Crema de calabaza e hinojo asados y con limón
Imagina una liga de fútbol random donde uno de los equipos se hace con el control de la mayoría de los árbitros. Por la cara. Además, consigue dejar fuera de la competición a los mejores jugadores de sus adversarios y para asegurarse todos los triunfos de forma definitiva y sin fisuras, cambia las reglas del partido. Y ancha es Castilla querido lector.
Pues con esta metáfora dos profesores de Harvard, Levitsky y Ziblatt nos han contado en su libro Cómo mueren las democracias (2018) la forma en la que hoy las democracias son aplastadas sin necesidad de golpes militares. Mueren a sangre fría a manos de líderes elegidos por el pueblo.
No es un golpe rápido y ruidoso sino un proceso lento de erosión y desmantelamiento del sistema sin que los ciudadanos sean muy conscientes de lo que está pasando. El primer paso es controlar a los árbitros, es decir, domesticar a su favor el poder judicial, la fiscalía y los organismos electorales. Tan fácil como provocar jubilaciones forzadas, ampliar el número de jueces en las cortes para que sus secuaces siempre sean más; o simplemente tirar por la calle de en medio haciendo uso del comodín de las destituciones legales. Estas nunca fallan, su eficacia es brillante.
Conque una vez con los árbitros en el bolsillo, la ley se aplica de forma selectiva con total impunidad para el gobierno traicionero que además de castigar a sus oponentes de mala manera, hace ruido con eslóganes de libertad y justicia. ¿Recuerdas la película de Mars Attacks! cuando los marcianos iban matando a diestro y siniestro bajo una megafonía que repetía constantemente "venimos en son de paz"? Pues eso.
El siguiente paso, es el de dejar fuera del partido a los jugadores estrella del contrario: oposición, prensa, empresarios... a cualquier rival con un poco de repercusión se le va a asfixiar de mala manera para torcerle el renglón y que aparezca como un villano. Desde investigaciones financieras, escándalos políticos, causas judiciales dudosas así como un despliegue de medios de comunicación empeñados día y noche en desprestigiar a cualquiera que haga pipí fuera del tiesto. Y ya sabemos lo que pasa cuando se repite mucho una mentira.
Y la última estocada consiste en cambiar las reglas del juego: se modifican las leyes electorales, la constitución o los repartos de escaños para garantizar que, incluso si el gobierno exdemocrático pierde popularidad, la oposición nunca jamás logre ganar en las urnas.

¿Y cómo te quedas? Porque no sé tú pero este guion como que lo conozco. Llevamos bastante tiempo viendo estas artimañas y la lista de democracias que pasan por estas cosas aumenta sin remedio; y en cada golpe el grado de desfachatez es más atrevido y deslavado.
Estos profesores, hablan de los guardarraíles o barandillas de la democracia. Una constitución no se sostiene sola, sino gracias a dos normas no escritas: una es la tolerancia mutua que se basa en aceptar que el adversario es válido aunque parezca nefasto porque todos ellos son competidores legítimos. Si el partido rival gana, es totalmente necesario aceptar su derecho a gobernar sin fisuras. Cuando esta norma no se respeta, el adversario deja de ser un competidor y pasa a ser un enemigo o un traidor, lo que va a terminar en una burda justificación para destruirlo o castigarlo. Mal.
La otra es la contención: porque es fundamental mantener el equilibrio de poderes. No se debe permitir que un gobernante use todo el poder legal del que dispone solo porque puede, a sabiendas de que al hacerlo debilita el sistema democrático. Tiene que haber reglas, pero también freno de mano: que la ley te lo permita no quiere decir que debas hacerlo.
Pero claro, para proteger una democracia hacen falta líderes responsables. Si nos repliegan a un "conmigo o contra mí", la gente empieza a tolerar los abusos de poder de su propio líder por miedo a que el contrario gane. El debate público se rompe y los partidos tradicionales -que son los porteros, la última defensa frente a un gol- fracasan en su papel de filtros democráticos: en lugar de levantar un cordón sanitario, les abren la puerta porque les vienen bien para sumar votos. Y así las figuras antisistema llegan al poder de manera legítima.

