Taco Navajo
Pájaro Rojo nació en las llanuras de Dakota el mismo año de la Batalla de Little Big Horn en la que Toro Sentado y Caballo Loco, aniquilaron al regimiento del general Custer. Era una sioux yankton que al nacer su madre llamó Gertrude pero que años después, cuando intentó recuperar su identidad y sus raíces, se puso el nombre de Zitkála-Šá, Red Bird para todos aquellos incapaces de pronunciar su nombre en la lengua de los lakota.Su infancia no fue diferente a la del resto de niños nativos de la época: las naciones indias habían sido despojadas de sus tierras y recluidas en reservas donde no podían ni cazar ni recolectar comida; es decir, donde eran condenadas a hambrunas y miserias sin que el gobierno mostrara ni un ápice de compasión. Porque la creencia del norteamericano europeo se basaba en que las tribus nativas eran eslabones perdidos en la evolución, gentes venidas a menos que dios desechó y abandonó en un continente olvidado durante siglos. O algo así.

Como decía, además de todas las injusticias y atrocidades cometidas contra las naciones nativas, se organizó un proceso de conversión para todos los críos donde a través de internados mayoritariamente cristianos -conocidos como centros de la asimilación-, eran educados como dios manda y despojados de su herencia cultural. De mala manera como podrás imaginarte.
Y aunque hasta 1893 no se consolidó la obligatoriedad de asistir a estos centros donde el lema consistía en "matar al indio y salvar al hombre", lo cierto es que se les arrancaba de las reservas bien con engaños o con presiones tales como si no colaboráis, nosotros tampoco y lo mismo nos veremos obligados a reducir los suministros y cosas por el estilo. En plan matones.
La niña de ocho años que era entonces, incluso ansiaba mudarse al internado porque le habían hablado de árboles llenos de manzanas rojas que podría comer siempre que quisiera. Ella nunca había visto un manzano. En su vida había probado más de una docena de manzanas rojas. Pero a ella le aseguraron que las manzanas estaban para quien las cogiera y que, si se iba con los misioneros -buena gente, le decían- montaría además en el caballo de hierro, el tren. Niños recluidos y hambrientos, ¿quién podía resistirse?
Así que la reeducaron en las costumbres blancas. Alejada de su familia, su tribu, sin nadie que le enseñara su lengua, la tierra y su cultura, Zitkála-Šá absorbió la sociedad anglosajona rápidamente: cortes de pelo, uniformes, régimen militar y, en verano, en lugar de poder volver a la reserva, a los críos los mandaban a trabajar para familias blancas. Así era la vida de estos chiquillos.
La suerte de Zitkála-Šá fue su destreza: le gustaba leer y tenía talento para escribir y tocar el violín. Y eso le encantaba. Su desgracia, es que para cuando regresó a casa, ya estaba muy desarraigada; y ese exilio cultural hizo mella en su madre quien la miraba con frustración, dolor e incluso rabia. No por ella, sino por lo que habían hecho con su hija. Pero por esas cosas que tiene la infancia, en vez de sentirse víctima de un sistema cruel e insensible, se creyó culpable por no ser ni una india salvaje ni una domesticada. Otras niñas indias regresaban vestidas con corsés y sombreros, completamente civilizadas algo que ella aún no había alcanzado.
Conque a los quince años regresó al internado por su cuenta. Estudió piano y violín, y acabó dando clases de música ocasionalmente. Se graduó y en su discurso habló sobre la desigualdad de derechos de las mujeres. Aquí ya despuntaba la guerrera inconformista que tenía dentro pero ella aún no lo sabía. Todo a su tiempo.
Conque a los quince años regresó al internado por su cuenta. Estudió piano y violín, y acabó dando clases de música ocasionalmente. Se graduó y en su discurso habló sobre la desigualdad de derechos de las mujeres. Aquí ya despuntaba la guerrera inconformista que tenía dentro pero ella aún no lo sabía. Todo a su tiempo.
