito el fuego y remueves constantemente para que no ha grumos. Retira del fuego la masa cuando veas que cuece y se vuelve muy espesa. Vuelca la masa en un recipiente (preferiblemente engrasado), cubre con plástico de cocina dejando que toque la superficie para evitar que haga costra y lo dejas enfriar por completo antes de refrigerar. Deja que repose toda la noche.
  4. Pasa la masa sobre un papel de hornear, coloca la masa cuajada y la cortas en tantas porciones como desees. Espolvorea con maicena y bate el huevo en un cuenco.
  5. Calienta aceite en una sartén onda y cuando esté caliente (a fuego medio alto) vas pasado por huevo los trozos rebozados y friéndolos los tandas. Deja que escurran sobre papel de cocina.
  6. Reboza cada pieza en azúcar y canela.

 
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