Arroz meloso con setas

Siete minutos es lo que tardó un jurado popular en declarar a Elizabeth Packard legalmente cuerda. El juicio que se celebró en Kankakee, donde unas  200 mujeres abarrotaron la sala ofreciendo su apoyo, fue el pistoletazo de salida que permitió a Mrs. Packard luchar a capa y espada por cambiar las cosas en el estado de Illinois. Estamos en 1864 y la vida de las esposas va a dar un giro radical. Aleluya.

Tras esos siete minutos, esta mujer dedicó todo su esfuerzo a revocar la maquiavélica costumbre -que venía de lejos- en la cual cualquier esposo ante la divina imposibilidad de devolver a una consorte que chafara sus expectativas, podía sin complejo alguno, encerrarla por loca. Primero porque la ley le amparaba: "Las mujeres casadas y los menores que, a juicio del director médico del manicomio estatal de Jacksonville, estén evidentemente locos o distracted -entonces significaba angustiados o alterados- podrán ser ingresados o retenidos en el hospital a petición del marido o del tutor sin pruebas de locura". Y segundo, porque si el director del manicomio era razonable a la par que colaborante con el marido, no necesitaba camuflar síntoma alguno porque era tan fácil como diagnosticar una locura moral y a otra cosa mariposa.

La de Elizabeth se construyó a santo de tener ideas propias. El verraco que le tocó por marido, era un reverendo calvinista de mal talante, peor indulgencia y lamentable corazón, quien no tuvo a bien mostrar por su familia -por lo menos con las mujeres- ningún tipo de afecto ni respeto. El matrimonio no estaba de acuerdo en asuntos de religión, abolicionismo, derechos de la mujer, crianza ni de vida familiar. Es decir, que no estaban de acuerdo en nada. Y es que su contraria -dónde se habrá visto semejante desvergonzonería- tenía sus propias ideas y formas de entender la vida, lo que le ponía de muy malas chispas. Y cuando dejó la iglesia que él mismo regentaba para hacerse metodista, a éste le faltó tiempo para ponerse de acuerdo con el Dr. McFarland -el director del manicomio estatal- y de malas maneras la subieron a un tren y se la llevaron a Jacksonville.

Cuentan que en el tren le contó a todo el pasaje que la encerraban por chiflada sin serlo; que su pecado era fruto de la mala suerte por estar casada con aquel trozo de carne con ojos. O algo así. Y aunque algunos pasajeros se adhirieron a su causa, nadie pudo impedir aquella barbaridad. Casi tres años estuvo en aquella endemoniada institución manteniendo un extraño duelo con el director; durante un tiempo se lo intentó ganar y -no digo que no- lo mismo le aduló en exceso.
Pero no hubo nada que hacer. Porque entre otras cosas a Mrs. Packard le dio por escribir y eso no gustó en absoluto: un libro, menuda desfachatez. El McFarland hablaba a menudo con el marido verraco y ambos debieron azuzarse mutuamente porque las cosas fueron de mal en peor: perdió sus privilegios y hasta fue castigada sin papel para escribir. Así es como pretendían detener esa manía suya de enviar cartas quejándose de las condiciones inhumanas dentro del asilo y el maltrato de las supuestas terapias de sanación que allí se practicaban sin ningún tipo de clemencia. Vaya, que se convirtió en un incordio. Y el Sr. director, que no debía de estar muy acostumbrado a este tipo de espíritus indomables, pues terminó cogiendo a la mujer del reverendo una manía del ocho.

Ya te digo, casi tres años que se dice pronto. Pero sus hijos mayores se dedicaron a montar jaleo para sacar a su madre de ese espantoso lugar. Consiguieron algunos apoyos y cuando, por lo que sea, el reverendo cedió de mala gana -y al doctor no le quedó otra que claudicar- Mrs. Packard llegó incluso a temer que esta supuesta rendición no fuera más que una treta para cambiarla de loquero. Lo mismo, para pararles los pies a los hijos protestones, pensaron que lo más sano para las intenciones del esposo, sería optar por un asilo fuera del estado donde las leyes fueran más favorables a cortar de un tajo limpio las alas a las esposas molestas.

Y no iba desencaminada. El McFarland seguía afirmando que era un caso de locura sin esperanza alguna y el perla del marido la encerró en el cuarto de los niños donde tapió hasta las ventanas. Sin fuego y sin ropa de abrigo fue como la retuvo durante unas seis semanas, completamente aislada sin que nadie pudiera verla. Mientras, el muy desgraciado movía hilos con la ayuda de los informes del Dr. demencial para conseguirle plaza en otra institución. Y con este panorama, fue como consiguieron por fin que su caso fuera juzgado porque si bien es cierto que el Mr. Packard podía internarla a su antojo, eso de encerrarla porque sí, pues casi que iba a ser que no.

Y claro que no. Los testigos la tachaban básicamente de loca y mala cristiana pero cuando llegó su momento, cuando expuso sus puntos de vista, su discurso provocó un aluvión de aplausos en toda la sala. Es verdad que tenía a unas 200 chicas metidas en el bolsillo con aplauso fácil, no hace falta mentir. Pero es que encima, un doctor y teólogo que testificó a su favor dijo: "No estoy de acuerdo con ella en muchas cosas, pero no llamo locas a las personas porque difieren conmigo. La declaro una mujer sensata y desearía que tuviéramos una nación de mujeres así". Y claro que sí: ganó.