Fue a la universidad becada y allí se le fue dejando claro que era una civilizada de segunda. O de tercera. No la terminó porque enfermó y muy posiblemente por problemas económicos. Tenía dos opciones: o volver con su madre con quien arrastraba una mala relación, o aceptar el puesto de profesora de música en Carlisle, Pensilvania, en un internado modelo de la asimilación. Y es que contratar profesores indígenas formaba parte del plan: la idea era usarlos como padres sustitutos para que los referentes de los niños no fueran sus familias salvajes sino las domesticadas, y de paso se vanagloriaban de que el sistema funcionaba.
Pero la cosa o se fue torciendo o Zitkála-Šá fue atando cabos. Al poco de empezar a trabajar, la enviaron a su reserva a reclutar niños. Cuando llegó, quedó desolada. A su hermano, que trabajaba de oficinista en la reserva, le habían echado por defender un asunto indio menor y su madre, ya mayor y sin medios para ganarse la vida, estaba pasando dificultades.
Con los niños alistados y con su rabia contenida, regresó al internado donde fue acumulando todas esas injusticias que de niña no supo percibir. Vio cómo aquellos profesores nativos que protestaban por cualquier pleito por pequeño que fuera, eran trasladados lejos de sus reservas y las injusticias del centro se le hicieron un nudo brutal. Tan grande, que dimitió y los mandó al cuerno. Se dedicó a escribir su propia historia, a recopilar historias tribales y a denunciar los abusos en los centros modelo de la asimilación.
Y mira lo que son las cosas: al alejar a profesores y otros trabajadores de sus reservas, de puro sin querer, empezó a forjarse una identidad intertribal que antes no existía porque las diferentes tribus se dieron cuenta de lo que tenían en común y esta semilla germinaría con el tiempo en el Servicio Indio. Y encima los antiguos alumnos de los internados empiezan a reunirse periódicamente y se van formando sociedades para los asuntos de los indios americanos por todo Estados Unidos, trabajando juntos para influir en las políticas sobre asuntos indios y sus derechos.
Y claro, Zitkála-Šá se convirtió en una de las figuras más influyentes de este nuevo escenario que el gobierno desde luego, no lo vio venir. Se lo comió con patatas. O con pan frito. Pero echo el freno que me estoy adelantando.
Zitkála-Šá se casó y junto a su esposo se mudó a Utah, donde ambos trabajaron para la Oficina de Asuntos Indios. Por las noches, ella y su esposo Raymond tenían reuniones musicales. Y aquí es donde conoce al profesor de música William Hanson, con quien escribió La Ópera de la Danza del Sol, basada en rituales y melodías sioux. Como te lo cuento. Y de nuevo el gobierno salió algo escaldado: en aquel momento en la reserva ute tenían prohibida la Danza del Sol, así que esta ópera fue una manera de representarla en público sin que nadie se diera cuenta del guiño. Lo que en la reserva estaba prohibido, sobre un escenario se aplaudía. Y así sin buscarlo, La Ópera de la Danza del Sol fue la primera ópera indígena americana.
En 1916 fue nombrada secretaria de la Society of American Indians y la familia se mudó a Washington. Editó su revista, la American Indian Magazine, denunció los internados, hizo campaña contra el peyote, reunió y publicó sus relatos autobiográficos; ingresó en la Federación General de Clubes de Mujeres y creó el Comité de Bienestar Indio; escribió, coescribió, denunció el fraude, el expolio y los asesinatos contra los osage y otros pueblos por sus tierras con petróleo; luchó por la ciudadanía y el voto indígena y fundó el National Council of American Indians el cual presidió hasta su muerte.
