Galletas de crema de limón
Como ya te anticipé aquí, nuestro viaje nos lleva de nuevo a Viena donde vamos a recibir a una recién casada que es recibida con gusto por su suegra quien aplaude su porte y actitud de esposa perfecta. La flamante archiduquesa de Austria, nacida princesa en Bélgica, recibe su primer revés; ella no ha sido educada para ser consorte sino para gobernar. Lo tiene todo: la educación, el carácter, el temple y el ingenio pero parece que su nueva familia no piensa lo mismo.
Pese a todo, es una esposa por amor. Rechazó a reyes de media Europa pero tuvo que enamorarse del hombre que menos la merecía, Maximiliano el hermano del emperador austriaco, de carácter flojo, sin educación para gobernar y más predispuesto a la caza de mariposas —y faldas— que a administrar sus dominios.
En cambio Carlota, princesa de la casa de Sajonia-Coburgo-Gotha, fue la favorita de su padre quien quiso que recibiera la misma educación que sus hermanos preparándola para regir a pesar de saberse que nunca podría acceder al trono por ser mujer. Y él, sin instrucción pero con un título que se lo permitía simplemente por ser hombre. Dos personas equivocadas en el lugar equivocado que van a pagar alto el precio de este desacierto.
Y es que la inteligencia, por muy regia que sea, no nos protege del corazón que cuando se le mete a alguien entre ceja y ceja no suelta la presa ni a tiros. Y allí estaba ella, destinada a ser consorte de un pelele que sufría a menudo ataques de melancolía a costa de una novieta de juventud —que murió de escarlatina— y algún que otro de nervios —o eso decían, a saber— que le impedían de vez en cuando acudir a actos oficiales donde Carlota cubría con dignidad y brillo sus ausencias.
¿Ves la ironía en todo esto? porque si Carlota hubiera nacido hombre, habría sido una gobernante extraordinaria. Si el Maxi hubiera nacido mujer, nadie le habría puesto un imperio en las manos. El siglo XIX los colocó exactamente al revés.
Pero sigamos adelante, que aún no hemos llegado a lo más tremendo. De entrada nos saltamos su paso por Lombardía-Venecia. Aquí ella se lo pasó dando la cara por él, desencantada por completo de su marido y él en su nube porque mientras no le faltara el dinero -de ella- le traía todo al fresco.
Tanto, que era un tipo de esos que si alguien le pinchaba, sangraba horchata. Solo una anécdota: se cuenta que en un viaje trasatlántico él se lo pasó lloriqueando por la novia difunta porque decía que todo le traía muchos recuerdos. De regreso hicieron una parada en Tetuán. Carlota llegó muy deprimida y tuvo que descansar. El Maxi la dejó tirada y se fue a visitar a una amante a ver si le levantaba un poco el ánimo. Dicho queda.
Así que sí. Muy posiblemente Carlota ya venía sufriendo brotes depresivos, posiblemente desde la muerte de su madre cuando ella tenía diez años, que superaba siempre con genio y fortaleza de espíritu y no es de extrañar que el precio de estas remontadas fuera que se le fue amargando el carácter, puede que cada día se volviera un poco más histriónica... pero... no sé. Sigamos.
Bien. Por cosas que pasan, Napoleón III les convence que aceptar ser los emperadores de México. La cosa estaba calentita por aquellas tierras y así es como esperaba apaciguar el clima. Muy listo, no era. La verdad. Pero por lo que sea, caen en el enredo. Marchan rumbo a México y lo que se encuentran, no es lo esperado. Hay mucho que hacer y mucho que aprender. Como siempre, el Maxi se dispersa cada dos por tres. Le pone ganas pero no llega a cuajar lo suficiente. Es de nuevo ella, quien se encarga de las cosas de estado.
Y al Napoleón, como le salen otros rotos por diferentes lados, les ningunea la ayuda militar prometida. La situación empieza a ser insostenible. El Maxi manda cartas a todo cristo pero nadie les ayuda. Es ella, embarazada de pocos meses, quien decide ir a Europa a reclamar la ayuda necesaria para que el reciente reino mexicano no caiga en manos de revolucionarios y Norteamericanos. En fin, que la cosa ya no se sostenía.
