Trampantojo de huevo frito
Hace veinte años -mes arriba, mes abajo- una chica de ciudad con planes de estudiar Derecho en Chicago, se enamoró de un vaquero de Oklahoma y un poco a lo tonto nos empezó a contar en su blog de recetas cómo cambió los tacones por el rancho de su marido, el Marlboro Man. Es increíble lo que nos hizo reír Ree Drummond, la autora de The pioneer woman, con sus chascarrillos y autoironía, porque todos sus post estaban tan cargados de humor como de mantequilla, of course. Porque no hay que olvidar que eso de las dietas keto y altas en proteínas con solo dos ingredientes llegó después y aunque no lo creas, hubo un tiempo en que los bloques de mantequilla rodaban por la blogosfera como si no existiera un mañana. Pero ese es otro melón del que no descarto calar y destajar hasta sus últimas consecuencias: el colesterol, el único capaz de frenar nuestras ansias de enmantecar desde unas patatas cocidas hasta un pudding. Todo a su tiempo.De vuelta al hilo: Ree Drummond nos demostró a todos que la vida doméstica rural, bien contada, es un negocio fabuloso: programa en Food Network, libros, una tienda en Pawhuska, línea de menaje en Walmart. Es decir, inventó -sin proponérselo- el modelo comercial que tantos bloggers y después influencers han venido explotando en redes con más o menos éxito. Fue aprovechando el tirón y las oportunidades hasta llegar a lo más alto donde a día de hoy se mantiene fresca como una lechuga. Tiene su propia revista en plan el ¡Hola! pero de ella y sus cositas, no te digo más.
En fin, que después de la pioneer muchos llegaron detrás tirando del mismo palo con la esperanza de ser "ricos y famosos"; algunos contábamos también historietas cotidianas con destellos simpáticos pero ni en sueños alcanzamos su constelación. Hubo algún que otro pelotazo con alguna marca o agencia detrás pero el imperio de la Drummond no lo vimos venir. Y mientras ella se hacía gigante, el resto de blogueros nos fuimos haciendo insignificantes hasta hoy, que nos hemos convertido en una fauna en peligro de extinción y sin que nadie nos declare especie protegida. Aguantamos por amor al puchero y cierto despecho en plan resistencia nostálgica de los buenos tiempos, aquellos cuando el día de publicación -solía haber un par de días fijos a la semana porque supuestamente los motores de búsqueda nos daban más relevancia y perdona si me parto de risa-, los comentarios y visitas se ponían por las nubes haciéndonos creer que éramos gigantes reinventando el concepto de comunidad en la red.
Pero luego los dichosos egos -¿o siempre estuvieron ahí?- se hicieron monstruosos y la estupidez -tal y como pasa en la vida real- se hizo plaga, y casi todo el mundo se comportaba como si fueran grandes chefs, grandes plumas o grandiosos expertos culinarios: todo el mundo sabía la receta perfecta, el secreto que los estrella Michelin no quieren contar, la receta definitiva de la abuela... hay que ser muy necio para no entender que el único ingrediente secreto de nuestras abuelas era el amor infinito que sentíamos por ellas; o el amor infinito que ellas ponían al cocinar para sus nietos. Qué lástima, porque tan endiosada se puso la blogosfera que se desplomó de puro envenenamiento por petulancia y altanería con poses de pega que daban ganas de poner los pies en polvorosa bajo juramentos de a esta gente que la alimenten en su casa.
Porque Ree Drummond podía ponerle chispas fantásticas a sus relatos pero no mintió jamás a su público. Y así su imperio se tejió con la lana de la confianza sin hacer uso del cuchillo de cortar el bacalao porque separó audiencia e influencia, usando o tirando de cada hilo con inteligencia. Y eso, tampoco lo vimos venir. De hecho, a día de hoy, muchos influencers caen por no tener claro ese concepto: que una cosa son los fans y otra los negocios.
Conque desplomados los blogs, hubo un movimiento migratorio masivo a Instagram y YouTube sin permanecer casi nadie a defender el fuerte. Bueno, ahí quedó claro ese rollito tan manido y desgastado del famoso "gracias por compartir" porque una vez sumidos en los números rojos, las pocas visitas que nos quedaban decidieron que ya no merecía la pena pelotearnos sin guarnición y las gratitudes emigraron a otras plataformas cambiando el "qué rico, me lo llevo" por emoticonos variados.