Quién iba a pensar que al meter a unos chiquillos en internados para anular sus raíces, les iban a enseñar -sin proponérselo- resiliencia y estoicismo. Quién iba a pensar que al enseñarles a leer y a escribir, también les estaban enseñando a pensar. Quién iba a pensar que una niña enamorada de un violín, iba a ser de las primeras mujeres indígenas en contar su propia vida sin que un blanco la corrigiera ni hablara por ella; que además fue de las primeras en llevar las leyendas de su pueblo a los lectores blancos. Quién iba a pensar que esa joven desubicada sin ser ni muy salvaje ni muy domesticada, llamaría a las puertas de los clubes de señoras de Washington para denunciar el expolio de las tierras con petróleo.
Quién iba a pensar que al meter a unos chiquillos en internados para anular sus raíces, les iban a enseñar -sin proponérselo- resiliencia y estoicismo. Quién iba a pensar que al enseñarles a leer y a escribir, también les estaban enseñando a pensar. Quién iba a pensar que una niña enamorada de un violín, iba a ser de las primeras mujeres indígenas en contar su propia vida sin que un blanco la corrigiera ni hablara por ella; que además fue de las primeras en llevar las leyendas de su pueblo a los lectores blancos. Quién iba a pensar que esa joven desubicada sin ser ni muy salvaje ni muy domesticada, llamaría a las puertas de los clubes de señoras de Washington para denunciar el expolio de las tierras con petróleo.
No ganó todas las batallas -con lo del peyote le dieron la lata- pero hizo algo magnífico: usó todo lo que el internado le metió a la fuerza para defender lo que el internado quería borrar. Y mira por dónde, hoy su cara está en una moneda de veinticinco centavos.
Cuando el gobierno obligó a los navajos a caminar cientos de kilómetros hasta un campo de internamiento en Nuevo México, en la llamada Larga Marcha, pasaron mucha hambre y penurias. Apenas les repartían harina blanca, sal, azúcar y manteca. Con eso había que apañarse así que freían tortas de pan. Y lo que llegó como una necesidad se quedó en las tribus para siempre: hoy no hay powwow sin frybread, al que se le añaden cosas ricas encima. Si va relleno de carne con alubias, lechuga, tomate y queso, se convierte en un taco navajo. Y está riquísimo.
Desde 2005 es el pan oficial de Dakota del Sur, la tierra de Zitkála-Šá.

Ingredientes para 6 tacos:
- 400gr. de harina de trigo
- 1 cda. de polvos de hornear
- 3/4 de cdta. de sal
- 270gr. de agua tibia
- 1-2 cdas. de aceite
- Aceite para freír
- 375 g de carne picada de ternera
- 1 lata de alubias rojas o pintas
- 1/2 cebolla muy picada
- algo de ajo en polvo
- sal y pimienta
- 1-2 cda. de kétchup
- algo de agua
- especias para tacos (1 cdta. de comino molido, 1 cdta. de chile molido, 1/2 cdta. de orégano, una pizca de guindilla o chipotle)
- Para acompañar: Lechuga, tomate, cebolla, cheddar y un poco de Sauerrahm, yogur griego o crema doble.
Preparación:
- Mezcla la harina, y los polvos y la sal. Añade el agua tibia y el aceite y amasa un poquito hasta que todo esté bien ligado. Déjala reposar tapada unos 30 minutos.
- En una sartén, pocha la cebolla picada en un chorrito de aceite hasta que esté transparente. Añade la carne y dórala a fuego fuerte. Incorpora las especias y remueve.
- Añade las alubias, el kétchup y el agua. Cuece a fuego medio-bajo unos 10 minutos, hasta que quede jugoso pero no caldoso. Es importante para que no chorree ni moje el frybread. Salpimienta.
- Divide la masa en 6 bolas y estíralas a unos 16-18 cm. de diámetro y unos 0,5 cm. de grosor. Pínchalas con un palillo para que al freír no hagan bolsas de aire.
- Fríe las tortas por ambos lados en aceite caliente hasta que estén doradas. Escúrrelas en papel de cocina.
- Sobre cada frybread caliente pon la carne con las alubias, la lechuga , el tomate, la cebolla, el cheddar y los terminas con un poco Sauerrahm, crema doble o yogur griego.










