Bolas de calabacín y queso

meme
Del ingl. meme, palabra acuñada en 1976 por R. Dawkins, biólogo inglés, sobre el modelo de gene 'gen' y a partir del gr. μίμημα mímēma 'cosa que se imita'.

1. m. Rasgo cultural o de conducta que se transmite por imitación de persona a persona o de generación en generación.
2. m. Imagen, video o texto, por lo general distorsionado con fines caricaturescos, que se difunde principalmente a través de internet.
Bueno, me voy a meter en un jardín sin flores, en pleno verano y con sequía pero este melón había que abrirlo tarde o temprano. Voy a dejar la segunda acepción de la palabra porque el rollo chistoso todos lo tenemos ya muy interiorizado. A veces en exceso -tampoco es cosa de mentir- porque hay que ver la de tontadas carentes de ingenio que circulan por ahí, enredándolo todo sin ningún pudor. Ole tú la de estupideces que ruedan dando más miedo que risa. Pero esa es otra historia.

Yo hoy me voy de cabeza a por la primera. Rasgo cultural que se transmite por imitación... pero eso es un refrán, ¿no? o un proverbio, o un aforismo. Solo que ahora circulan con una rapidez vertiginosa sin darle tiempo al tiempo que es -o era- especialista en curtir dichos y redichos en sabiduría viejuna. Y es que, para ser justos, el paso de los años le otorga a las bobadas un regustillo a umami popular que cuando es tejido con lana nueva parece que pierde chispa. Pero no menospreciemos lo que se cuenta en las paredes ni en los muros de las redes porque hay cosillas de lo más interesante. 

Ahora -eso sí- el meme va a toda pastilla y sin frenos. Desde luego, al que se le ocurrió la terrible idea de poner la opción de compartir en redes habría que analizar con detenimiento su mente, ciertamente perversa y retorcida. Porque a lo tonto, como somos de clic rápido, reenviamos cualquier cosa casi sin pestañear, un poco en plan locatigüisqui -como decía mi padre- sin cavilar la moñería. 

Y de repente, un me gusta y luego otro; y luego... ¡Oye! que nos venimos arriba y el ego se pone tan contento por haber sido tan ocurrente; qué más da si la idea, la imagen o texto no es de cosecha propia. Con un simple clic nos hemos apuntado el mérito -ajeno- y tan contentos. Pero los efectos secundarios se hacen notar rápido: el cuerpo nos pide más.
Por cierto, esa primera vez la ofreció Digg con su "digg it", pero fue Tumblr quien la convirtió en gesto social con la opción de "reblog". Luego llegaron los retweet y el resto ya es historia. Pero sigamos. El caso es que mola mucho que te inflen a likes con algo que, lo de menos, es si es tuyo o no. Pero puestos a ser sinceros, no es lo mismo ser un replicante cuyo único mérito es darle al cliqui-cliqui de ratón o de dedo índice, que ser un generador de contenido. Dónde va a parar. 

Esto ya es otro nivel: nuestro ombligo empapado en adrenalina nos invita a  coger ese video, frase o historia -o receta que en nuestro gremio esto está permanentemente de moda- y manos a la obra; dependiendo del ingenio y el tiempo libre del creador de refritos, se tunea más o menos. Y hala, a menearlo bajo autoría propia. Y para los que carecen de talento, tampoco pasa nada: se copia todo al dedillo y aquí lo que sea, y después gloria.

Y es por eso que vemos una y otra vez imitaciones que erosionan sin mucho tacto la delgada línea entre el contenido compartido y la falta de originalidad, exprimiendo al máximo el comportamiento de rebaño -como decía Lope de Vega, todos a una-. Interactuamos no con quien mejor contenido nos da sino con quien más influencia aparenta. 

