Bollos de manzana o Apfelkrapfen

"Me parece que de nada vale correr si siempre ha de irse por el mismo camino, cerrado, de nuestra personalidad. Unos seres nacen para vivir, otros para trabajar, y otros para mirar la vida. Yo tenía un pequeño y ruin papel de espectadora. Imposible salirme de él. Imposible libertarme. Una tremenda congoje fue para mí lo único real en aquellos momentos"
Nada, de Carmen Laforet.

Leí Nada cuando tenía 15 o 16. Era la década de los 80, donde las chicas teníamos aún un montón de conceptos confusos. Ya nos estaban medio educando para la igualdad aunque sabíamos que era una quimera porque la realidad nos decía que aún no. Mis amigas de cole de monjas, por ejemplo, estaban recibiendo una educación muy distinta a la mía y esos choques de mentalidad, hacían que nuestras formas de pensar y de encarar la vida fueran muy diferentes. 

No sé muy bien a donde quiero llegar contando esto, quizás lo hago por poner un marco a cómo entendí -o sentí- la vida de Andrea, la protagonista de Nada, percibiendo a las claras lo privilegiada de su situación que, pese a las miserias y a su condición de mujer, pudo acudir a la universidad siendo ésta en esos momentos, un lujo reservado a los varones pertenecientes a las familias favorecidas por el franquismo. 

Y a la que leía, y me dejaba enredar por esos sopores de quien nada es y nada importa, o cuando sentía esa presión insufrible de su entorno familiar, o el alivio mientras iba a clase y se rodeaba de los amigos ricos de su amiga Ena, notaba con desagrado esos matices tan frustrantes de la realidad de entonces. Me decía a mí misma: ¿y para qué, si al ser pobre no va a tener más remedio que buscar un buen partido que la mantenga? ¿y para qué, si lo más probable es que cuando se case su esposo no dejará que ejerza?

Sentí que Andrea lo sabía. Que de nada valía su formación salvo para aumentar su caché. Que su vida no la escribía ella, y que su papel era y sería de simple espectadora. Supe al leer Nada, que a diferencia de Andrea, yo si iba a ser dueña - o semi dueña- de mi futuro. Un privilegio que a día de hoy, las mujeres seguimos peleando.
Y es que Nada es un libro que despista. Está enjaulado en un escenario típico del costumbrismo de posguerra pero su lectura no te lleva a descubrir la vida de entonces -como hace Martín Gaite en Entre visillos- si no, muy al contrario, navega en un mar de sensaciones y sentimientos que nos mantiene a oscuras en su contexto, nada sabemos más allá del sentir de su protagonista y desde su piel, identificamos como cercanos al resto de protagonistas. 

Leemos con la ventaja de saber cómo ha sido la vida durante el franquismo. Conocemos de primera mano por nuestras madres y abuelas, que una buena chica era la que sabía pisar con salero y elegancia, sabía mirar, oír -que no escuchar- y por supuesto, callar; y todo ello aderezado con dulzura e inocencia. 

Ah, y cocinar. Esta premisa era indiscutible.
Ingredientes:
  • 500gr. de harina repostera
  • 1 sobre de levadura seca para pan
  • una pizca de sal
  • 70gr. de azúcar
  • 220-250ml. de leche entera
  • 40ml. de aceite suave
  • 2 huevos
  • un chorro de ron
  • un poco de vainilla
  • ralladura de limón
  • relleno: 3-4 manzanas y 2 cdas. de azúcar
  • aceite para freír
  • azúcar y canela para rebozar


Preparación:
  1. Mezcla el harina, con la sal y la levadura. Añade el resto de ingredientes (la leche, el aceite, ron, huevos, azúcar, vainilla y ralladura) y haz una masa compacta (con varillas de amasar, con procesadora o directamente amasa a mano). Deja que repose una hora.
  2. Pela y corta las manzanas y añade 2 cdas. de azúcar.
  3. Extiende la masa en la encimera, cubre con la manzana y enrolla la masa. Corta rodajas de 3-4 cm dependiendo de como quieras de gruesos los bollitos. Deja que reposen unos 20 min. antes de freír.
  4. Fríe en abundante aceite a fuego medio tirando a alto para asegurarte que la masa no se queda cruda por fuera. Deja que pierdan el exceso de aceite (sobre papel de cocina) y los rebozas en azúcar con canela a tu gusto.

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8 comentarios

  1. "Nada" ha sido el único libro que he leído de Carmen Laforet, también lo hice en plena adolescencia y recuerdo que me gustó, aunque mi memoria no es tan buena como la tuya, por lo que tengo que buscarlo y releerlo. Pero entre tanto me comería un bollo de éstos sin dudarlo, porque mira que tienen un aspecto rico. Y seguro que lo están.
    Bss

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    1. Hola Lola, en todos estos años y por distintos motivos, he referenciado el libro en varias ocasiones. Y también son varias las veces en las que acudí a releer las páginas marcadas. Hasta ahora que no encuentro el libro :-(

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  2. Qué buena pinta esos bollitos. Has olvidado el verbo "atender"....Mi madre cuando mi novio o mi marido decían que tenían hambre...decía..:"Atiende a tu marido"...vamos justo lo que estas contando, jaja...
    Yo me eduqué en un colegio de monjas y mi hija dice que se me nota así que seguro que tienes razón..jeje...
    Muero por esos bollos
    Un beso enorme
    Marialuisa

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    1. Lo de atender aún me pone los pelos de punta :-D

      Y sí, cree a tu hija que sí que se nota porque aunque maduramos y evolucionamos a lo largo de la vida, la educación recibida de niños nos pesa una barbaridad.

      En cambio, los bollos cuando los comes no pesan nada. Cuando pasan unos días... eso es otro cantar pero en el momento, qué ligeros! ;-P Un besazo

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