Y a partir de ahora yo te cuento los hechos que conozco. Tú, querido lector, debes sacar tus propias conclusiones:
Napoleón III, el intrigante de todo este desastre, en cuanto la cosa se puso fea, los abandonó sin pestañear. Los usó y los tiró. Y a otra cosa. Y en lugar de tirar de cinismo o frivolidad y decirle a las claras esto es lo que hay moza, o lo tomas o lo dejas, el muy canalla optó por ningunearla.
Pretextó estar enfermo y se escondió en Saint-Cloud. Si bien le mandaron coches de bienvenida como era de esperar, la esperaron en la estación equivocada. Cuando arribó al puerto de Saint-Nazaire, las rosas de bienvenida ya estaban marchitas. Cuando por fin se reúnen y le reprocha el incumplimiento del acuerdo, él alega que sin sus ministros no puede hacer nada. Dos días después volvió a intentarlo. En esa segunda reunión, la emperatriz Eugenia fingió desmayarse. Muy oportuno todo.
Y en este punto, con la Emperatriz mexicana cansada por el largo viaje, humillada, embarazada, agotada y nerviosa... en este mismo instante, Napoleón la recibe a puerta cerrada. Nadie sabe lo que allí se dijo ni lo que pasó. Tan solo se puede constatar que Carlota entró decidida y lúcida, dispuesta a defender lo suyo y salió fuera de sí gritando que la habían intentado envenenar.
Desde este momento, vive completamente obsesionada ante la perspectiva de un intento -fallido o no- de envenenamiento.
Acude al Papa, en busca de ayuda y de asilo. Le hace saber que teme por su vida ya que tiene fundadas sospechas de que los agentes de Napoleón desean envenenarla. La ningunea. Otro más. Pío IX no está contento con la libertad de cultos defendida por su esposo y le hace saber que para reunirse ella debe prometer que no se hablaría de política. Ella ha viajado a Roma para nada. Aun así, la permiten pernoctar en las estancias papales algo que no había ocurrido nunca.
Y en medio de la noche, un cardenal la visita y la convence para abandonar la sede a través de las cocinas. ¿Por qué? ¿qué estaba pasando?. Carlota llevaba días sin comer. ¿Locura? ¿delirio? ¿o un acto desesperado de una embarazada cuando cree estar siendo envenenada y se niega a comer para salvar su vida o la de su bebé?. Carlota, como cualquier mujer en su estado, quería sobrevivir pero en las cocinas, algo pasa; una monjita insiste en que tome algo. Hay un forcejeo. Se quema la mano con el caldero. Suficiente. Su locura ya estaba harto documentada: perturbada, con delirios y agresiva.
¿Ves lo que yo veo? salió de México embarazada de tres meses de un bebé del que nunca más se supo aunque por los mentideros reales se contaba que no era del Maxi —el matrimonio llevaba años sin cohabitar, ahí lo dejo—. Pero más allá de los rumores nadie preguntó, a nadie le chirrió este asunto. ¿Qué pasó en esa reunión a puerta cerrada con Napoleón? ¿Por qué salió gritando convencida que la envenenaban? ¿Tenía sentido matar a una emperatriz cuando no había nada más fácil que encerrar a mujeres incómodas por locas e histéricas? ¿Tenía sentido quererla hacer abortar? ¿Y cuál es nuestro instinto más básico? Sobrevivir. Recuerda que hasta hace bien poco —y a saber si aún hoy— se decía que las mujeres nos volvíamos un poquito majaretas en el embarazo. Así que ¿Para qué dudar de su locura?
Se presenta su hermano Leopoldo —el mismo que años después se forjó una fortuna inmensa sobre los cadáveres del Congo— con el director de un manicomio austriaco. Qué conveniente: la familia política y la biológica, unidas. Se la llevan medicada sin su consentimiento; el francés se salió de rositas; los austriacos convirtieron al Maxi en mártir; el de Roma, la representación divina en la Tierra, miró para otro lado sin arrugarse la sotana; y el Leopoldo, el hermano que toda fortuna le parecía poca, se quedó con su patrimonio.
Vaya locura más conveniente para todos, ¿no crees?
