Ensalada de garbanzos con calabacín y atún
talasofilia. (Del gr. thalassa 'mar' y philia 'amor, afición'; voz aún no admitida por la RAE)
1. f. Amor intenso y a veces contradictorio hacia el mar, que combina fascinación, calma y un respeto rayano en el vértigo por su fuerza y lo que oculta.
2. f. Pasión incondicional de quien no logra alejarse del mar pese a los peligros que este encierra, y que se transmite de generación en generación pese a lo que se haya llevado.
Esta definición de hoy es puro invento pero no me ha quedado otra opción. La RAE no la contempla; ni a ella ni a ninguna hermana sinónima que exprese el amor profundo al mar. Había que hacerlo y lo he hecho; sin pensarlo demasiado porque por un momento, me he sentido perdida en este mundo y absurdamente desorientada: ¿Cómo he podido llegar a mis años sin una palabra de referencia que nos identifique a los pirados oceánicos reunidos? Por el amor bendito, que nuestro planeta tiene un 70% de agua salada entre mares y océanos, y aún así nunca nadie ha reparado en la necesidad de describir en una única voz este sentimiento que nos ha llevado a lo largo de los siglos a emprender aventuras descabelladas; a vivir a su costa y pagar el precio de sus peligros; a escribir ríos de tinta sobre sus embrujos.
La palabra es bonita a rabiar, no me digas que no. Tanto que a algunos, que ni siquiera saben de su existencia, se les mete por los huesos y les infecta hasta el tuétano de mareas y resacas, de vientos y calmas chichas; tan prolijo es el contagio, que ya no saben vivir de otra manera. No solo los marineros sufren el "mareo de tierra": la gente costera, cuando viaja al interior, siente que el suelo firme se tambalea. Su cerebro extraña el vaivén, los sonidos, la humedad salina y se vuelven bichos raros en la meseta. Mucha gente incluso, tras las vacaciones, regresa a sus casas tambaleantes e incapaces de caminar erguidos tal y como les pasa a los marineros cuando arriban a puerto.
Pero seamos sinceros: el mar o la mar -depende del enamorado- no es buen amante. No se hace sentir cuando uno quiere. Si bien no te miente, tampoco te promete. Ni te acoge ni te rechaza. Es como es y le tienes que aceptar bajo sus reglas. Como Santiago, el viejo de Hemingway, que conoce la mar a la perfección: ella concede o deniega favores sin dar explicaciones y si comete bravuconadas o maldades es porque no puede evitarlo. Porque no se negocia con ella; el viejo la comprende y la consiente. Y justo por ahí es de donde supura su amor.
El mar es dulce y hermoso, pero puede ser cruel y encolerizarse súbitamente. Esos pájaros que vuelan picando y cazando con sus tristes vocecillas son demasiado delicados para el mar.
El viejo y el mar. Ernest Hemingway
Y es que el mar tiene eso: un choque brutal de sentimientos. Te regala una paz infinita, pero es capaz de desatar una tragantona de un rato para el otro; se atiborra de marineros, pescadores y vidas sin pestañear. Algunos salen a faenar con botas que flotan para que sus cuerpos no sean engullidos por las aguas y así, en la tragedia, asegurar que sus familias van a poder cobrar las pólizas. Asumen los riesgos y navegan millas adentro confiando en un equilibrio que casi nunca les favorece: días de bonanza y días de tragedia, el guiso del hombre de mar.
Ya sabes que mi faro está en Las Negras, en el Cabo de Gata. De niña, cuando aún era un apartado enclave de pescadores, el pueblo era un desfile de mujeres de luto eterno. Dicen que por ellas el pueblo lleva el nombre que lleva. Todas vestían de negro bien por un marido, un padre o un hermano que el mar decidió no devolver. Todos los atardeceres salían al pequeño malecón a hacer su tributo silencioso a ese cabo de mar que tanto dolor arrancó generación tras generación. Supongo que lanzaban al viento alguna oración, lágrimas en las fechas de guardar y esos suspiros pa'dentro, sin aspavientos porque esas mujeres no se permitían el lujo de flaquear.