Levitsky y Ziblatt cuentan cuáles son los indicadores para detectar a un dictador camuflado de demócrata o más a las claras, a un gobernante autoritario de manual. Vamos allá:
- ¿Rechaza la Constitución o se muestra dispuesto a saltársela?
- ¿Propone medidas antidemocráticas, como suspender elecciones, ilegalizar organizaciones o restringir derechos civiles básicos?
- ¿Defiende vías extraconstitucionales para cambiar de gobierno, como insurrecciones o protestas masivas para forzarlo?
- ¿Intenta deslegitimar las elecciones negándose a aceptar resultados creíbles?
- ¿Describe a sus rivales como subversivos o contrarios al orden constitucional?
- ¿Ha patrocinado o alentado ataques de turbas contra sus oponentes?
- ¿Ha respaldado la violencia de forma tácita, negándose a condenarla o a castigarla?
- ¿Ha apoyado leyes que limitan las libertades, como ampliar los delitos de difamación o restringir las protestas, las críticas al gobierno o ciertas organizaciones?
- ¿Ha amenazado con acciones legales a críticos de otros partidos, de la sociedad civil o de la prensa?
- ¿Ha elogiado medidas represivas de otros gobiernos, actuales o pasados?
Y ojo, que no hace falta marcar todas las casillas: según ellos -y saben mucho de esto-, basta con un solo sí para que salten las alarmas. Yo no sé tú pero aquí sin mucho rebanarme los sesos, detecto más de una línea roja en nuestro país.
No sé si has llegado hasta aquí en busca de mis letras o la receta. Sea como fuere, recuerda que no todo vale. Tenemos elecciones cerca, así que reflexionar sobre esto no es a lo tonto: ya no se trata de ideología, es mucho más grave. Quizá para un político todo valga, pero no para un ciudadano responsable.
Tenemos el poder en las urnas y el deber de premiar a los líderes más comprometidos con la democracia. Y es nuestra obligación recordar a la fauna política que una vez electos tienen que gobernar para toda la nación sea cual sea su ideología. Finalizadas unas elecciones, todos ellos pasan a ser funcionarios públicos y se deben al pueblo. Basta ya de los eternos conflictos y odios personales que solo contribuyen a que no se pueda legislar como el país se merece. Y para eso hace falta un gobierno y una oposición responsables. Eso de saco adelante lo que sea de cualquier manera, no gracias. Eso de tumbo lo que sea aunque sea bueno para la ciudadanía, no gracias. Dictadores, no gracias. Agitadores, no gracias.
Ingredientes:- 2 bulbos de hinojo
- 600gr. de calabaza
- algo de aceite de oliva
- 3/4 l. de caldo de verduras
- 1/2 limón
- pimienta a tu gusto
- 1 cda. de Sauerrham (o yogur)
- Un chorrito de aceite de pipas calabaza de Estiria (opcional)
Preparación:
- Precalienta el horno a 180 °C con aire.
- Corta el hinojo en cuartos y la calabaza en gajos. Colócalos en una fuente de horno y riégalos con un poco de aceite de oliva. Asa hasta que la calabaza esté blandita.
- Añade el caldo de verduras, las rodajas de limón y la pimienta. Vuelve a meter la fuente en el horno 10 minutos más, para que el caldo coja cuerpo.
- Pasa las verduras y el caldo a la batidora. Quita las rodajas de limón, pero aprovecha un poco de su pulpa. Añade la cucharada de Sauerrahm o yogur y tritura hasta que quede una crema fina.
- Para servir: yo la he servido con un poco de yogur (o Sauerrahm), unas semillas, migas de crackers, las hojitas del hinojo y, si lo tienes, un hilo de aceite de pepitas de calabaza. Sino con de oliva.