Y para cuando YouTube dejó de ser rentable -mucho trabajo para poca guita-, llegó el fogonazo de TikTok quien se entendió a las mil maravillas con Instagram porque ambos iban del mismo palo. El contenido de los blogs, al no estar directamente manipulado por los algoritmos, dejó de importar y nos borraron de un plumazo pasando, en tiempo récord, a criar telarañas, olor a viejuno y a poco ventilado. Y nuestros bizcochos, aún humeantes, se quedaron para vestir santos.
Los egos que sobrevivieron al naufragio de la blogosfera desembarcaron en Instagram con las maletas llenas de selfies y exposición personal que es lo que más le motiva a un ombligo con grandes expectativas. Allí muchas -y muchos pero a partir de ahora me ciño en exclusiva al proceso femenino en esta historia- se creyeron que los likes les llovían por su cara bonita, por su gracia natural o por lo divinamente que les queda el delantal, cuando lo cierto es que quien decide quién sube o se hunde no es otro que el Sr. algoritmo, ese tipo sin cara que tiene la llave de ponerte en la cima hoy y mañana te manda al trastero sin pestañear. Y sin decir ni mu.
Ya ves que el problema no es llegar sino mantenerse. Porque contra más escalas más trágica es la caída así que ya no se trata solo de invertir unos cuantos cientos de euros en un par de campañas de publicidad y unas horillas al día delante de la pantalla moviendo tu contenido. Llegados a este punto, quien aspire a lo más alto ya no puede ir por libre: tiene que entrar en el negocio. No te engañes que no hay otra. Que si un curso -u ocho- para hacer crecer tu comunidad, que si un representante que se lleva su diez o veinte por ciento de cada contrato, que si el cámara, el editor, la peluquera y la niñera para que el escaparate luzca perfecto. Todo eso sale del bolsillo de la propia influencer, que es a la vez la tienda, el producto y la clienta que paga la decoración.
Y luego, tanto jaleo para que más de la mitad de quienes se dedican a esto no llegue a ganar más de 15.000 dólares al año. Vamos, que en esta fiebre del oro los únicos que se forran de verdad son los que venden los picos y las palas, pero ya deberíamos saberlo. O no, porque parece que nos deslumbran con su lujo, sus casas de cuento, cocinas de ensueño, hijos monísimos y simpatiquísimos y listísimos. Chica, es que hay que ser tonta para no querer aspirar a esa vida aunque si por lo que sea, no tienes ese lujo a mano por lo menos sube videos de recetas mentirosas con dos ingredientes apoyando la cabeza sobre la encimera para que salga tu cara en el plano. O maquíllate con ochocientas capas de potingues, con pestañas imposibles y labios impostores que por si acaso, le ponemos ocho filtros no vaya a ser que se cuele algo de realidad en el video. O mucho mejor: acudimos a la IA para que nos ponga más monas y más guais y más falsas que el beso de Judas.
Porque ya no hay -a grandes rasgos- historias de gente que se ría de sí misma con naturalidad y sin dejar de ser lo que es. Como la influencer es el contenido propiamente dicho, debe inventarse a sí misma con originalidad o copiando a otras de éxito para ver si en plan replicantes consiguen subirse al cohete del estrellato. ¿Has oído hablar de una tal Alena Kate Pettitt? Es una de las pioneras en vender en redes la idea de que el lugar de la mujer es la casa. Son las llamadas tradwives donde además de bucolizar el mundo rural de tiempos pasados, defienden que el papel de la mujer está en su hogar al cuidado de la familia y el hombre es el proveedor.
No es la única: Hannah Neeleman (Ballerina Farm) era bailarina formada en Juilliard y ahora lleva una marca con millones de seguidores o Nara Smith -que fue modelo- y se hizo viral cocinando desde cero cosas absurdas, como chicle o cereales, eso sí, requeteideal siempre luciendo con vestido de gala. Y mientras venden ese ideal de mujer que renuncia a la vida pública para dedicarse a ser ama de casa, en la práctica, estas señoras llevan una carrera pública muy rentable y a tiempo completo. Haz lo que digo y no lo que hago. ¿Y por qué triunfan tanto?
Quizás porque el trabajo doméstico siempre ha sido invisible y gratuito. Porque después de llegar deslomada del trabajo, una simple mortal debe pasar por el súper, recoger a los niños, hacer que hagan los deberes, recoger la casa, preparar los baños y las cenas. Y encima, las cuentas en casa nunca salen redondas. Nos vendieron lo de la conciliación como algo real, como algo que si no logras es porque no has sabido organizarte. Precariedad emocional, y casi siempre, laboral también.