Creo que no te miento si digo que no hay vez que me asome a ese lado del pueblo -el de las barcas, le decíamos siempre- y mi recuerdo no las evoque. Algunas, como la abuela María -como tantas abuelas María del pueblo que nos querían a los chiquillos a rabiar- no solo salía a hablar con los no retornados sino que esperaba con ansia ver llegar la barca de su hijo, el Juanillo, el único amor que le quedaba en la vida porque ella, con esas aguas, ya no quería tratos. Jamás la vi mojarse ni los tobillos.
Si algo echo de menos ahora es poder sentarme en ese mini malecón, que en aquellos días no era más que un murete desconchado, y volver a verlas. Pero de aquel pueblo pescador ya no queda nada. Hoy el mar se cobra otras vidas como la de los turistas que se confían y se acercan demasiado a los acantilados. Ahora el malecón, bien revestido en cemento y pintura, ha sido conquistado por las mesas de las terrazas y han desbancado a los lugareños. Y mira, se acepta con gusto, porque sin el turismo las gentes del pueblo no sobreviven. Así que nos toca esperar con paciencia a que termine la temporada y el pueblo recobre su calma.
Y aunque ya no quedan pescadores, el lugar sigue respirando a la profesión. Ahora ya no quedan Juanillos para la faena pero sí hay buzos -como mi hijo- que salen siempre que la mar lo permite a guiar grupos bajo el agua o barqueros que llevan y traen turistas por las calas desiertas de la zona. Mi Alvarillo -así de querido es por todos que ya nadie se refiere a él sin su diminutivo autóctono- sigue saliendo al mar como los pescadores de antes, solo que ahora en vez de red y anzuelos lleva a turistas a mirar las profundidades; y lo que antes eran grupos de barcas haciendo el calamar o la sardina, ahora son patrulleras vigilando fueraborda de contrabando. Las mismas aguas, pero qué diferentes de aquellas. Solo la talasofilia perdura intacta. Para bien o para mal de sus lugareños.
El océano es más antiguo que las montañas y está cargado con los recuerdos y los sueños del tiempo. H.P. LovecraftY yo, que vivo tan lejos del mar pero tan arropada en las montañas curo mi propio "mareo de tierra" en la cocina. Hoy he plantado en la mesa un plato que une esos dos mundos que se miran de frente en Las Negras: la Sierra del Cabo de Gata y el mar. Y entremedias, salpicando el desierto, los huertos y los cultivos intensivos que cada día acechan más al Parque Natural. Hoy toca una ensalada de garbanzos con calabacín y atún que es pura tierra y mar con toques mediterráneos para no olvidar y de paso asentar los pies y templar el alma. Que falta hace para no morir de morriñas.
Mi huerto sigue dando calabacines y ya que en Austria no se lleva mucho lo de comer pescado, nada como tener la despensa llena de latas que si bien no es lo mismo, valen para un roto y un descosido. Y no olvidemos el mundo omega3 que tan importante es para cualquier parroquiano. De mar o de secano.
Ingredientes:
Preparación:
Ingredientes:
- 1 calabacín mediano
- 1 bote de garbanzos cocidos
- 1 cda. de pesto a tu gusto (el mío de almendras, ajo y hierbas frescas)
- Aceite de oliva
- Vinagre de vino
- sal
- 1 lata de atún a tu gusto
- 1 cebolleta
Preparación:
- En una sartén con un poco de aceite de oliva, rehoga el calabacín con piel, sin pepitas y cortado en trocitos menudos. Cuando se marque un poco, lo salas un poquito y reservas.
- En un bol, pon los garbanzos y lo aliñas bien con el pesto, sal, vinagre y aceite de oliva.
- Añade el atún, la cebolleta y el calabacín.