Ya te habrás fijado en que existen plantillas repetitivas para rascar visualizaciones: "el truco de mi abuela" o "el secreto de los mejores chefs que no quieren que sepas"; o "como me habéis preguntado muchos" pasando por el siempre eterno "quédate hasta el final para"; o maltratar los ingredientes tirándolos al perol sin ningún mimo, estrujar panes y bollos como si fueran esponjas de mar o amplificar los sonidos para que suenen a... ¿a qué? A saber.
Pero regreso al meollo que veo que me he colgado por sus ramas. Todo esto viene porque el algoritmo de Insta me dejó clavada con una frase que me encantó:
Imagínate que al leer un libro, no exista la opción de volver la página atrás.
¿Con cuánta atención leerías ese libro?
Eso es la vida.
Venía sin firmar. Mecachis, yo quería saber de quién era y a la que me pongo a buscar al paciente cero -sí querido lector, soy así de friqui- no encontré nada anterior a una publicación en Instagram de Manuel Landeta, un actor de telenovelas mexicano. No me malinterpretes, que seguramente ni él mismo se acuerda de haberlo escrito -o de que se lo escribiera quien sea que le lleve sus redes-. Lo que me ha dejado de aquella manera, ha sido la ironía: una frase con ese punto de sabiduría milenaria, de las que uno esperaría encontrar en un tratado de estoicismo, en un ensayo de algún filósofo ruso del XIX o -cuando menos- en boca de un monje budista, y mira por donde su huella más antigua documentable es mayo del 2020: un post con 3457 likes y comentarios del calibre de "Belo 👏🤩".

Que me parece muy bien, no me tuerzas el renglón. Pero he pensado que lo mismo las cosas han cambiado y lo han hecho demasiado rápido. El refrán tradicional ganaba autoridad porque sabías que lo respaldaban generaciones, porque tu abuelo lo decía y él lo escuchó del suyo. Era anónimo por el desgaste de los siglos. Pero el meme-aforismo de hoy necesita ser huérfano para que cualquiera se lo pueda apropiar y no busca la imitación para aprender o preservar la cultura -como dice la definición- sino para alimentar la inercia algorítmica que tan solo vela por el negocio de sus dueños.

Llámame loca pero parece que el meme viral actúa como herramienta de una programación que premia la copia exacta de la manada frente a la calidad personal y distintiva del individuo. Y no creo que sea por tontuna; puede que su objetivo principal sea mantenernos atrapados en las tendencias que el logaritmo crea y que los replicantes necesitan para seguir creando contenido a saco. Vaya, más madera para que el tren no se detenga.

En cualquier caso, y a falta de conocer cuál fue el primer refrito que dejó esa frase tan potente, me tomo la licencia de pensar en que lo mismo su origen está en la llamada imprenta de los pobres -que decía Galeano-. Pensar que es una de esas genialidades que dicen las paredes. Y ya puestos, qué mejor forma de cerrar esta memegrafía con una de las famosas frases que recogió Eduardo en El libro de los abrazos, dentro de su sección Dicen las paredes:
Coopere con la policía: tortúrese usted mismo
Y con un cierre tan cooperativo, qué mejor que torturarte con esta meme-receta que nace fruto de los huevos tontos y de los buñuelos de pan engrandecidos con ingredientes extras. Con calabacín siempre triunfan y sí, verás un montón de recetas similares rodando por ahí. Y como pasa con las frases bonitas, por mucho que rueden -incluso con faltas ortográficas- uno nunca se cansa.
Ingredientes:
  • 2 huevos
  • 350gr. de calabacín rallado o triturado
  • 100gr. de queso (mitad parmesano y mitad manchego, cheddar, etc.)
  • 100gr. de pan rallado un poco en grueso
  • 60gr. de harina de maíz
  • 1 ajo
  • perejil
  • Sal y pimienta
  • abundante aceite neutro para freír 

Preparación:
  1. En un bol, pon el calabacín y el queso rallados o triturados junto con el resto de ingredientes. Deja que repose unos 20-30 minutos en la nevera. Mi consejo es que, cuando tengas el calabacín rallado, lo estrujes con un trapo limpio para quitarle algo del agua que suelta para que se formen mejor las bolitas.
  2. Coge una cucharita y ve formando las bolas mientras calientas el aceite en una sartén honda. Si ves que aun así están poco consistentes, añade algo más de pan rallado o harina de maíz.
  3. Vas friendo las bolitas y las dejas escurrir en papel absorbente de cocina. Calientes o templadas están deliciosas. Acompáñalas de tu salsa favorita.

 
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