No sé muy bien dónde se estuvo alojando mientras lo del juicio, pero una vez ganado y ya en libertad, se encontró con que el maridito ejemplar había hipotecado o vendido la casa y se había llevado a los tres niños pequeños fuera del estado. Y aquí inicia su segunda batalla judicial para recuperarlos. Mientras, gracias a los libros que estuvo publicando -y que parece que vendía ella misma- pudo no solo mantenerse a sí misma sino que, además compró una casa demostrando su solvencia de cara a recuperar a los pequeños.

Y también. Lo consiguió. Pudo por fin vivir tranquila lejos del energúmeno y tan feliz con sus hijos. Pero ahí no quedó la cosa: el tipo se había quedado con sus ropas y enseres y lo peleó -vaya que sí- hasta que consiguió que se los devolviera. En fin, puede que el Theophilus Packard no llegara jamás a aprender que hay mujeres que no las puedes acallar ni debajo del agua, por mucha terapia en bañera helada o habitación tapiada que empleen. Tal vez no llegó a entender que hay mujeres que lo mismo no tienen fuerza suficiente para luchar por la justicia pero, ante la injusticia se desprenden de los abusadores a golpe de leyes. Y si no las hay, pues se escriben.
Y a eso se dedicó. No a escribir leyes que no era su deber sino a luchar para que otros las redactaran. En 1867 consiguió la "Bill for the Protection of Personal Liberty", que daba derecho a juicio con jurado a cualquier persona acusada de locura, sin permitir que las esposas quedaran fuera del término "persona". Desconozco si ésta que voy a contar es una anécdota de fiar, pero dicen que mientras se debatía en el Senado, la tribuna estaba llena de mujeres apoyando la ley de Mrs. Packard, y que la mayoría debieron abandonar la sala antes de su aprobación porque se echó encima la hora de cenar y los esposos esperaban en casa.

Logró reformas de internamiento en al menos cuatro estados y una ley de propiedad para las casadas en Illinois. Por fin. Porque qué mejor manera de esclavizar a una mujer que privándola de independencia económica. Incluso, en una comisión estatal donde se investigaron "las terapias" del Dr. traidor, se documentó que a las pacientes con camisa de fuerza las sumergían en agua helada hasta casi hacerlas perder el sentido. Elizabeth publicó el testimonio de antiguas cuidadoras que así lo atestiguaron, lo que no dejó a la susodicha comisión otra opción que pedir un cambio inmediato de director. Se hizo de rogar pero terminó dimitiendo.

Pero Elizabeth llevó la vida entera una espina clavada en el alma. Su niña Libby, no estaba bien. Cuando ingresó en el manicomio la pequeña tenía 10 años y en ausencia de su madre, el padre la destinó a las tareas domésticas. Demasiado pequeña y frágil para semejante tarea. Apenas pudo relacionarse con ella pero es posible que tras su salida del manicomio ya notara algo extraño en el semblante de la pequeña. Quién sabe.

Apenas tuvo tiempo de estar con ella. En el juzgado, una tía llevó a Libby a la sala y en cuanto se abrazaron, la señora, que ese día se debió dejar el corazón en casa, la apartó diciéndole: "No está en condiciones de cuidarte." Y para cuando recuperó la custodia de sus hijos, ya era una joven de 19 años. Y la felicidad de madre al poder reunirse por fin con sus seis hijos, se le debió de enturbiar con el extraño comportamiento de su hija.

Nadie sabe a ciencia cierta cuándo comenzó, por qué empeoró o cómo evolucionó pero lo cierto es que Elizabeth Packard no permitió jamás que su Libby pisara un manicomio. Cuentan que en un momento dado, uno de sus hermanos le construyó una especie de cercado de malla metálica de unos 3 por 1,5 metros en el salón, con tan solo una mesa y un catre. Todo parece indicar que padecía brotes violentos. Cualquier cosa antes que internarla. Y así -luchando contra la cordura- es como vivió hasta la muerte de su madre. Después, la internaron en el hospital de Kankakee, el pueblo de aquel juicio donde un jurado tan solo necesitó siete minutos para determinar que su madre estaba sana.
Ingredientes:
  • 400-500gr. de setas variadas
  • 1 cebolla
  • 2 dientes de ajo
  • 320gr. de arroz redondo (bomba, cebolla o redondo)
  • Unas ramitas de tomillo
  • 100ml. de vino blanco
  • 1 l. de caldo de verduras
  • Aceite de oliva, sal y pimienta
  • Un poco de queso curado rallado a tu gusto
  • Opcional: unas hojas de salvia fritas
  • Opcional: servir con un poco más de queso rallado

Preparación:
  1. En una sartén y a fuego fuerte, doras las setas limpias y cortadas. Saltea hasta que se marquen. Sálalas al final un poquito y resérvalas.
  2. En la misma sartén, con un poco de aceite, fríe unas hojas de salvia unos segundos hasta que estén crujientes y resérvalas sobre papel para decorar. El aceite queda perfumado.
  3. En una cacerola o cazuela, usando el aceite de la salvia, pocha hasta que esté trasparente la cebolla y el ajo que habrás picado muy fino. Añade el tomillo, deshojado.
  4. Añade el arroz y nacáralo un par de minutos removiendo, añade el vino y deja que se evapore un par de minutos.
  5. Ve echando el caldo caliente  y deja que cueza unos quince minutos, removiendo de vez en cuando. A mitad de cocción, añade a la cazuela las setas, reservando unas poquitas para el final.
  6. Cuando el grano esté casi hecho y suelto en caldo espeso, añade el resto de las setas. Apaga el fuego, mantequíllalo con un poco de queso curado, tapa y deja que repose un par de minutos.
  7. Para servir: puedes poner trocitos de las hojas de salvia crujientes y un poquito de queso rallado.

 
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