El Maxi en México no reaccionó. Quiso huir pero su madre le escribió que ni hablar, que asumiera su destino que no fue otro que el de morir fusilado en el Cerro de las Campanas. Cuentan que camino del paredón, ya en el carruaje, el cazador de mariposas se preguntó en voz alta si Carlota seguiría viva. Por una vez, demostró tener sangre en las venas.
Le hubiera gustado saber que vivió sesenta años más aunque me temo, si no la he juzgado mal, que ella posiblemente lamentó la vida entera no haber muerto en aquella sala de París, en lugar de esas seis décadas encerrada en el castillo de Bouchout, aislada y drogada, el mejor remedio para no poder contar su versión de los hechos.
Y la historia la recuerda como la que perdió la cabeza. Como siempre, otra mujer borrada. Qué fácil. Qué sencillo. Otra historia más reescrita por los que tenían poder para hacerlo. Como tantas.
Antes de continuar, necesito pedir perdón a Carlota. Cuando escribí esta entrada, caí en la trampa: la pinté sin cuestionar la historia oficial quien la pinceló de frívola, inestable, la que se volvió loca. Y con el mismo pincel con el que la historia la ninguneó, la ninguneé yo también. Ya ves, aquí estoy siempre pregonando los peligros, la necesidad de cuestionarlo todo y caí como una pánfila. Mil perdones y prometo tener más cuidado en el futuro.
Y dicho esto, con el corazón en la mano, vamos a la receta. Se dice que cuando llegó y comenzó a alternar con la alta alcurnia mexicana, se servía chocolate con bollitos. Para su espanto, las mexicanas mojaban todo en el chocolate. Casi le da algo. Pidió regresar al clásico té con pastas y evitar cualquier churreteo en la merienda.
Estas galletas son muy austriacas, las típicas Linzer Augen pero en su versión más imperial. En las casas plebeyas se hacían con nueces o avellanas, frutos secos que cualquiera podía tener ya que los bosques austriacos están repletos de sus árboles. En cambio, la almendra era algo delicado, algo que venía del sur, de Italia o España. Y la crema de limón otro toque exótico que no estaba al alcance de cualquiera.
En cualquier caso, y en medio del caos, las traiciones y del imperio que se desmoronaba, las costumbres de Viena seguían apareciendo en la corte. Un lujo pequeño y obstinado. Como ella.
Cuatro mujeres y un elefante
Bombay · Lisboa — Viena · Cartagena · Viena — México · México · India
- 150gr. de harina de espelta
- 100gr. de almendra pelada y molida
- 50gr. de maicena
- 200gr. de mantequilla en pomada
- 60-80gr. de azúcar o eritritol
- 2 yemas
- una pizca de sal
- vainilla
- Una pizca de crémor tártaro
- Relleno: crema inglesa de limón (lemon curd) mezclado con algo de chocolate blanco derretido (para darle consistencia al relleno)
- Azúcar glas para espolvorear
- En un bol, mezcla juntos todos los ingredientes hasta que tengas unas migas gruesas. Puedes hacer esta operación usando un procesador de alimentos o unas varillas eléctricas.
- Pon las migas sobre la encimera y amasa hasta que tengas una masa lisa y homogénea. La envuelves en film transparente de cocina y deja reposar unos 20 minutos.
- Precalienta el horno a 170-180ºC dependiendo del horno.
- Enharina ligeramente la encimera y extiende la masa hasta dejarla de un grosor de 0,5 cm. Para no enharinar por encima la masa y para que no se pegue el rodillo, uso una lámina de film transparente. Se extiende muy bien y no se reseca tanto la masa. Cortas las galletas con un cortador redondo. A la mitad de las galletas les haces el característico agujero en medio.
- Las vas poniendo en la placa y horneas unos 15-20 minutos hasta que empiecen ligeramente a dorarse. Deja que enfríen por completo.
- Espolvorea con azúcar glas las galletas con el agujero. Rellena la otra mitad con la crema de limón. Antes de guardarlas en una caja adecuada (las metálicas son las mejores) deja que sequen a temperatura ambiente por lo menos un par de horas. Airea de vez en cuando para que no se mojen en exceso.


















