Así que imagina que te venden esa fantasía de un mundo de ensueño con un hombre proveedor megarico, donde no tienes que preocuparte de las facturas ni de a cuánto está el kilo de garbanzos; un mundo donde el trabajo doméstico, siempre tan ingrato y anónimo, se vuelve visible, deseado y lucrativo, porque se rentabiliza sin miserias desde la estética del amasado de un pan, de un huerto o de la colada. Todas ellas impecablemente felices, despeinadas como solo una peluquera profesional sabe hacer y siempre bajo encuadres ideales con música de violines de fondo. Lo que no se ve son las horas, la ayuda contratada y la dependencia económica porque esas cosas siempre quedan fuera del encuadre. Si me apuras, es la estampa perfecta de un borrado de la mujer real a favor del gesto y un decorado que es lo que realmente seduce.
Juegan y se lucran con la desesperanza de una sociedad que no consigue salir a flote y no pestañean en inventarse un escenario de lo tradicional que nunca ha existido: si mis abuelas vieran algún reel de estas tradwives les sonaría todo a un lujo que nunca conocieron. Este estilo de vida es un puro trampantojo. Por los ojos nos entra una vida estable, sin noches en vela porque no sabes cómo pagar el alquiler, porque el cuerpo ya no te da para más... nos hacen trampa. Porque en lugar de seducirnos con un mundo solvente, con trabajos poco ingratos y vidas con libertad y autodeterminación con espacio suficiente para dedicarnos a disfrutar de los hijos y del hogar, nos quieren hacer creer que eso solo lo puedes tener si renuncias a tu independencia a favor de un hombre bien posicionado. Y este argumento, apesta. A cosas muy feas. ¿No crees?
trampantojoDe trampa ante ojo.m. coloq. Trampa o ilusión con que se engaña a alguien haciéndole ver lo que no es.
Pero no todos los trampantojos son trampucias. Los de cocina juegan limpio: te engañan a primera vista -es cierto- pero a la primera cucharada te confiesan lo que son. Este huevo frito no es huevo, ni falta que le hace. Y está tan rico que no vas a querer parar. Yo aviso.
Ingredientes para 6 huevos:
- 125gr. de mascarpone
- 125gr. de yogur griego bien escurrido (ver las notas)
- Ralladura de limón
- Un poco de vainilla
- Merengue italiano (ver ingredientes a continuación)
- 6 mitades de melocotón en almíbar o en su jugo
- 2 bizcochos de soletilla o similar mojados en leche
- 1 cda. de crema de pistachos
- 1-2 cdas. de pistacho picado
Ingredientes para el merengue italiano
- 2 claras (unos 60gr.), a temperatura ambiente
- 120gr de azúcar (100gr. para el almíbar y 20gr. para las claras)
- 35 ml. de agua
- Unas gotas de limón para las claras
Notas:
- Si vas a hacer el postre con antelación, no te aconsejo que lo hagas con yogur porque soltará suero por mucho que lo quieras escurrir. Lo ideal, es hacerlo por la mañana para consumirlo al mediodía por ejemplo. Si lo vas a hacer la víspera, usa la misma cantidad de nata montada.
- Puedes servirlo acompañado de una tostada francesa (reboza cada rebanada en una mezcla de leche, huevo, azúcar y canela y las doras a la sartén con un poco de mantequilla). Antes de servir, pincela cada tostadita con un poco de jarabe de arce para que le dé color y jugosidad.
Preparación:
- Para el merengue italiano: pon el agua y el azúcar al fuego sin remover. Empieza a montar las claras con ayuda de unas varillas eléctricas y, al estar espumosas, añade los 20gr. restantes de azúcar y unas gotas de limón. Cuando el almíbar haya hervido unos 2-3 minutos, viértelo en hilo fino por el borde del bol, batiendo a velocidad media-alta, y sigue batiendo hasta que el merengue esté brillante y el bol solo tibio (unos 8 minutos). Reserva en la nevera.
- Bate primero el mascarpone y el yogur para que pierdan la rigidez y no haga grumos. Añade la ralladura y la vainilla. Cuando esté cremoso, incorpora un tercio del merengue para soltarlo y luego el resto con movimientos envolventes, sin llegar a batir para que conserve el aire. Deja que repose en la nevera al menos media hora antes de montar los platos.
- Seca de exceso de líquido de cada mitad de melocotón y la rellenas con una mezcla de los bizcochos remojados en leche, la crema de pistacho y los pistachos troceados. Cuida que el relleno quede a ras para que al darle la vuelta no se vea y estropee el engaño.
- Montaje: pon una capa redondita de la crema, le pones la mitad del melocotón relleno encima y lo sirves con la tostada francesa.











